Summary Reconstruir una nación requiere de sacrificios. Sabiendo que la Nación del fuego no aceptará a una Maestra Agua, Katara se hace a un lado de su incipiente relación con Zuko y lo incita a buscar la grandeza de la nación junto a la noble de la Nación del Fuego, Mai. Zutara
Ritmo de lluvia
Capítulo Nueve
Por DamageCtrl
Disclaimer: No soy dueña de Avatar: El último Maestro Aire ni nada relacionado con él.
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N/T: Yo no soy dueña del argumento, sino que pertenece a DamageCtrl, yo sólo me limito a traducir lo que ella escribió en inglés, con su autorización por supuesto. Tampoco me pertenece Avatar: La leyenda de Aang. :)
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-Y aquí está –anunció Haru mientras el bisonte de diez toneladas comenzaba a descender. Las nubes se deshacían a su alrededor, empapando sus ropas. Aang estaba sentado sobre la cabeza de Appa y el resto del grupo se había acomodado sobre la silla de montar-. ¿Qué les parece? –preguntó, volviéndose a los demás.
Sokka estaba apoyado contra el respaldo de la silla, luciendo poco interesado en toda la cosa.
Katara y Suki echaban un vistazo por el borde de la silla. Toph estaba sentada en la parte de adelante de la silla, con los brazos cruzados y frunciendo el ceño.
-Wow… -empezó sarcástica-. Es hermoso. Nunca he visto algo tan bello en toda mi vida.
Haru rió avergonzado.
-Lo siento, Toph… lo olvidé –ella simplemente se encogió de hombros y se reclinó contra la silla.
-¡Ey, ahí está la casa de tu familia! –exclamó Katara, señalando al familiar hogar sobre la colina.
-En caso de que Aang viniera, mi padre preparó el granero con heno para Appa –les contó.
-¡Gracias! –dijo Aang. Le palmeó la cabeza a Appa-. ¿Oíste eso, muchacho? ¡Hay comida lista para ti! –la enorme bestia soltó un gruñido y se movió bruscamente hacia delante, tomando velocidad.
-Parece que Appa tiene hambre –rió Suki-. ¿Dónde aterrizamos?
-No sé –Sokka se encogió de hombros. Jugaba perezosamente con su boomerang-. ¿Por qué no cerca de esa impresionante columna de humo?
-¿Columna de humo? –repitió Haru. Se volvió y siguió con la vista la dirección a la que apuntaba Sokka.
-¿Qué es eso? –jadeó Katara apresurándose a ir hasta el otro lado de la silla. A lo lejos, se alzaba una enorme columna de humo gris.
-¡Viene de los campos de allí abajo! –gritó Suki.
-¡Aang! –Llamó Katara, volviéndose hacia el maestro aire-. ¡Aang! ¡Da la vuelta! ¡Tenemos que detener el fuego!
-¡Estoy en eso! –le respondió por encima del hombro. Agarró las riendas de Appa y tiró de ellas hacia un lado. El bisonte comenzó a dirigirse al fuego. Los ojos grises de Aang a escudriñaron el área-. ¡Voy a hacerlo aterrizar! ¿Ven algún arroyo o algo así?
-¡Todo lo que veo son arrozales! –exclamó Suki mientras descendían, volando a pocos pies de los cuidados campos de arroz. Katara se arremangó la camisa hasta el codo. Las nuevas plantas acababan de ser transplantadas a la tierra y el arrozal estaba lleno de agua.
-¡Eso será suficiente! –Aseveró Katara-. ¡Aang! ¡Acércate más!
-¡De acuerdo! –el bisonte descendió más y Katara se puso de pie. Más adelante había una exigua casa de madera. El humo venía del techo y el resplandor de las llamas podía verse a través de las ventanas.
La joven maestra agua entornó los ojos y se plantó en una posición defensiva. Con movimientos exactos, hizo girar su cuerpo al mismo tiempo que movía los brazos. Debajo de ellos, el agua del arrozal se arremolinaba en una enorme pelota. El fondo se arrastró por encima del arrozal, alimentando a esa pelota creciente con más agua, hasta que tomó la forma de una enorme ola.
-¡Nos estamos acercando a la casa! –advirtió Sokka. Miró por encima de su hombro y soltó un gritito-. Eh… Katara…
-¡Ahora no, Sokka! –Rugió ella, recogiendo el agua de los arrozales-. ¡Solo un poco más!
-¡Katara...! –vociferó Suki, con la voz temblorosa, una ola que casi era el doble de Appa se levantaba encima de sus cabezas.
Los ojos verdes de Momo se abrieron como platos al mismo tiempo que se aferraba a Sokka. El guerrero de la Tribu Agua de ojos azules gimió.
-Glup.
-¡Katara, ahora! –gritó Aang.
Un alarido se escapó de la boca de Katara cuando echó los brazos hacia delante, haciendo caer el agua a la derecha de Appa y sobre la casa. Galones de agua llovieron sobre la casa incendiada, empapando instantáneamente las llamas. Vapor se levantó de ellas impactándolos y Aang tiró de Appa para alejarse.
El exceso de agua se esparció por el campo y regresó al arrozal más cercano.
-¡Necesitamos buscar a los sobrevivientes! –agregó Katara.
-¡Vamos! –Suki agarró a Toph de la mano.
-¡Espera! ¡Quiero aterrizar primero! –aulló Toph. Antes de que Appa pudiese aterrizar apropiadamente, Suki saltó del bisonte, llevándose a Toph con ella. La más chica gritó, pero aterrizó bien sobre el suelo. Sus pies descalzos se hundieron inmediatamente en el lodo y Toph arrugó los ojos.
-¡Ugh!
-Lo siento –se disculpó Suki con timidez-. Me olvidé del barro… -Toph simplemente miró con el ceño fruncido hacia donde no estaba Suki.
-¿Sientes algo? –le preguntó Aang, cayendo silenciosamente a su lado. Toph apretó los dientes y enterró aún más los pies en el lodo hasta que llegó a la tierra sólida. Su rostro quedó inexpresivo, tratando de sentir alguna vibración.
Nadie en el grupo se atrevió a moverse, por miedo a perturbar a la maestra tierra ciega. Ella sacudió la cabeza.
-No puedo sentir nada… si alguien inició el fuego, hace tiempo que se fue.
-Haru –dijo Katara, bajando de un salto del bisonte-. ¿Sabes de quién es esta casa?
El joven negó con la cabeza.
-No… pero quizás mis padres sí.
-¿Intencionales? –jadeó Suki. El anciano asintió, estaba sentado enfrente del grupo de adolescentes, con los brazos cruzados.
-¿Cuándo empezó todo esto? –inquirió Haru
-Justo después de que te fuiste a buscar a Katara. Empezó con un granero que pertenecía a una pareja de la Nación del Fuego que acababa de asentarse –les contó el padre de Haru-. Afortunadamente, no estaban en el granero cuando comenzó. Estaban dentro de la casa, durmiendo. Para cuando algunos de nuestros vecinos y yo llegamos, del granero no quedaba nada más que un armazón que ardía lentamente.
-De suerte la casa no se prendió fuego –añadió la madre de Haru.
-Fue una advertencia –Sokka arrugó el entrecejo-. Incendiaron el granero a propósito como una advertencia.
-Tiene razón –acordó Suki-. Lo he visto antes. El primer incendio es una advertencia, el segundo ya es más grave. Si el que esté siendo amenazado por los pirómanos no hizo lo que querían después del primero, lo matarán.
Un sentimiento de desazón llenó la habitación.
-¿Qué le sucedió a la pareja? –preguntó Aang vacilante.
-Se asustaron y se fueron tan pronto pudieron empezar sus cosas –explicó el padre de Haru-. Sin embargo, ahora que se fueron, los pirómanos creen que funcionó. Y desde entonces, tres edificios más ardieron. Cuatro contando el que encontraron. Nos las arreglamos para salvar uno, pero me temo que mientras los ciudadanos de la Nación del Fuego, ex patriotas o no, se queden aquí, seguirán siendo amenazados en cierta forma.
