Capítulo 9
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El invierno avanzaba con lentitud. Cada mes, Hinata acudía a la residencia del señor Ōtsutsuki, se alojaba allí durante una semana y por las noches le narraba la historia de su vida, mientras la nieve caía o la luna emitía su fría luz sobre el jardín helado. Él le formulaba muchas preguntas y le hacía repetir numerosos episodios.
—Podría ser el argumento de una pieza teatral —exclamó Ōtsutsuki en más de una ocasión—. Tal vez yo debiera intentar plasmar su historia en una obra.
—Pero nunca podría mostrarla a nadie —replicó ella.
—No, pero el solo hecho de escribirla me proporcionaría placer. La compartiría con usted, desde luego. Podríamos hacer que se representara una sola vez y después ordenar la muerte de los actores.
A menudo, el noble hacía esa clase de comentarios sin mostrar el más mínimo signo de humanidad, y eso era algo que alarmaba a Hinata por momentos, aunque ella mantenía ocultos sus temores. A medida que relataba su vida, su rostro adquiría una expresión más impasible, como si fuera una máscara; sus movimientos se tornaban cada vez más estudiados, y daba la impresión de que estuviera representando su existencia de forma interminable, sobre un escenario que Ōtsutsuki hubiera creado con tanto esmero como en el que Mitsuki y el resto de los jóvenes actores interpretaban sus papeles.
Durante el día, el noble mantenía su promesa de instruirla como si ella fuera un muchacho. Él empleaba el lenguaje de los hombres y hacía que la joven lo utilizara también. A Toneri solía divertirle el hecho de que Hinata vistiera las ropas de Mitsuki y se peinase el cabello recogido hacia atrás con una cinta. La continua interpretación del papel de un muchacho la agotaba; pero le estaba proporcionando muchos conocimientos.
Ōtsutsuki también mantuvo el resto de sus promesas, y al final de cada visita enviaba comida a la casa de Hinata y entregaba dinero a Rin. Después, la joven señora lo contaba con la misma avidez con la que se entregaba al estudio, pues sabía que la posesión de conocimientos y riqueza en el futuro le proporcionaría libertad y poder.
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A comienzos de la primavera regresó una oleada de intenso frío que heló los capullos que adornaban las ramas de los ciruelos. La impaciencia de Hinata aumentaba a medida que los días se alargaban; el frío y la escarcha, seguidos por nuevas nevadas, la sumían en la desesperación. Notaba que su cabeza estallaba, como si fuera un pájaro atrapado entre las paredes de la casa; pero no se atrevía a confesar sus sentimientos a nadie, ni siquiera a Rin.
En los días soleados se acercaba a los establos y observaba a Kurama cuando Neji soltaba a los caballos para que galoparan en la ribera, y con frecuencia daba la impresión de que el animal miraba inquisitivamente hacia el noreste, al notar el aire gélido.
«Pronto nos pondremos en camino», le prometió Hinata en silencio.
Por fin la luna llena del tercer mes hizo su aparición y trajo consigo el cálido viento del sur. Cuando Hinata despertó una mañana, pudo oír cómo el agua goteaba de los aleros, fluía por los torrentes del jardín y se desplomaba por las cascadas. Al cabo de tres días la nieve había desaparecido. El mundo se mostraba desnudo y lleno de fango, y parecía aguardar impaciente el regreso de los sonidos y los colores.
—Tengo que ausentarme durante un tiempo —informó Hinata a Ōtsutsuki durante su última visita—. El señor Obito reclama mi presencia en Amegakure.
—¿Pedirá su permiso para desposarse? —Ōtsutsuki ya había mencionado la posibilidad del matrimonio con anterioridad, y al tratar el asunto daba por hecho que ambos estaban de acuerdo en casarse. Con cada una de las visitas de Hinata, el noble había ido adquiriendo una actitud cada vez más posesiva y egoísta con respecto a la joven.
—Ése es un asunto que debe ser discutido con el señor Obito antes de que yo pueda tomar decisión alguna —murmuró ella.
