Aclaración. Aquí de nuevo los personajes pertenecen al grupo CLAMP, y la historia es una adaptación de Linda Howard. Nada me pertenece u.u, y no gano dinero por hacer esto xD, solo diversión para dar y recibir.
Nueve
Syaoran escuchaba con impaciencia con el rostro ensombrecido por la furia y los ojos achicados. Finalmente, dijo:
-No hace ni tres meses que me ocupé de ese asunto. ¿Cómo demonios has conseguido meterte en otro lío tan deprisa?
Sakura, que estaba anotando unas cifras en los libros de cuentas, levantó la vista con curiosidad intentando identificar quién había llamado a Syaoran. Este apenas había dicho hola cuando empezó a enfadarse. Al final, dijo:
-Está bien. Iré mañana. Y si cuando llegue estás en alguna fiesta, como la última vez, daré media vuelta y volveré a casa. No tengo tiempo que perder mientras tú estás por ahí de juerga -colgó el teléfono y masculló una maldición.
-¿Quién era? - preguntó Sakura.
-Mi madre -dijo él, irritado.
Ella se quedó atónita.
-¿Tu madre?
El la miró un momento; luego, al sonreír, un hoyuelo se le marco en la mejilla ligeramente.
-No sé por qué te sorprendes tanto. Yo vine al mundo por el método habitual.
-Pero nunca me habías dicho que... Supongo que di por sentado que estaba muerta, como tu padre.
-Se largó hace mucho tiempo. La vida en un rancho no era lo bastante buena para ella; le gustaban las luces de Miami y el dinero de los casinos, así que un buen día se fue y ya no volvió más.
-¿Cuántos años tenías tú?
-Seis o siete, algo así. Tiene gracia, no recuerdo haberme entristecido mucho cuando se fue, ni haberla echado de menos. Sobre todo, recuerdo que estaba siempre quejándose porque la casa era pequeña y vieja, y porque había poco dinero Yo estaba siempre con mi padre, cuando no estaba en la escuela. Pero a ella nunca estuve muy unido.
Sakura se sintió como al enterarse de que había estado casado. Syaoran le contaba multitud de pequeños detalles sobre sí mismo, pero luego despachaba asuntos vitales de su vida como si no le hubieran afectado en absoluto. Era un hombre duro, forjado por una vida entera de trabajo agotador y por una mezcla de arrogancia y férrea determinación que conformaba su personalidad. ¿Pero cómo era posible que a un niño no lo afectara la falta de su madre? ¿Cómo era posible que un joven, casi un adolescente, no sufriera si su flamante esposa prefería marcharse a trabajar a su lado?
-Cuando fuiste a Miami la otra vez, ¿fue para ver a tu madre?
-Sí. Tiene la costumbre de meterse en algún lío financiero al menos dos veces al año y espera que yo lo deje todo, vaya corriendo a verla y la saque del apuro.
-Y tú lo haces.
Él se encogió de hombros.
-Puede que no estemos muy unidos, pero sigue siendo mi madre.
-Esta vez, llámame -dijo ella, lanzándole una mirada dura para subrayar sus palabras.
Syaoran gruñó, irritado. Luego le hizo un guiño y, volviéndose, se dispuso a llamar a la línea aérea. Sakura oyó que reservaba un vuelo a Miami para la mañana siguiente. Luego, Syaoran la miró y dijo al aparato:
-Espere un momento -puso la mano sobre el auricular-. ¿Quieres venir conmigo? -le preguntó a Sakura.
El pánico brilló un instante en los ojos de ella, pero logró controlarlo y sacudió la cabeza.
-No, gracias. Tengo que ponerme al día con todo este papeleo.
Era una excusa absurda, porque no le costaría más de un día resolver el trabajo acumulado, pero, pese a que Syaoran le dirigió una mirada larga e inquisitiva, no insistió. Apartó la mano del micrófono y dijo:
-Uno solo. Sí. No, sin billete de vuelta. No sé qué día voy a volver. Sí, gracias.
Apuntó el número de vuelo y la hora en un cuadernito y colgó el teléfono. Desde el accidente, Sakura no había vuelto a salir del rancho. Él había recogido el Mercedes recién reparado tres días antes, pero Sakura aún no lo había sacado del garaje. A veces, cuando alguien tenía un accidente, temía volver a conducir de nuevo, pero Syaoran tenía la impresión de que no era eso únicamente lo que la inquietaba.
