La respuesta no llega en palabras; se limita a expresarse mediante un profundo beso en los labios.
Con envidiable técnica (quien nada sabe valora desde su dulce ignorancia), él la besa y la besa y la besa y la alza y la besa y la sienta en sus piernas y no la deja de besar. Ella delira, inexperta; ella lo idealiza como un dios que él no es.
—Cuando eso pase, si es que pasa, ¡porque uno nunca sabe!, estaré tranquilo —dice él contra su boca sin darle tiempo a ella de razonar—. ¿Sabes por qué?
Y la besa, y la besa, y la besa. Mai, flotando, viajando empujada por las palabras de él hacia los rincones más inexplorados de su ser, niega con la cabeza.
Y él la besa, y la aprieta, y la sume en una intimidad nueva. Entre beso y beso, entre roce y succión, resuella contra la boca de ella:
—¡Porque pienso disfrutarte, Mai! Porque, si te vas primero, te habré disfrutado como corresponde. ¡Ya te lo dije! No me importa.
»Si es ese el precio a pagar, lo pagaré y ya.
28
—un número sin significado—
IX
El viernes al atardecer, Trunks Brief aterrizó en la Capital del Oeste. Esa misma noche, después de pedirle verla unos minutos y de que ella le rechazara un café por elegir otra vez la puerta del edificio como lugar de encuentro, él llegó a la hora pactada, justo después del final de Los ricos no saben amar, y lo dijo formalmente, a la cara y no por mensaje:
—¿Te gustaría salir conmigo mañana?
Al escucharlo, Mai no logró contestar, no de inmediato; sólo pudo pensar en una cosa, no el cuchillo, no Su Excelencia, no el trabajo.
En cuánto había extrañado a ese niño.
Ella había transcurrido la semana de la mejor manera posible dada la ansiedad que con nada podía curar, una nacida de lo inesperada que había sido la idea de Trunks Brief de conquistarla. El trabajo, por supuesto, había sido el gran protagonista en pos de la evasión. Se había dedicado a él con ganas; de a ratos incluso con obsesión: no había parado ni un minuto, lo cual terminó por rendir sus frutos más allá de lo planeado. Así lo sintió Mai cuando él señor Schorr, el miércoles, le dijo lo que le dijo:
—Si sigue así, tendré que darle un ascenso dentro del Departamento.
Aquel sorprendente anuncio había venido luego de que Mai pudiera prever en cierto modelo de aero-jets un material que elevaba su costo de fabricación y que resultaba reemplazable por otro que abarataba dramáticamente sus costos. Cuando Mai abrió la boca y nada salió de ella, el señor Schorr prosiguió:
—Es brillante, señorita: no me deja de asombrar su conocimiento. ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Dónde ha aprendido tanto?
—En el ejército, señor —mintió ella, pues si bien había aprendido mucho allí, todo cuanto sabía de la vida se lo había enseñado el mejor, su señor, el Gran Pilaf—. Algún día le… contaré esa historia.
Se sonrojó al final. ¿Qué eran esas confianzas, la camaradería que acababa de denotar? Cuando se dispuso a disculparse, el señor Schorr la detuvo al sonreírle.
—Me encantará escucharla —aseguró entusiasmado.
Mai no pudo decir más.
Algo en ella comenzaba a mutar apenas, muy apenas: era un poco más dada con sus compañeros, tanto con aquellos que se aprovechaban de su adicción al trabajo como de los que no lo hacían, los dos o tres que, siempre con buenas intenciones, intentaban sacarle cortés conversación entre actividades. Si bien seguía y seguiría siendo solitaria, Mai se había soltado lo mínimo indispensable. En ella, que había pasado la vida hablando sólo con su señor y Shuu, los seres más infinitos que conocería alguna vez, no, no podía dar crédito a la inusitada soltura que tan sutilmente se delataba en sus modos.
Y el niño, quizá, era el culpable.
Durante el fin de semana, él le había hablado de los más variados tópicos, desde el gatito de su abuelo a las ocurrencias de su hermana, desde el carácter de su papá a lo unido que era a su mejor amigo, Goten, de quien incluso le mandó una foto, en la cual se los veía a los dos radiantes y llenos de vida con sus sonrisas de oreja a oreja. También, le había hablado de los socios que frecuentaba en su viaje, de las «estiradas» cenas y reuniones, además del videojuego que se había bajado para su Tablet y de sus conocimientos de artes marciales. ¡No tenían fin las cosas que le contaba! Ella había acotado a todo con torpeza pero con verdad, entretenida por la compañía que él le ofrecía a través del celular, sintiendo al hablarle una nostalgia fuerte, inmensa, la de contar con alguien más. ¡Hasta de Isabelle Cort y los rumores que corrían en los medios le había hablado!
