Capítulo 9
Hermione cerró los ojos y suspiró. Tenía que presentarles el que se suponía era su novio a sus padres: la primera prueba de fuego. Le echó una última mirada a Ron y llamó a la puerta. Esperaron unos segundos y se abrió, topándose al otro lado con una mujer joven que Ron no esperaba ver. Los padres de Hermione debían ser señores mayores si ya se habían jubilado.
—Señorita Granger —la saludó la mujer, que llevaba un traje de chaqueta negro. «¿Señorita? Ah, debe ser la dama de llaves o alguna de esas pijotadas», pensó el pelirrojo. Pasaron al interior de la casa. Hermione iba hablando con la mujer, mientras Ron miraba el que había sido el hogar de la castaña durante la mayor parte de su vida. Era una mansión, la verdad no entendía como no se había imaginado que tendrían servicio. Era muy elegante pero no tenía ese toque de pedantería que siempre ponía de los nervios a Ron en las casas de las mujeres a las que a veces acompañaba en sus trabajos.
Los llevaron hacia el salón, cuyas paredes blancas estaban en gran parte recubiertas por estanterías llenas de libros y fotografías familiares. El salón contaba con una gran mesa y unas sillas de madera oscura tallada. También había un sillón negro, alargado y en forma de ele, enfrentado a una gran chimenea. Allí se encontraban los que Ron suponía eran los padres de Hermione, que se levantaron cuando los vieron pasar a la estancia. Ron se tensó. Conocer a los suegros nunca había sido de su agrado, fuera ficticio o real.
—Hola, papá, mamá… —saludó Hermione, mientras daba un beso en la mejilla a cada progenitor. Eran dos personas mayores, pero Ron calculaba que no lo suficiente como para jubilarse. Recordó que Hermione le había dicho que se habían jubilado antes de tiempo. Iban elegantes, pero al igual que la casa, sin llegar a ser irritante o excesivo, lo que alegró a Ron—. Mamá, papá, este es Ron. —El pelirrojo había estado tan centrado analizando la situación que se sobresaltó un poco cuando la castaña dijo su nombre. Se irguió, tan alto como era, y se acercó a los Granger—. Ron, estos son Jane y Patrick Granger, mis padres.
—Señores Granger, un placer conocerlos por fin —saludó educadamente Ronald, dándole un apretón de manos al padre de Hermione. Procuró que fuera un saludo seguro y, como otras tantas veces, el padre de la novia en cuestión se lo devolvía con excesiva fuerza. Ron sonrió tímidamente, retirando la mano tras unos segundos y saludó a la madre de Hermione, que era mucho más entusiasta.
—¡Oh, Ron! ¡Por fin te conocemos! Hermione es tan reservada, nunca me cuenta nada y fue muy difícil saber algo más de ti que el nombre —dijo en tono de broma, aunque era cierto. Hermione no había querido dar muchos detalles de la relación hasta que lo hubiera acordado todo con Ronald para así no meter la pata—. Sentaos mientras ponen la mesa —ofreció la mujer. Ambos le hicieron caso, quedando Hermione más cerca de sus padres. Ron le tendió una mano y Hermione le devolvió el gesto envolviendo la mano del chico con las suyas.
—Ya, bueno, hemos sido muy discretos ambos con nuestra relación —dijo el pelirrojo, mirando a los padres de la castaña, por encima del hombro de esta—. Mis padres se llevarán una gran sorpresa mañana cuando me vean aparecer por la Madriguera con la familia de mi novia.
—¿Tu familia también estará en la casa rural? —preguntó la madre de Hermione entre curiosa y emocionada.
—Ellos son los dueños del establecimiento —les informó.
—¡Oh, qué casualidad tan maravillosa! —exclamó la mujer. Ron le dirigió una rápida mirada a la castaña y sonrió casi imperceptiblemente. Sin embargo ella lo notó y le sonrió de vuelta. A ellos no se los había parecido tanto, desde luego.
