Los personajes de"Seiya" (Sailor Moon) y "Zero" (Vampire Knight), son propiedad de Naoko Takeuchi y de Matsuri Hino, respectivamente.

Capitulo 08 "Dilema"

Escrito por: Ceejay

***SEIYA***

Miré por la ventana de la cafetería como el sol se escondía bajo una delgada tela de nubes. Volví entonces la mirada hacia el asiento de enfrente, donde Marion, había estado minutos antes de marchar hacia su examen. Me quedé algo preocupado al ver como había dejado la mayor parte del desayuno al que le había invitado. Con lo golosa que es, me extraña que apenas haya comido, ¿se encontrará bien?

Me levanté de mi asiento dejando los restos bien colocados sobre la bandeja y me encaminé hasta el aula del Dr. Charlson, esperando que después de la clase pudiera localizarla y preguntarle como le había ido la prueba y tal vez así también podría indagar si había algún motivo por el que debiera de preocuparme.

Casi todos los estudiantes se encontraban en el aula, por lo que tuve que valerme de mi iPOD nada más entrar. Danna intentó sutilmente arrastrarme hasta su pupitre, pero yo la evadí amablemente con la excusa de que debía terminar unos ejercicios sin que el señorito Charlson se diera cuenta, así que me fui directo a uno de los pupitres del fondo. Ella aún no había llegado, pero, tenía la sensación de que vendría.

No me equivoqué. Lo supe en el momento en que todo el mundo "calló". No se lo que provocaba aquello, pero lo cierto es que cuando ella estaba cerca, el ambiente se tornaba más tranquilo y mi "problema" se empequeñecía casi al grado de desaparecer. Había algo diferente en ella. Se veía algo triste pero no conocía el motivo. Para mi sorpresa, se sentó a mi lado pero, no me miró. ¿Tenia algo que ver con lo que había sucedido el día anterior?

Sacó sus libros y los ordenó. Sin dirigirme una palabra. Algo le pasaba, pero ¿qué? Intenté leerla, pero fue inútil. No era la primera vez que me pasaba, así que lo seguí intentando. Giró hacia mí de pronto y fue como si algún hilillo invisible de mi pensamiento la atrajera a hacerlo. Parecía sorprendida. Me vi reflejado en aquellos grandes ojos esmeraldas que por alguna razón me parecían tan familiares, como si ya los hubiera visto en otra parte. Parpadee, confuso y dije lo primero que me llegó a la mente:

– ¡Buenos días! –No contestó enseguida. – ¿Todo bien? –Me miraba confusa.

–Ah, ¡Hola! Si…es solo que…no te vi llegar –vaciló. La sentí algo tensa.

–Yo ya estaba aquí cuando tú llegaste – dije extrañado por el comentario.

–Esto…pues lo cierto es que no te vi –aseguró con un tono de enfado. Pero luego sonrió como si buscara con ello que me sintiera menos miserable. "Parece una buena chica"

Me limité a descifrar su misteriosa mirada. Preguntándome que secreto escondía que no podía desvelar. Pero no tardó en bajar la Mirada hacia su cuaderno. Me sentí algo mareado. Quizá me había concentrado más de lo debido.

El Dr. Charlson entró y pronto dio inicio la clase. Pasado un tiempo nos dictó una breve lista de tareas, y salió un momento a fotocopiar algunos documentos que nos entregaría al final de la clase, avisándonos que seguramente le tomaría un tiempo. Algo que no me creí en lo absoluto dado su fama de Don Juan. No bien hubo salido, los chicos comenzaron a hacer planes sobre el fin de semana, con excepción de unos cuantos que permanecieron en sus asientos para completar los trabajos. Yo fui uno de ellos. O al menos eso pretendía que hacía, para, entre otras cosas, evitar que se me acercaran las gemelas y me pidieran algún "pequeñito favor". Darla, sin embargo, parecía estar sumida en su propio mundo. Algo le acongojaba. Podía sentirlo. Al final, quizá cansada de pensar, recostó la cabeza en el pupitre y suspiró. Su larga cabellera negra y brillante se dispersó por toda la mesa. Era fascinante el olor que despedía. Intenté una vez más saber qué le pasaba. Me dolía de alguna forma verle en ese estado.

– ¿Hay algo que te preocupe? –Pregunté con cautela –Es decir, no es que te conozca de mucho pero… Te ves algo diferente hoy.

–Es solo que creía conocer a alguien y en realidad me he dado cuenta que no sé nada de esa persona. –Dijo de pronto rompiendo el silencio hablando de ese alguien como si le hubiera fallado. Solo una persona me pasó por la cabeza.

– ¿Te refieres a tu novio? –Me atreví a preguntar –por cierto, siento lo de ayer. No pretendía aguaros vuestro momento romántico. "¿Es lo mejor que puedes decir, idiota?"

–El no es mi... – empezó a decir mosqueada. –quiero decir que él no es la persona de la que estaba hablando.

Como si fuera a tragármelo. Si no era su… lo que sea, ¿porqué se enojaba tan solo por eso? ¿Acaso el la tendría amenazada? Eso sería a la mar de bonito. Ese tipo empezaba a irritarme en serio.

