Capítulo 9
Quédate
La castaña no le había preguntado nada sobre el beso, lo que Elsa aceptó como un buen gesto de su parte porque, a decir verdad, no tenía idea de lo que podría responderle. Ambas estaban calladas, sumergidas entre sus pensamientos y el ruido que hacía el tráfico a esas horas, cuando la noche caía en la ciudad. Jane no se dirigió al cine, de hecho, no se dirigió a ninguna parte, porque los edificios se quedaron tras ellas, hasta que sólo había carretera y árboles frondosos a los lados; además de algunas indicaciones de tránsito.
Jane bajó las ventanillas del automóvil para que el viento entrara en ese espeso silencio que se había instalado, luego encendió la radio. Elsa le agradeció mentalmente cuando el aire frío golpeó su rostro; al fin pudo respirar y dejar escapar ese nudo que se había estado formando en su garganta desde que se subió al auto. Una canción de una banda irlandesa que reconoció como "The Cranberries" empezó a sonar, lo que la hizo seguir el ritmo con uno de sus pies. De pronto estaba nerviosa.
El lugar a donde iban importaba poco, lo único que quería era no regresar a casa. Sólo quería huir de Anna. Jane parecía saberlo.
Su destino estaba a unos minutos de la ciudad, a las orillas de una carretera y pasando por un pequeño camino. Jane aparcó el auto cuando llegaron, se quitó el cinturón de seguridad y salió. Elsa se quedó ahí y Jane la esperó pacientemente, recargada en el auto. Había mucho frío, quizá por los árboles, así que cuando salió se abrazó a sí misma y caminó lentamente hacia el otro lado, en donde se encontró con los ojos azules de su compañera.
―Esto es tétrico ―dijo. Jane le sonrió de medio lado y miró hacia las ventanas iluminadas del primer piso de la casa a la que habían llegado. Despedía una luz amarilla que parecía ser cálida. Algunas de las ventanas estaban cubiertas por cortinas.
―Siento haberte traído aquí sin preguntar.
Elsa se recargó a su lado y negó, restándole importancia.
―No sabía que vivías a las afueras de la ciudad.
―Podemos regresar cuando quieras. Es sólo que… Parecías estar a punto de un colapso. Aquí es tranquilo. No sabía a dónde más llevarte.
Elsa abrió la boca para decir algo, pero no salió ningún sonido, porque de pronto las palabras de Jane la habían conmovido demasiado. Era la primera vez que alguien se preocupaba tanto por ella.
―Gracias ―dijo en un susurro.
Cuando entraron a la casa, las luces que estaban encendidas eran las del zaguán y la sala, en donde un hombrecillo con bigotes dormitaba en su silla. Elsa reprimió una risita cuando el libro que sostenía en una de sus manos al fin cayó al suelo y el hombre pegó un gritito que lo terminó de despertar.
―¡Jane! No estaba dormido ―dijo. Jane tomó una frazada que colgaba del respaldo del sofá y la puso entre las piernas de su padre. También contenía una sonrisa
―Por supuesto que no, la lectura es más importante ―cogió el libro y se lo entregó―. Aunque no te haría mal descansar un poco.
―Trajiste a alguien ―observó el señor Porter, echándole una mirada a Elsa que se había quedado varios pasos atrás.
―Ella es Elsa Arendelle, papá. Está de visita.
―Un gusto, señorita Arendelle ―saludó el hombre, haciendo que sus bigotes blancos bailaran sobre sus labios.
―Un placer, señor Porter ―Elsa carraspeó, sin moverse de su sitio―. Tiene una linda casa.
El padre de Jane echó una mirada al sitio, como si por primera vez se tomara la molestia de observar de verdad su propia morada. Estaba tapizada de libros. Incluso la mesita de enfrente tenía algunos varios volúmenes sobre biología que él mismo había escrito. Levantó las espesas cejas con incredulidad, porque pareció darse cuenta del desastre en el que se encontraba todo.
―¿A ella le gusta leer? ―preguntó a Jane.
La bibliotecaria miró a Elsa, divertida, y luego a su padre.
―A ella le encanta.
El mayor de los Porter sonrió grandemente, satisfecho con esa respuesta. Elsa se le hizo la chica más adorable que había conocido. Además, apreciaba los libros.
―No se diga más ―dio un salto para ponerse de pie, la frazada cayó al suelo, la recogió y la puso en su hombro derecho. Bajo el brazo puso el libro que estaba leyendo; incluso con la frente en alto, era varios centímetros más corto que su hija―. Señorita Arendelle, puede tomar los libros que quiera. ¿Gusta de té? Puedo prepararle una tetera.
