TRIÁNGULO


Capítulo VIII

"La empatía"

xxx


¿Qué clase de sonido era ése? Intentó comprender mientras sus ojos, rebeldes, se negaban a abrirse. El sonido, sin embargo, se negaba a cesar.

—Maldita sea... —susurró con honestidad, odiando al sonido y amando la perpetua oscuridad que provocaba tan magnífico efecto: estaba tan oscuro que sus ojos, al abrirse, aún parecían cerrados.

Suspiró aliviada, feliz por poder permanecer en esa oscuridad para siempre, y una cosa la desconcertó: al intentar moverse, el instinto de buscar comodidad para su cuerpo demandando sus acciones, un peso muerto sobre su cintura la detuvo. Abrió los ojos del todo, y cuando logró acostumbrarse a la oscuridad de ese cuarto, pudo atisbarlo. El brazo de un hombre rodeaba su cintura, tan dormido como quien era dueño de esa extremidad.

Una sonrisa radiante se manifestó en su rostro.

Apagó el celular que hacía las de despertador aquella odiosa mañana de lunes, que de no ser por ella jamás iba a dejar de sonar sobre la mesa de luz que más cerca tenía, y giró, cuidando al moverse de no perturbar el sueño de quien la abrazaba. Al darse la vuelta, la perfección se mostró, honesta, frente a ella.

La sonrisa no tuvo vergüenza de ampliarse.

—Trunks... —dijo en murmullos, sin desear despertar a su amante de una forma abrupta—. Trunks, son las 6:30...

Los ojos se abrieron por fin. El azul se mostró dormido frente a ella. El brazo, cuando el cuerpo pudo reaccionar del todo, apretó más su cintura; la sonrisa que él le dedicó paralizó su corazón.

«Al fin», se dijo, feliz. «Al fin sé lo que se siente...».

Despertar en los brazos del amor de su vida.

—Buenos días, Marron —la saludó dulcemente Trunks, su voz más dormida que la de ella.

—Buenos días.

Se abrazaron, sintiendo la desnudez del otro con fabuloso detalle en sus pieles.

Permanecieron así un par de minutos; ninguno parecía tener intenciones de soltarse. El calor los envolvió con sencillez y todo estuvo dicho: estaban contentos, ambos.

Les gustaba estar así, les gustaba despertar con el otro frente a sus ojos.

Les gustaba, por sobretodo, mirarse a los ojos como lo hicieron en ese mismo instante: se miraron con detalle, sonrientes aunque dormidos, felices aunque la realidad del trabajo y las obligaciones estaba por venírseles encima.

—Hay que trabajar... —dijo Marron, odiando tener que decirlo, pero sintiendo la obligación de hacerlo. Él era su propio jefe; ella una simple empleada que debía cuidar sus horarios a rajatabla.

—Lo sé —contestó Trunks muy a su pesar.

Se levantaron, se desperezaron y él, tan cortés como ella siempre había imaginado que era, le dejó su baño avisándole que usaría el del cuarto de huéspedes que estaba a dos puertas de su propia habitación. Marron agradeció la privacidad y se separaron.

Fue al baño personal del hombre y en pocos minutos ya estaba debajo de la ducha donde el sábado a la mañana se habían bañado juntos. Lo extrañó horrores mientras ponía un poco de shampoo en la palma de su mano, el agua resbalando sin cesar por su piel. Se había llevado su cepillo de dientes, ropa para cambiarse, incluso sus cremas para el rostro y el cabello, todo con tal de molestarlo lo menos posible. Se consideraba una persona fanática del no molestar, del no importunar a las personas con sus caprichos: lo suyo era, básicamente, una exageración del significado de la palabra respeto.

Se enjuagó el cabello lentamente, sin querer salir de allí, intentando no pensar en absolutamente nada, cosa que era inútil en su situación. Vio un moretón en la parte frontal de su muslo derecho y perdió su vista en ese violeta que manchaba la blancura de su piel: ¿en qué momento había sucedido? El momento exacto se le vino a la cabeza como una llamarada de incongruencias, de acciones retorcidas. Una fuerte mano apretando su muslo, la respiración entrando y saliendo de entre los dientes que rechinaban frente a ella, los gruñidos que escapaban de la contención de esos dientes...

Los ojos azules...

Fijos en ella, más desnudos que el cuerpo que la hacía suya de esa forma tan vehemente.

Los ojos que se clavaban en los suyos, adornados por el exquisito calor del violento movimiento oscilante de sus cuerpos.

—¿Marron?

Se sobresaltó al oírlo. El recuerdo se desdibujó.

—¿Tr-Trunks? —farfulló girando sobre su eje hacia la mampara de la ducha, esa que sorpresivamente encontró abierta. El demonio la miraba desde el umbral con una toalla blanca alrededor de su cintura.

Se detuvieron a mirarse el uno al otro por un par de segundos, cada uno con un pensamiento distinto: ella pensaba en lo inaudita que le parecía la naturalidad que Trunks expresaba frente a ella, esa comodidad de estar casi desnudo, con sólo esa toalla por censura, frente a sus ojos, a ella justamente, que cada vez que tenía aquella escultura enfrente sentía que el suelo temblaba; y él pensaba, por su parte, lo hermosa que era ella, lo dulce que le parecía, lo femenino de sus movimientos, de su cabello, de su mirada, de su piel, de esas manos que tapaban sus partes íntimas haciendo juego con las mejillas eternamente rojas. Era una mujer con todas las letras, imposiblemente hermosa a pesar de no tener lo que mucho hombre definiría como cuerpo perfecto: sus caderas eran humildes al igual que sus senos, y su cintura diminuta, delgada hasta el límite de lo concebible, pero hermosa al fin. Había algo en esa piel que le provocaba ese pensamiento: su femineidad resultaba sencillamente adictiva. Era delicada como una pluma de ángel.

La delicadeza era, definitivamente, lo que más le fascinaba de ella.

—Como nunca uso la otra ducha, olvidé que allí no había shampoo... —Rió un poco apenado, atravesando con su voz el ruido del agua, de las respiraciones, de los corazones que latían a mil por hora.

—Si quieres, puedes... aquí... —Sonrió tímidamente, incapaz de decir una palabra más.

La alegría que Trunks le expresó le dijo, sin embargo, que el mensaje había llegado perfectamente a destino. Dejó la toalla a un lado e ingresó en la ducha, recreando la escena del sábado, llenando el espacio de una belleza incalculable, tan inaudita como lo que sucedía entre ellos. Ocupó el lugar principal bajo el chorro de agua con única intención de mojarse totalmente el cuerpo. Luego de ello, la vislumbró.

—¿Te ayudo? —Sin esperar la respuesta que ella era incapaz de darle, la atrajo hacia él.

Pegó el costado del cuerpo a su pecho y con sus dedos peinó el cabello dorado, retirando el exceso de espuma de éste. Marron cerró los ojos por instinto, elevando su rostro hacia el grifo. Relajarse parecía imposible, mas era, al parecer, una obligación.

Trunks no dejó de mirarla ni por un instante. Se estaba excitando, sí, pero algo más reinaba en él. Esa delicadeza, en ese instante específico, inspiraba acciones diferentes a las de la noche anterior. Ambos, prácticamente al mismo tiempo, se agitaron, y siguió escrutándola, atendiéndola, mimándola...

Se sentía bien ser así con ella.

La volteó lentamente y no fue hasta que lo hizo que Marron abrió los ojos: se topó con él, con pasión dibujada en sus pupilas, con las manos que sujetaban fuertemente su rostro. Se acercó a ella no sin antes gesticular una sonrisa, para fundirse en su boca gracias a un beso. Movieron sus labios contra el otro de forma pausada aunque profunda, haciendo énfasis en ésa y no en aquélla.

Se sentía bien ser otro, ser dulce, ser alguien que no era capaz de ser de verdad por motivo de la delicadeza de esa mujer de alma constantemente desnuda.

La abrazó sin cortar el beso. La suavidad de los pequeños labios de la rubia sobre los suyos era demasiado notoria, demasiado dulce, demasiado excitante. Quería alzarla, chocarla contra la mampara y hacérselo de la misma manera que la noche anterior, con la desesperación a flor de piel.

Pero no podía...

La soltó y ambos, mientras tomaban aire, volvieron a contemplarse. Ella estaba roja, sonriente aunque con un ápice de timidez escondido en alguna parte. Esa tendencia a hablar poco era tan innata como la delicadeza que profesaba. Trunks se mostró serio, pensativo por un motivo indescifrable. Marron entrecerró los ojos sin querer, intentando comprender lo que le sucedía. Él clavó sus dedos cerca de uno de los ojos celestes y los deslizó lentamente por el pequeño rostro. Cuando llegó a su boca, le dio un pequeño beso donde sus dedos acababan de tocar, y se alejó definitivamente. Fue hacia el pote de shampoo y comenzó a lavar su cabello con su contenido, casi completamente a espaldas de ella, quien permaneció inmutable, dura sobre el lugar donde él la había abandonado.

«¿Qué fue eso?».

¿Qué era lo que le decía con los ojos?

La ducha compartida transcurrió con normalidad y, al terminar, desembocó en un silencio notorio. Se cambiaron, se arreglaron, en el mismo cuarto a pesar de estar, de alguna manera, separados. Marron, al terminar de secarse su cabello, se miró al espejo que Trunks tenía en la pared de su habitación, rectangular y moderno, y lo usó para confeccionar su prolijo rodete de trabajo. Al verse totalmente lista, se lamentó de ello. Al verla preparada, Trunks la invitó a la cocina, donde ya había terminado de preparar el desayuno. Al llegar a esa parte del departamento, la rubia se topó con una mesada tapada por dos tazas, una de café y una de té, dos platos de tostadas, una jarra de jugo, vasos, frascos de mermelada y algunas galletitas de cereal. Se sentaron uno a cada lado de la mesada y, sin atisbarse ni una vez, se dedicaron a ingerir sus infusiones y armarse algunas tostadas, las de él llenas y las de ella apenas sombreadas por un poco de mermelada. Nada interrumpió ese silencio hasta que Tsuki, la gatita de Trunks, se subió de un salto a su regazo.

—Niña, me llenarás de tus pelitos blancos... —Trunks intentó bajarla pero ella no se lo permitió, su mirada tan astuta como sus movimientos—. Ay Tsuki... ¿Quieres tostada? —Cortó un pequeño pedazo de su comida, lo volvió migas apretándolo un poco con su puño cerrado y se lo acercó a la boca. Tsuki le lamió toda la mano—. Tontita linda...

Marron no pudo evitar emocionarse. Él empezó a acariciarla lenta y dulcemente, como si esa pequeña scottish fold fuera todo en su vida. Un velo de soledad pareció envolverlo: le pareció, aunque tierna, una imagen muy triste. No lo vio bien, lo cual le dolió.

«Quizá no le gusté».

El recuerdo de la noche anterior volvió sin dificultades a su mente. En las ráfagas que había captado a la perfección se vio entregada, sumisa, emocionada más que desesperada.

«Es obvio que no le gusté...».

—Sé que anoche dijiste que te tomarías un taxi desde aquí, pero ¿segura que estarás bien? No me agrada eso de que te vayas sola... Me gustaría llevarte.

Lo único que perturbó el silencio luego de las inesperadísimas palabras de Trunks fue el del choque entre el platito y su taza de té, que ya no tenía contenido en su interior.

Marron lo escrutó, aún sin dar una respuesta.

«A veces pareciera olvidar que no es cualquier hombre, que no pasa desapercibido, que la gente lo observará y acosará de mostrarse públicamente con una anónima como yo...».

—No quiero causarte molestias —afirmó—. Estaré bien, no te preocupes... Además, estoy muy cerca del trabajo: no me tomará más de 15 minutos llegar.

La boca de Trunks permaneció tras la taza de café que mantuvo frente a él.