Sakura había empezado a sumar las cifras anotadas en el libro. Syaoran la observó detenidamente, contemplando su expresión absorta y seria y la forma en que se mordía el labio inferior mientras trabajaba. Ella se había hecho cargo de la contabilidad hasta tal punto que, a veces, Syaoran tenía que preguntarle qué tal iban las cosas. No estaba seguro de que le gustara que una parte del trabajo del rancho no estuviera bajo su supervisión directa, pero, ciertamente, le gustaba tener más tiempo libre por las noches.
Al pensarlo, se dio cuenta de que pasaría las dos noches siguientes solo, y frunció el ceño. En otro tiempo, se habría buscado compañía femenina en Miami, pero ahora no le interesaba ninguna otra mujer. Deseaba a Sakura, y a nadie más.
Nunca una mujer se había amoldado tan bien a sus brazos, ni le había dado el placer que le daba Sakura con su sola presencia. Le gustaba provocarla hasta que perdía los nervios y le contestaba enfurecida, solo por el placer de verla enfadada. Y mayor placer encontraba aún en llevarla a la cama y disipar su enfado a base de amor. Gracias a su madre, tendría que prescindir de ese placer durante un par de días. Y no le hacía ni pizca de gracia.
De repente, comprendió que no se trataba solamente de sexo. No quería marcharse porque sabía que había algo que preocupaba a Sakura. Quería abrazarla y asegurarse de que estaba bien, pero ella se empeñaba en no contárselo. Aquello le causaba una profunda ansiedad. Sakura insistía en que no pasaba nada, pero él sabía que no era así. Sin embargo, no sabía qué estaba ocurriendo. Un par de veces la había sorprendido mirando por la ventana con una expresión casi... aterrorizada. Debía de ser una impresión equivocada, porque Sakura no tenía razón para estar asustada. ¿De qué podía estarlo?
Todo había empezado a raíz del accidente. Él había intentado convencerla de que no estaba enfadado por el coche, pero Sakura se apartó de él como si le hubiera dado una bofetada, y Syaoran se sintió incapaz de salvar la distancia que los separaba.
Por un instante, pareció impresionada, incluso dolida, y luego se replegó sobre sí misma de una forma sutil que Syaoran no podía precisar, pero que sentía. Aquella retirada no era física; salvo la noche del accidente, Sakura seguía siendo tan dulce y fogosa como siempre. Pero él la quería en cuerpo y alma, y el accidente solo ha bía hecho que su deseo se intensificara al hacerle comprender lo rápidamente que podía perderla.
Syaoran extendió una mano y le acarició la mejilla con la punta de los dedos. Necesitaba tocarla, aunque fuera de aquella forma tan sutil. Ella levantó los ojos verdes y sus miradas se encontraron. Sin decir palabra, Sakura cerró el libro de cuentas y se levantó. No miró atrás al salir de la habitación con la gracilidad que Syaoran siempre había admirado y a veces detestado porque no podía poseer su cuerpo. Pero ahora podía y, mientras la seguía, empezó a desabrocharse la camisa.
(…)
A veces, cuando los días eran lentos y abrasadores y el sol se transformaba en un cegador disco blanco, Sakura sentía que todo había sido una pesadilla extrañamente vívida y que nada había ocurrido en realidad. Las llamadas telefónicas no significaban nada. El peligro que había sen tido era fruto de su imaginación hiperactiva. El hombre del pasamontañas no había intentado matarla. El accidente no había sido un intento de asesinato disfrazado para que pareciera un accidente Nada de aquello había ocurrido. Era solo un sueño, mientras que la realidad consistía en los canturreos de Mei ordenando la casa, en los bufidos y pataleos de los caballos, en el ganado pastando plácidamente en los prados, y en las llamadas diarias de Syaoran desde Miami que evidenciaban su impaciencia por volver a casa.
Pero no, no había sido un sueño. Syaoran no le creía, pero, no obstante, su presencia mantenía el terror a raya y le ofrecía un poco de seguridad. Allí, en el rancho, se sentía a salvo, rodeada por la muralla de la autoridad de Syaoran y por su gente. Pero, sin él a su lado por las noches, su sensación de seguridad se debilitaba. Dormía mal y durante el día trabajaba tanto como cuando estaba sola en su rancho, intentando agotarse físicamente para poder conciliar el sueño.
Yamasaki había recibido instrucciones, como siempre, pero de nuevo se encontraba ante el dilema de cómo ponerlas en práctica. Si Sakura quería hacer algo, ¿cómo iba a impedírselo?