– Si esa fuera la persona… entonces comenzaría a preocuparme –murmuré.

– ¿Por qué dices eso? –Preguntó ella extrañada

–Mira, yo sé que no te conozco casi de nada –empecé a decirle, tratando de que no malinterpretara mi intención de ayudarla en lo que parecía ser una relación dañina para su salud –pero lo que yo vi ayer en el jardín, no me gustó nada. Quiero decir, la manera con la que me miró sin conocerme de nada, me dio la sensación de ser peligroso, no quiero ser un entrometido, y sé que realmente no te debería de estar diciendo esto, pero no lo haría si no me pareciera algo alarmante. Si es esa persona, solo, te digo, que tengas cuidado. –No sé por qué se lo dije tan directamente, pero no podía frenar el deseo de protegerla que ella, talvez ignorándolo, me transmitía. Se incorporó sobre el asiento y me miró como si no entendiera lo que decía. "Con lo que me costó decirlo"

–No te preocupes, el nunca me haría daño –me afirmó, evitando mi mirada, como si con ello también evitara que descubriera lo obvio: lo estaba defendiendo. Actuando como la típica víctima de un maldito sádico abusivo.

Me quedé unos momentos mirándole a los ojos en un desesperado intento, quizá originado por la curiosidad, de averiguar quién sería el tonto, insensible capaz de lastimar a la chica de figura esbelta y frágil que estaba sentada a mi lado, antes de ponerme a especular. Sin embargo, por más que traté, no conseguí nada, como si me estuviera bloqueando. Algo así no parecía tener sentido.

Nuevamente apartó su mirada de mí. Me sentía raro. Algo había en ella que me resultaba increíblemente atractivo. No solo eran sus ojos o sus labios menudos y rojos que tentaban a cualquier mortal o el timbre armonioso de su voz. Mi sexto sentido me avisaba que había algo más. Algo que por alguna razón ella se resistía a revelar a toda costa. Pero, no soy de creer que a la fuerza se logre nada.

–Al final no apareciste por Botánica ayer –dije cambiando de tema.

–Tuve que ocuparme de un asunto pendiente. –Respondió leyendo el folleto que nos dejó el Dr. Charlson.

Si la estaba pasando mal con el tarado que tenía por novio yo no iba a unirme a la lista de las razones que la hacían estar triste. Sentí ganas de ayudarla de alguna forma. Traté de quedar con ella para estudiar en la biblioteca, y aunque no estaba seguro que iría, me bastó con habérselo pedido.

Luego apareció Charlson con más papeles, que pronto empezó a repartir, arruinando el buen ambiente.

–Bueno si cambias de opinión te veo en la biblioteca, – le susurré –yo voy a estar allí de todos modos.

Charlson se acercó en tono sospechoso hacia ella, después de pasarnos las fotocopias. La forma en que la miraba me molestó un poco.

– ¿Señorita Delacroix?

– ¿Sí? –Contestó ella firmemente

– ¿Podría ser tan amable de quedarse unos momentos al final de la clase? Necesito hablar con usted. –Abusaba un poco de la galantería que lo hacia tan famoso. Ya me imaginaba yo de qué podría querer hablarle.

Lo más extraño de mi habilidad era que me permitía conocer la personalidad de una persona o lo que escondía en su subconsciente solo con rozarle una parte del cuerpo. Sucedió una tarde mientras dejaba unos libros en la biblioteca, el señorito Charlson entró. Sólo le había visto un par de veces, pero podía escuchar indistintamente sus pensamientos de los de la señorita Flavia, la bibliotecaria honoraria, que no paraba de sonreír como tonta cuando nuestro galante caballero le insinuaba o le decía alguna que otra de sus frases prefabricadas dichas a su modo y que enaltecían su ego. Pero, cuanto decía contrastaba totalmente con lo que pensaba. Para él, la pobre chica solo era un juguete con el que pasar el rato, sin embargo aquello, por muy cobarde que me pareciera, no era asunto mío. Aún estaba en deuda con él por haber movido los cables y pasarme a su clase, que tan divertida me parecía. Además no es como si aquella doncella estuviera corriendo alguna especie de peligro con el "hombre de sus sueños" tras ella. No era justo privarla de sus quince minutos de felicidad. Salí de allí, sin prestarle mucha atención, pero entonces pasó. El me detuvo con su usual sonrisa, a modo de saludo, produciéndome un sacudón. No puedo reproducirlo en palabras sin que suene salido de tono. Ahora iba a por Darla y aunque no podía "escuchar" nada en absoluto, mi sexto sentido estaba en alerta.

–Si no toma mucho tiempo, la próxima clase la tengo en el edificio contiguo y no me apetecería llegar tarde –mintió ella astutamente, repeliendo sus flechas.

–Serán solo 5 minutos, lo prometo –Le guiñó un ojo sonriendo.

– ¡Creído! –Murmuró ella visiblemente molesta. No pude evitar reírme de ello.

–Vamos, vamos, no niegues que lo estas deseando –dije a manera de broma. Me pregunté que saldría de esto, puesto que el chico sabía jugar bien sus cartas.