Los ojos parecían no parpadear, parecían congelados, tan detenidos como el tiempo.

Terminó el café y el tiempo, al fin, volvió a correr.

—Está bien —profirió.

Diez minutos después, en la puerta del departamento, justo antes de salir por ésta, Trunks besó a Marron por última vez. El beso, para ella, fue un poco más seco que los anteriores.

«¿Qué le pasa?», se preguntó apretando su boca a la de él más que él a la de ella.

—Te llamo en estos días —se limitó a decir cuando se alejó de ella.

Marron sonrió mecánicamente, un tanto confundida, tan feliz pero tan triste que sus facciones no dijeron absolutamente nada más que un adiós en susurros. Ella debía bajar y él debía subir. Ella debía ir a la puerta del edificio, pedirle al portero que le abriera —Trunks le había asegurado que no había problema alguno en ello, que ya le había avisado de su presencia, algo que la rubia no entendió muy bien— y marcharse; él debía ir al techo, donde su chofer ya lo esperaba, su soberbia puntualidad mediante.

Una última mirada entre el azul y el celeste, y Marron pensó que Trunks se veía efectivamente contento, aunque no del todo.

«Quizá es porque no acepté que me llevara...».

Mas no, se dijo, ese no del todo estaba presente desde antes, desde la ducha, o incluso desde más antes: desde que se despertaron. Retrocedió más en el tiempo y juró ver al no del todo, también, en la tarde anterior, en el coche que habían compartido con Yamcha, Puar, Goten y Pares, en la casa de Bulma y Vegeta, en el efímero viaje de regreso al Distrito 7 donde vivía del sábado al mediodía...

¿Siempre, acaso, había estado ahí? Sólo que recién ahora juraba verlo con aplastante claridad.

—Nos vemos... —Con su portafolio en una mano y teniendo a la otra en el bolsillo, Trunks esperó a que ella desapareciera tras la puerta del ascensor. Cuando Marron entró y la puerta se cerró automáticamente, ambos suspiraron, sin saber que el otro hacía exactamente lo mismo. La rubia se posó contra una de las paredes del ascensor y vio cómo todo se movía a su alrededor: estaba temblando profusamente, sin saber cómo detener a su cuerpo. Sintió frío y apretó sus párpados, esos que Trunks había besado eróticamente justo antes de dormirse, justo antes del clímax de la noche anterior. Tomó con fuerza su cartera: estaba deshecha, desolada, plagada de una asfixiante incertidumbre.

«Sólo soy su amante», pensó, martirizándose. «Sólo soy su maldita amante...».

Salió del ascensor, pidió tímidamente al portero que le abriera la puerta, se alejó del imponente edificio y, en la parada de taxis que estaba en la vereda contraria a donde estaba en un principio, llamó el primer vehículo que se le cruzó.

—Al Instituto Público Nro. 3 —farfulló, llamando la atención del chofer del taxi debido a lo débil y rasposo de su voz.

—Como diga —respondió el hombre iniciando el viaje, vislumbrándola un segundo a través del espejo retrovisor.

Marron agachó la cabeza y buscó aire. El chofer, sorprendido por esa especie de ahogo que la aquejaba, abrió mediante un botón la ventana que más cerca de la rubia estaba.

—No es necesario... —susurró como pudo.

—Tome aire, se la ve nerviosa, señorita.

«Soy una imbécil...».

—Se lo agradezco...

Se tapó los ojos con las manos y un recuerdo que en nada estaba relacionado con el demoníaco motivo de sus nervios la atacó:

«Olvidé los exámenes corregidos del segundo año sobre mi escritorio...».

—Tonta... —murmuró.

Eso era lo único que le faltaba: descuidar su trabajo por culpa de los ojos que jamás volverían a dejarla dormir, peor que cuando jamás los había tenido sobre ella.

No había vuelta atrás.

«Voy a enloquecer...».


—¿Enferma? —inquirió una Pan preocupada. Sus pies, que la dirigían hacia la universidad en tan gélida mañana de lunes, se detuvieron.

—Sí, engripada... ¡Está volando de fiebre! No sé qué pasó, pero bueno... Bra no irá hoy —terminó de decir Bulma.

«Yo sí sé qué pasó...» se dijo la muchacha justo antes de volver a caminar, recordando la minifalda que había usado su amiga para ir a una discoteca el sábado por la noche. Bra era un caso perdido: el estilo se anteponía, al parecer, incluso a algo tan fundamental como su salud.

Luego de despedirse de Bulma, Pan finalmente entró en la universidad. Caminó despacio, sin apuro, desganada. Seguía deprimida por el rechazo de Vegeta, que a pesar de dolerle enormemente, no superaba a la rabia que tenía consigo misma: ¡había llorado abrazada a Oob! Aferrada sin remedio a él, como si él fuera, para ella, algo que no era...

Como si él fuera especial de alguna manera.

No se había movido de su lado por el resto de la tarde. No había dicho ni una palabra ni ejecutado ninguna acción: simplemente permaneció a su lado, abrazándola como si el resto del universo no existiera. La deplorable, desde su perspectiva, escena había finalizado en el preciso instante en que la rabia por dejarse llevar fue más fuerte que la frustración de su sangre guerrera: empujó a Oob y, sin decir ni una efímera palabra, salió disparada hacia su casa, hacia su cuarto, hacia su cama, esa donde lloró horas enteras. Había dormido tan mal que las ojeras que tenía ahora eran exageradas por demás.

Y encima Bra no iba a la universidad... Ese día no podía ser peor.

Tembló por el aplastante frío que hacía esa mañana, unos segundos antes de llegar a su clase de Contabilidad. Estudiar Administración de Empresas no había sido su elección, pero su abuelo Satán esperaba que ella le diera una mano con la parte administrativa de la empresa de cadenas de escuelas de artes marciales que le pertenecía. No tenía interés, en realidad, por ninguna carrera. Más prefería ser profesora de lucha que estar detrás de un escritorio, mas...

La familia es la familia... —repitió la frase que su abuelo materno le decía siempre que la veía.

No le importaba otra cosa: pelear era su vida. Lastimosamente, no podía desconectarse del mundo para entrenar lo más fuerte posible como hacía su abuelo paterno cada tanto, en esos periodos de desaparición que tenía, menos compulsivos que en otras épocas por súplica de Chichi, pero periodos de desaparición al fin. Quería eso, no trabajar, tener novio, casarse, comprar ropa, verse bonita, estudiar...

No se identificaba con absolutamente nadie, y ese vacío le dolía tanto desde el día anterior que ya no lograba aguantar la angustia. Le estaba por explotar el pecho; por la frustración, por la soledad, por sentir la inexorable sensación de verse encerrada en una vida que no era para ella, que estaba cruelmente alejada de lo que realmente deseaba.

Ser fuerte, combatir en las más apasionadas batallas, explotar al máximo el poder que reprimía cada día, cada hora, cada segundo adentro de ese cuerpo humano que de humano tenía menos de lo que la lógica indicaba: ella era una saiyan, no una humana.

Y, contradictoriamente, era la menos saiyan de todos.

Sollozó sin proponérselo: estaba deshecha como desde hacía muchísimo tiempo que no le pasaba. No podía entrar así a la clase, así que corrió hasta el baño y se encerró tras una de las diez puertas que daban intimidad. Permaneció de pie, con las manos tapando su rostro.

El poder que reprimía cada día, como si realmente fuera normal. ¡No era normal! ¡Jamás sería normal! ¡¿Acaso sus padres, sus abuelos, su mejor amiga y los Guerreros Z no lo entendían? Ella no había pedido ser saiyan, mas lo era, y serlo le estaba subyugando las venas. ¡Ya no lo soportaba! No quería ser normal, no quería ser del montón... Quería ser fuerte y darle rienda suelta a su poder.

Quería ser saiyan... Más saiyan que todos.

Y el mundo en el que vivía no la dejaba.

Había nacido demasiado tarde, en un año, una época, una paz equivocada para el alma que encerraba en su cuerpo.

Sollozó más apretando sus puños, clavando sus uñas en las palmas de sus manos.

Había que resignarse, pero la sangre que le corría por las venas, triunfante, burlona y asquerosamente poderosa, no le dejaba darse por vencida.


—¿Qué te pasa? Estás tan silenciosa que das miedo —susurró Alisha en su oído, justo frente al espejo del baño de la escuela.

Habían terminado la primera clase del día y, luego del recreo, ambas tenían, por una coincidencia, una hora entera libre antes de la siguiente. Marron no respondió a las palabras de su amiga, tan alejada del mundo que su cuerpo parecía vacío: su alma no estaba allí.

—Marron, rubia, angelito... —Alisha intentaba traerla de vuelta al mundo, invocarla a través de los apodos que le habían puesto en la sala de profesores. No había caso, así que refunfuñó molesta—. Odio hablar sola, ¡Marron!

Y ella se miraba al espejo, mientras arreglaba el ya arreglado rodete de su cabeza.

—Estoy cansada... —murmuró, sabiendo que si no decía algo, lo que fuera, la profesora de Matemática no la dejaría en paz.

—¡Me hablaste! ¡No lo puedo creer! —Alisha rió con ganas—. Mujer, algo te pasa... ¿Acaso tu cita del viernes salió mal? Eres mala, porque yo ya te conté todo lo que pasó en la discoteca con las chicas y tú no me contaste nada de tu cita...

Marron se paralizó.

«Cierto, le había dicho que salía con...».

Ni en su mente quiso pronunciar el nombre del demonio.

—Vamos a la cafetería, ¿sí? Marron, estás pálida, me preocupas.

—Vamos, ya... —musitó, irritada por la insistencia absurda de la albina.

Caminaron en silencio hacia la cafetería. Una vez se acomodaron en una mesa para dos y tuvieron frente a sus narices un café doble y un té, los mismos de siempre, Alisha indagó:

—¿Qué tal estuvo?

—Yo...

Humíllame...

Humíllame también...

Cerró los ojos y sacudió la cabeza de un lado al otro, confundiendo a su amiga.

—¿La tenía pequeña?

Marron estuvo a punto de escupir el trago de té que acababa de consumir.

—¡Alisha! —el rosa de sus mejillas mutó a rojo y éste a azul. La vergüenza era extrema.

—¡Es eso! —La otra profesora rió a carcajadas.

—Claro que no... —masculló, irritada. Lo bueno fue que la irritación borró la congoja que la llenaba desde la ducha de la mañana. Alisha tenía, para su fortuna, esa fabulosa cualidad: hacerla reír.

—¿Era demasiado... tú sabes? Ay, qué envidia...

—Por favor, no es eso... —Se tapó el rostro, intentando relajarse y de sepultar para siempre el tópico y la vergüenza—. Es que... No era...

«¿Se lo cuento? No tengo por qué decirle que es Trunks; podría decirle que es cualquier hombre y que...».

—¡¿No era hombre? ¡No! ¡¿Estás experimentando? Ay, Marron... ¡Qué tierna! No sabía que eras tan liberal, pero me agrada oírlo, porque yo una vez estuve con una chica, pero la pasé tan mal que...

—¡ALISHA! —bramó tan fuerte que toda la cafetería volteó hacia ella.

Ambas se sonrojaron y permanecieron en silencio cinco minutos en total. Cuando la gente las olvidó, continuaron.

—La pasé tan mal que... —Alisha iba a continuar, cosa que la rubia no permitió.

—Era un hombre.

—Ah... —La otra no supo qué decir. Peinó su cabello con sus dedos, nerviosa—. Bueno, ok, pero no le cuentes a nadie lo que te dije, porque aquí son todas tan cerradas que...

—Está bien experimentar, no me parece mal que lo hagas —agregó para tranquilizar a Alisha, que no pudo evitar ponerse tan roja como ella en principio—. No le contaré a nadie.