Elsa miró a Jane en busca de una respuesta.
―En realidad… ―la chica dijo, salvándola―. Puedo hacerlo yo. A Elsa le gustaría tomar un poco de aire fresco. La llevaré al invernadero.
El señor Porter miró a su hija y, unos eternos segundos después, entendió lo que quería decirle con la mirada.
―Oh… Oooh ―dijo―. Ya entiendo. Sí, esto y lo otro, cosas de chicas. Mal momento, necesitan espacio. Tenga una bonita velada, señorita Arendelle.
Jane se llevó una mano al rostro cuando su padre desapareció por las escaleras del segundo piso.
―Perdónalo, mi madre no lo enseñó a ser discreto.
Elsa se rió por lo bajo y la siguió hasta llegar a la cocina. Incluso ahí habían varios libros que Jane empezó a recoger de dos en dos, luego de disculparse con ella por el desorden.
―Deja de preocuparte ―le dijo al fin, cuando la chica hubo dado dos vueltas con libros en las manos ―. No me molesta, es más… Es fabuloso. Tu casa, tu espacio, todo. Ojalá la mía fuera al menos un diez por ciento igual.
Jane se sonrojó como pocas veces lo hacía y se mordió el labio inferior.
―No acostumbro a traer gente aquí ―respiró profundo―. Creo que eres la primera en mucho tiempo. Supongo que al menos te has dado cuenta que esto es más una biblioteca que un dulce hogar.
Elsa se acercó a ella y, sin prestarle mucha atención a sus acciones, terminó por levantar una mano y acomodarle un mechón de cabello que se había escapado de su sitio. Se dio cuenta, muy tarde, que Jane la miraba fijamente. Y cuando las yemas de sus dedos acariciaron suavemente una de sus mejillas, se preguntó si la castaña siempre se ponía nerviosa cuando estaban cerca. Era la primera vez que alguien tenía esa reacción con ella. Por un momento, sintió la corriente de adrenalina corriendo por sus venas. Ella nunca había iniciado un contacto tan íntimo, real.
Un libro cayó al suelo cuando Jane quiso sostenerse de algo. La magia se rompió con el sonido sordo. Ambas bajaron la vista hacia el intruso y sólo entonces se alejaron la una de la otra. La castaña vaciló antes de recoger el libro y poner manos a la obra para preparar el té. En todo el proceso, Elsa pensó en lo cerca que estuvo de besarla de nuevo.
―¿Té negro? ―preguntó Porter, dándole la espalda para buscar en la alacena algunas tazas.
―Sí, ese está bien.
¿Qué estaba haciendo? Negó con la cabeza sin que Jane la viera y pensó en lo que podía decir para que el ambiente perdiera esa tensión que se había instaurado.
―Mérida me ha invitado a una fiesta este sábado ―se mordió el labio inferior―. Y aún tengo los boletos de San Valentín que me ha dado Oaken. Es mañana. ―Trató por todos los medios parecer casual cuando la chica la miró―… Yo creí que tal vez tú y yo…
―Sí, por supuesto. Es decir, puedo ir ―respondió con las palabras atoradas Jane y una sonrisa oculta.
Tenían más citas por delante.
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La vista de algunos insectos hizo que Elsa se retorciera un poco en su sitio, aunque Porter había afirmado que eran inofensivos. La noche había caído completamente, y lo único que se podía divisar tras esa pared traslúcida del invernadero era la oscuridad, que se expandía por todo el bosque que rodeaba casi completamente la casa de Jane. Había silencio de voces, murmullos de automóviles o de cualquier otro síntoma de vida urbana.
―Es muy tranquilo.
―Papá nunca fue muy afecto a la ciudad, si tenía que vivir en una, entonces también tenía que encontrar un lugar que estuviera lo más apartado de ella. En la naturaleza.
Jane roció de agua, con un spray de jardinería, algunas flores que requerían mucho cuidado. Unas habían sido traídas desde Asia. Las luces artificiales del invernadero chocaban con sus cuerpos y producían sombras extrañas en el suelo. El sonido de los aspersores se dejó escuchar como si estuviera muy lejano, a pesar de que regaban las plantas de la esquina derecha del espacio. Todo era muy bonito, quizás de día se veía mucho mejor.