—¿Así que tus padres son dueños de una casa rural? —preguntó el padre de Hermione, mirando al pelirrojo con desconfianza—. ¿Y tú trabajas con ellos o te dedicas a otra cosa, joven? —preguntó con un tono que podría considerarse acusador. Ron eso lo había vivido ya. Ahora venía la parte en la que el padre rico creía que él era un aprovechado que iba por el dinero de su hija.
—Estuve trabajando con ellos hasta que empecé la universidad en Londres. Ahora los ayudo en verano, pero como este año me gradúo no creo que pueda seguir haciéndolo. Mi profesión es muy exigente con los horarios, me temo, al menos al principio —puntualizó. Tampoco podía hacer que los padres pensaran que desatendería a su hija por el trabajo.
—¿Y qué has estudiado? —preguntó la madre, ávida de información. Ron se dio cuenta de que iban a tener problemas esa noche con el interrogatorio que les haría la mujer.
—Medicina —respondió, sin perder la sonrisa. Hermione le dio un apretón de manos para animarle y se dio cuenta de que le sudaban un poco. Supuso que ella también lo había notado.
—Y es muy bueno —le aduló Hermione—. El otro día fuimos a comer con Astoria y Harry a un restaurante y ayudó a un hombre que tuvo un ataque epiléptico. Impresionante —reconoció, dedicándole una sonrisa a Ron, que la miraba, sonrojado.
—No fue para tanto —dijo el muchacho, llevándose una mano a la nuca, avergonzado.
—No seas modesto, Ron —insistió Hermione, apretando su mano una vez más—. Si no hubiera sido por ti, ese hombre podría haberse hecho mucho daño.
—Bueno… supongo que podría ser —le concedió el pelirrojo, todavía sonrojado, mirándola fijamente. Apartaron la vista unos segundos después ante el carraspeo de la señora Granger. Se sonrojaron al ver la mirada que les dedicaba.
—La mesa ya está lista —anunció, señalando a la mesa que había a sus espaldas.
Los cuatro se levantaron y se dirigieron a la mesa. Patrick se sentó en la cabecera de la mesa y Jane a su derecha. Ron le apartó la silla a Hermione a la izquierda de su padre pero el señor Granger tenía otros planes.
—No, Ron, tú siéntate a mi lado, tenemos muchas cosas de las que hablar —le dijo. Ron asintió y se dirigió a la silla que estaba a su lado para apartársela a Hermione. Ella le agradeció el gesto y Ron se sentó tras quitarse la chaqueta de cuero, que todavía no se había quitado por los nervios.
La cena transcurrió con tranquilidad. Jane le preguntó al inicio de ésta a Ron qué actividades le recomendaría hacer en la Madriguera. Él respondió que lo mejor eran las excursiones a caballo por los bosques cercanos y nadar en la piscina y en el lago. A la llegada del segundo plato, sin embargo, la conversación se centró en la relación de los dos jóvenes.
—¿Y cuando os conocisteis? —preguntó Jane entusiasmada.
—Hace un año… —empezó a responde Hermione, pero su madre la interrumpió.
—¡¿Llevas un año saliendo con él y no nos lo habías presentado?!
—No, señora Granger, llevamos saliendo dos meses. Nos conocimos hace un año en el bar en el que yo trabajo para costearme la universidad y tras mucho insistir por mi parte, su hija me dio una oportunidad y bueno… aquí estamos —le explicó, sonriendo. Hermione tenía que reconocer que era bueno actuando. Hasta ella misma se habría creído que había estado detrás de ella si no supiera la verdad.
—Oh, qué mono… Espero que no fuera demasiado cruel contigo durante ese tiempo —dijo la mujer.
—No lo creo —intervino el señor Granger— si no habría desaparecido, ¿verdad?
—¡Patrick!
—Desde luego no creo que tu hija fuera peor de lo que fuiste tú hasta que accediste a darme una cita —rio el hombre de buen humor, haciendo que su mujer se sonrojara. Ron y Hermione se miraron, sonriendo. Parecía que se había desviado la atención de ellos.
El resto de la cena Ron la pasó hablando de cosas banales con el señor Granger. Recordando que eran ambos del mismo equipo, Ron aprovechó el detalle y sacó el tema, para acercarse más al hombre, preguntándole si sabía contra quién jugaban el próximo partido.
