DECLAIMER: Harry Potter y su mundo son propiedad de J.K. Rowling. Además, las alusiones que planteo sobre el libro Un paseo para recordar pertenecen a Nicholas Sparks.
¡AVISO IMPORTANTE!: Ésta historia está siendo editada. Pretendo corregir errores de ortografía y unas que otras cosillas. La trama no cambiará.
RECOMENDACIÓN MUSICAL: The reason [Hoobastank]
Capítulo IX
El reencuentro tan deseado: Perdóname
Con cada minuto que transcurría sentía que la noche se hacía mucho más pesada. A ciencia cierta no sabía cuanto tiempo llevaba ojeando el libro abierto en mi regazo, tan solo leía ciertos fragmentos de cada capítulo que me habían arrebatado uno que otro suspiro, un escalofrío o produjeron, tan solo, humedad desmedida en mis almendrados ojos. Parpadeé en un par de ocasiones para enfocar mi vista con claridad y luego, seguía con la lectura, en donde no dejaba de sentirme identificada con la protagonista. Parpadeé nuevamente, tratando de aliviar el ardor que sentía en esos órganos, pero estaban tan irritados que al estar en contacto con mis parpados la picazón se multiplicaba, aun así no paré hasta devorarme el ultimo capítulo en su totalidad.
Algunas frases las susurré, repetidas veces, a la penumbra a mi alrededor, dándole a cada palabra un significado más profundo que la primera vez que las había leído. Cerré el libro con fuerza al tiempo que hacía lo mismo con mis ojos. Mis labios se habían contraído tratando de ahogar sollozos que querían salir de mi interior en forma de gemidos. ¿No era suficiente con las lágrimas?.
Dejando de lado todo el malestar que sentía comencé a murmurar, nuevamente, algunas de las frases que me detuve a leer incontables veces hasta que las memoricé:
... — Me encantaría ir, con una condición...
— ¿Sí?
— Tienes que prometerme que no te enamorarás de mí...
Tal vez parecía una desquiciada susurrándole al aire con los ojos cerrado, pero no podía evitarlo.
... El amor es siempre paciente y amable. Nunca es celoso. El amor nunca es jactancioso o presumido. Nunca es descortés o egoísta. No es ofensivo y no es resentido. El amor no toma placer de los pecados de las otras personas, pero se deleita de la verdad. Está siempre listo para perdonar, para confiar, para creer, para esperar, y para soportar lo que tenga que venir...
Sentí mi corazón acelerarse al oír y sentir un movimiento muy cerca de mi, abrí lo ojos con brusquedad una vez terminé de mascullar aquel párrafo memorizado con cariño.
— Quizás sea el viento — Pensé al haber escuchado unas hojas crujir. Volví a unir mis parpados dejándome rememorar fragmentos de la historia:
... — No puedes estar enamorado de mí. Podemos ser amigos, podemos vernos... Pero no puedes amarme.
— ¿Por qué no?
— Porque...
No logré continuar con lo que seguía ya que los gemidos que trataba de apagar habían aprovechado el momento en el que separé los labios para llenar mis pulmones de aire para escapar. No podía controlar si quiera la abundante cantidad de líquido salado que salía de mis ojos. Entre hipidos dejé caer el libro en mi regazó al suelo resonando contra el mismo cuando lo tocó, mientras deslizaba las palmas de mi mano sobre mi vientre con suavidad.
Mi labio titiritaba de forma incontrolable, estaba haciendo mucho frío.
— No puedo sopórtalo más — Gimoteé sintiendo mi pecho subir y bajar rápidamente, siguiendo el ritmo acelerado de mi respiración — Perdóname, Draco. Te extraño tanto... — Susurré con dolor mientras cubría mi rostro con ambas manos. No podía parar de sollozar, no podía hacerlo y conseguía con esto que el desconsuelo que sentía corriera a toda velocidad por mis venas, tocando de esta forma cada órgano, cada célula hasta la más remota fibra de mi ser... destruyéndome — Te necesito amor... — El solo pronunciar aquella realidad me había lastimado tanto que continué llorando con el rostro cubierto por mis manos.
— Estoy aquí.