«Somos amigos. Tuvimos algo, sí, pero duró poco».
«¿Por qué?».
«Creo que no éramos compatibles. Isa, como amiga, puede ser la mejor, pero como pareja es un poquito peculiar».
«¿A qué te refieres con peculiar?».
«Es demasiado… ¿absorbente? Algo así. Así que si ves algo en los medios, no hagas caso, ¿sí? Ahora, soy todo tuyo».
Emojis rojos de furia habían sido la respuesta de Mai.
Durante la semana, pensando que era por estar ocupado y no por respeto a ella, porque ella seguía siendo una vieja y nadie jamás haría nada bueno por ella porque ella no se merecía nada por no ser más que una vieja, él se había medido en sus mensajes: había hecho costumbre saludarla para darle los buenos días y las buenas noches, pero no mucho más. Sólo esos momentos específicos había aprovechado él para conversarle cualquier tontera; el resto del tiempo, en horario laboral, no le había hablado en absoluto. ¡Y eso que ella se había llevado el móvil, por las dudas! Por supuesto, lo respetó; lo hizo ignorando que él también la estaba respetando a ella.
—¿Mai? —le preguntó Trunks de nuevo en el presente: viernes, ante la puerta del edificio de ella, iluminados por esa cálida luz en medio de una calle carente de transeúntes—. ¿Estás bien?
Ella se agarró del cabello, nerviosa. ¡Su primera cita! ¡La primera cita en cuarenta y nueve años de vida! Si bien sabía que él se lo pediría, pues ya se lo había pedido pese a que ella no había aceptado por considerarlo inapropiado en un chat, la idea de salir con él no era una que ella pudiera asumir, no así, estando como estaba, entre el cuchillo y la pared.
—¡Creo que…! ¡Eh…! ¡Lo siento, pero creo que deberíamos esperar un poco más!
Trunks se llevó las manos a los bolsillos. Se veía sorprendido.
—¿Tú crees, Mai? Bueno, entonces… —Miró el suelo, pensativo.
Mai sintió el impulso de abrazarlo, de hacerlo porque lo notaba un tanto decepcionado de su negativa. ¡Es que le daba vergüenza! No tenía nada de malo, pero se sentía tan diminuta, tan insuficiente, tan poco merecedora de las buenas intenciones de ese niño. ¡De seguro estaba soñando! Sí, ese era un sueño, uno de esos largos e intensos que las personas tienen de tanto en tanto, tan fuertes e inolvidables que a uno casi casi le parecen reales. ¡Tenía que ser uno de esos! ¡Al despertar, él sería su jefe y ella estaría sola, como siempre!
—Es un sueño… —susurró mientras se pellizcaba un brazo. Dio un respingo cuando sintió el dolor.
Trunks parpadeó y parpadeó.
—¿Crees que soy un sueño? —preguntó después mientras se señalaba a sí mismo con un dedo.
—¡Yo…! —exclamó Mai, aterrada por lo que el dolor que había sentido significaba y por la fijeza de esos ojos que la miraban sin comprensión alguna de la situación.
¡No podía ser real, no había manera!
Trunks Brief sonrió como el niño que era.
—¡Mai, soy real! —aseguró—. Mira, puedes tocar mi mano.
Acercó la mano derecha a ella. Mai la miró como quien mira a una rata aparecer bajo un mueble cuando ni se sospecha de su presencia. Despacio, blanca como el papel, Mai acercó la mano a la mano. Al tocarla, la notó cálida, suave, joven. ¡Tan joven!
¡Era real, maldita sea! Ese niño angelado con ojos de demonio y risita de niño depravado existía, y la miraba a ella, y la estaba invitando a su primera cita de la historia.
Empujando al cuchillo para abrazar la pared, Mai se dejó llevar sin más:
—Yo… —dijo. Suspiró—. A-Acepto…
Trunks dio un salto con los puños apretados levantados hacia arriba. Le tomó una mano a ella y se la besó, justo como la vez anterior, en la despedida.
—¡Genial! Haremos lo que tú quieras, hasta la hora que tú quieras y de la manera que tú quieras. ¡Te traeré flores si te gustan!
Mai, roja de pies a cabeza, negó con la cabeza, con las manos, con todo su ser.
—¡No quiero flores!
—¿Por qué no?
—¡No-No me gustan esas cosas! ¡Me da pena!
—¿Segura?
—¡Segurísima!
—¡De acuerdo! —Trunks volvió a besarle la mano; Mai temblaba de impresión, pues no era un sueño, sino algo real, demasiado real—. ¡Paso por ti a las ocho, entonces! ¿Está bien?