-Bueno… ¿tiene alguna idea de quien puede estar tras los incendios? –interrogó Katara.
-No –respondió la madre de Haru tristemente-. Y no quiero señalar tampoco.
-Hay mucho sentimiento anti-Nación del Fuego esparcido en el área, que sería imposible señalar a una persona en particular o incluso a un grupo –el hombre suspiró cansinamente-. Lo más que podemos hacer es estar atentos a cualquier actividad sospechosa.
-Es un poco extraño. ¿no creen? –Comentó Sokka-. ¿Por qué incendiarían edificios que pertenecen a gente de la Nación del Fuego?
-Mucha de la gente que está aquí de la Nación del Fuego no son maestros… e incluso si lo fueran, tendrían que ser maestros expertos para poder salvar una casa que se incendia. Si todavía es posible –aclaró el padre de Haru.
-Entonces parece que este trabajo esta hecho para nosotros –murmuró Katara. Se volvió hacia el maestro aire que estaba a su lado-. ¿Dónde deberíamos empezar, Aang?
-Primero, deberíamos hablar con los colonos de la Nación del Fuego –priorizó Aang-. En cuanto oigamos su versión de la historia, hablaremos con los ancianos de la aldea.
-¿Y qué hay de los pirómanos? –Preguntó Haru con preocupación-. ¿Y si atacan de nuevo?
-No podemos hacer nada hasta que no descubramos quienes son –le contestó Toph-. Necesitamos reunir información.
-El mejor lugar para hacer eso sería la plaza del mercado después del atardecer –sugirió la madre de Haru-. Pero es muy peligroso para chicos como ustedes.
Toph bufó.
-Señora, ¿sabe quién soy? –le preguntó indignada-. Soy la maestra de tierra control del Avatar. Sin mencionar que actualmente llevó el cinturón del torneo de lucha libre de tierra control.
-Cuando tiene razón, tiene razón –concedió Sokka recostándose contra su silla-. Suki y yo iremos contigo.
-Bien, pero no te interpongas en nuestro camino, Cabeza Hueca.
-Haru, Katara y yo hablaremos con los colonos de la Nación del Fuego mañana –les dijo Aang. Se volvió para mirar a la pareja frente a ellos-. ¿Saben con quién deberíamos hablar?
-Por supuesto, joven Avatar –contestó el anciano inclinando su cabeza-. Haru sabe donde encontrar a los colonos más viejos. Ellos son los que han estado tratando de llegar a un acuerdo.
-¡Genial! –exclamó Sokka, sonriendo de oreja a oreja. Se enderezó en la silla y aplaudió-. ¡Todo arreglado! Ahora, la gran pregunta es… ¿Qué hay para cenar?
-La clase del instructor Ming ha presentado sus propuestas, Señor Zuko –le dijo el secretario inclinándose ante el joven líder-. ¿Dónde debo ponerlas?
Desde detrás del escritorio, Zuko sacudió su mano despreocupadamente.
-No me importa.
-Muy bien, Señor Zuko –el secretario las colocó en un espacio vacío en el, otra vez, abarrotado escritorio de Zuko-. ¿Algo más, mi señor?
-No –Zuko no apartó los ojos del documento que estaba aprobando ni por un segundo. El secretario se inclinó de nuevo y después marchó hacia la puerta. La cerró despacio tras de sí. De vuelta en el escritorio, Zuko levantó su sello y lo presionó al final del documento.
-Una lista… y faltan cuatrocientas…
Alguien golpeó la puerta al mismo tiempo que agarraba el documento del montón por revisar.
-¡Zuko… es hora del té! ¡Lo prometiste!
-¡Dame un momento! –Zuko miró su escritorio y empezó a revolver los papeles, haciendo lugar para el té de su Tío-. Puedes pasar, Tío.
La puerta se abrió y un robusto anciano entró, seguido de un sirviente que llevaba una bandeja de té y masitas.
-Parece que llegué en un buen momento –Iroh sonrió alegremente-. ¿Cómo va todo?
-Acabo de recibir otra media docena de documentos para agregar al monumental montón que ya tengo para revisar –farfulló Zuko. El sirviente colocó la bandeja sobre el escritorio y Iroh se sentó frente a él-. ¿Cómo crees que va todo?
-Creo que necesitas un descanso desesperadamente –respondió Iroh con entusiasmo. El sirviente se inclinó discretamente y se deslizó fuera de la habitación. El viejo general sirvió dos tazas de té y gentilmente le pasó una de ellas a su sobrino-. Te complacerá saber que los planes de tu celebración de cumpleaños están yendo de maravillas. Están llegando notas de aceptación de todas partes del mundo.
Zuko asintió. Tomó la taza de porcelana entre sus manos y se la llevó a los labios. El humeante líquido caliente recorrió su garganta y cerró los ojos.
-Apenas encuentro como un descanso tener que entretener a todos esos dignatarios, oficiales y representantes, Tío. Estoy empezando a arrepentirme de la celebración.
-No tienes que preocuparte de nada –le aseguró Iroh-. La celebración es para ti. Es tu cumpleaños y deberías poder hacer lo que te plazca.
-Estoy seguro que alguien querrá hablar de política o de negocios.
-Pero también habrá pastel –replicó Iroh descaradamente. Zuko agrandó los ojos y miró fijamente a su Tío por unos momentos-. ¿Es que no te gusta el pastel?
El Señor del Fuego puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza.
-Todavía creo que está dando más molestias de las que vale. No tendré un momento para descansar.
-Bueno, serás el hombre de la noche. Todo mundo querrá hablar contigo.
-Y por eso me arrepiento de la celebración y ni siquiera ha empezado.
Al otro lado del escritorio, Iroh se rió ahogadamente y se llevó su propia taza a sus labios.
-Por cierto, ¿qué te parecen los alces dientes de sable?
-¿Alces? –Pastel… ahora alces… ¿Qué le puso al té? Zuko miró al té y luego a su Tío, y viceversa-. ¿Por qué preguntas?
-Sólo responde la pregunta, sobrino –lo apuró Iroh-. He oído que son muy adorables cuando son pequeños.
-No los odio. Pero tampoco me gustan. ¿Y no comen gente?
-Mmm... Ya veo... –así que eso es un no para el alce… para ser sinceros… hay muchas probabilidad de que creciera y tratara de devorarnos… Iroh se rascó la barbilla y miró el escritorio de su sobrino. Agarró uno de los pergaminos que estaban en un montón nuevo, aparte de la usual torre de papeles-. Ah… -asintió leyendo superficialmente el papel-. El nuevo plan para las jóvenes…
-El último de ellos –aclaró Zuko con un poco de alivio. Arrugó los ojos, fulminando a la pila con la mirada-. ¿Tienes ideas de la clase de ideas que esas chicas han estado sugiriendo? Jardines de flores… embellecimiento de la ciudad… ferias patrocinadas por el estado…
-¡Todas esas son excelentes sugerencias! –Replicó Iroh-. Los jardines de flores y otros elementos para embellecer la ciudad ayudarán a levantar el espíritu de los ciudadanos. Les hará sentirse orgullosos de vivir en la capital de la Nación del Fuego otra vez. Sin embargo, si gastamos dinero en el embellecimiento antes de saldar nuestras deudas con las otras naciones y de arreglar los temas de post-guerra, ni las otras naciones y nuestra gente no estarán felices con nosotros.
-¡Eso es exactamente lo que estoy diciendo! –Acordó Zuko-. Tenemos cosas más importantes en que gastar dinero que en un cantero de flores y árboles.
-Los festivales y las ferias me parecen bien… quizás puedas considerar reinstaurar dos o tres fiestas nacionales el próximo año… sólo para levantar la moral del pueblo –propuso Iroh.
-Ya lo hablamos en la reunión del mes pasado –asintió Zuko-. Pero fuera de eso, no quedó nada en concreto. Recibimos algo de dinero de las tarifas y sería bueno ponerlo en algo que realmente beneficiara a la Nación.
