Capítulo Ocho
El dilema
Notó como su creciente erección se presionaba deliciosamente contra algo caliente. Gimió por lo bajo, frotándose. Estaba sudoroso, y adormilado, pero su pene palpitaba y él sentía una ganas terribles de correrse.
— Harry —escuchó que le llamaban.
— Draco —balbuceó en un jadeo.
Sus caderas se balancearon, haciendo que la fricción le provocase un ramalazo de placer.
— Harry, la puerta.
Su corazón se agitó, y sus ojos se abrieron con pánico. Se puso las gafas, y buscó con la mirada a Adam, que dormitaba a su lado. Su erección aún se presionaba contra el colchón.
Merlín, no podía creer que acabase de decir el nombre de otro chico en sueños, con su novio al lado.
— ¿Qué? —preguntó, lleno de terror. ¿Y si Adam le había escuchado?
— El timbre.
Entonces notó que un sonido agudo e insistente sonaba en toda la estancia. Harry respiró hondo, intentando calmarse. No parecía que Adam hubiera notado su desliz.
Soltó un suspiro, con el corazón aún en la boca y la excitación olvidada entre las sábanas, mientras se levantaba a ver quién demonios estaba llamando al timbre de su casa como si la humanidad fuese a extinguirse.
Lo último que esperó fue tener a Hermione Granger abrazándolo.
— ¡Feliz cumpleaños, Harry!
Parpadeó confundido, en parte porque sus nervios aún estaban de punta, y en parte porque no se creía lo que veía. Apoyó sus manos en la cintura de la chica, apartándola de él lo más delicadamente posible.
— ¿Hermione? —cuestionó, mirando a la chica con estupefacción—. ¿Qué haces aquí?
— No creerías que iba a olvidarme del cumpleaños de mi mejor amigo, ¿verdad?
— Pues... no lo sé —contestó con sinceridad.
Acostumbraba a saber de Hermione a través de cartas, pero nunca se imaginó verla tan inesperadamente después de un año entero. Ella sonrió con algo de diligencia, y negó suavemente con la cabeza.
— Quería darte una sorpresa. No iba a perderme este día, por muy lejos que esté.
Harry asintió, correspondiendo la sonrisa, haciendo que la chica entrase en casa.
Se dio un momento para observarla. Iba vestida con unos vaqueros blanco y una bonita blusa azul, su cabello iba recogido en una trenza y su rostro era de total alegría.
— ¿Donde está Luna?
— Ha ido a visitar a su padre, pero se reunirá con nosotros para el desayuno.
— ¿Tenéis donde dormir? Podéis quedaros aquí si queréis —ofreció.
— No, no. Estaremos en casa de Xenophilius.
La figura de Adam apareció por el pasillo, quedándose en el umbral de la puerta de su habitación. Tenía un aspecto plenamente soñoliento.
Menos mal que no han entrado a robar, o ya se habrían llevado todo, pensó Harry con algo de gracia, mirando el aspecto de su novio.
— Hola, Adam. Cuánto tiempo —dijo Hermione, acercándose para saludarle—. Siento haberos despertado.
— No pasa nada. Harry no me había dicho que venías.
— No lo sabía —se defendió.
— Era un visita sorpresa.
— ¿Cuánto tiempo te quedarás?
— No lo sé, pero serán algunos días al menos. Echaba de menos Londres —contestó la chica, contenta—. ¿Desayunamos? Con el viaje no he podido comer nada.
— Si me das unos minutos, te llevo a un sitio genial que está aquí al lado —sugirió Harry. Luego se giró hacia su novio, con algo de pesadez anudada en su estómago—. ¿Vas a venir?
— Si no te importa, preferiría seguir descansando —se disculpó con Hermione—. Entro a trabajar en un par de horas.
— Merlín, ni si quiera me había fijado en lo pronto que es —comentó ella, con una mirada arrepentida—. No te preocupes, Adam, descansa. Podemos desayunar más tarde, o quedar para comer si quieres —le sugirió a Harry, quien negó en el acto.
— No, de todas maneras yo ya me había desvelado —lo que menos le apetecía en ese momento era seguir soñando con Malfoy. Intentó sonreír, pero supuso que no lo había conseguido cuando se amiga arqueó una ceja en su dirección—. Iré a ducharme.
