Holaaa! Sé que no escribo hace rato, pero esque estoy como dispersa y para ser suuuuuuuper sincera, se me olvido D: Pero ahora el capi está aquí, y me encanta recibir y contestar reviews. Este me salió un pelín largo, pero tómenlo como una compensación por la espera. Muchas gracias por los comentarios, en serio, se pasaron de lindos. :33 Recomiendo la canción del título para música de fondo "No Surprise" de Aerosmith, súper buena.
GRACE
Apenas llegamos a la casa, Isabel tomó sus cosas del asiento trasero y corrió a su alcoba. No sin antes enviarle una mirada asesina a Rachel, por supuesto. Ésta última también tomó sus bolsas y una parte de los adornos, para entrar a la casa. Me dispuse a seguirla, porque no iba a tolerar que se guardase lo que sea que tenga que guardar. Lo ÚNICO que le pedí a Isabel antes de que ella llegara, fue que pudiese ser amable con ella. Pero no pudo tolerar ni veinticuatro horas sin extorsionar a la pobre Rachel. Ahora yo estaba furiosa. No iba a permitir que esas dos estén jugando al gato y el perro en las vísperas, y mucho menos arruinar mi primera Navidad. Bueno, no Navidad sino Nochebuena. Le prometí a mis padres que a la mañana siguiente iría a visitarlos. Cosas de nuestro trato. Dejé las bolsas junto al pino de la entrada y me quité la chaqueta empapada por la llovizna de afuera que nos tomó por sorpresa. Ojalá Sam y Cole ya estén cerca. Miré a Rachel y esta se comenzó a mover nerviosa.
-Wow, hace hambre ¿No crees-me dijo-. Dame tu teléfono, estoy de ánimos para invitarles una pizza a todos.
-Rach...
-No dejes pasar la oportunidad, Grace. O puede que me arrepienta.
-¿Qué te hizo Isabel?
-¿Quién? ¿La princesa de hielo? ¡Pero se ha portado estupendamente conmigo!
-Entonces, ¿No hay nada que yo deba saber?
-No. Despreocúpate.
-Está bien.
Esperé un momento. Si le había hecho algo grave, no lo diría. Y tendría una seria conversación con Isabel. Si era un chisme o un secreto, Rachel no se iba a aguantar y me lo diría antes de la noche. No es muy confidente.
-Okey, si te lo digo no puedes decir nada-había acertado-. He visto a Isabel comprar un libro...comprometedor. Digamos que se lee de a dos.
-No comprendo.
-Y yo no quiero seguir explicando-se sonrojó levemente-. Que tu inocente cabeza no haya comprendido no es mi problema.
Así que no pregunté mas. Rachel no sufría peligro aparente, por lo que no tenía de que preocuprme. Afuera llovían gotas del tamaño de pelotas de fútbol acompañadas por un frío que se colaba por una ventana entreabierta. La cerré como un reflejo. Estaba preocupada. Preocupadísima. Escuché un aullido lastimero desde el bosque, aunque no lo reconocí
Algo iba mal
ISABEL
Al llegar a mi pieza descubrí que la cama aún no estaba hecha. No era fanática del desorden, pero en ese momento me parecía un esfuerzo inalcanzable ponerme a ordenar mi ropa y zapatos. Al terminar de empaquetar los regalos los escondí en el cajón debajo del escritorio. Iba a ponerle la clave al candado cuando los escuché. Aullidos. Ellos, los que no conocía. Aullaban todas las noches, sin falta; y cuando lo hacían me sentía una completa intrusa. Lo único que me unía a ellos era Jack, y ahora que no está... pues... al escucharlos siento que susurran en un idioma inteligible "¿Entonces, qué haces aquí?" La verdad es que yo no sabía la respuesta a esa pregunta. Y tratar de contestarla me hacía sentir mal. Muy sola. Porque lo había dejado todo, le había dado la espalda a todo lo que tenía para venir a un lugar donde por las noches me sentía excluida. "¿Entonces, qué haces aquí?"