-¿Qué hay de esto? –inquirió Iroh. Zuko miro a su Tío y el viejo General puso la taza sobre la mesa para seguir leyendo un documento en particular-. Esta participante sugirió poner el dinero en escuelas vocacionales para adultos, para que aprendan un nuevo oficio y ayuden a vigorizar la economía.
-¿Aprender un nuevo oficio? Eso puede tomar años de aprendizaje con un buen maestro… -murmuró Zuko.
-Quizás para carpintería y alfarería y otras cosas así, pero hay algunas cosas que tardan menos tiempo en ser enseñadas. Por ejemplo, primeros auxilios –recomendó Iroh-. También puedes poner dinero para enviar ex soldados a instituciones vocacionales para que aprendan oficios simples… cosas que no tengan que ver con la guerra. Eso resolvería el problema de muchos de nuestros soldados que actualmente no tienen nada que hacer.
El joven Señor del Fuego se recostó sobre su asiento, arrugando los ojos, pensativo.
-Durante el reinado de mi padre, muchos de ellos tenían por carrera ser soldados… sin una guerra, muchos de ellos no tienen nada que hacer.
-¿Por qué no conservas esta propuesta? –Propuso Iroh, poniéndola aparte-. Es una buena idea y podemos trabajar a partir de ella.
-¿Quién la presentó? –curioseó Zuko. Levantó el documento y leyó por encima las palabras. Sus ojos se concentraron en el nombre al final y perjuró.
Viendo la expresión de su rostro, Iroh suspiró.
-Su padre es un buen hombre que sabe como tratar a su gente. No me sorprende que ella tenga ideas como ésta.
Zuko suspiró profundamente, las palabras de Katara sobre las segundas oportunidades resonaban en sus oídos.
-Entiendo… -murmuró-. Lo tendré en mente.
-¿Cómo te está yendo con los demás documentos?
-Mi cabeza me duele con solo echarles una lectura rápida –Zuko frunció el ceño-. Algunas de las propuestas y resoluciones que los nobles y los oficiales han estado presentando no son más que una pérdida de tiempo. Algunos incluso están peticionando contra las que ya aprobé.
-Muchos de los nobles no les gusta que le digan que hacer –le contó Iroh-. Cuando tu padre gobernó y también tu abuelo, eran libres de hacer lo que quisieran, mientras apoyaran la guerra. Ahora les estás pidiendo ayuda para reconstruir una nación con sus expensas. Me temo que tus ideas chocan con las suyas.
Zuko suspiró resignado.
-No quiero que nuestras ideas choquen. Como nobles de la Nación del Fuego, deberían ayudar voluntariamente a mejorar este país.
-Muchos tienen sus propios intereses. Recuerdas, tus ideas han sido forjadas por años en el extranjero y tiempo con el Avatar. Has visto y experimentado cosas que influenciarán tu mandato. Creo que es lo mejor –aseveró Iroh-. Pero siempre estarán aquellos que desacordarán contigo.
-Es necesario que confíen en mí, Tío… pero aún están muy recelosos. Cada cosita que hago es escudriñada –le confesó con calma-. Me siento como si ni siquiera me quisieran como el Señor del Fuego…
-No digas eso, Zuko. Es tu destino y derecho ser el Señor del Fuego –afirmó Iroh severamente-. Estas haciendo un buen trabajando rejuveneciendo este país. Tus decisiones han sido justas y sensatas. Solo dales tiempo para que vean los frutos de tu trabajo. Entenderán porque haces las cosas como las haces.
Zuko arrugó los ojos y tomó un trago de su té.
-Hay algunas cosas, Tío, que no creo que vayan a entender.
-Nuestra propiedad ha sido blanco de esos que se suponen son vigilantes sin remordimientos –una anciana le contó al trío que estaba sentado delante de ella-. ¡He vivido aquí por años y es la primera vez que pasa!
-¿Cuánto han dañado? –inquirió Katara
-Varios campos de vegetales fueron chamuscados recientemente –les dijo otro hombre-. ¡Pero la propiedad no es nada comparada con lo que hicieron a las de consumo diario! –una serie de voces secundando lo dicho colmaron la habitación.
Katara inhaló profundamente. Estaban reunidos con un pequeño grupo de ex patriotas de la Nación del Fuego que aún estaban en el área. Siguiendo las instrucciones de algunos aldeanos de la Nación del Fuego que conocieron en el mercado, varios días antes habían ido a la casa de uno de los colonos de la Nación del Fuego. Desde entonces, habían ido y venido entre los dos grupos, tratando de llegar a algún tipo de pacífica resolución al problema.
Para los aldeanos del Reino Tierra, la mejora forma de terminar con la tensión era que los colonos de la Nación del Fuego se fueran. Pero incluso entre los colonos de la Nación del Fuego, había un sentimiento de ira y frustración hacia la Nación del Fuego, o más específicamente, hacia Zuko. Ellos creían que había retirado las tropas demasiado pronto, dejando a los ciudadanos que se habían asentado en el Reino Tierra a la merced de los ataques del antiguamente oprimido Reino Tierra.
Esa era sólo una de las razones por las cuales no querían volver a la Nación del Fuego. Pero la razón principal era porque el Reino Tierra era ahora su hogar. Para los colonos de la Nación del Fuego, la mejor solución era ceder lentamente a las represalias. Habían tratado todas las maneras pacificas posibles y aún así, había aldeanos del Reino Tierra que permitían que sus prejuicios contra la Nación del Fuego influenciarán su vida y eso arruinaba la pacífica convivencia con los colonos de la Nación del Fuego.
-Puedes decírselo –exclamó un hombre, adelantándose-. ¡Si no detienen la destrucción sin sentido de nuestras propiedades y el hostigamiento, nos obligan a tomar cartas en el asunto!
Y para enfatizar su punto, creó una llameante bola de fuego con sus manos. Katara arrugó el entrecejo y arrojó agua de la cantimplora que siempre llevaba, sobre la llama. Chisporroteó vapor del lugar donde había estado el fuego y todos los ojos se fijaron en Katara. Ella bajo las manos y las puso sobre la falda.
-Eso no será necesario –indicó con firmeza-. Gracias por su tiempo. Tendremos en consideración lo que nos dijeron cuando hablemos con los ancianos del Reino Tierra.
-Procure hacerlo, Señorita Katara –le pidió otro hombre-. Nadie esta más cansado de esta guerra que nosotros, de la Nación del Fuego. Antes de morir, me gustaría poder vivir en paz sin temor a ser asesinado al otro día por un ataque.
Aang, Haru y Katara inclinaron sus cabezas respetuosamente a sus anfitriones antes de levantarse y andar fuera de la casa. Tan pronto la casa estuvo fuera del campo de visión, Katara soltó un gruñido bajo.
-¡Bueno, eso estuvo grandioso! –masculló Katara. Se frotó el hombro mientras Aang estiraba la espalda tras de si. Habían estado atascados en esa casa desde que habían llegado luego del almuerzo. El sol ahora se estaba ocultando.
-Quien hubiera dicho que estarían enojados con la Nación del Fuego… -comentó Haru. La mayoría de los ciudadanos de la Nación del Fuego estaban orgullosos de su procedencia.
-No están furiosos con la Nación del Fuego –Katara frunció el ceño-. Están furiosos con Zuko –explicó, arrugando los ojos ante la idea-. Porque retiró las tropas, dejando a los colonos de la Nación del Fuego indefensos para enfrentar los aldeanos del Reino Tierra que regresaran. Ha sido duro para ellos, pero no van a volver allá.
-Como dijeron, también es su hogar –le recordó Aang-. No podemos obligarlos a irse si no quieren hacerlo.
-Están pagando impuestos por su tierra, no están molestando a nadie, y desean formar parte de la comunidad –suspiró Haru-. Realmente no veo la razón por la que los aldeanos estén tratando de echarlos.