—Tutshill Tornados, chico. ¿Cómo puedes olvidar el partido más importante de la temporada? —le preguntó incrédulo.
—Oh, bueno. Con todos los preparativos para la semana que viene y los exámenes finales se me había pasado —respondió, perspicaz, saboreando el postre de helado de chocolate y nata.
Las mujeres habían estado hablando de cómo le había ido a Hermione estos meses en la dirección del banco, de los preparativos para la semana… y de Ron.
—Es un chico encantador, Hermione —le elogió su madre, mientras llevaba la cuchara al helado—. Has escogido muy bien. ¡Y es muy guapo! Lavender se morirá cuando lo vea —aseguró.
—Espero que no demasiado —masculló Hermione, echándole una mirada disimulada a Ron, que le estaba contando a su padre cómo le habían ido las notas hasta ahora. Lavender siempre la había envidiado por todo, lo único que le faltaba era que la envidiara también por un novio postizo que ella misma provocó que buscara.
—Oh, Hermione, no te preocupes, se nota que el chico te quiere. Lavender no puede hacer nada contra eso —dijo su madre convencida, tras acabarse el helado—. Y podrás comprobarlo mañana cuando venga —Hermione puso mala cara ante eso. No le gustaba tener que enfrentarse a Lavender antes de lo planeado, pero si lo pensaba más detenidamente, quizás lo mejor era pasar por ello lo antes posible.
—Creo que lo mejor es que subáis a dejar las maletas y a dormir, mañana hay que despertarse temprano —dijo Patrick—. Os ayudaré con las maletas.
—¡Oh, papá, no es necesario! Sólo llevamos dos maletas…
—Vaya, que ligeros vais… —se asombró el señor Granger, pues su hija siempre llevaba de todo, daba igual a donde fueran.
—Sí, bueno… Vamos al campo, con unas camisetas y unos pantalones, es suficiente, ¿no te parece? —le preguntó de vuelta Hermione y se dirigió con Ron de vuelta al coche, para sacar las maletas.
Cuando habían llegado al coche se permitieron una mirada y sonrisa tranquilizadora para indicar que todo había salido bien y, sacando las maletas del maletero, volvieron a casa. Ron se empeñó en llevar ambas y aunque Hermione insistió en que ella podía llevar aunque fuera el bolso de él, al final tuvo que dejarlo cargar con todo.
Subieron con los padres de Hermione hasta el primer piso, donde se despidieron de ellos en la primera puerta del pasillo hasta el día siguiente, y Hermione y Ron siguieron hasta el final del pasillo, donde estaba la habitación de la chica. Hermione abrió la puerta y dejó pasar a Ron, quien dejó caer las maletas a un lado de la puerta. Miraba la habitación con asombro. Se notaba que las paredes habían sido pintadas de rosa por los huecos que había pero había muy poco de la pared a la vista. Lo que no estaba cubierto por las estanterías, llenas de objetos y libros, estaba cubierto por posters de grupos como The doors, Pink Floyd o Nirvana, grupos que jamás hubiera dicho que le pudieran gustar a alguien como Hermione. Esa chica nunca dejaría de sorprenderlo. Se acercó, sin percatarse de ello, a un corcho colgado de una de las paredes, donde había muchas fotos, en las que aparecían ella y sus amigos —reconoció a Harry en la mayoría de ellas— y entradas de conciertos y de cine.
—¿Sorprendido? —preguntó la voz de Hermione, sobresaltándolo. Se había olvidado de que estaba allí. Se giró, sonrojado, mirándola avergonzado.
—Yo, lo siento… pero nunca hubiera creído que te gustaran estos grupos, tipo Nirvana… Yo también fui a este concierto, por cierto —la informó, señalando a unas estradas de un concierto de Red Hot Chili Peppers.
—¿Sí? Qué casualidad —respondió Hermione, sonriente—. Y lo de la música… Creía que ya habías aceptado que no soy lo que parezco —le recordó riendo.
—Tengo que recordármelo de vez en cuando —reconoció—. ¿Qué tal he estado esta noche? —le preguntó, cambiando su tono a uno más serio.