Elsa miró hacia arriba, en donde encontró unas enredaderas jóvenes, empezando a buscar camino. Olía a una mezcla de vainilla y menta, aunque no estuviera segura si alguna de esas plantas realmente estuviera ahí. Caminó lejos de la castaña, siguiendo una serie de flores que le habían llamado la atención.
―Sé que no debo entrometerme… pero tú y Anna parecían estar en un mal término hoy.
Elsa se detuvo y volvió la cabeza poco a poco, para mirarla. Una línea de pequeños retoños las separaba.
―No era nada. Tonterías. Para mañana todo estará normal.
―¿Y qué es lo normal? ―Elsa levantó una ceja con el cuestionamiento de Jane, quien parecía no haberse inmutado, pues tenía la vista fija en los fertilizantes cercanos a ella.
"Lo normal…". Ya nada era normal entre Anna y ella. Todo el día discutían, y si no estaban haciéndolo, se ignoraban. En la cena familiar, que muchas veces eran con los cuatro juntos ―incluyendo su padre y madre―, ella nunca participaba en la charla, excepto para responder con monosílabos. Otras veces no bajaba a comer, y nadie le decía nada al respecto porque a nadie le interesaba.
―Ella… ―suspiró y negó―. Anna fue incapaz de disculparse de frente por una discusión anterior, así que envió a alguien más para hacerlo por ella. Estaba molesta… He reaccionado mal. Y ella también, a veces es muy infantil.
Jane asintió apenas, como si estuviera pensando.
―Creí que tenían una buena relación.
―No… Es decir… Supongo que alguna vez la tuvimos. ―"Hasta que me enamoré"―. Cuando éramos pequeñas solíamos ser inseparables. Anna era la cabeza de todas las travesuras, aunque de alguna forma siempre me veía más implicada yo que ella. Le admiraba el hecho de que se podía zafar bastante rápido de los problemas, yo no. A pesar de todo, éramos las mejores amigas, creo que hasta terminábamos las frases de la otra. Y ahora que lo pienso… eso es un poco escalofriante.
―Me habría gustado tener una hermana o un hermano ―la castaña confesó con media sonrisa―. No estoy segura. A veces era muy aburrido ser hija única, sobre todo cuando terminaba, de alguna forma, sola con papá y mamá en medio de la nada, en alguna selva africana.
―Tu vida parecía ser sumamente interesante.
―Por supuesto, no me preguntes cómo terminé de bibliotecaria. Aunque mi padre lo adjudica a que no tenía un alma aventurera; no estaba en mi sangre, así que normalmente empieza una charla interminable de encontrar a los culpables. Casi siempre termina siendo mi bisabuelo Timothy; él era el gerente de un banco.
Jane se había acercado de nuevo a ella, pero ambas se daban la espalda, en la búsqueda de algo escondido entre todas las plantas. A Elsa le pareció que su voz la tranquilizaba, algo que necesitaba con urgencia desde hace mucho. Se sintió culpable al estar ahí, por robarle el tiempo a la señorita Porter, por haberla usado ―porque lo había hecho― y, sobre todo, por no darle las explicaciones que merecía.
―Creo que tampoco tengo un alma aventurera.
―¿Anna y tú son muy distintas?
Lo eran, mucho, aunque a veces era como si ser distintas las complementara. Eran esos momentos los que valoraba más que a todo. Los que no quería olvidar frente a ese tornado de desdichas que se llevaba los buenos momentos.
―Sí… Mucho. Cuando era pequeña, Anna solía inflar las mejillas cuando no lográbamos llegar a un acuerdo. Claro, siempre terminaba cediendo para que no estuviera triste todo el día. Pero creció, y comprendimos juntas que no teníamos que pensar igual o querer lo mismo. Aprendimos a soportarnos en toda esa contradicción de ideas, hasta que…
Se detuvo abruptamente. Había sucedido mucho en ese salto temporal, tanto, que apenas podía enumerar todo. Casi nadie sabía del accidente. Y lo de sus sentimientos ni siquiera era una opción.
―No tienes que decirme, entiendo perfectamente ―Jane se había vuelto hacia ella y le sonreía para tranquilizarla. Ni siquiera se había dado cuenta que se abrazaba a sí misma.
¿En serio no iba a decir nada? ¿Iba a seguir guardando todo, presionándolo contra su pecho hasta que un día explotara dentro de ella?
―Yo me alejé de Anna… Unos años. Supongo que ni yo entiendo el porqué. ―"Mentira"―. El día en que les dije a mis padres que me gustaban las chicas… ―miró hacia el pasado―. Todo se salió de control.
