Disclaimer: Beyblade no me pertenece. Es propiedad y creación del maestro Takao Aoki.


Se relamió los labios: Ahí estaba, después de tanto tiempo. Una sonrisa le anunció y se arrojó sobre su caza. Los años y las malas experiencias le habían enseñado a Kuznetsov que debía invitar a comer a Yuriy Ivanov antes de que sus cuerpos se encontraran en el lecho. No podía evitarlo, la carne humana tenía una pasión que no lograba explicar. Él no necesitaba limpiar sus pecados: los abrazaba. En él, en sus entrañas, suficiente espacio había como para que holgaran los de los demás, sus anhelos y su existencia misma. En cada mordida devoraba sus cuerpos y su ser y él, victorioso, cada día estaba más completo, rodeado de aquellos que perecían a su merced.

Le encerraron, por fin, una tarde, justo cuando concluía su residencia: aislamiento total. Durante los primeros días, las enfermeras se sentían verdaderamente perturbadas ante la malsana muñeca que constantemente les sonreía desde las ataduras de su cama. Su gélida mirada seguía cada movimiento, ni siquiera parecía necesitar parpadear, y el gesto, ¡que Dios protegiera el lugar! Podrían asegurar entre sus plegarias, que el pelirrojo tenía la mandíbula dislocada, porque la forma lúgubre en la que ésta se extendía sólo era comparable con las puñaladas que daba con la vista, celeste, helada sobre los deformados pómulos, incipientes montes de la locura que vivía. Eso no podía tener alma. Sin embargo, como los médicos ya habían dicho antes, la mente es muy poderosa¸ y pudo convencerse a sí mismo de comer aquella repugnante porquería que los humanos solían llamar comida.

Al cabo de algunos meses, y siendo calificado un milagro médico, pudo considerarse curado. Quizás los americanos simplemente eran un montón de chimpancés que no podían distinguir sus traseros de sus rostros. No. Los chimpancés eran más listos.

En un inicio sólo soltaron las correas: ¡Ah, la libertad! Por primera vez en tanto tiempo logró sentir cómo su sangre corría por sus extremidades. Sí, los doctores lo cambiaban de posición, como si estuviera inválido, pero esa sensación, ¡cómo la había extrañado! Una vez más, el terror se apoderó de sus captores. Su cuerpo, en pos de desahogo, adoptaba posturas y movimientos que pocas veces solían verse en un ser humano. Tétrica visión: en aquel blanco lienzo sólo alcanzaban a difuminarse las negras cuencas sobre las ojeras penetrantes que tenía ante la deshidratación y la falta de sueño. Varias veces debieron colocarle soluciones salinas y sedantes para que no muriera, incluso una sonda nasogástrica para enviarle nutrientes.

El siguiente paso fue permitirle socializar. Lo incorporaron en una sala con varios guardias donde todos realizaban actividades artísticas. ¿En serio? Los psiquiatras tenían prioridades peculiares. Seguramente era la manera de analizar su mente, según el entendimiento de esos simios que lo retenían ahí. Como si no supiera que dibujar muertos o cualquier cosa que revelara un problema de la infancia grave sería un motivo claro para retenerlo. Una serie de patrones con líneas parecía perfecto. La ira no era tan mala. Todos quedaron asombrados y asociaron su conducta con traumas maternales inmediatos. Claro, todo eso tenía lógica, como no había conocido a su madre, todos lo idealizarían. La familia estaba sobrevalorada, desde su perspectiva.

Pero olvidaron un detalle: él también había estudiado medicina y sabía cómo funcionaba el cuerpo.