Enmudecí. Paré los sollozos por un momento, tan solo me permití respirar, aunque parecía difícil. Aquella voz yo la conocía, aun cuando había sonado diferente, sabía quien era su dueño. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y en ese momento decidí ponerme de pie con el punzante terror de que mis piernas fallaran. Dejé caer mis brazos sin fuerza a los lados de mi cuerpo logrando así liberar mi rostro y al mismo tiempo mis ojos.
— Draco...
Nuevamente reinó el silencio, tan solo el soplar del viento se escuchaba unido al castañeteo incesable de mis dientes al no poder controlar el temblor de mi cuerpo entero y podía jurar, además, que todo aquello se mezclaba con los latidos apasionados de mi corazón.
Allí estaba él, parado tan solo a un par de metros.
Atormentada observé como su níveo rostro estaba totalmente empapado por una humedad pegajosa que sabía siempre evitaba producir. Estaba tan mojado como el mio y verificar aquello me dolió tanto que parpadeé tratando de mirar a otra parte. Sin embargo, solo conseguí que mi labio inferior volviera a tiritar al ver los suyos fuertemente cerrados tratando de mantener dentro sea lo que sea que pugnaba por salir.
Sin cruzar palabras, leí en sus ojos una intensa suplica por respuestas y con gemidos lastimeros sabía que los míos le pedían a gritos un perdón que no me merecía.
Realmente, no puedo asegurar cuál de los dos fue el primero en moverse, de lo único que era cociente en ese momento era que la distancia que nos había separado se había esfumado y con ello unos fuertes brazos aprovecharon para envolver mi cintura, al mismo tiempo que un rostro luchaba contra mis rizos para ocultarse en la curvatura de mi cuello y una de mis manos, como si tuviese voluntad propia, buscó un calor que sabía que encontraría escabulléndose en el liso cabello platinado, por otra parte, la otra prefirió posarse en su espalda, incapaz de mantenerse inmóvil comenzó a moverse de arriba a bajo tratando de consolar al cuerpo que temblaba apretado al mío.
Calor. Cuanto había extrañado ese calor que emanaba de él.
A los sonidos de la noche se habían unido con un rotundo frenesí sollozos y lamentos que al ser proferidos lograban que el agarre entre ambos cuerpos se volviera cada segundo más intimo. Incapaces de decir algo por temor a romper con aquel gesto que anhelábamos nos conformamos con llorar por unos minutos. Abrazados.
— Perdóname... — Susurré en su oído al no poder continuar tragándome lo que sentía.
Necesitaba decirle tantas cosas, necesitaba explicarle la situación, pero antes necesitaba escuchar que me perdonaba, suponiendo que aquello apagaría el fuego que había comenzado a consumirme desde que hundí la pluma en tinta para escribirle aquella desastrosa carta. No recibí respuesta, tan solo sollozos que desgarraban más que el aire, destrozaban mi alma.
— Por favor, perdóname... — Supliqué pero seguí obteniendo unos lamentos que se unían a los míos como respuesta.
Al sentirlo tan frágil entre mis manos, comprendí que aquello que había pensando sería una solución había sido la peor decisión de mi vida. Para mi pesar, lo había comprendido muy tarde, pero no solo eso, me reproché porque sabía muy bien que sin él no podía vivir, necesitaba tenerle cerca para respirar... Comprendí en ese momento que prefería dos semanas de vida junto a él, en vez de un mes sin tenerlo a mi lado. ¿Acaso era una egoísta por pensar así? Draco se pegó más a mi y con aquello respondió mi silenciosa interrogante: No, no lo era, porque podía jurar frente a quien sea que él prefería estar tan cerca de mi como pudiese.
— Draco, perdóname... — Esta vez soné con más convicción por más que la petición había salido entre gemidos. Me había equivocado.
No obtuve más respuesta que un apretón en la cintura, tan fuerte como suave a la vez, sabía que no quería hacerme daño. Sin embargo, continué acariciándole mientras intentaba acompasar mi respiración y cesar con el llanto. Poco a poco fui notando como los sollozos habían disminuido notablemente, casi en su totalidad.
Llenándome de coraje tomé su rostro entre mis manos con decisión, el trató de volver a mi cuello, pero no se lo permití. Sabía que quería ocultarme su dolor, pero no era necesario, nuestros sentimientos nos habían vencido. Sentí una punzada en mi corazón al mirar los grisáceos ojos que tanto amaba rojizos e hinchados y todo por mi culpa.