No podía quedarse ahí parada, se tuvo que sostener de un soporte de madera y enfrentar a la cara a Jane. Tenía que hacerle saber que lo siguiente que le diría no se lo había contado a nadie. Los que lo sabían, se habían enterado porque estuvieron cuando todo ocurrió, pero sus palabras, su perspectiva de lo que había pasado, estaba oculta.
―Mi padre me sacó de la casa… Y yo no estaba pensando correctamente ese día. Había creído que… ―"¿Qué?"―. No lo sé, que no les importaría, que nada cambiaría; pero sólo me estaba protegiendo. Me mentía a mí misma. Discutimos por todo, como si al fin hubiera explotado la bomba atómica de todas nuestras frustraciones. Mandaron a Anna a su habitación y él me obligó a quedarme a escucharlo. Dijo que no merecía nada de lo que me había dado. Que era una deshonra… Una abominación, como un germen que se exparce. ―Sonrió amargamente―. Mi madre no dijo nada. Sólo estaba en silencio… como si no estuviera ahí, sólo… miraba a la nada. Recuerdo que estaba sentada en el sofá y su reflejo se veía en la televisión, y yo la miré, pidiendo ayuda pero sólo… No quiso dármela. Estaba muda.
―Elsa…
―Nunca fui lo que Agdar esperaba. Lo intenté, por años desde que tengo memoria. Intenté ser la mejor de la clase, de mi generación, me inscribí a todo lo que me dijo. Fui la niña modelo que recibía clases de piano a media tarde e iba a ballet después de ellas. Nunca me quejaba de la comida o de los profesores, sonreía a los mayores y hablaba sólo cuando se me pedía… Y… No bastó. ―Su quijada se tensó―. Nunca fue suficiente. Luchaba batalla tras batalla, pero nunca salía victoriosa. Y estaba Anna… tan libre, fuerte, valiente. Era la chica que parecía volar, la que alegraba la casa, a mi padre. Todos la querían tanto. Yo la quería tanto… La quiero tanto. ―Un nudo impedía que hablara de nuevo.
Jane se trasladó a su lado, pero no la miraba, quería darle un espacio. Tragó saliva para poder seguir.
―No me malinterpretes. Admiraba a Anna, y no entendía por qué ella me admiraba a mí, cuando era claro que a ella todo le salía tan natural, mientras que yo mecanizaba todo.
―Eres su hermana. Ella te quiere, Elsa. Tu padre no supo tratarte… Lo lamento. Pero en serio, en serio, espero que no estés pensando que alguna vez fuiste mediocre. Anna veía todo tu potencial ―le sonrió con calidez―. Apuesto que te veía demasiado perfecta tras el velo.
―Pero era todo lo contrario…
―No lo creo.
―Lo era, quizá lo sea aún. El día que salí de casa, me fui a una fiesta. ―Empezó a explicar―. Quería olvidar todo lo que Agdar me dijo. Me sentía lo suficientemente mayor, lo suficientemente perdida como para hacer lo que sea. Pero cuando llegué al lugar me di cuenta que realmente no me sentía capaz de nada. Que todo me sabía amargo o sin sabor. Y cuando estaba a punto de rendirme, Anna llegó… Y me sentí tan enfadada con ella, pero al mismo tiempo tan aliviada, que sólo quería que no me dejara. Fue un respiro el saber que no me odiaba. Sin embargo tenía miedo, por ella, por lo que mi papá podría hacernos si sabía que había ido por mí. Tomé el auto y la subí a él, a pesar de sus quejas… Quise contentarla en algún punto, la vi por el retrovisor, con ese mohín de enfado que tanto le conocía, y luego estaba la curva… Las luces apagadas del automóvil de enfrente y entonces… Una explosión de cristales. Quise esquivarlo, pero…
Jane abrió los ojos con sorpresa. No esperaba esa parte.
―Ustedes…
―No lo vi venir. Todo fue demasiado rápido. Nos impactó en uno de los costados… Nos sacó de la carretera, rodamos varios metros entre las rocas y árboles. Debieron pasar unos minutos cuando desperté… No sentía nada, creo que no reaccionaba aún; pero cuando vi a Anna… colgando de arriba con el cinturón aún puesto…
Ocurrió. Una lágrima traicionera rodó por su pálida mejilla.