Los había engañado a todos tras algunos meses y se había ido de ese maldito lugar triunfante, su cuerpo, engalanado con la apariencia de un respetable doctor, la bata, las mentiras. Incluso le habían permitido ejercer la medicina, ¡Ja! Imbéciles. Él no iba a matarlos a todos, por supuesto, adoraba las frutas, los vegetales y sabía preparar adecuadamente otro tipo de inmundas carnes para semejar el exquisito sabor de la humana, sin embargo, ninguna lo lograba satisfacer: demasiado suaves, sin alma, sin maldad, ¿por qué habrían de comerles? Lograba comprender ahora la razón de que Kai Hiwatari le obligara a desaparecer el cadáver de su abuelo en su propio cuerpo, que la naturaleza hiciera lo suyo. Hasta ese momento, él sólo había comido carne de personas que ya habían perecido, que en un accidente habían muerto y había hallado en la facultad de medicina antes de que les bañaran en formol, pero el ruso-japonés tenía mejores planes. Para heredar la compañía de su abuelo una vez que se graduara, necesitaba quitarlo del mapa y, haciendo uso de sus habilidades como orador, persuadió a Bryan y a Yuriy de que lo ayudaran. Kai sabía de las mañas alimenticias de Ivanov, claro que había investigado quiénes debían ser sus amigos y cómo usar sus secretos a su favor.

Él no quería matar a nadie, sentía respeto por la vida de las personas y no quería ser quien decidiera si eran buenos o malos o cómo deberían terminar su largo camino, pero todo pasó a ser menos importante cuando su lengua experimentó tales placeres: Por primera vez probó la carne fresca y no tenía comparación. Primero fue la sangre chorreando por sus manos, tan tibia, fluyendo hacia abajo, la lamió y su cuerpo se calentó embelesado con el sabor; luego, un trozo de carne cortada, un dedo entero, la piel, la carne, limpiando el hueso por completo. Siguió insistiendo en las distintas partes: el brazo del anciano era casi pura piel, en cambio, los muslos tenían grasa, pero eran fibrosos. Se perdió por completo, hasta que su estómago no pudo más y fue entonces cuando lo tiraron en algún bosque. Era un ricachón, ¿quién sospecharía del estudiante de medicina que no recibiría nada a cambio? Trató de volver a la rutina, pero ya no lo podía hacer. No, necesitaba probar más tipos de cuerpos, más carnosos, más grasosos. Y cuando satisfacía la curiosidad, nacían nuevas inquietudes.

Cual tambores, éstas golpeaban su cerebro, casi como si hiciera un corto circuito, su cuerpo accionaba sin control y actuaba como el instinto lo llamara. En su mente, la conjunción de ambos espíritus, de los pecados, de esa maldad que seguramente tenía que contener para cometer semejantes atrocidades lo llenaba y fluía a lo largo de su cuerpo, empapando su piel, sus nervios, sus pensamientos. Él tenía cada vez más espacio para pecar, para excitarse y saciar la lujuria, que la sangre despertaba en él; la gula, que movía sus colmillos a lo largo de la piel de sus víctimas; la codicia de coleccionar más y más pecados cada vez, de que estos crecieran. Había sido hermoso, había sido bueno, pero ya no más, no necesitaba bondad; en cambio, ambicionaba la senda que seguía.

Él debía ser el demonio, él debía ser Lucifer.

Bajo esa serie de pensamientos e impulsado por el fajo de billetes que Kuznetsov le pagó y la promesa de éste de poder disponer del cuerpo como mejor le pareciera, aunque cualquiera que lo conociera sabía perfectamente qué haría con él, entró a la mansión Hiwatari. El propietario se encontraba de viaje y, según le dijo su informante, ya no llevaba a ningún acompañante consigo. Fue invitado a pasar, tomó una copa con su amigo de la juventud y, ya entrada la noche, asaltaron la habitación de Max: un golpe en la cabeza no había funcionado y ahora tenían a un ruidoso americano, así que simplemente lo amordazaron y lo cargaron. ¿Quién iba a darse cuenta? ¿Quién iba a hablar? El chino los siguió de cerca, mirando con una sonrisa espectral al rubio. Hasta nunca, estorbo de porquería. Ambos rusos lo arrojaron dentro del auto de Bryan, en la parte trasera, donde Rei lo mantendría calmado mientras los rusos conducían sus respectivos vehículos. Claro, Kon no tenía paciencia, ya no, así que el filo en el cuello era su mejor aliado, esa pequeña navaja que siempre le había acompañado ante las agresiones de los clientes del burdel.

