Tras la lente - Capítulo 09

Para cuando volvió a ser consciente de todo lo que le rodeaba, se percató de que el sol ya había salido y lo primero que se preguntó a sí mismo fue la hora. No obstante, aquella acción se vio interrumpida cuando notó que estaba agarrando algo, algo cálido y que además olía bastante bien. Abrió los ojos cuidando no quedarse ciego por el cambio de iluminación y entonces se topó de frente con el rostro de Antonio dormido. Bajó lentamente los ojos azules, con miedo a moverse y que esto provocara que el hispano se despertara, y se fijó en que estaba abrazándole.

Los colores se le subieron a las mejillas. Su reacción fue repentina, como si le hubiera dado un suave calambre, y se apartó del español, con las manos en alto, intentando evitar tocar cualquier cosa. En su cabeza se repetía una y otra vez una simple frase: "He estado durmiendo con Antonio entre mis brazos" y fue curiosa esa mezcla entre nerviosismo y emoción que se desató en su fuero interno. Perdido en sus propios delirios, Francis estuvo mirando fijamente a Antonio, pegado al filo del colchón, cuando de repente una voz se alzó por encima de todo y cruzó el pasillo hasta entrar en su estancia.

— ¡Francis, cariño, he preparado tortitas! ¡Bajad a desayunar antes de que se haga demasiado tarde! —exclamó la voz dulce y harmoniosa de Marie.

Pegó tal bote que tuvo que agarrarse a la mesita de noche y al borde del colchón para no caerse al suelo. Por un momento, el corazón parecía que se le iba a salir por la boca. Se incorporó en el lecho y una mano se posó en su pecho, como si eso fuera a relajar el ritmo cardiaco. Ladeó el rostro para ver a Antonio y se encontró con que no se había movido ni un solo milímetro. Su expresión de nuevo fue sorprendida y temiendo que fuera capaz de dormir hasta el fin de los días, se aproximó para ver lo que podía hacerle para arrancarle de ese sueño que parecía bastante profundo.

— Antonio, despierta. Mi madre ha preparado el desayuno. Si nos vamos sin comer, seguro que se pondrá de morros. Además, tenemos aún que vestirnos y adecentarnos —dijo el de ojos azules, con un tono suave y, sin poderlo evitar, cariñoso. De nuevo, el modelo prosiguió con su tarea y no reaccionó ni un ápice. El francés arqueó una de sus cejas rubias, incrédulo, y concluyó que debía cambiar de estrategia. Llevó una mano a su hombro derecho y con delicadez le fue zarandeando—. Antonioo, venga... No seas remolón. Si no nos levantamos pronto, seguro que llegaremos tarde al aeropuerto.

De nuevo la respuesta era nula, así que su siguiente idea fue agarrarle de los dos hombros y levantarle ligeramente para poder zarandearle por completo. La cabeza del español caía ligeramente hacia atrás y por mucho que lo sacudió, hablando ahora con un tono de voz bastante alto, al varón no parecía importarle. Bonnefoy, con los ojos desorbitados y la boca abierta en una mueca desencajada, no sabía qué más hacer. Si no fuera porque respiraba, en serio pensaría que se había muerto durante la noche. Lo siguiente que hizo fue poner música y prácticamente gritarle un "buenos días". Sólo en ese momento, Antonio se dio la vuelta y gruñó. Le vio incluso agarrar la almohada y ponérsela sobre la oreja. Ese era el instante idóneo para atacar e impedir que volviera a dormirse, así que corrió hacia él, se le lanzó encima, sentándose sobre su cadera con una rodilla a cada lado de su cuerpo, y le fue sacudiendo el hombro que le quedaba más a mano.

— ¡No te duermas! ¡Ahora no te duermas! ¡Maldita sea, ¿es que no te despiertas ni queriendo?! ¡Empiezo a pensar que ni la artillería pesada te molestaría! Vengaaa... No te duermas de nuevo, por favooorrr... —suplicó Francis, aún desesperado, zarandeando al hispano.

Con tal ataque, no había manera de regresar de manera eficiente al placentero sueño, así que volvió a gruñir y se asomó por el borde de la almohada. Ignorante a todos los otros intentos del francés, le observó confundido. Éste parecía muy angustiado y empezaba a preguntarse si es que había ocurrido una desgracia mientras él estaba durmiendo cómodamente.

— ¿Qué pasa? ¿Es que se quema algo...? —murmuró por lo bajo, aún con aire somnoliento.

— ¡Madre mía! ¡Por fin! No había Dios que te despertara. He temido por un momento que te hubieras sumido en un coma del que no pudieras despertar, ¿sabes?

— Digamos que tengo el sueño un poco profundo —comentó Antonio sin darle importancia. Justo a continuación, su boca se abrió y bostezó sonoramente, sin preocuparse de cubrirse o contenerse. Lo peor es que le contagió a Francis, que poco después repitió el gesto, aunque él cubriéndose la boca.

— Un poco profundo... ¿¡Un poco!? Estabas comatoso, Antonio. ¡Comatoso! He estado gritando un buen rato. Si hubiera seguido más, seguro que mi madre hubiese venido a comprobar que estuviéramos bien. Podrías habérmelo dicho, así al menos hubiese puesto una alarma para evitar que esto ocurriera. Si me pongo afónico en un rato, que no te extrañe porque...