―Creí que la había perdido. Había tanta sangre… ―miró al suelo y se limpió con la manga―. Esa noche nos ignoraron varios automóviles cuando logré sacarla de ahí. Fue sólo hasta que un chico que se dirigía a su trabajo nocturno nos ayudó, cuando pudimos marcar a emergencias. Anna no reaccionaba. No reaccionó. Entró en un estado de coma por más de cinco meses. Me odié tanto… Y odié a quien sea que conducía el otro automóvil. Escapó, mientras mi hermana y yo nos desangrábamos sin poder hacer mucho.
―Lo siento…
Elsa suspiró y miró de nuevo hacia arriba, siguiendo el camino de enredaderas.
―Fueron los peores meses. No me dejaban verla por mi padre, me odió más que nunca.
―Anna despertó, nada de eso fue tu culpa.
―Quizás… Pero sucedió. Y con el paso del tiempo es más que un recuerdo, es una pesadilla de todos los días. Ni siquiera puedo soportar el olor del automóvil ahora. Mis padres me prohibieron conducir y… bueno, sabes esa parte de la historia. Agdar prefiere que esté sola, sin ocasionar más problemas. Suele recordarme lo bondadoso que fue al dejarme entrar de nuevo a la casa. No lo dijo, pero fue por Anna.
Jane suspiró y caminó dos pasos hacia el lado contrario de donde estaba Elsa. Cortó el exceso de hojas en una de las flores antes de hablar.
―A mi madre le gustaba mucho la jardinería. Cuando murió, mi padre siguió pensando en todo lo que no logró hacer, así que construyó el invernadero con la ayuda de dos más de sus compañeros de trabajo. A veces pasa todo el día aquí, le pone música a las plantas y habla con ellas. Es como si de nuevo estuviera con ella, mi madre.
Dejó a un lado su trabajo y miró a un punto perdido entre la nada. Elsa no sabía qué decirle de una manera coherente, excepto lo primero que escupió su lengua.
―¿La extrañas? ―Se arrepintió enseguida, pero Jane pareció reaccionar.
―A veces, en un inicio era raro, como si todavía estuviera metida entre nosotros. Ni siquiera podíamos hablar de ella en pasado. Ahora… Nos llegó la aceptación. Aprendimos a vivir de este modo. La recuerdo, claro, pero ya no duele. No como antes.
Asintió a su respuesta. No quería hurgar mucho en la vida de la chica.
―Siento si te he hecho estar incómoda con esa pregunta.
―No, está bien. A lo que me refiero es que… es bueno tener los recuerdos, Elsa. Es bueno no olvidar, incluso lo más doloroso. Pero es mejor rescatar lo que queda del escombro, mi padre rescató el invernadero, una forma de memoria a mi madre. Tienes a Anna, ella es parte de tu pasado, de tu presente y, espero, que también pienses en ella como tu futuro. Es tu hermana, después de todo.
Jane tomó unas tijeras y cortó el tallo de una flor blanca. Elsa no tenía idea de qué tipo o cuál era.
―Gracias… ―la aceptó.
―Es una Zinnia ―le explicó luego Jane―. Simboliza el recuerdo.
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Esa noche entró tranquila a casa, con la flor que Jane le había regalado en una mano. Anna parecía estar atrapada como el significado entero de esa planta, así que mientras más tiempo la sostuvo, los recuerdos se arremolinaron con más fuerza en su cerebro. Buenos o no, tuvo que dejar los pensamientos atrás cuando se encontró con el escenario menos alentador: su padre estaba en la sala, viendo la televisión mientras bebía una copa de vino. Era cerca de la una de la mañana y la estaba esperando.
―Así que ahora sólo te vas ―Agdar dijo, sin mirarla. Ella apretó más el tallo de la flor, como si eso bastara para protegerla.
―Se me ha hecho tarde, no volverá a suceder. ―Bajó la cabeza, estaba dispuesta a salir de ahí, pero sabía que eso aún no terminaba.
―¿Por qué? ¿Has terminado con tu novia? ―La risa de su padre hizo eco, Elsa lo miró de frente.
―Yo no…
―¿Pensaste que no lo sabría, Elsa? Fue de lo primero que me enteré esta tarde al salir del automóvil, el vecino de al lado estaba lo suficientemente enterado de todo. ¿Estabas peleando con Anna y luego te besaste con una…? ¿Frente a tu hermana, en serio? ¡Qué carajo pasa contigo!
