— VARIOS PASOS POR DELANTE —

9


Era invisible y también prácticamente inexistente, sin embargo, sobre Tropical Land se cernía una bomba de relojería a punto de estallar desde varios puntos cardinales.

Shinichi apretó los puños a la vez que ocultaba su estupefacción. Su rostro en ese momento era el mismo que ponía cada vez que encontraba la pista definitiva para resolver un caso, pero esta vez era por algo diferente.

Hasta que no se había puesto a la cola de la montaña rusa no se había dado cuenta de un dato importante. Ese grupo de cuatro que estaba delante de él en la cola... Un asesinato se iba a cometer dentro de ese grupo que por fuera parecía tan ameno, una traición que había provocado otra por culpa del despecho. Ahora era capaz de recordarlo, él mismo había descubierto a la asesina de la montaña rusa, antes de que su mundo se volviera de cabeza. Y ya que la historia volvía a repetirse y él conocía los detalles...

"Puedo salvar la vida de ese infeliz" —pensó, mientras sentía que los dedos le hormigueaban de la emoción.

Tenía poder sobre una vida humana... no, sobre todas las vidas de las personas que había visto morir por otras manos humanas injustamente. Tenía las cartas para salvarle el cuello, literalmente, o decidir dejarlo como estaba. Y por supuesto que no iba a dejar que una tragedia sucediese. Por primera vez desde que despertó, su situación ya no parecía mala, si no una bendición.

— Será mejor que les dejemos su espacio —escuchó como le decía el joven andrógino de gafas entre risas a la mujer de cabello lacio y collar de perlas, sin notar que ella no compartía por entero su felicidad.

"Ese collar... —pensó Shinichi, obligando a su mente a ahondar más en el recuerdo— ¡La asesina era ella...! Pero esta vez no te vas a salir con la tuya, bonita..."

Si solo pudiera recordar su nombre...

— ¡¿Hiyomi?! —exclamó el primer nombre que creía que era, jugándoselo todo a una carta.

Se alivió sobremanera en cuanto la joven mujer giró sobresaltada la cabeza en su dirección, dándose por aludida. Había acertado (como amaba su mente, no se le escapaba nada, debía replantearse la idea de tener su propio Palacio Mental). El hombre de las gafas también se giró a verle, curioso, la pareja, sin embargo, no se inmutó.

Antes de que ella pudiera abrir la boca para preguntar cosas como "¿quién eres?" o "¿qué quieres?", Shinichi la rodeó sorpresivamente con un brazo y una gran sonrisa, como si la conociera de toda la vida y se alegrara de encontrársela. Notó como ella se tensaba, sorprendida y asustada por las familiaridades de ese chico desconocido.

— ¡Dios mio, Hiyomi, cuanto tiempo sin vernos! —eso si que también captó la atención de la pareja. Ella miraba a su amiga y a ese chico con aire aburrido, mientras que él parecía querer matar a Shinichi con la mirada, quien no dejaba a la pobre Hiyomi abrir la boca con su efusividad fingida— ¿Cómo te va en tus competiciones de salto de pértiga? ¡Seguro que tienes muchas cosas que contarme! Vamos, hablemos en un sitió más tranquilo. ¿Puedes guardarnos el sitió? —se dirigió al joven hombre de gafas con una gran sonrisa.

— S-seguro —le dijo este, devolviéndole una sonrisa débil mientras Shinichi arrastraba de ahí a la pobre mujer que trataba de recordar de donde demonios conocía a ese chico tan raro (como si no fuera suficiente para sus nervios la locura que estaba a punto de hacer). Era verdad que le sonaba su cara, pero...

— No sabía que Hiyomi tenía novio, me alegro por ella —dijo el de gafas, sacando sus propias y erróneas conclusiones.

— ¿Pero desde cuándo ella se relaciona con chicos tan jóvenes? —preguntó Kishida, con un tinte de celos que no pudo ocultar— ¿Qué no es ilegal?

— ¡Y qué mas da! —su novia le quitó hierro al asunto, mientras le abrazaba con aire de pertenencia— El amor es el amor y parece lo suficientemente mayorcito. Aunque dudo que sean tan felices como nosotros.