El moreno se escabulló de ambos, metiéndose directamente en el baño. Aprovechó ese rato a solas para serenarse y que sus nervios se templasen. Cuando salió, Adam estaba ya acostado, dormitando.
— Harry —le detuvo, cuando estaba a punto de salir. Se giró a mirar a su novio con algo de intranquilidad—, feliz cumpleaños.
Dejó escapar una exhalación. La culpabilidad se le ancló en la garganta. Una sonrisa dubitativa se formó en su rostro mientras avanzaba hacia el chico.
— Gracias —contestó, dejándole un beso en la frente.
Encontró a Hermione en el salón, y unos minutos después ambos se hallaban en una pequeña cafetería en la misma calle en la que vivía.
— ¿Cómo estás? —le preguntó la chica—. Hace un par de meses que no recibo ninguna carta tuya.
— Bien, como siempre. Ya sabes, mucho papeleo en la oficina, y... poco más.
— ¿Y los chicos?
— Como siempre —Harry se encogió de hombros, sonriendo—. Seamus sigue con su lío de faldas, Neville lleva diciendo que va a dejar el cuerpo de aurores desde hace meses pero ahí sigue, Dean continúa perdido por el mundo y Ginny va a tope con las Arpías de Holyhead.
— ¿Y Ron?
Soltó un suspiro, sin saber porque se había tomado la molestia de no incluir a su amigo en la conversación, si sabía que Hermione no iba a poder quedarse con la duda.
— Mejor —mintió. No creía que fuera beneficioso decirle que el pelirrojo seguía guardándole rencor—. ¿Y a ti como te va por... donde sea que estuvierais ahora?
Ella rió, esperando a que el camarero les sirviera su café para continuar con la conversación.
— Venimos desde Tailandia, y ha sido maravilloso. Deberías viajar, Harry. Te abre un nuevo mundo, literal y metafóricamente.
Estudió a Hermione con curiosidad. Había una sonrisa perenne en sus labios, y su rostro se iluminaba mientras hablaba. Harry la envidió durante unos segundos. Tal vez tenía razón, y debía viajar, despejarse y cambiar de aires.
A lo mejor, así, dejaba de pensar en Malfoy.
— ¿Y con Luna va todo bien? —preguntó, intentando que su mente no se desviase de la conversación.
— Más que bien —sí, definitivamente envidiaba a Hermione—. ¿Y a ti con Adam?
Desvío su mirada hacia el desayuno que aún no había tocado. En realidad, no tenía hambre. Era demasiado temprano para que le entrase nada en el estómago, pero su mejor amiga estaba allí, y quería disfrutar del momento con ella. Eso y que no quería estar demasiado tiempo con Adam, o la culpa amenazaría con ahogarle.
— Bien, también.
El silencio cayó entre los dos, y eso no le gustó nada, porque que Hermione estuviera en silencio solo quería decir que estaba pensando, y conociéndola, no tardaría mucho en llegar a una conclusión acertada.
— ¿Seguro? —la pregunta fue hecha con tanta delicadeza, que Harry se sintió mortalmente expuesto—. Sé que no he sido tu amiga más ejemplar en este último año, pero aún puedes contar conmigo para lo que necesites.
—No digas tonterías, Herm. Eres una buena amiga —consoló. Deseó que el tema de conversación derivase en esa dirección, pero la chica se quedó callada, esperando a que continuase. Resopló resignado—. ¿Tanto se nota?
— Bueno, el hecho de que parecía que ibas a entrar en pánico si Adam venía a desayunar con nosotros fue, ciertamente, deslumbrador.
— Ya.
— ¿Qué ocurre?
— Qué no ha ocurrido, querrás decir —bufó—. ¿Te hago un resumen rápido? No quiero seguir con Adam, pero no puedo romper con él, y se me ocurrió... bueno, en realidad fue Seamus quien tuvo la idea, que sería un excelente plan contratar a alguien que se ligue a Adam, para que sea él quien me deje a mi.
— Ese es un plan estúpido.
— Sí, ya me he dado cuenta de eso, gracias —esperó agriamente— ¿Quieres saber la mejor parte? Decidí que Malfoy era el mejor candidato para el trabajo.
— ¿Has metido a Malfoy en medio de tu relación?
— Sí.
Hermione se quedó callada, y se limitó a respirar hondo, mientras le miraba como si le preguntase porqué era tan idiota. Harry se preguntaba lo mismo.
¿Por qué era tan idiota?
