Disclaimer: no soy Meyer por lo que ni la historia ni los personajes (no, ni siquiera Edward) son míos.
CINCO RAZONES PARA NO ENAMORARSE.
[AH,AU]: En la biblioteca, Bella nunca había encontrado nada más interesante que sus libros. Hasta hacía dos meses. ¿Qué ocurre cuando el motivo de su falta de concentración se instala en su casa durante un mes?
CAPÍTULO 9. DEMASIADO DRAMA PARA ROSALIE
Por lo visto ahí arriba no había nadie y mi cerebro continuaba siendo tan inútil como de costumbre. Habían pasado 24 horas desde mi pequeña conversación con Edward y yo continuaba atascado en el mismo lugar, en el punto de salida, sin saber cómo continuar. No sabía si lo que necesitaba era terapia o simplemente un golpe en la cabeza, cuanto más fuerte mejor. ¿La madera de mi escritorio serviría para eso?
Estaba considerando seriamente la posibilidad de comprobarlo, cuando oí como sonaba el timbre.
Me levanté de la silla, esperando que no fuera Alice diciendo que otra vez se le habían quedado las llaves dentro de casa.
Abrí la puerta dispuesta a echarle una bronca monumental a mi amiga pero me quedé congelada.
No era Alice.
Ante mis ojos estaba la persona que menos esperaba que llamara a mi puerta y que sin embargo llevaba atormentándome sin compasión esos últimos días.
- Jacob.
Jacob me flasheó con su típica sonrisa, entre sincera y socarrona. La sonrisa más blanca y amplia que había visto nunca.
- Bella.
Su voz profunda y ronca me trasladó a mis quince años. A Forks y a sus bosques verdes. A las carreras por First Beach y a la continua lluvia, siempre presente en los recuerdos de mi infancia. A La Push y a la reserva quileute. A Billy. A Charlie, mi padre, y a su viejo coche de policía. A todo aquello que había dejado atrás cuando me vine a Washington.
- Jacob – repetí con voz temblorosa. Me aclaré la garganta y tomé aire en un intento de calmar mis nervios – Jacob, ¿qué haces aquí?
La sonrisa de Jacob se acentuó.
- Me encantaría contártelo, pero aquí fuera se me está congelando el culo y después de subir seis pisos sin ascensor creo que no me llega el aire al cerebro – la sonrisa de Jacob se transformó en una mueca inocente - ¿Puedo pasar?
Gruñí enfadada pero aún así me hice a un lado. Jacob atravesó la puerta y con toda la naturalidad del mundo, como hubiera estado en mi apartamento en un montón de ocasiones en lugar de ser la primera vez que lo pisaba, se sentó en el sofá y puso los pies sobre la mesa.
Puse los ojos en blanco. Típico de Jacob.
- Como en tu casa, Jake – dije mientras cerraba la puerta, sin molestarme en ocultar el sarcasmo de mis palabras.
Jacob volvió a sonreír con descaro. Lo único bueno de su actitud era que estaba logrando convertir todos mis nervios en irritación. Me planté en el salón con los brazos cruzados, de pie delante de él. Él palmeó el sofá, como invitándome a que me sentara. Invitándome a que me sentara en mi sofá en mi propia casa. No podía creerlo.
Negué con la cabeza.
- ¿Qué haces aquí, Jacob? – repetí.
- Vamos, Bella. No seas cabezota. Siéntate, quiero charlar contigo un rato.
Le mire con furia pero aún así me senté. No me apetecía quedarme de pie mientras Jacob se repantingaba en mi sofá.
- Vale. Ya estoy sentada en mi sofá. Y tú tienes los pies encima de mi mesa. ¿Puedes decirme ya a qué has venido?
- Estoy trabajando en una empresa de mensajería, tenía unos envíos que repartir aquí en Washington y Charlie me obligó a prometerle que te haría una visita – explicó – Y bueno… la verdad es que me apetecía dejarme caer por aquí.
Bufé con incredulidad.
