Ohayo Minna-san! Aquí la Teniente Alice reportándose con un nuevo capítulo de Noble Soul, recién salido de la computadora.
Estoy muy contenta por todos sus review y por los que me agregaron como favorito *llora como magdalena* Arigato, Arigato, Arigato.
Este capítulo esta de dedicado a:
Mysticalls-123
Bella-san
Estefa-chan
Lady-Valery
Akashoujo948
Akina-Aizawa
Alma Guerra
Pero sé que están deseosas de leer ya –lo cual me vuelve a hacer muy feliz- así que como no me gusta hacer notas largas, les dare gusto.
Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, sino a Yana Toboso y a su bendita y sexy imaginación.
Teniente Alice las deja leer, cambio.
P.D. Ya escucharon lo del Live Action de Kuroshitsuji? Cuando vi la foto del que va a ser Sebastian pensé: Le exploto el boiler! Jajaja XD ok, no.
P.D.2. Les recuerdo esto *.*.*.* marca que la historia se contara desde el punto de vista de Sebastian en tercera o primera persona; y esto O-o-o-o que se contara desde el punto de vista de Ziel.
Ya ahora si AL FIC.
Cap. IX Ese mayordomo, reina y reina
"Los monstruos existen, los fantasmas también.
Viven dentro de nosotros, y en ocasiones nos vencen"
- Stephen King
*.*.*.*.*
Tú y yo deseamos lo mismo.
Algo esquicito.
Algo atrayente.
Algo delicioso.
Seré yo el triunfador de esa alma tan llenadora.
No dejaré que la toques con tus sucias manos.
Nadie toca lo que me pertenece…
O-o-o-o-o
Mi relación con Claude Faustus se podía comparar con una bomba nuclear a punto de estallar. El detonador estaba perdido y en cualquier segundo podría culminar en una tragedia.
Claude pertenecía al tercer grado del St. Bees School. Cuando yo ingrese al mismo él ya era presidente del Consejo Estudiantil y el favorito de la Escuela de Música. Porque, si, era miembro de los Cuervos Azules y todas las chicas morían por él. Sin embargo, su actitud distaba mucho de la de ser una persona agradable. Todo el tiempo se la pasaba en la biblioteca, oculto detrás de sus gafas de armazón negro y de cualquier libro de Geografía e Historia que se pusiera en frente. Ignoraba cuanta insinuación o palabra le fuera dirigida; había incluso llegado a considerar que era mudo, de no haber sido porque mi inteligente director, el Señor Stephen, ordeno que fuésemos los encargados del mural del ala este.
Fue una completa tortura, puesto que su actitud flemática y su constante desinterés no me permitían si quiera dirigirle la palabra. Para empezar, yo no era buena charlando con personas que no conocía ya había sido todo un reto acostumbrarme al colegio. Nos sentamos durante dos horas sin decir nada, yo mirando al gran espacio de concreto donde se suponía debíamos colocar el mural y Claude con la mirada perdida en un libro de pastas negras sin título.
Me pare de mi asiento, dispuesta a marcharme a la dirección escolar y pedir un cambio de compañero, pero se desato un viento terrible que me hizo salir expulsada hacia atrás, chocando a mi paso con Claude. Para cuando me di cuenta, estaba encima de el con todo el cabello en la cara. Me ruborice, pidiendo disculpas enredadas, pero Claude parecía no escucharme.
Sus ojos de un inquietante color amanecer estaban exaltados, con las pupilas dilatadas. Su respiración se había agitado como si acabara de correr la gran maratón; tenía las manos crispadas a ambos lados de su cuerpo, arañando la tierra bajo este; por un segundo, de sus labios entreabiertos, alcance a ver la punta de su lengua pasar por sus dientes perlados.
Salte de mí incómoda posición, sujetándome de lo que pudiera. Claude se paró sin decir nada, regresando a esa inmutable expresión de serenidad e indiferencia. Sin embargo, como si el ratón en su cabeza se hubiese puesto a trabajar, abrí la boca y hablo. Y hablo todo el rato, porque yo tenía las palabras clavadas en la garganta, aportando ideas sobre el mural, midiendo aquí y allá.
Durante el resto de la semana, y una vez pasado el susto por su repentina reacción, trabajamos arduamente, pero sin pasar de la formalidad. Jamas lo vi sonreír, en ningún momento hasta el presente. Ni siquiera una insinuación leve en la comisura de sus labios y sus ojos permanecían con ese tinte frio y apagado. Fuera de eso era todo caballerosidad y cortesía. Aun cuando terminamos el mural, el cual le encanto al director quien prácticamente llora sobre mí, siguió acompañándome a cada clase, buscándome en el receso e incluso llego a acompañarme a la casa del muelle.
Lilith y Elliot estaban a rebosar de alegría, porque aunque Claude causaba un poco de miedo, era yo la envidia de todo el colegio y la verdad me encontraba feliz. El jamas hizo insinuación alguna de querer tener algo más conmigo que una simple amistad. Es más, no estaba segura siquiera si éramos amigos ya pero no me importaba.