—¡Ay, gracias! —Apretó sus manos, que estaban apoyadas a cada lado del té que bebía lentamente—. Entonces cuenta... ¿Qué pasó con ese sujeto? ¿Era malo en la cama? ¿Era gay? ¿Era feo? ¿Era malo en la cama?

Marron rió por primera vez. Alisha estaba tan mal de la cabeza que no sentir simpatía por ella era imposible.

—Fue... hermoso —susurró. Al hacerlo, el aire se le fue. Tuvo que respirar hondo para proseguir—. Él no era... cualquier persona.

—¡¿Era famoso? ¡Cuenta, cuenta! Tú siempre dices que eres fea, pero eres una maldita perra sensual que podría conquistar a cualquier sujeto cuerdo del universo.

El rojo volvió y jamás se fue a partir de ese momento.

—No era famoso —farfulló, mintiendo descaradamente—; él era... Yo estoy... Yo siempre...

—No me digas que lo conocías de antes. —Marron asintió y Alisha volvió a apretar sus manos, sonriendo inevitablemente—. Ay, qué tierno... ¡O sea que te gusta!

—Desde niña.

La sorpresa invadió las facciones de la albina.

—¡Marron! ¡Entonces es una buena noticia! Debe haber sido muy especial para ti. —La blonda asintió nuevamente, emocionada—. ¡Qué lindo! ¿Y cómo es que lo conoces? ¿Tienes una foto?

—Prefiero no mostrártelo, lo siento. —Ignoró el enfado de los ojos grises y se arrepintió inmediatamente de haberle contado—. Es el hijo de una amiga de mi padre.

«Al fin digo una verdad».

—¡Vaya! Ignoraré el detalle de que no me quieres mostrar una foto porque te veo muy nerviosa, ¡ya lograré que lo hagas!, pero vamos... ¡Cuenta más! ¿Pasó algo?

—Sí, pero no quiero hablar de eso...

Los ojos que eran planetas en medio de la galaxia, la respiración agitada, la fuerza contenida, los besos en los párpados, la humillación. Suspiró en el segundo que se permitió disfrutar el recuerdo para después borrarlo de su mente.

—¡No se vale! Quiero saber. —Terminó el café doble de un solo sorbo. Al ver que ella no decía palabra alguna, se resignó—. Bueno, bueno... Cuestión que fue especial para ti, así que supongo que estás así, toda nerviosa, porque no sabes qué siente él.

—Exacto.

—Mmm... Es complicado, ¿no? ¿Él es casado o algo?

—Es viudo...

Otra verdad, y Alisha mostró cierta tristeza.

—Pobrecito... ¿Es grande o es joven? Tú sabes: enviudar de grande es más esperable que...

—Algunos pocos años mayor que yo. Enviudó muy joven; su mujer sufrió un cáncer de... —La enfermedad de Isabelle, al hacerse pública, se supo en todas partes. Prefirió no decirlo por considerar que era demasiada información—. Bueno, no importa, prefiero no hablar de algo tan triste.

«Y no te diré nada más» se prometió, aunque era obvio que ni todas las pistas del mundo harían que Alisha, quien amaba a Trunks Brief, el afamado y apuesto empresario millonario, sospechara de un algo entre una simple profesora y la mismísima perfección.

—Sí, mejor no hablemos de eso... ¿Y fue hace mucho?

—Un par de años.

—Debe costarle mucho estar con una mujer.

Marron parpadeó repetidas veces antes de proferir algo.

«Es cierto... Debe costarle mucho».

Frunció el ceño al pensar en Isabelle.

«A lo mejor por eso parecía un poco triste».

Siguieron hablando hasta que llegó la hora de ir a dar clases, aunque Marron no tardó en cambiar de tema: ya había hablado demasiado.

Antes de separarse, mientras caminaban los últimos pasos por el pasillo de la escuela, la simpática profesora de Matemática dijo algo más, trayendo aquel asunto de vuelta:

—No tienes que presionarte ni presionarlo. Tómense su tiempo, ¿sí? Entiende que le cuesta estar con otras mujeres...

Recordó una parte de la charla de Touji al escucharla.

Así como tú, yo también deseo a alguien que jamás podré tener.

«Es verdad, ahí se refería a ella».

Se deprimió.

«Extraña a Isabelle...».

Y ella no podía hacer absolutamente nada por él. Debía tener paciencia, lo sabía; sin embargo...

—Sé que tienes razón, pero no puedo tener paciencia por más que lo intente...

El amor obsesivo que él le generaba no se lo permitía.

Los ojos azules la tenían atada.


La asfixia que le provocaba su oficina era más insoportable que nunca. Por este motivo, una fabulosa idea de convirtió en la excusa ideal para escapar por lo menos una hora de allí.

—¿Nos juntamos a almorzar? —le había preguntado a Goten antes de salir de su trabajo. Su mejor amigo jamás se negaba cuando esa pregunta acompañaba un yo invito.

Había pasado de su chofer para poder ir al restorán que estaba en la esquina del trabajo de su fiel amigo, y cuando llegó allí procuró, poniéndose una gruesa gorra de lana negra y unos lentes oscuros, que nadie lo reconociera. Alguna que otra persona, cuando salió de su auto rumbo a la puerta del establecimiento, clavó sus ojos en él a pesar de todo. Se dejó los lentes hasta el momento en el cual, mediante una suma de dinero que para su bolsillo poco significaba, pudo conseguir una mesa en la sección más alejada y exclusiva del lugar, ubicada en el segundo piso. Llamó a Goten cuando se acomodó y éste, puntual como siempre que los encuentros incluían comida, llegó rápidamente. Se saludaron, bromearon un tanto y, al recibir los platillos que habían elegido de la carta, devoraron como bestias. Al terminar, tomaron una cerveza de litro entre los dos, sabiendo que era mejor no excederse, cosa que no les costaba hacer cuando tomaban juntos. Una dosis así, sabían, era inocente en sus poderosas venas.

Siguieron charlando y Goten se impresionó: Trunks no ocultó cierto buen humor que destacaba en sus palabras y actitudes, incluso en su rostro, el que solía estar tapado, por lo general, por un suave velo de melancolía. Sonrió al notar esta especie de simpatía en su mejor amigo: no era común ver así al hijo de Vegeta, él lo sabía mejor que nadie. Trunks se había vuelto taciturno y solitario, incluso bastante ciclotímico, desde la muerte de Isabelle. Claro que no se le podía recriminar absolutamente nada, pues el velo de melancolía tenía una clara justificación, mas resultaba peculiar verlo tan animado, si es que esa palabra era la indicada.

Curioso como sólo Son Goten podía serlo, antes de terminar lo poco de cerveza que quedaba en su vaso largo se atrevió a indagar:

—Desde ayer que estás chistoso —exclamó destilando simpatía—. ¿Qué te pasa? ¿Es la chica con la que rompiste tu racha? —Mirada pícara final con la única intención de irritarlo.

Trunks le puso énfasis a la risotada que salió de su boca.

Nah —profirió—, es otra persona.

A Goten le llamó poderosamente la atención aquel exceso de información. ¡Trunks era duro cuando de hablar de mujeres se trataba! Era un tema que le costaba horrores tocar, por vergonzoso y por reservado. Aprovechando como nunca la sinceridad momentánea, decidió escarbar un poco más:

—¡¿Quién es?

Trunks se veía radiante.

—Alice Raven.

Los ojos negros de su mejor amigo, entonces, no pudieron abrirse más.

—¡¿QUÉ? ¡HIJO DE...! —La mandíbula de Goten amenazó con caer al suelo—. ¡¿Es broma?

—De hecho, hablo en serio. —Agradeciendo que esa sección fuera de fumadores, se prendió un cigarrillo. Se revolvió en el asiento mientras se acomodaba la gorra con la mano que no sujetaba el vicio—. Le dije de vernos y aceptó. La pasamos bien.

«¡¿Bien? Te odio, Trunks».

Goten deliraba de excitación cada vez que leía un relato erótico de Alice junto a Pares. ¡Moría por dentro! Le encantaba la perversión retorcida que describía. Saber que Trunks se había acostado con ella y que no había sido él lo enfureció, aunque claro que tenía a su prometida; amaba a Pares, pero a veces le volvía al alma aquella rebeldía de la juventud, del una chica distinta cada noche, del disfrute carnal que no involucraba emociones.

Se mostró sinceramente indignado.

—¿Así que bien? —Se cruzó de brazos y refunfuñó.

Inesperadamente para el más joven de los hijos de Gokuh, su mejor amigo siguió con su brote de honestidad:

—Es muy tímida —comentó—, pero bueno... Es particular, ¿sabes? Es muy particular. —Se sonrió sin darse cuenta.

Goten pareció pensar. Trunks se mostraba ligeramente contento, tal vez demasiado animado para estarlo por una simple noche satisfactoria.

No era por el sexo.

Quizá, a lo mejor...

—Oye, no te ofendas, pero... —murmuró, acercándose a él con la mesa funcionando de separador—, si aceptó con tanta facilidad debe ser... ¿cómo decirlo? ...Fácil. —Hizo una pausa de por lo menos diez segundos. Al ver que el hijo de Vegeta no largaba palabra, continuó—. Digo, Alice es genial; el tema es que...

—No es fácil —sentenció Trunks, sin inmutarse en absoluto—. Reconocer algo así en una mujer es tan fácil como lo que describes; lo sabes. —Ambos rieron—. No es el caso de Alice.

Trunks lucía convencido, algo que sorprendió enormemente a Goten. Intentó, ahora, descifrar el enigmático sentir en el rostro de su amigo, pero todo intento fue en vano: leer esa mirada, muchas veces, ni para la otra parte del alocado Gotenks era sencillo.

—Ahora que lo pienso... —prosiguió el menor de la familia Son—. ¿Otra vez una artista, Trunks? Pensé que después de la violinista lo habías superado.

—Susu me dijo lo mismo. —Apagó el cigarro en el cenicero—. También me nombró a Dalia. —dijo, refiriéndose a la misma persona que Goten.

—Esa Dalia... Unas curvas venidas del infierno... ¿Te acuerdas? Te juro que nunca voy a entender por qué mierda terminaste con ella. ¡Estúpido! ¡Era pura carne! —Lo golpeó en el brazo.

—Historia larga y aburrida... Ya prescribió. —Permaneció unos momentos en silencio y, luego de mirar su reloj, supo que ya debía regresar a la jaula—. Pago y me voy.

Goten se encogió de hombros.

—Ok.

Se despidieron ahí mismo, para no permanecer demasiado tiempo en la calle. Trunks solía hacer ese tipo de maniobras para evitar la mirada de la gente. Era molesto, mas necesario si quería que no lo molestaran.

Estaba en uno de esos días donde no soportaba ser Trunks Brief.

Al salir, muy a pesar de su deseo, se topó con las tan conocidas e insoportables miradas curiosas. Sacó la cápsula de su coche de su bolsillo y se marchó a toda velocidad. Al hundirse en la marea del tráfico, donde se perdió a propósito para tener una excusa por su tardanza en el trabajo, la pregunta que había evadido durante largos minutos revolucionó su mundo.

«¿Por qué le conté a Goten lo de Marron?».

No se lo había dicho directamente; a pesar de ello, había hablado de la rubia al fin y al cabo. ¿Por qué? ¿Con qué fin? Se dijo que, a lo mejor, lo había hecho porque no tenía nada de malo.

¿Era tan así? ¿Realmente no tenía nada de malo?

Se convenció de que, sin saber si era así o no, se lo había dicho por un simple motivo: lo necesitaba. Marron le gustaba mucho, de hecho muchísimo más de lo que podía admitir. Si bien había cosas que le llamaban poderosamente la atención en un sentido negativo, como los silencios eternos, la recalcitrante timidez y el hecho de saber que ella no sentía por él más que una especie de cariño lejano por ser prácticamente primos, le gustaba Marron.

Le encantaba.

Saber todo eso derivaba en lo inevitable: él lejos estaba de ser la persona que ella amaba, ese demonio que no la merecía en absoluto.