Mientras iba escuchando ese discurso de Francis, el español pensó que le molestaba que sonara tan indignado de buena mañana. Tenía sus motivos para estar tan cansado, así que lo que no deseaba que le echaran un sermón nada más despertarse. A medida que ignoraba sus palabras, fue pensando en una manera de conseguir que se callara o que, al menos, dejara esa indignación guardada en la recámara. En esos instantes, su cerebro sólo le dio una opción. Por eso mismo agarró su brazo, tiró de él un poco, lo suficiente para que bajara un trecho, se inclinó y le dio un beso. Fue un contacto breve, fugaz, puesto que Antonio se apartó y se dejó caer sobre la cama de manera prácticamente inmediata. No obstante, la táctica fue todo un éxito y Francis, con los ojos abiertos de par en par, miraba ido hacia el español, en absoluto silencio.

— Eh... ¿Eso a qué ha venido? —preguntó en voz baja, aguantando la reacción que aquello había provocado, para que ésta no saliera al exterior. Tenía ganas de besos y de lo que no eran besos también, pero no dejaban de estar en casa de sus padres.

— Lo he hecho para que no chillaras tanto. Sé que tengo un problema, que duermo profundamente y que me cuesta despertar. También es cierto que debería habértelo dicho, pero ahora ya no viene al caso. Estoy recién levantado y no quiero un sermón... Así que, te he besado para ver si así te relajabas. Ha funcionado.

Había funcionado, sí, pero precisamente muy relajado no es que le hubiera dejado. El francés, haciendo acopio de toda su fortaleza, suspiró, se echó a un lado y controló la bestia que llevaba dentro. Un minuto después miró de soslayo al hispano, que por fin se levantaba y empezaba a vestirse. La voz de su madre volvió a sonar, impaciente, así que se levantó y también se fue poniendo las prendas de ropa.

Se fijó en que Antonio estaba algo ojeroso y le pareció curioso, ya que fue el primero en dormirse. El francés desconocía que a media noche se había despertado y había permanecido una hora larga sin poder pegar ojo. Por eso mismo no pudo ser tan parlanchín como solía serlo y durante el desayuno fue comiendo en silencio. Únicamente despegó los labios para decirle a la señora Bonnefoy que la comida estaba deliciosa y que le agradecía la molestia que se había tomado para preparar todo aquello.

Media hora después habían terminado y estaban listos para marcharse. Francis se despidió de sus padres, los únicos que quedaban en la casa ya que Sheila y su novio se habían marchado la noche anterior. Se dio cuenta de algo: aunque le dijeron que estaban encantados de conocerle, por mera cortesía (y se notaba), ninguno le dijo que le gustaría volver a verle en esa casa. Estaba claro que el día que el rubio tuviera un novio de verdad, las cosas no iban a ser nada fáciles para ellos.

— Intentaré no tardar tanto en venir la próxima vez —dijo por compromiso el francés. Si podía, no volvería hasta que fuera alguna otra festividad o su madre jugara emocionalmente con él hasta el punto de que no le quedara más remedio.

— No hace falta que nos mientas, en cuanto vuelvas a París volverás a tener la cabeza llena de pájaros y te olvidarás de nosotros —comentó la madre entre airosa y despechada. Antonio admiraba la manera en que podía expresar dos sentimientos tan dispares de manera tan uniforme.

Poco después, la puerta se cerró y ellos se quedaron a solas en la calle, esperando al taxi que les llevaría al aeropuerto para por fin poder volver cada uno a su casa. Francis suspiró pesadamente y después de ese instante, se giró para ver a Antonio. El hispano le dio una palmadita reconfortante en el brazo y acto seguido levantó el pulgar, para hacerle ver que había sido todo un éxito.

— Gracias por todo. Creo que es la primera vez que, a pesar del último reproche, me vuelvo a París con la sensación de haberles ganado el asalto —dijo el rubio, sonriéndole cándido. No tenía la habilidad suficiente como para poder expresar toda la gratitud que sentía en ese momento.

— No me las des, Francis. Si tienes que demostrarle a alguien que eres gay también, puedo volver a hacerme pasar por tu novio de nuevo. Ya has visto que eso de actuar se me da bien y que puedo enfrentarme a quien sea.

De repente escucharon un carraspeo a sus espaldas y a ambos se les heló la sangre. Lentamente, casi a la vez, se fueron girando hasta que pudieron ver a los padres de Francis, que les observaban con auténtica decepción. El que peor lo estaba pasando en ese momento era el rubio, que no sabía qué hacer para desaparecer del mapa. No había sido la mejor idea hablar de todo aquello cerca de su casa, pero tampoco esperaba que salieran de nuevo para espiarles.

— Francis Bonnefoy, debería darte vergüenza, jovencito. Que nos hayas engañado a todos, a tu familia, únicamente para sentirte como el vencedor. Como si fueras un niño de cinco años. ¿Vencedor de qué? ¿Te parece bonito presentarte con un desconocido en casa y fingir que estás saliendo con él? ¡Encima un hombre! —exclamó su madre, exaltada.

— Esto es lo más patético que has hecho en toda tu vida, Francis. ¿Qué pretendías? Entiendo que tengas celos de tu hermana, porque cada vez que viene a casa nos da toda una alegría, ¿pero en serio creías que nos gustaría ver que vienes con un tipo extraño a casa? Has arruinado la cena de la víspera de navidad y, ahora que sabemos que todo era una farsa, encima nos sentimos engañados y extraños al pensar que un sinvergüenza ha estado durmiendo en nuestro hogar. ¿Y si hubiera sido un engaño y nos hubiera robado a todos?