Mai asintió con los ojos fijos en la pared lateral derecha; Trunks se despidió de ella con una sonrisa que Mai juró ver delante de ella incluso al cerrar los ojos por los siguientes minutos, como si acabara de mirar fijamente a una luz.
De vuelta en el departamento, a espaldas del cuchillo, del espejo, de todo menos del techo hacia el cual miraba desde su lugar en el sofá, Mai se preguntó si no era muy veloz todo, si estaba haciendo bien en involucrarse con ese niño teniendo en cuenta que era su jefe y era un niño y era rico y era un niño y era hermoso y era un niño, y ella, por su parte, nada más que una vieja depresiva e inútil.
¿No debía recuperarse primero?
Al sentir lo fuerte que le latía el corazón, Mai se llevó una mano allí: sonrió al pensar en las conversaciones que él le sacaba, en sus sonrisas, en las provocaciones, en los buenos días y las buenas noches.
Tenía días y días sin mirar al cuchillo, sin prestarle atención. El hecho de que no lo sacara de la superficie del tocador y se deshiciera de él decía mucho de ella, pero no estar pendiente de él parecía, por lo menos, un avance. Poco tiempo había tenido durante la semana de deprimirse, de llorar a lágrima viva, de insultarse, pues el niño y el trabajo la habían mantenido lejos de toda negatividad.
¿Estaba bien lo que hacía, intentar dejarse llevar?
Confundida, durmió como pudo, viendo aún los ojos de él dentro de sus párpados. A la mañana siguiente, desayunó y fue al centro comercial más por inercia que por convicción.
El West Center, tal el nombre del establecimiento, era un edificio circular constituido por cuatro pisos en total. Entre vidrieras y más vidrieras de cuanta cosa pudiera existir, libros, electrodomésticos, instrumentos musicales, lo imaginable y un poco más, la ropa era la protagonista al tener dos pisos, la mitad del todo, dedicados a ésta. Al primer piso, donde la mayor parte de los locales de ropa femenina estaban situados, se dirigió Mai con la idea clara de comprar ropa para la cita, pero sin idea alguna de qué ropa precisaba en realidad.
Suspiró al subir a la escalera mecánica desde la planta baja: lo de la ropa nunca se le había dado bien, ni siquiera de joven. Ella era fanática de sus uniformes militares, de los pantalones, de los borceguís y los cinturones, del verde, del marrón. Usar un traje formal todos los días en la oficina aún le resultaba extraño; verse en el espejo no le permitía reconocerse del todo con esa ropa.
¿Cómo se suponía que debía vestir una vieja en una cita con un niño?
Frenó en Verzara, el local de ropa femenina más concurrido de todo el centro comercial. Mujeres y más mujeres entraban y salían de éste; Mai permanecía dura como una estatua ante lo que la vidriera le obsequiaba: dos vestidos negros con estampados de flores rojizas. Sin saber por qué, Mai quiso llorar.
Temblando, entró: había percheros por doquier, en las paredes, en cada rincón, en el medio, donde se mirara: ropa negra, blanca, camisas, estampados de flores, pantalones, faldas. Al acercarse a unas perchas donde los vestidos destacaban, vio algunos muy similares a los de la vidriera. Pasó de uno a otro como quien pasa páginas de un libro que no le interesa leer, lo hizo ida y vuelta, sin percatarse de que lo hacía, hasta llegar a un vestido negro con puntos en verde petróleo, el mismo verde de su chaquetilla militar favorita.
—Su Excelencia… —susurró mirando el vestido—. ¿Debería usar este color en su honor?
Al preguntárselo, lloraba. Una chica de veinte años se le acercó.
—Disculpe, señora —dijo junto a ella.
Mai volteó sin notar las lágrimas que le cubrían el rostro: la muchacha tenía unos veintiún años, igual que Trunks. Era bajita, delgada y tenía el cabello negro que la propia Mai había tenido alguna vez.
Era como ella, pero la del pasado, no la de entonces.
—¿Disculpe…? —reiteró la muchacha con respeto, pero sin amabilidad.
—¿S-Sí? —farfulló Mai al soltar el vestido y hacerse a un lado.
—¡Ah, genial! —exclamó la muchacha al ver que Mai había soltado el vestido. Lo tomó y se fue sin más hacia los probadores. De uno de sus brazos colgaban otros tres vestidos.
Mai, al verla irse, supo que lloraba cuando la vista se le tornó nublosa. Miró a un lado, al otro, y al sentir a miles de kilómetros cada perchero, cada prenda expuesta y lista para comprar, salió disparada del local.
