Azul para Siempre
Por Fabiola
Lady Fabiola Grandchester
Capítulo X
Cortar ángulos de cuarenta y cinco grados en los extremos de los trozos de madera. Unirlos con grapas para formar el bastidor. Cubrirlo con uno de los lienzos que ya tenía preparados en un extremo de la habitación. Y luego pintar, pintar y pintar. Furiosamente pintar. Había estado inmiscuida en esa tarea repitiéndola sin descanso como si en ello le fuera la vida.
Tenía las manos llenas de cortes, los dedos vendados con gasas adhesivas para detener el sangrado de las pequeñas heridas y evitar una infección con la pintura.
Solamente salía del estudio cuando se quedaba sin lienzos. Los preparaba durante la noche en la azotea del edificio y los dejaba ahí secándose toda la madrugada en la preparación que al final les dejaba un efecto mate y con la rugosidad necesaria. Salía de nuevo antes de que amaneciera para recogerlos.
Aprovechaba para pasar por la cocina por otra jarra de café y otro tazón con manzanas. Saludaba a Patty brevemente si se la encontraba y siempre respondía de la misma forma a la única pregunta que su amiga se atrevía a hacerle: "Bien, estoy bien", le decía. Le daba un beso en la mejilla y se recluía de nuevo en el estudio.
Así había pasado los últimos días, desde el sábado. No había aceptado cenar con Patty como ella tantas veces le insistió al principio, tenía su celular apagado y el teléfono del estudio desconectado. No quería hablar con nadie.
El estudio era un desorden descomunal, bastidores, lienzos, cajas con tubos de pinturas, ella en medio de esto con jeans y top de algodón blanco, el pelo recogido en una coleta que le llegaba hasta la cintura y una dura expresión de ausencia en el rostro.
No había vuelto a llorar, la noche que llegó después de la fiesta fue como si se hubiera quedado sin lágrimas, pero si sus ojos aparentemente estaban secos, sus manos y su creatividad estaban moviéndose a velocidad desenfrenada.
Pensó que había pintado más en esos días que en los últimos meses. En parte porque había estado muy ocupada con el programa que iniciaría con Pauna en solo una semana y en parte porque… qué otra cosa la había tenido ocupada con muy poco tiempo para pintar en los últimos meses, en los últimos dos años para ser exactos?
– Nada! – se gritó internamente. Sabiendo que sus pensamientos estaban a punto de traicionarla llevándola a derroteros ya conocidos y por demás dolorosos para ella.
Se paró frente al nuevo lienzo que tenía enfrente. Aplicó en su paleta un poco de los colores que necesitaría y se dio cuenta que no tenía a la mano pintura azul. Dejó la paleta en el soporte del caballete y fue a buscar en las cajas que tenía en una esquina del estudio. Nada. No encontraba tubos de pintura azul en todo ese desorden.
- Dónde estarán? – se preguntaba buscando entre las cajas, revolviendo en el interior de ellas – por lo visto tengo de todos los colores al menos aún media docena de cada uno… pero de azul nada.
Se acercó a la puerta y vio en el bote de basura colocado junto a ella muchos tubos vacíos, no necesitaba tomarlos para saber qué color eran, la mayoría eran azul en sus diferentes tonos.
Pensó que podría mezclar un poco de algunos colores para obtener el azul deseado, pero no quería hacerlo para lo que tenía en mente. Además por qué había usado todo el azul?
Volteó desde donde estaba junto a la entrada y observó los cuadros que había hecho en los últimos días. Podía verlos todos desde ahí, unos en fila al frente y otros un poco más atrás todavía secándose.
Salvo en unos cuantos mostraba en la mayoría trazos impresionistas. Había plasmado en uno un niño pequeño solo… en otro un triste atardecer… un árbol solitario en un campo desértico… varios con manos de diferentes tamaños y en diversas posiciones. Esa parte del cuerpo humano, las manos, siempre le llamaron la atención por alguna razón desconocida y era lo que aparecía más frecuentemente en sus lienzos.
Vio también uno donde había pintado cuerpos humanos formados de figuras geométricas… y observó juegos de luces y sombras en el resto, la mayoría. Notó que aun expresando temas diferentes compartían una misma cosa.