— Imposible, mi vida —le dijo antes de volver a besarla efusivamente y decidiendo que daba igual si su ex ya tenía a otro... Aunque fuera más joven y lindo que él.

Mientras, a un metro de distancia, más o menos, Hiyomi al fin se había atrevido a abrir la boca.

— Oye, perdona, pero si nos conocemos —y tenían que conocerse, ¿cómo si no él sabía su nombre y qué practicaba salto de pértiga? Cabía la posibilidad de que fuera un acosador... ¿pero que tipo de acosador mostraba la cara en un lugar tan lleno de gente?—, te he olvidado, lo siento.

Shinichi comenzó a reírse por lo bajo, de una forma que le dio mala espina a Hiyomi. Después se acercó a su oído y le susurró, tan casual como si hablara del clima:

— ¿De verdad piensas qué vale la pena matarle?

El rostro de la mujer se descompuso, su alma cayo a sus pies y el estómago se le cerró tan rápido que tuvo la sensación de haber recibido un buen puñetazo, a la vez que se alejaba del joven que la había descubierto, como si este fuera el mayor de los monstruos de la creación. Pero este estaba tan tranquilo, tal vez incluso aburrido. Tanto tiempo siendo detective, tantos criminales descubiertos, y siempre era la misma cara de terror puro... para pasar a la psicopata, no sin menos pánico en sus ojos, claro.

Pero de todas formas se esforzaba por entender a Hiyomi, porque lo sabía... "¡Alguien lo sabía! ¡¿Cómo demonios se suponía que debía actuar ahora?!" Eso seguramente estaba pensando la pobre en esos momentos... Tks.

— ¿Quién... Qué...?

— ¿Qué quién soy? —Shinichi la interrumpió, adivinando de forma cínica lo que quería decir, no tenía todo el día para soportar su shock— Tiene gracia, porque estaría bien que yo te preguntara lo mismo a ti: ¿Quién te crees que eres para decidir por ti misma si alguien muere o no? No tenía idea de estar ante una Shinigami*.

Normalmente no atacaría verbalmente a una criminal (o bueno, futura criminal). De hecho, no lo hacía, no era su estilo. Por mucho asco que le dieran, sabía que la falsa amabilidad a la hora de atraparlos les jodía muchísimo más y se aprovechaba de ello. Pero Hiyomi no era el único personaje nervioso en escena, a pesar de todo, Shinichi no se quitaba de la cabeza a Gin y Vodka, lo que iba a suceder en unos momentos... Quería creer que no, pero por supuesto que eso afectaba, incluso a una mente brillante como la suya. Él no era Sherlock Holmes, aunque lo intentaba, aun seguía siendo un impulsivo, no encontraba la manera de ser frío y sin sentimientos ante semejantes injusticias. ¡Pero claro!, Holmes siempre había tenido esa fascinación por la perdición humana y tiraba de la cocaína para ser tan genial las 24 horas. Grandes defectos que, irónicamente, creaban al hombre perfecto. Shinichi no tenía esos defectos. Y eso le hacía tan imperfecto en situaciones así como cualquiera, pero eso no le amedrentaba, no tenía los títulos de Sherlock Holmes del Nuevo Siglo y Mejor Detective Adolescente del Este por amedrentarse.

Ante sus hirientes palabras (que dolían precisamente porque ella sabía perfectamente que eran ciertas), Hiyomi se cabreó.

Bajó la mirada mientras apretaba los puños, Shinichi sonrió de lado al reconocer la reacción. Se sentía arrinconada por él. Ya casí, ya casí...

— ¿Quien eres tú? —ella sorteó su, tal vez, algo infantil pero efectiva provocación, con los dientes apretados.

Shinichi le mostró una tan fina como tranquila sonrisa.

— Kudo Shinichi, detective —se identificó no pudiendo evitar enorgullecerse de si mismo, y disfrutando del, nuevamente, desfigurado rostro de Hiyomi—. Para servirla.