—Entonces le permitiré partir —los labios de Ōtsutsuki se curvaron ligeramente, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
Durante el mes anterior Hinata había estado ocupada con los preparativos del viaje, y mientras esperaba el deshielo disfrutó de la sensación de poseer el dinero que Ōtsutsuki le había entregado. Al cabo de una semana, se puso en marcha. Era una mañana fría y luminosa en la que el sol aparecía y se ocultaba tras las nubes empujadas por el viento del este, penetrante y vigoroso. Hanabi le había suplicado que le permitiera acompañarla, y en un primer momento Hinata había aceptado; pero le asaltó el temor de que, una vez que hubieran llegado a Amegakure, Obito pudiera mantener a su hermana como rehén. Finalmente, decidió que la pequeña estaría más segura en Hyūga, sus dominios. No quería admitir, ni siquiera ante sí misma, que si Naruto se encontraba en Kusagakure quizá ella nunca llegase a la capital. Hana no quiso abandonar la casa y, como garantía de su propia seguridad, Hinata dejó a Kankuro —su rehén— al cuidado de Kō.
Eso sí, la joven se llevó consigo a Iruka, a Neji y a otros seis hombres. Deseaba avanzar lo más rápidamente posible, consciente en todo momento de lo breve que la vida puede llegar a ser y de la importancia de cada hora que transcurría. Se vistió con ropas de hombre y montó a lomos de Kurama. El caballo había superado bien el invierno, pues apenas había perdido peso y su entusiasmo al emprender el viaje era similar al de la propia joven. Kurama estaba soltando su pelaje de invierno y las ásperas hebras de color café anaranjado se adherían a las ropas de la muchacha.
La comitiva se completaba con Rin y una de las criadas de Hyūga llamada Manami. Rin había decidido que viajaría hasta Kusagakure y, mientras Hinata se encontrara en la capital, ella viajaría hasta la casa de sus abuelos —situada en las montañas a espaldas del pueblo— para ver a sus hijos. Manami era una mujer sensata y práctica que desde el primer momento se dispuso a supervisar las comidas y el alojamiento en las posadas en las que se hospedaban durante el trayecto; exigía que la comida y el agua para el baño estuvieran calientes, discutía los precios, amedrentaba a los posaderos y siempre se salía con la suya.
—No tendré que preocuparme sobre quién cuidará de ti cuando yo me vaya —bromeó Rin la tercera noche, tras haber escuchado cómo Manami recriminaba al dueño de la posada porque los colchones eran de mala calidad y estaban llenos de pulgas—. Estoy segura de que Manami, con su lengua, sería capaz de asustar incluso a un ogro.
—Te echaré de menos —dijo hinata—. Tú me das la valentía que poseo; no sé si podré tener valor sin estar tú a mi lado. Ahora no habrá nadie que me desvele la realidad que se oculta bajo la capa de mentiras e hipocresía.
—Creo que tú misma eres muy capaz de discernir lo que es verdad y lo que no —replicó Rin—. Además, Iruka estará contigo. Si yo no estoy presente, ofrecerás a Obito una mejor impresión.
—¿Qué debo esperar de él?
—Obito siempre ha estado de tu parte; seguro que continúa defendiéndote. Es generoso y leal, salvo cuando percibe que le han ofendido o engañado.
—Me da la impresión de que es un hombre impulsivo —señaló Hinata.
—Es cierto; lo es tanto que incluso en ocasiones comete imprudencias. Es ardiente en todos los sentidos, apasionado y testarudo.
—¿Le amaste mucho? —preguntó la joven señora.
—Sólo era una chiquilla. Obito fue mi primer amor. Yo estaba profundamente enamorada de él, y creo que él también me quería a su manera. Estuvo a mi lado durante 10 años.
—Le suplicaré que te perdone —aseguró Hinata.
—No sé qué me da más miedo, si su cólera o su perdón —exclamó Rin, a quien en ese momento le vino a la mente el doctor Dan, con el que había vivido un discreto romance durante todo el invierno.
—Entonces, tal vez sea mejor que no mencione tu nombre.
—En general, lo mejor es mantenerse en silencio —convino Rin—. De todas formas, la mayor preocupaciónde Obito será tu matrimonio y las alianzas que se puedan sellar a través de él.
—No me casaré hasta que me haya asegurado la posesión de Senju —replicó Hinata—. En primer lugar, Obito debe ayudarme a conseguir el dominio.
«Pero antes tengo que ver a Naruto», pensó. «Si no está en Kusagakure, me olvidaré de él. Ésa será una señal de que el destino no desea unirnos. ¡Oh, cielo misericordioso! ¡Permite que Naruto se encuentre en el templo!».