–No te hagas el gracioso, –dijo más irritada aún. –podrá ser guapo, pero es un estúpido tamaño gigante.

Esta chica está llena de sorpresas. Admirable. Cualquier chica normal sucumbiría ante el encanto del muñequito de porcelana ese. Pero, claro, Darla era diferente.

–Es lo que siempre he dicho –continué –pero las chicas no me creen, a todas les gusta –dije para molestarle. Incluso enojada se veía guapa –Voy a empezar a pensar que eres un poco rara.

–No te puedes ni imaginar lo rara que puedo llegar a ser – Su sonrisa era blanca y sincera.

Al sonido de la campana los chicos comenzaron a salir, mientras las chicas se reunían en torno al señorito Don Juan de los coojollos.

– ¡Mierda! Al menos termino dos antes de salir –solté de repente, con un extraño impulso de no dejarla mucho tiempo sola con ese… señorito.

–Nos vemos –me dijo con una sonrisa, mientras yo borraba lo que ya había escrito para reescribirlo en otras palabras.

–Si me disculpa un momento –entonces se dirigió hacia mí con toda su elegante impaciencia –Señorito Krown, se que es usted un buen estudiante, pero ¿haría el favor de terminar los ejercicios en la biblioteca o en casa? La conversación con la señorita Delacroix es privada.

–Dos palabras mas, solo dos… ¡ya está listo!– No tuve más remedio que levantarme y desearle suerte a su nueva víctima. – ¡Ey! Y ya sabes…yo que tu dejaba lo que tuviera que hacer luego y me pasaría por la biblioteca, si no quieres verle los dientes a la rubia peleona. Te veo luego, ah ¡y te libré de dos minutos!

Me sentí un poco culpable, pero no mas salir, miles de pensamientos provenientes de los estudiantes que salían y se entremezclaban en los pasillos, me aturdió. Estaba tan distraído que había olvidado "protegerme". ¿Será un castigo? Sentía la extraña sensación de que algo no iba bien. Como no era la primera vez, agarré el móvil e intenté comunicarme con Marion. El aparato empezó a vibrar y lo descolgué. Era el tío Fau, un medio hermano de Dereck, cuyo padre era oriundo de Nápoles, que me avisaba que ya estaba arreglado mi coche y me lo enviaría en unas pocas horas. "La primera buena noticia del día. Si que eres rápido, tío"

Recibí luego otros tres mensajes de un número desconocido con el mismo contenido:

"Estaremos contigo enseguida, solo espera a que probemos esta nueva oferta de Your Style's te encantará" ATT: V&B"

Luego, seguí intentando con Marion, pero el móvil sonaba y sonaba y nada, hasta que me salió ocupado. "Extraño" pensé, ya que nunca esperaba dos sonadas. Se me ocurrió que con lo despistada que puede llegar a ser luego de un examen fuerte quizá lo dejaría caer con la prisa de buscarlo entre todas las cosas de su bolso. Así que esperé un tiempo prudente y lo intenté una vez más, cuando me entró un mensaje suyo:

"Estoy muerta, no dormí en toda la noche, me voy a casa descansar, por favor no me molestes, estaré bien."

Así que no quiere que la moleste. De alguna forma me irritó. Pero, Marion a veces dejaba aflorar su vena arrogante. En fin, decidí apagar el móvil para no correr la tentación de decirle un par de cosas. Era mejor dejarla ser hasta que se le pasara la mala racha. ¿Le habrá ido mal en el test?

Avancé hasta la cafetería y me compré una hamburguesa. Al otro lado la alcancé a ver. Con su larga melena oscura. Sentí una sensación de deja-vu.

– ¡Ey! ¡Nunca te había visto por aquí! –dije sentándome frente a ella, poniendo la bandeja a un lado, valiéndome madre si esperaba a alguien más.

–No suelo frecuentar este sitio, es una casualidad…y ¿Tú? ¿Dónde dejaste el trío de mosqueteras hoy? –preguntó al verme solo.

– ¿Te refieres a mis guardaespaldas? –Dije aliviado de no importunarle –Fueron a la sala de ordenadores. Vero encontró una oferta especial en un salón de belleza y no podía esperar para mostrárselo a las otras. Pero se puede decir que no tardaran en llegar. –La verdad es que ya habían llegado y nos escuchaban cautelosas tras una máquina de café expreso, pero eso que mas daba – ¿Y cómo te fue el discurso con el señorito Charlson? –Pregunté sin más, arrepintiéndome en el mismo instante que vi su expresión.

–Nada especial, solo para felicitarme por el trabajo –contestó ella con algo de desdén.

–Y seguro que se te insinuó, lo hace con todas, aunque por lo que sé solo las provoca, a la hora de la verdad, siempre se echa atrás, bueno o eso son los rumores que cuentan. "Y estoy seguro que intentó lo mismo contigo, perdón por no avisarte antes, pero sabes hubiera sonado alguito paranoico."

–Pues ya sabes, lo normal –dijo sin ánimos de seguir con aquella conversación

–Oye, y tu ¿novio? –Estaba muy solitaria y se me hizo raro – ¿Te peleaste con él?

–No, se fue a arreglar unos "asuntos" –dijo algo mosca.

