SIN AMOR

KAH - ASTARTÉ...

Los personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Historia sin fines de lucro... etc. Etc. Etc.. ¿Qué más puedo decir? Una disculpa de antemano...

Y he aquí mis deseos sobre éste exquisito macho...

Anhelos de los que no puedo culpar a las musas... sino a la calentura...

El estruendo de los cantantes, músicos y bailarines se acercaba rápidamente. Eso solo significaba que traían ya a Kagome para ser ofrecida a la Luna... y a su cuñado...

A la luna...

Y a su cuñado...

El Kah-Astarté...

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Inuyasha esperaba de pie ante la puerta del pabellón.

Un camino de antorchas iluminaba la distancia, como una zizagueante serpiente en llamas. El camino de fuego que guiaba a su esposa a su destino. Hacia él. Hacia él, que la entregaría personalmente en las manos de Sesshoumaru.

Una fuerte opresión en su pecho amenazó con hacerlo tambalear. Repentinamente, la idea de su mujer siendo poseída por el cuerpo de otro hombre (por mucho que éste hombre fuese su muy querido hermano), siendo atravesada una y otra vez... siendo tocada... empezó a hacerlo sentir... ¿Qué?... ¿Qué era lo que sentía?... ¿cómo describirlo?

-Estás celoso – la voz de Sesshoumaru, a través de los cortinajes lo hizo girar a toda velocidad, para quedar con los ojos muy abiertos, fijos en un punto indeterminado de los mismos- Estás celoso, Inuyasha...

-¿De que demonios...? – se había olvidado de sellar su mente- ¿Qué?

-Celos – volvió a decir bajo, con una extraña entonación- ésa es la palabra que buscas. Ése es el nombre del sentimiento que no puedes definir.

-¿Cómo es que...?

-Sabes que si no cierras bien tu mente, habrá siempre alguien que reciba tus pensamientos...

-No me refiero a eso...

-Inuyasha, no tienes que estar celoso... no de mí...

-No lo estoy –veló por completo sus pensamientos, insultándose internamente por su momento de debilidad- eso es imposible. Además ésta es una ceremonia importante que deseo que se lleve a cabo... y yo...

-Basta – todo el pabellón se cimbró ante una leve descarga de energía. El mayor estaba molesto- si quieres convencerte a ti mismo, al menos sé coherente. Y ya cállate. Ya llegan.

El volumen de la música, las risas y las voces aumentaba. Faltaban pocos momentos para que el séquito llegase. Ahora era bien visible la litera cubierta donde la princesa venía encerrada. Cubierta de oro y flores, no dejaba de ser una pequeña prisión. Inuyasha pudo imaginarla dentro, temerosa, temblando.

Se detuvieron ante él.

Inutaisho, a la cabeza, detuvo la procesión. La música continuaba. La litera fue colocada en el suelo por sus cargadores. El Gran Señor levantó las cortinas violetas, dejando a la vista, iluminada por un millar de flamas, a la joven completamente cubierta por un velo trasparente, adornada su cabeza por una corona inmensa que le daba la apariencia de llevar los rayos del sol encima, que bien debía pesar lo suyo, cuajada de enormes joyas, pero que ella sostenía en perfecto equilibrio con talento.

Con los ojos bajos, Kagome tomó la mano que se le ofrecía, y descendió.

Un sin fin de comentarios asombrados bulleron a su alrededor, alabando su belleza, su perfección. Su tranquilidad. Inuyasha recibió la pequeña y fría mano de su esposa de entre las de su padre, y sin más, penetró en el lujoso recinto donde Sesshoumaru la esperaba.

-Bienvenida, Kagome – recitó la fórmula tradicional, sin sentirla- Ahora serás presentada a mi Señor Hermano Mayor, el heredero de todas las Tierras del Oeste. Y serás presentada a la Luna, nuestro espíritu guía... para que seas desde hoy, y para siempre, Sangre y Carne nuestra...

Tendió la blanca extremidad de su mujer, a la fuerte mano del youkai, quien la recibió, con una sonrisa ladeada, muy similar a la suya. Esa sonrisa lo tranquilizó un poco.