A medida que la carretera ascendía hacia la cordillera, el deshielo era menos patente. La nieve sin derretir aún cubría algunos tramos de los senderos y a menudo, bajo la nieve, yacía una capa de hielo. Los cascos de los caballos habían sido envueltos con paja, pero los animales avanzaban con lentitud, y la impaciencia de Hinata iba en aumento.
Finalmente, un día, a última hora de la tarde, llegaron a una posada situada en la falda de la montaña sagrada, donde la joven había descansado la primera vez que visitó el templo con la señora Tsunade, y se dispusieron a pasar allí la noche antes de realizar el ascenso final hasta Kusagakure a la mañana siguiente.
Hinata apenas pudo dormir, pues en la mente se le agolpaban los compañeros de su anterior viaje, cuyos nombres ya estaban inscritos en el censo de los muertos. Recordó el día en que se habían puesto en camino y la jovialidad que todos ellos aparentaban, cuando en realidad habían estado planeando un asesinato y una guerra civil. La joven entonces no tenía ni idea de semejantes propósitos; sólo era una ingenua muchacha que alimentaba un amor secreto. Le invadió una oleada de tristeza no exenta de desdén al recordar a aquella niña cándida e inocente. Había cambiado por completo; pero su amor seguía intacto.
La luz palidecía tras las contraventanas y los pájaros lanzaban sus cantos. La mala ventilación de la alcoba resultaba insoportable. Manami roncaba ligeramente. Hinata se levantó sin hacer ruido, se vistió con una túnica acolchada y abrió la puerta corredera que daba al patio. Desde el otro lado de la tapia llegaba el sonido de los caballos que, amarrados en las cuadras, golpeaban el suelo con los cascos. Le pareció escuchar cómo uno de los animales emitía un tenue relincho, como si reconociera a alguien. «Los hombres han debido de levantarse ya», pensó. A continuación pudo oír cómo unos pasos franqueaban la cancela y se escondió tras la contraventana.
Bajo la luz del amanecer, todo se veía difuso y borroso. Alguien apareció en el patio. Hinata pensó: «Es él». Pero, acto seguido, rectificó: «No es posible».
Naruto surgió de entre la bruma y se dirigió hacia ella.
La joven corrió a la veranda y observó la expresión que se extendió por el rostro de su amado al reconocerla. Con alivio y gratitud, se dijo para sí: «Todo está bien. Naruto sigue vivo. Y me ama».
Éste se acercó a la veranda en silencio y se arrodilló frente a ella, que también cayó de rodillas.
—Incorpórate —susurró.
Naruto se levantó y se quedaron mirándose el uno al otro durante unos momentos; ella, con las pupilas clavadas en el hombre que amaba; él, con una mirada esquiva, evitando encontrarse con sus ojos. Permanecieron sentados en embarazoso silencio, pues los sentimientos que compartían eran tan profundos que no acertaban a articular palabra.
Por fin, Naruto habló:
—Vi a mi caballo y supe que tenías que estar aquí; pero no podía creerlo.
—Me dijeron que estabas en el templo... En grave peligro, pero que seguías con vida.
—El riesgo no es tan grande —exclamó Naruto—. Mi mayor peligro proviene de ti, lo que más me aterra es que no puedas perdonarme.
—Me es imposible no perdonarte —replicó Hinata con sencillez—, siempre que no me vuelvas a abandonar.
—Me enteré de que ibas a casarte. Durante todo el invierno he temido que hubieras contraído matrimonio.
—Existe un hombre que quiere casarse conmigo, el señor Ōtsutsuki; pero aún no se ha celebrado el matrimonio, ni siquiera estamos prometidos.
—Entonces, tú y yo tenemos que casarnos de inmediato. ¿Has venido a visitar el templo?
—Ésa era mi intención; después, pensaba dirigirme a Amegakure.
Hinata examinó el rostro de Naruto. Había adquirido un aspecto más maduro, sus rasgos se mostraban más pronunciados y sus labios denotaban mayor determinación. Su cabello, más corto que en tiempos pasados, este le caía, espeso y brillante, sobre la frente.
—Enviaré a unos hombres para que te escolten hasta el templo. A la caída de la tarde iré a los aposentos de las mujeres. Tenemos que elaborar muchos planes. No me mires a los ojos —añadió—. No quiero que caigas dormida.