- ¿Para qué? ¿Necesitabas liberar tensiones y pensaste que sería bueno venir aquí y discutir un poco conmigo?
La sonrisa despreocupada de Jacob se borró al instante. Se removió en el sofá y me encaró. Todo rastro de diversión y socarronería había desaparecido de sus facciones.
- Bella, por si no te habías dado cuenta aquí la única que está a la defensiva eres tú.
Odiaba admitirlo, pero Jacob tenía razón. Quería hacer demasiadas cosas a la vez. Quería golpearle y echarle la culpa por todo lo que me estaba pasando con Edward. Quería gritarle y decirle que era injusto que viniera aquí, después de tanto tiempo, dándome lecciones de moralidad. Pero también quería abrazarle, reírme de sus tonterías y volver a ser su amiga
- Tienes razón, Jake – admití finalmente – Pero sabes que tú y yo últimamente hemos tenido problemas de comunicación.
Me levanté del sofá y me acerqué hasta la mesa del comedor. Me apoyé sobre ella en un intento de alejarme de Jacob. Dolía demasiado estar cerca de él y recordar toda la amistad y la complicidad que habíamos perdido.
Jacob me observó en silencio durante unos segundos antes de levantarse él también y acercarse a mí.
- ¿Problemas de comunicación? – repitió, alzando una ceja. Una media sonrisa divertida había vuelto a sus labios – Problemas para mordernos la lengua y no comenzar a insultarnos cuando estamos cerca, querrás decir.
No pude evitar soltar una pequeña carcajada.
- Vaya Jake, eso es lo más maduro que has dicho desde… - traté de recordar cuando había sido la última vez que Jacob había dicho algo tan sensato - bueno, eso es lo más maduro que has dicho nunca.
La media sonrisa de Jacob se transformó en una sonrisa completa.
- Ya iba siendo hora de madurar, ¿no crees? – dijo con orgullo.
Correspondí a su sonrisa sin ni siquiera darme cuenta de ello. Jacob siempre tenía ese efecto en mí. Por muy enfadada que estuviera con él, si se lo proponía siempre lograba que me olvidara por un momento de todo lo malo que nos había pasado y me riera con cualquiera de sus tonterías.
Jacob me miró con una mezcla de curiosidad y duda y se acercó a mí, algo vacilante. Tragué saliva y cerré los ojos cuando puso sus dos grandes manos en mi cintura.
- Jacob… - le avisé.
- Bella, no estoy… no estoy intentando nada. Ya sé que tú y yo solo funcionamos como amigos.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos.
- ¿Crees que podríamos volver a ser como antes?
Abrí los ojos y le miré fijamente. De repente, Jacob me pareció mucho más mayor que yo, a pesar de que le sacaba año y medio. Su mata de pelo negra y brillante le había crecido desde la última vez que nos habíamos visto. Tenía pequeñas marcas moradas debajo de los ojos, que se notaban incluso en su piel oscura, y sus labios, habitualmente torcidos en una sonrisa burlona, estaban apretados formando una delgada línea.
No había duda. Jacob estaba cansado. Cansado de que las cosas no fueran como antes. Cansado de no poder mantener una conversación con su mejor amiga sin que salieran a relucir reproches e insultos.
Y yo también lo estaba.
- ¿Como antes? – repetí sin atreverme a alzar mucho la voz - ¿Como antes de que nos empeñáramos en fastidiar nuestra amistad, quieres decir?
Jacob cerró los ojos y asintió.
- Sí, como antes de eso – suspiró.
- Puedo intentarlo – acepté. Esbocé una pequeña sonrisa – Pero no prometo nada. Tienes una extraña habilidad para sacarme de mis casillas.
Jake abrió los ojos y su expresión volvió a ser la misma de siempre.
- Y tú eres demasiado cabezota y no puedes estar dos minutos sin abrir la bocaza y decir algo sin sentido. Pero yo te aprecio de todas formas.
Le di un golpe en el brazo. Jacob se lo agarró como si le hubiera hecho daño.
