Capítulo 8


Eliana se puso pálida en cuantro vio entrar a Candy, el mismo Terry parecía no poder recuperar la compostura, sin embargo, Candy permaneció muy serena. Nada le había costado tanto como permanecer tranquila cuando quería gritar, cuando sentía que el pecho le dolía, peleó contra las lágrimas y logró contenerlas.

—Candy…

—Necesito hablar con usted.—se limitó a decirle con el semblante altivo, ignorando a propósito a Eliana.

—Claro, por supuesto…—se veía muy nervioso.

—Eres muy linda, Candy, mucho más de lo que Terry admite.—le guiñó un ojo a la rubia, pero esta le devolvió una mirada asesina.

—Por lo que veo, se necesita mucho más que una cara bonita para satisfacer a mi esposo, está tan acostumbrado a vivir entre zorras que ya no puede distinguir a una mujer decente.—Eliana abrió los ojos como platos, Terry destiló fuego en la mirada, pero se abstuvo de reprocharle nada.

—Disculpe, su majestad, lamento que no nos hayan presentado, soy Eliana Borowski, viuda de…

—No hablo con rameras y si me disculpa, me gustaría poder hablar con mi esposo en privado.

—Claro, con permiso.—hizo una reverencia y se marchó, no sin antes hacerle un par de gestos burlones a Terry, sabiendo que lo había dejado en aprietos.

Reinó la tensión y el silencio por larguísimos segundos, dos pares de ojos que se miraban con intensidad, llenos de un amor despiadado y sátiro que no se suponía que surgiera, pero que neciamente estaba ahí, ahogándolos a los dos, negándolo y sepultándolo en gruesas capas de orgullo.

—Disculpe si interrumpí su reunión con su mujerzuela, pero es importante.

—No interrumpiste nada y no es mi mujerzuela, es una vieja amiga.

—No tiene por qué negarla, de seguro aquí todos sabían de ella menos yo, pero en fin, me da igual, solo necesito que selle oficialmente la invitación de la fiesta para el pueblo.—le entregó un manuscrito.

—Puedes sentarte.—le invitó.

—No ocuparé demasiado tiempo, tengo una fiesta que organizar.

Mientras ella esperaba impaciente a que él firmara y sellara el papel, la miraba con disimulo, había aprendido a conocerla bastante y habían cosas que no podía pasar por alto. El semblante demasiado serio, la mirada desafiante, los ojos brillando por las lágrimas que estaba conteniendo y una punzada de remordimiento lo recorrió.

Se puso de pie, tratando de lograr alguna cercanía, pero aún si estuvieran frente a frente, la lejanía era palpable, la barrera que el orgullo imponía. Estaba tan hermosa, tan joven, tan lozana, tan viva y tan intensa, valiente, perfecta. Le acarició una mejilla, ella le retiró la mano, él sabía que tenía razones de más para estar molesta.

—Tienes razón, no debí permitir su entrada aquí, esta es tu casa y tú eres mi esposa, mi reina, no es correcto.

—Ni esta es mi casa, jamás fui honrada ni respetada como una reina, ni seré su esposa por mucho tiempo, usted es libre de recibir a quien le venga en gana.—se volteó para retirarse, pero fue retenida a la fuerza, cayendo en los brazos de Terry, parándosele el corazón por varios segundos.

—¿Qué quieres decir con que no serás mi esposa?

—Esa fue la sentencia que usted me impuso por zorra, ¿no lo recuerda? Porque yo recuerdo cada palabra como si fuera hoy. Iba a anular nuestro matrimonio e iba a enviarme lo más lejos posible de usted, sin contar el hecho de que pretendía quitarme a mi hijo, que por fortuna jamás existió.