Ni un ápice de remordimiento, no dolía, incluso si no le había hecho nada realmente, no iba a dar un paso atrás hasta que desapareciera. Si ningún conflicto real existía entre ambos, ¿por qué iban a deshacerse de él? Bueno, el pequeño no dejaba que su vida siguiera el curso que el podrido ángel había trazado para él. Ésa era la única senda que seguiría y cualquier obstáculo sería imperiosamente eliminado.

Antes de arrancar, Kuznetsov le vendó los ojos: no podían arriesgar la localización de la casa de Yura, ¡oh, no! Él jamás los perdonaría si ése era el caso. El pelirrojo observaba como los compañeros de piso de Kai trataban de mantener discreto el proceso, pero eran unos idiotas. Se cruzó de brazos y se recargó sobre su propio auto, apretando sus brazos con los guantes de piel que usaba en esos casos. Resopló y abrió la guantera de su coche: una jeringa de un medicamento que conseguía al ser médico, un anestésico general (1). No hacía falta demasiado para poder hacer que el pequeño perdiera la consciencia. Quitó el tapón y caminó hasta los otros, tomó la mano de Max e introdujo la aguja en la vena más sobresaliente. La punta rasgaba con tal facilidad la pálida piel, que antes de que la retirara, el bisel ya había hecho contacto con la pared capilar, un crujido: la sangre se hallaba en el pivote. Presionó con suavidad el émbolo, dejando que el espeso líquido aletargara a la mascota de la mansión Hiwatari. Sí, era verdad que no habían desinfectado el área o que al moverse se había atravesado la vena y le quedaría un doloroso moretón, pero a donde iba, no tenía importancia eso. Sonrió cuando el menor de todos comenzó a languidecer y volvió a su auto, tapando con cuidado la anestesia. No sabía si podría necesitarla de nuevo.


Era un hueco sonido a los lejos, las baldosas siendo golpeadas por los tacones de alguien. Su cuerpo apenas respondía, pero podía notar perfectamente que sus muñecas permanecían atadas, ¿dónde estaba? ¿Cuánto llevaba ahí? Su estómago ardía, sus ojos no lograban ver nada. La perpetua oscuridad, justo como cada día de su vida desde que el chino llegó a su vida. El golpeteo taladraba su cabeza, cada vez más fuerte, más profundo. Era como introducir un dedo en la dolorosa llaga de la impotencia. Trató de tapar sus oídos, pero no lograba sentir sus manos, ¿Seguían adheridas a su cuerpo? Su respiración se agitó, sus azules ojitos estaban al borde del colapso, asustados, histéricos. ¿Qué había del otro lado de la oscuridad?

Pues bien, a los ojos de Yuriy Ivanov, la luz propiciaba la oscuridad, eran una conjunción tan exquisita que siempre era la forma en la que las cosas concluían. Incluso él era hermoso y sentía satisfacción en ayudar al prójimo, pero tenía su cara oscura, esa que sólo se lograba cuando era alumbrado de sobremanera. Caído lucero en agonía, nacido con la marca de vehementes penurias, con el infame apetito. ¡Regocijo! ¡Que no fueran censuradas y que el festejo creciera a su alrededor! La sangre siempre iba a ser derramada y, cual animales, aprovecharía cada parte de sus víctimas, honrándoles y llevándoles consigo.

Dicen que nada une a dos personas como padecer el mismo dolor y —sonrió dando un sorbo a su copa de vino mientras se detenía frente al vendado rubio —, bueno, provocarte ese dolor me hace sentir como alguien muy especial en tu vida, alguien que jamás vas a olvidar.

Escalaré los cielos; elevaré mi trono por encima de las estrellas de Dios; seré semejante al Altísimo.


(1) No deseo colocar el nombre de los medicamentos que podrían propiciar un secuestro, por lo que es todo inventado.