¿Llamaba al jefe a Miami y se lo contaba? Estaba convencido de que Syaoran se pondría como gato panza arriba si se enteraba de que Sakura estaba haciendo todo aquel trabajo, pero ella no preguntaba si podía hacerlo; sencillamente, lo hacía. ¿Qué iba a hacer él? Además, Sakura parecía necesitar el trabajo para distraerse. Estaba más callada de lo habitual, seguramente porque echaba de menos al jefe. Yamasaki sonrió al pensarlo. Le gustaba que Sakura y Syaoran estuvieran jun tos, y más aún le gustaría si su relación se hacía permanente.
Tras cuatro días de esforzarse sin descanso, Sakura por fin se encontró tan exhausta que pensó que por fin podría dormir. Sin embargo, demoró la hora de irse a la cama. Si no se equi vocaba, se pasaría aún algunas horas tumbada y rígida, sin pegar ojo, o temblando en los ester tores de un mal sueño. Se obligó a permanecer despierta e intentó poner al día la contabilidad, aquel montón inacabable de pedidos y facturas que testimoniaban la prosperidad del rancho.
Aquello podía esperar, pero quería que todo es tuviera en orden cuando Syaoran volviera a casa. Al pensarlo, una sonrisa distendió su rostro crispado. Él llegaría al día siguiente. Su lla mada de esa tarde la había tranquilizado más que cualquier otra cosa. Una sola noche más sin él, y volvería a tenerlo a su lado, en la oscuri dad.
Acabó a las diez. Entonces subió las escaleras y se puso uno de los ligerísimos camisones de al godón con los que dormía. La noche era cálida y bochornosa, demasiado calurosa para arroparse con la sábana, pero estaba tan cansada que seguramente el calor no la mantendría despierta. Se giró hacia un lado, casi gruñendo de placer al sentir que sus músculos se relajaban, y al instante se quedó dormida.
Eran casi las dos de la mañana cuando Syaoran entró sigilosamente en la casa. Había pensado tomar el vuelo de las ocho de la mañana, pero después de hablar con Sakura estuvo dando vueltas, pensando con impaciencia en las horas que los separaban. Necesitaba abrazarla, sentir su cuerpo esbelto y frágil y asegurarse de que se encontraba bien.
Finalmente, no pudo soportarlo más. Llamó al aeropuerto y reservó plaza en el último vuelo de esa noche. Luego metió atropelladamente la ropa en la maleta y le dio a su madre un beso en la frente.
-Ten cuidado con esa chequera -gruñó, mirando a aquella mujer elegante y todavía bonita que lo había dado a luz.
Los ojos castaños que había heredado le devolvieron la mirada, y una esquina de sus labios rojos se curvó con la misma sonrisa ladeada que a menudo afloraba a su propia boca.
-No me has dicho nada, pero los rumores han llegado hasta aquí -dijo ella suavemente-. ¿Es cierto que la hija de Fujitaka Kinomoto está viviendo contigo? Cielo santo, Syaoran, ese hombre perdió todo lo que tenía.
Syaoran estaba demasiado absorto pensando en volver con Sakura como para sentir algo más que una punzada de rabia.
-No todo.
-Entonces, ¿es cierto? ¿Vives con ella?
-Sí.
Su madre le lanzó una mirada larga y firme.
Desde los diecinueve años, Syaoran había tenido muchas novias, pero nunca había vivido con ninguna ni siquiera una temporada, y a pesar de la distancia que los separaba, o quizá debido a ella, conocía muy bien a su hijo. Nadie se aprove chaba de él. Si Sakura Kinomoto estaba en su casa, era porque él así lo quería.
Mientras Syaoran subía las escaleras de la casa en penumbra, su corazón comenzó a latir con el ritmo lento y pesado de la anticipación. No quería despertarla, pero estaba deseando tenderse a su lado otra vez, solo por sentir el tenue calor de su cuerpo y el dulce olor de su piel. Pero por la mañana... Sakura tendría la tez sonrosada por el sueño, y se desperezaría, indolente, con aquella gracia felina. Entonces, la haría suya de nuevo.
Entró en la habitación sin hacer ruido, cerrando la puerta a sus espaldas. Ella estaba en la cama, inmóvil y menuda, ajena a su presencia. Syaoran dejó la maleta en el suelo y entró en el cuarto de baño. Cuando salió, unos minutos después, dejó la luz del baño encendida para poder verla mientras se desvestía.
Miró hacia la cama otra vez y todos los músculos de su cuerpo se tensaron. El sudor perló su frente. No habría podido apartar los ojos de ella ni aunque un tornado hubiera azotado la casa en ese instante.
Ella estaba tumbada boca abajo, con las sába nas apartadas a los pies de la cama. Tenía la pierna derecha extendida y la izquierda flexionada. Llevaba puesto uno de aquellos livianos camisones de algodón que le gustaba ponerse, y en el transcurso de la noche se le habla subido hasta el trasero. La recorrió lentamente con la mirada, recreándose en la contemplación de las curvas de sus glúteos desnudos y en los suaves pliegues entre sus piernas, que anhelaba acariciar.