¿Cómo no ver lo que había en esos ojos? ¿Cómo no sucumbir por éstos?

Marron no sentía nada por él; más bien, detrás de esa perfecta máscara de delicadeza y femineidad, ella sacaba partido de la situación. Úsame y yo te usaré era la condena a la que, al parecer, se habían sometido plenamente conscientes de sus actos, de las consecuencias de éstos.

Ahora, finalmente podía reflexionar sobre algo fundamental. Pensó en ello con detalle mientras seguía perdiéndose en la interminable marea de autos de la Capital de la modernidad.

«Marron no es Alice».

No lo era en absoluto.

¡Sí! Ésa era la pieza que faltaba en el rompecabezas: Marron no era Alice Raven. No lo era por un motivo que desconocía, pero que creía estar capacitado para adivinar: ella, al acudir a Onix el viernes por la noche, había ido a verse con un extraño, cosa que él lejos estaba de ser. Había ido a ver a Touji, es decir ese Trunks que él tampoco estaba siendo con ella.

¿O sí? Percibió confusión en su persona justo cuando frenó en un semáforo en rojo.

Claro que, efectivamente, era ese hombre, era Touji, mas no estaba sacando esa parte de él con ella.

La rubia, para él, siempre había sido la más hermosa quinceañera de vestido rosa, el ángel de la perfección, mas no era Alice Raven. Si él no hubiera conocido a la Alice que Marron tenía en su interior, probablemente nunca hubiera hecho nada para acostarse con ella, por más bella que fuera. Era como su prima y siempre había temido algún tipo de conflicto en el seno de los Guerreros Z. No quería armar un alboroto por algo así.

¿Y entonces por qué fingían ser otros y se comportaban como los que eran para todas las personas? ¿Por qué ella era Marron y no Alice? ¿Por qué él era Trunks y no Touji?

¿Por qué, al estar juntos, no invocaban a la perfección de los chats, de las conversaciones sobre el cielo y el infierno, sobre los ángeles y los demonios, sobre el arte de buscarse un significado por sí mismos, sin depender de los seres inalcanzables que eran, para ellos, Isabelle y el demonio?

Y sobre todo: ¿Por qué se avergonzaban de la conexión que habían tenido gracias a las palabras que se habían escrito el uno al otro?

Él no había mentido y ella bien sabía que tampoco. ¡Lo sabía! Lo hacía por motivo de la mirada celeste, de los perversos pedidos de humillación; por los besos en los párpados, por las caricias cerca de lo fetichista alrededor de sus ojos.

La forma meramente obsesiva en que ella lo observaba le decía que no había mentido, y sin embargo también le decía otra irrevocable verdad: ella lo miraba así, lo tocaba así, desnudaba su alma así por el motivo más cruel de la historia: porque lo estaba usando.

Trunks era, para Marron, la persona a la cual hacerle todo lo que le haría a su imposible demonio.

Pensaba en otro, no en él. Pensaba en el demonio cada segundo de calor, roce y placer que tenía junto a él.

Lo estaba usando...

«Y no me importa».

No tenía manera de darle importancia, aun cuando su orgullo doliera como, de hecho, lo hacía. El orgullo estaba herido, mas no le importaba por lo obvio: ella le gustaba demasiado. Le gustaban los besos en los párpados, las caricias en el borde de sus ojos; le gustaba, por sobretodo, la desnudez de esos perfectos globos oculares.

La desnudez que iba más allá de la piel, que lo sumía en la misma esencia de la musa dorada.

Le gustaban los ojos desnudos dispuestos a humillarse ante él para saciar aquella necesidad de mostrar todo y no dejar nada en las sombras.

Le gustaba la Marron en carne viva del sexo: Alice Raven, la escritora de relatos eróticos envenenada del más poderoso significado.

Mujer envenenada de significado...

Esa Dalia... Unas curvas venidas del infierno... ¿Te acuerdas? Te juro que nunca voy a entender por qué mierda terminaste con ella. ¡Estúpido! ¡Era pura carne!

Entrecerró los ojos ante un nuevo semáforo en rojo.

«Dalia...».

Al parecer, la historia se repetía.

«Si supieras, Goten...», suspiró en su mente al avanzar gracias al verde del semáforo. «Si supieras que ella me dejó a mí y no yo a ella».

Y todo por ser para Dalia lo que Marron era para él: un ser que era capaz de usar a otro con tal de anestesiar al sufrimiento y disfrutar sin miramientos.

Usarla para olvidar...

Usarla para sentir en ella lo que sentía al estar con un ser inalcanzable, el más inalcanzable del universo.

¡Aferrarte a Isabelle no te salvará! —espetó Dalia ante él—; tampoco lo logrará alguien a quien condenes a la sombra donde te escondes por miedo; lo que te salvará está fuera de esa sombra, muy muy lejos de ésta. —Él la besó, y ella lo apartó—. Lo que te salvará no tiene nada que ver con Isabelle Cort, sus fotos y el significado que ella buscaba en ti. ¡Lo que te salvará, Trunks Brief, es la dulzura y la tranquilidad que alguien como yo jamás podría darte! ¡Por eso es que no quiero volver a verte! Me buscas en ella, pero yo no soy ella, ¡¿entiendes? Sé capaz de entenderlo y vete.

Pero Dalia, por favor...

¡VETE! Lo siento, realmente lo siento, pero no estoy dispuesta a sufrir por tu culpa. —Una sonrisa resignada se dibujó en su boca—. No voy a sufrir en vano, no si sé que esto no nos llevará a nada. No voy a sufrir si sé que no obtendré una recompensa que esté al nivel de lo que siento por ti...

Un hilo de humo escapó de su boca, salió por la ventanilla del coche y se perdió en el cielo azul de aquel soleado aunque fresco lunes invernal. El humo se alejó mediante aquellos sensuales y acostumbrados movimientos circulares. El instante obtuvo, así, un tinte crudo, adulto, oscuro.

Pensar en Dalia era revolver la herida de su orgullo, pues ella había sido, sacando a Isabelle, una de las mujeres más importantes de su vida. Era un ser atestado de significado; era lo que él necesitaba después de tanta tragedia: una artista inspirada, que tocaba el violín no con sus manos, sino con su alma. Era excesivamente talentosa; le fascinaba por demasiados motivos. Sus caderas demasiado anchas, sus labios demasiado carnosos, sus piernas cortas, su nariz pequeñita... No era, así como Marron, lo que pudiera llamarse mujer perfecta, mas para él traspasaba fácilmente las palabras. Era adictivo perderse en esos rizos rebeldes y totalmente negros que le pasaban la cintura en largo y adentrarse en la piel morena que incitaba al calor. Podía estar horas y horas en la cama, a solas con ella y el violín: los conciertos que le daba sin ropa eran algunos de los recuerdos más eróticos que tenía en su cerebro. Tenían esa clase de sexo que remite al sudor, la fuerza y los gemidos más vehementes...

Lo opuesto a Marron; lo más cercano que había estado de volver a tocar a Isabelle.

Se excitó ante el recuerdo, pero lo borró en el mismo instante en que el calor lo invadió: no tenía caso recordarla en la etapa en la que estaba entrando su vida. Hacía un año que ella lo había dejado luego de ocho fogosos meses de relación, y no la extrañaba, en ningún momento, a pesar del calor, de la música del violín y de la cantidad de horas que habían estado desnudos y unidos.

No tenía caso recordar algo que no le había dejado ningún mensaje productivo.

En cambio, ahora estaba embarcado en un significado nuevo: el de Marron.

Ella lo usaba para tocar a su demonio y él la usaba para tocar a Isabelle.

«¿Es tan así?», se preguntó luego de reflexionar sobre el tema más honestamente que nunca. A lo mejor sí; a lo mejor no. No era imperante la necesidad de analizarlo.

Le parecía absurdo analizarlo en demasiado detalle, pues todo el sinsentido que le encontraba a la pasión retorcida que vivía junto a ella cobraba un verdadero significado cuando estaban frente a frente. En frío, volvían los celos, el rencor al maldito demonio; la sensación de ser usado...

En caliente, el mundo dejaba de existir y era reemplazado por dos esferas celestes que lo aplastaban con su inigualable poder.

Sonrió.

Isabelle había muerto, es decir que no había manera e volver a fundirse en su calor; Marron, en cambio, sí podía recurrir al verdadero demonio. Esa era la diferencia fundamental entre ellos.

Apretó el volante, ya sin sonrisa, descargando la furia que no sabía que sentía.

Marron lo usaba...

Y no le importaba.

Un nuevo semáforo en rojo. ¿Dónde estaba? Daba vueltas desde hacía interminables minutos, decidido a no volver al trabajo aún. De repente, casi como si las casualidades no existieran y fueran una excusa del destino para burlarse de los hombres, un ki fuertísimo invadió sus sentidos.

«¿Pan?».

Escrutó a su alrededor: estaba a la vuelta de la universidad a la que su hermana y la mejor amiga de ésta concurrían, la misma a la que había ido él al terminar la secundaria. La nostalgia lo alcanzó, denotada por la amplia sonrisa que se había manifestado en sus facciones: desvió su camino y aparcó junto al parque ubicado frente al imponente edificio de estudios. Pan estaba, precisamente, en ese parque; su ki fuerte, ese que ella jamás ocultaba ni que su vida dependiera de ello, se lo decía.

Se acomodó el gorro y los lentes oscuros antes de salir de su coche. Una vez fuera, suspiró frente al parque que se extendía frente a sus ojos, frente a los recuerdos más nítidos que éste evocaba.

Almorzar con sus compañeros, creerse geniales por probar alguna sustancia ilegal, fingir sentir simpatía por ellos cuando le parecían seres vacíos, dormir en el pasto en vez de ir a alguna clase, el sexo que había tenido con una compañera contra un árbol en medio de la noche, empezado en el árbol y terminado en su coche...

Lindos aunque tontos recuerdos. Esos tres años habían significado el final de la inocencia, el principio del resto de su vida...

El preludio a manejar la empresa de su abuelo, a conocer a Isabelle, a abandonar para siempre esa vida que había dibujado para sí mismo y cambiarla por la que otras personas le habían diseñado a su supuesta medida.

Sacudió su cabeza de un lado al otro: basta de pensar en él. Se encaminó hacia el poderoso ki. Increíblemente, quizá por estar poseído aún por esa nostalgia de la juventud, caminó sin hacer caso a alguna que otra mirada que, al juzgar por la impresión que expresaba, lo reconocía. Se limitó a avanzar despacio hacia la muchachita del enigmático llanto de domingo. Al sentirla recordó la intriga del día anterior: ¿qué le pasaba? Sentía que valía totalmente la pena intentar averiguarlo siendo quien era Pan, la sobrina de una de las personas más importantes de su vida, el Goten que había estado a su lado en el peor momento de su existencia. ¿Cómo olvidarlo? Acababan de decirle que Isabelle había muerto y...

«Otra vez pensando en mí...».

Sacudió su cabeza de un lado al otro una vez más, hundiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón, bajando la mandíbula, entrecerrando los ojos.

Estoy aquí, Trunks... Estoy aquí.

«Basta...».

El ki de Pan lo devolvió a la realidad de un fuerte cachetazo. ¿Cómo no intentar averiguar qué le sucedía? Pan era una Son, era saiyan como él, algo que generaba cierta conexión entre todos los híbridos que habitaban la Tierra, quienes veían en sus pares los mismos problemas de convivencia entre la sangre humana y la guerrera. No era fácil ser híbrido, no lo era en ninguna circunstancia de la vida cotidiana: algo íntimo o algo social, no importaba, porque ser híbrido era ser un bicho raro, era ser, aunque la palabra fuera ciertamente desafortunada, anormal. Tanto apestaba a veces el tener dos sangres tan distintas corriendo por sus venas que Gohan, Goten, Pan, Bra y él se entendían y apoyaban los unos a los otros. Les generaba gran empatía saber que no estaban solos en el mundo...