—¡Fantástico! —lo alabó, haciendo que el pelirrojo sonriera—. Tienes convencida a mi madre de que estás enamorado de mí… ¡Por poco me convences a mi también! —dijo de forma inocente, aunque ambos se sonrojaron cuando se percataron de lo que suponía.
—Gracias —le respondió, pues no sabía qué otra cosa decir—. Y… ¿dónde voy a dormir? —preguntó, aún más incomodo, mirando a su alrededor y percatándose de que no había ni cama supletoria ni sofás en los que pudiera acomodarse. Sólo estaba la cama matrimonial de Hermione. Ya se veía durmiendo en el suelo.
—Pues en mi cama… si no te importa, claro —dijo rápidamente.
—No, claro que no… Sólo que creía que quizás tú no querrías.
—Bueno… Es incómodo —reconoció la castaña—. Pero no voy a hacer que duermas en el suelo, ¿verdad? —le dijo, riendo. Ron la miró serio y Hermione dejó de reír—. ¿Alguna vez te lo han hecho? —Ron se sonrojó y la castaña volvió a reír, más fuerte esta vez.
—No te rías —se quejó, pero la miraba con una sonrisa—. Esa vez el trabajo no acabó muy bien… —reconoció—. Acabé con tortícolis y cuando le preguntaron a la chica qué me había pasado no supo qué decir y nos pillaron… ¡Como si hubiera sido muy difícil decir que había sido una mala postura al dormir! —El pelirrojo negó con la cabeza. Jamás se explicaría qué le pasó a aquella chica por la cabeza—. Bueno… ¿Dónde me pongo el pijama?
—Oh, esa puerta de allí es el baño —le indicó la castaña. Ron abrió su bolso, sacó un pantalón y una camiseta que hacían las veces de pijama y se encerró en el baño—. No salgas sin avisar. Yo me voy a cambiar aquí —le advirtió la castaña.
La chica se acuclilló ante la maleta y la abrió, lo cual fue mucho más fácil que cerrarla, y empezó a rebuscar su pijama, encontrando la bata rápidamente porque fue lo último que guardó. Se lamentaba por no haber hecho lo mismo con la ropa para dormir. Sin embargo, había un problema… no encontraba el pijama.
—¡Mierda, mierda, mierda! Me he olvidado el pijama —decía mientras sacaba todo de la maleta, desesperada.
Ron salió, ya cambiado. No había oído lo que había dicho Hermione y había salido sin más. La miró anonadado, sin saber qué le ocurría y se decidió a averiguarlo.
—¿Qué pasa? —preguntó. Hermione pegó un bote, cayendo al suelo, haciéndose daño—. Lo siento —se disculpó, ofreciéndole una mano para ayudarla a levantarse. Hermione miró la mano y luego desvió sus ojos a los de Ron y sonrió recordando el día que se conocieron. Esta vez sí aceptó la ayuda del pelirrojo, que le devolvió la sonrisa—. Al menos esta vez no me dejaste con la mano tendida como un idiota —rio.
—Ya bueno, siento eso, pero no tuve un buen día… Tenía que buscarme un novio en menos de una semana —le dijo.
—Bueno, pues lo encontraste… más o menos… ¿Y qué te ha hecho la maleta? —le preguntó, mirando toda la ropa desparramada por el suelo. Al mirar hacia abajo se percató de que sus manos seguían unidas y se apresuró a soltarse, alejándose un paso.
—He olvidado mi pijama —se lamentó la castaña, sonrojada.
—Tanta lista y tanta historia y al final te has olvidado de algo, ¿eh? —se burló. Hermione lo miró con cara de reproche—. Bueno, pues puedo ayudarte a encontrar un pijama también —le respondió.
—¿Ah sí? —preguntó incrédula, viendo como el pelirrojo se encaminaba a su bolso. Rebuscó un poco y sacó una camiseta blanca enorme con un estampado en la parte delantera. Sin duda a Hermione le valdría como vestido.
—Ahhhh —exclamó la castaña, cayendo en lo que pretendía el pelirrojo—. Gracias, eres muy bueno buscando cosas —bromeó.