— Perdóname, mi amor — Repetí por cuarta vez con una intensidad que salía de lo más recóndito de mi ser.
— ¡No! — Respondió escuetamente.
Su brusquedad me paralizó. Mi corazón dejó de latir por un instante, mientras mis manos perdían la fuerza que habían acumulado poco a poco hasta caer rendidas a ambos lados de mi cuerpo. No, así de simple, no me iba a perdonar. ¿Y yo qué podía reprocharle? Yo que había escrito hirientes falsedades consciente de que las leería. Yo que había tomado una decisión que lo inmiscuía, sin siquiera molestarme en escuchar su opinión. Yo que le había hecho tanto daño en un solo día que me sentía como una basura, no... peor que eso. Mis parpados se unieron con fuerza dejando así que las lágrimas que no se habían escapado de mis ojos lo hicieran. No podía verle. No podía mirarle a la cara.
Dos temblorosas manos tomaron mi rostro y comencé a sentir un aire cálido que golpeaba con suavidad contra mis labios cosquilleando al mismo tiempo la punta de mi nariz. Abrí los ojos abatida y lo vi tan cerca que involuntariamente uno de mis pies hizo ademán para retroceder, al menos, un paso, pero debido a su agarre no lo conseguí.
— ¡No! — Volvió a repetir con vigor y angustia en partes iguales — No, No...
Cada monosílaba resonaba dentro de mi cabeza embriagándome así de un dolor que se localizó justo en mi corazón. Dolía. Incapaz de seguir tan cerca de él, retrocedí con cierta brusquedad logrando que sus manos me liberaran y giré dándole la espalda al tiempo que cubría mi rostro con las manos intentando silenciar mis sollozos.
Sus dedos se aferraron a uno de mis hombros, pero no sentí ninguna fuerza atrayente, simplemente los mantuvo allí y la misma calidez que experimenté segundos atrás la volvía a sentir muy cerca de mi cuello, justo tras mi oído.
— ¡Perdóname tu a mi! — Suplicó.
— ¿Qué? — No logré articular esa inquietante duda que resonó dentro de mi, pero sabía muy bien que había leído mi expresión al haberme girado para verle sorprendida.
— Perdóname por no descifrar el verdadero significado de tus lágrimas y palabras de despedida en la mañana — Agachó la cabeza como si alguien le hubiese estampado un golpe en el pecho. Sin embargo, yo seguía mirándole perpleja. De pronto volvió a fijar su atención en mis ojos y sus manos se posaron en cada una de mis mejillas — Hermione, años atrás conseguí una razón para cambiar mi estilo de vida, una razón que me permitió comenzar de nuevo... ¡Y esa razón eres tu! Por eso, perdóname por todo el daño que te he podido ocasi...
— ¡No! — Exclamé con una fuerza que no sabía que poseía — Perdóname por pensar que la mejor solución era alejarme de ti, perdóname por... — Desvié el foco de mi mirada incapaz de seguir viendo el mar color mercurio en el que se habían vuelto sus ojos. Sentí pena, una pena infinita por lo que había hecho — Perdóname por lo que te escribí... — Llenándome de valor volví a mirarle — Tu ojos puede que sean del mismo color que el de tu padre y tu cabello también, pero lo que está dentro de ti no lo es — Posé mis manos en su pecho y estrujé con mis dedos su camisa de forma inconsciente — Puedo adivinar que serás el mejor padre del...
El resto de la oración se había perdido dentro de la boca que con arrebato se había juntado con la mía. Besó mis labios con un entusiasmo que dejaba ver su necesidad, no me hice de rogar y esmerándome lo mejor que pude seguí su ritmo. Le necesitaba. Mordisqueé su labio inferior y al parecer, aquello fue el permiso que ni siquiera necesitaba pedirme para introducir una mayor calidez y suavidad a aquel beso. Exploró con su sensible lengua la textura de mis labios, hasta tocar la mía que con sincronía se había unido a su danzante y rítmico andar.
Nos necesitábamos.
Cuando sentimos que nuestros pulmones pedían con furia que respiráramos, bajamos la intensidad del beso hasta convertirlo en delicados roces.
— Ni siquiera es necesario que lo digas... — Tomó aire — Sé que casi la totalidad de lo escrito en esa carta es falso.
— ¿Casi?
— Lucius Malfoy siempre será mi padre, no puedo borrar eso — Soltó con odio y volví a arrepentirme de lo que había hecho.