— ¿Cuánto te ha pagado para todo esto? ¿Cien? ¿Dos cientos euros? —le preguntó Marie a Antonio, mirándole de manera crítica—. Los de tu profesión deberíais tener un poco más de corazón y no aprovecharos de la gente insegura y débil, como Francis.

El rubio estaba entre horrorizado por haber sido descubierto, horrorizado por lo que estaban insinuando de Antonio y enfadado por lo que estaban insinuando de él. Sin embargo, no era el único que experimentaba uno de esos sentimientos, el español, que había estado indignándose cada vez más por cómo trataban al fotógrafo, no se sintió mucho mejor cuando empezaron esa especie de acusación hacia su persona. Por eso mismo, antes de que la cosa fuera a más y no pudiera callarse ni una sola palabra respecto a lo que pensaba de ellos, el hispano interrumpió.

— Un momento, un momento, un momento... ¿Está usted, señora, insinuando que soy un prostituto y que he aceptado el dinero de su hijo para hacerme pasar por su novio? —le preguntó. Antes de que respondiera, pues en su mirada se veía bien lo que iba a decir, habló de nuevo, atropellando el inicio de la frase de Marie—. Déjenme decirles que están muy, pero que muy equivocados. Sí, Francis y yo no somos novios, no hace tres meses que salimos y no nos conocimos en el transporte público. Su hijo viene en motocicleta al trabajo y yo me pago un taxi, porque dinero tengo de sobras y no es de prostituirme precisamente. Pero tengo algo que decirle que sí que es verdad. Hace prácticamente tres meses que su hijo y yo lo hacemos como conejos siempre que podemos.

Si había estado en shock antes de que Antonio hablara, ahora mismo le daba la sensación de que no podía ni respirar adecuadamente. Fernández sonreía a los estupefactos señores Bonnefoy con inocencia, casi como si estuviera narrando un hermoso cuento infantil. No le importaba la cara que pusieran, es más, lo buscaba porque no podía permitir por más tiempo que les vejaran. Le habían enfadado y ahora él les iba a dejar bien fastidiados.

— Así que, ya que ha salido la verdad a relucir, les diré que muchas gracias por haber cuidado y educado a su hijo hasta que éste se ha convertido en un hombre excelente. No sólo eso, además debo decir que el tío es un tigre en la cama. Cuando se pone a ello, no hay quien lo pare. Como un motor a diesel, da y da tooodo lo que tiene —ante esa última declaración, Marie jadeó ahogadamente, horripilada. El español, en ese momento el rey del juego, tomó la mano de Francis y les dirigió una sonrisa encantadora, como si fuese la persona más amable sobre la faz de la Tierra—. Así que muchas gracias por su hospitalidad y por el hijo tan bien dotado que tienen. Me alegro mucho de tenerle bien cerca, ya me entienden~ Adiós, que tengan feliz navidad.

Sin dejarles tiempo a responder, Antonio viró sobre sus talones y se montó en el taxi, que hacía un par de minutos que estaba allí. El conductor había estado observando esa escenita digna de película y aún cuando le habían dicho a dónde querían ir, le costó dos segundos arrancar el vehículo. No había escuchado bien lo que hablaban esas personas pero, por la cara que se les había quedado a esos señores, no había sido nada agradable. Al cabo de un minuto, cuando prácticamente ya iban hacia la periferia de Lyon, Francis suspiró y dejó que su tenso cuerpo se fuera relajando lentamente.

— Joder. Madre mía. Todo eso que les has dicho... Guau. No creo que pueda volver en meses a esa casa, aunque ahora que lo pienso es toda una ventaja. ¡Pero madre mía! Les has dicho que...

— Si vas a echarme la bronca, en mi defensa debo decir que tu madre había insinuado que era un puto —pero, para su sorpresa, de repente escuchó que Francis se echaba a reír. Ladeó el rostro y se lo encontró con la cabeza apoyada sobre el asiento y la mano izquierda cubriendo sus ojos. Arqueó una ceja, confundido por ese cambio de actitud—. ¿Por qué estás actuando tan raro? Si te va a dar un ataque de ansiedad, quizás deberíamos decirle al taxista que nos llevara al hospital.

— N-no, no... Si de verdad me parece gracioso. ¡La cara de mi padre! Creo que en la vida le había visto tan, pero tan traumatizado. Y la de mi madre... Joder, ha sido bastante épico ahora que lo pienso. Es una lástima que no lo haya podido grabar. Hubiera sido genial tener el recuerdo para siempre —comentó aún risueño el francés. Después de todo el estrés, ahora que estaba lejos, lo encontraba hasta gracioso. Estaba claro que sólo Antonio podría haber hecho algo por el estilo. Posiblemente alguien normal se hubiera quedado callado, con la cabeza gacha, aguantando quizás las ganas incluso de llorar. Pero eso no se aplicaba a Fernández, que pronto había acudido al rescate y les había defendido a los dos—. Eres increíble.

— No sería "increíble" la palabra con la que me definiría, precisamente, pero te agradezco el piropo —dijo Antonio sonriendo con tranquilidad.