— ¿En qué estabas pensando?
Se encogió de hombros, sintiéndose decaído de repente.
— En que era un plan factible. Que Malfoy seguiría siendo un capullo, así que no me afectaría que se ligase a mi novio. Que sería fácil y sencillo porque quizás Adam está tan cansado como yo de esta relación.
Pero nada de eso había pasado. Y Harry se encontraba agobiado, tenso y en medio de la nada.
— ¿Por qué no puedes dejar a Adam?
Cerró los ojos, y casi sintió deseos de estampar su frente contra la mesa de la cafetería. Debía haber supuesto que eso sería lo primero que preguntaría su amiga.
— Hice un Juramento Inquebrantable —admitió en un murmullo. Jamás había visto tanta estupefacción en el rostro de Hermione.
— ¿Qué te llevo a hacer algo así, Harry?
— Ni si quiera me planteé que esto podía pasar, ¿vale? —se defendió.
Ya tenía suficiente con recordar que Draco pensaba que había cometido una estupidez y ahora darse cuenta de que, efectivamente, la había cometido.
— ¿Y que tiene que ver Malfoy en todo esto? Aparte de lo evidente, claro.
— ¿Por qué crees que tiene algo que ver? —preguntó, a la defensiva.
— Porque has dicho que creías que Malfoy seguiría siendo un capullo. En esa frase va implícito que ya no lo es —argumentó ella, sabiamente—. Y porque te conozco, Harry.
Su mente le dijo que lo negase. Pero Hermione tenía razón; lo conocía. Y él, para bien o para mal, siempre había sido un libro abierto en lo que a emociones se refería.
Tampoco creía que fuera a servirle de algo engañar a su amiga. Conociéndola, lo averiguaría tarde o temprano.
— No puedo dejar de pensar en él.
Esa era la única certeza que tenía en esos momentos.
Llevaba días pensando en Draco. En el niño que le despreciaba en el colegio, en el adolescente atormentado por la guerra. Reflexionaba, también, en el joven que estudiaba medimagia, que vivía en el mundo muggle y vestía pantalones vaqueros. En el Malfoy que no quería ser heredero. En el chico interesante, atractivo y adicto al chocolate. Había pensado más veces de las que quería realmente admitir, en el Draco excitado que se frotaba contra él, que gemía su nombre y se corría en su mano. A Harry le faltarían dedos para poder contar todas las veces que se había masturbado en la ducha pensando en ese Draco. Recordaba asimismo al chico que le gustaba fotografiar el amanecer, y que tenía pesadillas por las noches. El que tenía cicatrices, al igual que él.
— ¿En qué sentido?
— En todos.
— ¿Te gusta?
Era una buena pregunta. Una que Harry no había querido hacerse, tal vez por miedo a reconocer la respuesta.
— Yo... no lo sé.
Quizás, si lo consideraba en serio, podría darse cuenta de que a lo mejor Draco sí le gustaba.
— ¿Y Adam?
Soltó un decaído suspiro. También había reflexionado sobre él esos días. De hecho, su culpabilidad le atormentaba constantemente. Apenas era capaz de mirar a su novio a la cara sin reprocharse sus pensamientos.
— No lo sé —repitió susurrando.
— ¿No crees que te estás precipitando?. Quiero decir, cuando yo me fui estabas bien con él. ¿Y ahora haces todo esto para librarte de él?.
— Es que no lo entiendes. Me ahoga estar con él. Estoy cansado de llevar el peso de una relación que no me aporta nada porque ahora mismo no tengo un novio, tengo un compañero de piso.
— Pero lo amabas. Merlín, hiciste un Juramento Inquebrantable solo por él, y eso solo tiene dos explicaciones: o eres muy tonto, o estabas muy enamorado.
— Lo amaba —le dio la razón, desanimado.
— Tal vez aún lo haces. El Harry que se enamoró de Adam debe estar en algún sitio, solo debes encontrarlo.
— No creo que eso funcione.
— Puede que no, pero después de lo que has hecho por él, lo menos que puedes hacer es intentarlo. Quizás solo necesitas apoyarte un poco en Adam, y cuando lo hagas, todo volverá a ser como antes.
Harry estuvo a punto de decirle que eso no iba a servir de nada, pero decidió guardar silencio.
Tal vez su amiga tenía razón, y solo debía buscar aquello que le hizo enamorarse de Adam.