Buscó un baño sintiéndose acelerada. Caminó, corrió, subió, bajó, sin tener en ningún momento capacidad alguna de ubicación. Mientras, la pregunta del niño se repetía una y otra vez, una y otra vez.
«¿Te gustaría salir conmigo mañana?».
¡No, no le gustaría!
Frenó. Se tapó la boca y, al tiempo que el flequillo le censuraba los ojos, lloró en silencio, conteniendo cada sollozo que asomaba por ella, obligada por el cuchillo a no hacer nada más, a no intentar nada más, pues ella era de él y no iba a escaparse de su dominio con tanta facilidad. Lo sentía apretando su cuello, amenazándola con cortarla.
¡Porque si se movía un milímetro más en busca de la calma y la luz, él…!
—¡Niña! —dijo una estridente voz de mujer justo cuando unos fuertes brazos la estrecharon contra un pecho.
Mai abrió los ojos: era Isabelle Cort.
—¿Por qué lloras? —le preguntó al tomarla de las mejillas. Movió los pulgares hacia arriba y hacia abajo, lo cual desparramó las lágrimas por todo el rostro de ella—. Niña, ¿bebé fue malo contigo? Dime y le haremos cosas muy, muy malas… ¡Lo prometo!
Paralizada, sin ser capaz de elaborar ni un pensamiento coherente, Mai dejó caer su rostro en el hombro de Isabelle. Lo demás fue borroso, confuso.
Lo demás fue llorar, solamente.
…
—Kokoa siempre juega con esa imagen ambigua de eterna adolescente, ¡pero bien que es sensual! Por eso los muñecos de la aplicación que juegan los niños cubriéndola, Honey… ¡Sí, cubriéndole las partes! ¡Un dragoncito lanza-fuego en un pecho, un ratoncito lanza-trueno en el otro y esa adorable tortuguita azul entre sus piernas! No, no es polémico; ¡es algo novedoso!
Mai escuchaba el diálogo de Isabelle con su editora como si escuchara dos extraterrestres dialogando. ¿Tortuguita azul, ratoncito lanza-trueno? ¿Eran los mismos que asomaban de la bolsa de juguetería que Isabelle había traído desde el centro comercial? Ni la extrañeza ante el inusitado diálogo pudo detenerle las lágrimas. Sollozó contra el pañuelo rojo que Isabelle Cort le había dado.
Sintió cómo Isabelle la tomaba de la mano que mantenía dura contra la mesa.
Mai levantó los ojos: detrás de las lágrimas, Isabelle le guiñaba un ojo.
—¡Pero sí, Honey! Cree en mí: no pude convencer a Trunks Brief de hacer un desnudo y cubrirse con cápsulas HoiPoi, ¡pero Kokoa quedará encantada!
Mai dejó caer el pañuelo de la impresión. ¡¿Trunks desnudo y cubierto por cápsulas?!
¿Trunks desnudo…?
Sobrepasada, se cubrió el rostro con las manos. Isabelle reía al cortar la comunicación.
—¡Honey siempre tiene miedo de innovar, le gusta ir a lo básico! Tú sabes: un lindo vestido, un ambiente con ornamentación rústica, una copa de champagne en la mano… ¡Ah! Odio eso, odio sacar fotos aburridas, intrascendentes. ¡Prefiero a Kokoa desnuda y cubierta por monstruitos de bolsillo simbolizando su ambigüedad!
Mai nunca se descubrió. Isabelle la tomó de las muñecas y tiró de ellas con delicadeza, hasta que Mai lo hizo al fin. Al descubrirse, encontró los ojos celestes y brillantes de Isabelle mirándola fijamente.
—¿Más calmada, niña? —le preguntó sonriéndole—. ¿Quieres que hablemos?
Mai miró a su alrededor: estaban en una antigua cafetería situada humildemente delante del moderno y monstruoso West Center, sentadas en una sencilla mesa de dos y con un café delante de cada una, el de Isabelle vacío, el de Mai lleno. El lugar era del tamaño de una sala de estar, sólo había unas diez mesas tan sencillas como la que ellas ocupaban. De ambiente oscuro, más iluminado por el exterior que por las luces del establecimiento, resaltaba el empapelado a rayas de las paredes y algunas pinturas colocadas en marcos de detallado trabajo artesanal. Después, con debilidad, se fijó en su interlocutora: Isabelle tenía su majestuoso cabello atrapado por una trenza que tenía echada hacia el frente, sobre su pecho derecho; llevaba una capucha puesta y unos lentes oscuros enganchados en el escote que formaba su abrigo cerrado hasta esa zona de su cuerpo. Ni vestida de incógnito perdía su belleza, como tampoco el misticismo que parecía rodearla siempre, aquella personalidad imponente que destacaba en un millón.