—No me importaría —replicó ella—. Apenas logro conciliar el sueño. Hazme dormir hasta esta tarde, y así las horas pasarán más deprisa. Cuando me sumiste en aquel sueño en Kusagakure, la diosa Blanca vino hasta mí y me pidió que tuviera paciencia, que te esperara. Estoy aquí para darle las gracias por ello, y también por haberme salvado la vida.
—Me han dicho que estuviste a punto de morir —exclamó Naruto, a quien la emoción no permitió continuar hablando. Tras unos instantes, y haciendo un gran esfuerzo, acertó a decir—: ¿Ha venido contigo Rin?
—Sí.
—¿Y también traes a un lacayo del Gremio llamado Iruka?
Hinata asintió con un gesto.
—Pues debes deshacerte de ellos. Por el momento, deja aquí al resto de tus hombres. ¿Te acompaña alguna otra mujer?
—Sí —respondió la joven—; pero no creo que Rin sea capaz de hacer nada que pudiera causarte daño.
Mientras hablaba, Hinata reflexionó: «¿Cómo puedo estar segura? ¿Es que realmente puedo confiar en ella o en Iruka? Yo misma he sido testigo de lo crueles que pueden llegar a ser».
—El Gremio me ha sentenciado a muerte —le explicó Naruto— y, por tanto, cualquiera de los miembros de la organización representa un gran riesgo para mí.
—¿No corres peligro al estar aquí conmigo, fuera del templo?
Naruto sonrió.
—Nunca he permitido que nadie me encierre. Me gusta salir de noche. Necesito conocer el terreno y saber si los Sennin tienen la intención de cruzar la frontera y atacarme. Regresaba al templo cuando vi a Kurama, y éste me reconoció. ¿Le oíste relinchar?
—Kurama también te ha estado esperando —aseguró Hinata, sintiendo que la angustia le revolvía el estómago—. ¿Es que acaso todos desean tu muerte?
—No van a conseguir acabar conmigo. Todavía no. Esta noche te explicaré la razón.
La muchacha anhelaba que Naruto la abrazase, y sintió que su cuerpo se inclinaba instintivamente hacia él. El joven hizo lo mismo en ese justo instante, y la tomó entre sus brazos. Ella pudo notar el latido de su corazón y los labios de Naruto sobre su cuello. Entonces, éste dijo con un susurro:
—Puedo oír que alguien se ha despertado... Tengo que marcharme.
Hinata no había escuchado sonido alguno, pero Naruto la apartó de él con delicadeza.
—Nos veremos esta tarde —susurró.
Hinata volvió los ojos hacia él buscando su mirada, esperando quizá quedar sumida en un profundo sueño; pero Naruto había desaparecido. Alarmada, lanzó un grito. No había rastro de él en el patio ni más allá. Los móviles de bambú sonaron como mecidos por el aliento de alguien que pasara junto a ellos. El corazón de la joven se le salía del pecho. ¿Habría sido el fantasma de Naruto a quien ella había visto? Tal vez todo había sido un sueño. Pero entonces, ¿quéencontraría al despertar?
—¿Qué haces aquí fuera, señora? —la voz de Manami denotaba preocupación—. ¡Con este frío...!
Hinata se ciñó la túnica, pues estaba tiritando.
—No podía dormir —dijo lentamente—. He tenido un sueño...
—Entra en la habitación. Pediré que traigan té —la criada se calzó las sandalias y atravesó el patio a toda prisa.
Las golondrinas surcaban el aire a toda velocidad; el olor a madera ardiendo se intensificaba a medida que se encendían los fogones; los caballos relinchaban mientras eran alimentados, y Hinata volvió a escuchar a Kurama. El aire era frío, pero se percibía el aroma de los frutales en flor. Entonces, el corazón de la joven se inundó de alegría. No había sido un sueño: Naruto había estado allí y en pocas horas volverían a estar juntos. No quiso entrar en la posada; deseaba quedarse en aquel mismo lugar y recordar el semblante, el tacto y el olor de su amado.
Manami regresó con una bandeja y los utensilios del té, y regañó a Hinata de nuevo y la obligó a entrar en la habitación. Rin, que se estaba vistiendo, volvió los ojos hacia su joven señora, y exclamó:
—¿Has visto a Naruto?
Hinata no respondió de inmediato. Tomó el cuenco de té que Manami le entregó y bebió la infusión con lentitud. Era consciente de que debía medir sus palabras, pues Rin pertenecía al Gremio, y ésta había impuesto a Naruto la sentencia de muerte. Ella había afirmado que Rin no le haría daño, pero no estaba convencida de ello. Sin embargo, se sintió incapaz de controlar la expresión de su semblante. No lograba dejar de sonreír, como si una máscara que antes ocultara su rostro se hubiera cuarteado y desprendido.