Definitivamente no quería que Cole fuese la respuesta a esa pregunta. Pero malditamente parecía que lo era. Bastardo.
Cerré el candado ausente, deseando que pararan de aullar su cantinela en el bosque. Pero entonces, oí un aullido lastimero, quejumbroso. Que te partía el alma en dos. Y también noté que a ese lobo nunca lo había oído, lo que era realmente extraño, porque toda la manada cantaba por las noches (bueno, lo que quedaba de la manada). Sin falta.
Y sólo había tres lobos a quienes no había oído aullar jamás: Sam, Cole y Grace. Una estaba abajo, bien humana. El otro estaba bien curado.
Otro tenía todas las de perder.
Dejé lo que estaba haciendo y me puse de pie. Corrí escaleras abajo mientras mi cabeza repetía "Oh mierda, mierda, mierda. No no no no no NO". Ni siquiera tuve tiempo de tomar la chaqueta, o de ver las miradas sorprendidas de Rachel y Grace. Quería que parara de aullar. Tenía que comprobar que ese lobo no tuviese ojos verdes. Y si los tenía, averiguar qué le había sucedido para que aullase de esa manera. Porque a mi me helaba más ese sonido que la lluvia en mi pelo suelto.
Salté la verja que separaba el patio del bosque sin preocuparme de romper mis caros pantalones en aquel olímpico salto. No paraba de aullar. Y la desesperación me estaba volviendo loca. Cada vez sonaba más como un quejido y era terrible. Terrible de verdad. Corría por el bosque esquivando pinos y otras coníferas. Caí al suelo y me volví a levantar, manchada de barro.
-Maldito seas, Cole-mascullé-. Maldito seas.
Seguí corriendo preguntándome qué tan lejos estaría ese lobo lastimado, cuando pararía de llover y si alguien me estaría buscando. Corriendo me di cuenta de que me seguía a trote un lobo pardo, de ojos oscuros y divertidos. Pero compartía mi preocupación. Recé porque no se me tirara encima. Se le unió otro más oscuro, de aspecto hosco; y ahí me empecé a asustar de verdad. Pero no detuvo mi carrera. Volví a tropezarme con un montículo de tierra y me embarré de nuevo. Decidí darme por vencida y me quité los enormes taconazos. Susurré un "Perdonen" y corrí descalza. Se estaba mucho mejor así. El par de lobos se había detenido a esperarme y ahora me miraban desesperados "¿¡Quieres apresurarte!?" Sentí que me gritaban.
-Ya voy-gruñí.
Esto me estaba poniendo de muy mal humor. Estaba haciendo méritos para ganarme una buena pulmonía. El aullido se sentía cada vez más y más cerca de donde estaba, y eso me hizo correr más rápido todavía. Los lobos dejaron de trotar y comenzaron a correr de veras. No sé como carajos lo hice, pero pude seguirles el ritmo. Al llegar a un pequeño claro lleno de nieve, divisé un lobo de pelaje amarillento y ojos saltones color caoba. Ese no era Cole ¡Ese no era Cole! No sabía si sentirme aliviada o cabreada de veras: debí haber corrido mínimo un kilómetro y poco más bajo la lluvia y completamente descalza. El pelo me goteaba a chorros, como una cascada de agua. Ese lobo seguía aullando tortuosamente, cuando me miró. Y solo entonces se calmó. Nunca lo había visto. Pero sus ojos inocentes y sabios se me hacían conocidos, como los de un póster de una película. Pero no los ojos del protagonista, sino de los secundarios, como el mejor amigo. Lancé un bufido y me dispuse a largarme. Caí al suelo fatigada y con la respiración espasmódica. No tenía aliento y tampoco sentía los condenados pies entumecidos. Escuché otro quejido. Y ahí decidí mi estado: Absolutamente cabreada.
-Ya cállate-le recriminé-. Sabes que no hago esto por ti ¿verdad? Me gustaría no hacerlo por nadie, en realidad.
El lobo me seguía mirando, como quién mira un cuadro de arte abstracto.