-Yo te recibo, Hermana, para ofrecerte ésta noche ante nuestra diosa, para que su espíritu te guíe y guíe a tus hijos en el camino de su luz... como ha protegido a toda nuestra estirpe desde el inicio de los tiempos...

- Desde éste instante te pertenezco, hermano –respondió ella como era obligatorio, con voz firme, alta, imponente, descolocando a ambos hermanos, que la creyeron temblando- para que me lleves por el camino de tus ancestros...

-Kagome... –susurró el hanyou, percibiendo el absoluto abandono de su mujer

-Puedes dejarnos, Inuyasha. –Sesshoumaru la obligó con suavidad a colocarse a su lado, mirando de frente a su hermano menor- mañana al mediodía los Sacerdotes de la Luna verificarán la consumación...

-Hasta mañana...

Y salió del lugar, con el corazón latiéndole con violencia en el pecho. Y se emborrachó casi apenas llegando al lugar donde una enorme orgía se escenificaba, olvidándose de usar alguna hembra esa noche, contentándose con tomar hasta ser incapaz de mantenerse en pie...

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Sesshoumaru soltó la mano de Kagome y se paró frente a ella, con rostro inexpresivo, para escrutarla. Levantó el delicado velo con cuidado de no rasgarlo. Ella le sostenía la mirada, aunque sus ojos castaños vibraban.

Miedo.

Tenía miedo de él.

Y eso lo excitó. Lo excitó muchísimo.

-Ven- le dijo. La guió al centro de la estancia, donde la luz de la luna entraba a raudales, colocándola en medio del haz- empecemos...

-Sí- notó la absoluta frialdad de ése tono... "empecemos"-

De pie en el centro del círculo de luz, perdió de vista a su cuñado, que se internó en la oscuridad para contemplarla.

-Quítate la ropa

-Sí –respondió a la voz venida de ningún lado.

Se quitó con cuidado el velo, preocupada de dejar caer la corona. Tras un poco de lucha, lo dejó con cuidado en el suelo, a sus pies, se sacó las sandalias. Lentamente, con dedos ligeramente entorpecidos, desanudó los lazos de los pesados y tiesos cinturones que adornaban el kimono de seda violeta pálido que cubría los otros seis. Cuando iba a separar los bordes de las prendas, la detuvo...

-Alto- murmuró, apareciendo de pronto ante la mujer, sobresaltándola- lo haré yo...

-Como desee

Las fuertes garras, con deliberada gentileza, abrieron uno a uno los kimonos. Poco a poco fue retirándolos del frágil cuerpo, de frente, intencionalmente rozándola al inclinarse para sacárselos. La respiración de Kagome se tornaba cada vez más dificultosa.

Por fin, quedó solo cubierta por una ligera prenda, muy similar a una yukata, de una tela tan diáfana que se movía hasta con las respiraciones de ambos. De fondo lila claro, trabajada con intrincados dibujos plateados casi invisibles, que destellaban con la luz de la luminaria nocturna.

Sesshoumaru soltó un breve suspiro. Se encaminó hacia un costado del lugar, y cargó una mesa redonda con la parte superior acolchada, transportándola al lugar donde lo esperaba Kagome. Era de piedra maciza. Al colocarla en el suelo, éste se quebró un poco. Le mujer pensó, asustadísima, que debía pesar una tonelada, y ¡ése macho la había movido con tanta facilidad...!

-Ven – la tomó de la cintura, levantándola sin hacer esfuerzo alguno. La sentó con cuidado al borde de la mesa, sobre el suave colchón. Sin muchos preámbulos se colocó frente a ella que respiraba agitadamente. – no tengas miedo, hermana. Todo irá bien.

-Sí... eh... – se asombró ante esa muestra de amabilidad que no esperaba

-Ahora, bebe esto – le ofreció una copa, rebosante de un líquido dorado- todo...

-¿Me pondré igual que la vez anterior?

-No. Éste no lleva ésa droga – susurró, viéndola beber- ésta vez no la necesitarás...

-Me alegro – contestó, limpiándose una gotita que escurría por su barbilla

Kagome aún tenía la copa entre sus manos, haciéndola girar en sus palmas, sin saber que hacer, cuando, con una exclamación, recibió los intrusos dedos de su cuñado en su intimidad...