El tema duró durante todo el viaje e incluso les hizo reír durante un rato hasta llegar a las lágrimas y todo. No dejaban de imaginar estupideces y, por primera vez en bastante tiempo, al francés no le importaba en absoluto lo que pensaran sus progenitores. Le habían estado fastidiando durante tantísimos años que ahora pensar en que ellos estarían atormentados ante la innegable verdad de que su hijo tenía una parte homosexual no le producía nada. Definitivamente, estar con Antonio le hacía bien y ese chico le agradaba. Por eso mismo, cuando bajaron del avión, antes de que salieran del recinto, el francés sujetó la mano del hispano, tiró de él, atrayéndole contra su cuerpo, y estrechó su cintura entre sus brazos.

Antonio echó el torso hacia atrás, para poderle ver y sus manos se posaron en los hombros del rubio. En su cara había una expresión ligeramente confundida aunque, al mismo tiempo, tenía una sonrisa distraída. Francis inspiró hondo y despertó de ese momento de coma mental cuando escuchó la voz de su compañero de trabajo.

— ¿Estás bien? De repente me has abrazado de esta manera... Si vas a darme las gracias de nuevo, te lo puedes ahorrar. Me voy a cansar al final de decirte que lo he hecho porque he querido, ¿eh? —le comentó jovial, palmeando el brazo derecho.

— La verdad es que sí, que quería darte las gracias, pero no sólo por venir, también por lo de esta mañana. Considero que ha sido genial y agradezco que te metieras en tal compromiso con unas personas a las que a duras penas conoces tan sólo por mí —le dijo más serio de lo normal, observándole—. Pero no es únicamente eso, quería decirte algo más. Me lo he pasado muy bien contigo estos días, el sexo es impresionante y me pareces una maravillosa persona —la mano derecha del francés subió más sobre la espalda, aproximándole a él, y se quedó cerca de sus labios, hablando en un susurro—. ¿Por qué no sales conmigo? Nada de fingir, ¿serías mi novio de verdad?

Los ojos verdes del hispano se abrieron más, con sorpresa, y no podía decir que su corazón se hubiese quedado en reposo después de haberle escuchado decir aquello. El brazo izquierdo del galo se desplazó hasta que su mano cazó la de Antonio entre la suya, la elevó y se la acercó a los labios para besarla, galán, sin aprovecharse ni ser desagradable.

— Me gustas: ya no sólo físicamente, también psicológicamente. Me gustaría poder salir contigo por la calle, evitar tener nuestros encuentros en un sitio donde trabajamos y corremos peligro, poderlo hacer cuando queramos, besarte y cubrirte de mimos. Sé que hasta ahora parecía un poco torpe, desorientado, inseguro, pero quiero demostrarte que es todo parte del pasado. Puedo ser el mejor amante y novio que hayas tenido en toda tu vida, estoy seguro de eso. Te haré quererme un montón y yo te querré de la misma manera~ Antes de que lo preguntes: no, esto no es ninguna broma.

No podía ni imaginar qué era lo que le pasaba por la cabeza al español, pero se le veía bastante chocado y sin capacidad alguna de reaccionar. No soltó la mano aunque, por respeto, no le dio ningún beso más. Lo decía en serio, quería ser su novio, verle fuera del trabajo, vestido de esa manera elegante y que le hacía perder el norte. Estaba seguro, por dentro, de que ahora le vendrían una tanda de preguntas de Antonio, que seguramente necesitaría tiempo para procesar que se le acababan de declarar. Sin embargo, la mano del español se apartó de esa que le sujetaba con mimo y, antes de poderse apartar demasiado, acarició la mejilla del galo, con una sonrisa.

— Vale —le contestó, escueto.

Le dejó un momento para que el que lo asimilara fuera Francis. Se dio cuenta de la reacción que había tenido: se le había aflojado la mandíbula y, además, tenía los ojos como platos. No había que ser un lince para entender que el pobre francesito, a pesar de toda la parafernalia, no había esperado que aceptara a la primera. Apartó la mano de su mejilla y con paciencia esperó, observándole con una sonrisa cariñosa. Estaba visto que el galo no era capaz de reaccionar rápidamente ante lo inesperado.

— ¿Estás seguro? Quiero decir... Sí, te lo he dicho yo, pero vas a tener que acostumbrarte a mí y soy muy pegajoso. ¿No vas a pensártelo siquiera?

— Llevo pensándolo días, desde que me dijiste si podía ser tu novio falso —comentó Antonio despreocupado—. Si te soy sincero, estaba dándole vueltas para ver si podía proponértelo de alguna manera que no te asustara. Pero bueno, te me has adelantado, así que te digo que sí. No me importa que seas meloso, pegajoso y un pervertido, puedo tolerarlo. Si te pones muy pesado, te puedo poner firme para que te comportes.

— Ayer por la noche me costó dormirme porque me quedé mirándote, ¿en serio quieres? —le preguntó con las cejas alzadas, sorprendido por todo lo que le había dicho. No podía creer que el español también hubiera estado pensando en pedirle ser novios.

— Te seré sincero: me desperté de madrugada y ya estabas durmiendo. Por algún motivo, me quedé también un rato mirándote, sin poder dormir. Tienes cara de angelito cuando duermes, ¿sabes? —comentó con una sonrisa—. Así que sí, estoy seguro de que quiero y lo digo en serio. Además, tú lo has dicho, está empezando a ser peligroso eso de hacerlo en el trabajo. Cuando terminemos con las fotos podríamos ir a mi piso algún día, no queda tan lejos, y allí hacer crujir el somier. Seguro que los vecinos me odiarán un montón.