Ser híbrido era ser un eterno reprimido, era apretar para siempre los dientes, era contener el ki lo más posible en todos los contextos posibles. Ningún contexto convencional era adecuado para sus características físicas e incluso psicológicas. Ser híbrido, al fin y al cabo, era ignorar qué se sentía dejarse llevar al máximo, era desconocer para siempre el placer de llegar al mismísimo borde de sus instintos al alegrarse, entristecerse, enfurecerse y apasionarse.

Bombas a punto de explotar, así se sentían.

Gohan, Goten y él, gracias a la estrecha relación que mantenían entre los tres desde siempre, donde Gohan era el indiscutido cerebro y hermano mayor, se juntaban a pelear cada muy tanto, una vez cada año o incluso cada dos o tres. Había que descargarse físicamente, por lo cual peleaban hasta el cansancio y, luego, compartían extensas charlas llenas de un descargo emocional que también era necesario: experiencias de la convivencia entre el normal y el anormal de sus almas, entre el humano que quería vivir como cualquier otro y el saiyan que tenía el instinto de luchar, superarse y ganar las más cruentas batallas. No se podía, aunque lo intentaban, tener una vida completamente normal. ¡No podían mentirse tanto a sí mismos! Así que lo admitían cada muy tanto: no podían ser normales del todo.

En esos años de paz que se habían ganado por luchar durante varias décadas contra los enemigos más poderosos, no había lugar para el lado amable de la sangre guerrera: las batallas verdaderas, las serias, las de vida o muerte contra enemigos como Freezer, Cell o Boo, no podían reemplazarse con sencillos entrenamientos, por lo menos no a tan largo plazo. Agradecía haber peleado con Boo, haber estado ahí y poder contarlo. Se había sentido tan bien al participar de esa incansable lucha... A pesar de ser un niño, allí había soltado del todo la correa con la que tenía constantemente atado a su instinto. Había sentido la plenitud en su sangre saiyan, por lo cual experimentaba, sin importar lo demás, cierta gratitud por haberlo vivido en carne propia.

Por eso entendía a Pan: ella no había vivido nada de eso. Ella no conocía la maravillosa sensación de liberarse del todo, la maravillosa adrenalina de pelear sobre esa cuerda floja que era una batalla de verdad, con la vida de un lado y la muerte del otro.

Gohan, a pesar de las quejas de Vegeta, le había enseñado un tipo de meditación a Bra, la que Piccolo le había enseñado previamente a él. Con esta meditación, Bra, que ni un puñetazo sabía dar, podía controlar el poder que, aunque no estuviera entrenada, tenía innato. Lástima que para alguien como Pan todo esfuerzo había sido inútil: ella sabía pelear, pero no sólo eso: ella amaba pelear, sentimiento que ningún otro híbrido nacido en la Tierra experimentaba con tal magnitud. Pan era diferente y a eso todos le adjudicaban lo cerrada que era: hablaba poco, pero sí era amable y dulce, buena en esencia; sin embargo, era difícil en el trato, ciclotímica como pocos seres del mundo, tímida a pesar de tener un carácter más digno de la familia de Vegeta que de la de Gokuh, heredado de dos imponentes mujeres como Chichi y Videl. Ese carácter tenía la cualidad de explotar en los momentos más impredecibles; no ponían ayudarla por más que lo intentaban. Gohan, siempre maduro y lleno de cariño hacia los demás, se lo había explicado una vez:

Es la que más sufre ser híbrida. Es la de menos sangre, pero la de más amor. Es la más perjudicada de todos nosotros.

«Y ahora es cuando cobra sentido esa frase suya», pensó atisbándola al fin a través de sus lentes oscuros, a unos ocho metros de ella, quien escuchaba música con los ojos cerrados, apoyada en el tronco de un gigantesco árbol del parque. Tenía puesta una gorra de beisbol negra, un abrigo del mismo color, holgado y masculino, unos pantalones apretados de tela escocesa, verdes y negros sus motivos, y unos borceguís más masculinos que su saco. Era una especie de hardcore-punk sin piercings, ganchos de ropa o cadenas: no buscaba la moda; buscaba comodidad.

Se veía linda, aunque masculina. Claro que él, al verla, veía a la ternurita que era en el 28vo Tenkaichi Budokai, la niña tan dulce y alegre que carecía de todos esos instintos que ahora la volvían tan ciclotímica, tan lejana a quienes la rodeaban.

«Por eso dijo que tenía menos sangre que yo: está en uno de esos estancamientos suyos».

Según le había comentado una vez Gohan y otra vez Goten, Pan sufría grandes periodos de frustración durante sus entrenamientos. Le costaba barbaridades hacerse más fuerte, seguramente por lo que ella pensaba, por ser ¼ saiyan y no mitad y mitad, como los demás. Entrenaba mucho, demasiado, más que cualquier ser que conociera, exceptuando a Gokuh, Piccolo, su padre y, a lo mejor Tenshinhan.

Entrenaba más, lo amaba más; le costaba más.

Se acercó todavía más a ella, sonriente, sintiendo la bien conocida empatía más fuerte que nunca. Su ki estaba tan apagado que ella, en su mundo como siempre, jamás notó su cercanía. Estaba de pie justo detrás de ella, del otro lado del tronco del árbol. Pan tenía la música tan fuerte que lograba escucharla con enfermizo detalle a través de los potentes audiculares: ¿era eso rock alternativo? La joven movía la cabeza frenéticamente, siguiendo el ritmo acelerado de la canción. Le sonaba mucho la canción... ¿De dónde? Inmediatamente lo recordó: a Isabelle le encantaba ese grupo, una banda de rock alternativo, actualmente separada, que estaba muy de moda a principios de la década que ya estaban finalizando.

Ah, ah... ah, ah... —la escuchó tararear hacia el final de la canción.

Siguió observándola, enternecido sin motivo: ahora, sonaba una canción de Miss Mimi. ¿Qué tenía que ver a estrafalaria estrella pop con esa vieja banda de rock alternativo?, se preguntó entre risas. Mimi cantaba con aquella voz que había gemido junto a él en tan olvidable noche, cantaba maravillosamente bien ese pop poco ambicioso y excesivamente pegadizo. No entendía bien la letra, aun cuando escuchaba perfectamente la voz. Cuando, cansado, iba a acercársele al fin a la sobrina de su amigo, ella, sabiéndose sola sin estarlo realmente, cantó con suavidad:

Respóndeme, ámame, cántame tu amor... Dime al oído tus anhelos de pasión... —Desafinaba más que él, lo cual le parecía mucho, pero de su voz se desprendía cierto quiebre que no tenía razón de ser. ¿Acaso ella seguía triste? Eso parecía decir su tono. Brotaba, además, una dulzura propia de alguien tan joven, de la niña que siempre había sido y sería para él—. El ángel que ha caído para borrar el dolor... El demonio que ha sido elegido para su eterna salvación...

«Ángel y demonio...».

Marron retornó a sus pensamientos y, con ella, la frustración bien conocida. Ese demonio, esos ojos que lo miraban sin mirarlo, que lo usaban, que le mentían... Esos ojos que miraban a otra persona. La humillación a la que se sometía ese ángel para pagar por sus pecados, para salvar a su alma de ese amor obsesivo que le subyugaba las venas.

Marron, el ángel de la perfección que empezaba a subyugarle las venas a él.

«Una vez más y van: sigo pensando en mí».

Y no era momento.

Decidido a dejar de lado ese orgullo mal heredado de su padre, carraspeó levemente para recuperarse. Finalmente, luego de observarla minutos enteros, puso una mano sobre el hombro de Pan, quien volteó confundida al percibir en contacto. Se sobresaltó debido a esa soledad falsa, que se desvaneció rápidamente frente a ella.

—¡¿Trunks? —exclamó sin poder creerlo, limpiando sus lágrimas a la velocidad de la luz.

El ceño eternamente fruncido, otra mala herencia de Vegeta, se frunció más aún al ver aquellas gotas llenando sus párpados.

—¿Otra vez, Pan? —inquirió luego de quitarse los lentes y agacharse frente a ella, quien giró su rostro sintiendo en lo más profundo de su ser la necesidad de enterrar su cabeza bajo tierra. ¡No podía estar sucediéndole algo tan horrible!

—Déjame —pidió sin ser capaz de mirarlo.

—Pan...

—¿Qué haces aquí? —Aún alejada de los ojos que no le perdían detalle, la joven trató de levantarse, algo que el dueño de los orbes azules impidió fácilmente, tomándola suavemente del brazo.

—Tu ki —dijo sonriente—, lo tienes siempre alto, ya te lo había dicho. Pasaba cerca de aquí con mi auto, te sentí y se me ocurrió venir a preguntarte si te encontrabas mejor... —La miró con más detalle—. Veo que no.

Pan pegó sus pupilas a los cordones de sus borceguís, dispuesta a mirar cualquier cosa antes que a Trunks.

La vergüenza no le permitía, bajo ningún aspecto, vislumbrarlo.

Como no respondió, él prosiguió:

—Tonta... Sigues llorando, ¿por qué? ¿Qué es lo que sucede? Entiendo que soy pesado, que no me incumbe, pero...

Acercó su mano derecha al rostro de Pan, quien dio un respingo al sentirla sobre su mejilla: estaba tibia, contrario a la mano de ese Trunks que siempre recordaba, el del velatorio de Isabelle.

Sus ojos negros, esos tan oscuros como la noche y tan frustrados por los acontecimientos, lograron por fin mirar a quien le dedicaba la inocente caricia. El azul invadió su mundo sin pedir permiso. Allí estaba la nobleza de ese hombre golpeado por la vida, intacta, inmodificable. Eterna, la nobleza fusionada, para siempre, con el ápice de tristeza que la partida de Isabelle selló con fuego en esos planetas azules, esos que no se detenían, que seguían vislumbrándola bajo el cielo nublado de tan frío invierno.

—¿Tienes frío? Estás helada —mencionó Trunks—. ¿Quieres venir a mi oficina para que tomemos un café?

—Trunks... —Los ojos negros se llenaron de lágrimas, contradiciendo al implorante pedido de su mente de no humillarse más frente a nadie, sin excepciones—. No quiero causarte molestias. Esto no tiene nada que ver contigo y...

—No es molestia. —Una sonrisa más radiante que las anteriores intentó convencerla, cosa a la que ella, orgullosa muy a pesar del dolor que la hundía más en las sombras, negó con la cabeza—. Bueno, Pan, lo siento. —Repentinamente serio, sin la sonrisa ni nada que recordara a ésta, se puso de pie y empezó, lentamente, a alejarse de ella.

Pan contempló cómo él se iba a cualquier parte, la sonrisa derribada por su estúpido orgullo, por su insensible antipatía.

Un recuerdo pasó delante de ella: siempre que lo miraba a los ojos, juraba volver al pasado y poder verlo de nuevo allí, clavado frente al ataúd de Isabelle. El cajón de madera opaca cubierto por una tela blanca llena de dibujos de flores hechos a mano, en hilo plateado. La tristeza de la gente, el empalagoso olor de las flores, las ropas oscuras...

El frío...

Y él, el que se alejaba de ella a lo mejor ofendido por lo maleducada que era ella, clavado frente al ataúd. La mano acariciando su cabello de niña mientras la observaban, ella aferrada a él con fuerza inhumana, atacada por los más descontrolados sollozos. Lo siento, Trunks susurraba mil veces por segundo; realmente lo siento, seguía, poseída por la empatía que finalmente había logrado sentir. Realmente lo siento, Trunks una y otra y otra vez.

Ver al amor de tu vida así, sin vida en un ataúd...

La empatía...