Se estremeció convulsivamente, apretando los dientes. Se había excitado tanto y tan deprisa que todo su cuerpo palpitaba dolorosamente. Sakura estaba profundamente dormida. Su respiración era lenta y regular. La de Syaoran se hizo trabajosa; el sudor empapaba su cuerpo; sus músculos temblaban como los de un semental que hubiera olido a una yegua en celo. Sin apartar los ojos de ella, comenzó a desabrocharse la camisa. Necesitaba poseerla; no podía esperar. Sakura era cálida, femenina, vulnerable... y era suya. Syaoran se deshacía con solo mirarla, su autodominio se tambaleaba, su cuerpo palpitaba enloquecidamente.
Dejó sus ropas en el suelo y se inclinó sobre ella, girándola suavemente para que yaciera de espaldas. Sakura dejó escapar un gemido suave y se acomodó sin despertarse. El deseo de Syaoran era tan apremiante que ni siquiera se molestó en despertarla; le subió el camisón hasta al cintura, le abrió los muslos y se colocó entre ellos. Intentando dominarse, la penetró suavemente y un gruñido bajo y áspero escapó de su garganta al sentir que la carne cálida y húmeda de ella se cerraba a su alrededor.
Sakura dio un leve respingo, arqueándose y, alzando los brazos, le rodeó el cuello.
-Te amo -musitó, medio dormida.
Aquellas palabras atravesaron a Syaoran como un relámpago. Oh, Dios, ni siquiera sabía que se lo decía a él o a algún sueño, pero se emocionó. Quería escuchar aquellas palabras otra vez, y quería que se despertara, que lo mirara a los ojos cuando se las di jera, para así saber en quién estaba pensando. Se hundió desesperadamente en ella, intentando fun dirse en su cuerpo de forma tan irrevocable que nada pudiera separarlos.
-Sakura -susurró con la voz crispada, hun diendo la boca abierta en su cálida garganta.
Ella se removió, arqueándose hacia él de nuevo mientras su mente emergía de un letargo tan profundo que rozaba la inconsciencia. Pero hasta dormida reconocía las caricias de sus ma nos, y su cuerpo respondió inmediatamente a ellas, abriéndose para él, dándole la bienvenida. No le preguntó nada; sencillamente, estaba allí, y eso era lo único que importaba. Una inmensa sensación de placer, tan intensa que Sakura estuvo a punto de gritar, redujo todo lo demás a la insignifican cia. Estaba ardiendo, con los sentidos erizados, y gimió en su boca como un animal salvaje cuando sus nervios detonaron en miles de explosiones. Syaoran la sujetó con fuerza, utilizando para ello sus muslos y sus brazos musculosos, apretándola mientras ella se retorcía salvajemente bajo él, y la sensación que le produjeron las convulsiones de sus pliegues interiores lo llevó a un éxtasis cá lido, dulce y embriagador.
No podía separarse de ella. Incluso cuando todo acabó, no pudo soltarla. Empezó a hundirse en ella otra vez. Necesitaba poseerla de nuevo para satisfacer un deseo tan intenso que segura mente nunca podría saciarse.
Sakura gemía débilmente y se aferraba a él, con ojos luminosos. Pronunció su nombre con voz áspera y temblorosa. Syaoran no permitió que su excitación se aplacara, sino que mantuvo su cuerpo tenso por el deseo. Se movió lentamente y suavemente, atrayéndola hacia el éxtasis en vez de arrastrarla hacia él. Sin embargo, no por ello la culminación de su placer fue menos de vastadora.
Era casi de día cuando Sakura se acurrucó en sus brazos. Ambos estaban exhaustos. Justo antes de que ella se durmiera, dijo con leve asombro:
-Has vuelto muy pronto.
Él la abrazó con fuerza.
-No podía soportar pasar otra noche lejos de ti -era la verdad pura y dura, por muy amenazadora que resultara. Habría vuelto, aunque hubiera tenido que hacerlo a pie.
A la mañana siguiente, nadie los molestó, y durmieron hasta mucho después de que el sol comenzara a derramar su luz brillante dentro de la habitación. Yamasaki, al ver la camioneta de Syaoran aparcada en el sitio de siempre, se acercó a la casa para preguntarle una cosa, pero Mei le advirtió que no lo molestara con tal fiereza en la cara, que el capataz decidió que la pregunta no corría ninguna prisa.
Syaoran se despertó poco después de la una, molesto por el sol que daba directamente sobre la cama.