Le sorprendía la tranquilidad, la jovialidad, el desparpajo con el que decía todo aquello. Hasta entonces había permanecido calmado porque no quería, de alguna manera, espantar a un hombre tan atractivo como él, pero ahora se daba cuenta de que se estaba preocupando más de la cuenta. Quería estar con Antonio, le gustaba un montón, le quería, así que lo mejor sería que se comportara como él era en realidad. No le haría feliz saber que al hispano le agradaba su manera de ser cuando no lo era. Apretó su cuerpo contra el propio, posó la mano derecha en su nuca y, sin esperar respuesta, le besó. El hispano levantó la mano derecha y ésta se asió a parte de la camisa del francés mientras correspondía a aquel contacto físico, que en ese momento significaba más que todos esos besos que habían compartido hasta el momento. No se prolongó demasiado y Francis se controló para no prender rápidamente. Sería bueno que no se le olvidara que se encontraban en un aeropuerto y que aún podían llamarles la atención. Cuando puso distancia entre ellos, tampoco fue tanta y se quedó con su frente apoyada contra la de él, con los ojos medio cerrados, deleitándose con el momento. Antonio le había dicho que sí, que quería ser su novio, y estaba tan feliz que ni lo podía expresar.

— No te arrepentirás de ello, Antonio —dijo en un susurro, íntimo y cálido—. Te haré feliz y te daré tanto cariño que, con el tiempo, no sabrás cómo has vivido sin mí.

— ¿Es eso una amenaza? —contestó el hispano con el mismo volumen de voz y en ademán tierno que le revolvió por dentro, de puro júbilo.

— ¿Una amenaza? No, no lo es. Se trata de una promesa. Y, para empezar, te demostraré lo que es tener una cita conmigo. ¿Qué te parece si quedamos para cenar? No tengo planes para hoy y, al fin y al cabo, es navidad. ¿No crees que es el momento ideal para estar con tu novio?

Al ver la sonrisa traviesa, Fernández casi empezó a reírse. Era como el niño pequeño que había hecho algo y buscaba reconocimiento. Sí, hacía a duras penas minutos que habían dado ese paso y el galo ya estaba usando el apelativo "novio", con mucho orgullo. No es que le molestara, claro que no, pero se le hacía curioso y le provocaba un cosquilleo en el estómago.

— Tengo una idea mejor: ¿y si vamos a comer y luego a pasear o al cine? Cuando salgamos de la sala o terminemos el paseo, me dejas en casa para que pueda cambiarme y todo eso y luego vamos a cenar a donde tú quieras. De esta manera pasaríamos toda la navidad juntos y nos daría tiempo a conocernos mejor, a pasar más rato juntos fuera del trabajo. Creo que ahora tenemos que trabajar en eso, ¿no? Aunque yo también tengo el presentimiento de que cuanto más tiempo estemos en compañía del otro, más nos daremos cuenta de que hacemos buena pareja.

No hacía falta decir nada más, Antonio había dicho todo lo que le pasaba por la mente. Le sonrió, con un cariño que le fue imposible disimular, y le liberó de su agarre. Lo único que no soltó fue la mano derecha.

Así pues, de manera inesperada, después de un viaje extraño a casa de sus padres, Antonio y Francis empezaron su primera cita como novios. La comida fue curiosa ya que por ratos se miraban fijamente, como si no hubiera nadie más dentro de aquel recinto, y Francis era incapaz de no rozar su pierna con la propia o simplemente de no cogerle la mano y acariciarla con la suya. Pero, rato después, empezaban a charlar como si fueran viejos amigos, provocándose y riéndose a carcajadas cuando el otro soltaba alguna tontería.

¿Cuánto hacía que el modelo era consciente de que sentía más que atracción física por su fotógrafo? Semanas, eso seguro. Podía decirse que después del horror del hospital, tuvo más que claro que la preocupación desmesurada era de todo menos normal. El miedo le había paralizado el cuerpo y, de repente, hasta respirar parecía una tarea que se le había olvidado cómo debía hacerse. En aquel momento, Antonio hubiera hecho lo que fuese para sacar a Francis de allí y ponerle a salvo. Y cuando decía "lo que fuese", era realmente lo que fuese. De haber podido, se hubiese puesto en su lugar, bajo los cacharros, con tal de que estuviera bien.

Por eso, al llegar a su casa pensó en que la atracción física había mutado en algo totalmente diferente. No obstante, después de tanto tiempo, Antonio no se sentía tremendamente asustado o enfadado, más bien optimista ante lo que pudiera surgir. Lo único que le había faltado era la manera de decirlo.

Durante el paseo por el parque, Francis se negó a soltar la mano del español, no fuera que se esfumara. A pesar de sus arrebatos irracionales, que les hicieron prácticamente chocar el uno contra el otro cuando una farola quedó en medio de ambos y no la sortearon de manera adecuada, Antonio no le hizo ni un solo reproche. Es más, después de esa anécdota que seguro que en un futuro aún les haría reír más, el español entrelazó sus dedos con los del rubio, el cual no pudo controlar la amplia sonrisa que se le dibujó en la faz.

— Eh, ¿has visto eso? —dijo de repente Francis, señalando hacia una zona con árboles relativamente tupida. El hispano ladeó el rostro en la dirección pero, por su cara, no es que hubiese visto nada.

— ¿El qué? —le preguntó, interrogante.

— Había un conejo marrón y pequeño.