Teatrero.
- Imbécil – murmuré entre dientes.
- ¿Qué te parece un abrazo para sellar nuestra declaración de paz?
- Tregua momentánea – corregí.
Jacob se encogió de hombros y abrió sus grandes brazos. Dejé que me envolviera en su gran abrazo y cerré los ojos, aspirando su característico olor. Era extraño, una mezcla de tierra mojada y césped recién cortado. No había palabras para describirlo, solo podía decir que olía a mi infancia y a Forks, a los buenos momentos que habíamos pasado tratando de arreglar mi vieja furgoneta pero también a los malos, a las discusiones continuas sin razón y a todas las malas palabras que nos habíamos dicho sin sentirlas de verdad.
Parpadeé intentando contener las lágrimas. Sin ni siquiera proponérselo, Jacob era capaz de trastocar todo mi mundo con dos simples palabras.
Estaba a punto de separarme de Jacob para no empezar a llorar como una magdalena, cuando escuché un tintineo de llaves y el crujido de la puerta al abrirse. Traté de deshacerme del abrazo de Jacob pero una voz aterciopelada paralizó todo mi cuerpo.
- Oh. Lo siento. No quería interrumpir.
Mis palabras del día anterior con Edward volvieron a mi mente.
Hay ciertas cosas que tengo que aclarar antes de seguir adelante.
Dudas.
¿Tiempo?
Sí, tiempo.
Jacob abrazándome.
No necesitaba el don de leer la mente de los demás para saber con exactitud lo que estaba pasando por la cabeza de Edward en ese momento.
Estiré el cuello para mirar a Edward por encima del hombro de Jacob y me encontré con sus ojos verdes y una expresión indescifrable. Forcejeé y por fin logré librarme de los brazos de Jake.
- Edward… - comencé.
- Solo venía a… - me interrumpió. Dejó la frase en suspenso y sacudió la cabeza – No importa. Vendré en otro momento.
Vendré en otro momento. Sonaba más a una excusa para irse lo más rápido posible que a una promesa de verdad.
Se dio media vuelta y se fue, tan silenciosamente como había entrado. Me quedé inmóvil durante unos segundos. A mi espalda, Jacob carraspeó ruidosamente.
- ¿Qué acaba de ocurrir?
Lentamente me di media vuelta. Técnicamente, Jacob no tenía la culpa de mis líos mentales. O por lo menos no tenía toda la culpa. Pero eso no me impidió que le mirara con ira y que, en ese momento, le hiciera el blanco de todos mis males.
- Acaba de ocurrir que mi amigo perdido ha decidido volver y abrazarme en el momento menos oportuno – escupí con veneno – Eso es lo que acaba de ocurrir.
Jacob me miró sin comprender.
- Lo siento, Jacob – dije con un suspiro – En teoría tú no tienes toda la culpa de mi frustrada vida amorosa, pero ahora mismo te odio bastante.
Jacob arrugó el ceño y súbitamente rompió a reír sin parar. Le miré entrecerrando los ojos con furia. Y esta vez sí se merecía todo mi enfado.
- ¿Te estoy diciendo que te odio bastante y tú te echas a reír?
Las carcajadas de Jacob aumentaron de intensidad y se encorvó llevándose una mano al estómago en un intento vano de continuar de pie. Me crucé de brazos y comencé a golpear el suelo con el pie con impaciencia. Cuando por fin pareció recuperarse de su histérico ataque de risa, Jacob volvió a enderezarse pero una sonrisa burlona aún bailaba en sus labios.
- Lo siento – se disculpó sin señal alguna de arrepentimiento – Entonces, supongo que ese chico era alguien importante, ¿no?
Asentí con la cabeza sin añadir nada más, todavía furiosa con Jacob.
- ¿Importante del tipo "estoy-tontísima-y-colada-por-él? – preguntó, todavía sin borrar su exasperante sonrisa.