Tenía sudor en las sienes y sobre el labio superior y necesitaba desesperadamente una ducha fría para sacudirse el aturdimiento que le causaban el cansancio y el calor. Salió de la cama sin hacer ruido, con cuidado de no despertar a Sakura, a pesar de que sus labios duros se curvaron en una sonrisa al ver que el camisón estaba tirado en medio del suelo. Ni siquiera recordaba habérselo quitado, y mucho menos haberlo tirado al suelo.
Se metió en la ducha, sintiéndose completamente saciado y, sin embargo, inquieto. Seguía recordando la voz de Sakura al decir «Te amo», y aquel recuerdo lo estaba volviendo loco. ¿Estaba ella soñando cuando lo había dicho, o sabía que era él? Nunca antes se lo había dicho, y no había vuelto a decirlo después. Aquella incertidumbre no dejaba de mortificarlo.
Se había sentido muy a gusto esa noche, pero, claro, Sakura y él se compenetraban de forma tan perfecta en la cama que todos sus recuerdos de otras mujeres se desvanecían. Fuera de la cama, en cambio, siempre existía una leve distancia que no podía salvar, una parte de ella que no le permitía conocer. ¿Amaba a otro hombre? ¿Sería alguien de su antiguo grupo? ¿Algún tipo de la alta sociedad, moreno y sofisticado que estaba fuera de su alcance ahora que no tenía dinero?
Aquella idea lo atormentaba, porque sabía que era posible amar a alguien aunque ese alguien estuviera muy lejos y pasaran años entre un encuentro y otro. Lo sabía porque siempre había amado a Sakura de esa forma.
Tenía una expresión alterada cuando cerró el grifo con un movimiento brusco.
Amor.
Dios, la había amado durante años, y se había mentido a sí mismo, enterrando aquel amor bajo una capa de hostilidad y, después, etiquetándolo como lujuria, deseo, necesidad, cualquier cosa con tal de no admitir que en lo que a ella concernía era tan vulnerable como un niño desnudo.
Él era un tipo duro que utilizaba a las mujeres y las dejaba sin contemplaciones, pero solo iba de mujer en mujer porque ninguna de ellas era capaz de satisfacer sus anhelos. Ninguna de ellas era la que quería, la que amaba. Ahora la poseía físicamente pero no mentalmente, no emocionalmente, y aquello lo asustaba sin remedio. Le temblaban las manos mientras se secaba con la toalla.
De alguna forma tenía que conseguir que Sakura lo quisiera.
Utilizaría cualquier medio que fuera necesario para mantenerla a su lado, para amarla y cuidar de ella hasta que Sakura no pu diera pensar en nadie, salvo en él, y toda ella le perteneciera.
¿Huiría Sakura si le decía que la amaba? Si pronunciaba aquellas palabras, ¿se sentiría incó moda a su lado? Recordaba cómo se había sen tido él cada vez que una mujer intentaba aferrarse a él, proclamando que lo amaba, suplicándole que se quedara con ella. Había sentido vergüenza, impaciencia, compasión. ¡Compasión! No podría soportar que Sakura lo compadeciera.
Nunca antes se había sentido inseguro. Era arrogante, impaciente, decidido, y estaba acos tumbrado a que todo el mundo se pusiera firme cuando daba una orden.
Le causaba un profundo malestar saber que no era capaz ni de contro lar sus emociones, ni de controlar a Sakura. Al guna vez había leído que el amor hacía débiles a los fuertes, pero hasta ese momento no lo había comprendido. ¿Débil, él?
¡Cielos, pero si estaba aterrorizado!
Desnudo, regresó a la habitación y se puso unos calzoncillos y unos vaqueros. Sakura era como un imán que atraía su mirada una y otra vez. Dios, qué hermosa era, con aquel pelo castaño que brillaba a la luz del sol, y aquella piel que refulgía suavemente. Estaba tumbada boca abajo, con los brazos bajo la almohada, ofrecién dole una visión completa de su espalda esbelta, de sus nalgas firmes y redondeadas y de sus pier nas largas y finas. Syaoran admiró sus curvas gráci les y femeninas, y sintió el deseo apremiante de tocarla.
Se acercó a la cama y se sentó a un lado, acari ciando su espalda desnuda.
-Despierta, perezosa. Son casi las dos.
Ella bostezó, aferrándose a la almohada.
-¿Y? -esbozó una sonrisa, negándose a abrir los ojos.
Él se echó a reír.
-Levántate, anda. Ni siquiera puedo vestirme si te veo así. No puedo apartar los ojos de... -se interrumpió, arrugando el ceño, al ver la pequeña cicatriz blanca que cruzaba su hombro.