Jamas he sido de esas personas que sueñan con su príncipe azul o que creen en el amor verdadero y eterno. Eso era para niños y yo era todo menos una niña, ya había madurado lo suficiente como para tener los dos pies clavados en la tierra. Por lo cual, me resultaba casi imposible de aceptar que me hubiese enamorado de Claude Faustus.
Y no era así.
Definitivamente no era así, porque cuando lo encontré del brazo de Mildred Trancy lo único que sentí fue una fuerte decepción. Pero a esas cosas ya estaba acostumbrada, o al menos, me mentía a mí misma diciendo que lo estaba.
Lo peor no radicaba en eso, sino en que mi confianza en él había sido tanta que le había contado hasta el más íntimo de mis secretos, cosas que solo Lilith y Elliot sabia y que no me habría tomado el tiempo ni la pena de decir si no hubiese creído que se merecía mi lealtad. Y, como buen perro de Mildred, le conto absolutamente todo.
De no haber sido por el apoyo de mis amigos y hasta de Scott, jamas habría sobrevivido a las largas semanas de tensión que sobrevinieron a eso. Carteles míos con frases obscenas; fotos manipuladas para hacerme parecer una prostituta, escritos de "Anormal" en el casillero de los vestidores y de los pasillos del colegio. Fue terriblemente duro de soportar, porque cada vez que veía a Claude me daban ganas de patearlo.
Sin embargo, no fui yo la que se encargó de eso, porque un dia durante uno de los ensayos del equipo de futbol, las porritas se inventaron una cancioncilla sobre mí, gritándola a todo pulmón, así que casi todo el campo podía escucharlas y lo hacían con mucha atención. Lilith corrió a pararlas, pero era tan pequeña que la ignoraron monumentalmente, aun cuando ella alzo sus puños diminutos y las empujo con gran fuerza. Claude se encontraba frente a ellas, siempre con su cara de estatua, pero jugando al director de concierto.
Los que pasaban a mi lado murmuraban cosas y se alejaban de mí, quienes venían hacia mi bifurcaban su paso y seguían otro camino. Estaba pasando exactamente lo mismo que en primaria, siendo traicionada por las personas en quienes había confiado. Estaba tan avergonzada que apenas y me di cuenta de que Elliot avanzaba a grandes zancadas, las cuales eran como de un metro cada una, cruzando el campo de futbol en un santiamén y parándose justo frente a Claude.
Le soltó un puñetazo tan fuerte que logro tumbarlo en el pasto. Pero ahí no acabo la cosa, Elliot prácticamente se había sentado sobre Claude y lo golpeaba a gran velocidad. El otro ni se movía, parecía que lo disfrutaba porque sus ojos habían adquirido vida de nuevo mirando de forma aterradora a mi amigo, tanto que me hizo correr hasta Elliot para pedirle que parara.
Intervinieron los orientadores y hasta el mismísimo director. Hicieron falta cinco jugadores del equipo para apartar a Elliot de Claude, quien tenía los labios y la ceja partido y un ojo violeta que seguramente terminaría por ponerse negro. Los ojos verdes olivo de Elliot estaban inyectados de sangre, como arañitas esparciéndose por lo blanco. Lo mire con angustia, era como si se hubiera desquitado de todo el enojo que traía acumulado y ahora respiraba como bisonte furioso.
Obviamente los llevaron a la dirección, a Claude no hubo ni necesidad de ayudarlo a levantarse, se puso de pies como impelido por un resorte y siguió al Director Stephen hasta la oficina principal. Fuera de esta estuvieron a punto de lincharme, acusándome de ser yo la que había provocado todo ese desastre. Ambos salieron tres horas después, Elliot con expresión compungida. Por un segundo me dio miedo que lo hubieran expulsado, perdiendo así la beca de futbol que se acaba de ganar. Afortunadamente el director considero que un escándalo no le convenía en lo más mínimo al colegio, y dado que ambos eran alumno prometedores en sus campos, los dio de baja por dos semanas.
Claude no se molestó en pedir disculpas, ni a mí ni a Elliot. Después del tiempo de sanción acordado, organizo todos sus papeles y se marchó del St. Bees School.
Entonces, ¿Qué demonios hacia ahí?
Involuntariamente apreté la mano que sostenía, importándome poco a quien pertenecía porque no tenía el valor para apartar mi vista del ojiambar para voltear a verificarlo. Claude me miro por unos segundos largos y tensos, haciendo que el aura entre nosotros se condensara y pesara como el plomo sólido. Detrás de su persona, Mildred sonreía de forma pasiva con la ropa arreglada y voluptuosa.
- Claude –modere mi voz, sin permitir que todo el profundo desprecio que sentía por ellos se dejara traslucir- Que alegría, el hijo prodigo ha vuelto.
- Siempre tan amable y sarcástica ¿no es así? –el también mantenía su actitud impasible, creo que no pestañeo siquiera cuando pronuncio esas palabras. Eran tan heladas como un trozo de hielo.
- Es mi mayor virtud.