-¡Ahh! – se quejó

-Seca... esto no servirá – murmuró, sin delicadeza alguna, tanteando la piel suave de la entrepierna, internándose entre los labios, y revisando la estrecha entrada- relájate...

Y, aprovechando el banco labrado, se sentó ante ella, que lo miraba con espanto.

Sin mudar de expresión, completamente impávido, le separó las piernas, separando la tela de la última prenda de ella, que resbaló por los delicados hombros blancos, para quedarse únicamente cubriendo los brazos que llevó al frente, en un fútil intento por cubrir su pecho. La miró largamente a los ojos, siendo ella consciente de que ése macho estaba sentado justo ante ella, ante su cuerpo desnudo, y que en ése momento debía tener perfecta visión de todo. Vibró.

Sesshoumaru le sonrió con ésa sonrisilla ladeada que era tan característica de Inuyasha, que dejaba uno de sus colmillos al descubierto. Y sin más, abrió la boca levemente para dejarse caer en ésa parte de Kagome que había encontrado tan desagradablemente seca...

Kagome fue testigo, con un quejido ahogado, de cómo la sonrosada y tibia lengua experta de su cuñado la tocaba, la lamía, despertaba el adormilado botón entre sus piernas, haciéndola gemir. La misma lengua sonrosada y húmeda que se abría paso entre sus pliegues, introduciéndose en ella, humedeciendo su entrada con saliva tan caliente que sentía que la quemaba...

Poco a poco, pudo sentir como su interior se contraía, y como una copiosa cantidad de sus flujos salían de su cuerpo, para acabar en la boca del macho.

-Exquisito – murmuró él, al saborearlos, con una sonrisa de satisfacción casi bestial- ahora entiendo por que le gustas tanto a Inuyasha...

-hermano...

Pero no pudo decir más, por que dos dedos del macho fueron metidos con rapidez en su interior, mientras la lengua la seguía torturando. Los dedos eran movidos de adentro hacia fuera con un ritmo lento y atormentador, tocando, al entrar, un punto exacto que la hacía gritar. Ahogaba sus gemidos mordiéndose los labios, intentando seguir viendo el rostro y la boca abierta de ése hombre pegado a su cuerpo. Sin embargo, llegó un momento en que realmente tuvo que echar la cabeza atrás y deslizar el torso encima de la mesa, logrando, con ello, que la adornada corona cayera al suelo, con un estrepitoso sonido metálico, que en ese instante, no le importó en lo más mínimo...

Sesshoumaru le sujetaba los muslos que temblaban en preludio del clímax. Seguía lamiendo concienzudamente, succionado de tal manera, que el transparente fluido lubricante brotaba prolijamente. Notó la diminuta protuberancia en el interior de la vagina de la mujer, ésa que la hacía retorcerse, y le dedicó especial atención. Repentinamente, ella se arqueó por completo, despegando la espalda de la mesa, con un puño entre los labios para ahogar el alarido de placer.

Un desconcertante chorro de flujo apareció ante sus ojos dorados, logrando excitarlo más allá de toda razón. Eso no había sido un orgasmo normal...

Sin dejarla descansar, aún con los dedos en un movimiento de vaivén, se incorporó, para lanzarse a la pequeña boca roja que aún permanecía abierta en un grito. Asustándola, la besó, metiendo la lengua, tocando la de ella, haciéndola reconocer su propio sabor. El beso no tenía una pizca de dulzura, era pura pasión animal...

Tal y como la besara, se separó de esa boca, para bajar a lengüetazos por el mentón, el esbelto cuello, los hombros, y llegar a sus pechos. Con lametones violentos atacó uno de los senos, desde la base, hacia arriba, hacia el pezón, repitiéndose en toda la circunferencia del mismo, para, por último, tomar el pezón, ya duro, en la boca, succionándolo. Con los dientes, atrapó la tensa punta mientras su mano seguía estimulándola. Se dedico a besar el hueco entre sus pechos, para pasar, entre besos y lamidas, al otro seno, que lo recibió ansioso, pesado y caliente, y apenas rozó la areola arrugada, la hizo soltar un largo gemido...