-Gran parte del dinero de los impuestos de los pueblos que la Nación del Fuego había conquistado se destina a los ex patriotas que todavía viven allí –les contó Katara-. Porque aún tienen dinero desde antes de que la guerra terminará y porque forman parte de las rutas comerciales entre la Nación del Fuego y el Reino Tierra.
-Definitivamente se quedarán, muy bien… -suspiró Aang-. No hay forma de que simplemente le pidamos que se vayan.
-Aún así… si el hostigamiento hacia los colonos continua, empezaran a tomar represalias –agregó Haru-. Y tendremos otra guerra entre manos.
-Esto es tan difícil... –dijo Aang, desanimado. Katara se adelantó y le puso una mano sobre el hombro, reconfortándolo-. Terminar una guerra es más fácil que mantener la paz.
-Lo sé, Aang –acordó Katara con suavidad-. Nunca será lo mismo… -los tres caminaron en silencio hacia la casa de la familia de Haru. A mitad del camino, una mujer de cabello gris y vestida de verde corrió hacia ellos. Cuando sus ojos llenos de pánicos encontraron lo de ellos, los llamó a gritos. Los tres la reconocieron de inmediato.
-¿Madre? –se extrañó Haru. Abrió los ojos como platos mientras el pánico se esparcía por todo su cuerpo-. ¡Madre! –Se echó a correr, seguido por Katara y Aang-. ¡Madre, qué sucede!
-¡Un incendio! –Resolló la madre de Haru, tambaleándose hacia delante, agarrándose del brazo de su hijo-. ¡Un incendio cerca del río! ¡La casa de los Tang!
-¿Dónde están los otros? –preguntó Aang.
-¡Fueron a ayudar! –Respondió la mujer, señalando frenéticamente un sucio sendero por la calle principal-. ¡Haru! ¡Rápido! ¡Llévalos allí!
-S… ¡Sí! – asintió el joven.
-¿Cuándo se fueron? –gritó Katara por encima del hombre, corriendo detrás de Haru.
-¡Hace apenas unos minutos! ¡Apúrense!
-¿Es intencional? –jadeó Aang corriendo por la sucia callejuela.
-¡Tiene que serlo! –Katara arrugó el entrecejo.
-¡Se están volviendo más atrevidos! –Comentó Haru doblando en otro sendero-. ¡Desde que llegaron, no habían incendiado nada!
-No deben de estar felices con los colonos de la Nación del Fuego que se calmaron por nuestra llegada –replicó Katara.
-¡Supuestamente yo debo detener esto! –Gritó Aang, frustrado-. ¿Pero ahora soy la causa?
-¡Hablaremos eso más tarde! –vociferó Katara. Miró hacia delante y vio las columnas de humo alzarse por encima de los árboles.
-¡Ya casi llegamos! –anunció Haru. Cuanto más se acercaban, más escuchaban los gritos de las personas que ya estaban allí. Al llegar a un claro cerca del río, se encontraron con una casa bastante grande envuelta en llamas. Estaba debajo de un muro de piedra a medio construir. Las herramientas estaban tiradas por la zona así como montones de bloques de piedras. La casa había sido terminada, pero ahora resplandecía con llamas naranjas y amarillas en uno de sus extremos. El techo ya había caído en algunas partes, más la estructura principal aún estaba en pie. Parte de las ventanas de madera se habían caído, siendo devoradas por las llamas.
-¡Todavía podemos salvarla! –afirmó Katara. Sus ojos dieron con el río que no estaba muy lejos-. ¡Vamos, Aang!
-¡Katara, Aang! –gritó Sokka. Él y Suki estaban entre los aldeanos que corrían hacia el río y volvían cargando baldes de agua-. ¡Apresúrense!
-¡Estamos en eso, Sokka! –bramó Aang. Divisó a Toph entre otros tres maestros tierra, incluyendo al papá de Haru. Estaban levantando tierra del suelo y lo arrojaban sobre el fuego, intentando ahogarlo. Aang agrandó los ojos-. ¡Tengo una idea! ¡Toph!
-¡Ahora no! –replicó la maestra tierra ciega de trece años.
-¡Toph, tengo una idea! –repitió Aang. Se giró hacia la maestra agua de ojos azules-. Ve hacia al borde del río y cuando te diga, patea el suelo.
-¿Qué? –inquirió Katara, mirando fijamente a su amigo como si hubiera perdido la cabeza.
-¡Confía en mí! –le pidió Aang. Katara soltó un largo suspiro, pero hizo lo que le dijo-. ¡Toph! –Gritó Aang-. ¡Ayúdame a hacer una zanja hacia la casa!
Toph soltó su pila de tierra y se volvió hacia Aang. Siguiendo las vibraciones de sus pisadas, lo localizó fácilmente. Lo oyó llamar a Katara y repentinamente, sintió otra serie de vibraciones. Sus ojos se arrugaron y levantó las manos.
Bajo sus pies, Katara sintió la tierra temblar al mismo tiempo que una angosta pero profunda zanja se abría. Aang ayudó a Toph a dirigir la zanja hacia la casa.
-¿Ahora qué? –vociferó Katara.
-¡Haz correr el agua por la zanja! –ordenó Aang a los gritos. Katara adoptó una posición y rápidamente empezó a empujar el agua por la zanja. Pronto, el río empezó a empujar el agua por la zanja por sí mismo y Katara la hacia correr hacia la casa.
-¡La llevaré hasta la casa!
-¡Tengo una mejor idea! –exclamó Toph. Arrugando los ojos, modeló la superficie entre sus manos. La tierra se levantó y formó un tubo angosto al final de la zanja-. ¡Ahora, obliga al agua a pasar por allí! ¡La presión hará el resto!
-¡Es como un salto! –jadeó Katara. Se concentró y movió sus brazos hacia el tubo.
-¡Todo mundo! ¡Retroceda! –vociferó Suki, apartando a los aldeanos. Desde la boquilla de piedra hecha por Toph, el agua salía como un geiser. Galones de agua azotaron la casa. Aang y Katara continuaron pasando agua por el tubo mientras el padre de Haru movía la boquilla de piedra, lentamente de un lado a otro, tratando de apagar todo el fuego que fuera posible.
Mientras las llamas se apagaban y el humo comenzaba a disiparse, los aldeanos que habían venido a ayudar empezaron a festejar. Toph fue levantada por los maestros tierra en el aire, demandando ser puesta en el suelo inmediatamente, ya que era completamente ciega si no podía sentir la tierra bajo sus pies.
-¡Lo hicimos! –gritó ahogadamente-. ¡Aang!.¡Lo hicimos! ¡Lo hicimos! –Katara saltaba de arriba abajo animadamente. El Avatar sonrió ampliamente cuando los aldeanos le palmeaban la espalda o la cabeza.
-¡Se tardaron mucho, chicos! –les reprochó Sokka acercándoseles. Él y Suki estaban mojados por correr a conseguir el agua del río-. ¡Buen trabajo!
-¡Habíamos empezado a pensar que no llegarían a tiempo! –sonrió Suki con la cara manchada de hollín y suciedad.
-La mamá de Haru nos encontró a medio camino –explicó Katara. Miró a su alrededor-. ¿Dónde está la familia?
-Por allá –apuntó Sokka, señalando cinco personas que estaban junto a la pared sin terminar. Un hombre de mediana edad, su esposa y sus tres hijos. La mujer estaba tratando de abrazar todos sus hijos a la vez y el hombre miraba fijamente la casa con dolor en sus ojos-. Salieron de la casa tan pronto el fuego comenzó a llenar la casa. El hijo menor es un maestro fuego pero estaban cenando cuando sucedió, por lo que no fue él.
-Pirómanos… -Katara frunció el ceño.
Suki asintió.
-El fuego empezó en uno de los cuartos vacíos de la casa… dicen que es de ahí de dónde venía el humo.
-Deberíamos hablar con ellos –animó Aang-. Asegurarnos de que estén bien.
Katara dijo que sí con la cabeza y observó a la familia. El hijo mayor probablemente tuviese la edad de Toph si no era más chico. Contemplaba su hogar con horror mientras su madre trataba de contener a su hermana y a su hermano en sus brazos. Sus pulcras ropas rojas y doradas mostraban que alguna vez habían tenido un buen pasar. Ahora, estaban cubiertas por mugre y hollín del fuego.