— ¿Me estás engañando para llevarme hacia los árboles, Francis? Porque lo del conejo parece un poco surrealista. Podrías decírmelo sin más rodeos, ¿no?

Sin embargo, el francés no le prestaba atención, seguía insistiendo en que había un conejo, en que seguro que le gustaría verlo. En cambio, una vez estuvieron un poco adentrados en el lugar, le empujó contra un árbol y le atrapó contra éste, con una sonrisa pícara. Antonio arqueó una ceja y su expresión parecía querer decir un: "Lo sabía". Descarado, Bonnefoy imitó una sonrisa inocente que, por mucho que lo intentara, era de todo menos eso mismo.

— Podría decírtelo sin rodeos, sí, pero de esta forma quedaba más disimulado para el resto del mundo, ¿no crees? —preguntó Francis, el cual ya había rodeado con sus brazos la cintura del español. Se aproximó hasta ser capaz de percibir su aliento, saboreando ese momento antes de besarle, lo cual no tardaría demasiado en hacer.

— ¿Es que no te puedes esperar a más tarde? —comentó risueño Antonio, aguantando las ganas de sellar sus labios de una vez por todas—. Si nos pillan besándonos en un lugar apartado del parque, contigo acorralándome contra un árbol, es posible que avisen a los guardias para que nos detengan.

— Si nos encarcelan juntos, aún podremos divertirnos hasta que nos suelten —replicó con una sonrisita el fotógrafo mientras su mente, imaginativa, daba rienda suelta a sus fetiches más estrambóticos.

— Si nos encarcelan, aunque sea juntos, no creo que tenga muchas ganas de sexo —dijo Antonio, pendiente de esos labios que estaban cercanos pero que no se acababan de juntar con los propios.

La tensión física estaba presente entre ellos y no dejaba de desear, una y otra vez, que se dejara de charlas y que le besara hasta dejarle sin aliento. Francis apoyó la lengua contra sus propios dientes incisivos y, por un momento, parecía que iba a hablar, lo cual le resultó tremendamente frustrante al hispano. Pero, de repente, el galo acortó la distancia y le besó, con necesidad. Tenía bien claro que no era el mejor lugar, pero tampoco quería esperarse hasta la noche y, por suerte, parecía ser que el hispano tampoco. En el frío de diciembre, ambos buscaban la calidez de los labios del otro y pronto los entreabrieron, profundizando en el gesto, buscando la lengua del otro. Aunque la chaqueta gruesa del galo a duras penas le dejaba notar su cuerpo, igualmente acarició su espalda mientras prolongaban aquel agradable roce.

Sin venir a cuento, percibió que Fernández sonreía contra sus labios un momento y bufaba de manera extraña sobre su boca. Al principio no es que le diera demasiada importancia pero de repente fue consciente de que ese bufido de antes no era otra cosa que una risa. Arqueó una ceja, confundido por esa actitud e intensificó el beso, adentrándose en su boca con la lengua, sometiendo la del español. La risa regresó en poco rato, en el momento más inoportuno, y se hizo raro estar besándole en ese instante. Se apartó ligeramente, un poco descontento y le fue dando besos cortos entre los que habló.

— ¿Por qué te estás riendo? ¿Es que de repente te parece extraño que nos besemos y te da la risa tonta? —murmuró a regañadientes el francés, disgustado por lo que en ese momento parecía incluso una falta de respeto hacia el instante que compartían.

— No, no es eso —murmuró el hispano con la sonrisa idiota curvando los labios—. Hay algo rozando mi cuello y me está haciendo cosquillas.

La respuesta, en vez de dejarle tranquilo, confundió aún más si era posible al francés, que por fin se apartó y miró el cuello de su novio. Tuvo que fijarse, pero por fin se encontró con la fuente del problema que tenían entre manos. Su rostro se quedó ligeramente pálido, sus ojos se abrieron de par en par y, sin esperar un segundo, soltó a Antonio y dio tres pasos hacia atrás.

— U-una araña... Tienes una araña de patas finas y largas andando por tu cuello. ¡Una asquerosa araña! —exclamó horrorizado el francés.

— Oooh, ¿así que era una araña? —apuntó tranquilo—. ¿Está en la parte de delante o la de atrás? No puedo notarla ahora.

— ¡Mátala! ¡Mátala de una vez! ¡Si sigue bajando se te meterá dentro de la ropa! —exclamó el galo, histérico perdido.

— ¿Eh? Pobrecilla, no voy a matarla. Seguro que se ha caído sin querer sobre mí. La devolveré a su ambiente natural y todo estará bien —con cuidado fue capaz de cogerla, en la palma de la mano derecha y vigiló que, nerviosa como estaba, no se precipitara al vacío. Antonio miró a Francis, entretenido, con una sonrisa que le dio la impresión al galo de que nada bueno auguraba—. ¿No quieres verla? Seguro que te tiene cariño y quería un besito tuyo.

— ¡No! ¡Por lo que más quieras, no me la acerques! —exclamó Francis, retrocediendo lentamente a medida que el hispano se aproximaba hacia él—. Ni se te ocurra. ¡Aplástala de una vez!

— ¿Otra vez? Que no la voy a matar. Anda, espera, que iré a dejarla lejos de ti, que aún eres capaz de chafarla.