—0—
Respiró hondo, por la nariz, y soltó el aire por la boca con lentitud. Llevó su mano derecha hacia su cabello, intentando aplastarlo y ordenador. O al menos hacer que pareciera que se había peinado.
— ¿Te ayudo?
Miró a Adam a través del espejo, quien estaba detrás de él, observándole con una sonrisa que marcaba un hoyuelo en la mejilla izquierda.
— Sí quieres intentarlo —bromeó.
Sintió el toque delicado de su novio sobre su cabello, mientras ordenaba con paciencia sus hebras oscuras. Harry se dio la vuelta, quedando frente a él, admirando los ojos marrones y concentrados del chico.
Apreció que era cómodo y agradable estar así. A pesar de todo, debía admitir que Adam era una zona de confort a la que se había acostumbrado. Era fácil estar con él, porque Adam se adaptaba a cualquier cosa, todo le precia bien. Eso, al principio, le había gustado a Harry. Se había sentido apoyado porque a su novio le parecía bien cualquier cosa que él decidía. Ahora, en cambio, le estaba empezando a pesar. Nunca estaba del todo seguro si Adam estaba de acuerdo con él por decisión propia o porque creía que eso era lo que él quería. A veces, incluso, echaba de menos debatir con su pareja. Que le llevase la contraria. Que le quitase la razón cuando lo veía conveniente. Harry se equivocaba muchas veces, pero con Adam era imposible saber cuando lo hacía mal o bien.
— Ya está. He hecho lo que he podido —rió el chico.
Disparó una pequeña sonrisa en su dirección y le dejó un pequeño beso sobre los labios que pareció sorprender a Adam, quien soltó una risa entre desconcertado y avergonzado.
— ¿Seguro que no quieres venir?
Su novio negó con la cabeza como respuesta.
— Tengo que trabajar mañana —se excusó—, pero no te preocupes, es tu fiesta de cumpleaños. Nosotros ya tendremos tiempo de celebrarlo.
Harry se removió incómodo, y ofreció una sonrisa que esperaba que fuera convincente.
— No llegaré tarde —se despidió, esta vez dejando un beso en su mejilla.
Que sus amigos preparasen una pequeña celebración no le era extraño, que fuesen al mundo muggle a emborracharse tampoco. Lo raro era que hubiesen decidido ir al barrio del Soho.
— ¿Por qué estamos aquí? —cuestionó, observando el pub donde sus amigos y él estaba a punto de entrar.
No le gustaba estar en ese barrio. Salir de fiesta nunca había sido lo suyo, y menos cuando tenía la casa de Malfoy en la calle de atrás.
— Porque dicen que este lugar está genial —respondió Neville, empujándolo—. Y cambia esa cara, que es tu cumpleaños.
El pub se llamaba "El Duendecillo Verde", así que lo primero que vio al entrar fue la figura de un pequeño duende, pelirrojo, con las mejillas coloradas y un traje de color verde. Harry lo miró, pensando en lo mucho que esa imagen distaba de un duende de verdad.
— Este pub es una mierda —se quejó Seamus.
— A mi me gusta —rebatió la voz soñadora de Luna.
Escucho un resoplido a su espalda. No le hizo falta girarse para saber que había sido Ron quien lo había emitido.
Esa era otra cuestión, que a Neville le había parecido una gran idea invitar a Hermione y a Luna a la fiesta, lo que había provocado que Ron estuviese molesto desde que se había reunido.
— Vamos a aquella mesa.
El local era bastante pequeño e íntimo. Tanto las paredes como el suelo eran de madera oscura. Había una barra rectangular en medio, con gente parada al rededor, Una pequeño espacio en un rincón donde los valientes se atrevían a bailar, y una decena de mesas y sillas junto a las paredes.
— La música es agradable —admiró Hermione.
Harry asintió dándole la razón, mientras todos se sentaban en una de las mesas vacías que había en el lado derecho del pub. Seamus se encargó de que todo el mundo tuviera una bebida en la mano —preferiblemente alcohólica—, mientras Ron seguía resoplando cada vez que Hermione o Luna hablaban, a la vez que Neville rodaba los ojos y murmuraba por lo bajo un: "Madura ya, Ron".
La puerta de la entrada quedaba frente a él, así que Harry se vio a sí mismo mirando cada ciertos segundos hacia allí, con su mente traicionera pensando en que era bastante factible que se encontrase con Malfoy.