Aang estaba a punto de andar hacia allí cuando Katara levantó la mano y lo detuvo.
-Espera… -le dijo, con los ojos fijo-. Solo… espera… -Aang la miró, confundido. Siguió su mirada y se encontró con una anciana de la aldea.
Tenía cabello blanco y vestía con las ropas de campesina de tenues colores tierra. Sin embargo, también era uno de los ancianos de la aldea. En sus manos llevaba un manta quemada, pero aún usable. Caminó atravesando el claro y en silencio cubrió los hombros de la madre con la manta. La mujer de la Nación del Fuego alzó la vista, temerosa al principio, pero se relajó al ver a la anciana.
Aang y los demás no podían oír lo que la anciana decía, pero la madre de la Nación del Fuego empezó a llorar y la abrazó. Desde donde estaba, Katara sonrió.
-Incluso después de que presenciamos un acto horrible, aún hay bondad deseando ser compartida –musitó Suki con solemnidad. Sokka la miró de reojo. Por un minuto, estudió su desordenado cabello y su sucio perfil y sonrió. Miro de vuelta a la familia de la Nación del Fuego siendo rodeada por consoladores aldeanos del Reino Tierra. Lentamente, movió su mano, sobre la de Suki y la apretó. Sonrió suavemente cuando ella le devolvió el apretón.
-Todo parece estar arruinado… -dijo Haru acercándose. Miraba el suelo y apretaba los puños a los lados-. Llegamos tarde.
-No –replicó Katara con severidad. Sacudió la cabeza y puso una mano en su hombro-. No llegamos muy tarde… incluso si la casa quedó reducida a cenizas, no llegamos demasiado tarde.
Haru alzó la cabeza y la miró, confundido.
-No entiendo… -Katara sonrió y señaló a los aldeanos frente a ellos.
-Alguien ahí afuera tiene mucho odio… pero justo allí, hay personas que no… incluso si no se dan cuenta –le aseguró-. Los aldeanos del Reino Tierra desean ayudar a la familia de la Nación del Fuego, Haru. Tu padre dijo que esto pasaba incluso antes de que viniéramos. ¿Comprendes? Tomará tiempo, pero la paz es posible.
El joven se quedó mirando a la maestra agua, maravillado. Siempre rebosaba de esperanza y era prometedora, tanto que el creía mucho en ella. Incluso en la oscuridad de la noche, su cara brillando con el agua y el sudor y su cabello cayendo de su trenza, se veía completa y feliz. Despacio apartó su mano de su hombro.
Katara lo miró interrogante antes de verse atrapada en un abrazo.
-Gracias, Katara… -susurró.
-¡Ey! –Gruñó Sokka detrás de ellos-. ¡Qué demonios crees qué estás haciendo, Haru!
-Sokka, cálmate –siseó Suki-. ¡Es solo un abrazo!
-Je… -Katara sonrió débilmente poniendo las manos entre ella y Haru-. Mi hermano es un idiota… -se rió, nerviosa. Delicadamente, apartó a Haru e hizo un paso hacia atrás. La culpa roía su corazón de nuevo, justo como cuando en el Polo Sur había agarrado el brazo de Haru. Aunque lo descartará como insustancial y sin fundamento, no podía reprimirlo totalmente.
-Mmm… ¡mejor veamos si podemos ayudar! –se interpuso Aang. Saltó entre ellos y Sokka con una sonrisa esperanzadora pintada en la cara.
-Deberíamos… Umm… hacer algunas preguntas… ver si hay indicios de eso –divagó Katara inmediatamente. Nerviosa, se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja.
-¡Es una buena idea! –acordó Suki rápidamente. Agarró a Sokka de un brazo y empezó a arrastrarlo hacia los aldeanos-. Vamos, Sokka.
Mientras Suki arrastraba a Sokka, el guerrero de la Tribu Agua señalando sus ojos arrugados y los grandes de Haru. Farfulló una advertencia al pasar.
-Te estoy vigilando...
Katara gruñó y se frotó las sienes. Sin mirar a Haru, siguió al grupo hacia la familia de la Nación del Fuego. Cuando llegaron, los aldeanos trataban de calmar a los niños mientras Aang y el padre de Haru hablaban con sus padres.
-Sabemos que empezó en un extremo de la casa –les dijo el hombre-. Mi hija olió el humo y salí a verificar. Fui hasta la habitación y todo me pareció en orden, así que nos sentamos a comer. La próxima cosa que recuerdo es que la casa se llenó de humo. Cuando salimos afuera, vi que el techo sobre la despensa había colapsado.
-¿Su techo era de madera? –preguntó el padre de Haru. El hombre asintió.
-Tablas de madera, sí.
-Quizás el fuego empezó en el techo –sugirió Suki. Miró a Katara- ¿Es seguro echar un vistazo adentro?
-Probablemente no –Katara arrugó el entrecejo-. Partes de las paredes y lo que queda del techo pueden venirse abajo…
-Yo puedo echar un vistazo –aseveró Aang. Hizo aparecer su planeador-. ¿Qué es lo que estoy buscando?
-Cualquier cosa que pueda haber sido lanzado para prender fuego –le dijo Suki-. Vestigios de trapos, vidrios rotos que tuvieron aceite… cosas así.
Aang asintió y saltó sobre el planeador antes de salir volando hacia los restos de la casa. Mientras tanto, el resto del grupo se concentró en la familia.
-Odio preguntar, pero, ¿tienen idea de quién puede haber causado esto? –Interrogó Katara-. ¿Han recibido alguna clase de amenaza u hostigamiento, más de lo normal?
El padre sacudió la cabeza.
-No… no desde que el Avatar llegó al menos.
-Antes, no recibimos ninguna amenaza verbal cuando íbamos al pueblo. De vez en cuando, nos miraban feo o nos echaban.
-¿Quién hace eso? –insistió Sokka.
-Uno de los de los puestos de carne en el mercado –explicó la mujer-. No entiendo por que. Nunca tuvimos un problema antes… ni siquiera después de que la guerra terminó.
-¿Puede decirme el nombre del dueño del puesto de carne?
-Chun Hae –respondió la mujer-. Pero últimamente su hijo se ha ocupado del negocio. Pero antes de que él empezara, nos echaron varias veces. De los puestos de vegetales, el puesto de telas que solía frecuentar… todos ellos nos echaron. Y algunos dudaban en vendernos las cosas.
-Creo que es hora de que investiguemos eso –asintió Katara-. Deberíamos visitarlos mañana.
-¡Chicos! –gritó Aang, animado-. ¡Miren lo que encontré! Enrolló el planeador y saltó a una bola de aire antes de que se disipara. Extendió sus manos revelando la punta de una flecha quemada y cubierta de hollín.
-Ya veo… -murmuró Sokka. Se frotó el mentón pensativamente-. Alguien trató de asesinarlos.
-No –farfulló Suki-. Alguien ató trapos en llamas a la flecha y la botó hacia la casa para empezar el fuego. Es por eso que no pudieron ver nada dentro de la casa. El fuego empezó en el techo, pero afuera.
-Así que tenemos arqueros en nuestra lista –Toph sonrió satisfecha-. Eso la achica un poco.
-Los únicos arqueros en el pueblo son los nietos de Chun Hae. Estuvieron entrenando para la guerra antes de que terminara y fueron enviados de regreso –les contó el padre de Haru.
-Toph –llamó Aang-. Te dejamos las investigaciones a ti, Suki y Sokka. Mañana, Katara, Haru y yo iremos a hablar con los ancianos de la aldea.
-Trata de cuestionar todo lo que la gente te diga y… -Katara le echó un vistazo a su hermano y se inclinó sobre Toph-. Asegúrate de que no pregunte. Nunca.
-Entendido.
-¿Qué hay de la familia? –inquirió Haru quedamente.