–Te plantó – inquirí un tanto irritado, pero, a la vez agradecido. Así me ahorraba el "placer" de verle de nuevo la cara.

–Si lo quieres llamar así –dijo ella entonces.

–No sabe lo que se pierde, si yo fuera él no te dejaría ni a sol ni a sombra –dije, ideando cosas que no me hacían más noble que el señorito Charlson.

–Me lo tomaré como un cumplido –Sonrío, mientras yo le miraba y trataba de refrescarme con una coca cola. Concentrándome en preguntarle alguna cosa que no desviara su atención de mí, pero irónicamente mi vocabulario se agotaba y mis músculos se contraían. Curioso.

–Creo que me tengo que ir –Salió casi corriendo –hasta otra –dijo con la mirada baja. Aquello se me antojó divertido.

Resultaba tan interesante hablar con esa chica que el tiempo de descanso estaba por terminar sin que yo apenas lo notara. Salí a sabiendas que las chicas me observaban discretamente, solo que su "objetivo" tenía ganas de escapar de aquel murmullo ensordecedor que empezaba a aturdirle.

Las clases terminaron sin ningún incidente. Recogí mis libros y me dirigí a la biblioteca para leer un poco. Tenía curiosidad de si ella vendría, pero como lo temía ella no estaba allí. Entré y me senté para estudiar. No habían pasado ni 10 minutos cuando volví a sentir aquella sensación de que algo iba mal. Busqué a tientas el móvil, mientras abría la puerta. Vi como un extraño molestaba una chica y olvidé lo que estaba por hacer al ver de quien se trataba. El extraño me hacía una seña que no alcanzaba entender. Ella se puso delante de él.

–No creas que me arriesgaré –dijo el extraño en un tono serio –hasta pronto linda.

Aunque su voz sonaba amable, algo en él me daba mala espina. Mientras se marchaba su mirada no se apartaba de ella. ¿De qué iba todo esto? Saqué de inmediato la mano de la maleta. Quizá habrá pensado que sacaría algún arma o algo parecido. Ni siquiera había notado que estaba allí tirada, cuando la señorita Flavia se levantó tras nosotros.

–Sí, eso era, las fotocopias –decía mientras levantaba unos folletos del piso y se disponía a seguir con sus actividades normales.

"¿Qué leches…?" Me volví hacia la única persona que podía aclararme algunas cositas.

– ¿Quién era ese chico? ¿Te estaba molestando? –pregunté al ver su maleta en el suelo. Sentí la tensión de su cuerpo.

–No era nadie –Mintió. Sentí rabia de que no confiara en mí, pero no podía reprocharle nada. Ya que no nos conocíamos tan bien que digamos.

–Supongo que estas aquí porque al fin y al cabo decidiste venir –le abrí la puerta del salón de lectura –por favor.

–Gracias- dijo con voz muy suave. – ¿No hay nadie más aquí?– preguntó confusa.

–Es por eso que me gusta quedarme después de clases, así es cuando realmente está tranquilo –Esa era una razón valedera, solo que en este caso me resistía a dejarla sola. Aunque traté de relajarme, lo cierto es que estaba preocupado.

–Las bibliotecas siempre son tranquilas –dijo ella con el ceño ligeramente fruncido. Le sonreí mientras le cedía el paso nuevamente.

–Puede que tengas razón, pero yo la prefiero así –le dije. No se puede uno concentrar cuando hay tantas mentes pensando al mismo tiempo. –Además que mi… "Volátil amiga cascarrabias tiene un humor de…" esto, ella me mandó un mensaje esta mañana."Ni siquiera me devuelve las llamadas, ¿en que puede estar pensando?"... por lo que se ve, pasó la noche en vela por un examen que tenía hoy, y se marchó a dormir después de que lo acabara. –Elegir el camino más fácil, dándole la espalda al problema en lugar de enfrentarlo y seguir adelante, era lo ideal en el excéntrico mundo de Rufous. Ni que suspender fuera cosa del otro mundo. Pero esta niña…–Y bueno quedándome aquí le dejo su tiempo sin molestias de ningún tipo.

–Me parece justo. Dijo sonriéndome. Me fue de gran ayuda para desligar el nudo que se formaba en mi garganta ante la necedad de mi amiga.

Agotamos un precioso momento repasando capítulos. Era mas lista de lo que suponía y se le notaba interesada en cada tema que desarrollábamos. Descubría más cosas sobre ella, a medida que iba hablándole de cuantiosas especies de plantas que el ser humano aún no conoce del todo por no estudiarlas más a fondo. Así entre risas y preguntas oportunas, nos dieron las 7:00 PM.

– ¿Son ya las 7:00? –Preguntó exaltada consultando su reloj de pulsera mientras salíamos al pasillo.

–Si, el tiempo pasa de prisa cuando se emplea correctamente. –Sonreí – ¿Dónde está aparcado tu auto? El mío lo dejé cerca del edificio de Humanidades.

–Em, Zero se lo llevó –dijo un tanto mosca.

–Entonces, él te viene a recoger –Me pregunto qué narices estará haciendo cuando su novia le necesita. Sin embargo, no me molesté tanto como pretendí.