Elliot se posó a mi lado lentamente, pero aun así logro captar la atención de Claude, quien volteo a verlo con la cabeza ladeada ligeramente como lo hubiera hecho un pájaro. Aproveche ese momento de distracción para rearmarme interiormente, controlando la explosión de emociones que se había desatado dentro de mí y la bilis que me escocia en la boca del estómago. Escuche apenas la respiración entrecortada de Sebastian, quien apretaba los dientes con fuerza haciéndolos rechinar los unos contra los otros.
- El director muy amablemente se ha ofrecido a devolverme mi plaza de estudiante –comento Claude contestando a una pregunta que nadie había formulado- Y la señorita McGwire me ha dicho que tu serás la amable persona que me reintegre al ámbito escolar.
En mi cabeza, me mentalice a mí misma arrancándole le cabeza a McGwire con los dientes. Luche por idearme una de esas respuestas tan maduras cuando se trataba de algún asunto de la compañía, pero tenía la mente en blanco. Trague saliva, esperando contestar de una manera meramente decente.
- McGwire no está en posición de decidir nada. Si quieres que te reintegren al ámbito escolar muy amablemente puedes pedírselo a alguna de tus amigas- me incline a tomar la mochila que había dejado en el suelo. Fue entonces, cuando mi mano dio un jalón, que fije mi vista en quien me sujetaba con fuerza. Los ojos se me abrieron de manera exorbitante, pero Sebastian no se dio cuenta de eso porque estaba muy ocupado asesinando a Claude con la mirada y sosteniendo mi mano entre la suya. La aparte con rapidez, ordenándole a mi sangre que se mantuviera en su curso y agarrando la mochila a toda velocidad- Si me disculpas, tengo cosas más importantes que atender.
"Como irme a ahogar en el baño".
Pase a un lado de Claude y de las Arañas, imitando sus expresiones altivas. Mi condenado orgullo jamas me permitiría mostrar lo que en realidad ocurría en mi interior.
Sentí los ojos de todas las personas del campo posado s sobre mí pero entrecerré los ojos y seguí mi camino sin mirar atrás. Pero el pasado jamas te permitirá seguir adelante.
"No puedes pasar a otro mundo hasta que no mates a todos".
O-o-o-o
Deje caer el agua fría sobre mi frente y la nuca, refrescando así la piel que sentía pegajosa por el sudor. El baño de mujeres estaba desierto, todas habían huido al verme llegar, como si llevara un letrero de peste andante pegado en la cara.
Prácticamente corrí a Sebastian cuando me di cuenta de que me seguia, desquitando sobre él, y de forma injusta he de admitirlo, toda la furia e indignación contenida. El no tenía la culpa de que una de las personas a la que más rencor le guarda se hubiera decidido a aparecer después de su exilio.
Sinceramente, estaba demasiado estresada como para preocuparme por eso. Me ardía la cabeza, los oídos no dejaban de zumbarme y la boca me sabía a acero y sal. Desee poder dejar de rascarme pero me era prácticamente imposible; ya tenía todo el cuello marcado por mis uñas y me había mordido el interior de las mejillas con tanta fuerza que había provocado que las cicatrices de las heridas anteriores volvieran a sangrar.
Afuera el cielo estaba negro como la medianoche, aun cuando apenas eran las once de la mañana y en un dia normal el sol se encontraba en su esplendor. Las nubes de tormenta que se cernían sobre el St. Bees School no auguraban nada bueno.
Como si eso me importara, un poco de lluvia no podía empeorar el dia de hoy.
No tenía ni idea de lo equivocada que estaba.
O-o-o-o
En cuanto Sali del baño una fuerte mano me asió del brazo, tan fuerte que me hizo daño. Alce la vista con violencia, planeando darle un puñetazo a Sebastian pero no era el quien detuvo mi andar, fue la última persona a la que yo deseaba ver.
- ¿Qué es lo que quieres ahora, Claude? –aparte mi brazo de él, usando el tono más mortal que tenía y clavándole los ojos. El, por su parte, no dijo nada se limitó a mirarme fijamente con sus ojos entrecerrados.
En otro tiempo me habría mostrado feliz de verlo esperarme. Si no me hubiese traicionado, lo más probable es que hubiera alzado mi mano para golpearle la frente con delicadeza, pidiéndole que cambiara esa expresión tan amargado.
Si no me hubiese traicionado tal vez en mi corazón habría cabido un espacio para mostrarle cariño, pero las cosas distaban en demasía de ser como uno las espera.
- ¿Por qué siempre estás tan molesta?
Aunque siempre se mostrara flemático y en cierta parte tranquilo, me encontraba a la defensiva y no iba a permitir que mi barrera de odio se cayera.
- Porque eres un manipulador y un hipócrita y porque tu simple presencia me fastidia en limites que no imaginas –roge porque no parecía pataleta de una niña de primaria. Había pasado un año desde ese momento, ya estaba crecidita como para saber cómo comportarme ante personas como estas.
- No has cambiado en nada –se quedó quieto en su lugar, sin hacer ademan de moverse hacia a mi o de intentar volver a agarrarme el brazo. Habría podido haber sido el lobo y yo la estúpida caperucita que cayera en sus mentiras, pero ahora "caperucita" estaba armada.