No la ha bría visto si Sakura no hubiera estado tumbada, desnuda, bajo los rayos del sol. Entonces vio otra, y también la tocó. Su mirada se movió y encontró otras cicatrices en su espalda, en sus glúteos, en la parte de atrás de sus muslos. Las tocó suavemente, moviendo los dedos lentamente de una en una. Ella se quedó rígida bajo sus manos, sin moverse ni mirarlo, ni tan siquiera respirar…
Asombrado, Syaoran intentó imaginar qué podía haberle causado aquellas cicatrices pequeñas, en forma de media luna. Si se hubiera cortado accidentalmente, con un cristal roto, por ejemplo, no le habrían quedado cicatrices del mismo tamaño y forma. Los cortes habían sido profundos; las cicatrices eran limpias, sus bordes carecían de protuberancias. Por eso no las había notado, aunque había acariciado cada centímetro de su cuerpo. Pero, si no eran accidentales, solo podían ser deliberadas.
Exhaló entre dientes, con un siseo. Lanzó una maldición, con voz tan baja y contenida que sus palabras obscenas azotaron el aire con más eficacia que si hubiera rugido. Luego hizo que Sakura se diera la vuelta, agarrándola por los hombros, y dijo solo tres palabras:
-¿Quién hizo eso?
Ella estaba pálida, paralizada por la expresión de su rostro. Syaoran estaba lívido; su mirada era fría y feroz. La alzó, sujetándola por los hombros, hasta que su cara quedó muy cerca de la de él, y repitió la pregunta muy despacio, sin apenas emitir sonido.
-¿Quién te lo hizo?
Sakura lo miró angustiada, temblándole los labios. No podía hablar de ello; sencillamente, no podía.
-No sé... No es nada...
-¿Quién te lo hizo? -gritó él, enfurecido.
Ella cerró los ojos y lágrimas ardientes se deslizaron bajo sus párpados. Se sentía atenazada por la desesperación y la vergüenza, pero sabía que Syaoran no la dejaría en paz hasta que le diera una respuesta. Le temblaban tanto los labios que apenas podía hablar.
-¡Syaoran, por favor!
-¿Quién fue?
Sollozando, ella apartó la mirada.
-Yue Tsukishiro, mi ex marido -dijo con dificultad.
Syaoran empezó a maldecir otra vez, suavemente, sin cesar. Sakura se resistió un instante cuando él la obligó a levantarse y se sentó en una silla, sosteniéndola sobre su regazo, pero era un esfuerzo inútil, y se rindió. Con solo pronunciar el nombre de Yue, se sentía sucia. Deseaba esconderse, lavarse una y otra vez para librarse de aquella sombra, pero Syaoran no la soltó. La mantuvo sujeta, desnuda, sobre sus rodillas, sin dejar de maldecir hasta que notó que ella estaba temblando. Hacía calor, pero Sakura tenía la piel fría. Syaoran se estiró hasta que alcanzó el pico de la sábana y, tirando de ella, deshizo la cama y la envolvió en la tela.
La abrazó con fuerza, acunándola y acariciándole la espalda.
Su ex marido le había pegado. Aquella idea seguía dando vueltas en su cabeza, provocándole una rabia negra que hasta entonces desconocía. Si en ese momento hubiera podido echarle el guante a aquel bastardo, lo habría matado con sus propias manos, y habría disfrutado. Se imaginó a Sakura encogida de dolor y miedo, temblando bajo los golpes, y una neblina roja cubrió su visión. ¡Por eso le pidió que no le hiciera daño la primera vez que hicieron el amor! Después de su experiencia con los hombres, era un milagro que fuera capaz de sentir placer.
Le susurró tiernas palabras al oído, apretando la mejilla contra su cabello, sujetándola con fuerza. No sabía qué decía, ni ella tampoco, pero el sonido de su voz bastaba. Su ternura la atravesaba, derramándose sobre ella y dando calor a su alma como el cuerpo de Syaoran daba calor a su piel fría. Él siguió abrazándola cuando por fin dejó de temblar, y esperó, dejando que sintiera su cercanía.
Finalmente, Sakura se removió un poco, pidiéndole en silencio que la soltara. Él así lo hizo, de mala gana, sin dejar de mirar su cara pálida cuando Sakura entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Se levantó, con la intención de entrar en el baño tras ella, alarmado por el silencio y su palidez, pero cuando ya tenía la mano en el pomo consiguió refrenarse. Sakura necesitaba estar sola. Oyó el ruido de la ducha y esperó con inusitada paciencia hasta que al fin ella salió. Seguía estando pálida, pero no tanto como antes. La ducha había disipado el frío de su piel, y estaba envuelta en el albornoz que siempre colgaba detrás de la puerta del baño.