—Se hace lo que se puede —dijo encogiéndose de hombros, mientras Hermione se dirigía al baño y se encerraba en él.
La chica salió unos minutos más tarde. Ron había permanecido parado en medio de la habitación, sin saber qué hacer. Podría haber recogido la ropa de Hermione, pero no sabía si a la castaña le podría molestar, o podría haber abierto la cama pero tampoco sabía si tomarse esas libertades. Observó a la castaña. Su camiseta le quedaba por la mitad del muslo.
—No sabía qué hacer —le dijo el pelirrojo, desviando su mirada de los muslos de la chica, topándose con la cara sonrojada de la joven. No había sido muy disimulado.
—Ve abriendo la cama mientras yo guardo las cosas en la maleta —le dijo, sentándose en el suelo y doblando las cosas para meterlas otra vez en la maleta. Ron le echó una última mirada antes de abrir la cama. Quitó el edredón, pero dejó la sábana, pues él necesitaba arroparse para poder dormir, aunque acabara desarropado más tarde por el calor sin darse cuenta.
Hermione tardó unos minutos en organizar todo y necesitó la ayuda de Ron para cerrar la maleta de nuevo.
—No puedo creer que cueste tanto cerrar esta maleta teniendo en cuenta que se me han olvidado cosas —se lamentó Hermione mientras se acercaba a la cama.
—Sólo se te ha olvidado un pijama, mujer —le dijo Ron, rodando los ojos, dirigiéndose al otro lado de la cama. Ambos se dedicaron una mirada y se metieron en la cama, nerviosos. Ron se arropó con la sábana y vio cómo Hermione hacía lo mismo—. ¿Tú tampoco puedes dormir desarropada?
—No. Es una costumbre desde pequeña —le dijo sonriendo—. Aunque luego siempre acabo desarropándome sin darme cuenta.
—Lo mismo me pasa a mí —aseguró—. Buenas noches, Hermione —dijo, mientras la chica daba al interruptor que estaba al lado de su mesilla, apagando la luz de la habitación.
—Buenas noches, Ron.
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Unas horas más tarde Ron seguía despierto. Estaba de espaldas a Hermione y se sentía muy nervioso e incómodo durmiendo en una cama que no era la suya y además acompañado por una chica que no era ni su familiar ni su novia.
Se giró para ponerse boca arriba de la forma más delicada posible, para no despertar a la castaña y, cuando la miró para comprobar que seguía dormida, descubrió una imagen perturbadora.
Hermione se encontraba tumbada de lado hacia él, desarropada. Pero lo que hacía que Ron tuviera que tragar en seco era que estaba más desarropada de lo que cabría esperar. El pijama improvisado, su camiseta, se había subido hasta por encima del ombligo, dejando a la vista una tentadora ropa interior de encaje blanco. Ron volvió a tragar, tratando de deshacer el nudo que se había formado en su garganta y, tras tapar a Hermione delicadamente con la sábana, se volvió a girar a la posición en la que se encontraba unos minutos antes, para evitar nuevas imágenes tentadoras. Cerró los ojos, intentando dormirse, pero la imagen que acababa de ver volvía a él insistentemente. Abrió una vez más en la noche sus ojos, suspirando y acomodándose la sábana. Esa iba a ser una noche muy larga.
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Poco a poco se fue despertando. Le dolía la cabeza y la poca luz que entraba por la ventana le resultaba molesta. Se llevó una mano a los ojos, frotándoselos. Se encontraba en una habitación que no reconocía. No estaba en casa. Miró a su alrededor y se encontró en una habitación no tan grande como la suya, blanca, con un gran armario y un pequeño escritorio. Se encontraba en una cama de suaves sábanas y muy confortable. No le apetecía nada levantarse pero tenía que averiguar dónde estaba. No recordaba nada. Miró al otro lado de la cama pero no había nadie. La puerta abriéndose la sobresaltó.
—¡Buenos días! —saludó Viktor alegremente con una bandeja repleta de manjares para desayunar en las manos. O sea que estaba en la cama de Viktor… ¡Viktor Krum! Fleur se apresuró a echar un vistazo por debajo de la sábana, con las carcajadas del búlgaro de fondo, para comprobar lo que ya sabía de sobra. Estaba desnuda. ¿Pero qué se suponía que habían hecho? Se sonrojó. La respuesta era obvia.