- Importante del tipo "ahora-mismo-estaría-con-él-si-no-fuera-porque-mi-único-ex-es-un-imbécil-y-no-puedo-olvidarme-de-lo-mal-que-nos-fue" – especifiqué.
Jacob alzó una ceja, entre divertido e interrogante.
- Vaya. Esa fue una frase larga – dijo, dejando de fruncir el ceño y sonriendo de nuevo - ¿Así que mi recuerdo te atormenta? Ya sabía que soy de los que dejan huella.
Bufé con desesperación. Debería haber sabido ya que pedir consejo a Jacob en este tipo de temas, o al menos tratar de explicárselos y que se lo tomara en serio, era misión imposible.
* * * * *
Aquella noche Jacob se quedó a dormir en casa. Seguía enfadada con él de un modo irracional por todo lo que me estaba pasando, o mejor dicho lo que no me estaba pasando, con Edward. Pero aún así no era tan mala como para dejarle pasar la noche en una pensión de mala muerte teniendo un destartalado sofá esperándole en el sofá de mi apartamento. Vale, quizás mi alternativa no era tan buena pero era lo mejor que podía ofrecerle.
Si Alice se sorprendió de ver a Jacob al llegar a casa después de pasar la tarde con Jasper, no se notó en absoluto. Lo que no escondió fueron las muecas de desagrado cuando Jake se apropió del sofá y de la televisión y llenó el salón de latas de cervezas y cajas de pizzas. Y por las miradas que me echaba constantemente, sabía con seguridad que una charla "made-in-Alice" acechaba en el horizonte.
Tener a Jacob de nuevo alrededor mío, en el papel de amigo bromista cuya principal afición era sacarme de quicio en lugar de como ex novio frustrante perfecto para discutir constantemente, resultó extraño pero al mismo tiempo natural. Extraño porque cambiar la rutina de nuestros últimos años sin sentirnos fuera de lugar iba a necesitar un poco más de tiempo. Y natural porque al fin y al cabo, Jacob y yo habíamos sido los mejores amigos durante casi toda nuestra vida y lo sabíamos prácticamente todo el uno del otro.
A la mañana siguiente Jacob se despidió, haciéndome prometer que le haría una visita a La Push esas Navidades, y recogió su furgoneta para hacer sus últimas entregas y regresar a Forks. Con Jacob de nuevo en el lugar que le correspondía, a muchos kilómetros de distancia y sin perturbar mi existencia, pude concentrarme al cien por cien en Edward. Y eso fue lo único productivo que hice aquella mañana. El hecho de que tuviera clase desde las nueve hasta la hora de la comida no fue un obstáculo para mí, por supuesto.
A primera hora me di cuenta de que tenía un problema.
A segunda hora llegué a la conclusión de que era un problema serio.
A tercera hora tomé la decisión de dejarme de rodeos y llamar a Edward en cuanto saliera de clase.
A cuarta hora me acobardé y me dije que lo mejor sería llamarle después de comer para así pensar con tranquilidad lo que le diría.
Y después de comer…
Después de comer me volví a amilanar y me prometí a mí misma que le llamaría a media tarde. Sí, lo sé. Soy una cobarde. ¿Pero qué le voy a hacer si cuando estaban repartiendo las dosis de valentía yo no estaba en la cola?
Así que me pasé toda la tarde poniéndome excusas a mí misma para retrasar lo máximo posible el momento de llamar a Edward. Y reflexionando, claro. Las conclusiones más claras a las que llegué en esa tarde intensa de recapacitación fueron dos: uno, mi vida en general era patética. Y dos, mi vida amorosa en particular iba a estar marcada por mi cerebro disfuncional si no hacía algo para arreglar mi situación.
Después de la fase de reflexión, llegó la aceptación. Y de nuevo más excusas. Antes de irme a la cama me volví a prometer a mí misma que si al día siguiente Edward no daba señales de vida, le llamaría. Y si no lo hacía, como castigo tendría que pasarme un mes sin probar el chocolate. Esperaba que esa consecuencia me resultara lo suficientemente dura como para obligarme a coger el teléfono y marcar el número de Edward si él no lo hacía.