—No voy a hacer eso, Candy. Voy a olvidar, voy a tratar de olvidar lo que pasó y…

—Olvidarlo… ¿Cree que pueda? Porque yo jamás podré. Usted no tiene idea de lo que se siente saber que toda la vida he sido engañada, que me pasaron de mano en mano como mercadería barata. ¿Tiene idea de lo que duele desengañarse de la persona que amó con locura? La misma persona que me vendió… ¿sabe cuántos golpes me propinó? Yo tampoco lo sé, fueron tantos que creo que dejé de sentirlos. Nadie me había golpeado así…

—Lo siento, de verdad lo sien…

—Cuando al fin regresé, viva a penas y lo vi, pensé que se había acabado mi sufrimiento, que usted iba a protegerme y que nadie más iba a hacerme daño como usted me había prometido. Quise refugiarme en sus brazos, en el poquito de ternura que usted a veces me daba, pero no. Usted me trató como a un perro de la calle, usted echó sal sobre mi herida.—esa vez dejó aflorar las lágrimas, no pudiendo controlarlas más, pero el fuego de su rencor seguía lentente en sus ojos.

—No había pensado en nada de eso, por favor, perdóname, por favor…—le tomó las manos con sus ojos también aguados, luchando por permanecer firme.

—No he vuelto a dormir bien, me despierto pensando que aún estoy en la celda infrahumana en la que usted me confinó…

—Por favor, ya no sigas…—intentó abrazarla, solo quería consolarla y retroceder en el tiempo. Se sintió una basura.

—Quiero que vea esto.

Para la estupefacción de Terrance, se desnudó por completo ante él, lágrimas bajaron por el rostro varonil y recio, remordimientos, repulsión de sí mismo.

—Este es el cuerpo que usted llamó adúltero. Tal vez tenga razón… porque fui brutalmente violada, quizás no como usted lo imagina, pero sí en mi dignidad, en mi orgullo, violaron mi alma.

—Lo lamento, Candy. Lo lamento mucho. Fui un imbécil, no sabes cuánto lo siento, no tienes idea de cuánto me estoy odiando a mí mismo ahora.—se abrazó a su cuerpo desnudo, besando cada rastro de golpe, se abrazó a ella con fuerza y lloró.

—Por favor, levántese.

—Quiero que me perdones, por favor. Yo nunca quise hacerte daño, todo lo contrario… siempre quise protegerte, siempre te quise… aunque soy pésimo para demostrarlo. Nunca me he arrodillado ante nadie, Candy, por favor…

En sus ojos había total sinceridad. Candy se había conmovido porque lo amaba y deseaba un mundo diferente donde pudieran amarse.

—Permaneceré de rodillas hasta que me perdones.

—Anthony también se arrodilló para convencerme de que huyera con él.—respondió con orgullo.

—¡Yo no soy tu maldito Anthony!—gritó furioso, poniéndose de pie.

—Aprendí que los hombres hacen cualquier cosa para lograr sus propósitos, incluso ponerse de rodillas.—lo que más lo hacía perder la paciencia era la serenidad fría que ella mantenía en todo momento.

—No supe tratarte, eso lo reconozco, pero no puedes reprocharme que aborrezca tanto a ese infeliz y que te aborreciera a ti cuando te fuiste con él porque tú misma alimentaste ese odio. Fueron incontables las veces que me restregaste cuánto lo amabas, tuviste la osadía de decirme en mi cara que siempre estarías pensando en él, ¿sabes cómo se sintió eso? ¡Tienes una puta idea!—la atrajo hacia él con violencia.

—Suélteme, por favor.

—No quiero.—confesó con un nudo en la garganta, pero mirándola fijo a los ojos.

Comenzó a besarla tan apasionadamente, como si fuera el último día en el mundo que tuviera para poder hacerlo. Ella lo amaba con locura, desesperadamente y le costaba demasiado quedarse indiferente cuando lo que quería era entregarse a él una vez más, sentirse deseada por él, volver a ser suya sin rencores, sin pensar en nada más.