—Buenos… días —le devolvió el saludo, dubitativa. No entendía nada. ¿Tan borrachos estaban ayer? Hace unos días ni se aguantaban y ahora…
—Prometo que no he envenenado el desayuno —aseguró Viktor, dejando la bandeja sobre la cama. Él ya se había puesto los pantalones, aunque seguía sin camiseta.
—Gacias pog la considegación —le dijo la rubia, aun sin saber cómo reaccionar. Estaba muerta de hambre y todavía no sabía cómo enfrentarse a la nueva situación, así que decidió comerse una tostada. Mientras lo hacía observó a Viktor, quien parecía totalmente relajado si no lo conocías bien. Pero ella lo había empezado a conocer un poco estos últimos días y podía apreciar que estaba nervioso, así que decidió no alargar más esa incómoda situación—. ¿Lo olvidamos? —Viktor la miró asombrado. No esperaba que ella se lanzara tan rápidamente pero la verdad es que se alegraba. Él normalmente sabía cómo deshacerse de las chicas pero con ella no sabía qué hacer. Quizás era porque la había empezado a considerar una amiga.
—La verdad es que en esa parte el vino juega a nuestro favor, ¿no crees? —bromeó. La francesa rio, relajada. Viktor había resultado ser mejor chico de lo que ella había pensado en un principio.
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Hermione se levantó sobresaltada, pues le habían llegado unos gritos desde el piso de abajo. Miró a su alrededor, topándose con Ron, que dormía como un bebé boca abajo. Negando con la cabeza se concentró un poco más en las voces provenientes del piso inferior. En efecto, eran las voces chillonas de su madre y Lavender. Extrañada miró la hora. Las ocho menos diez. ¡Se habían dormido! Se giró de nuevo a Ronald y lo zarandeó, intentando despertarlo.
—Ron, Ron, ¡despierta! Nos hemos dormido —insistía la castaña, viendo como Ron se giraba y se ponía boca arriba, ya deshecho de la manta, pero aun durmiendo.
—Cinco minutos más, Ginny.
—Ron, no soy tu hermana… —insistía, zarandeándolo—. ¡Despierta…! ¡Ah! —Hermione se llevó rápidamente las manos a la cara, soltando un gritito que por fin consiguió despertar a Ron, que se irguió rápidamente, sobresaltado.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué? —dijo mirando alrededor. Se topó con Hermione, que seguía con la cara cubierta—. Hermione, ¿qué pasa? ¿Por qué gritas? ¿Por qué te cubres la cara? —Hermione por toda respuesta señaló rápidamente al pantalón de Ron y luego le dio la espalda. Ron desvió su mirada hacia allí, confundido—. ¡Mierda! —le escuchó la castaña decir unos segundos después y luego sintió que se levantaba de la cama y se encerraba rápidamente en el baño. Casi al instante se escuchó la ducha.
Hermione suspiró. No era la primera vez que veía a un chico con una erección, pero desde luego la situación había sido incómoda. A fin de cuentas ella casi no conocía a Ron. Sabía que era algo natural, pero aun así…, le había resultado raro.
«¡Y el tamaño!», pensó Hermione, perpleja, sonrojándose aún más. Sacudió la cabeza, intentando aclarar sus ideas y se deslizó de la cama, dirigiéndose a su maleta y agarrando lo necesario para poder arreglarse en otro de los baños de la casa, pues Ron necesitaría su tiempo. Ese pensamiento sólo hizo que se sonrojara aún más, si eso era posible.
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Sólo tardó diez minutos en arreglarse pues Hermione no quería perder el tiempo secándose el pelo. Ya se lo secaría el sol. Bajó al salón, sin mucho ánimo, pues sabía que allí se encontraría su insoportable prima, Lavender.
Entró en el salón y se encontró a sus padres sentados a la mesa, acompañados de una pareja de su misma edad y una chica rubia que rondaba la edad de Hermione.