—Yo…
—¡Ah, tranquila! Si es sobre bebé, puedes confiar en mí, ¿sí? ¡No le diré nada! Y siéntete libre de tutearme: estamos en confianza.
Mai la miró: Isabelle le sostenía las manos y le sonreía. Parecía no parpadear, esperar, ansiar que su boca se abriera. El interés que la pelirroja le expresaba era algo a lo cual Mai no estaba acostumbrada, no con una mujer. Teniendo en cuenta que Mai jamás había tenido mujeres cerca, amigas, estar con una le resultaba tan extraño que le parecía casi inaudito.
—Es que…
—¿Qué?
—Me… ¡Me invitó a salir hoy!
—¿Y?
—¡Soy una vieja! ¡¿Cómo puedo estar junto a él y no sentirme lo miserable que soy?!
Al llorar nuevamente, supo que ese era el problema, que ese era el miedo, que esa era la raíz de su angustia: se sentía menos que él, que él y que el mundo entero.
Porque era una vieja.
Porque su fecha de vencimiento ya había pasado de largo y ella seguía, injustamente, ahí.
—¡JA! —se rio Isabelle. La risa era tan imponente como la mirada; Mai, espantada, se echó hacia atrás, pero la presión que Isabelle ejerció sobre sus manos no le permitió soltarse—. Niña, si me permites opinar, tú no tienes nada que envidiarle a bebé. ¡Digo! Mírate: tu mirada rasgada tan típica del norte (¿eres de ahí, verdad? ¡Yo también! Aunque es una larga historia, otro día te la cuento…), tu cabello largo y lacio y tan abundante… ¡Ese cuerpo que tienes, ese porte de soldado, esos pechos grandes y esa altura que vuelve tus curvas tan armoniosas! ¡Y ni hablar de tus ojos! —Isabelle puso una mano en una de sus mejillas—. Tus ojos de niña, tan llenos de pureza, tan rebalsados de verdad… ¡Los veo y paso sin problemas! No hay frenos: eres transparente, algo digno de un alma esencialmente buena, de una dulzura increíble teniendo en cuenta la artificialidad del mundo en que vivimos…
»Eres una joya, niña: quien debería sentirse miserable junto a ti es él.
Mai sintió las lágrimas gotear de su quijada. Isabelle las limpió con sus dedos tomándose su tiempo, con caricias que parecían infestadas de cariño. Era como cuando Shuu le ofrecía una cobija más en las épocas de mayor pobreza: ¡cúbrete tú, Mai! Yo puedo envolverme en mí, ¡guau!
Eran caricias de una igual.
De una amiga.
—Es que… —susurró Mai sobrepasada por todo, por la angustia, por el cuchillo, por Isabelle—. ¡Él es lindo conmigo! Es muy dulce y, aunque sea un depravado, sé que tiene buenas intenciones… ¡Pero no es fácil para mí!
—¿Por qué no?
—¡Porque…! —Mai se tragó sus propias palabras. ¡No le podía decir que era virgen! ¡Se lo diría a él! ¡Todo se lo diría, porque eran amigos y reían y tonteaban juntos! Era ella quien no encajaba en ese sistema, ella con sus cuarenta y nueve y su vida de misiones, robots gigantes de combate y armas de fuego, su vida junto a Pilaf y Shuu, los tres solos contra el mundo con un ideal infernal en el corazón—. No puedo hablar de eso, perdón…
Miró el café: de seguro ya estaba frío, o eso le decía el hecho de que no humeara. ¡Como sus ojos, que aunque contuvieran la pureza aniñada de quien no ha sido rozada jamás por el amor seguían siendo los de una vieja y ya nada despedían!
Isabelle la tomó de las mejillas y la hizo mirarla. Sonreía, como siempre.
—De acuerdo —dijo—: si no quieres hablar de eso, no hablemos de eso, pero quiero preguntarte algo, ¿sí? ¡Y responde con soltura, niña, porque es importante!
—¿Q-Qué cosa? —preguntó Mai con los ojos fijos en la pared que estaba justo detrás de la pelirroja, en el cuadro de un atardecer rojizo que le produjo cierta atracción por su impactante belleza.
—¿Es la belleza lo que te preocupa?
Mai estudió el cuadro: un atardecer rojizo, nubes que se perdían en el campo, hojas que reflejaban el color rojizo del cielo. Lo infinito del paisaje la llevó dentro, más dentro, más dentro del cuadro.
—¡Es mi vejez! —respondió con voz quebrada, incapaz de seguir mirando el cuadro o a Isabelle; incapaz de tolerar lo miserable que era ante tanta belleza que nunca lograría merecer—. Soy muy vieja para estar jugando a las citas con un niño. ¡A mi edad, ya no tiene sentido que…!