Tras la reflexión y la aceptación, la siguiente parada fue la desesperación. Como mi subconsciente ya sabía, al día siguiente tampoco tuve noticias de Edward. Consecuencia: me pasé todo el día del jueves pendiente de mi teléfono móvil mientras estaba en clase y me gané un trabajo extra por mi falta de atención. Cuando llegué a casa lo único que hice fue ponerme el pijama y tirarme en el sofá, con el teléfono bien a la vista, esperando una llamada que sabía que no iba a llegar e inmersa en un debate interno sobre si coger el teléfono y acabar con esa agonía de una vez.
- ¿Piensas tirarte ahí toda la noche? – preguntó Alice desde la cocina mientras se preparaba la cena.
Ni siquiera interrumpí mi batalla visual con el teléfono para contestar.
- ¿Se te ocurre algo más interesante que hacer? – repliqué con un deje de ironía en mi voz.
Alice apareció en el salón con un plato en la mano. Se sentó a mi lado y me miró con el ceño fruncido.
- No va a llamar – aseguró.
- No estoy esperando a que me llame – me defendí. Aquello sonó patético hasta para mí, por lo que decidí preguntar algo útil - ¿Cómo lo sabes?
- Porque según las reglas del sentido común, es a ti a quien le toca dar el siguiente paso, Bella – explicó, como si fuera algo obvio.
Y en realidad lo era. Yo ya había llegado a esa conclusión hacía tiempo, pero llevaba días retrasando el momento en el que dar el siguiente paso. Y quizás ahora, con el pequeño encontronazo con Jacob, era demasiado tarde para darlo.
Miré a Alice pensativa. Necesitaba consejo, pero aún no le había contado lo que había ocurrido con Jake, la repentina aparición de Edward y lo que con toda seguridad él habría deducido. No pude reprimir un suspiro que a Alice no le pasó desapercibido.
- Deberías dejar de poner como excusa tus miedos y enfrentarte de una vez a la realidad.
La miré boquiabierta, sorprendida de que esas palabras hubieran salido de su boca. Definitivamente aquel no era su estilo. Alice podía ser repetitiva y cansina, pero a la hora de dar consejos siempre tenía en cuenta mis sentimientos y solía medir sus palabras. Nunca era tan directa. Pasar tanto tiempo con Rosalie no estaba siendo bueno para ella.
Sin decir nada más, sin ni siquiera dignarse a dirigirme una mísera mirada más, Alice quitó el teléfono de mi vista, lo escondió debajo de los cojines del sofá y encendió la televisión, obligándome a tragarme uno de sus programas del corazón. La alternativa era encerrarme en mi habitación y comenzar a darme cabezazos contra la puerta para comprobar si de ese modo era capaz de arreglar mi disfuncional cerebro. No me sentía con fuerzas suficientes como para forzar los límites físicos de mi cráneo, así que decidí quedarme en el salón con Alice.
El día siguiente fue prácticamente idéntico al anterior excepto por el pequeño detalle de que la desesperación dio paso a la depresión profunda. Y por supuesto, ese día tampoco encontré el valor suficiente para llamar a Edward. En cuanto llegué a casa después de pasar toda la mañana y gran parte de la tarde en la universidad, me despedí de todo mi suministro de chocolate y me vi obligada a vaciar los armarios de cualquier sustancia tentadora. Suspiré sonoramente y me tiré en el sofá, sin nada interesante que hacer y lo peor de todo, sin chocolate que llevarme a la boca para olvidarme de mis patéticos problemas.
¿Algo más podía irme peor?
En ese momento pensé que no, pero cuando quince minutos después Alice irrumpió en el apartamento, acompañada de Rosalie, apagó la tele y pronunció sus cinco fatídicas palabras, comprendí que la respuesta era sí. Que las cosas podían irme mucho peor.
- Tenemos que hablar contigo. Seriamente.
Alice me miró intensamente para enfatizar sus palabras.