- ¡Oh!... ¡Hermano! – murmuró ella, como una súplica

-Sí... soy tu hermano mayor... – le contestó con voz ronca- y tu hermano mayor te hará gritar su nombre... ¡Gritarás mi nombre!

Fue lo último que dijo, abandonando los pechos para ponerse de pie, entre sus piernas. Sacó los mojados dedos, que chupó con cuidado. Kagome lo miraba completamente sonrojada.

Sin más, la tomó por debajo de los muslos, levantándola. Solo los hombros de la mujer quedaron en la mesa, ya que sus caderas eran sostenidas en el aire, y sus piernas eran apoyadas en los fuertes hombros del macho. Así, tal y como la levantó, enterró el rostro en la húmeda entrepierna, moviendo la boca como si estuviera comiendo. Los gemidos y gritos de la joven hacían coro de los mojados sonidos de succión y de otros tipos que salían de entre sus piernas.

Volvió a retorcerse, tratando de enterrar las uñas en el acolchado de la mesa, mientras un nuevo clímax la alcanzaba, asustándola un poco por su violencia.

-¡Hermano! – gritó- ¡Onii... Sa... ma...!

-Ahora – los ojos de Sesshoumaru se volvieron rojos, con las pupilas como rendijas, que la miraron como una bestia- ahora...

La dejó caer, lanzando ella un quejido de dolor al golpear su espalda con tanta fuerza. Pero el macho ya se había quitado, en un segundo, la yukata, quedando desnudo expuesto, hermoso, ante Kagome.

Por unos instantes, se dejó contemplar por la impresionada mujer. La maravillosa musculatura de sus brazos, hombros y torso, las fuertes piernas... en enorme miembro erecto, enrojecido, contrastando con la blanca palidez del resto de la piel del macho, brillante, y con una gotita transparente cayendo de la pequeña rendija en su punta...

En todo esto se fijó Kagome. En todo esto, lo que la hizo avergonzarse de sí misma...

-Una mujer de verdad no se avergüenza de ver un hombre desnudo... – le leyó la mente- una mujer de verdad lo ve todo... y lo disfruta...

-¿Cómo?

Sin embargo, no le respondió. Colocó la húmeda punta entre los pliegues mojados, frotándolos. Estaba hinchada y sonrojada. Su entrada se abría entre espasmos, latiendo, incitándolo.

Acomodó la punta de su miembro en la entrada de la vagina, solo la punta, dejando que la gotita de fluido cayera encima de ella, pero sin entrar...

Kagome gimió al sentirlo.

Todo su cuerpo le pedía ser atravesada... toda su mente le exigía que se controlara...

-Dilo – susurró, entre dientes, con una voz temible- dilo...

-¡Oh!... yo... no...

-Dilo – volvió a ordenar- puedo olerte... tu entrada se abre por sí sola... lo estás deseando... así que dilo...

-¡Yo... Oh! – era verdad... ¡lo era!- ¡Sesshoumaru!... ¡Métemelo!... ¡Oh, por favor... Métemelo!

-Como gustes... – gimió el macho...

Y la penetró con un solo profundo movimiento.

-¡Sessh... ou...ma...ru...!

Gritaron juntos al unirse. Un largo quejido, una risa. Al tocar el fondo de la mujer, se detuvo un momento para mirarla, con los párpados apretados, los labios entreabiertos, mostrando la punta de la roja lengua, los pechos erectos, desafiantes... y luego mirar la unión entre ellos.

Salió un poco, viendo como los labios lo rodeaban, avariciosos, como sujetándolo, descubriendo su miembro completamente cubierto del lubricante natural de la mujer, dejando hilos brillantes en su vello plateado. Sonrió. Volvió a entrar, para contemplar como era engullido por el cuerpo todavía estrecho de la joven, sentirla apretarlo al contraerse involuntariamente...

Que exquisita sensación, siendo apresado por ese puño palpitante que eran las paredes internas del cuerpo de Kagome, que se contraían, dando un imposiblemente delicioso masaje, como si intentara arrancarle su semilla.

¿Se daría cuenta ella de lo que hacía... de cómo lo apretaba rítmicamente?