-La Anciana Jyung les ofreció un lugar para quedarse hasta que puedan reconstruir –les aseguró el padre de Haru.
-Después de todo esto –el hombre de la Nación del Fuego empezó con orgullo-. No nos amenazaran para echarnos. El Reino Tierra es nuestro hogar ahora y esta aldea nuestra comunidad. Son buena gente. Unos pocos rebeldes malhumorados no nos ahuyentaran.
¡Un caballo avestruz!
Arrugó sus viejos ojos y tachó la idea del pergamino que tenía delante de él.
-No… probablemente ya tenga demasiados…
Iroh levantó la cabeza y contempló el patio que se alzaba frente a él. Estaba sentado dentro del palacio. Las puertas mamparas estaban abiertas completamente y se había acomodado cerca de la entrada. Varios pasos más abajo, en el medio del patio de cemento, estaba Zuko. Sin camisa y empapado en sudor, el joven Señor del Fuego estaba practicando de nuevo. Su Tío lo miró un rato más. El tiempo de acción y reacción de Zuko había mejorado notoriamente. No se sorprendería si Zuko finalmente fuera capaz de hacer el relámpago azul con el que su hermana había sido dotada.
Se inclinó hacia delante y bebió un poco de té.
Ah… pero le queda mucho por recorrer… meditó para si.
Puso el pocillo de té sobre la mesa y miró críticamente el papel que tenía delante.
-Me pregunto que le parecerá un exótico pez gato –musitó-. ¡Zuko! –Gritó, sin molestarse en alzar la mirada-. ¿Te gustan los gatos?
Zuko no fallaba un golpe de su sesión de fuego control.
-¡No! –rugió como respuesta. Creo un aro de fuego a su alrededor, enviando los dos guardias con los que estaba peleando al otro lado del patio.
-Nada de gatos… -suspiró-. Que mal… el Polo Sur comenzó un programa de cruza de especies, también… -tachó "exótico gato extranjero de la lista". Como título de la hoja tenía "Posibles Regalos de Cumpleaños". Iroh se rascó el mentón, pensativo. Estaba cerca del final de su tercera página y aún no había encontrado un regalo de cumpleaños para su sobrino.
Oyó un grito venir del patio y levantó la cabeza. Zuko aterrizó un pie más allá de un soldado cuya manga se había prendido fuego.
-¡Alguien apague eso! –ordenó Zuko, pasándose la mano por la cara. Sacudió la cabeza cansinamente.
Iroh rió entre dientes mientras varios soldados pasaban corriendo. Uno empapó al primer soldado con agua.
-¿Continuamos, mi señor? –preguntó uno de ellos.
-Tomen un descanso por ahora –mandó, yendo hacia el palacio. Agarró una toalla del suelo y subió las escaleras-. Terminaremos luego.
Los soldados ante él formaron una línea y se inclinaron gravemente antes de romper filas y marchar a diferentes partes del palacio. Zuko secó su rostro y cuello con la toalla, acercándose al lugar donde su Tío estaba sentado.
-Creo que si sigues así, necesitarás nuevos soldados.
-Están bien, Tío –dijo Zuko. Tomó el té que el viejo general le ofrecía y lo bebió mientras se apoyaba contra la pared y miraba fijamente al patio-. ¿Qué estás escribiendo?
-¿Esto? Oh... nada... solo es una lista de decoraciones para tu fiesta de cumpleaños –respondió Iroh como si nada, enrollando la lista.
-Celebración… -murmuró Zuko. Soltó un profundo suspiro y miró a los soldados pelear entre ellos y estallar en carcajadas.
Iroh siguió su mirada
-Tus hombres son buenos, pero ya no son un desafío para ti –observó-. Nuestro estilo en la Nación del Fuego tiene una sola base. Todo el mundo empieza aprendiendo lo mismo, especialmente en fuego control. Tal vez debas practicar con un estilo nuevo… solo para mejorar.
-Por si no lo has notado, Tío, no estamos exactamente de maravillas con el Reino Tierra y los Guerreros de la Tribu Agua para que peleen conmigo para que yo pueda mejorar –le recordó Zuko, poniendo los ojos en blanco.
-Yo solo decía que si piensas que eres capaz de encontrar a alguien con un estilo diferente, te hará más flexible. Flexibilidad en una pelea no es una mala idea –afirmó Iroh, masticando, como si nada, unas cuantas masitas.
Zuko arrugó los ojos y pensó esas palabras.
-Veré lo que puedo hacer –volvió a apoyarse contra la pared y miró su té-. Tío… ¿crees que hay muchos que no me quieren como Señor del Fuego?
El anciano levantó la mirada. Zuko estaba inmerso en sus pensamientos, como si su mente estuviera ocupada con esa idea en particular por un momento. Luego giró la cabeza, vacilante.
-Siempre están esos que desean convertirse en el Señor del Fuego.
-¿Pero crees que la Nación del Fuego me desaprueba? –insistió Zuko.
-¿Por qué preguntas?
Las manos del joven Señor del Fuego agarraron con fuerza la taza de té.
-Hay una… cosa que quiero hacer. Pero sé que no las aceptarán. Especialmente los nobles.
Iroh se enderezó en su asiento y estudió a su sobrino. Sabía exactamente a que "cosa" se refería.
-Reconstruir una nación y gobernar un país requiere de sacrificios, Zuko. Incluyendo sacrificios del corazón.
El señor del Fuego levantó la cabeza y miró a su Tío.
-¿Qué debo hacer?
-No puedo decidir por ti, sobrino mío –le respondió Iroh, bebiendo su té-. Cualquiera sea tu decisión, debes pelear por ella. Sin embargo, ten por seguro que siempre apoyaré tu decisión. Y que soy un gran fan del corazón –alzó su taza y bebió un poco más.
Un pesado silenció se irguió en el aire. Por unos momentos, Zuko permaneció sentado allí, con una expresión calculadora. Finalmente, levantó su taza de té y bebió los restos del contenido antes de ponerla en el piso, arrojó la toalla al suelo. Arrugó los ojos mientras las llamas salían de sus manos.
-Entonces debo fortalecerme.
-Coloque su sello aquí –indicó Aang, señalando el final del pergamino. Se había acostumbrado a firmar tratados de paz, habiendo supervisado de sobra desde el final de la guerra-. Ahora, lo aprobarán los colonos de la Nación del Fuego. Su sello va aquí…
Tres colonos de la Nación del Fuego, una anciana, un granjero y el comerciante al que le incendiaron la casa presionaron sus insignias entintadas en rojo al final del documento. Un suspiro colectivo de alivio se escuchó cuando Aang levantó el tratado.
-De acuerdo con ambos grupos, los ancianos de esta aldea y los representantes de los colonos de la Nación del Fuego han llegado a una pacífica resolución para acabar con las hostilidades –empezó el padre de Haru. Debajo de la plataforma de madera donde estaban sobre la muchedumbre de aldeanos y colonos, ésta prestaba cuidadosa atención a lo que era dicho.
-Comenzando ahora mismo, la discriminación contra los colonos esta prohibida y será castigada por ley... –anunció Katara leyendo el pergamino. Estaban en una gran zona al aire libre en el centro de la aldea. En la plataforma de madera, los ancianos y representantes eran supervisados por el Avatar y Katara.
Un día antes, los ancianos de la aldea habían aprobado la resolución. La noche anterior, los colonos de la Nación del Fuego hacían lo propio. Haber prometido protección del hostigamiento y la discriminación bajo las leyes del Reino Tierra no pondría fin a la intolerancia, pero haría la vida más fácil a todos. Con un poco de suerte, acercaría a los colonos a la aldea, acercaría a la tolerancia y acercaría a la paz.
Todos sabían que tomaría tiempo y que los prejuicios nunca desaparecerían realmente, pero era mejor que nada. En la plataforma, los ancianos de la aldea y los colonos se inclinaron, presentándose respetos. Abajo, una mezcla de ambos grupos festejó. Había tomado la mayor parte del día para terminar, pero justo antes del crepúsculo, habían alcanzado un acuerdo.