Entre más él la acariciaba, más difícil le resultaba a ella desprenderse. Sabía exactamente cómo y dónde tocarla, de qué forma besarla. La sentó sobre la mesa, sin dejar de acariciarla ni un momento, sin dejar de besarla con aquella ferocidad y ella había abrazado sus caderas con las piernas. Todo estaba perfecto. El mundo era de ellos.

—¡Déjeme!—lo empujó.

—No, Candy, ya me harté de ese juego, no vas a hacerme esto una vez más…

—Lo siento, pero no deseo ser suya nunca más, llame a su zorra.—comenzó a ponerse el vestido.

—Candy, por el amor de Dios…

—Usted me despreció por zorra, pero se pavonea aquí con una, ¡qué moral la suya! ¿Qué le parece si yo me consigo un amante y así somos justos?

—Cierra la boca si no quieres una paliza.—le apretó fuerte el mentón para hacerla callar mientras se moría de celos, ardía y hervía en ellos.

—¡No le tengo miedo! Además, ¿acaso no tiene usted ya una amante?

—Eso es diferente. Yo soy un hombre y…

—¡Y un cuerno! Si usted decidió tener una amante…

—¡Porque no podía tenerte a ti! No me has dejado tocarte en meses…

—Tiene razón. Puede tener todas las mujeres que quiera.—ahora lo dejó desconcertado.

—¿Todas las que quiera?—alzó su ceja arrogante.

—Por supuesto. Pero no me tendrá a mí, nunca.

Esas palabras le supieron a Terry tan amargas como centeno, la única mujer que quería, que anhelaba y deseaba era a ella.

—Tú eres mi esposa, tienes una obligación y tengo todo el derecho de hacerte mía las veces que yo desee.

—No tengo ninguna obligación, usted puede prescindir de mí en cualquier momento, sobre todo ahora que sabe que no hay ningún hijo.

—¡Entonces lo habrá! Te lo voy a hacer ahora, maldita sea.

Le rompió el vestido en un impulso y le calló cualquier pretexto con besos vehementes, valiéndose de una fuerza viril excitante casi logra domarla. Hasta que sintió una fuerte bofetada.

—Si cree que puede tomarme como a una ramera, se equivoca.

La furia de Terry se extendió por todo su cuerpo, era una mezcla de frustración por desearla tanto y no poder tenerla y la osadía que tuvo de abofetearlo.

—¿Sabes que puedo condenarte a muerte por eso?—le agarró la mano con tanta fuerza que sintió como la sangre le había dejado de circular.

—¡Terry! Necesito tu ayuda.—Entró Robert desesperado, sin importarle la peculiar escena.

—¿Qué no ves que estoy ocupado?

—Es de vida o muerte.—imploró con sus ojos color miel compungidos.

—Yo me retiro, caballeros.—Candy se fue consciente de lo frustrado que había dejado a Terry.

—¿Qué es lo que pasa?

—Papá quiere que me case.—el pobre se puso pálido y le sudaban las manos.

—¿Y por qué eso es de vida o muerte?

—¿En serio tengo que explicártelo?

—Ah sí, ya sé… te gustan las pollas, no las conchas…

—¿Te importaría no ser tan grotesco?

—Estamos entre hombres.—se encogió de hombros.

—No puedo casarme… por favor ayúdame…

—Me encantaría, hermanito, pero…

—¡Tú eres el rey!

—Pero no soy tu rey, te riges por papá.

—No puedo hacerlo, Terry. Lo he intentado, pero no puedo. Me he odiado infinitas veces por ser como soy.

—¿Qué es lo que has intentado?

—Estar con una mujer… las veo desnudas y me son indiferentes, no puedo siquiera pensar en tocar una…

—Tendrás que lograrlo, para que al menos lleves un matrimonio de apariencias…

—¡No puedo!—gritó frustrado y tan derrotado como un niño. Terry se llevó las manos a la cabeza y luego le palmeó la espalda emitiendo un gran suspiro.

—No quiero seguir con esto…

—No seas necia, muchacha. ¿De verdad quieres perder a ese hombre?