–No, no se a donde ha ido, pero puedo ir caminando, eso no es un problema.

Estaba de lo más calmada como si caminar sola en medio de la noche fuera de lo más común. No podía actuar como aquel cretino y dejarla a su suerte. Insistí en acercarla casa.

–No hace falta de verdad, yo puedo caminar, no quiero ser una molestia –Dijo para disuadirme –Además creo que ya te he incomodado lo insuficiente por el día de hoy.

–No digas tonterías –Dije un tanto molesto por su terquedad, aunque justificada puesto que yo era casi un extraño para ella, pero la rabia que me daba el tal Zero no hacía otra cosa que aumentar la temperatura de mi sangre –Además, si te ha dejado tirada en mitad de ninguna parte, no tiene ninguna razón de enojarse porque alguien como yo te lleve de vuelta a casa.

– ¿Cómo? –Preguntó confusa

–Es eso ¿no? Tienes miedo de que se enoje, porque te lleve a casa –le solté de repente.

–No, no es eso –dijo mas tranquila, pero algo en su expresión no me convenció del todo –Aunque es verdad que tu no le gustas, pero creo que eso ya lo has descubierto. No entiendo cual es la razón, el no te conoce –Era como si intentara justificar su actitud.

–Mejor no hablemos de eso ¿Si? –Ya estaba harto de hablar sobre alguien que no merece la misericordiosa pena –entra antes de que te enfríes. – le sugerí dando por terminada su negación, viendo como se sobrecogió al sentir el frío viento que movía las hojas de los árboles. –Y empieza a refrescar –me tranquilicé al ver que había subido de buen grado – ¿Tienes frío?

–Un poco –Dijo mientras se abrochaba el cinturón.

Encendí el equipo de música y las notas del suave piano de Chopin tornaron el ambiente más agradable. Mi sangre volvía a su cause.

–Y ¿hacia dónde? –Ella me indicó el lado opuesto de la Colina, donde vivía con Rufous, pero no me molestó en lo absoluto. No seguía resentido con ella, más tampoco tenía intensiones volver a casa en esos momentos.

– ¿Te gusta la música de piano? –Preguntó Darla

–Sí, sobre todo este compositor, algún que otro más. Aunque no es la única música que escucho. ¿Te gusta a ti? –pregunté un tanto admirado de que a parte tuviera tan buen oído para la música clásica.

–Me encanta el piano, se puede decir que es parte de mí –dijo sonriendo

– ¿A qué te refieres con parte de ti? –Le miré por el rabillo del ojo. Había pensado algo similar respecto a mi guitarra.

–Es un decir –dijo divertida –me gusta tocarlo, lo hago todas las noches.

– ¡Wow, eso es genial! –Exclamé excitado –Espero verte tocar algún día, no hay nada como la música de piano en directo, nada en comparación con un CD grabado. "Definitivamente esta chica está fuera de lo ordinario."

– ¿Es aquí no? –Frené el auto al ver que habíamos llegado al sitio que me indicó antes.

El sistema de gases del motor tenía un nuevo header, lo que hacía que escaparan más rápida y libremente a las tuberías, obviamente también había hecho aumentar el ancho de la tubería a unos 2" o 2.5", más o menos según pude observar el turbo muffler que en esta alineación funcionaba de lo lindo, y lo mejor es que le había cambiado los árboles de levas por unos de aluminio. El buen trabajo que había hecho el tío con la maquinaria, había vuelto el coche más veloz que la velocidad misma. ¿Por qué me sentí decepcionado, entonces?

–Gracias por todo –me dijo mientras agarraba su maleta del asiento trasero.

–No me las des…–Una vez más, aquella mirada tan enigmática que me sobrecogía por momentos, se cruzó con la mía. Tuve el repentino impulso de tocar aquel rostro de rasgos gráciles y armoniosos, pero mis dedos desviaron su curso y fueron directo a quitarle la hoja seca que se le había enredado en un mechón de cabello. –Tu compañía ha sido agradable –Dije sin apartar la mirada de sus ojos.

–Si…ha…sido divertido. Hasta mañana –dijo algo tensa mientras salía con presteza.

Me quedé unos momentos más hasta asegurarme que hubiera entrado a su apartamento. Abrí la ventanilla del chofer y le dije adiós tamborileando los dedos en el aire. Ella me devolvió el saludo antes de perderse tras la puerta. Entonces la cerré y di reversa rumbo a las Colinas.

No era aún la hora de dormir pero ya su habitación estaba a oscuras. Bajé del auto y subí por las escaleras de emergencia, acostumbrado a las frecuentes averías del ascensor. Quise saber como se sentía luego de aquel críptico mensaje que me enviara. Toqué dos veces, pero no hubo respuesta. Quizá aún seguía durmiendo. Por lo visto se las curró bastante con los estudios y agotó la fuente de energías. Entré en plantilla de medias para no hacer ruido. Me acerqué y la vi profundamente dormida, junto al Sr. Orejas. Nunca dormía sin él, pese a que la molestaba frecuentemente con eso. Solo cerraba la puerta si llegaba a irritarse por mis burlas. Me sentía feliz de algún modo al ver como apreciaba el primer regalo que le hiciera. Una brisa helada se coló por la ventana y me produjo un leve escalofrío. La cerré completamente y luego me volví hacia ella para abrigarla.