Elegí no contestarle, aun no me encontraba en mis cabales como para decir algo inteligente, así que me replegué en mi lugar alejándome lentamente de él. En cuanto di un paso atrás pareció reaccionar, porque alzo su mano blanca de nuevo.
Al mismo tiempo sentí una presencia detrás de mí –lo más extraño fue que, en lugar de asustarme, me apegue a esa presencia como si fuera mi única salvación, ignorante de quien era. Tal vez fue porque lo sentí, como explicarlo. Como si durante un instante hubiera tenido una epifanía a la cual me aferre con uñas y dientes-. Y al siguiente instante, estaba medio oculta por el cuerpo de mi mayordomo.
- Disculpe si la interrumpo, señorita, pero es hora de irnos
Solté de golpe todo el aire que había contenido sin darme cuenta. Una brisa gélida rodeo el lugar, haciendo que me fijara en un punto de la espalda de Sebastian. Sus músculos estaban tensos debajo del saco que negro que traía puesto; respiraba rasposamente como si quisiera contener la rabia y podría apostar a que sus ojos rojos brillaban con una intensidad maquiavélica. No podía entender porque es que él estaba tan enfadado. Tal vez supiera lo que había acontecido entre Claude y yo en el pasado, pero ahí la única que debería estar molesta era yo.
Espié por detrás de él, fijándome en la reacción que había provocado en Claude la aparición de Sebastian. Llevaba su misma mascara de perfecta frialdad puesta en el rostro, pero como siempre en él, sus ojos lo delataban: tenía una mirada dura fijada en ellos, parecía que con ella podría lograr destruir el mundo.
Me entro ansiedad, aunque no tenía ni la más efímera idea de porqué y eso solo acabo por molestarme más. El no poder comprender mis propias emociones me era frustrante.
- Sebastian, vámonos –lo dije más como una orden que como una sugerencia.
El aludido me hizo caso, abandonando su posición de gato a punto de atacar. Poso una de sus manos en la base de mi espalda, empujándome suavemente en la dirección contaría de donde se encontraba Claude. A este último solo lo mire en señal de advertencia y proseguí a seguir a Sebastian hasta el estacionamiento.
Por todos los acontecimientos anteriores no me había dado cuenta de que el frio aumento y que los árboles se mecían con violencia infernal, azotando sus copas desprovistas de hojas las unas con las otras. Como ese fatídico dia en que un haz de luz partió mi cerezo a la mitad. Ese dia en que mi vida se destruyó.
No fui consciente de que Sebastian me guiaba hasta el estacionamiento de la escuela hasta que no estuvimos ahí. Tampoco de que ya había metido mi mochila en el Jaguar y mucho menos de que se estaba desabrochando el saco con una elegancia propia de un noble inglés. "Un minuto, si no me di cuenta ¿Por qué rayos lo describo tan detalladamente?". Como fuera, en cuanto dejo de quitárselo lo lanzo sobre mi cabeza, cubriéndome por completo del viento con él, incluso abotonándolo. Y, por increíble y absurdo que parezca, me quede estática en mi lugar sin saber cómo reaccionar. Asi que preferí a mi habitual respuesta despectiva.
- ¿Qué crees que estás haciendo? –cruce los brazos sin siquiera poder ver mis manos, porque las mangas del abrigo me quedaban tan enormes que me sentía como el enano más tonto de Blancanieves.
- La estoy cuidado, joven ama. Hace mucho frio –Nos metimos al auto. En realidad si hacía mucho frio pero me costaba admitirlo y más aún si eso significaba tener que admitir que agradecía su aparente preocupación- Necesito que este bien.
- Hum.
Y de nuevo ese silencio cargado de preguntas que jamas llegaría, que no quería que fueran formuladas, pero que estallaba por contestar. Prefería no comentar nada acerca de lo de Claude, porque para empezar seguramente Sebastian ya se sabría la historia de pies a cabeza, y en segundo porque no tenía ganas de ponerme a discutir. Y Claude era un buen detonador para una guerra entre Sebastian y yo.
Gracias a Dios –que ironía- Sebastian hizo gala de su buen desempeño como mayordomo, porque saco de quien sabe dónde un fajo de papeles engrapados y me los tendió con una mano sobre el volante.
- Investigue al detective privado que contrato Michael Middleford para el caso del asesino serial –tome los papeles con un poco de vacilación. Tenía un mal presentimiento y no se refería precisamente a lo que tenía entre las manos. Para distraerme hojee los papeles; todos se referían a los últimos casos del investigador, parte de su vida privada y de su trabajo. No tenía problemas con la ley y en lo general era un tipo afable y carismático. No se la había vuelto a ver desde hacía cuatro días, no contestaba a su teléfono celular y nadie sabía nada de lo hacía en el instante de su desaparición. También había una señal de rastreo satelital desde donde la cual había mandado el misterioso mensaje a Michael. Y ese punto estaba justamente en la nada.