—¿Es que a caso fue mío? Todo el tiempo estuvo revolcándose con esa perdida…— bullía en rabia.

—Porque no le quedó de otra, querida, ¿has visto como te mira? Como te devora con los ojos…—Meredith trataba de infundirle valor, pero en el fondo, lo hacía más por Terry que por ella.

—Si pretende seguir con la zorra, no lo dejaré ponerme un dedo.

—Todo lo contrario, si tú lo dejas ponerte un dedo él no volverá a la zorra, eso te lo puedo asegurar.

—De todos modos, merece sufrir un poco más...

—Y esto y de acuerdo, estoy totalmente de acuerdo, por ello, este cuerpo tuyo se convertirá en su objeto de tortura.

Por días Meredith estuvo visitando todas las boutiques capitalinas en busca del vestido más sensual y escandalozo para Candy. La chica ya era hermosa y tenía muy buena figura, era momento de exhaltarla a los cuatro vientos. Un vestido que fuera capaz de encender el deseo en cualquier hombre. Aquél vestido rojo lograba el objetivo. Era un rojo intenso, que distraía la atención de cualquier otro asunto. Ceñido en la cintura, resaltaba sus pechos que en los últimos meses se habían rellenado un poco más, presumiendo la lozanía y firmeza de sus diecinueve años. La falda caía majestuosa, con unos vuelos laterales cuidadosamente incertados, como si fuesen los pétalos de un tulipán. Exactamente, ella se mostraba como una hermosa flor recién nacida, brillante, fresca, exquisita.

Se aplicó un aceite aromático detrás de las orejas, en el cuello y en el pecho como Meredith la había instruído, la señora trabajaba en su cabello. Le hizo un recogido hermoso y elaborado en el que luego insertó su corona de reina. Sin duda, tenía el porte de una reina.

—Esta pomada para labios los hará lucir más brillantes, listos para el beso.

—Me siento otra…—dijo mirándose al espejo.

—Porque eres una mujer ahora, la niña que fuiste ha quedado muy atrás.

Le pasó los guantes blancos de seda como toque final y Candy sintió que resurgía. Se sintió por primera vez en mucho tiempo, hermosa, segura.

El propósito de la fiesta era promover la economía, una nueva alianza con los mercaderes y los trabajadores de la tierra. Tras la devastación que quedó tras la guerra, el pueblo tenía que levantarse y si bien Terry como rey tenía poder absoluto, sabía que el pueblo lo vencía por ser mayoría y sabía que las personas merecían vivir dignamente, que fueran un país en adelanto. Pensó en incorporar el sistema de Midderlands. Ninguna persona que trabaje con el sudor de su frente merece vivir en miseria y repelía totalmente el hecho de que niños menores de doce años fueran forzados a trabajar. La alfabetización era obligatoria y tanto jóvenes mujeres como hombres tenían que especializarse en un oficio con el que pudieran sostenerse, para esto, claro, necesitaba patrocinadores.

—El rey. Terrance Iraski.—fue anunciado con bombos y platillos ante unos invitados que aplaudían y lo veneraban.

Lucía impecable, su barba perfecta y cuidada, su melena castaña recogida, su elegancia en ese traje negro, su altura, su imponente figura musculosa, ese hombre era la virilidad encarnada. Sonriendo de esa forma tan suya se dirigió al trono. Las mujeres no salían de su asombro, simplemente no podían apartar la vista de él.

—Bienvenidos. Me honra su presencia aquí, porque esta es y será siempre su casa.

Llegaron las copas de vino para brindar por ese momento. Los mozos iban de un lado para otro con las bandejas repletas de bocadillos. Los músicos ambientizaban el salón de actividades magistralmente.

—Eres el hermano menor… has de ser un principito.—Una mujer atractiva y desinhibida con un vestido turquesa se le acercó a Albert.

—De hecho, soy el hermano del medio.

— ¿Hay más sementales Iraski?—tomó un sorbo de vino.