— Ku... Ku... Ku... —fue lo único que ella pudo balbucear. ¡Ahora era capaz de poner bien ese rostro en sus recuerdos! Se había hartado de verle en la primera plana de los periódicos y en las noticias de la TV.

Los más temibles asesinos habían sido doblegados por ese niño apenas en unos parpadeos. Muchos decían que era suerte, otros que era un teatro inventado por la publicidad, para llamar la atención de los tan inocentes como para creerse que un simple adolescente, prácticamente solo en el mundo, era capaz de algo como eso. Hiyomi nunca lo había creído así, y ahora era ella contra él... La balanza no estaba de su parte, aun así...

Anda, mira, ahí estaba la mirada psicópata.

— Vale sí, me has pillado y ni siquiera se como lo has hecho, aun así, ¿cómo piensas detenerme? Apuesto a que ni pruebas tienes.

Shinichi se metió relajado las manos en los bolsillos de sus vaqueros, a la vez que se encogía de hombros. Ese gesto no era casi un insulto. Era un insulto.

— Cierto, no tengo pruebas, y si le dijera esto a la policía, seguro que terminarían de tildarme del loco que los envidiosos quieren creen que soy —Hiyomi se estaba sintiendo ganadora, pero...— Pero todos y cada uno del cuerpo de policía del distrito son un testigo fiable de que que soy mucho más que el bocazas que la prensa senacionalista divulga. Una palabra mía es suficiente para que comiencen ellos a buscar las pruebas por mi... ¿Entiendes por dónde voy? Seguro que adoran ese cuchillo ensangrentado que metiste en el bolso de tu "amiga". Ensangrentado, aunque todavía no ha matado a su novio, tal y como estaba planeado. Increíble.

Hiyomi no podía hablar, ¡no se había preparado para esto!, sus piernas comenzaron a temblar. Ella... ¡ella tenía la razón, Kishida merecía morir por lo que le hizo, por lo que le estaba haciendo! ¡¿Entonces por qué las cartas se volvían en su contra?! ¿Por qué ese niño metido y engreído estaba ganando? ¡¿Es qué no había justicia?!

No se daba cuenta, no podía saberlo tampoco, de que la única razón por la que Shinichi estaba tan tranquilo ante ella era porque estaba seguro de que merecía una segunda oportunidad. Él había visto a muchos monstruos, Hiyomi no era una de ellos. Al contrario, ella era tan pura, tan blanca... pero lo blanco era siempre lo que más fácil se manchaba. Era tanto el dolor que sentía al ser rechazada que al final había optado por el asesinato. Pero era obvio que no se permitía pensar demasiado en su decisión, porque en el fondo sabía que estaba optando erróneamente. Muy erróneamente. De otra manera, habría sido necesario mucho más que las palabras de un chico para persuadirla.

— Lindo collar el que llevas —sin embargo, Shinichi no iba a darle un momento de respiro, no mientras estuviera acabada, Hiyomi tembló más fuerte—. Muchas perlas, debió de ser trabajoso quitarlas todas una a una para ponerlas de nuevo en una cuerda de piano, ¿así pensabas cortarle la cabeza? Ingenioso. No tanto.

En ese punto las piernas de Hiyomi al fin fallaron, cayendo al suelo de rodillas, unas cuantas lágrimas resbalaban de sus ojos. Shinichi no dudo en acercarse a ella y tenderle una mano para ayudarla a levantarse, pero ella hizo como si el fuera invisible.

— Todavía no es tarde para echarte atrás —Shinichi se mostró más amable está vez—. Soy consciente de que él te hizo daño, aunque soy incapaz de comprender cuanto, mancharte las manos de sangre y luego ser encerrada por ello no te curara, solo te haces aun más heridas.

Se lo pensó, pero temblorosamente, Hiyomi alzó su mano y aceptó la del chico.

— Yo... no quiero... vivir ya más —susurró todavía en el suelo que se mojaba con sus lágrimas—. Kishida... lo era todo para mi, estaba tan enamorada, habría hecho... cualquier cosa por él, me tenía tan cegada. Me juró amor eterno en este mismo parque, antes de que fuera remodelado, ¿sabias? Y también, me regaló este collar. Me dijo que yo sería la única por siempre... Pero al parecer "siempre" solo dura tres años.