- Me he tenido que traer a Rosalie – prosiguió, señalándola con la cabeza – porque por lo visto, además de ser la única capaz de dar consejos sensatos, es a la única persona que pareces hacer caso.
Los ojos azules de Alice me liberaron y mi amiga centró su atención en Rosalie.
- Rosalie – anunció con solemnidad – Puedes empezar.
Rosalie intentó aparentar seriedad pero pude ver como las comisuras de sus perfectos labios se elevaban ligeramente, como si estuviera tratando de ocultar una sonrisa.
- No sé qué es lo que quieres que haga exactamente, Alice.
- Pues… decirle algo que la haga espabilar. Dile que levante el culo del sofá y llame a Edward de una vez.
- Creo que eso ya no va a ser suficiente – dije en un susurro.
Alice y Rosalie me miraron inmediatamente sin saber a lo que me refería. Inspiré aire y me dispuse a contarles lo que había ocurrido durante la visita de Jacob.
- ¿Abrazados? – preguntó Alice, en cuanto les relaté la repentina aparición de Edward aquel día - ¿Solo abrazados? ¿Nada más?
Negué con la cabeza.
- Edward puede ser algo exagerado en sus reacciones, pero definitivamente no es tonto – intervino Rosalie – No creo que haya pensado que un abrazo es más de lo que en realidad es. Es decir, nada importante.
- Quizás, Rose – admití – Pero teniendo en cuenta que el día anterior le pedí tiempo y le dije que tenía dudas, es comprensible que le haya dado más importancia de la que realmente tiene. Supongo que ya se ha hecho una idea de dónde vienen mis dudas.
Rosalie asintió, comprendiendo mi punto de vista. Nos quedamos en completo silencio durante unos segundos.
- Llámale – susurró Alice de repente.
Cerré los ojos y agité la cabeza.
- Llámale, Bella – repitió Alice, esta vez con urgencia en su voz – Llámale de una vez y deja de perder el tiempo.
- No, Alice… - comencé.
Mi réplica fue interrumpida por su bufido furioso. Creí que había salido de los labios de Alice, pero en seguida me di cuenta de mi error. Me sorprendí cuando vi a Rosalie con los brazos cruzados fuertemente sobre su pecho y mirándome con una ira que ni se molestó en disimular. Si hasta entonces Rosalie me había resultado siempre intimidante, en ese momento comprendí lo que había querido decir Edward cuando comparó los monstruosos músculos de Emmett con su novia y dijo que, a su lado, Emmett no era más que un inofensivo oso de peluche.
Rosalie abrió la boca y por primera vez desde que la conocía, su habitual tono neutro se había transformado en un murmullo furioso.
- Estoy harta. De los dos. Del melodramatismo de Edward y de tu cobardía, Bella. No hay duda de que estáis hechos el uno para el otro.
- Rosalie… - habló Alice, con tono apaciguador.
- No, Alice – la cortó Rosalie sin apartar su furiosa mirada de mí – He intentando ser razonable con vuestra situación, pero hemos llegado a un punto en el que simplemente me sacáis de quicio.
No pude evitar encogerme en el sofá ante su intimidante mirada.
- Puede que… puede que sea buena idea llamarle.
Lo que mi penosa fuerza de voluntad no había conseguido en toda una semana, Rosalie acababa de lograrlo con una mirada gélida y unas cuantas palabras cortantes. Estiré la mano para, por fin, alcanzar el teléfono pero Rosalie me impidió cogerlo.
- Demasiado tarde para eso, Bella.
Alice y yo la miramos sin comprender. ¿No era eso lo que quería que hiciera?
Rosalie suspiró y su gesto pareció suavizarse un poco.
- ¿Edward no te habló de la beca que le habían concedido para irse a Philadelphia el próximo semestre?
Asentí con la cabeza.
- Algo me comentó… - admití, tratando de recordar las palabras de Edward – Pero por lo visto no tenía intención de aceptarla.