Sin darle tiempo a proporcionarle ninguna respuesta, Antonio se fue hacia uno de los lados para poder dejar la araña en algún sitio alto. Mientras esperaba, Francis miraba hacia los lados paranoico ante el menor roce o cosquilleo que su cuerpo notara o le diera la impresión de percibir. De vez en cuando se frotaba los brazos o el cuello, mientras la sensación de picor se propagaba como una corriente imparable. El español regresó, silencioso, y se fijó en la espalda de Francis. Se le dibujó una sonrisa traviesa y continuó con el aproximamiento, lentamente. Entonces, cuando le faltaba poco para llegar, se fue para él, tocó su espalda con ambas manos al mismo tiempo que gritaba.

— ¡Soy una araña y te voy a comer! —exclamó aún sonriendo. Francis pegó un bote bastante pronunciado, se dio la vuelta y al español le tocó echarse hacia atrás para evitar recibir un manotazo. Le costó un par de segundos darse cuenta de que había sido él y, una vez identificado, los ojos azules le miraron con reproche.

— ¡La madre que te parió quién sería! ¡Casi me matas del susto! —se quejó el galo—. ¡Y además casi te pego un tortazo por culpa de eso!

— Lo siento. Anda, perdóname —pidió, alargando las vocales y poniendo cara de niño bueno. Se fue para él en son de paz y le abrazó. No había podido resistir la tentación. Le parecía demasiado gracioso ese pánico que le tenía a los bichos. Cuando frotó su espalda, sintió que Bonnefoy se estremecía entre sus brazos.

— Me pica todo el cuerpo, vámonos de aquí. No había pensado que algo así pudiera pasar. Menuda manera de cortarnos el rollo.

— Lo que yo no entiendo es cómo no lo habías pensado antes. El lugar está plagado de bichejos y animales. Una vez, sin ir más lejos, me asomé pensando que había un perro y me encontré con una rata de pelo oscuro, grande como un zapato.

— ¡Noooooo! ¡No puedo estar más aquí! ¡Me moriré si me encuentro algo así! Vámonos. Necesito ducharme y tú también tienes que hacerlo. A ver si la araña ha dejado huevos sobre tu cuello y, cuando menos lo esperes, nacerán y te devorarán. No quiero quedarme sin novio con lo que me ha costado pedírtelo.

— Eres más dramático de lo que pensaba —murmuró Antonio sorprendido mientras era arrastrado por el francés, que ya se negaba a pasar ni un segundo más en aquella peligrosa selva.

— Ah, pues ahora ya es demasiado tarde para que te arrepientas, ¿sabes? Yo te he preguntado y me has dicho que estabas muy seguro, así que ya no puedes decirme que no, porque entonces te llamaré a todas horas para decirte que vuelvas conmigo.

Se hizo un silencio sepulcral que se prolongó durante unos cuantos segundos mientras el de ojos verdes, perplejo, miraba la espalda del rubio. Éste, nervioso aún por lo de la araña, no quería ni imaginar que ahora de verdad el modelo se arrepintiese. Bueno, era perfecto en muchos aspectos, pero quizás no en ese. De todas maneras, no podía abandonarle únicamente por ese motivo: tenía demasiadas virtudes como para dejar que su juicio se nublara por un solo defecto. Sin embardo, de sopetón, escuchó que el español se empezaba a reír con ganas. Aunque le mirara como si estuviera loco, Antonio realmente lo encontraba gracioso. Era como un animalillo que, de repente, se ponía nervioso e hiperactivo y no paraba hasta que, cuando estaba cansado, se quedaba callado temblando en un rincón. Casi le había podido imaginar como uno de esos perros pequeños, prácticamente sin pelo, que se ponen a ladrar fuerte.

No quería ni saber de qué se reía, así que tiró de su mano hasta que por fin llegaron al lugar en el que habían estacionado la motocicleta de Francis, que no era demasiado lejos. Pertenecía a la marca Goldeneagle, de 150 centímetros cúbicos y color negro. Si pensaba en el dineral que le había costado, tenía ganas de llorar. Pero lo bueno, dentro de lo que cabía, era que sus padres habían pagado la mitad y lo habían considerado algo así como un regalo de cumpleaños. De dentro sacó dos cascos, uno más grande, integral, suyo, y el otro, el cual tenía para emergencias, que le había traído para Antonio. No le gustaba que fuera con un casco que no fuese integral, pero no tenía otro. Estaba incluso empezando a pensar en la posibilidad de regalarle un casco para navidad, por si tenía que llevarle por ahí.

Quitó el pie de la motocicleta, aguantando de esta manera él mismo el peso, y esperó a que Antonio se pusiera el casco y se subiera en la parte trasera, provocando que la máquina se hundiera ligeramente contra el asfalto. Pronto los brazos del español rodearon su cintura con fuerza y pudo sentir la mejilla del hombre contra su espalda. Le daba una impresión de falsa seguridad el estar asido de esa manera al cuerpo del francés, más acostumbrado a recorrer la carretera en moto. Le fue dando indicaciones de cómo llegar a su casa y en poco tiempo estuvieron delante del edificio. Se trataba de una construcción moderna, con una gran cristalera como fachada que, en realidad, dejaba ver parte de los rellanos. Ninguno de los apartamentos daban a esa zona así que, después de todo, se mantenía la intimidad de los habitantes. Una vez detenidos, Francis se quitó el casco y levantó la vista para poder examinar mejor el lugar. La zona era residencial, con un pequeño parque verde por el que correteaban cuatro niños los cuales, a pesar del frío, se negaban a abandonar la zona de juego.