–Dora...yaki –decía entre bostezos mientras mordía una oreja del conejo –No abrió los ojos, pero como se estiraba para acomodarse mejor, casi me hecha de un codazo. Reprimí una sonrisa.

–Incluso en sueños eres una golosa, eh Rufous? –Murmuré. Nadie se lo imaginaria a juzgar por su figura.

Acomodé el largo flequillo de su frente y besé su coronilla. Se veía tan indefensa cuando dormía. No imagino lo que haría si algo llega a sucederle. Salí y cerré la puerta. No tenía sueño, así que me puse a escribir. Aprovechando la nueva inspiración que me había dejado la conversación con cierta joven. Cosa que no experimentaba desde que regresé de Viena.

Esa noche tuve un sueño en el que veía a una doncella de perfil, y al voltearse pude distinguir los ojos verdes de Darla. ¿Habría sido posible que se tratara de la misma persona? Pero antes de acercarme, desperté con un estruendo que provenía de la cocina.

"Rufous, que demo…" De seguro estaría muerta de hambre.

Salí de la cama y me di una ducha de unos tres minutos para luego vestirme y bajar. Allí estaba ella con la camisa a medio botonar y la corta falda sin correa, sin más calzado que las calcetas negras que le cubrían las piernas. Me senté en la mesa del comedor, esperando a que terminara de vaciar el refrigerador. Quería que me explicara ciertas cosas, pero algo no muy común pasó entonces. ¡Pude acceder a sus pensamientos! Solo que... no había "nada sospechoso" Al parecer le hacia falta la dichosa siesta a solas. Se le veía, sin embargo, confusa. Algo que reflejaba su ceño fruncido mientras se comía un sándwich tamaño familiar que se había preparado. Me miró con sus enormes ojos hazer avergonzada, pero prosiguió comiendo, y bebiendo leche directamente del cartón.

–Come despacio o te atragantarás –Le reproché, reprimiendo una sonrisa.

–Lo siento es que desperté con un hambre de fiera. –Decía mientras tomaba otro sorbo –Me comería un camello con todo y giba –dijo entre leves carcajadas, pero de pronto frunció el ceño nuevamente –Esto. ¿De casualidad has visto mi corbata?

–Debe estar en la cesta de ropa sucia como tu chaqueta –le dije al recordarle que no la traía, a pesar del frío que hacía.

–Ah… puede ser. Esto… –empezó a decir enredando sus dedos en el flequillo –te parecerá algo absurdo, pero no recuerdo muchas de las cosas que hice ayer. Parecía confundida, como si quisiera recordar algo importante. –Dios me debe estar castigando –suspiró de pronto, soltando el cartón.

– ¿Qué pasa? –le pregunté con curiosidad. A lo mejor intentaba disculparse por las rudas palabras que me había escrito.

–Umm, nada olvídalo –hizo un ademán con la mano –es que tuve un sueño y es de lo más bizarro.

Aquello me puso más curioso aún como si de ello dependiera entender lo que no podía leerle pese a tener –al fin – "acceso" completo a aquella mente que por lo general era una fortaleza. Bromeó al decir que lo extraño era que no recordaba nada, pero tenía razón. Aunque le sentó bien lo que sea que hubiera soñado, solo recordaba imágenes vagas de estar volando. Aun así me siguió pareciendo sospechoso. Había estado actuando de forma más extraña de lo normal.

– ¿Donde está Sennen? Tengo rato sin verla –le pregunté, cambiando de tema, al ver una lata intacta de sardinas. Ya estaba resignado a que no le dio mayor importancia a lo del mensaje. Quizá estaba exagerando las cosas.

–Esto... Debe estar por ahí. –ocultó su rostro tras el cartón de leche. Quiso lucir tranquila, pero los latidos de su corazón la delataban –Ya sabes como son los gatos, siempre se van de caza.

–Límpiate el bigote –le señalé, pasándole una servilleta –Vamos, apúrate o te dejo –dije levantándome de la mesa y agarrando las llaves deseando que el pobre animal al menos haya tenido una muerte indolora.

– ¿Euh? Espérate al menos a que me ponga las botas –Salió disparada por las escaleras. Casi resbala en el último escalón por la prisa.

–Ten más cuidado, ¿quieres? –Me devolvió una sonrisa tan inocente que casi me hizo sentir culpable. En cuanto llegamos al aparcamiento, se puso a inspeccionar el auto y quiso saber como es que lucía incluso mejor que antes. Se le veía muy contenta.

–Vaya, que guay... pero... Huele diferente –Agudicé el olfato hacia su asiento y lo sentí una vez más. El dulce aroma de ella aún rondaba por ahí. Suspiré.

–He... ¿Y eso? –Me inspeccionaba con sus enormes pupilas meladas.

–Abróchatelo ya –dije poniéndole el cinturón.

–Yalah,"Sr. Estricto" –Puso un puchero, mientras se lo abrochaba.