-¡Celebremos este tratado con nuestro nuevos hermanos y hermanas! –exclamó el padre de Haru. Gritos secundando la idea partieron de la muchedumbre y Katara corrió hasta el borde de la plataforma. Sacudió la mano en el aire, indicándole a la banda que comenzara.
Cuando las melodías del cuerno sungi (1) empezaron a sonar, todo mundo empezó a deambular por las calles. Ricos comerciantes habían traído comida y los ancianos de la aldea promovían las conversaciones entre los grupos. Ningún evento social estaba completo sin comida. Por todos lados, antorchas eran encendidas, iluminando la zona, y linternas colgaban encima de sus cabezas-
Aang le entregó el documento al padre de Haru antes de volverse a Katara. Ella se inclinaba ante los colonos de la Nación del Fuego que se marchaban para unirse a las festividades.
-¡Katara! –llamó Aang. Se apresuró a su lado y sonrió alegremente-. Nada mal, ¿eh?
-Para nada –rió ella-. ¿Has visto a los otros?
-Nop –respondió Aang-. Se fueron temprano para atrapar a los pirómanos.
Katara arqueó una ceja.
-¿Incluso Sokka?
-Suki dijo que ella se lo llevaba –sonrió Aang-. Cuando la vi irse, parecía que se lo llevaba de la oreja –Katara sonrió de oreja a oreja.
-Me pregunto si encontraron algo…
-¡Aang, Katara!
-¡Cuidado! –los aludidos se voltearon hacia las voces e inmediatamente vieron flechas llameantes volar en picada sobre la multitud que gritaba.
-¡Aang! –aulló Katara. El joven Avatar se movió por la plataforma y envió dos ráfagas de aire hacia las flechas. Se partieron en dos y cayeron sobre los techos de unos edificios cercanos. Katara se apresuró en apagarlas con agua control antes de que pudieran extenderse.
-¡Ahí están! –Vociferó la voz de Suki desde algún lado al final de la multitud-. ¡Atrápenlos!
La tierra empezó a temblar bajo sus pies, algo de lo que Toph era responsable. Varios gritos resonaron en el área cuando Toph bajó sus dedos, hundiendo a cuatro jóvenes hasta el cuello en la tierra, aunque se asemejaba a arena movediza.
-¡Aja! –Gritó Sokka, apareciendo como de la nada-. ¡Pesaron que podían escapar de mí, no es así!
Hacia el final de la calle, vieron a Sokka parado sobre las cabezas sobresalientes de los hombres mientras Toph y Suki se adelantaron prudentemente, ambas listas para pelear.
-¿Qué está sucediendo aquí? –inquirió un anciano, saliendo de entre la muchedumbre. Aang y Katara echaron a correr, intentando llegar al lugar.
-¿Por qué no le pregunta a estos tipos? –replicó Sokka rápidamente-. Estos cuatro arqueros han estado incendiando la casa de los colonos de la Nación del Fuego.
-¡No es cierto! –Porfió el anciano-. ¡Son mis nietos! ¡Ellos no harían tal cosa!
-¿Ah, sí? –Bufó Toph-. Ayer, fuimos al mercado preguntando porque algunos vendedores no le venderían a la gente de la Nación del Fuego.
-Todos se ponían muy nerviosos, pero nunca tenían una buena razón –añadió Suki-. Y cuando nos movimos, Toph percibió que nos seguían. Ninguno de los puesteros decía haber estado hablando y evitaba el tema cuando lo mencionábamos.
-Después cuando fuimos a las casas quemadas y excavamos. Encontramos varias puntas de flechas entre los escombros, indicando que todos los incendios habían empezado de la misma manera –prosiguió Toph-. Fuimos a buscar a los arqueros y todos nos enviaron con los nietos del dueño del puesto de carne.
-Supuestamente fueron arqueros en el ejército del Reino Tierra antes de que los enviarán de regreso. Así que hemos estado siguiéndolos todo el día –afirmó Suki con orgullo-. Nos dimos cuenta de que tramaban algo para el día de la firma, o sea, hoy.
-Y miren lo que encontramos –Toph pateó el suelo y uno de los jóvenes se levantó del suelo en una pila de barro. En sus manos tenía un arco. Sus ojos se agrandaron y lo dejó caer inmediatamente-. También encontramos unos cuantos árboles en el bosque que habían sido ahuecados.
-Ahí era donde habían estado escondiendo sus armas y herramientas, incluyendo aceite, fósforos y trapos –explicó Sokka.
-Es imposible –insistió el anciano-. ¡Nunca harían algo así! ¡Yo los conozco!
-No, los amigos del Avatar están diciendo la verdad –admitió una mujer adelantándose-. El mayor me dijo que si seguía vendiéndole a los ciudadanos de la Nación del Fuego, sería el próximo objetivo.
-A mí también.
-Y a mí.
-Hae Mong, ¿es eso cierto? –preguntó el anciano. Sus ojos estaban llenos de esperanza cuando miró al joven que aún estaba enterrado.
El giró la cabeza.
-No pertenecen aquí, abuelo. ¡No después de lo que hicieron!
-¡No hicieron nada! –Bramó Katara-. ¡No descargues tu frustración y odio en gente inocente! ¡Odiaste cuando la Nación del Fuego hostigó y aterrorizó a tu gente y ahora tú estás haciendo lo mismo!
-Toph, libéralos –le pidió el padre Haru observando a los jóvenes-. Los llevaremos a la cárcel.
-Creo que tenemos todas las pruebas que necesitamos –concedió Aang tristemente. Levantó su mano y les hizo señas a dos grandes hombres para que se acercaran. Toph pateó el suelo otra vez y otros tres jóvenes salieron de la tierra. Todos llevaban arcos y dos de ellos tenían flechas-. Llévenlos. Oirán la decisión de un jurado mañana sobre un castigo apropiado, como fue acordado.
Los hombre se llevaron a los cuatro jóvenes escoltados por unos maestros tierra, Suki, Sokka y Toph. Katara estaba que echaba chispas.
-No puedo creer que alimentaran tal rencor…
-No puedo creer que disparar flechas en llamas a una multitud –murmuró Aang. Se volvió hacia la gente y levantó sus manos-. ¡Atención todo mundo! ¡Los pirómanos han sido capturados!
-¡Es un gran día para nosotros! –Agregó el padre de Haru-. ¡Debemos sentirnos un poquito más seguro ahora que han sido atrapados! ¡Es hora de celebrar!
-¡Sigamos con las festividades! –gritó alguien.
Muchas voces se mostraron de acuerdo y Haru le hizo señas a la banda para que comenzara de vuelta. La música llenó las calles y Katara soltó un profundo suspiro.
-Vamos, Katara –dijo Aang-. Hicimos lo que vinimos a hacer.
-Es solo que ha sido… muy agotador –suspiró. Miró a su amigo con una expresión preocupada-. ¿Es esto lo que has estado haciendo todo este tiempo?
Aang esbozó una sonrisa.
-Bueno… ¡Soy el Avatar!
Una mano se alzó entre la multitud y se una línea de personas bailando en círculo pasó cerca.
-¡Avatar! ¡Baila con nosotros! –pidió alguien. Aang soltó una carcajada y sonrió ampliamente.
Sin vacilar, Aang se unió al grupo de colonos y aldeanos en el círculo. Katara sonrió con cariño, observándolo.
-Katara –dijo una voz grave a sus espaldas. Una gran mano se apoyó en su hombro y ella alzó la vista hacia el padre de Haru-. Tú también trabajaste mucho. Estamos en deuda contigo de nuevo.
-No –le aseguró Katara-. Solo hice lo que Aang me dijo. El trabajo real lo harán usted y los otros aldeanos.
-Pero no sin su ayuda –porfió. Sonrió con calidez y le palmeó el hombro-. Únete a la fiesta. Celebraciones como ésta no pasan a menudo.
Katara asintió y sonrió mientras él se alejaba.
Celebración… lentamente, su sonrisa se desvaneció y agrandó los ojos.