—¿Y ser vieja te hace fea?
Miró el cuadro, entrecerró los ojos, leyó la firma: año 709. Ese cuadro tenía setenta y siete años. Los tenía y nada le quitaba la belleza.
Abrió la boca.
—¡Claro que me hace fea! —respondió alejándose del cuadro una vez más—. Las canas, las arrugas, ¡todo! ¡No puedo sino sentir vergüenza de mí misma ante ese niño!
—Ay, niña…
Irritada por cómo la llamaba, Mai retiró sus manos de las de ella. ¡Todo era mentira! La preocupación, las atenciones, la amistad que Isabelle le proponía. ¡Todo era falso! ¡Todo!
Todo era un sueño, porque ella era demasiado miserable como para tener la suerte que, últimamente, estaba teniendo.
—No me llames así ni me mires así ni finjas que te preocupo así, ¡porque no te creo nada! —La miró: algo de la joven Mai militar que alguna vez había sido traslució en su mirada—. ¡Ni a ti ni a él ni a nadie! ¡Todo es mentira!
Un par de personas voltearon hacia ellas. Pronto, sintiendo encima la vergüenza, Mai se abrazó a sí misma como si hacer algo semejante le permitiera desaparecer.
Del mundo, del todo, de aquel sistema al cual jamás pertenecería, desaparecer.
Isabelle corrió las tazas y recostó sus pechos sobre la mesa en sensual vaivén, todo con tal de acercarse a ella. Sonreía, aún, y Mai supo que no le toleraba la sonrisa. ¿Por qué? Cuando no pudo evadir sus celestes ojos, supo que el motivo era evidente.
Isabelle Cort tenía en los ojos lo que nadie solía en los ambientes formales en los cuales se movía: franqueza.
—¿Fea porque eres vieja? ¿Realmente dijiste esa estupidez? ¿Realmente piensas esa estupidez, niña? Porque si es así, te aviso que no, que no es así, que lo que dices es eso, una absoluta estupidez.
Mai, aunque intimidada, continuaba extenuada, harta de toda la situación. Sin achicarse ante Isabelle, habló:
—¿Y tú qué sabes? ¡Eres joven aún! ¡Eres bella y exitosa! ¡Y vives de lo que te gusta! ¡¿Tú qué sabes lo que se siente haber perdido todo lo que te importa en el ocaso mismo de tu vida, cuando ya es demasiado tarde para empezar?!
—¡JA! —se rio nuevamente Isabelle—. Sé bastante de eso, niña; ¡no prejuzgues a la gente de esa manera, porque te irá mal! ¡Pero no hablemos de mí, eso lo dejamos para otro día! Por lo pronto, déjame decirte que me da mucha pena que tengas un concepto de belleza tan pobre, tan gris, tan injusto para contigo misma. ¡Es decir, «fea porque vieja»! ¡Absurdos! ¡Absurdos que vienen de allá afuera! —dijo, y señaló la calle—, no de aquí. —Y se señaló el corazón.
¡¿De qué diablos hablaba?! Mai, incómoda, odiando a los dos señores mayores que comentaban noticias a la derecha de las dos, que las miraban de tanto en tanto como si algo de lo que ellas dialogaban les incumbiera, no tuvo manera de responderle. Atrapada por el hechizo de la risa y la mirada penetrante de Isabelle Cort, se limitó a preguntar lo obvio, lo inevitable:
—¿Qué?
Isabelle se le acercó un centímetro más. Su sonrisa, más de cerca, denotaba cierta ambigüedad. No era burla, pero tampoco era amor.
Era seguridad, sobre todo.
—Ellos, los de afuera, te dicen que la belleza es lo de adentro como si esa fuera una verdad irrefutable; «explican» que alguien canónicamente feo esté con alguien canónicamente bello diciendo que no sólo importa el físico, que el físico no lo es todo. ¿Acaso no te das cuenta de la mentira? ¿No la ves? ¿No la sientes? Eres inteligente, sólo piénsalo por un segundo: con lo complejos que somos los seres humanos, ¿realmente piensas que nuestro concepto de belleza puede estar estandarizado?
»No todos vemos belleza en las mismas cosas, como ese cuadro de allá. —Señaló el atardecer rojizo que Mai tanto había necesitado mirar—: yo veo belleza, por la intensidad de la expresión del pintor, porque parece gritar a través del cuadro y la agresividad de sus trazos me resulta hipnótica. No veo belleza en la mujer de allá —agregó al señalar el cuadro de una muchacha leyendo un libro ubicado a la izquierda de las dos, junto a la barra—, porque veo un dibujo bien hecho, bellísimo sin dudas, pero no me mueve nada adentro, no está dentro de mi propio canon de belleza.