Encendí la radio y ponía la canción rumana "Un vis frumos" (Andreea Balan), como cuando éramos peques. Sentí algo de nostalgia cuando empezó a cantar. Así que le acompañé. Le eché una mirada al reloj y noté que aún quedaba una hora y picada para su primera clase. Yo debía rendir un examen de Botánica al medio día y tenía que devolver también unos cuantos libros a la señorita Flavia – La pobre mujer que se desmayó ayer sin razón aparente –así que aproveché e hice una breve parada frente a aquella casa victoriana, donde vivían el tío Faustino y su hijo Razvan, un famoso estilista. Como me lo esperaba, la fachada la deslumbró con sus preciosos porches de madera, de forma octogonal; el tejado de forma compleja y las hermosas ventanas, algunas con vidrieras de colores. Me alegré que volviera a estar de buen humor.

Un señor rubio de bigotes de mediana edad se nos acercó y nos condujo amablemente al salón principal. Era el mayordomo Julius. Nos avisó que el señorito estaría con nosotros en un momento en cuanto terminara su baño. Le agradecí. Marion, mientras observaba las pinturas, alejándose de nosotros.

–He, venga ya esperemos a Razvan aquí. –le avisé a mi deslumbrada compañera que como toda niña noble sabia apreciar el arte.

–Solo echaré un vistazo a la terraza, ¿vale? –dijo silenciándome con un dedo y escurriéndose por el pasillo lateral. Suspiré.

–Ju, mio amore, se ha terminado el agua caliente, haz algo, per favore –ordenó bajando por las escaleras un joven de aspecto grácil con cabello castaño rojizo largo hasta los hombros y ojos grises. La noche que me refugié de la lluvia, mientras buscaba a Marion no le pude ver porque estaba en Italia en negocios. Se había rasurado la perilla, por lo que cualquier persona "normal" lo confundiría con su hermana Rebeca, a la cual era tan parecido.

–Hola Rebeca, ¿que tal tu vida de casada? –dije para molestarlo.

–Deja de hacer el tonto –contestó con acento afeminado – ¿Te gusta mi nuevo look? Lo he hecho pensando en ti.

–Lamento no haber estado en la boda –le repelí, admirando la foto de la joven pelirroja sonriente de ojos grises, con su blanco vestido nupcial, que adornaba el salón.

–No me lo recuerdes por favor. Ese idiota se ha llevado a mi Reby. No dejaré que nadie le quite a papi los más hermoso que le queda –No sabía si reír o llamar a Juan. Pese al colosal parecido, no le veía más guapo que un personaje de reparto en una peli de zombies. En cambio la chica si me resultaba lo bastante agradable como para regalarle una flor. Curiosamente nunca tuve interés en hacerlo.

– ¡Seiya, ven a ver esto! –gritó Marion desde el otro lado.

– ¿Quién es esa escandalosa? –dijo Razvan algo mosca y se dirigió hacia el jardín. Yo le seguí, intentando recordarle que era la chica que necesitaba el corte, pero el muy bestia no se detuvo a escucharme.

–Eh, hombre que es... ¿Marion? –casi se me cae la cara al verla rodeada de una guirnalda de petunias que habían caído del arco de metal gracias a sus traviesas manos.

Ella se disculpaba torpemente con la mirada baja, las mejillas sonrojadas y la camisa empapada al lado de las cestas de barro rotas. Razvan soltó una risita burlona, pero le agarró la mano para ayudarle a parar. Más tiempo del necesario.

–Así que tu eres Marion –dijo mirándole de forma extraña –Es una interesante gargantilla –continuó diciendo, aunque sus ojos libidinosos no estaban necesariamente posados en la prenda de su cuello.

–Ya casi es hora de sus clases –intervine –así que si no te importa....

–Primero debe secarse, a menos que quieras que coja un resfriado –me interrumpió él, quitándose la chaqueta con intenciones de cubrirla, sin apartar la mirada de su pecho.

–Descuida, solo se ha mojado un poco –dijo ella, apartándose enseguida. Odiaba que la tocasen.

–Ten –Dije con desdén, quitándome la chaqueta y ofreciéndosela.

–Ju, per favore, lleva a la signorina al moi estudio –dijo él entonces, con aire desafiante. ¿De qué iba este ahora? Siempre ha sido una… nunca había actuado así antes.

–Gracias –dijo ella, mientras era conducida por el viejo.

–Y dime Raz, –Marion y Julius habían entrado – ¿desde cuando te interesan a ti las chicas, eh?

–Hmm digamos que soy bi. –Dijo poniendo su porte de maniquí – ¿Por qué, acaso estás celoso de tu primito?

–Cierra el pico –le reproché refiriéndome a lo que pude oír de su mente –Te advierto que como le toques un pelo a esa chica, no la cuentas.

–Vale, vale... Usaré un peine –dijo divertido, dirigiéndose a la barbería. Le seguí mosqueado. ¡Hay qué ver las que tiene uno que pasar!

– ¿A ver, te gusta así o lo prefieres más corto? –le preguntaba a Marion, pasándole un espejo, con su sonrisa de idiota a la cual ella correspondió.