Shinichi la escuchaba, sin hacer un solo comentario, simplemente apretando su mano, lo suficientemente para que se diera cuenta que no estaba sola, puede que él no fuera su amigo, pero era alguien que quería ayudarla a volver al camino de la rectitud.

— Entonces llegamos a la Universidad, él conoció a Aiko y todo su amor por mi se fue... si es que alguna vez lo sintió y ahora se morrea con ella en mis narices, como si yo nunca hubiera valido nada, ni siquiera reconoció el collar que me regaló y, qué según él, sellaba nuestro amor para siempre —se levantó con dificultad y miró a Shinichi directamente a los ojos. Un detective, aunque fuera un chico detective, debía de conocer la respuesta— Personas como él, ¿merecen vivir?

— No lo sé —fue francamente sincero—, personas como nosotros, no nacimos para pensar en eso, ni a creernos más que nadie, aun así —Shinichi se tomó la libertad de tomar el collar de perlas del cuello de Hiyomi y, ante los ojos estupefactos de la mujer, lo tiró a la papelera más cercana como si fuese una vulgar baratija—, nos enseñaron a deshacernos de todo lo que ya no vale. Piensa en esto, él esta atado a Aiko ahora, pero tú eres libre y no es como si ya nadie te quisiera, mira a tu amigo por ejemplo, tan inocente a tu lado, sin tener ni idea de lo que pensabas realmente. ¿Vas a tirar esa libertad que tienes? ¿Y todo para qué? Para dejarle morir siendo un mártir, mientras tú te vas consumiendo entre cuatro paredes, con el resto de presos mirándote por encima del hombro y lo peor es que vas a hacer que los que aun te quieren sufran por ti.

Shinichi se sorprendió cuando Hiyomi se abrazó a él, buscando ese consuelo que le había sido vedado desde que se vio sola, porque nadie sabía de ello, o al menos ella creía que nadie lo sabia. Nunca supo como Shinichi se enteró de su situación, pero daba las gracias por ello.

— Dios mio... —susurró, odiándose a si misma— ¿Qué he estado a punto de hacer?

Él no dijo nada, solo la abrazó de vuelta por pura cortesía.

No eres la única. Quiso decirle, pero esas palabras se quedarón únicamente en su mente.

Ella, ese magnate que había matado a su esposa, aquella chica que había matado a su novio en el día de San Valentin porque él no salvo la vida de su hermano y un largo etcétera de ejemplos más. Shinichi no sabía como la gente se atrevía a llamar al amor el sentimiento más hermoso y puro, si él no hacía más que ver, una y otra vez, como el amor se convertía en tristeza, en rechazo, en despecho... en muerte.

Eso no es amor. Decían muchas personas, ¿pero en verdad era tan sencillo como eso?

Él nunca fue fan de Shakespeare, su afición por matar a todos sus personajes nunca fue del agrado del joven, pero a sus ojos él tuvo mucha razón en matar a Romeo y Julieta al final de su historia de amor. Para él, esa era la única parte realista de la obra, pues lo veía una y otra vez en el mundo real y no precisamente en relaciones prohibidas por la sociedad.

Moriría por ti. Se abusaba mucho de esa frase en las historias de amor, pero... ¿Podría Ran morir por él? No. Ran lucharía con uñas y dientes hasta no tener la más mínima oportunidad. Después lloraría y lloraría hasta quedarse sin lágrimas, aunque a él no le gustara eso, ella era así. Pero luego de eso volvería a nacer una sonrisa en su rostro y seguiría adelante. Porque ella era lo suficientemente sensata para ver que Shinichi no lo era todo, solo otra persona más en el mundo, con sus cualidades y defectos. Especial para ella, sin duda, pero no más importante que otros. Le dolería su falta, pero todo lo que duele, sana.