»Es decir… ¿Realmente piensas que todos vemos lo mismo? ¿Realmente piensas que la vejez, así como el sobrepeso, como una nariz grande, como unos pechos pequeños, como un cabello lleno de friz o unos pies demasiado grandes como para verse femeninos son motivo de fealdad?
Anonadada por el peso de las palabras, Mai no supo qué decir. Entendió que, dentro de ella, no había palabras, ni una; en ese preciso momento, sólo los dichos de Isabelle Cort la llenaban.
La imponente pelirroja continuó empujada por su sepulcral silencio:
—Una mujer de cuarenta, de cincuenta, ¡de treinta! El mundo te pide que llegues a los veintiuno y te quedes ahí, congelada, eterna como un vampiro, y delgada, y con pies pequeños, y con pechos grandes, y todo eso. ¿Por qué? ¿Acaso no tiene cada etapa de la vida de la mujer su propio encanto? A los veintiuno tienes la piel perfecta, el cuerpo más maduro que en la adolescencia, los ojos más brillosos que nunca, porque eres joven y tienes todo por delante, ¿pero acaso no hay belleza también en tus arrugas, niña? ¡O en tus ojos de niña! Hay belleza en ti, una belleza que no pocos podemos captar. ¡Y aunque fuéramos pocos, muy pocos, tendría el mismo significado! No lo perdería por ser uno o muchos.
»Lo importante es lo de adentro, sí: la belleza está adentro, no afuera; está en los ojos, no en el cuerpo en sí. ¿Pero sabes qué? La belleza física también existe, no la pierdes por envejecer.
»La belleza depende del ojo que ve.
»Así que ya: si bebé no te cierra, dale el portazo. ¡Y que no te tiemble el pulso! Pero dile a esa vocecita molesta de tu depresión que se calle la boca. ¡Díselo! «¡Cállate la boca, vocecita!»; díselo para que no nuble tu criterio, para que te permita evaluar adecuadamente si de verdad estás dispuesta a salir con bebé o no. ¡Porque poco importa la edad, niña! Veintiocho años de diferencia, ¡ja! Un número sin significado: no importa si él es bebé y tú niña, lo que importa es que los dos son adultos y están conscientes de sus actos. ¡Así que dale una oportunidad, por lo menos! Sal con él hoy, fíjate qué sientes y decide si él es lo que mereces a tu lado o no. ¡Pero por él, él persona, no porque sea joven o guapo o rico o sea bueno en la cama!
Mai explotó. Se tapó el rostro con las manos y se hundió en la superficie de la mesa. ¡¿Cómo que «bueno en la cama»?! ¡Eso era demasiada información, una información depravada que ella no quería saber!
—¡No digas esas cosas, por Kamisama! —pidió tan roja como el cabello de Isabelle.
Ésta se rio, nada más.
—Hazme caso: bebé es buen bebé, es una linda persona. ¡Por eso lo dejé en la friendzone!: es demasiado buenito y tierno para mí, no tiene la oscuridad que me gusta en una persona. ¡Es tan puro y dulce como tú! Y no te preocupes por si eres muy vieja o si no tienes belleza como para estar junto a él; piensa en que, debajo de toda esta carne y hueso que somos, lo que importa es lo que late dentro de nosotros. ¡Y al carajo! Date y dale una oportunidad de evaluar si esto puede funcionar o bien es una patraña.
»Date una oportunidad de que algo bonito te ayude por lo menos un poco (porque quien sale eres tú, no tú porque él existe en tu vida, ¡no lo olvides!) a dejar atrás toda esa maraña de depresión que traes encima.
Sonrisa final: todo dicho.
Mai se sintió sobrecargada de información. Isabelle había dicho muchas cosas, demasiadas, y una era más fuerte que la otra. ¿Qué debía hacer? Pensó, no sin desorden, en lo último: darle una oportunidad, dársela a sí misma.
Intentarlo al dejarse llevar.
—¿Pero qué me pongo…? —farfulló con sus últimas fuerzas, con la voz tan de niña como los ojos que Isabelle le veía.
—¡Lo que te haga sentir tú, niña! —respondió la pelirroja—. Mientras seas tú, será genuino. ¡Y mientras sea genuino, será hermoso!
…
Así fue.
Bajó por el precario ascensor de su edificio, de paredes grises y en el cual no entraban más de dos personas, alumbrado por una luz blanquecina que no paraba de titilar, lo cual evidenciaba que el foco estaba a punto de quemarse. Delante de ella, un espejo le mostraba lo que se había puesto, lo que había plasmado en ella misma para su primera cita en cuarenta y nueve años.