Entendió, al fin, que lo que él intentaba, escucharla e incluso ayudarla si esto fuera necesario, era símbolo de esa nobleza tan atada a la esencia que lo constituía. Era noble, era bueno, y lo único que había hecho, tan ínfimo ahora que lo pensaba bien, era haber expresado una preocupación que en alguien como él era, mínimo, esperable.

Era haber tratado de darle calor a alguien que tenía frío...

Se puso de pie y, enfurecida consigo misma, bramó:

—¡ESPERA!

Trunks detuvo sus pasos, mas no hizo nada además de ello. Permaneció de pie a varios metros de ella, su espalda derecha, sus manos en los bolsillos de su pantalón de traje negro.

Pan corrió hacia él y, cuando lo alcanzó, se petrificó detrás de su espalda, la de aquel masaje, la que ahora la hipnotizaba tanto como ese día.

—Soy testaruda, lo sé —aseguró—. Perdona: sé que viniste con buenas intenciones.

Trunks volteó. Cuando ella pudo atisbar su rostro, él volvió a sonreír.

—Si quieres, podemos tomar un café. Como tú quieras: te ofrezco mi oído.

Pan apretó los puños. Se sentía tan sola en medio de su frustración... No tenía idea de en quién confiar, con quién hablar. Bra era, junto a sus padres y abuelos, el ser al que más amaba en el mundo, pero la princesita, si bien era híbrida como ella, no era alguien con quien pudiera sentirse comprendida. Tampoco lograba sentir algo parecido con su padre, ni siquiera con su abuelo, que si bien la escuchaba atentamente, siempre le quitaba importancia a sus palabras, sonrisa bonachona como insignia de su eterna despreocupación para hacerlo. No lo hacía con mala intención, mas lo hacía al fin.

Hablar con alguien que pudiera darle una opinión más objetiva le pareció, de repente, una idea fabulosa.

—No puedo irme lejos: en unos cuarenta minutos tengo clase. —Miró su reloj para corroborar el tiempo que había mencionado—. Sí, cuarenta y tres minutos.

Trunks rió.

—Ven —pidió, haciéndole un gesto para que lo siguiera—, te invito a mi auto. Alguna que otra persona nos está mirando.

Te mira, querrás decir —Bromeó con naturalidad, como si él fuera Bra.

—Yo no soy el nieto de Satán, lo siento.

Ambos rieron al unísono, encaminándose hacia donde Trunks había aparcado su coche. Al llegar, él desactivó la alarma y le abrió la puerta de copiloto con caballerosidad. Un minuto después, ya acomodado frente al volante, arrancó el coche. Estacionó un par de minutos después muy cerca de allí, en un lugar apartado del estacionamiento de la universidad.

Cuando el auto se detuvo por fin, Pan aclaró su garganta, abrazando su mochila contra su pecho. Escrutó a Trunks de soslayo justo cuando se dio cuenta de que jamás había estado tan a solas con él. Se sintió extraña al descubrir ese hecho: en ese auto de moderno diseño y soberbios vidrios polarizados imperaba el silencio, la quietud; era una burbuja de paz en medio del bullicio de la jungla en la que estaban.

—¿Qué es lo que te tiene mal? —inquirió Trunks finalmente, rompiendo el silencio sin culpa alguna—. Si me preguntas, creo saber qué es.

—¿Eh? —balbuceó la joven al escucharlo.

¿Cómo que creía saberlo?

Giró su rostro hacia él y se encontró, al hacerlo, con unas pupilas apacibles, relajadas gracias al silencio y prácticamente tranquilas por lo que recibían de ella.

—Ya sabes, Pan... —Jugó un momento con el volante del coche, como si hacerlo le ayudara a encontrar las palabras exactas—. Siempre nos apoyamos los unos a los otros, nosotros cinco... ¿Entiendes a lo que me refiero?

—Sí, perfectamente. —Agradecida en el momento en que él prendió la calefacción del vehículo, acompañó la sonrisa que adornaba su boca con una en la suya—. Somos híbridos.

—Y no es fácil serlo, más a tu edad.

—¿A mi edad?

—A tu edad, sí, pero no nos desviemos. —Trunks giró completamente hacia ella: apoyó el codo de su brazo izquierdo en el volante y el otro lo recargó sobre el respaldo; sus manos se entrelazaron frente a él—. ¿Estás estancada de nuevo?

Se sonrojó, más avergonzada que nunca por el mero hecho de saber que no solamente Trunks, sino toda su familia, es decir los Guerreros Z, sabía sobre sus estancamientos y frustraciones.

—Es que... —murmuró bajando la mirada.

—¿Entonces por eso lloras, Pan?

Estrujó más la mochila sobre su pecho.

—No logro hacerme más fuerte...

—¿Y eso hace que llores? Eso es lo que no me cierra: tú puedes frustrarte, todos lo sabemos. —Fueron capaces de reír juntos por un instante—. El tema es que tú no lloras por cualquier cosa, ya te lo dije: pareciera haber algo más de fondo.

Volvieron a mirarse.

—No sé... yo... —titubeó mientras lo miraba, sus ojos cada vez más abiertos ante él—, no creo que sea prudente decírtelo.

¿Realmente podía permitirse hablarle de Oob?

«Jamás».

¿Y por qué no? Trunks era esa clase de persona que, con una calidez aplastante, invitaba a un diálogo serio y extenso.

«Podría decírselo a tío Goten, quien se burlaría de mí hasta el último día de mi vida... ¡Ah! De sólo imaginarlo...».

—Le pedí a tu padre que me entrene...

—Y se negó —adivinó Trunks. Pan asintió—. Te voy a contar un secreto. A lo mejor te ayuda a no sentirte tan mal al respecto. —Se acercó un par de centímetros a ella—. Como sabes, mi padre es el único saiyan vivo que estuvo en Vegetasei, es decir el único que vivió en una sociedad regida por la cultura que rodeaba el poder. —Pan, tímida, como si en cualquier momento fuera capaz de bajar la mirada otra vez, asintió nuevamente—. Papá, aunque lo oculta muy bien, mantiene vivo algo de todo eso. No mucho, es bueno aclararlo, pero sí algo. Justamente, una costumbre que había entre los saiyan era que un padre jamás entrenara a alguien que no fuera sangre de su sangre, es decir su hijo o bien nieto. Debido a esto, yo fui su único alumno.

—Pero eso no es lo importante... —El tono de voz de la joven Son se ensombreció, cosa que él por supuesto notó—. Soy la nieta de un insulso Clase Baja; por eso no quiso entrenarme. —Un carraspeo y continuó; Trunks no parpadeaba, o esa era la sensación que los ojos le daban—. Odio eso, ¿entiendes? Odio que me humillen así. ¡No soy menos que él por no ser hija de otro príncipe...! ¡Tiene que entenderlo! ¡No voy a permitir que me rebaje! ¡NO LO HARÉ!

Trunks se sintió más enternecido. ¡Ella tenía tanta determinación! Aunque ese ápice de inocencia resultaba sencillamente adorable. Veía en ella a su hermana, a esa Bra que tanto amaba y a quien tan poco le expresaba su amor.

—Él puede repetir ese discurso hasta morir —exclamó, invitándola a tranquilizarse—, pero no es tan así, créeme. Sé exactamente cómo es mi padre: jamás entrenaría a quien no sea sangre de su sangre... Además, tú eres la nieta de Gokuh.

—¡Y sí! —bramó Pan—. ¡Es mi abuelo y estoy muy orgullosa de él! No toleraré que me denigre por tener la sangre que tengo, porque yo...

—Espera —la frenó Trunks. Tomó una de sus manos con fuerza—. No me entendiste: eres su nieta, la nieta de su rival... Esa historia vieja, ya la conocemos. —Acarició la mano con su pulgar, fraternalmente—. Sin embargo, Pan, el problema es que tú eres la híbrida más dedicada a la lucha que hay en nuestra familia. Papá no soporta que la más apasionada por esto seas tú y no Bra o yo. —Suspiró—. Esa es la verdad.

Pan sollozó. Al bajar su mirada, una sonrisa entre avergonzada y agradecida asomó por su juvenil rostro. Vio, entonces, cómo Trunks, quien aún sujetaba su mano, la acariciaba con el pulgar, una y otra vez, ida y vuelta. Movimientos pausados, tan apacibles como la mirada azul. Lo miró fijamente y, en los ojos, vio claramente lo que había: empatía.

—Tú entrenas... —farfulló mientras se maldecía: sus mejillas hervían, lo cual le hizo saber que se acababa de sonrojar.

—No lo hago por pasión; lo hago porque lo necesito —aseguró él, serio—. Tú lo haces por algo muchísimo más interesante.

—Yo entreno por motivos estúpidos...

No titubeó al afirmar aquello.

—Mientes.

—¡Por supuesto que no miento! —se exasperó—. Por eso me estanqué, Trunks... ¡Porque entreno por una tontería!

«Para superarlo a él...», se dijo mientras rechinaba los dientes, recordando con odio al Oob que sólo le dedicaba amor cada vez que estaba frente a ella.

—¿Qué tontería?

La pregunta que menos quería escuchar chocó con potencia sobre su ser.

—... Superar a alguien... insuperable.

Trunks no se contuvo: se rió con todas sus fuerzas.

—Vamos, Pan... ¡Eres saiyan! No tienes límites.

«Lo mismo que siempre me dice mi abuelo».

La misma creencia privada de coherencia.

—Sí los tengo.

—No los tienes.

Ahora parecían dos niños caprichosos.

—¡Sólo tengo ¼ de sangre guerrera!

—¿Y? —Trunks lucía tan tranquilo que llegaba a perturbarla—. ¿Qué tiene que ver? Eres saiyan, Pan, más saiyan de lo que Bra, Goten y yo podríamos ser. De hecho, tienes un extra que ni tu padre tiene: te apasiona pelear, tanto como a mi padre o tu abuelo. ¡A ninguno de nosotros nos pasa como a ti! —Limpió, mediante una caricia, la lágrima furtiva que acababa de caer por el rostro de la muchachita—. Gohan es el más fuerte de todos, ¿lo sabías? Heredaste lo mejor de él y lo mejor de tu abuelo, es decir su amor por la lucha y la auto-superación. Eres la hija del más fuerte y, para colmo, de parte de tu madre también heredaste algo. Videl también es fuerte, claro que no como un saiyan, pero es buena peleadora.

—Y mi abuela también... —agregó en un hilo de voz. Estaba extremadamente emocionada.

—Claro. —La caricia del pulgar se detuvo; las palabras no—. Tienes todo a tu favor, es eso lo que intento decirte. Tu disciplina y talento te hacen una de las mejores de los Guerreros Z, Pan, sólo que tú no has tenido (y espero que jamás tengas, todo con tal de que la paz siga reinando) oportunidad de demostrar tu poder.

—Pero me cuesta mucho más que al resto... —Sollozó nuevamente—. Debo entrenar el doble, ¡el triple! Debo entrenar mil años más que ustedes.

Trunks rió una vez más.

—¿Y me vas a decir que la idea de entrenar tanto te desagrada? Por lo que te conozco gracias a Bra, Gohan y Goten, sé que jamás te desagradaría algo así. —Se acercó todavía más a ella—. Con esfuerzo, todo llega. —Sonrisa final y todo estuvo dicho.

Pan suspiró mientras limpiaba sus lágrimas. Las palabras eran caricias, causaban en ella el mismo efecto que el pulgar sobre su mano. Eran palabras hermosas que decían aplastantes verdades.

—Ti-tienes razón... —admitió sonrojada.

—No te preocupes tanto por el cuándo, sino por el cómo. No importa cuánto te lleve llegar a un nivel determinado; lo que tiene que importarte es el resultado, es concentrarte en el proceso para lograr lo que deseas. Es fantástico que quieras un maestro, pero me parece, si me dejas opinar, que eso de buscar uno nuevo tiene que ver con un tiempo que quieres ganar. Nada de lo que hagas funcionará si no te das tus tiempos para lograr llegar a donde quieres.