Elsa quiso reír, más por el nerviosismo que por otra cosa. Estaba muy segura que a Anna no le importaba, es decir, ¿sus padres estaban enterados que al menos la cuarta parte de los chicos de arte era abiertamente homosexuales. Anna no era ninguna niña, diariamente veía a varias chicas besarse con otras chicas en los pasillos de su facultad.
―Me sorprende que los vecinos tengan tiempo de vigilar lo que hago, pareciera que nunca están ―dijo con ironía.
―No me cambies el tema.
―En serio, ¿el vecino también te contó de su terrible historia familiar? No, claro que no, es más interesante espiar y enterarse de los asuntos de los demás que ponerse en el juego y arreglar sus propios problemas.
Agdar dejó su copa de vino a un lado y se levantó del sofá. Ignoró lo que dijo.
―¿Desde cuándo te revuelcas con ella, Elsa? ¿Te basta con eso? Creí que habías dejado atrás todo eso… Que… No sé… Habías recapacitado después de todo. Que una u otra cosa te había curado de todas esas estupideces de adolescencia.
Y eso era todo. El habla se le fue. Esto iba a ser grande. Intentó tranquilizarse, hacer todo lo posible por respirar profundo y no entrar en una crisis que sólo empeoraría las cosas. No tenía por qué participar en la discusión.
―En realidad, me sorprende que sea una especie de… chica femenina. ―Agdar siguió―. O eso me dijeron. Ya sabes, creí que te buscarías algo más masculino, ya que te esfuerzas aún en vestirte de acuerdo a tu sexo. Me preguntaba hasta cuándo iba a ser eso. Luego supuse que buscabas más bien… Algo diferente a ti. ¿Entonces quién hace del hombre, Elsa? Ustedes las lesbianas son incluso más complicadas.
Primero el reproche, luego la ridiculización. Seguía las amenazas.
―Buenas noches… Agdar.
Era una guerra perdida tratar de razonar con su padre y todos los estereotipos que rondaban en su cerebro. Dio media vuelta. Contó. Uno, dos y tres pasos.
―No quiero verla de nuevo en mi propiedad. ¿Está entendido? Quizá a ti te importe muy poco lo que haces y deshaces, pero en esta familia aún vive gente normal que se rige bajo los preceptos de la moral. Eso que haces… es una aberración, pero no quiero que nos arrastres a nosotros. La próxima vez, tomas tus cosas y te vas de esta casa, o simplemente no te tomes la molestia de regresar.
Elsa sintió que le hervía la sangre, ni siquiera quería verlo. A veces quería arrojar todo, irse de esa maldita casa y olvidarlos. Olvidarse de él, de su existencia. Olvidarse de Anna y de todo su pasado. Quería asesinarlos, en su mente y memoria.
―Como quieras ―soltó con intención de sonar dura, pero lo único que salió fue un murmullo apagado.
Subió las escaleras hacia su habitación, de dos en dos; seguía sintiendo la mirada de su padre en su espalda. El pasillo estaba a oscuras, caminó más de prisa hasta el final, hacia el baño, pero con las luces apagadas lo único que ganó fue chocar con algo.
O alguien.
―Rayos, ¡lo siento! ―Ese alguien jadeó y ella dio un gritito.
―¿Anna? ¡Agh! ¿Qué haces despierta a esta hora? ―No la podía ver, aunque estaba frente a ella. Por un momento le preocupó que su padre subiera.
―Te esperaba, tardaste. Dios, lo siento tanto… ¿Te he lastimado?
―No, ve a la cama, papá va a subir en cualquier momento y…
Sintió la mano de Anna apoderarse de la suya. Lo siguiente que supo es que estaba siendo arrastrada hacia adelante y luego una puerta se cerró tras ella. Las luces seguían apagadas y la sensación de tener a su hermana muy cerca la hizo retroceder y querer ver al atacante.
―Ya estamos a salvo.
―Dilo por ti.
―Escucha… siento lo que ha pasado antes, no creí que papá se enteraría. Estuve a punto de ir a romperle la nariz al estúpido del vecino, y luego no llegabas y estuve un poco fuera de mí porque tenías apagado el celular y papá estaba enfadado por nada. Yo… lo que quiero decir… Es que no iba a dejar que te pasara nada, por eso seguía despierta. ¿Ves? No te ha hecho nada.
―No, por supuesto que no, sólo el mismo sermón de siempre sobre la "enfermedad" de la homosexualidad que ha pisado esta casa por mi culpa. Anna, ¿puedes encender la luz ahora?