—Sé que me diría que me veo bien, Gran Pilaf —dijo. Rio después—. No, Usted era demasiado caballero como para insinuar algo con respecto a mi belleza. ¡Pero Shuu sí lo hubiera dicho!
Se lo imaginó: ¡te ves bien, Mai, guau! Contuvo la lágrima que le quiso resbalar por el rostro con una sonrisa en los labios.
Una sonrisa: la línea de expresión que delataba la felicidad junto a los amores de su vida.
Al recordar las palabras de Isabelle Cort, sin más cuchillo amenazándola desde la charla en la cafetería, sintió, por un mero instante, que ella tenía razón.
Había, en cada etapa de la vida, un encanto igualmente bello.
Había ojos que, sin importar cuantas mentiras se pronunciaran en el mundo, podían captar toda clase de belleza.
Llegó a planta baja, cerró el ascensor, caminó a la puerta. Al ver a Trunks Brief al otro lado del vidrio que daba a la calle, sonrió. Miró al espejo que estaba junto a la entrada, amplio y en el cual podía contemplarse a cuerpo completo: una chaquetilla militar verde inglés, borceguís, unas calzas negras, un cinturón de cuero con estuche para armas a la derecha, en el cual llevaba un revólver de bajo calibre.
Esa era ella.
Esa tenía que seguir siendo, siempre, ella.
Al salir, Trunks Brief estaba sonrojado como el niño que era.
—¡Mai, me matas! —exclamó sonrojado, mirando al suelo, luego a ella, luego al suelo, mientras se rascaba la nuca en notorio nerviosismo—. ¡Estás guapísima!
Mai agradeció al asentir. Al notarlo vestido informalmente, con jeans, botas, una camisa, un abrigo, supo que también se veía guapo, no sólo por serlo en sí, sino por no haberse esforzado por verse mayor, como cuando usaba esos trajes de diseñador en la Corporación.
Trunks le dio la espalda y le ofreció el brazo como si esa fuera una antiquísima película de amor.
—¿Vamos, señorita? —le dijo al guiñarle un ojo, mirándola hacia atrás.
Mai, aunque nerviosa y apenada, aunque ignorando y no desclavando el cuchillo de su vida, asintió una vez más.
Valía la pena intentar.
Valía la pena ganar.
~continuará~
Nota final IX
¡Gracias por leer! Espero les haya gustado. :')
Como siempre, este capítulo se lo de dedico a Diana, porque Diana fue quien impulsó la salida de este fic de mi rígido: gracias por provocar todo esto lindo que me pasa con este fic a partir de tus ánimos, mi amor. También, se los dedico a Sofi, porque siempre me hacés emocionar con tus reviews, y a Nadeshico023, porque sé que sos una lectora muy, muy, muy exigente, y que este pequeño delirio te guste me hace demasiado feliz.
Sobre la ropa de Mai al final: la basé en la que usa Mirai Mai en el final de la saga de Black. ¡Es que le amé esa ropa! Quería usarla. Y sobre la clásica chaquetilla militar verde petróleo, pienso hacerla aparecer también.
El diálogo de Isabelle lo escribí hace meses y meses. Creo que lo escribí antes que el fic en sí, cuando este fic sólo era una idea. Surgió a partir de lo que conté en la nota final del primer capítulo, de ese catalogar a Sam Taylor-Wood de fea por ser una mujer de cuarenta y nueve; me salió del alma. Y que fuera Isa era imperativo, porque su franqueza me lo permitía. Gracias a quienes leyeron ese diálogo hace tiempo para brindarme su opinión: un honor. No las nombro porque siento que soy muy molesta, pero Uds. saben quiénes son.
Gracias por sus lecturas. ¡Mil gracias! Gracias también a Esplandian, Nadeshico023, Nancy, SteelMermaid, Nebilimk, Sofi, Dev, Ashril y andreabunny20 por sus reviews. ¡Encantada de leerlas!
Lo de los Pokemon (?): hay una sesión de fotos de Britney Spears muy popular en su época porque ella posaba muy sexy en traje de colegiala y con el peluche de un Teletubi (?). Quise darle algo similar a Kokoa, perdón. XDDDDD
Y eso. Gracias por tanto, gente. ¡Por el apoyo, por los mensajes en Face, por los fanarts, por todo! Gracias sobre todo por su cariño. Llegar a 100 reviews es muy loco para mí, me emociona un montón no porque el número en sí tenga un significado, sino porque me hace feliz saber la cantidad de caricias que esta historia recibió.
¡Gracias!
Nos leemos la próxima, en la cita. :')
Dragon Ball © Akira Toriyama