—¡Primita! —dijo la chica, acercándose a Hermione y estampándole un beso en la mejilla, que la castaña estaba segura le había dejado la marca del pintalabios de la rubia, como siempre ocurría.
—Hola, Lavender —dijo secamente. Esperó a que la rubia se diera la vuelta y se restregó la mano por la mejilla, en parte para quitarse el manchurrón rosa chillón.
—Bueno Hermione, dime —volvió a intervenir Lavender, después de que Hermione saludara a sus tíos y a sus padres— ¿has conseguido traer a un novio? No lo creo… Dudo que alguien sea lo bastante tonto como para querer salir contigo.
—Te equivocas… él está…
—Estoy aquí —dijo Ron, que entraba en ese momento en el salón. Se acercó a Hermione decidido y, plantándose delante de ella, la besó. No fue un beso muy apasionado, a fin de cuentas estaban delante de los padres de la chica, pero dejó en claro quién se suponía que era y por qué había ido allí. Se separaron unos segundos más tarde. Ron le dedicó una sonrisa a la castaña que ella devolvió vacilante. Todavía no había olvidado el incidente de la mañana—. Buenos días, amor. Buenos días, señores Granger. Ustedes deben ser los señores Brown, ¿verdad? —continuó el pelirrojo, soltando a Hermione, a quien había tenido abrazada por la cintura, y acercándose para saludar a los recién llegados. Dejó a Lavender para el final, a quien saludó con un beso en la mejilla, que la rubia devolvió muy entusiasta, según el gusto de Hermione—. Ron Weasley, primero de mi promoción en Medicina a falta de un examen, así que como comprenderás, y si se me permite decirlo, no soy nada tonto —soltó Ron, pues no le había gustado lo que le había oído decir a esa chica antes de que él entrara en el salón. Por eso había decidido besar a Hermione, a pesar de lo ocurrido en la mañana.
—Ya veo —murmuró la rubia, ruborizada por la vergüenza, pero sin quitarle los ojos de encima al pelirrojo. Hermione pudo ver como la mirada de su prima se dirigía sospechosamente hacia abajo cuando Ron se acercaba a ella y la agarraba esta vez de la mano. Hermione vio que Lavender le había dejado una marca del pintalabios y, tras pensarlo unos segundos, decidió quitársela. Ron la miró confundido una vez que terminó de limpiarle la mejilla.
—Tenías un poco de carmín, cariño —le explicó, sonriéndole. Ron asintió, devolviéndole la sonrisa.
—¿Tenéis hambre, chicos? —preguntó Jane. A pesar de que quería mucho a su sobrina, le había agradado comprobar que Ron era capaz de defender a su hija de ataques. Si algo lamentaba ella era la mala relación que había entre las primas.
—Mucha hambre —puntualizó Hermione mirando de reojo a Ron. Aún recordaba su hambre voraz. Se acercaron a la mesa, sentándose en las dos sillas que quedaban desocupadas, las mismas que habían ocupado el día anterior. Hermione miraba a Lavender de vez en cuando, mientras sus padres y tíos conversaban. Su prima no sacaba la vista de Ron, pero no lo miraba con deseo, como había hecho en un principio, sino que lo estaba evaluando. Eso no le gustaba. Desvió su vista a Ron, anotando que tendría que hablar con él en cuanto llegasen a la Madriguera. Tenía que explicarle lo de ese beso, que la había pillado totalmente desprevenida. No era tonta, sabía que como supuestos novios tendrían que besarse, pero eso había sido más intenso de lo que habían acordado. Aunque en realidad no hubieran planeado mucho ese tema.
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Desayunaron rápidamente y, cuando ya estaban a punto de subir a por sus maletas e ir cargándolas en el coche, llegaron los familiares faltantes para la excursión. Los Bell. Hermione se acercó rápidamente a saludar a sus tíos y a su prima Katie, a la que dio un gran abrazo. Era su prima favorita, aunque tampoco tenía mucha competencia, claro. Les presentó a Ron, quien se mostró tan encantador como con sus anteriores familiares, sino se tenía en cuenta a Lavender. Katie guiñó un ojo a Hermione disimuladamente, dándole su aprobación. Ella le sonrió, sonrojada y subió acompañada de Ron a recoger las maletas, revisando que no se olvidaran nada.