- Tú lo has dicho. No tenía intención. Pero el martes le dijo a Emmett que aceptaba la beca. ¿Tienes alguna idea sobre por qué de repente cambió de opinión?
El martes. El día que Jacob vino a visitarme y Edward llegó a su propia conclusión, equivocada, sobre el motivo de mis dudas. Sí, quizás tenía alguna idea sobre lo que le había llevado a cambiar repentinamente de opinión.
Por lo visto aquella había sido una pregunta retórica ya que Rosalie continuó hablando sin esperar mi respuesta.
- Este fin de semana se va a Philadelphia para acabar con el papeleo de la beca y buscarse un piso – Rosalie comprobó su reloj – En este momento supongo que esté acabando de hacer la maleta, el tren sale dentro de una hora.
Me quedé en silencio durante unos segundos, reflexionando sobre la nueva información que me había dado Rosalie, y lo único que se me ocurrió hacer en ese momento fue maldecir mi mala suerte. Cuando por fin había logrado encontrar la voluntad suficiente para coger el teléfono y llamar a Edward, él decidía coger un tren para alejarse de mí. Obviamente la solución del teléfono ya no era una opción convincente. ¿Qué era lo que se suponía que debía hacer ahora?
Alice y Rose me miraron expectantes, como si el siguiente paso a dar fuera evidente, pero por más que le daba vueltas mi cerebro no era capaz de dar con la solución a mi problema.
- Supongo que… supongo que le llamaré el lunes cuando vuelva.
Alice se llevó una mano a la cabeza y Rosalie bufó de nuevo.
- ¿Llamarle cuando vuelva? – repitió Rosalie en tono duro - ¿Y el lunes cuál será tu excusa? ¿Que será mejor llamarle después de vacaciones? ¿O cuando se haya ido ya a Philadelphia?
Abrí la boca para tratar de defenderme y rebatir las palabras de Rosalie, pero la cerré inmediatamente al darme cuenta de que eso era exactamente lo que terminaría haciendo al final. Retrasar los momentos importantes al máximo, poniéndome a mí misma excusas tontas.
Sí. Típicamente Bella.
- Vete a verle antes de que se vaya – susurró Alice.
La miré horrorizada.
- ¡No! – exclamé – No, Alice. Yo no puedo hacer eso. Él ya… él tiene planes y yo no soy quién para hacerle cambiar de idea.
- Bella, por si aún no te has dado cuenta Edward ha hecho esos planes porque cree que tú le has rechazado – replicó Alice – Si supiera todo lo que piensas, estoy segura de que ni se le hubiera pasado por la cabeza aceptar esa beca y dejarte a ti aquí.
De nuevo abrí la boca para negar las palabras de Alice, pero Rosalie me interrumpió.
- Bella, deja de esconderte detrás de excusas, de inseguridades y de miedos. Vete a por lo que quieres. Y. Hazlo. Ya – dijo, puntualizando sus últimas tres palabras.
No sabría explicar exactamente lo que sucedió en ese momento, pero tuve la sensación de que en mi cabeza se encendió un interruptor hasta entonces apagado y todo comenzó a funcionar con normalidad. Las palabras de Rosalie despertaron algo aletargado en mí y antes de que fuera consciente de mis propios actos, ya estaba de pie buscando mi cazadora y mis llaves por todo el salón.
- Tienes razón, Rose – murmuré aceleradamente mientras me ponía la cazadora – Tienes razón.
Y la tenía. Claro que la tenía.
Había utilizado como escudo todas mis excusas para protegerme de algo que ni siquiera me iba a hacer daño. ¿Inseguridades? Edward me había dejado suficientemente claro lo que pensaba y lo que sentía como para dudar o temer al rechazo. ¿Miedos? Edward no era Jacob. Aunque llevaba toda una semana repitiéndome una y otra vez esa frase, solo en ese momento le encontré el sentido.
Edward no era Jacob.