— Pues sí que vives cerca de la oficina, sí. Me gusta la ubicación: es tranquila y verde. Es poco usual encontrar sitios así en París. El alquiler no debe de ser precisamente barato, ¿verdad?

— Para nada. Pero como tengo dinero y puedo permitírmelo, pues aquí me tienes. Si en un futuro me faltan los ingresos, me cambiaré de zona. No te vayas a creer que soy un ricachón y que me rodeo de lujo siempre que quiero. Soy un hombre con la cabeza bien amueblada y gasto con moderación.

— El esposo perfecto, claro que sí —bromeó Francis, logrando pronto la risa del hispano. Sus ojos azules se quedaron fijos en él y se dio cuenta de que por culpa del casco se le había quedado un mechón de pelo levantado. Cuando sus ojos se cruzaron, le hizo un gesto con la mano para que se aproximara. Los pies de Antonio le llevaron a su vera y poco tardó él en acomodarle el cabello, bajo la mirada un tanto cohibida del modelo. Le sonrió con cariño—. Tenías el pelo mal por culpa del casco, pero ahora ya estás perfecto.

— Gracias, Francis —murmuró Antonio—. ¿Entonces nos vemos en un rato?

— Sí, te pasaré a buscar. Intentaré de paso encontrar un caso integral, no me gusta nada que vayas con esa escupidera. Pasaré a recogerte en un par de horas. Ponte guapo, que te voy a llevar a un restaurante de categoría.

— Está bien... —dijo resignado el hispano. Y él que le había dicho que era un hombre que no se dejaba llevar así como así por el lujo. Pues nada, le tocaría arreglarse para que le llevara a donde fuese—. Nos vemos en un par de horas entonces.

Se acercó a él, aprovechando que había una ligera diferencia de altura ya que el galo estaba sentado y él de pie sobre la acera, y posó las manos en sus mejillas, obligándole a levantar la cabeza. Entonces se inclinó y presionó sus labios con un sentimiento candente, pasional, que se prolongó poco rato y que logró dejar atontado al francés. Aún así, sus ojos no se perdieron detalle de esa visión del hispano, que le observaba como si quisiera lanzársele encima y comerle a besos. Siendo sinceros, si eso ocurriera, se dejaría hacer totalmente, aunque el precio fuera la muerte.

— Nos vemos.

Le vio adentrarse en el edificio y Francis, con las manos sobre el casco que descansaba contra la moto, dibujó una sonrisa idiota, enamorada, de júbilo. Le había dado un beso que había sido para rememorarlo, porque lo había iniciado él. Además, no había que olvidar que ese hombre era su novio y, después de una cita agradable, iba a tener otra más en un par de horas. La vida era buena y él era una persona muy afortunada. Sin duda, la mejor navidad de la historia.


Buenas ovo

Pues... Mira, me he animado a actualizar antes de tiempo. He recibido reviews bonitos con el último capítulo y me ha animado a corregir. Aquí estoy, en el trabajo, procrastinando :v Paso a comentar los review:

Akrakya, Bueno, espero que este capítulo haya resuelto algunas dudas que expresaste en tu review xD Así que no te angusties, el sentimiento es mutuo uvu, Antonio también le quiere. ¡Acertaste en lo del abrazo! xDD Pero no, los padres de Francis son el demonio :y Gracias por leer y por tus review, de veras. Adoro este pairing y me hace feliz que algo que escribí del amor que siento por ellos haga feliz a alguien más uvu Antonio defendería a Francis de lo que fuera, creo que en este capítulo ha quedado claro. Muchas gracias por leer uvu.

Maruychan, omg muchas muchas muchas gracias por dejar revi en todos los capítulos ;w; Me muero de la emoción. No eres la única que me ha dicho que le cae peor la madre que el padre, curioso owo Aunque entiendo más que de sobras el motivo. xDD El día que ff deje poner GIF... apocalipsis xD Francis al principio no creía tener ninguna oportunidad con él pero ahora ya va viendo que ambos comparten el mismo amor. Ahora se soltará. Antonio no miento, tiene algunas cosillas, pero su sexualidad la tiene clarísima y no le importa hacer bandera de ello.

Zenithia, me encanta que no eres la única que dice eso de los padres de Francis. Aunque el padre cuando abre la boca va a la yugular XD A mi, en particular, me gusta mucho la respuesta final que les da en este capítulo :y Muchas gracias por valorar el esfuerzo ;v; y también por leer y dejar review. Larga vida al Frain~ ovo

Whiteless, omg, qué de tiempo xD A mi no me importan las biblias, tengo que decirlo :v No sé qué teorías conspiratorias tenías, si era que le quiere, ya ves que sí, que así es XD Si no era eso, quiero escuchar tus teorías owo. Estoy pensando, intentando recordar otros fics publicados (tengo uno pendiente en el que son unos hdp) en los que la familia no sea cariñosa... Bueno, en "A las barricadas" el padre tampoco era muy agradable, pero salía mencionado hacia el final. No sé si alguno más, tendría que repasarlo xD. A Francis le dolía, ahora más bien es como: estoy cansado de escucharos, quiero ganaros, quiero demostraros que no soy un inútil como pensáis. Quizás yo lo pinté muy simple, pero es que el inicio es un poco PWP ahora empieza más el argumento. No me doy descanso del frain. Gracias por tu review. ¿Por qué odias su libro rojo? XDDD

Y eso es todo ovo

Nos leemos

Miruru