- ¿Qué pasa con este lugar?
- Fui a visitarlo, señorita. No son más que unas bodegas abandonadas de la Compañía Phantom. Antes ahí se guardaban los juguetes para exportación, pero hubo un incendio y jamas se volvió a abrir. Entre a cada una y solo hallé cenizas y ningún rastro del detective.
- ¿Y qué hacia él en unas bodegas abandonadas? –nos detuvimos frente a la mansión, pero ninguno de los dos se movió de su asiento. La verdad es que me encontraba muy cómoda y calientita en mi lugar y no tenia deseos de levantarme.
- Al parecer la última persona en visitarlas fue Madame Middleford –Constance ¿Qué hacia Constance ahí?- Pero fue poco después del accidente, para clausurar el lugar.
- ¿Hubo víctimas en el incendio?
- Ninguna
- ¿Hace cuánto fue eso?
- Poco más de dos años –Sebastian vacilo un momento, estudiando mi expresión concentrada- ¿Cree que fue provocado?
- No. Pero creo que es un excelente lugar para ocultar algo.
- Como le dije, no hay nada en ese lugar.
- No me refiero a que guarde algo ahí, Sebastian –dentro de la casa, a través de una de las ventanas que no tenía la cortina descorrida, pude observar la silueta de Marion salir corriendo en dirección a la cocina- Me refiero a que es un buen sitio donde llevar a cabo una reunión. Donde llevar a cabo un plan.
- Creí que nos enfrentábamos a un solo asesino –Sebastian también dirigió su mirada a la mansión, pero supuse que no estaba concentrado en ella, su mente iba más allá.
- No lo creo Sebastian. Míralo así, ¿Cómo una sola persona pudo cargar tres cuerpos, ponerlos boca abajo y colgarlos del dosel de la tienda? ¿Cómo pudo lanzar los cuerpos a la mezcladora de dulces? Tal vez los primeros crímenes si los pudo cometer solo, pero creo que necesito ayuda para lo demás. Eso, o bien tiene la completa confianza de que en esos momentos, en los que hay personas cruzando en el lugar, nadie se fuere a fijar en él ni en lo que estaba haciendo.
- O sea, una persona de confianza en la cual nadie dudaría.
- O en la cual todos temen tanto que no se atreverían ni a cruzarse en su camino. Alguien con el suficiente poder como para cerrar la Compañía más temprano de lo normal; como para ordenarle a ciertos empleados que se quedaran más tarde de lo habitual o para convocarlos en laguna "reunión" de trabajo.
- ¿Se da cuenta de que eso solo nos deja a un sospechoso?
- Si, Sebastian. Es exactamente por eso por lo que estoy preocupada.
Dentro de la mansión algo se sacudió, porque un humillo gris comenzó a salir de una de las ventanas. Marion choco contra el vidrio de la ventana que daba al camino y la vi desplomarse seguramente sobre la alfombra, pues desde mi posición no podía ver nada más.
Sebastian suspiro a mi lado y abrió la portezuela del carro. Yo también solté un suspiro, ni me moleste en tomar la mochila porque no la usaría en todo el fin de semana. Tome la mano que me ofrecía Sebastian para ayudarme a bajar y me di cuenta de que el aire se había espesado sobre el suelo, formado una neblina blanca y que el cielo ya no estaba negro, sino de un color violeta enfermizo.
Caminamos sin decir nada, yo perdida en mis cavilaciones sobre el caso de la compañía con la vista perdida en la puerta de la mansión.
- ¿Se encuentra bien? –me detuve a mirar a Sebastian. Se semblante estaba muy serio, tanto que daba miedo. Era la primera vez que me hacia una insinuación sobre lo que había pasado en el colegio, y era muy cortes de su parte, pero aun no tenía ganas de hablar.
- ¿Por qué no habría de estarlo? –sonrió, como si le complaciera mi respuesta, pero sus ojos seguían serios. Nos quedamos viendo los ojos del otro por un buen rato; mi mente se quedó en blanco, nada, vacío total. Habría podido haber olvidado hasta mi nombre y que hacia ahí, de no haber sido porque la puerta de la mansión se abrió con violencia, dejando entrever la figura entrecortada de Beau que, como no, estaba empanizado en carbón y del cual su puro no había sobrevivido de nuevo.
- ¿Pueden dejar de jugar a los tortolos y ayudar?
Sebastian y yo lo miramos con el ceño fruncido, pero pasamos aun así. Dentro olía a aceite quemado y a pollo. Subi las escaleras a tientas por todo el humo, escuchando a penas a Sebastian regañar a Beau por usar un lanzallamas para cocinar; y a este replicar que había sido Philip el que sugirió que lo usaran para ahorrar tiempo.
Rodee los ojos, bufando por la pestilencia que se había extendido por la casa.
Seguí con esa extraña sensación de ansiedad que no podía quitarme de encima e inconscientemente, volví a rascarme.
O-o-o-o
- Jaque
- ¡¿Qué?! Agh, juego de pacotilla.