—Justo allá, hay otro.—Albert señaló a Robert que estaba hablando con el hijo de un herrero.

Terry se comenzaba a impacientar por la tardanza prolongada de Candy, se le veía ansioso. Los invitados habían comenzado a bailar, todo parecía sereno y tranquilo, pero serenidad y tranquilidad era lo menos que él tenía. Tal vez Candy había aprovechado la oportunidad para escapar otra vez… o tal vez la habían secuestrado…

—¡Sir William!—llamó con su voz profunda.

—Su gracia.—hizo una breve inclinación

—Busque a mi esposa.

No fue necesario que el fiel y diligente William se moviera, porque justo en ese instante, Candy apareció en la interminable escalera. Los músicos dejaron de tocar, cada par de ojos se posó en ella. A Terry se le había caído la mandíbula, el corazón se le aceleró.

—La reina, Candace Whitaker de Iraski.

Al pie de la escalera, sonrió a todos con plena seguridad. El mismo Terry caminó hasta ella le extendió la mano, bajaron juntos. Los músicos entonaron una melodía exclusivamente para ellos y los aplausos se hicieron llegar cuando ambos descendieron de la mano, eran simplemente perfectos. Tanto, que la envidia no se hizo esperar entre hombres y mujeres.

Abrieron un baile para ellos únicamente. Desde que se casaron, no habían bailado juntos, había olvidado la sensación de estar en sus brazos, de ser guiada por él.

—Te ves preciosa, Candy, preciosa.—su admiración era sincera. Su admiración y su anhelo de poseerla, de disfrutar de su belleza a plenitud, de que ella volviera a quererlo, al menos un poco.

—El crédito es de Meredith, se esmeró para que yo no lo dejara en vergüenza.

—No habría tal idiota que pudiera avergonzarse de ti.—ella levantó una ceja con arrogancia, pero no dijo nada, se limitó a bailar.

Terry deseó que aquella música no acabara nunca, era lo más cerca que había estado de ella en días. No quería soltarla, no quería dejar de aspirar su olor, ¡por Dios! Lo que quería era llevársela lejos de la vista de todos esos hombres morbosos que la codiciaban. Tenerla solo para él y hacerla suya hasta que se fueran las fuerzas.

Pero la música terminó y un mercader inoportuno solicitó la atención de Terry, renuente dejó a su esposa. Ni siquiera podía concentrarse en las propuestas de aquél sujeto que hablaba como un loro demente, al parecer comerciaba perfumes, o al menos fue todo lo que Terry captó de la conversación porque sus ojos perseguían a Candy por donde quiera que se movía.

—¡Oh!—exclamó Candy al verse súbitamente en los brazos de Robert.

—No quise asustarte. Es que hay una señora decidida a clavarme los colmillos.—suspiró mientras la guiaba con excelentes dotes de bailarín.

—Vaya, con que todo un rompecorazones…

—No te burles. Mi hermano no deja de mirarte, en estos momentos sé que desea verme muerto…

—De seguro encuentra entretenimiento en alguna ofrecida.

—No lo creo. Prepárate, querida, porque creo que esta noche no te escapas.—Candy miró hacia Terry y tragó hondo al toparse con su intensa mirada.

—Oí que ibas a casarte.

—¡Ni Dios lo quiera! ¿Por qué tenía que recordármelo justo ahora?

—Tienes suerte de no estar casado aún. El matrimonio es un infierno.—una mujer que hablaba con Albert señaló a su esposo regordete, de escasa estatura y cabellera que la doblaba en edad.

—No dudo que así sea, pero eso no impide disfrutar de los placeres de la vida, ¿o sí?—la guió a una zona apartada en la que fornicaron.

—Buenas noches, Su majestad.—se acercó un hombre elegante de unos cuarenta años.

—Buenas noches…—correspondió Candy con cierta inseguridad.

—¿No me recuerdas?

—Lo siento, no…

—Soy Louis Ballour.