—Voy a ir al templo —anunció—. Tengo que prepararme. Manami me acompañará. Y tú Rin, puedes ir a ver a tus hijos. Tienes mi permiso para llevar a Iruka contigo.
—Pensé que Iruka te acompañaría a Amegakure —replicó la doncella.
—He cambiado de opinión. Debe marcharse contigo, y los dos deben partir de inmediato.
—Supongo que son órdenes de Naruto —adivinó Rin—. No puedes engañarme; sé que le has visto.
—Le dije que no le harías daño —exclamó Hinata—. ¿Es eso cierto?
Rin respondió con brusquedad:
—Más vale que no me lo preguntes. Si no vuelvo a verle, no podré hacerle daño. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte en el templo? No olvides que Obito te espera en Amegakure.
—No lo sé. Todo depende de Naruto —y casi sin darse cuenta, prosiguió—: Me ha dicho que debemos casarnos, y eso es lo que vamos a hacer.
—No puedes hacer nada de eso hasta que hayas visto a Obito —le recordó Rin, alarmada—. Si te casas sin su consentimiento, lo tomará como un insulto y se sentirá profundamente ofendido. No puedes permitirte su enemistad, es tu aliado más valioso. ¿Y qué será de Toneri, con el que estás prácticamente prometida? ¿Acaso también quieres ofenderle?
—¡No puedo casarme con él! —gritó Hinata—. Él sabe mejor que nadie que no puedo casarme con otro que no sea Naruto. Yo provoco la muerte del resto de los hombres; pero lo soy todo para Naruto... y él lo es todo para mí.
—No es así como funciona el mundo —protestó Rin—. Recuerda lo que te explicó la señora Tsunade cuando te habló de la facilidad con la que los señores de la guerra y los guerreros pueden aplastar a una mujer si creen que ésta pone en duda el poder que ellos ostentan sobre su persona. Toneri está convencido de que se casará contigo. Seguro que ya se lo ha consultado a Obito, a quien tal matrimonio le resultaría muy ventajoso. Además, Naruto es buscado por todo el Gremio; no logrará sobrevivir. No me mires así, me duele hacerte daño. Te hablo de esta manera precisamente por lo mucho que te aprecio. Yo podría jurarte que nunca perjudicaría a Naruto, pero es igual: hay cientos de miembros del Gremio que intentarán atraparle. Antes o después, uno de ellos lo conseguirá, pues nadie es capaz de escapar del Gremio para siempre. Tienes que aceptar que ése será el destino de Naruto. ¿Qué harás cuando él haya muerto? Tras haber insultado a todos los que ahora están de tu parte, nunca lograrías la propiedad de Senju y perderías Hyūga. Tus hermanas se arruinarían contigo. Obito es tu señor supremo, y por eso tienes que acudir a Amegakure y aceptar su decisión sobre tu matrimonio. Si no lo haces, montará en cólera por tu culpa, créeme, le conozco muy bien.
—¿Puede Obito evitar que llegue la primavera? —replicó Hinata—. ¿Puede ordenar que la nieve no se deshiele?
—A todo hombre le gusta pensar que es capaz de hacerlo. Las mujeres se salen con la suya alimentando tales fantasías, no oponiéndose a ellas.
—El señor Obito aprenderá que no tiene por qué ser de esa manera —aseguró Hinata en voz baja—. Prepárate. Iruka y tú tienen que partir en menos de una hora.
Acto seguido, la joven señora se dio la vuelta y dio la espalda a Rin. Su corazón latía con fuerza, y un estremecimiento de emoción le recorrió el estómago, el pecho y la garganta. No podía pensar en nada que no fuese en su inminente encuentro con Naruto. El recuerdo de su presencia, de su cercanía, provocó que de nuevo le subiera la fiebre.
—Estás loca —se lamentó Rin—. Actúas como una demente. Vas a conseguir tu ruina y la de los tuyos...
Como confirmación de los temores de la doncella, de repente se produjo un ruido ensordecedor. La casa gimió, las mamparas se agitaron violentamente y los móviles de bambú sonaron de forma salvaje, mientras la tierra temblaba bajo los pies de las dos muchachas.