–No, así está genial ¿tú que opinas Sei? –preguntó ansiosa.

–Está... Perfecto. –admití. El bastardo era un profesional – ¿Nos vamos ya?

– ¿Porqué no te sueltas esa coleta, "Sei"? –preguntó Razvan. Le fulminé con la mirada, al ver como le acariciaba el pelo con un dedo malicioso. Ella sonreía ingenua creyendo que el me tiraba los tejos.

–No, gracias. No quiero parecer mujer –El me sonrió en respuesta, mientras quitaba la capa del cuello de Marion. Se sintió dolido. Perfecto, se lo merecía.

–No le hagas caso, eres muy linda –dijo Marion intentando que se sintiera mejor, provocando todo lo opuesto. Tuve que reprimir una sonrisa y partir con ella de inmediato. Ya me estaba pareciendo a un padre borde, pero seguro que Rufous estaría de mi lado de haberse enterado de lo que este fallido intento de hombre pensaba mientras le hablaba con su aire afeminado. ¡Cuan afortunado era de no tener hijos!

De camino a la uni, no fui muy elocuente, por lo que Marion decidió ignorarme y cantar a sus anchas "Fast Car" (Namie Amuro) una de las canciones de J-music del CD que puso. No lo hacía nada mal. Oyéndola cualquiera diría que dominaba el idioma. La melodía me hizo olvidar el incidente con Razvan. Era bastante pegajosa.

–Me piro. Te veo a la hora del almuerzo –Salió tan deprisa que dejó caer las llaves de nuestro apartamento.

–He, Rufous, que te dejas las llaves –le grité, ya que estaba lejos.

De regreso, tropezó con el señorito Charlson que cargaba unos libros. Ella se disculpaba al momento que se disponía a recoger los manuales dispersos, apartándose torpemente la larga cola carmesí que se le deslizaba por el cuello. Me acerqué para ayudarles, recogiendo los más pesados, cuando un roce de sus dedos finos causó que fuera estremecido por una sensación que me dejó casi paralizado. No pude evitar "ver" y "oír" lo que aquella mente me ofrecía. Darla y el señorito Charlson… es algo que en el mundo no me esperaba. Giré instintivamente, tratando de no indagar más cosas, disculpándome apenas y apresurando el paso para alejarme lo más posible de allí.

–E... ¿Estás bien? – Preguntó Marion que me había seguido sin yo notarlo –no tienes buena cara, ¿quieres pasarte por la enferme…

–Estoy bien, ya deja de seguirme y vete a tu clase, ¿vale? –Le interrumpí abruptamente, parándome de súbito. ¿Por qué me sentía tan molesto?

–Ah... entiendo yo... ya me voy –dijo con una sonrisa triste al momento que salía pitando hacia el ascensor. Corrí hacia ella antes que se abriera la puerta donde tan impacientemente presionaba el botón, pero solo alcancé a ver como me señalaba el reloj antes que se cerrara y la perdiera de vista. No quería decirle eso. No a ella. Golpee el puño contra la fría puerta metálica. Aquella sonrisa solo hizo que se me encogiera más el corazón.

– ¿Subes o bajas? –Preguntó Darla con su calmada voz melodiosa. Lucía un vestido negro ceñido a la cintura que le venía muy bien, pero ello solo me distrajo un poco.

–Subo –Le mentí. La verdad es que no tenía idea de adonde quería ir.

– ¿Preparado para el examen de la rubia peleona? –Sonreía algo nerviosa. – ¿Va algo mal? No pareces el mismo de siempre –preguntó con aparente interés. Pero tenía razón. Algo había cambiado y no solo era mi estado de ánimo actual.

–Podría decir lo mismo de ti –dije evadiendo su pregunta. Al verle enarcar una ceja en señal de confusión, añadí: –No estás usando uniforme ni bufanda.

–Ah... es que... no encontré la que llevaba ayer. Es mi favorita.

No había notado la esbeltez de su largo cuello. Sin mi chaqueta, tenía algo de frío, pero igual me deshice de la bufanda de lana y sin mediar palabras, la envolví sobre su cuello, como hacía con Marion cuando se ponía necia por asuntos de moda. Sus ojos se posaron en los míos y me pregunté si no había sido muy atrevido de mi parte tratarla con tanta confianza. Pero su mirada franca me transmitió calidez. Algo que necesitaba sin saberlo. Sostuve, sin querer su barbilla en la palma de mi mano izquierda. Era suave y tersa, y estaba casi helada. Sus ojos no se apartaron de los míos por unos segundos escasos, pero suficientes. Mi corazón latía apresurado a medida que me acercaba. Estaba en un dilema:"aprovecharme o dejar escapar esta oportunidad" Hice caso omiso de la advertencia. Sabía que aquello era un error, pero aun así lo hice. Como si con robarle un beso me resignara a una rendición ante algo que nunca podría ser. Una vez mis labios se unieron a los suyos, fríos e inexplicablemente suaves, me aparté de ella. Antes que el ascensor se detuviera y la puerta se abriera, dando paso a otro grupo.

–Parece que llegamos –le dije sonriendo y saliendo de él dirigiéndome a ninguna parte.

Continuará....