Metí las llaves en el bolsillo de mi cazadora y me dirigí hacia Alice, que me miraba orgullosa como si… como si fuera mi madre y yo acabara de aprender, por fin, a andar en bicicleta sin patines. Le di un beso en la mejilla y correspondí a su sonrisa.
- Gracias, Alice – me volví hacia Rosalie y la abracé – Gracias, Rose.
Rosalie esbozó una perfecta sonrisa.
- Si llego a saber que ibas a reaccionar por fin, hubiera sacado mi vena borde a pasear hace mucho – se rió.
Me despedí de las dos y salí por la puerta apresuradamente.
De repente, tenía ganas de hacer demasiadas cosas a la vez. Tenía ganas de correr y de gritar y de darme golpes contra la puerta por haber sido tan tonta. Pero sobre todo tenía ganas de abrazar a Edward, de contarle las horas que me había pasado en la biblioteca observándole silenciosamente, de echarle la culpa por haberme robado la concentración desde aquel primer día que le vi, de besarle y de volverle a abrazar, de montarme en su Volvo y que se metiera con mi vieja camioneta, de caminar con él cogida de su mano. De hacer todas las cosas que debería haber hecho ya. De hacer todas las cosas que debería estar haciendo ya.
* * * * *
Con mi nerviosismo y la mezcla explosiva de emociones que tenía en mi interior, no sé como fui capaz de llegar al apartamento que compartían Edward y Jasper, guiándome por las explicaciones que me había dado Alice y sin perderme ni una sola vez. Bajo presión, mi cerebro suele funcionar bastante peor que en circunstancias normales, pero esa vez me dio un respiro y logré llegar a mi objetivo en tiempo récord.
Demasiado impaciente para esperar por el ascensor, comencé a subir de dos en dos las escaleras hasta el cuarto piso. Localicé enseguida la puerta correcta y tuve que tomarme unos segundos para recuperar mi ritmo respiratorio normal. El de mi corazón era ya un caso perdido y sospechaba que por mucho que lo intentara, iba a ser imposible calmar sus furiosos latidos.
Alcé una mano temblorosa y pulsé el timbre varias veces, aguantando la respiración.
Pero no fue Edward quien abrió la puerta.
Tampoco Jasper.
- ¿Por fin has dejado de hacerte la difícil? - sonrió Emmett.
Puse los ojos en blanco. Normalmente era capaz de aguantar estoicamente las bromas de Emmett, pero en ese momento mis nervios estaban a punto de estallar.
- Ya iba siendo hora – continuó él, sin darme tiempo a abrir la boca. Me echó una vistazo de arriba abajo y volvió a hablar – Me alegro de que traigas zapatillas porque las vas a necesitar. ¿Crees que podrás correr sin caerte?
No necesité más explicaciones para comprender lo que Emmett quería decir. Me llevé una mano a la cabeza y suspiré con cansancio.
Mierda. ¿Se podía tener más mala suerte que yo? Lo dudaba seriamente.
Siento dejar las cosas ahí pero ya sabeis, hay que mantener la tensión para el siguiente capítulo XD.
Varias cosas a comentar: lo primero, he intentando ser bastante objetiva con Jacob y no he querido pintarle como el malo de la peli porque no me gusta "caricaturizar" a los personajes. La función de Jacob en el fic es simplemente aparecer para acelerar un poco las cosas y hacer que Bella despierte por fin, pero aunque no es precisamente mi personaje favorito he querido ser neutral con él. Y sobre Rosalie y su mala leche, creo que era la única capaz de decirle las cosas claras a Bella para que reaccionara.
En teoría, el siguiente capítulo va a ser el último. Y digo en teoría porque después va a venir un epílogo y una sorpresa que ya os comentaré más adelante.
Así que nada, nos leemos dentro de una semana. Cualquier opinión, duda o lo que queráis, pues a darle al botoncito de abajo. Estoy muuuuy contenta por todos los reviews que me dejais, me encantan todos y me animan muchísimo a escribir. Muchas gracias. A ver si llegamos a los 300 con este capi =)
Hasta el próximo capi.
Bars.