No lo creía. Se imaginó que era instintivo. Pero era la primera vez que lo sentía. Y era magnífico. Gruñó con rudeza.

Las entradas y salidas se aceleraron, con fuerza, golpeaba dentro de ella, y sus testículos chocaban contra la delicada piel de sus nalgas, mientras los finos hilos transparentes se rompían después de entrar en contacto sus pelvis...

Un quejarse rítmico acompañaba los embistes de Sesshoumaru, quién, con una mano levantó a Kagome sujetándola del cuello, y la enderezó lo suficiente para besarla en la boca.

Dejó que sus colmillos rozaran la lengua de la mujer, mordisqueó el labio inferior, revisó con su lengua toda la cálida cavidad, en busca de más placer. Seguía embistiéndola con potencia.

Kagome se sentía en un trance. Esa doble penetración, en su entrepierna, y en su boca, la dejaba sin aliento. La otra mano la sujetaba por las caderas, haciéndola moverse de tal modo, que a cada entrada de su cuñado en ella, se alzaba un poco, dejándolo tocar ése punto interno... podía sentir la tensa extensión del cuerpo masculino, el grosor de ése miembro que latía a intervalos regulares...

De repente, Sesshoumaru separó su boca, abriéndola en un gesto casi violento. Le dio miedo. Con ambas manos la sujetó de los muslos, alzándola un poquito para empalarla con especial salvajismo... un gruñido salvaje brotó de su pecho... y eyaculó con fuerza, con tanta fuerza, que el chorro de su semilla la golpeó como nunca había sentido... no dejó de moverse, sino que, tras el primer largo latido, las penetraciones se tornaron cortas y rápidas...

Y en algún momento en ése instante, ella se corrió nuevamente, recibiendo y apretando entre las contracciones palpitantes de su clímax el miembro del macho, exprimiendo dentro de ella toda la semilla de ése orgasmo...

Ella se desplomó, agotada como nunca, en el acolchado. Respiraba con dificultad. Sintió el cuerpo de Sesshoumaru abandonándola. Un poco de frustración la embargó, al percibir como se deslizaba fuera de ella, como su interior se convulsionaba aún en los últimos latidos del orgasmo, desagradándole el extraño vacío que dejaba al salir...

Un líquido espeso y abundante comenzó a correr entre sus muslos, hacia abajo, recorriendo el blanco y firme pequeño trasero...

Sin embargo, el momento fue aprovechado por el príncipe para, con facilidad, acomodarla por completo encima de la enorme mesa. La puso boca abajo.

Gateó lenta y predadoramente hasta colocarse encima de ella. Usaba su largo y suave cabello plateado como un arma más, dejando que se deslizara sobre la sedosa piel, como una caricia cosquilleante...

Lentamente, sirviéndose de su vasta experiencia, apartó a un lado los negros cabellos de la mujer, para dedicarse a besar la curva de la nuca y el cuello, dejar delicados rosetones al succionar la blanca piel... se separó un poquito para bajar hasta la base de la espalda, y subir nuevamente por toda la línea de la columna con la lengua, dejando un brillante camino de saliva, a cuyo paso, la piel de la mujer se erizaba, y lanzaba largos gemidos y suspiros... al mismo tiempo, la larga cabellera pasaba con el tacto de una pluma, por la piel humedecida, provocando leves estremecimientos...

Le dedicó atención a los hombros y omóplatos, regresó a la parte baja, con una risa un tanto malévola, tomó un borde de la manta del colchón y limpió los caminos de semen que había, y una vez que los eliminó, aprovechó la posición para prodigar gentiles mordiscos a las redondas nalgas... metiendo el rostro en los suaves pliegues de donde se unían a las piernas... luego recorrió los aterciopelados muslos, llegando incluso a besar los pies, cuyos dedos fueron besados uno a uno...

Kagome creía enloquecer...

Duró un buen rato en esto. Tal parecía que el hecho de saborear a su hermana política le estaba agradando bastante. Pasó un veloz pero ardiente lengüetazo en la mejilla derecha, desde el mentón hasta la sien...