Lo estreché entre mis brazos sin saber qué decir. No obstante, aquel gesto duró muy poco ya que prefirió volver a mirar mi rostro y acariciar una de mis mejillas, mientras mis manos se regocijaban de una sutil calidez al posarse a los lados de su cintura.
— Pero si tanto necesitas escucharlo, te perdono — Sonrió y sentí mi pecho hincharse — Te perdono — Volvió a repetir sin siquiera tener idea de lo bien que me hacía escuchar aquello — Sin embargo... — El gesto en sus labios se borró y mi tranquilidad se esfumó también — Necesito que me expliques... ¿Por qué lo hiciste? ¿Pasa algo malo con los niños? — Su voz tembló.
No pude evitarlo, me refugié en sus brazos hundiendo mi cabeza en su pecho. Ingenuamente había olvidado los motivos que me habían llevado a escribir la dichosa carta de despedida, había olvidado la encomienda dirigida a mi más temprano, simplemente me había permitido disfrutar de los innumerables sentimientos encontrados al verle otra vez. Ilusa, tonta ilusa, ahora venía la tarea difícil ¿Cómo le explico todo? Sé que tengo que responder a sus interrogante, pero... ¿Qué palabras uso para decirle que moriré? ¿Cómo lo hago si sé que no apartará sus grisáceos ojos ni un solo segundo de los míos? ¿Cómo mantener mi voz segura y serena si tendré que ver su reacción a mis palabras? Todo se estaba volviendo muy complicado. No me sentía segura de lograrlo. Y si... ¡Claro! Usaré el mismo acobardado método que con su madre.
Alcé la cabeza para mirarle y él aflojó un poco sus brazos para observar directamente a mis ojos.
— Te lo diré — Mis labios se unieron formando una fina y recta linea, mientras él tan solo seguía buscando la verdad en mi mirada — Pero antes, entremos ¿Sí? Siento que me congelaré — Intenté soltar una risa, pero fue imposible. Tan sólo asintió.
Sentí como sus manos comenzaron a moverse en mi espalda intentando darme calor, y lo conseguía. Al no poder continuar sosteniendo su mirada, me di media vuelta, entrelacé mi mano a la suya y caminamos directo al interior de la casa en un silencio incomodo.
Necesitaba encontrar la dichosa carta.
Una vez en la sala de estar tomé asiento en el mueble doble frente a la chimenea principal, sin embargo, él se acercó al fuego y lo atizó con ayuda de un fácil hechizo. Sonreí al verle, siempre tan preocupado por mi bienestar. Me miró aun hincado cerca de la chimenea y esbozó una sutil sonrisa de medio lado en sus labios. Al notarla, el aire comenzó a transitar dentro de mi con mayor facilidad.
— No nos caería mal un poco de té... — Negué dándole la razón.
Se irguió, volvió a sonreírme y se movió a la cocina con seguridad al conocer cada habitación de la casa. Dejé que mis ojos se perdieran en los colores producidos por las llamas, mientras comenzaba a dejar de sentir el frío del cual me había quejado, además el suave sonido que provenía de la chimenea me envolvía como si fuese un abrazo.
A los pocos minutos escuché como alguien había abierto el agua del grifo. Aquello me tajo a mi realidad instantáneamente.
— Amor, ya vuelvo — No esperé respuesta, tan solo me levanté y subí las escaleras sabiendo que sus ojos seguían mi recorrido.
Abrí la puerta de la alcoba principal y caminé hacía el baño rememorando el lugar exacto en el que había dejado el pantalón en donde guardé el pergamino. Lo tomé, hurgué en sus bolsillos y finalmente dí con ella. La miré unos instante esfumando la esperanzadora idea de que todo pudiese haber sido una pesadilla. Pero no, era real, allí estaba y el solo tocarla quemaba. Con un suspiro hondo la introduje en uno de los bolsillos del pantalón que llevaba puesto.
Al no encontrar escusas para prolongar lo que debía hacer, bajé. Le miré verter el contenido de la tetera en dos tazas, llenando mis pulmones de aire volví a tomar asiento sabiendo que debía mantener la compostura, la calma por más complicado que aquello sonara.