-¿Estás bien? -preguntó él suavemente.
-Sí -musitó ella.
-Tenemos que hablar de ello.
-Ahora no -le lanzó una mirada suplicante-. No puedo. Ahora no.
-Está bien, Sak. Hablaremos después.
Hablaron esa noche, mientras ella yacía de nuevo entre sus brazos, protegida por la penumbra. Syaoran le había hecho el amor con mucha ternura, lentamente, deslizándola hacia el éxtasis. En el largo silencio que siguió, Sakura notó que estaba decidido a obtener todas las respuestas y, aunque sentía miedo, en la oscuridad se sentía capaz de dárselas. Cuando llegó el momento, él ni siquiera tuvo que preguntar. Sakura, sencillamente, empezó a hablar.
-Era muy celoso -susurró-. Estaba loco de celos. Yo no podía hablar con un hombre en una fiesta, por muy feo que fuera, o aunque estuviera felizmente casado; no podía sonreírle a un camarero. Se enfurecía por las cosas más insignificantes. Al principio, solo me gritaba, acusándome de engañarlo, de querer a otro, y me preguntaba una y otra vez quién era, hasta que yo ya no podía soportarlo más. Luego, empezó a pegarme. Después, siempre se arrepentía. Me decía lo mucho que me quería, me juraba que no volvería a hacerlo. Pero lo hacía, naturalmente.
Syaoran se había quedado rígido. Sakura sintió que los músculos le temblaban de rabia. En la oscuridad, le acarició la cara, intentando reconfortarlo.
-Una vez presenté cargos contra él. Pero sus padres sobornaron a quien hizo falta y me dejaron muy claro que no volviera a intentarlo. Luego, intenté dejarle, pero me encontró y me obligó a volver. Me... me dijo que mataría a mi padre si intentaba abandonarlo.
-¿Le creíste? -preguntó Syaoran ásperamente.
-Oh, sí, le creí -Sakura consiguió esbozar una triste sonrisa-. Y sigo creyéndolo. Su familia tiene mucho dinero. Lo habrían encubierto y sin duda se habría salido con la suya.
-Pero lo dejaste de todos modos.
-No, hasta que encontré un modo de controlarlo.
-¿Cuál?
Ella comenzó a temblar ligeramente, y su voz se quebró.
-Las... las heridas de la espalda. Cuando me las hizo, sus padres estaban en Europa. Cuando se enteraron, ya era demasiado tarde para destruir los archivos y sobornar a los testigos. Yo ya tenía copia de todo. Suficiente para presentar cargos contra él. Compré mi divorcio gracias a eso, y les hice prometer a sus padres que lo mantendrían alejado de mí, o lo contaría todo. Ellos eran muy conscientes de su posición social y del prestigio de su familia.
-Al diablo con su prestigio -dijo él, intentando controlar su rabia.
-Ahora ya no importa. Están muertos.
Syaoran pensó que no se había perdido mucho con su muerte. La gente que se preocupaba más por el prestigio de su familia que por una joven maltratada y atemorizada no valía mucho, en su opinión.
El silencio se prolongaba, y Syaoran comprendió que Sakura no iba a añadir nada más. Si se lo permitía, ella se conformaría con darle aquella versión resumida y expurgada. Pero Syaoran quería saber más. Aquello le causaba un dolor que nunca había conocido, pero era vital para él saber todo lo que pudiera sobre ella, o nunca sería capaz de acortar la distancia que los separaba. Quería saber qué ocurría dentro de su cabeza y por qué se lo ocultaba, qué estaba pensando, qué había ocurrido en los dos años que habían transcurrido desde su divorcio.
Le acarició la espalda con las puntas de los dedos.
-¿Por eso no querías bañarte?
Ella se removió, inquieta, contra su hombro y susurró en la oscuridad:
-Sí. Sé que las cicatrices apenas se notan; casi se han borrado. Pero para mí siguen ahí. Tenía miedo que alguien las viera y me preguntara.
-Por eso siempre te pones el camisón después de hacer el amor -ella guardó silencio, pero Syaoran notó que asentía-. ¿Por qué no querías que yo lo supiera? No soy precisamente un extraño con el que acabas de cruzarte en la calle.
No, él era su corazón y su tormento, el único hombre al que había amado, y, por tanto, le importaba más que nadie en el mundo. No había querido que conociera la fealdad de su pasado.
-Me sentía sucia -musitó-. Avergonzada.