- Todos son azules – dijo en voz alta.
Poco a poco fue reaccionando dándose cuenta de lo que estaba sucediendo y que sin haberlo notado antes hoy le gritaba a la cara llenándola de rabia contra si misma.
- Todos son azules Candy! Mezclas los colores en el fondo y en las formas pero el mensaje final es en azul. Maldita sea! Candice White! – estaba gritándose con fuerza reprochándose lo que había hecho sin darse cuenta.
Maldita sea! Se suponía que pintarías para olvidar y no para hacerle un homenaje! Despierta!
El azul era el color favorito de Terrence… y el de sus ojos.
Estaba realmente furiosa consigo misma. Furiosa con los cuadros que había pintado. Con su estupidez que sin darse cuenta dejó salir lo que precisamente quería matar. Moría lentamente de rabia en contra de la vida, en contra de él, en contra de ese maldito color que ahora inundaba sus sueños y sus pinturas por su culpa. Por su culpa!
Se desplomó sobre el suelo tomándose de las rodillas y colocando entre ellas su cabeza. Pasó así un largo rato. No estaba llorando, no tenía ni energía ni ánimo para ello. Estaba simplemente molesta, furiosa consigo misma. Pintar, por lo visto y para su desgracia, no le estaba funcionando.
Se levantó después de largo rato decidida a tomar todo el trabajo de esos días y llevarlo al almacén donde guardaba algunas de sus obras. Pero no alcanzó a moverse de su lugar, alguien estaba tocando a la puerta.
Giró sobre sus talones y abrió la puerta sólo dos pulgadas. Era Pauna que la miraba con expresión sonriente fuera del estudio. Intentó empujar la puerta pero Candy no le permitió ni abrir más para ver el interior, ni mucho menos entrar. No le gustaba que nadie entrara a su estudio. No le había mostrado sus pinturas a nadie nunca y no iba a empezar hoy.
- Dame un minuto, espérame en la cocina, por favor. – le dijo amablemente a su amiga.
Pauna se dirigió a la cocina como le decían y se sentó en la barra. Candy salió del estudio sosteniendo en una mano la jarra de café vacía y en la otra el tazón con los restos de las frutas que había estado comiendo.
Pauna le dijo con intencionado sarcasmo.
- Muy bien, café y manzanas, excelente amiga, veo que estas mejor que nunca.
Ella le contestó en el mismo tono sarcástico mientras se sentaba en la barra frente a ella.
- Así es, como ves estoy de maravilla.
- Patty salió con Stear cuando yo llegaba, ella me dejó entrar – explicó –. Al parecer esta muy preocupada por ti.
Candy soltó un suspiro en señal de aburrimiento, mientras se acomodaba el cabello en su coleta.
- Y supongo que tú también.
- No, la verdad yo no.
La joven se sorprendió por el comentario de Pauna.
- No? Vaya, me da gusto, gracias. – le dijo Candy simulando una sonrisa.
- No estoy preocupada porque se que esta racha depresiva es solo eso, una racha.
- Así que estoy en depresión…
- Obviamente – dijo Pauna tranquilamente –, fíjate lo que has hecho: Te aislaste un tiempo, te encerraste en ti misma y tienes una cara como si el mundo no te importara; pero cuando se te pase volverás a ser la misma optimista, simpática y divertida. Aunque por la expresión que tienes ahorita nadie pensaría que eres así. – le dijo guiñándole un ojo, haciendo referencia a la expresión en el rostro de Candy, en la que no dejaba notar ni una sola emoción.
- Así que se me va a pasar?
- Así es, se te va a pasar, pero de una vez y para siempre – dijo Pauna sonriendo.
Candy preguntó con hastío.
- Y se puede saber cómo?
- Cuando te canses de huir y aceptes casarte con tu príncipe – Candy se le quedó mirando extrañada –. Patty me lo dijo desde el sábado temprano, no vine a verte para darte tiempo, pero hoy después de tantos días pensé que ya sería hora, veo que no me equivoqué.
- Osea que según tú, yo ya estoy a punto de volver con…
- Tu príncipe, el caballero de las rosas, el amor de tu vida, el hombre que amas, qué apodo te gusta? Escoge el que quieras, todos le quedan a lo que sientes por Terrence Grandchester. O invéntale un apodo nuevo… y mientras mas cursi mejor.