Finalmente, le escuché acercarse. Se posó frente a mi con ambas manos ocupadas, me extendió una y tomé la taza de té entre mis dedos perdiéndome en el hilo de humo fino que se esparcía por doquier hasta esfumarse cuando mi soplido lo tocaba. Acerqué mi mano ocupada a mis labios y adsorbí un poco de aquel dulce y cálido líquido que al desvanecerse en mi boca aflojó el nudo en mi garganta y la opresión en mi pecho.
Tomé otro sorbo y dejé la taza en la mesa frente a nosotros, en ese momento noté que él hacía lo mismo. Respiré dándome valor y conseguí mirarle. Draco me devolvía el gesto con cautela, sin sopesarlo sonrió y una oleada de paz y apoyo choco contra mi cara.
— ¿Te sientes mejor? — Asentí y él también lo hizo — ¿Ahora sí vas a contarme qué pasa? — Me urgió
Al no poderle sostener la mirada, volví a fijarla en la chimenea sintiendo la sala cálida, silenciosamente tranquila, aunque el crispar de las llamas seguía reproduciendo una música suave que llegaba a mis oídos como si fuesen murmullos de apoyo.
Sin ser capaz de mirarle todavía, saqué la carta de mi bolsillo e intuí en ese momento que unos ojos color mercurio la miraban fijamente.
— La recibí esta mañana... — Susurré mirándole al fin y corroboré que su sonrisa se había apagado, se la extendí y la tomó con cautela.
Busqué, palpando el mueble, su mano. Cuando la encontré sentí alivio y dolor a la vez sabiendo que recién comenzaba lo que me temía. Entrelacé mis dedos con los suyos, mientras abstraído sostuvo el pergamino a altura de sus ojos con la otra mano.
Sin decir nada, sin siquiera mirarme otra vez, comenzó a leer...
_ Mansión Malfoy _
Entretanto, Albus y Narcissa seguían con su conversación...
— Sopeso que ya es demasiado tarde como para hacerle una visita ahora. Mañana iré con seguridad.
— Sí, Albus, deberías hacerlo. Ella no dudó en que te lo dijera, por algo será.
— ¿Cómo? — El barbudo hombre pareció desconcertado, miró a la mujer frente a él con una intensidad que fácilmente atravesaba sus anteojos en forma de media luna — Narcissa, Draco lo sabe, ¿Cierto?
— ¡No! — Sollozó — Ella me hizo jurar que no se lo diría. Supone que es lo mejor para él...
— Pues, se equivoca. Él debe estar con ella más en este momento que en cualquier otro — Cissy, asintió en silencio.
— Él está destrozado.
— Puedo imaginarlo, pero tranquila mañana hablaré con ella y con él, también — Se levantó de la silla sin más — Será mejor que me vaya…
— ¿Por qué no aprovechas que estás aquí para hablar con Draco de una vez?
— Mañana el día será mejor para ambos.
Sentenció y Narcissa volvió a asentir sin adivinar lo que ya el viejo hombre sabía, simplemente, lo acompañó hasta la puerta porque pretendía aparecerse y dentro de la casa no podía hacerlo por los hechizos bloqueadores.
— Gracias por venir.
— Gracias a ti por informarme, Narcissa — Dijo aquello antes de desaparecer rumbo al Castillo, supuso la mujer.
Cerró la puerta tras de ella, mientras con un pañuelo blanco soplaba la sustancia líquida que salía por su nariz debido a las propias lágrimas, sin siquiera producir un mínimo sonido. Como toda una Malfoy, sin duda. Caminó hasta la recamara de su hijo, suponiendo que aun seguía durmiendo.
— ¿Draco? — Le llamó mientras tocaba a la puerta de su habitación. No obtuvo respuestas — Es muy tarde hijo, despierta ya. Acompáñame a cenar — Esperó unos segundos esperanzada con escuchar al menos un ruido provenir de la alcoba, pero no escuchó nada y sintió una angustia invadirla.
Entró y se sorprendió, instantáneamente, al mirar la cama con las sabanas revueltas, sin Draco.
— ¿Dónde te metiste? — Inquirió preocupada dirigiéndose al baño ubicado en la puerta contigua, en donde no encontró a nadie. Suspiró hondamente con las manos arqueadas en su cintura — Si no le encuentro, tendré que avisarle a Hermione — Pensó con preocupación.
Por esa razón, Dumbledore había pospuesto la charla para el siguiente día.
CONTINUARÁ...