-¡Cielo santo! -exclamó él, apoyándose sobre el codo para mirarla-. ¿Por qué? No fue culpa tuya. Tú eras la víctima, no el verdugo.
-Lo sé, pero a veces saberlo no sirve de nada. Los sentimientos siguen ahí.
Syaoran la besó largamente, amándola con la lengua, haciéndole saber cuánto la deseaba. La besó hasta que ella le respondió, enlazándole el cuello con los brazos y entregándole su boca. Luego, él volvió a apoyar la cabeza en la almohada, abrazándola. Sakura estaba desnuda; él se había negado con suavidad, pero firmemente, a que se pusiera el camisón. Aquel secreto ya no se interponía entre ellos, y Sakura se alegraba. Le encantaba sentir el calor de su cuerpo musculoso contra su piel desnuda.
Syaoran seguía dándole vueltas a la cabeza, incapaz de olvidarlo. Sakura notaba su crispación y, lentamente, le pasó la mano sobre el pecho, acariciando los pequeños y redondos pezones.
-Relájate -murmuró, besándolo en el hombro-. Todo eso ya pasó.
-Has dicho que sus padres lo controlaban, pero que ahora están muertos. ¿Ha vuelto a molestarte desde entonces?
Ella se estremeció, recordando las llamadas de Yue.
-Me llamó a casa un par de veces. Pero no he vuelto a verlo. Y espero no tener que verlo nunca -dijo con sinceridad desesperada.
-¿A casa? ¿A tu casa? ¿Cuándo?
-Antes de que me trajeras aquí.
-Me gustaría echármelo a la cara -dijo Syaoran en voz baja y amenazadora.
-Espero no lo hagas nunca. Está... está loco.
Guardaron silencio durante un rato. La noche húmeda y calurosa los envolvía, y Sakura empezó a sentirse soñolienta. Entonces, Syaoran volvió a acariciarla, y ella sintió su rabia, su furiosa necesidad de saber algo más.
-¿Qué utilizó? -Sakura se apartó de él bruscamente. Maldiciendo en voz baja, Syaoran volvió a abrazarla-. Dímelo.
-No tiene sentido.
-Quiero saberlo.
-Ya lo sabes -sus ojos se llenaron de lágrimas-. No es nada nuevo.
-Un cinturón.
Ella contuvo el aliento.
-Él... se enrollaba la correa alrededor de la mano.
Syaoran dejó escapar un gruñido y su cuerpo se tensó. Se ponía enfermo al pensar que una hebilla de cinturón había lacerado su piel suave. Más que nunca, deseaba ponerle las manos encima a Yue Tsukishiro.
Sintió que Sakura se aferraba a él.
-Por favor -musitó ella-. Vamos a dormir.
Él quería saber una cosa más, algo que le parecía muy extraño.
-¿Por qué no se lo contaste a tu padre? Él tenía muchos contactos. Podía haber hecho algo.
Sakura se rió suavemente, con una risa amarga.
-Se lo conté. Pero no me creyó. Le resultaba más fácil creer que me lo había inventado que admitir que mi vida era un desastre.
No le dijo que nunca había amado a Yue, que su vida había sido un desastre porque se había casado con un hombre amando a otro.
Notas:
- Adivino... Este es uno de los capítulos más esperados por todas ¿no?, ¡Syaoran al fin se enteró! xD
- Y se que deben haber tenido (o siguen teniendo) sentimientos encontrados por Syaoran... por una parte tan tonto con lo del accidente u.u, por otra parte tan lindo cuando se dio cuenta de que esta enamorado *-*, y por otra tan rudo gritándole a Sakura y tan tierno consolándola... ¡Qué hombre! Voy a querer uno para llevar gracias xD...
- ¿Qué más?... Oww, la mamá de Syao (suegra cof cof)... es el único vistazo que tendrán de ella, creo, jaja ¿Que tal?
- ¿Qué hará Syaoran ahora que sabe el pasado de Sakura? ¿Buscará venganza? ¿Abrirá los ojos? xDD jaja, pues ya solo quedan 3 capítulos para averiguarlo :P
Ya tiene tiempo que no le dedico ningún capítulo D:, es que soy una despistada... pero Saku Tsukino, tu sabes que sin ti este fic no existiría :3... Igualmente gracias a las chicas que me dejan review y no tienen cuenta de FF (que como todas ya saben, es una página que me odia), Karito, Morena, Lfanycka, Ross, Viviana, Ariana, Johana, Didi y Gabby. Gracias, Eh Nico, si estás leyendo esto también te lo dedico por leeenta :-*
Espero que les haya encantado este capítulo, ¡Hasta la próxima! ^^