―No, sí, no… espera. Ya te dije que no tienes que hacerle mucho caso, él no sabe…
―No tengo ganas de hablar de esto, ni de nada ―dijo, moviéndose para salir de ahí―. Ni siquiera debería hablar contigo.
―¿Por qué? Porque… ¡carajo! ―Anna tropezó con un objeto―. ¿No te bastan las disculpas?
―Ya ni siquiera se trata de las disculpas ―¿Anna le había puesto seguro a su puerta? Volvió el cuerpo para reclamarle, pero Anna se adelantó.
―¿Ah, no? ¿Entonces de qué? ¡Qué quieres que haga!
―Baja la maldita voz y déjame salir de aquí.
―¡No!
Había bastado un segundo. El aliento de Anna chocó contra su barbilla y sintió sus manos en su cintura. Las rodillas le fallaron un poco y todo lo que tenía que decir desapareció. La flor que le había regalado Jane cayó al piso, perdiéndose. Callaron, y un silencio pesado se instaló en la profundidad de la habitación. No podían ver, sólo eran los sentidos, clavándose en cada poro de la piel de Elsa. Los sonidos se hicieron gigantes, como su corazón golpeteando en sus oídos y el ruido de las pisadas de su padre yendo a su habitación. Su respiración se hizo pesada y sus manos se apretaron a sus costados. Su espalda se encontró completamente unida a la puerta de madera.
―Él ya se ha ido a dormir… ―Anna dijo, y con cada palabra, Elsa la sentía más cerca.
―Y tú debes hacer lo mismo ―dijo apenas.
―Si te dejo ir ahora vamos a enterrar este asunto, y pasarán las semanas y nos amargaremos la una con la otra, sin poder resolver toda esta porquería que se ha creado.
―No hay nada que resolver, Anna ―. Quería apartarse, pero no quería hacerlo, ¿eso tenía sentido?
Anna se acercó más a ella, como si quisiera abrazarla y no se atreviera. Elsa apenas distinguía su silueta.
―Siento que estoy haciendo todo mal. Yo no sé por qué he estado reaccionando como una imbécil… No soy así ―Anna parecía hablar más consigo misma. Elsa sintió cuando su cabeza se recargo en su pecho y por fin la abrazó―. Esto es como una maldita montaña rusa, no quiero que aclaremos todo hoy y discutamos por cosas infantiles mañana.
Elsa cerró los ojos, como si no bastara toda la oscuridad para hundirse y perderse, para dejar de sentir a Anna.
―También me he comportado como una idiota ―al fin dijo―. Pero…
―Lo sé, lo sé… He ganado esta vez ―Anna se adueñó más de su cuerpo y Elsa casi pudo imaginarla haciendo una mueca infantil―. Tienes que perdonarme.
―Anna… Yo no…
―Y tienes que saber que no me importa Jane, es decir, claro que me importa… Bueno, no me importa como… Agh, me refiero a que me importas tú. Lo que sientas. Tú, con ella. Espera… ¿estás con ella? Maldición, no me hagas caso, no me tienes que decir, sólo… Lamento lo de Kristoff ―su voz fue cayendo―. No fue su culpa. A veces siento que te conozco apenas… Y me odio por eso.
Las manos de Elsa vacilaron, antes de que una se atreviera a dar dos golpecitos en la espalda de su hermana.
―Ya no importa. De verdad. Sólo… ―Suspiró―. Sólo déjame resolver con Kristoff lo que sea que tengamos que resolver.
―No quieres que salgamos.
―No es eso.
―Y no es por él.
―No, es…
―Es por mí.
Elsa se quedó inmóvil.
―No es por ti ―se defendió.
―Crees que es un idiota porque ha sido tu amigo por años ―Anna rio un poco―. Él no va a hacerme daño, Elsa. Y si lo hace, mis puños no lo dejarán ver la luz solar por muchos días.
―Sé que te puedes defender.
―Y que tú puedes defenderme. Incluso antes de tiempo. ¿Es así?
―¿Qué cosa?
―¿Te preocupo?
―… Eres una maloliente.
―¡Hey! Sólo es cuestión de que abras tu corazón un poco. ¿Era eso?
―No sé qué te hace pensarlo.
―Porque pienso lo mismo de Jane. Porque no quiero que te haga daño. Porque he pasado un poco de mi tiempo pensando sobre quién podría ser digno de ti y es como… Como no poder encontrar a ese alguien. Es una cosa de familia, creo. Pero si Jane te hace feliz…
―No te adelantes.