Su corazón se aceleró al ver un rostro conocido, solo que no era el de Draco, sino el de Dean.
— ¿Pero qué fiesta es esta, en la que nadie está bailando? —preguntó el chico, cuando llegó a la mesa.
— Deja que se emborrachen primero —aconsejó Seamus, con una sonrisa maliciosa.
Dean rió, sentándose al lado del irlandés. Ambos se sumergieron en una rápida conversación con Hermione y Luna de la que Harry apenas escuchaba la mitad. Ron, frente a él, miraba su cerveza ensimismado. Cuando se fijó en Neville, vio cómo este se tensaba, mientras le daba un gran trago a su bebida.
Siguió la mirada de su amigo, y entonces fue cuando su pulso realmente se aceleró.
El cabello de Draco era perfectamente distinguible, aún con luz tenue y habiendo gente en el lugar. Iba acompañado de una chica morena, con el cabello por los hombros que vestía un vestido verde con un escote de infarto, y un chico moreno y atractivo, que a Harry se le hizo conocido, pero que no supo identificar porque estaba más concentrado en lo mucho que resaltaba la camisa negra de Draco sobre su piel, o lo ajustados que eran sus pantalones blanco.
Desvío la vista hacia su propio vaso, el cual estaba agarrando con fuerza en ese momento, mientras intentaba con todas sus fuerza regular su respiración.
Merlín, solo era Malfoy. No era para tanto.
Solo que a su cerebro le pareció buena idea rescatar las imágenes mentales que había tenido durante esa última semana. Sobretodo aquellas que utilizaba cuando se masturbaba en la ducha. O los retazos de sueños que tenía en las largas noches de verano.
— ¿Esa es Parkinson? —escuchó que preguntaba Ron.
Harry se enfocó en la conversación, intentando mantener a su cerebro entretenido.
— ¿De qué conoces a Parkinson?
— ¿Del colegio? —replicó el pelirrojo en tono obvio.
— Iba a nuestro curso —aclaró Hermione. Ron rodó los ojos.
— El de al lado es Zabinni —comentó Neville—. Trabaja en el Ministerio.
— Qué controlados los tenéis a todos, ¿no? —dijo Seamus, con una sonrisa insinuante—. Harry, ¿sabrías decirnos quién es el rubio?
— Vete a la mierda —espetó—. ¿Zabinni trabaja en el Ministerio? —preguntó, solo para cambiar de tema.
— Sí, en la Oficina para la Detección y Confiscación de Falsificación de los Hechizos Defensivos y Objetos de Protección.
— ¿Y tú cómo sabes eso?
Harry suspiró de alivio cuando vio que la malicia del irlandés estaba centrada en Neville. Siguió con la mirada puesta en sus amigos, haciendo un esfuerzo para no girarse hacia dónde estaba sentado el rubio.
— Porque paso todas las mañanas por ahí para ir a la oficina.
Frunció el ceño, confundido por lo que su amigo acababa de decir.
— No hace falta pasar por ahí para ir a la oficina de aurores —le replicó. Neville le miró, con las cejas alzadas como si estuviera sorprendido.
— ¿Ah, no?
Su ingenuidad era tan falsa que hasta un ciego se hubiera dado cuenta.
— Neville, Neville —canturreó Seamus—. ¿Hay algo que nos quieras contar?
— No me digas que has vuelto a cambiar de acera.*
— Nunca la he dejado.
— Es verdad —afirmó Dean—. La sexualidad de Neville es un continuo semáforo en verde.
— Ahora entiendo porque quería venir aquí. Sabias que Zabinni iba a estar aquí.
— ¿Podéis dejarme en paz?
— Pero, ¿ha habido tema con él o no?
Neville puso los ojos en blanco, bebiendo de su bebida, dejando en claro que no pensaba contestar. Los ojos del irlandés se posaron entonces en Harry, quien se tensó automáticamente.
— ¿Y tú, Ron? —preguntó, aún mirando a Harry con una sonrisa malévola. Estaba disfrutando de su sufrimiento—. ¿Tienes algo que contar?
— No recordaba que Parkinson estuviera así de bien —declaró con sinceridad.
— ¿Te gusta Parkinson?
El rostro del pelirrojo se deformó con hastío, mientras miraba a Hermione.
— ¿Y a ti qué te importa?
