El viaje.
Disclaimer: Ni Star Trek ni "El principito" son de mi propiedad.
Nota: Siento la tardanza, el viejo cacharro que es mi ordenador era demasiado diva como para coger el internet.
El minero
(XIV)
El quinto planeta era muy extraño. Era el más pequeño de todos.
Jim les contó que junto a la familia Mccoy se había embarcado en un crucero, apelando—gracias a la mente ágil de la madre de Bones—que era la niñera de Jim, hijo de la embajadora Winona Kirk, y que debía llevarlo junto con ella para una importante reunión diplomática.
Increíblemente, dijo Bones después, había colado.
Tal vez se debiera, sugirió Spock tras la cena, a que Jim sabía de memoria mucha información referente a la Federación, que sabía bastante de ordenadores y que tenía un encanto natural para distorsionar la realidad y encandilar a la gente.
Jim había reído al escuchar eso.
—¡Spock, querido! —Había exclamado con una sonrisa radiante, extendiéndole la tarta de manzana. —Si sigues así voy a ponerme más colorado que un tomate.
Spock alzó una ceja.
—No creo que eso fuera un cumplido…
El viaje había sido ameno, incluso habían hecho una parada en una luna para repostar. Jim había insistido a Bones en dar una vuelta, usando su mirada de corderito degollado y balbuceando que no le quería suficiente.
Al final Bones había cedido con la condición de que se comiera las espinacas de la cena.
Mientras paseaba por el desembarcadero obrero de la luna—situado pasando el desembarcadero donde estaba su nave— se percató de un hombre—un romulano—que trabajaba sin descanso para descargar el mineral extraído de uno de los cientos de asteroides que se usaban como minas. Extrañado por la raza del alienígena se aproximó a él con pasos pequeños pero seguros.
A penas le dijo un "ahora vuelvo" a Bones.
El romulano daba un poco de miedo, solo un poco porque él era James Tiberius Kirk y no temía a nada en absoluto. Excepto al dentista; el dentista daba mucho miedo.
Sin embargo, se dijo a sí mismo:
Juzgar a la gente por su aspecto está mal, se dijo. Spock le felicitó por aquel pensamiento al que Jim catalogó como un ejercicio de lógica a lo humano: Si Amanda amaba a Sarek que era un robot y Sarek amaba a Amanda pese a su naturaleza mecánica significaba que todo el mundo podía amar y que, por consiguiente, podía ser bueno.
Spock fue incapaz de responder a aquello. Su madre rió divertida y Sarek continuó escuchando con atención. No sabía que los humanos a la edad de Jim hicieran tantas cosas.
Cuando llegó al planeta saludó respetuosamente al farolero:
—Buenos días. ¿Por qué acabas de mandar ese cargamento a la derecha?
El romulano, un tal Nero—el nombre estaba escrito en su mono de trabajo—le miró mientras revisaba el nuevo cargamento.
—Es la consigna. —Dijo mientras enviaba el nuevo cargamento a la izquierda.
Y volvió a encenderlo.
Jim le miró perplejo ¿No era a la derecha?
—Pero, ¿por qué acabas de mandarlo en la otra dirección?
—Es la consigna. —Respondió Nero sin prestarle mucha atención.
De acuerdo, se dijo Jim, los romulanos eran tan raros como los vulcanos.
Más tarde Spock tendría que explicarle que los romulanos y los vulcanos tenían ancestros en común, lo que cambió la historia de Jim a: "Entonces tu primo Nero…"
—No lo comprendo. —Murmuró Jim, pasando el peso de su cuerpo de una pierna a otra.
Nero negó con la cabeza.
—No hay nada que entender; la consigna es la consigna.
Y apagó el farol.
Jim siguió mirándolo con sus grandes ojos azules, sin perder un solo detalle de lo que hacía; así pues Nero—el primo de Spock—acabó por hablar con él.
—Tengo un oficio terrible. Antes era razonable, ahora ya no. Desde que nos llegan más minerales apenas tengo tiempo para mi familia. Antes podía pasar tardes enteras con mi esposa e hijo y ahora apenas les veo…
Jim le miró con tristeza. Era lo mismo que le pasaba a él con Spock, antes todo era más fácil pero la edad lo entorpecía todo.
—¿La consigna a cambiado? —Preguntó balanceándose sobre sus pies.
Nero negó.
—La consigna no ha cambiado, ¡Ahí está el drama! Año tras año nos traen más materiales y la consigna no ha cambiado.
Jim le miró estupefacto, ¿Cómo era eso posible? Que cruel era esa tal Consigna, seguro que era una vieja amargada.
—¿Entonces cuando ves a tu familia?
—Pues ahora que llegan minerales como si no hubiera maña apenas logro verles una vez al mes, si tengo suerte. La última vez que les vi fue en verano. —Le confesó con cierto pesar.
—¡Pero eso fue hace seis meses! —Exclamó Jim, incapaz de imaginarse tanto tiempo sin Spock.
¿Acaso esa Consigna era dentista?
—Sí. Hace seis meses. ¡Ciento ochenta y tres días! —Dijo con tristeza, mandado un nuevo vagón a la derecha.
Y volvió a encender el farol.
A Jim le entró un escalofrío que le recorrió la columna vertebral al completo. ¿Ciento ochenta y tres días sin ver a quienes amas? Pobre Nero—no primo sino seguramente tío de Spock—
Nero siguió trabajando y Jim supo, con cierta amargura, que era hora de irse con Bones nuevamente con el fin de llegar hasta Vulcano, hasta Spock y su aniversario. Así que armándose de fuerza comenzó a andar hacía un preocupado Bones que caminaba hasta él sin despegar la vista de Nero, extendiendo una mano para que la tomase a la orden de:
—No vuelvas a alejarte así. Estaba realmente preocupado. Soy estudiante, maldita sea, no detective. No puedo averiguar qué puede pasar si te metes en un lío.
Jim había reído suavemente, luego se despidió de Nero—tío de Spock—agitando la mano derecha enérgicamente.
Este, se dijo el principito mientras proseguía su viaje hacia más lejos, éste sería despreciado por todos los otros, por el rey, por el vanidoso, por el hombre de negocios. Sin embargo, es el único que no me parece ridículo. Quizá porque se ocupa de una cosa ajena a sí mismo.
Continuará...
Ya casi llegamos al final, quedan unos tres capítulos y El viaje habrá acabado.
Como siempre se admiten dudas, quejas, sugerencias, correcciones...