- Por favor! Como si se lo mereciera. Te informo que él termino conmigo. Oíste?
- Pues claro, no le dejaste salida seguramente. Con el genio que te cargas hasta yo quisiera mandarte bien lejos ahorita.
Luego agregó ya más seriamente.
- Candy, si tú lo amas y él te ama, cuál es el problema? Todo es tan simple. Ve, búscalo, abrázalo, bésalo… comételo a besos mira que no creo que te cueste ningún trabajo con ese hombre!
- Pauna, no cambiarás, como me gustaría ver la vida así tan sencilla como la ves tú. – le dijo dejando escapar un suspiro.
- La vida querida amiga es tan fácil o tan difícil como uno quiera – y levantándose agregó -. Vamos, salgamos un rato. Necesitas que te de el aire.
Candy no estaba muy convencida con la propuesta, pero ya que encerrarse en el estudio no era una opción, pues ahora resultaba que el único lugar que sentía como su refugio se había convertido en prácticamente la morada perpetua de él; aceptó el ofrecimiento y se dirigió a arreglarse para salir con su amiga.
Una vez en la calle se dirigieron al bar de costumbre. Ellas eran bastante conocidas ahí, lo visitaban con las demás chicas casi cada jueves, debido a que los chicos dedicaban esa noche a su reunión semanal.
Tan pronto entraron las dirigieron a la mesa de siempre y el vocalista del grupo de rock que tocaba de base en el lugar las saludó desde el micrófono, porque claro Pauna ya lo había hecho su gran amigo a fuerza de asistir tanto y subirse con él a cantar en mas de una ocasión.
Candy le dijo a su amiga con la primer sonrisa que desplegaba en días.
- No se puede contigo, hasta el cantante te saluda.
Se sentaron y ordenaron algo para beber. Estuvieron platicando del programa de radio que comenzaban en pocos días. Sería un espacio de dos horas por la mañana de lunes a viernes; lo dedicarían a promocionar eventos culturales en la ciudad, invitar nuevos artistas y harían críticas de libros, obras de teatro, exposiciones de arte, etc. Las dos amigas tenían tanta química y se complementaban tan bien, además de conocer el medio perfectamente, que en la estación no tenían duda que alcanzarían el éxito tan pronto salieran al aire.
- Pauna, cómo está todo con Bob? – preguntó de repente Candy a su amiga acordándose del novio de esta última.
- Maravilloso, no tienes idea, nos llevamos súper bien, pero en grado superlativo! Es todo tan lindo, estoy enamorada amiga, como nunca antes.
- Me da tanto gusto por ti… y por él también, es un hombre que vale muchísimo.
- Así tienes tú uno amiga. – dijo Pauna de repente observando con detenimiento el rostro de su amiga, el cual de pronto fue ensombrecido un segundo como por una nube de malos recuerdos.
- Por favor, no hablemos de eso… - alcanzó Candy a decir solamente.
Pauna se reprochó a sí misma el comentario cuando vio la reacción del rostro de su amiga.
- Tienes razón, discúlpame - le dijo Pauna.
Candy sabía que recordarlo no le hacía ningún bien. Su recuerdo era demasiado luminoso y para ella sería mucho más fácil continuar enojada con él y con sus memorias, alegando que él terminó la relación, así no tendría que aceptar el verdadero sentimiento que la embargaba: tristeza.
Se quedaron en silencio cada una inmiscuida en sus propios pensamientos mientras escuchaban la música que llenaba el lugar.
- Donde estará Terry en este momento? – pensaba Candy, incapaz de sacarlo de sus pensamientos -. Sé que esta semana estaría muy ocupado con una nueva producción que apenas arrancan. Debe estar supervisando el casting para los actores, estará como siempre dirigiendo todo con ese espíritu tan perfeccionista y tan lleno de energía, aterrorizando a todo aquel que no ejecute todo a la perfección.
Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de la rubia al recordar las muchas veces que acompañó a Terry al teatro viendo con orgullo cómo dirigía todo con la fuerza de su carácter, y cómo él mismo subía al escenario y les mostraba a los actores y al director de escena cómo desarrollar algún diálogo complicado, mostrando las tablas que aprendió en sus días de juventud cuando comenzó actuando, antes de iniciar su propia productora; así como el enorme talento que heredara de su madre. La visión de él en su medio, exitoso y decidido, siempre la llenó a ella de un gran orgullo y admiración.
El timbre de su celular la sacó de sus pensamientos, para su propia fortuna, pensó ella. Contestó y de pronto se puso pálida, era Patty que llorando le daba una noticia terrible.
- Qué pasa? - preguntó Pauna al ver a su amiga afectada de manera tan repentina.
- Tenemos que irnos, pide la cuenta – le dijo levantándose.
- Qué pasa? – repitió Pauna siguiendo a Candy camino a la barra para pagar.
- Era Patty, hubo algún tipo de complicación… Annie. – Pauna se quedo helada cuando mencionaron a su amiga a quien le faltaban aun un mes para terminar su embarazo –. Annie está en el hospital, tuvo un problema, no saben nada aún. Todos están allá… dice Patty que es posible que pierda el bebe.
- Ve pidiendo el coche, yo pago. – dijo Pauna al ver la gravedad de la situación.
Candy salió del lugar y esperó en la acera mientras el valet parking traía su coche y Pauna pagaba en el bar. La expresión de su rostro denotaba una gran confusión y una preocupación que la estaba carcomiendo. Tenía que ir a ver a su amiga de inmediato.
- Dios mío, por favor, cuida del bebe de Annie y de ella también. – elevaba una oración en silencio.
De pronto se quedó petrificada en la acera. El coche que estaba estacionándose en el restaurante cruzando la calle era bien conocido por ella. Un hombre vestido con jeans y camisa blanca se bajaba de él. Era Terry.
Mientras ella estaba quieta como una estatua de sal afuera del bar, él rodeaba el carro. Lo observó bien, tenía el pelo castaño suelto a los hombros. A pesar de vestir casualmente como le gustaba, sus movimientos denotaban la clase que poseía. Se veía tranquilo y seguro como siempre.
Candy sintió una punzada de dolor en el pecho. Se había convencido a si misma que podría olvidarlo si lo deseara, pero en un instante se dio cuenta de que aún no lo había logrado. Estaba conteniendo la respiración casi sin poder pensar más que en la presión que sentía en la garganta; pero si verlo le había dolido, lo que siguió después la dejó devastada.
Cuando el joven rodeó el coche para finalmente abrir la portezuela del lado del copiloto ofreció su mano a su acompañante. Una muy atractiva y joven mujer de grandes ojos azules y cabello castaño bajó de él, una vez fuera Terry le ofreció su brazo galantemente y ella lo tomó con gran confianza, con una soltura que a Candy se le antojó demasiado íntima.
Candy enmudecida apuñó sus manos no creyendo lo que veía. Mientras ella estúpidamente se había auto enclaustrado con el afán de olvidarlo, él ya la había cambiado por otra en menos de dos semanas. Que razón tenía, él nunca la quiso.
En estos días había sentido rabia contra él y los recuerdos mezclada con tristeza por su ausencia y confusión de sus propios sentimientos; pero esto era más poderoso. Ahora sentía un incontrolable coraje.
Ver a Terry, a su Terry acompañado de otra mujer, y además con ese semblante que se le antojó lleno de felicidad, fue una imagen que le envenenó las entrañas con unos celos y una rabia de magnitud antes desconocida para ella.
Casi se sintió impulsada por una rabiosa idea. Quería ir hasta allá y arrancarlo de esa mujer que hoy disfrutaba de todo cuanto había sido suyo. Las manos de él que antes la tocaban a ella. El trato amable de él que antes la consintiera a ella. El tiempo de él que antes lo compartiera con ella.
Pero los celos eran demasiado fuertes para dejarla siquiera moverse.
No alcanzaba a pensar con claridad, entre la preocupación por Annie y el encuentro con Terry, sólo se decía a si misma lo rápido que él la había cambiado por otra. Nada más y nada menos que por la que reconoció como la actriz protagonista de la nueva obra que él estaba por estrenar.
Continuará...