Llevaba al menos una hora en la cocina de la mansión, la cual milagrosamente se había salvado porque a los genios que tenia se le ocurrió hacer sus travesuras en el garaje. Por lo que ahora no había garaje, pero eso ya era algo.
Después de pasar horas sentada frente al escritorio del estudio, dando de vueltas por el hasta casi hacer un hoyo en la alfombra, me decidí a bajar para distraerme un poco. Mi cabeza no podía hilar los cabos sueltos, no tenía derecho ni revés y yo no le encontraba el inicio a todo esto. Me encontraba perdida en un punto intermedio de la red y estaba enredada hasta el cuello. Me hubiese gustado llamar a Michael para darle a conocer mis nuevas suposiciones, ya que suponía que él era miles de veces más intuitivo que yo en estos asuntos, pero no tenía ganas de llamar a la mansión Middleford y mucho menos para eso. Porque aquello supondría contestar un montón de cosas y dar explicaciones que ni yo misma entendía, además de que aún no baja de la lista de sospechosos a Michael y no podía permitirme bajar la guardia y confiar en él.
Asi que había optado por jugar, o intentar jugar, ajedrez con mis sirvientes. Estábamos replegados sobre la barra de la cocina, la cual estaba aderezada con mosaicos de talavera. Todo esto, más el horno de piedra clavado en un rincón y los arcos de ladrillos le daban a la cocina un aire rustico.
Olía a pan recién hecho y se me hacía agua la boca porque estaba recargado sobre una de las hornillas de la estufa, pero no me quería ver glotona así enfoque mi mirada en Beau. El pobre miraba el tablero sin poder creérselo, examinando las piezas como si tuvieran alguna especie de mecanismo que lo hubiera hecho perder las diez veces que habíamos jugado.
Marion leía un libro sobre ajedrez, se había sentado en uno de los bancos de madera, con la cabeza ladeada y el libro al revés, como si así pudiera entender lo que decía. Por su parte, Philip se la había pasado mirando un alfil desde que perdió por quinta ocasión. Su mirada estaba profundamente concentrada en la pieza, con las cejas rojizas casi tocándose de lo fuerte que apretaba el ceño. Dude si su cabello lo dejaba ver algo, me recordaba a un Bearded Collie que tuve de niña; tenía el mismo pelo rebelde que le caía sobre los ojos castaños.
- Philip… ¿Qué estás haciendo? –le cuestione, mientras a mi lado Beau maldecía al ajedrez.
- Me hago uno con el alfil.
Philip lo dijo con tal convencimiento y con tanta devoción que no pude evitarlo. Una carcajada estallo en la cocina, haciendo eco en las esquinas desnudas de muebles. Me tape la boca no una mano, avergonzada por mi actitud, pero no odia pararlo; estaba en medio de una crisis emocional y mis risas repiqueaban por todo el lugar sin ton ni son.
Beau y Marion me miraron extrañados, pero al final se sonrieron desde los extremos opuestos de la barra y soltaron risitas. Philip ni pestañeo, hasta que el grandulón del cocinero se levantó de su asiento y le di una palmada tan fuerte en la espalda que acabo por tumbarlo del banco, tirándolo al suelo.
Estábamos en medio de un estallido de risas cuando Sebastian apareció en el marco de la puerta, mirándonos con las cejas levantadas y una sonrisa sincera surcando su rostro.
- ¿Se puede saber que ocurre aquí? –me limpie las lágrimas que había saltado de mis ojos disimuladamente, sobándome las costillas porque hasta me había dolido el reír.
- Pues que aquí mi buen amigo Samurái, busca adentrarse al enigmático saber del alfil y hacerse uno con su espíritu de ajedrez –respondió Beau con un tono gangoso, imitando el acento de un asiático con muy mala pronunciación, y cerrando su imitación con una reverencia exagerada para su tamaño.
Philip lo miro de mala manera, levantándose del suelo a la vez que se sobaba la espalda. Siempre había querido tener hermanos menores, de esos que te protegen a toda costa y que te hacen reír y enojar con sus tonterías. Ahora mismo, me sentía como una niña pequeña, acomodando las piezas en tablero aun con una sonrisa grabada en mi rostro.
De hecho, era muy extraño el hecho de que yo me riera. Eliot me acusaba de lo apática que era y me habrían haber podido comparar con la actitud de Claude de no haber sido porque tenía mis momentos de actitud chispeante. En general, se me hacía extremadamente difícil hablar con extraños –Lilith y Elliot eran la excepción- y podía llegar a pronunciar al menos quinientas palabras en todo un año y no necesariamente seguidas. En realidad me la pasaba con la nariz pegada a los libros y no le veía la necesidad a hablar como perico durante días, así como Cassandra que estaba yo segura que excedía el número de palabras recomendables que una persona dijera por dia.