Pensó entonces en Haibara, y en como su corazón se oprimía al escuchar sus comentarios con doble sentido, sus "era broma" más inesperados, todas las veces que le dejaba con la palabra en la boca con una facilidad pasmosa, cada vez que adivinaba sus pensamientos, sus pequeñas discusiones porque ella no quería salir de la casa del profesor, sus días de acampada juntos con Ayumi, Genta y Mitsushiko... todas las veces que ellos parecían ser los padres de esos niños en lugar de sus amigos, de forma plenamente inconsciente. Quería a esos niños... y nunca pensó que pudiera ser así, pero quería a Haibara, esa ex miembro de los Hombres de Negro era importante para él y si le faltaba... como le faltaba ahora... Seguiría adelante, pero ya no tendría el motivo para hacerlo. Conan ya no era Conan sin Ai Haibara, y hacía mucho Shinichi Kudo solo era una voz en off en su cabeza, los recuerdos de una vida que ya pasó y a la que se seguía aferrando simplemente porque ya era la costumbre. Amaba ser Conan, necesitaba volver a ser Conan y así tener... una infancia de verdad. Cambiaría sus libros, su mansión, a los padres que sin preocupación ni remordimiento alguno le dejaron solo porque "maduró demasiado rápido", por ver todos los días a esos tres mocosos a las puertas de la Agencía de detectives, preguntando por el "niño protegido" de Kogoro Mouri, y no dispuestos a marcharse hasta que Conan saliera a jugar con ellos... Y Haibara detrás. Siempre en su esquina voluntariamente, simplemente viéndoles jugar. Riendo con ellos, pero a su prudente distancia, velando por ellos con su típica sonrisa serena y los brazos cruzados... Velando, también, por él.

Shinichi se rió internamente mientras se soltaba del agarre de la mujer, quien ya parecía haber recobrado mayor parte de la cordura. Era la primera vez que se paraba a pensar en su relación con el resto de la Liga Juvenil desde fuera. Y talmente se veía como si ellos, siempre confiantes de que estaban protegidos solo con su presencia, siempre dispuestos a aprender de su intelecto superior y a imitarle en lo más que podían, dignandose a avergonzarse de sus actos infantiles porque claro, eran niños, cuando se veía en la obligación de darles una pequeña regañina, todo por su seguridad, fueran sus hijos en vez de sus amigos... y Haibara su esposa.

Ahora entendía a los adultos que decían, "que monada de niños, están tan unidos que parecen una familia en miniatura". Algo que echaba muchísimo en falta. Y se daba cuenta ahora. Dios, si que era realmente estúpido para algunas cosas.

— Vamos, a tu nueva vida en libertad —le dijo a Hiyomi con una sonrisa y ella asintió, dispuesta a perdonarse su gran traspiés.

Ambos se dirigieron de nuevo a la montaña rusa, para nunca más volver a verse, sí, pero ya habían hecho suficiente el uno por el otro.

Puede que ya no hubiera tiempo para subirse a esa atracción, de hecho mirando hacía arriba, al cielo que pronto empezaría a oscurecer, pudo ver a esos dos subidos a la atracción, pero no le importó. Había salvado dos vidas y aun había tiempo para seguirles después. Esta vez ya no tenía miedo a enfrentar su nueva vida, aunque se tuviera que abrir la cabeza en el proceso.

No se dio cuenta, sin embargo, que un par de ajenos ojos azules, idénticos a los suyos excepto que estos rezumaban la graciosa e inmadura malicia de la adolescencia.

Kaito no había podido quitarle la vista de encima a su doble desde que este le había dicho su nombre a esa mujer y más se había sorprendido al verle tirar un valioso collar de perlas auténticas a la basura. Si él mismo hubiera hecho algo así su mayordomo le mataría, luego se lo diría a su madre, y esta terminaría de rematarle, pero Shinichi había hecho eso tan tranquilo.

Algo le decía que no era una casualidad verle ahí. A partir de ese momento, había un cambio de planes, no le iba a quitar la vista de encima a su primo.

Eso lo cambiaba todo.

Cuidado, Sherlock Holmes del siglo XXI, tu Moriarty personal ya se ha fijado en ti.


*Shinigami. En la antigua cultura y creencias japonesas, los Shinigamis eran los dioses de la muerte. Por si alguien no lo sabía, para que entienda el comentario de Shinichi.