—Sigues teniendo razón...

La mano volvió a sujetarla y el pulgar reanimó su caricia.

—Sigue así. No sé a quién quieras superar, pero lo que sé es que es mejor que compitas contigo misma en vez de con otra persona. Piensa en superarte a ti. Te lleve días, años o décadas, te aseguro que un día nos vas a ganar a todos.

Rieron con complicidad.

—Gracias, Trunks... Eres muy dulce.

Basta de sollozar: borró del todo las lágrimas y respiró profundo. Energías renovadas surgieron en su interior. Se sentía de maravillas.

—¿Te molesta si fumo? —inquirió él de repente.

El cambio de tópico fue tan abrupto que logró irritarla, más teniendo que ver con ese maldito tubito alargado. Asintió, sin deseos de ser pasiva en esa muerte lenta que tanto detestaba.

La frustración, sin motivo aparente, retornó a ella, muy a pesar de las cálidas palabras del hermano de su mejor amiga.

—Ok, no hay problema —afirmó Trunks, sin inmutarse por su lapidaria respuesta—. Acompáñame afuera, así fumo y, de paso, te digo una última cosa.

Pan se paralizó. ¿Y ahora qué? Salieron del auto y él estaba tranquilo; ella más nerviosa que nunca. ¿Qué más quería decirle? No sabía manejar las intrigas. Trunks se apoyó sobre la zona lateral del auto, justo en la puerta de copiloto. Pan quedó frente a él.

—Escucha... —Trunks prendió el cigarro—. Las cosas que tienen solución no deben hacerte llorar. Veo que te angustias mucho por tu fuerza y demás, por eso me parece que es buena la idea de decirte esto: si la solución existe, entonces no llores. No seas tonta... —Le dio una pitada al cigarro y sonrió—. Poniéndote triste solamente te atrasas: usa ese tiempo con sabiduría, no en lágrimas que no te harán lograr nada.

—¿Y por qué me dices todo esto? —indagó ella de repente, sin mirarlo, inmersa en sus pensamientos.

Trunks largó humo por la boca.

—Dos motivos.

—¿Cuáles?

—El primero es sencillo: te entiendo —aseguró—. Sé lo que se siente estar frustrado por aquello que más te gusta. Me ha pasado y no se lo deseo a nadie. Frustrarse es, desgraciadamente, demasiado fácil.

—¿Por los entrenamientos? —de repente, al decir eso, se sintió perdida en la marea de palabras. ¿De qué estaban hablando? No logró discernir el tinte extra que hizo brillar los ojos azules.

¿Qué era eso que le gustaba? ¿Qué era lo que lo apasionaba al punto de poder compararse con ella y sus entrenamientos?

¿A qué se refería exactamente con ese te entiendo?

Trunks observó el cielo, y la melancolía se expandió por su rostro. Era una manifestación de algo que Pan, aparentemente, no era capaz de comprender, pero que, sin embargo, estaba tan presente que tapaba absolutamente todo lo demás.

Algo en ese semblante, inexplicablemente, le recordó a su abuelo.

«¿Por qué, Trunks?».

—No importa —dijo él, restándole importancia a algo que, por lo que se observaba en sus facciones, sí era importante. Y mucho.

Pan no supo si intentar indagar en ello una vez más o mejor permanecer en silencio. Una especie de incomodes se había condensado entre ellos, por lo cual se inclinó por lo segundo.

—El otro motivo —prosiguió él sin más, haciendo caso omiso a la explícita curiosidad de la muchachita— es un poco más complejo y, a lo mejor, no lo entiendas; sin embargo... —Le dio la última calada posible al cigarro, lo lanzó al suelo y lo apagó con un pisotón. La miró a los ojos un segundo entero antes de continuar—, creo que vale la pena decirlo. Eres muy joven, Pan. No debes dejar que la frustración te afecte tanto. Hablo en serio.

—Mi problema es más complejo de lo que crees —casi sonó a excusa, pero se creyó sus propias palabras.

Trunks se mostró sorprendido. De todos modos, se preguntó si él había interpretado seriamente la frase.

—Está bien. No tienes por qué contarme y disculpa si te molesta que te diga esto. Simplemente lo que te dije: todos los problemas tienen solución. Todos menos uno.

El corazón de Pan latió más fuerte. La melancolía explotó en las facciones y se volvió irremediable tristeza.

—Trunks... —suspiró hipnotizada por el azul, hipnotizada por ese manto de tristeza que cubrió las pupilas sin pedir permiso.

—La muerte es lo único que no tiene solución —afirmó él, sonriente a pesar de lo oscuro de sus palabras, ignorando la profunda tristeza que, sin que él lo supiera, exhibían sus ojos.

Los ojos de Pan, por su parte, se llenaron de lágrimas. Un déjà vu los sumergió en una situación inesperada, aunque conocida. Los ojos tristes de él, los ojos llenos de lágrimas de ella.

Ya habían vivido esto.

Retornaron los más claros recuerdos: el ataúd, las flores, él y ella. Isabelle eterna frente a ellos; él triste, con la mente en un lugar, el corazón en otro y el cuerpo en otro más; ella sollozando, sus ojos infestados de empatía, de lágrimas, de la misma tristeza que manchaba con sangre el azul perfecto de los ojos que tenía enfrente.

No tenía derecho a llorar, eso sintió. No tenía derecho a hacerlo por no ser fuerte, por no lograr derrotar a Oob, por el rechazo de alguien como Vegeta.

Él sí: Trunks siempre tenía derecho a llorar. Una parte de su alma estaba muerta para siempre, eso era exactamente lo que le decían los ojos que la miraban. Una parte del alma muerta, sumida en algún rincón inexplorado de la más temible oscuridad, daba derecho a absolutamente todo.

Sin embargo sabía, en alguna parte de su pecho, que exageraba, que cada persona vive el dolor a su manera, que todas las almas que existen en el universo tienen derecho a todo lo que se les antoje. Llorar por una ausencia, por una presencia, por una diferencia o una similitud. Su alma tenía derecho a amar a su sangre saiyan, a que fuera ese cuarto de su esencia lo que le diera significado a su vida. Mas, frente a Trunks, frente a esos ojos que le gritaban sin necesidad de que él abriera la boca, los conceptos no eran como ella pensaba.

El viento corrió alrededor de sus cuerpos fríos por el clima y tristes por los recuerdos, dándole vida a esa imagen congelaba que constituían. Prestó más atención que nunca a los ojos y un descubrimiento la abrumó del todo: Trunks, por primera vez, era frente a ella el mismo que era frente a la cámara de Isabelle. ¡Igual que en Z News! Así se veía: transparente.

Ese era el verdadero Trunks: el de las fotos, el del ataúd, el de ese preciso instante.

Lloró con fuerzas y él, sin que ella tuviera que pedirlo, la abrazó.

—Perdóname, soy una estúpida, soy una imbécil... —habló impetuosamente—. Soy una niña tonta... ¡Y no soporto serlo! No soporto ser tan recalcitrantemente inmadura en momentos como estos. ¡Perdóname, Trunks! —Lo apretó ya no con sus fuerzas ordinarias: lo apretaba con ese cuarto de sangre que le regalaba el talento para ser más y más poderosa—. ¡Odio ser menos que los demás! Me siento tan inferior, tan humillada, que termino pensando que no sé quién mierda soy...

Se sorprendió al terminar: la honestidad había sido brutal.

Trunks, definitivamente, se sintió bien de escucharla.

Ella gritaba y tapaba sus gritos en el pecho de él, donde apoyaba totalmente su rostro enrojecido por el llanto. Le parecía tan joven, tan inocente, tan llena de vida. Era una niña a pesar de ya no serlo, exactamente la misma Pan del Tenkaichi Budokai: un alma pura sin corromper. La sentía escalofriantemente lejana, imposible de comprender debido a la tierra de la experiencia que ensuciaba tanto a su alma como a su cuerpo. Era lejana, sí, pero parecía tan fácil intentar acompañarla, consolarla; intentar sentir empatía por ella. Era tan fácil sentirse al principio de la meta, ser el niño que dibujaba robots combatiendo en medio de la galaxia como si eso fuera lo único importante de la vida.

Si ganaba el rojo o el azul, si ganaba la pasión o el vacío, si ganaba el calor o el frío que tenía en su interior.

Le faltaba madurar, pero era buena; eso no podía negarse. Tenía esa magia de los Son: determinación, bondad, nobleza, calidez. Y qué identificado, siempre, se había sentido con todos ellos.

Y no, a veces, con sus propios progenitores...

—Eres Pan, punto. No le busques explicaciones —dijo sin dejar de estrecharla—. Eres buena persona. No intentes crecer de golpe: disfruta de las cosas que tienes en este momento de tu vida; disfruta el momento, de tus amigos, de algún novio que tengas, y, por sobretodo, lo que te apasiona: entrenar. —La separó de su pecho para poder atisbarla. Esas mejillas rosas remitieron a esa niña que le suplicaba a su abuelo, en el Tenkaichi Budokai, que no la abandonara, que se quedara con ella y no se fuera a entrenar con Oob—. Es mejor que lo disfrutes a que te presiones así.

—Gracias, Trunks —susurró emocionada, con la empatía a flor de piel.

El viento continuó moviendo el cabello que las gorras no llegaban a tapar, las solapas de los abrigos... La imagen tenía más vida que nunca.

—Si quieres —profirió él—, un día podríamos pelear. ¿Qué dices? A lo mejor, pelear con alguien nuevo te dé ánimos.

—¿Lo dices en serio? —Los ojos negros brillaron.

—Sí, ¿por qué no? No te estoy proponiendo un entrenamiento, simplemente digo que sería interesante pelear en serio. Digo, una vez...

Las lágrimas al fin cesaron.

—¡Sí! —Lo abrazó efusivamente—. ¡Qué gran idea! Sería fabuloso. ¡Sí! —Lo soltó y se permitió pensar por un momento—. Ahora que lo pienso, jamás peleé contigo.

—Por eso te lo propongo. —Rieron juntos—. Soy la versión simpática de mi padre, aunque eso no significa que sea amable y me deje ganar...

—¡Te mataría si lo hicieras!

Y hablaba demasiado en serio.

—Lucharemos en igualdad de condiciones. ¿A qué nivel llegas? —pidió saber el hombre.

—Segunda Fase.

—Igual que yo. —La soberbia innata de los saiyan apareció en ambos—. Será divertido.

Pan, emocionada por la pelea que él le acababa de proponer, revolvió en el interior de su mochila para hallar su móvil.

—¡Pásame tu teléfono! Así nos contactamos con facilidad.

Intercambiaron números, ambos entusiasmados, claro que cada uno lo mostraba muy a su manera. Podrían ponerse a prueba luego de tanto entrenamiento, el de él por necesidad y el de ella por afán de superioridad; quizá les serviría para enfocarse en lo fundamental cuando de lucha se trataba: competir consigo mismos.

Y no con los demonios que los acechaban.

Finalmente, Pan recordó que su clase estaba a punto de empezar.

—¡Llego tarde! —gritó desesperada y exageradamente.

—Entonces nos vemos. —Le dio un pequeño abrazo.

Pan se alejó de él luego de aquello, sin mirar hacia el frente, caminando hacia atrás. Levantó su mano derecha en el aire y no la movió ni un ápice: la dejó estática mientras se alejaba torpemente, como la joven atolondrada que era a veces.

Trunks metió las manos en sus bolsillos y sonrió, gesto que ella, a pesar de la distancia, devolvió dulcemente. La observó mientras se marchaba incluso cuando ya no lo miraba a él, sino al camino que se extendía delante de ella. Seguía viendo a la niña, a un espejo de su hermana menor.

Hacía mucho que alguien no lo enternecía así.