Aun así, cuando agarraba confianza, podía descargar todo lo que tenía acumulado en menos de quince minutos. Justo ahora se me hacia muy extraño el que le hubiera agarrado cariño a mis sirvientes –a regañadientes tuve que aceptarlo, eran como tres perritos descontrolados- pero en realidad era así. No me sentía como la típica ama que relega a sus sirvientes a los quehaceres de la casa, que los maltrata y que prácticamente anda sacando el látigo. Me sentía muy cómoda a su lado, sobretodo porque no me obligaban a contarles algo sobre mí ni me acribillaban con preguntas incomodas; eran lo suficientemente inteligentes como para respetar mi espacio personal y como para distraerme con sus cosas.
Mire a Sebastian, quien no me había quitado la vista de encima. Se adelantó a la hornilla y me sirvió un pedazo del pan recién hecho y un vaso de leche fría. A veces me daba miedo, era como si supiera de antemano lo que yo pensaba o lo que quería. No dudaba que tal vez tuviera el poder de la telepatía o algo por el estilo, pero a ratos sospechaba que él me conocía mejor de lo que yo pensaba.
- ¿Qué es? –me sentí un poco tonta sobre la forma en que lleve a cabo la pregunta, pero es que no se parecía a ningún pan que yo hubiese visto antes. Obviamente era un pan, que torpe, per tenia esparcidos frutos de distintos colores y emitía un aroma dulzón. No se parecía en nada al pan negro, esponjoso como una esponja, al que yo estaba acostumbrada a comer en la casa del muelle. De hecho, no tenía experiencia con los lujos, mi vida siempre había sido sostenía por una buena condición económica, pero no como para andar despilfarrando en un pan.
- Es pan rústico, joven ama. La receta proviene directamente del Marquesado de Valleumbroso de Oropesa, capital mundial del pan –bueno, eso calificaba como lo más extraño que me han dicho en todo el dia. Mordí un pedacito, rayos, y que delicioso estaba. Mantuve mi expresión exánime, pero Sebastian ya lo había leído en mi cara y ahora sonreía con autosuficiencia. Le fruncí el ceño.
- Esto no es pan rustico, es un bolillo con pasas.
Sebastian soltó una carcajada y se sentó frente al tablero de ajedrez, moviendo con la punta de su dedo el caballo blanco.
- ¿Qué averiguaste ayer de Michael? –moví uno de los peones dos espacios, dando inicio a la partida. Sebastian me miro con las cejas alzadas y también movió un peón del centro. En la noche anterior le había ordenado seguir a Michael a donde fuese que fuera y no regreso hasta muy entrada la noche, según me dijo Marion, empapado y con mala mirada.
- Fue directo a la mansión Middleford, tal y como habíamos supuesto- caballo al centro- Toco a la puerta como si nada y le abrió el mayordomo de la misma. Desde la ventana pude observar a Madame Middleford abofetearlo. La señorita Millicent bajo inmediatamente, pero le ordenaron regresar a su habitación.
- ¿Escuchaste lo que decían? –F7 y enroque; me imagine a Sebastian colgado de un árbol cual búho al acecho.
- Lo único que dijo Madame Middleford fue "¿Tienes idea del peligro en el que te expusiste? Pudiste arruinarlo todo.
- ¿Qué? –Reina captura a caballo. ¿Eso quería decir que Constance sabía algo?- ¿Crees que Constance lo sepa? Que Michael es el asesino.
- Lamento si lo que le voy a decir le ofende señorita –Rey captura a Reina- Le voy a ser muy sincero con respecto a este asunto. El joven Michael es solo un peón más. Es el rey en este juego: parece muy importante, pero en realidad es inútil, solo puede moverse un espacio al frente, los lados o en diagonal, pero jamas más allá no como la Reina que puede ir a donde quiera. Y pensar que todo el juego depende de esa insignificante pieza. Mientras que usted, joven ama, es la verdadera pieza importante. La Reina a la que debo proteger más que a nada.
Baje la mirada al tablero de ajedrez para evitar la intensa mirada que Sebastian me dirigía. En el tablero solo quedaban dos piezas: ambos Reyes, blanco y negro. Bueno y malo, como el monocromático tono que la tarde había tomado.
Era cierto, la Reina era la encargada de proteger al Rey, al igual que las otras piezas, pero en esta radicaba aún más importancia. "Michael es el Rey, el Rey…". La Reina tenía el máximo poder en el tablero, aun cuando aparentara lo contrario. Se movía con sutileza y en cualquier momento, frente a tus narices, podía realizar su movimiento fatal sin que pudieras darte cuenta. Y eso se parecía a…
El alma se me fue a los pies.
- Eres un maldito genio, Sebastian…
O-o-o-o
La mansión Middleford era poco menos grande que la mía, pero eso no significaba que su belleza quedara opacada. Tenía tres grandes columnas al frente, la del centro adornada por inmensos ventanales que daban vista a las escaleras en forma de caracol. Todas las cortinas estaban descorridas, pero lo único que alcanzaba a visualizarse era una absoluta oscuridad. A diferencia de la mansión Phantomhive, esta lúgubre casona estaba rodeada por inmensos jardines cortados al ras del suelo y sin ningún ápice de arbustos sobresaliendo. El techo estaba resguardado con un alambre de púas ya oxidado, lo que le daba una apariencia más de prisión que de hogar. En otras palabras, la mansión era fría y monótona, sin colores saltando a la vista. Como una postal en blanco y negro.