-Lárgate, si no tienes nada mejor que hacer.
Entonces gimió con fuerza y empezó a convulsionar. Oh, no ¡Oh, no! Yo ya conocía esas convulsiones. Se estaba transformando. Quise mirar para otro lado, pero fue demasiado tarde: pude ver nueva piel tratando de adaptarse a un esqueleto cambiante. Me entraron ganas de vomitar. Me paré para ayudarlo en cuanto dejó de temblar. Era flacucho, casi raquítico. Pero no tan escalofriante como Sam el emo. Su piel estaba ligeramente bronceada y tenía unas pocas pecas arreboladas junto a su nariz en su rostro aniñado. Su cabello era de un color trigueño brillante, y sus ojos, gigantes canicas caoba.
-Ayuda-murmuró-.
No, Isabel. No lo hagas. Tú no eres una mártir. Del otro lado había un pequeño hilillo de sangre sobre la blanca nieve. Tenía un zarpazo cerca de la costilla derecha. Se me hacía cada vez más difícil no ayudarlo.
-Por favor.
Y ahí estaba: ese "por favor" derrumbó todos mis bloques de indiferencia. Lo ayudé a pararse y me quité la sudadera para entregársela. Debajo traía una insignificante polera sin mangas negra, que me iba a condenar a morir de frío. Él comenzó a ponérsela para cubrirse los brazos. Lo detuve.
-¡Ey no te la he pasado para eso!-le recriminé-. Si mi problema es que no te congeles conmigo, no te daría nada. Cúbrete.
-No eres muy buena en esto de ayudar ¿verdad?
Me sorprendió escucharlo hablar en un tono que no fuera quejumbroso. No le respondí porque en efecto, tenía toda la razón.
-Aunque eso no quiere decir que seas mala persona. Si lo fueras, no me ayudarías sabiendo que no soy a quién deseabas ayudar-su certeza me espantaba. Quería que se callara, que parara de decir sus retorcidos análisis-. Pero no entiendo tu postura, el cuerpo humano fue creado para...
-Me estoy arrepintiendo, chico. No cruces la raya. No me gusta estar incómoda, eso es todo.
-Oh, lo siento entonces-respondió-. Por cierto, ¿A quién buscabas?
-A nadie, un imbécil.
-Sutil. Soy Jeremy ¿Y tú?
Me detuve en seco. Si de algo prestaba atención a todas las bobadas que decía Cole de vez en cuando, era de cosas de su vida. Su algo de su santa banda se llamaba Jeremy, y uno de los sujetos de la caratula era escalofriantemente igual a este tipo. Me asusté un momento.
-S-s-oy Isabel-tartamudeé-. Me llamo Isabel Culpeper, y no tengo nada que ver con los lobos.
-Qué suerte.
Seguimos caminando en silencio. Jeremy no se quejaba, pero aceleré el paso en vista de su alarmante herida que amenazaba con infectarse. Al llegar junto a mis zapatos lancé un suspiro: estaban hechos una pena, igual que yo. Los recogí sin preocuparme por el lodo, ya que estaba cubierta de él. Hubo un momento en el que ya no pude fingir que no me importaba y le pregunté al chico:
-¿De casualidad no eres el Jeremy de NARKOTIKA?
Me miró como si le hubiese preguntado si era hombre o mujer.
-Ese mismo ¿Eres fan?
-Prefiero los clásicos-contesté-. Mira Jeremy, te vas a llevar unas no muy gratas sorpresas al llegar.
Los pies ya no los sentía en absoluto. Iba a tener que meterme a la bañera un buen rato. Estornudé sonoramente y maldije por lo bajo al mal parido de Cole. O mejor dicho, a mi imbécil corazón. Esto apesta. El amor apesta. Querer a una persona es de lo peor. Te hace hacer cosas que no harías jamás: como ayudar a un licántropo herido. Ni que fuera la Madre Teresa. No me tenía que acostumbrar a esto, porque perdí unos buenos dólares en ropa y mi salud.
Estúpida, estúpida, estúpida.