Esa charla había sido interesante: la muchachita y sus problemas inherentes a su edad y condición, que estaba en una etapa que él hacía mucho había dejado atrás. Volver a ser ese, dejar de ser quien era en ese momento, tocar con la punta de sus dedos la juventud, la libertad, la inocencia de la ignorancia, el idealismo depositado en lo que inspiraba amor en su alma.

La inocencia de quien había sido a los 20 años...

Con el corazón latiendo al ritmo de la nostalgia, se subió a su coche y se fue al fin al trabajo, a reencontrarse con el viudo de 33 años que ya no quería ser.

Quería ser libre...

Y volar por los cielos...

Y transitar la vida que él mismo se había dibujado...

Por y para él.


¡Iba a entrenar duro! Eso se prometió al alejarse de Trunks y en eso mismo seguía pensando entrada la noche, de vuelta en Paoz. Entrenaría con todo el entusiasmo posible para lograr derrotar al hermano de Bra.

Precalentó como era debido y, cuando estuvo lista para el entrenamiento, esa persona apareció tras ella.

—He pensado todo el día en ti —exclamó un sensibilizado Oob. Ella ni siquiera volteó—. Me dejaste tan preocupado, Pan...

—Estoy a punto de entrenar —espetó ella—. Vete.

Un silencio y ni por esa falta de respuesta volteó hacia él.

—Se te veía animada cuando volviste de la universidad. Eso me dejó tranquilo —profirió el moreno después del prolongado silencio—. Aunque no dejo de preguntarme si realmente estás bien...

—Las cosas que tienen una solución no deben hacerte llorar...

Pan, mientras estiraba sus brazos hacia el cielo, rió.

—Estoy bien —dijo—. Vete.

—Pero... —Oob suspiró—, bueno, estaba pensando en decirte que podríamos entrenar juntos, ¡como cuando éramos niños! Era divertido, ¿te acuerdas?

—Vete, quiero estar sola... —Titubeó un instante para dar paso a la seguridad.

La idea de entrenar con un guerrero tan fuerte como Oob era tentadora, pero aún así no se lo permitió. Era simple: no quería verlo, ni olerlo, ni tocarlo, ni percibir su respiración cerca de ella. No quería saber nada con la persona que simbolizaba todo lo que ella no era.

No quería enfrentarse a él y, al mismo tiempo, enfrentarse a esa frustración que le generaba sin desearlo, pero haciéndolo al fin.

—¿Segura que no? Sería divertido si tú y yo...

—Vete.

Nuevo silencio. Él a sus espaldas, ella sin voltear.

—Está bien... —musitó.

Seguramente, pensó la muchacha, Oob se había ofendido, cosa que le alegró. No quería, en verdad, verlo. Entrenar con él o estar a su lado por tiempo prolongado era algo que deseaba evitar a toda costa; lo quería lo más lejos posible.

Lo más lejos de ella que pudiera ir.

Los pasos del guerrero se fueron alejando poco a poco, y Pan, determinada, empezó a entrenar en el aire, con la luna como única compañera. No podía pedir más que eso: la luna le alcanzaba y le sobraba.

Al lanzar golpes, patadas, puñetazos llenos de ki a la nada que brillaba frente a ella en medio de la noche, un solo pensamiento se apoderó de su mente: pelear con un saiyan, con un guerrero tan poderoso, con el hermano de su amiga.

Trunks, su poder y la sangre híbrida que viajaba por sus venas, era todo lo que tenía en la cabeza.

Era lo único que quería tener cerca, lo más cerca posible de ella.


Aquel martes que recién empezaba tenía al cielo nublado como protagonista. Lo miró a través de la ventana, melancólico por ningún motivo y, también, por todos los que podía tener. Corroboró, antes de salir para la oficina, tener todo lo que necesitaba para marcharse. En sus bolsillos y en su portafolio se topó con cada cosa que le era imprescindible para el trabajo. Tranquilo, suspiró al ver a Tsuki dormida sobre su mantita. Quería quedarse con ella, durmiendo.

Ese no parecía ser su día.

Y no lo era, sólo que aún faltaban unos segundos para que lo supiera.

Cuando sacó el insistente móvil del bolsillo de su abrigo debido al una llamada entrante, tuvo un mal presentimiento.

—No salgas, Trunks. ¡Quédate ahí! —suplicó su madre. Su voz transmitía tanto nerviosismo que éste terminó por contagiarlo.

—¿Mamá? ¿Qué...? —farfulló.

—Métete en internet y busca la página de la revista Stars.

¿Qué estaba sucediendo? Se lo preguntó al lanzar su portafolio por los aires. Se sentó junto a Tsuki con su notebook sobre sus piernas y buscó la página que Bulma le había dicho. Cuando finalmente estuvo listo para navegar en el sitio de una de las revistas de espectáculos más vendidas del mundo, la peor imagen de la historia se manifestó frente a sus ojos.

—¡HIJOS DE PUTA!

—Trunks, dime que está sacado de contexto... Es grave, muy grave... Ella es...

Pero no pudo decir palabra alguna. Ante esa imagen, cualquier palabra, la que fuera, sobraba.


—Odio dar clase en la primera hora. Me da sueño ver a los niños tan dormidos —exclamó Alisha. Bostezó justo antes de darle un sorbo a su café doble.

—Sí: es cuando menos ganas tienen... —afirmó Marron en respuesta.

—Vamos, chicas... ¡Ánimo! —Gret, el dueño de la cafetería de la escuela, les dio un plato de masitas dulces—. Regalo de la casa.

—¡Gracias, Gret! —Alisha no tardó en atacar los dulces.

Estaban en la barra de la cafetería, que en ese horario siempre estaba vacía. Aún faltaban 20 minutos para que los alumnos entraran en el primer recreo, así que allí reinaba el silencio. En una mesa que tenían atrás de sus cuerpos, los profesores de Historia, Derecho y Psicología hablaban despacio; era mejor no juntarse con ellos, ya que la soberbia que los tres portaban era digna de ser ignorada.

Gret, al ver que en el canal que había dejado en la pequeña televisión de la barra no había nada interesante, hizo zapping por más de medio minuto. Al pasar por S Channel, sin embargo, Alisha le gritó:

—¡Vuelve! ¡Está mi amorcito!

—¿A quién te refieres? —Gret buscó la respuesta en la televisión y la halló fácilmente—. ¡Ah! Trunks Brief... Todas mueren por ese sujeto.

—¡Silencio! Sube el volumen.

Gret hizo caso, y Marron, hasta ese momento concentrada en su té y en el diario que leía atentamente, palideció al escuchar un nombre.

El nombre.

—¡13 años de diferencia! —contaba una afamada periodista de espectáculos en el programa matinal de S Channel, orientado al interés general—. Trunks Brief, el presidente de la Corporación Cápsula, fue atrapado in fraganti con nada más y nada menos que Son Pan, la nieta del gran Mr. Satán. ¡Las imágenes hablan por sí solas! —Y mostraron a las mencionadas: Trunks y Pan al lado de un auto en algo que parecía un estacionamiento fuertemente abrazados, aferrados sin razón al otro—. Parece que se ha formado una pareja... ¿Quién lo diría? Trunks ha pasado de Isabelle Cort, seis años mayor que él, a la joven Pan, de tan sólo 20 años.

Y siguieron mostrando las fotos, y siguieron hablando, y siguieron repitiendo, hasta el hartazgo, la palabra escándalo.

—¡Perra! —bramó Alisha, ajena al entorno—. La odio... ¡No hacen linda pareja! Trunks sólo se vería bien conmigo...

Gret murió de risa.

—Estás loca, mujer. ¡Estás loca!

—¡Te digo que sí! Mira si va a salir con esa chica... ¡Pero por favor! ¡Mira lo abrazados que están! ¡No lo puedo creer, Kamisama!

Escándalo, diferencia de edad, in fraganti, amor, pareja...

Trunks... Con Pan.

Con Pan.

No con ella.

No con ella...

La taza de té fue a parar al suelo. El rostro pasó de pálido a directamente blanco.

—¡¿Marron? —Alisha se aferró a ella—. ¡¿Estás bien? ¡¿Qué te pasa?

—¡Marron! —Gret salió disparado hacia el otro lado de la barra.

Trunks con Pan, no con ella.

Trunks con alguien que no era ella.

—No puede ser... —farfulló, con Alisha asiéndola de los hombros.

Los planetas azules explotaron cual bombas nucleares: nada quedó de Marron cuando el poder destructivo de los ojos la alcanzó.

Nada quedó...

Nada.


Nota final del Capítulo VIII:

Hoy vamos rapidito rapidito. =D

¡Es la primera vez que escribo una nota final justo antes de subir el capítulo! XD

Capítulo dedicadísimo a Kattie, que siempre me tira la mejor onda del mundo. ¡Mi autora trupanera favorita en la actualidad! =D

¡Gracias por ser siempre TAN linda conmigo, nena! n.n

Y mil millones de gracias a todos por los reviews... ¡Casi pisando los 100! ¡Y en tan pocos capítulos! ¡GRACIAS! =D

No pude responder todos los reviews porque anduve corta de tiempo, pero creánme que estoy infinitamente agradecida. ¡Sus palabras me sirven tanto! ¡Me ayudan tanto! Es un HONOR que me lean. ='D

Sobre el capítulo: fue el que en situaciones más inesperadas escribí: lo tenía un poco avanzado, pero me faltaba la escena de Trunks y Pan, el final y otros detalles más, que escribí en el lapso de unos tres o cuatro días en el colectivo, en el tren, en mi hora de descanso del trabajo, acostada antes de dormir... XD

Esto de comprar un cuaderno nuevo para reventarlo con fics fue genial (?).

Sobre la salida de la revista Stars un martes: acá en Argentina, según tengo entendido y según pude investigar, las revistas "del corazón" salen los martes. Los miércoles, los programas mañaneros de tv se suelen hacer eco de las publicaciones. Esto es lo que pude investigar, por eso es que elegí que esto sucediera un lunes y se supiera un martes. Sí, pienso en esos detalles estúpidos (?).

Gret: el dueño de la cafetería no era otro que el padre de Isabelle en aquel viejo fic que jamás publiqué. =P

La canción de rock alternativo: si hay una banda que suena SIEMPRE cuando escribo este fic es Queens of the stone age. Estaba escuchando "Go with the flow" en el colectivo camino a la universidad mientras escribía esa escena y fue natural colar el tema en el fic. XD

Pan: tiempo, denme tiempo... Quizá pareciera que hay algo muy obvio flotando, pero no se crean (?).

Sobre los saiyajin (¿notaron que escribo -jin fuera de los fics y -n en las historias? XD): mis teorías retorcidas. Quizá hoy no se entienda del todo, pero en próximos capítulos a lo mejor todo vaya tomando forma. Son teorías mías, no algo canon a rajatabla. Poco se habló del tema de la hibridación y son de las que piensan que ALGO debe influir en ellos tener dos naturalezas en sus cuerpos. No me baso en nada en particular; simplemente realizo un análisis y lo comparto por medio de esta historia.

Sobre la corrección: a veces, esta página, cuando subimos el archivo, pega palabras porque se le ocurre. Voy a volver a revisarlo en unos días, pero por lo que revisé está todo bien. Ahora que guarde los cambios, temo que alguna palabra se pegue... ¡Prometo revisar! XD

¡Quiero agradecerle al grupo de Facebook Por los que leemos fanfics de Dragon Ball por el HONOR de que me entrevistaran! ¡GRACIAS! En mi profile dejé el link para quien quiera leer mis aburridas palabras kilométricas. XD

=D

Y nada... ¡Listo! Gracias a mi novio, quien está a mi lado escuchando música, por aguantar que su novia sea tan obse con la escritura. XD

Y listo... ¡Gracias por firmar, por leer y por sentir algo a partir de este fic! Gracias totales: "Triángulo" tiene significado porque Uds. se lo dan. =)

Y por eso estoy eternamente agradecida. =')

¡Nos leemos! n.n


Dragon Ball (C) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.