—¿Me dejas la camiseta para el resto de la semana? —le preguntó Hermione al pelirrojo una vez estuvieron en la habitación.
—Sí, claro —respondió el pelirrojo, recordando la imagen que había visto esa madrugada. No se demoraron mucho, bajando rápidamente las maletas, que cargaba Ron una vez más, bajo la mirada reprobatoria de Hermione.
—Puedo llevar yo algo —insistía ella bajando las escaleras tras el chico.
—Ya te he dicho, cariño, que no es necesario —contestó Ron. Siempre procuraba dar notas cariñosas a las cosas que decía a sus supuestas parejas cuando estaban delante de los demás, para hacer más creíble la farsa.
—¡Déjalo, Hermione! —intervino Jane, sonriendo—. Eres todo un caballero, Ron —le elogió. El pelirrojo sonrió en respuesta. En ese momento llamaron a la puerta. Hermione fue a abrir, curiosa, sin esperar a que el servicio lo hiciera. Esas cosas nunca le habían gustado.
—¡Harry, Astoria! Justo a tiempo —dijo, sonriente, saludando a sus amigos con un abrazo, volviendo a sonrojarse. Casi se había olvidado de que ellos venían también. Habían sido demasiadas emociones juntas. La pareja saludó a la familia, que se mostraron muy contentos de verlos en general. Hermione notó que se encontraban un poco tensos entre ellos y se preguntó por qué. Entonces recordó cuando se había encontrado por última vez con Astoria y por qué, y lo entendió. Las cosas no se habían resuelto entre ellos. Cambiaron unos cuantos saludos y preguntas y se dirigieron a los coches de vuelta. Guardaron las cosas rápidamente en los maleteros y montaron en los coches. Ron y Hermione irían en el auto de los padres de la chica. Ella agradecía no tener que ir con su prima Lavender como la vez anterior. Ese viaje había sido una auténtica pesadilla. Escuchando todo el camino música pop y a Lavender parloteando durante horas. Hermione y Katie estuvieron a punto de pegarse un tiro.
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El viaje era largo pero transcurrió con tranquilidad. Ron se había ganado el favor de los padres de Hermione durante la cena de anoche, así que en el viaje se dedicaron a hablar de cosas triviales y de los viajes que habían hecho otros años. Esa parte no agradó mucho a Hermione porque le contaron a Ron algunas anécdotas vergonzosas.
—Una vez, Hermione se coló en la cocina del hotel al que fuimos. Se había enterado de que harían natillas esa noche para el postre y a ella le vuelven loca, así que se coló para comer un poco antes de tiempo —le relataba la madre—. Tendría unos cinco años cuando pasó. Las natillas estaban en una gran olla, reposando, y ella se subió a un taburete. Acabó con la olla de sombrero y bañada en natillas. ¡Decía que no se quería duchar hasta haberse comido todas las natillas! —remató la anécdota. Ron se rio débilmente para agradar a la mujer, mirando a Hermione, que estaba totalmente roja. Él le agarró la mano, como si tratara de darle apoyo moral y así era. Molly Weasley también era dada a contar anécdotas que avergonzaban a sus hijos a todos los nuevos amigos o parejas que aparecían por la vida de estos.
A pesar de ello el viaje pasó con una rapidez asombrosa para todos. Incluso a Ron se le hizo corto y eso que ya estaba acostumbrado a ese camino, lo conocía y sabía lo pesado que podía resultar ser.
Aparcaron los coches en el estacionamiento de la casa rural, tras pasar la valla y se bajaron del coche, estirando las piernas. Una vez que todos estuvieron juntos Ron decidió hacer las presentaciones.
—Bueno… Bienvenidos a mi hogar… La Madriguera.
Hola! Este capítulo lo escribió Nay. Es uno de mis favoritos de lo que llevamos escrito y se van a poner mejor, me siento parte lectora, así que eso se los aseguro! Gracias a todas por leer, no desesperen; el próximo sí llegan a La Madriguera. Paciencia chicas!, un saludo a todas y muchas gracias por los comentarios que son los que animan! =)