—¡Oh! Disculpe, no lo reconocí.

—No te culpo, eras una niña la última vez que te vi.

Candy comenzó a recordar, era un hermano adoptivo de su padre, lo había visto unas tres veces en toda su vida. Según había oído por conversaciones ajenas de adultos, era un hombre aventurero y ambicioso.

—Entonces logró hacerse rico, vaya…

—Tanto como rico, no, pero sí me he hecho de varios barcos. El futuro está en los muelles. Hay que atreverse a cruzar otros mares.

—Yo nunca he visto el mar…

—¿Cómo es posible?

—Nunca tuve la oportunidad.

—Será mi próxima misión, que mi sobrina conozca el mar.—acarició su mentón por lo que podía interpretarse como un gesto paternal, pero Candy sintió escalofríos.

—Disculpen, Candy, ¿podrías venir un momento?—Terry le extendió su mano con una sonrisa, pero en sus ojos había furia.

Se la llevó lejos, sin ella comprender por qué. El lugar estaba tan apartado que no se percibía ningún indicio de la fiesta que se estaba llevando a cabo.

—¿Qué es lo que quiere?

—No conozco a ninguno de los hombres que están aquí, no sé de lo que sean capaces, no te quiero sola con ninguno.

—Le agradezco su preocupación, pero sé manejarme muy bien sin usted.

—No te estoy haciendo una sugerencia, Candy. Te estoy dando una orden.

Ella suspiró con enfado, al hacerlo, sus pechos subieron y bajaron, ganándose toda la atención de Terry sobre ellos. Se le acercó y sintió ese olor suave y embriagante. Sus labios rojos que surtían el efecto de estar húmedos y esa expresión que ponía de estar furiosa la hacía irresistible. No aguantando más, buscó sus labios, el humectante que había usado tenía un sabor particular, ella pudo sentir la respiración de él cerquita de la oreja, aspiró su olor a hombre y gimió cuando él comenzó a besar su cuello hasta el nacimiento de sus pechos.

—Debemos volver a la fiesta.—lo frenó, aunque le costó bastante, pero no podía estropear su plan de hacerlo sufrir.

—Pueden esperar...—con la voz ronca y cargado de deseo la atrajo hacia sí y acarició todo el contorno de su cuerpo.

—Este no es el momento.—le costó una vida detenerlo cuando solo quería dejarse llevar.

—Tienes razón, pero te deseo tanto, deseo que vuelvas a ser mía. Por favor, déjame hacerte el amor, te prometo no lastimarte, te prometo que vas a disfrutarlo.

Su voz ronca, la forma en que cada palabra parecía acariciar sus oídos, esas manos tan fuertes y grandes recorriéndola entera la estaban haciendo flaquear. Lo deseaba, deseaba a su esposo, pero no podía sacarse de la mente la imagen de la mujerzuela aquella tocándolo.

—Busque a Eliana Borowski, ella sí sabe cómo desfogarlo.—lo apartó con toda la intención de irse.

—¡Al diablo Eliana! ¡Al diablo todas las malditas mujeres! ¿No entiendes que te quiero a ti? Quiero hacer el amor con mi esposa. ¡Maldita sea!—perdió los estribos, era tan frustrante.

—Lo siento, pero yo a usted no lo quiero compartido, tal vez yo no debí ser una reina después de todo. ¿De qué me sirve pavonearme con una corona si todos saben que usted recibe en su cama a cualquier mujerzuela inmunda? Solo he sido la hazmereir de todos ustedes. Ni siquiera sus hombres ni la servidumbre se dirige hacia mí con respeto, todos me ven como una niña perdida que tuvo la suerte de ser acogida por usted.

—Eso podemos arreglarlo inmediatamente.

La llevó de la mano, con fuerza, de vuelta al salón de actividades y se posó con ella en medio de todos.