-Oh, no…
-¡Katara! –llamó una voz detrás de ella y se giró. Haru estaba corriendo hacia ella, sonriente y saludándola con la mano en el aire, abriéndose paso entre la multitud-. ¡Aquí estás! Algunos de las ancianas están preguntando por ti, quieren que vayas y pruebes su comida.
-Haru –Katara se adelantó y lo agarró de los brazos. Enormes y preocupados ojos lo miraron-. ¿Cuánto tiempo hemos estado aquí?
-¿Te refieres desde que llegamos del Polo Sur? –inquirió. Katara dijo que sí-. Más de una semana y media... casi dos.
Katara empalideció. Sus manos se cayeron de sus brazos y se hizo para atrás.
-No…
-¿Katara? –preguntó Haru, preocupado. Arrugó el entrecejo, acercándosele-. Katara, no te ves bien.
-¿Dónde está Aang? ¡Necesito hablar con él! –empezó Katara frenéticamente. Iba a echar a correr, pero Haru la agarró del brazo y no se lo permitió.
-¿Qué sucede, Katara? –persistió-. ¡Te ves aterrada!
-¡Tengo que irme!
-¿Irte? –Jadeó, agrandando sus propios ojos-. Pero… la celebración acaba de empezar.
-¡No, aún no! –dijo, quitándose sus brazos de encima-. ¡Me la perderé si no me pongo en marcha!
-¿De qué estás hablando, Katara? –Exclamó Haru, tratando de agarrarle la mano-. ¿Por qué tienes que irte?
Ella lo miró.
-Tengo otro lugar donde necesito estar –enfatizó.
-Katara… -empezó Haru. Miró alrededor. Estaban a un lado, lejos de donde se llevaba la mayor parte de la celebración, que era cerca de la plataforma. Su mirada volvió a ella y apretó su mano con desesperación-. Katara, yo… -no completó la frase y lentamente apartó la mirada. Le ardía la cara, estaba sonrojado.
Incluso en la oscuridad, la joven maestra agua podía ver el rubor de sus mejillas mientras se mordía el labio inferior, nervioso. Giró la cabeza y le sacó la mano, sin dejar de notar el ruido que escapó de sus labios cuando lo hizo.
-Lo siento, Haru –parló en voz baja, pero lo suficientemente alto para que él la escuchara-. No puedo quedarme.
Cerró los ojos y asintió con la cabeza. Trató de ignorar el dolor de su pecho cuando volvió a mirarla
-Lo siento –se disculpó suavemente-. No quise ponerte incómoda.
-No, Haru… está bien –aseveró-. Comprendo… -apartó la vista-. No puedes evitar como te sientes…
El maestro tierra levantó la cabeza y la miró,
-Debí haber sabido que ya había encontrado a alguien más –admitió con tristeza. Le dedicó una débil sonrisa-. Viajaste por el mundo… alguien debe haberte llamado la atención. Es un hombre muy afortunado.
Katara cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza.
No… no, no lo es…
Inhaló profundamente y enfrentó su mirada.
-Lo siento, Haru.
El sacudió la cabeza.
-Gracias por venir a mi aldea –le dijo. Le sonrió con calidez y se inclinó-, Katara de la Tribu Agua.
Katara le devolvió la sonrisa con tristeza, entendiendo su dolor. Ella no quería lastimarlo, pero no quería engañarlo tampoco. Asintió con la cabeza y levantó los brazos.
-¿Un último abrazo? ¿De amigos? –ofreció.
Haru rió entre dientes y asintió.
-De amigos –reafirmó. Y cuando se abrazaron, un boomerang pasó rozando su cabeza.
-¡Haru! –Rugió Sokka-. ¿Qué te dije?
-Está bien, Sokka –le aseguró ella a su hermano, apartándose de Haru-. Somos solo amigos.
-Sí, claro… -masculló Sokka. Levantó la mano y atrapó el arma que fácilmente había regresado a él. Mantuvo su mirada asesina sobre Haru hasta que Suki se les unió.
-¿Qué están haciendo aquí? –curioseó-. ¡Vamos!
-No podemos –replicó Katara, sacudiendo la cabeza-. ¡Tenemos que irnos!
-¿Irnos a dónde? –se extrañó Sokka. Masticaba una pata de pollo que había tomado de una mesa.
-Tenemos dos días para llegar a la Nación del Fuego, ¿recuerdas? –le dijo, exasperada-. ¡Es el cumpleaños número dieciocho de Zuko! ¡Le dije que estaríamos allí! –cuando dijo su nombre, los ojos de Haru se agrandaron, dando con la respuesta. Vio a Katara hacerle señas a Aang y empezar a decirle lo que sucedía. El joven maestro aire abrió los ojos como platos. Aparentemente, también lo había olvidado. Asintió e instó a Suki y a Sokka para que buscaran a Toph.
-Haru, lamento que tengamos que irnos tan pronto –se disculpó Aang, repentinamente, sacando a Haru de sus divagaciones-. Perdimos totalmente un barco hacia la Nación del Fuego. Si no partimos con Appa ahora, no llegaremos a tiempo para la celebración del Señor del Fuego.
-Cientos de líderes de todo el mundo van a estar ahí –añadió efusivamente Katara-. Y todos quieren ver a Aang allí.
-Gracias por recibirnos, Haru –le agradeció Aang-. Vamos, Katara. Tenemos que agradecerles a los padres de Haru y ponernos en camino.
Katara asintió y se corrió, mientras Aang iba a buscar a los padres de Haru. Los dos estaban de vuelta solos y Katara lo miró. Adelantándose, tomo su mano y le dio un apretón reconfortante.
-Eres un buen chico, Haru. Gracias por todo.
El sonrió como respuesta.
-Buen viaje, Katara –la maestra agua soltó su mano e inclinó su cabeza antes de desaparecer entre la muchedumbre. Su expresión se entristeció y la sonrisa abandonó su rostro. Parte de él no lo podía creer, pero la otra parte se preguntaba cómo no se había dado cuenta antes. Katara de la Tribu Agua estaba enamorada del Señor del Fuego Zuko.
A/N: simplemente una actualización rápida. Este fue un capitulo bastante aburrido de transición, pero al menos Haru fue rechazado como debía. Estaré ocupada esta semana que viene con los planes para los próximos fines de semana, pero trataré de actualizar cuando pueda. ¡Gracias por su paciencia y por leer!
N/T: Yo tampoco sé que pasó, sólo sé que terminé este Cáp., en un día y lo estoy subiendo. :) Genial, ¿no? Cualquier aviso, avisen. Muchas, muchas, muchas, muchas gracias por sus reviews. Vieron lo que lograron. Jaja, yo les dije son re levantadores de ánimo. :P
Cariños especiales para: carita feliz (¡Sos el mismo carita feliz de las otras veces? Jaja, si sos... muchos mails tenes! (?) y si no, oops te confundí. Seas quien seas, HOLA! Ey, me alegro que te haya gustado el capítulo y yo tampoco puedo esperar para eso... aunque den rabia y se resistan a encontrarse, xP Ey, una respuesta la autora tiene el fic terminado y son 25 largos capítulos pero que bien merecen la pena. Y te recomiendo también Dancing in the Dark, un Blutara y Zutara xP (que al fin y al cabo, vendría ser lo mismo aunque diferente) y podes encontrarla a la autora dentro de mis favoritos :)Un beso, que estés bien :D! ah, tu correo no me funco. ), Azrasel (de nada! de donde me suena tu nombre? un beso y muchas gracias por leer y dejar rr!) a Honey-sempai, a GeminiIlion, a CyllanSDT y a kyaia (wow, de un jalón? Jaja, qe buenos ojos xP Que estés bien bonita, gracias por leer y tomarte el tiempo de comentar. :)) ah, un beso también para kakki-chan que agregó la historia a favoritos ¡y a mi también! O.O! Jaja, besos para todos.
(1)Gracias kyaia y CyllanSDT por su ayuda, gracias gracias.
Edito:25/12/08 (Feliz Navidad!)