— Chicos, es el cumpleaños de Harry. Nada de discusiones.
Hermione apretó los labios en una fina linea, mientras Ron bufaba por décima vez. Harry los miró a ambos, sintiéndose en una encrucijada. Luna, desde su asiento, le sonrió tranquilizadoramente.
Desvío sus ojos por las mesas, y luego los fijó en la pequeña pista de baile donde alguna personas se movían con un ritmo que Harry envidiaba. Se removió sobre su siento, dejó escapar una exhalación, y antes de que pudiera arrepentirse, su mirada ya había quedado clavada en la figura de Draco Malfoy.
El rubio estaba sentado en una mesa paralela a la suya, al otro lado del pub. Estaba frente a sus dos amigos, manteniendo lo que parecía ser una distendida conversación. Desde su lugar, Harry podía ver las piernas cruzadas de Draco, su cómoda manera de sentarse, y su perfil aristocrático. Veía también como el flequillo albino caía sobre su frente, o la media sonrisa que tenía en esos momentos. Pero sobretodo, sobretodo su cerebro se había quedado prendado en la forma con la que Draco jugaba con su dedo índice sobre el borde del vaso. Circularmente, una y otra vez, la yema de su dedo bordeaba el cristal, en un movimiento perturbador e hipnotizante.
— Como sigas mirándole de esa manera —dijo Seamus, llamando su atención—, te veo casado con él en dos días.
Harry carraspeó, volviendo rápidamente al momento y lugar en el que estaba.
— Deja de decir tonterías.
— A mi me parece bonita la forma en la que lo miras —habló Luna, por primera vez—. Parece como si pudieras observarle durante el resto de tu vida.
Su incomodidad se incrementó. Un silencio tenso cayó sobre la mesa. Apuró su bebida, haciendo ademán de ponerse en pie.
— Voy a tomar el aire —se excusó.
Afuera hacia una ligera brisa que, aunque refrescaba, no era suficiente para enfriarle las ideas. Se apoyó en la pared, mirando hacia un lado y otro de la calle. La puerta del pub se abrió, dejando salir a Ron por ella.
— ¿Estás bien?
— Genial —masculló, con sarcasmo.
— ¿Es por Malfoy? —Harry estuvo a punto de negarlo, como un acto reflejo, pero al final decidió mantenerse en silencio, encogiéndose de hombros como respuesta—. Mira, no sé qué te traes con él exactamente, pero si lo que tienes es un calentón, entonces acuéstate con él, y así te quitas la curiosidad.
— ¿Quién te ha dicho que siento curiosidad por él?
— ¿Sientes algo más, acaso?
Harry balbuceo, parpadeando con rapidez.
— Y yo qué sé, Ron. No quiero pensar en eso ahora.
— Pues eso.
— ¿Por qué me estás alentando a engañar a Adam? —interrogó curiosamente.
— Porque la relaciones son una mierda. Puedes luchar todo lo que quieras por ellas, pero una vez que se rompen, luego nunca vuelven a funcionar.
— No deberías dar consejos subjetivos desde experiencias personales cuando vas bebido.
— No lo digo por Hermione —se justificó. Harry puso los ojos en blanco—. Pero, vamos, ¿para qué vas a reprimirte? ¿Por Adam? ¿Quién te dice a ti que él no está haciendo lo mismo?
— No me ha engañado con Draco —defendió.
— Porque puede que ya tenga a otro.
El moreno hizo ademán de contestar, pero se dio cuenta de que no sabía qué responder. Al fin y al cabo, Adam le había mentido todas las veces que había quedado con Malfoy. Bien podría estar mintiéndole para ver a otra persona.
— No sé, Ron.
— Tú verás lo que haces.
Harry soltó un suspiro.
Ese era el problema, que no sabía qué hacer.
*cambiar de acera es una forma vulgar de referirse a alguien que ha cambiado de preferencia sexual.
¡Hooooooola!
Dejo una nota rápida porque me estoy muriendo de sueño.
¡Perdón por no actualizar antes! Perdí mi móvil, y luego he tenido una mudanza agotadora -.-
Afortunadamente, ya estoy aquí, y espero poder pillar ritmo para escribir otra vez.
Siento si hay fallos en ortografía, tengo que darme algún momento para corregir todos los capítulos.
Aparte de eso, espero que os haya gustado.
¡Nos leemos pronto!