—Tal vez muchos de ustedes aún no puedan asimilar esta unión, y me refiero principalmente a mi gente, a mi familia. Quiero que tengan presente una cosa, ella es mi reina, es su reina y será honrada como tal por todos y cada uno de ustedes. Quiero que cada vez que ella pase delante de sus ojos, se inclinen hacia ella, se arrodillen si es posible como lo hacen conmigo. Si no pueden respetar a mi reina, entonces me estarán insultando a mí. ¡De rodillas!—le ordenó a todos.

Todos los presentes se arrodillaron, los de edad avanzada se inclinaron y cada soldado presente se arrodilló, incluyendo la servidumbre, los hermanos de Terry.

—Sir William.—a regañadientes el soldado se arrodilló y Candy supo que viniendo de un hombre como él, debió costarle mucho en su orgullo, pero sabía que era un hombre fiel que además apreciaba a Terry como su fuera su propio hijo. Ella le extendió la mano para que se pusiera de pie, William aceptó el humilde gesto sorprendido.

—No tenías por qué hacer esto…—le reprochó a Terry de modo que solo él la oyera.

—No estabas complacida, me ocupé de ello.

—Sí, pero…

Una vez más Terry fue interrumpido, quedando Candy libre. Todo estaba perfecto hasta que vio a Eliana llegar. Sintió una rabia tan profunda, se sintió burlada. No quiso enfrentarla, tomó una copa de vino y se la bebió como si fuese una limonada, lo mismo hizo con varias copas.

—¿Quién te invitó?—Terry estaba nervioso, buscaba a Candy por todas partes.

—No quería venir, pero tu hermano insistió.

—¿Mi hermano?

—Albert me pidió que preparara al pobrecito Robert para su pronto casamiento.

—Justo hoy. ¡En mi casa!

Terry buscaba a Candy entre la multitud. Estaba como alma que llevaba el diablo, no daba con ella, pero en el camino se encontró a Albert y de mala gana lo llevó a parte.

—¿Qué diablos pensaste cuando invitaste a Eliana aquí?

—En ayudar a nuestro hermanito, no sabía que ella tenía prohibida la entrada.

—¡Pero será que eres idiota! Aquí vive mi esposa, acabas de humillarla públicamente.

—¿Ella sabe de Eliana?

—¡Ayúdame a encontrar a Candy!

Robert se había retirado a su habitación harto de ser acediado por mujeres oportunistas. Justo cuando creyó encontrar la paz…

—Hola, guapo…—se le presentó Eliana con una bata transparente, mordiendo una manzana, él tragó hondo.

—Creo que usted se debe haber equivocado de habitación, si busca a mi hermano, su habitación es…

—Te estaba buscando a ti…—se le acercó y comenzó a tocarlo, Robert quería morirse.

—Lo siento, señorita, pero este no es un buen momento, estoy cansado y…

Eliana lo lanzó a la cama y se le fue encima.

Divisó a Candy bailando con un joven, evidentemente pasada de copas.

Continuará…


¡Hola hermosas!

Dado a sus comentarios y su deseo de que actualizara lo antes posible, me propuse esa tarea, pero hubo una serie de inconvenientes que me lo impidieron, una de ellas la muerte de mi teclado que me impidió actualizar el pasado fin de semana, pero gracias a Dios ya compré uno y aquí estamos.

Esta historia no será muy larga, además porque pienso dejarla terminada antes de irme de vacaciones, pues en mi viaje me desconectaré del mundo jejeje. Tendrá d capítulos más y posiblemente un epílogo, dependiendo de como siga desarrollándose, debido a los cambios que he hecho que han cambiado varias cosas de mi idea original.

Gracias por comentar, sufrí mucho cuando pedían actualizar y yo no podía, esperemos que no haya más inconvenientes, muchas gracias por su apoyo en todo sentido.

Alguien me preguntó en una ocasión si yo era venezolana, curiosamente es la segunda persona que me lo pregunta, bueno, soy dominicana y resido en Puerto Rico desde hace 21 años (tengo 28).

Bueno, me despido.

Wendy G.