Sobre nosotros se cernían las nubes de tormenta, iluminadas a ratos por los chasquidos y bramidos de los rayos. En otra época, en otro lugar, habría pensado que los dioses estaban enojados por la sangre derramada. Tal vez así era.
No se escuchaba ningún ruido más que el aullido del viento, la casa estaba inmóvil frente a nosotros, pero aun así parecía resplandecer. Casi podía ver un aura negra rodeándola, espesa y temible.
Los tacones de mis botas resonaron en las escaleras de mármol gris. Me dejado el cabello suelto -grave error- por lo que ahora lo tenía todo enredado y se me atoraba en las pestañas. Sebastian se situó detrás de mí, con la espalda tensa y la mirada seria. Toque la aldaba con forma de cabeza de águila dos veces. Nada.
Mire a Sebastian una única vez y este abrí la enorme puerta con solo un toque. Al asomarme por la rendija abierta llego a mí un olor rancio y seco. Como si no hubiesen habitado esa mansión desde hacía años. Los muebles estaban tapados con telas blancas, los utensilios de limpieza botados. Parecía que alguien había dejado la mansión y lo había hecho con prisa.
Las alfombras amortiguaron el sonido de nuestros pasos al avanzar. Nada se podía hacer con el frio; al exhalar salían nubes de vapor de mi boca y nariz. No había ni una luz encendida y las habitaciones del vestíbulo, la sala y el comedor estaba apenas alumbradas. Entre la penumbra choque contra una mesilla y Sebastian tuvo que agarrarme del codo para que no me cayera sobre ella.
Un sonido agudo resonó en el fondo de la sala. Era una estancia amplia y limpia, con un gran piano en un extremo y una chimenea apagada en el otro. Se encontraba rodeada por paredes de cristal, por lo que podía ver mejor que en los demás lugares.
El sonido provenía de una pieza de candelabro que se había vencido y ahora yacía en el suelo, a los pies de una persona cuyo rostro quedaba oculto por las sombras.
Sebastian y yo nos detuvimos al mismo tiempo. El paso su brazo por mi cintura, listo para empujarme si fuera necesario y yo no se lo discutí. Quien era esta persona, era lo suficientemente capaz como para lastimarme.
La silueta se levantó. Sus pies, en cambio, si resonaron como ecos en la estancia, dejando a su vez un instante estático y cargado de electricidad.
Asi que eso era todo. Las personas perecen de la misma forma que la fruta más exquisita. Se pudren igual y lo mismo ocurre con sus almas. Pueden ser abnegadas por el deseo del pecado, tentadas por la proposición más irresistible. Pueden deshacerse en cenizas, por el fuego provocado por el anhelo de los más profundos deseos.
La luz de noche ha sido extinguida, los Reyes salieron del juego. Ahora se enfrentan las dos principales Reinas. Cara a cara, como siempre lo fue, como siempre debió haber sido. Listas para devorarse las unas a las otras cual bestias mitológicas, como quimeras salvajes.
- Se acabó el juego –digo lo suficientemente claro como para que mi voz estalle en el silencio que la oscuridad trae consigo. La oz del tiempo todo lo sesga y su risa ahogada se funde con el halito de la tormenta. Sale de su escondite, mascara de sombras, velo de penumbra que le descubre el rostro pálido y el cabello ceniciento- Perdiste, Constance.
O-o-o-o
CHA CHA CHA CHAAN. ¡Leche con pan! –Tonito de la novena sinfonía de Beethoven-.
¡Pues no era Michael! Jajaja, ¿se lo esperaban? Sean sinceros. Me aplique en este capítulo, la inspiración llega con el calor, porque me estoy asando. Realmente, si me vieran ahora pensarían que soy una vaga –con el cabello desalineado, la ropa holgada, y las manos manchadas de carboncillo porque estaba dibujando-.
Debo decir que me dio mucha risa lo del pan, sobre todo porque me pude a investigar los lugares más famosos sobre el pan hasta dar con el Marquesado. Y también me puse a jugar ajedrez hasta lograr un empate de Reyes, me costó trabajo pero soy buena en ello ;) se lo debo a Ciel.
Quiero agradecer inmensamente a las nuevas lectoras de Noble Soul: Mysticalls-123 y Bella-san. Gracias en verdad, me alegro que les gusten mis locuras tan cuerdas. En cuanto a mi edad, bueno, eso depende de para que la quieras ;) lo siento, soy tremendamente desconfiada pero seguramente terminare dándotela por PM, solo asegúrame que no eres un robot :D
Espero que les haya gustado, en realidad la inspiración se la debo a la película de zombis que fui a ver. ¿Se han dado cuenta de lo sexy que se ve Brad Pitt todo cochino? Jajaja XD
Bueno, eso es todo por hoy. Los capítulos están saliendo como de rayo, no se sorprendan de que en dos o tres días haya unos nuevo –lo intentare-.
L s amo, cuídense y bonito fin y suerte en sus fines de semestre.
Alice fuera.