―¿No lo hace? ¿Debo tener una extensa charla con ella sobre cómo debe tratarte? ―Elsa rio por primera vez en la noche, y enseguida se vio cubriendo el sonido con el, ahora que lo sentía, hombro descubierto de Anna―. ¿Qué? ¿No confías en mí? No seré dura con ella.
Elsa se quedó quieta, sonriendo apenas. Cómo alguien podía destruirla y construirla en tan poco tiempo.
―Ella… ―pensó, lo intentó, pero sólo quería quedarse así todo ese tiempo y decirle a Anna cuánto la quería, que no pensaba en nadie más―. Ella es demasiado buena para mí.
―Estás demente.
―Mmmh…
―¿Por qué crees eso? ―Los dedos de Anna trazaron círculos en su espalda, suavemente, como si buscara adormecerla en sus brazos. Suspiró bajito, y la pelirroja llegó a su cabello con una mano y empezó a deshacer su trenza.
Elsa se estaba desmenuzando.
―Porque… ―no podía pensar―. Porque es así, se preocupa tanto y yo no…
Sus dedos se retorcieron, y una pequeña flama que había escondido hace mucho empezó a emerger. Abrió la boca, pero no pudo decir nada, la oscuridad parecía tragarse todo, y no de una mala forma. Sus sentidos se triplicaron, Anna parecía cantarle una canción que estaba encendiendo sus entrañas.
Tenía que parar. Ya. Pero siguió, embrujándola, dañándola, queriéndola, mintiéndole.
―¿No sientes lo mismo? ―Anna susurró, cerca de su oído.
―Yo no…
―¿Qué sucede?
No, nada tenía que ver con Jane. Elsa abrazó a Anna, abruptamente. Casi con desesperación. Anna jadeó en la acción y tropezaron entre varios pasos hacia atrás, apenas conservando el equilibrio cuando Elsa se apoderó de ella y sus dedos buscaron la piel de su cintura.
―¿Elsa? ―Anna parecía alerta y ella se sintió enferma casi al mismo tiempo. Tenía que salir, pero Anna seguía manteniendo su agarre, sin importarle mucho lo que había sucedido―. Elsa, ¿qué pasa?
Respiró pesado. El asco que sintió hacia sí misma hizo que los ojos le picaran al instante. Quería llorar. Por un momento estuvo a punto de… ¿Qué? ¿En qué estaba pensando?
Su agarre fue disminuyendo.
―Perdón… ―dijo, con la voz áspera, a punto de llorar.
―Hey…. Hey, no, espera…. ―Anna buscó su rostro en la penumbra y la sujetó―. No tienes que pedirme perdón. Elsa… No por abrazarme ―Qué poco sabía Anna―. Joder, voy a encender la luz.
―¡No! ―gritó por lo bajo, deteniéndola.
―No puedo verte.
―No tienes que verme. Hace un rato no te importaba. Me tengo que ir. ―Se apartó un poco, pero Anna la sujetó con mayor rapidez.
―Quédate.
Fue más una orden.
―Tenemos que dormir.
―Lo sé, por eso, quédate esta noche.
Elsa parpadeó un par de veces. Anna seguramente había quedado demente.
―¿Acaso tienes cinco años aún?
―No, pero ojalá los tuviera. Recuerdo que me aceptabas en tu cama a esa edad.
―Sí, y eras como… La mitad de lo que eres ahora. Y aún así ocupabas todo, me refiero a todo, incluso mi espacio personal.
En realidad, sólo quería cubrir el nerviosismo que había vuelto a nacer en ella. Era imposible que se quedara a dormir con Anna. Y sin embargo… ¿Por qué lo estaba considerando? ¿Por qué no estaba huyendo? ¿Por qué su maldito cerebro seguía apagado?
―Tu cama es más grande.
―No vas a dormir en mi cuarto.
Anna había empezado a quitarle la chaqueta y, si no fuera por la oscuridad, Elsa habría notado la sonrisa de victoria dibujada en su rostro.
―No, tu habitación es muy fría. Se me congelan los pies.
―Tu habitación es demasiado calurosa.
―Lo que digas.
Anna se había acercado a ella, luego había depositado un beso en su mentón. Luego sólo se había alejado para escabullirse entre las sábanas y esperarla.
Elsa se quedó plantada en el medio, sin su chaqueta y el cabello ya suelto. Anna también le había quitado el cinturón.
Estaba muy jodida.