Llegó un momento, en que con tantos ruidos placenteros que hacía Kagome, él pensó que, si no la tomaba de nuevo, era capaz de venirse encima de la mujer... así que con las rodillas le separó las piernas y con la diestra la tomó por el vientre. Los pechos sensibles se arrastraron sobre las suaves telas. La levantó lo suficiente para meterse en ella con fuerza, halándola hacia su miembro goteante, frotando los pezones contra las mantas, y abriéndola con un ronroneo casi gatuno...

Kagome soltó un alarido.

El torso de la joven seguía en la mesa, mientras su trasero era apretujado, azotado levemente, por la mano libre del youkai, quien, con la otra, le sostenía las caderas alzadas. Empujaba dentro, fuerte, salvaje.

El macho se inclinó hasta tocar la esbelta espalda femenina, los largos cabellos cayeron a su alrededor como una cascada, mezclándose con los azabache de ella, Kagome percibió el sutil perfume que emanaba. Un olor increíblemente similar a Inuyasha, pero con un deje personal... era tan masculino que la hizo suspirar sin quererlo...

Mientras el pelo plateado le rozaba los costados, y el rostro, las caderas unidas de ambos se mecían con fuerza. Sesshoumaru no tenía piedad alguna, y seguía empujando con enorme fuerza (aunque conteniéndose muchísimo, pues sabía que si lo hacía con todo su poder, sencillamente la desgarraría), el sonido del golpe que brotaba cuando él se pegaba húmedamente contra su blanca carne, así como el mojado y erótico sonido de succión de la penetración casi la desvanecen...

Entonces el youkai la enderezó, quedando ella de rodillas, sentada en el regazo del hombre, quién seguía dentro. Poco a poco, Kagome captó el ritmo. Apoyándose bien en la mesa, se levantó un poquito, para luego dejarse caer nuevamente sobre ése caliente y palpitante miembro... una y otra vez, mientras el macho escondía el rostro en su pelo negro para olfatearla, y con las manos, acariciaba sus pechos, pellizcando los pezones, y recorriendo con ansiedad mal contenida el vientre y la entrepierna...

Kagome se empalaba con torturante calma en el largo miembro, logrando que Sesshoumaru la tomara con rabia por la cintura... aunque contuvo sus ímpetus, al notar que ésta vez, ella marcaba un ritmo que resultaba delicioso...

Gradualmente la velocidad y profundidad de la unión se incrementaba, siendo la mujer la que llevaba el ritmo, dejando al macho atónito, y, por que no decirlo, altamente excitado al ver ese femenino y grácil cuerpo, sudando, moviéndose sin recato, quejándose y confundiendo los gemidos con los sonidos del sexo...

Sesshoumaru no supo en que momento se distrajo lo suficiente, hasta que sintió el interior de Kagome calentarse, contraerse, latir... una tibia humedad fluyó sobre y hacia su pelvis, mientras los espasmos se alargaban... siguió empujando profundamente, mientras ella de inclinaba hacia delante, enroscando el cuerpo en un arco para apoyar los brazos en la mesa, y gritar como desesperada... aún siendo arremetida por él, lo que le provocó un éxtasis mas largo y agotador... casi, o así pensó ella, como si en realidad no hubiese acabado bien uno, y comenzara otro, con igual o más violencia...

De nueva cuenta, el golpe del semen en su interior la sobresaltó. No pensó que ésa criatura tuviese tanto, como para tener una explosión igual después de terminar un a primera vez...

La recostó con cuidado, boca abajo. Se sentó a un lado de la joven, observándola recuperar el aliento.

Se levantó, bajando de la mesa. Ella lo miró, sin comprender.

-Voy a lavarme - contestó a la pregunta no formulada de la mujer - quiero metértela en la boca...

Kagome abrió mucho los ojos y los labios en una "o" perfecta. Observó cuando se dirigió a una palangana de porcelana en un costado de la estancia, y cuando, con algún objeto que no alcanzó a distinguir, se limpió cuidadosamente la pelvis, el ensortijado vello plata, y el miembro todavía (eso nunca dejaba de asombrarla) pleno y erecto...

Regresó a donde la mujer permanecía en silencio. Subió al colchón. Se arrodilló ante ella, sentándose luego como si fuese a meditar...

- Usa la boca, ahora – dijo, con voz ronca, desconocida- lámelo...

-Sí – murmuró, sin apartar la vista del punto que ahora tenía que lamer.

Se acercó con cierta lentitud...

Él le tomó por los cabellos, sin lastimarla. Todavía estaba recostada boca abajo, apoyándose en los codos para elevarse. Con delicadeza, Kagome rozó con los labios, y luego con la punta de la lengua el enrojecido e inflamado glande... un sonido extraño escapó del taiyoukai. Suavemente, pero con más calma, envolvió toda la punta dentro de su boca caliente, tan caliente que el macho estuvo muy tentado a cogerla por la nuca y metérselo hasta la garganta... pero no lo hizo... dejó que ella lo explorara, primero con lentitud, luego, ya con mas ritmo y velocidad...

Kagome solo se detuvo hasta que, en su lengua, percibió fuertes latidos, y la rara sensación de cómo el blanco líquido corría por el cuerpo de su cuñado hasta salir a borbotones y llenar el hueco bajo la misma...

-Cómetelo – murmuró, aún resintiendo los espasmos- todo...

Lo hizo, sin dudar.

-Muéstrame que ya te lo bebiste – le tomó la barbilla con dos dedos, para levantarle el rostro. Ella abrió la boca para mostrarle el interior de la misma- buena chica...

Momentos después, se acomodaba parsimoniosamente a un lado del cuerpo femenino, haciendo, con inconcebible (en él) delicadeza, que se acomodase en el hueco de su brazo, en su hombro. Kagome se durmió casi de inmediato, apenas capaz de recostarse en ése pecho tan fuerte, escuchando los latidos de su corazón. Quedaron tranquilamente acostados bajo la potente luz del satélite, que ahora se encontraba un tanto descentrado...

Sesshoumaru permaneció un corto rato pensativo.

Le había gustado mucho. Aunque, ya que lo meditaba, no sabía como hubiera podido tratar con una mujer "virgen" (solo de pensar en esa palabra, una sonrisa sarcástica adornaba sus labios, y sus malignos ojos dorados)... ¿No había dicho su hermano que les dolía?... ¿Y que sangraban...?... ¿no?... estuvo magnífico por que ésta hembra tan particular ya tenía bastante uso... no dudaba que su hermano estuviera clavado en ella al menos dos veces al día, sí lo conocía bien. Pensó para sí mismo, que nunca querría tratar con una humana con la estúpida membranilla... por que de seguro la traumaría de por vida...

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Inuyasha se despertó repentinamente de su sueño intranquilo. Se enderezó, nervioso y sobreexcitado. Apenas si se tomó la molestia de mirar en derredor suyo. Observó al cielo y a la luna y calculó que serían alrededor de las cuatro de la madrugada... tal vez las cinco.

Se puso de pie, cuidando de no pisar a los desnudos durmientes, y se encaminó, aunque estaba prohibido, hacia los exteriores del pabellón.

Apenas llegar, la fresca brisa movió los cortinajes, llegando de inmediato a su nariz los aromas del sexo realizado en su interior... la esencia de su mujer, y la de su hermano, mezcladas. Cerró los puños con fuerza, pero no hizo nada más. Se detuvo bajo las sombras del lado oscuro del pabellón, donde la luna ya no iluminaba, y se sentó en el suelo...

Sesshoumaru abrió los ojos al instante.

La presencia y olor de su hermano, aunque atenuadas, le eran perfectamente captables. La mujer en su pecho se removió levemente...

-Inu... yasha... –murmuró ella entre sueños, con voz muy baja – mi... amor...

-Mh – una imperceptible risa abandonó su pecho, mirando, sin ver, el punto donde sabía con certeza que su hermano menor estaba.

Inuyasha agitó las blancas orejas un instante... ¿Había escuchado bien?... sí... ¡sí!...

Aunque muy bajo, pudo escuchar claramente su nombre... su mujer lo llamaba en sueños...

-Mañana, Kagome – susurró, sin importarle si el youkai lo oía- ya mañana serás solo mía...

Se levantó y se fue...

Sus ojos de oro batido reían...

CONTINUARÁ