CAPÍTULO 9
Damon no estaba de humor aquel día. Le sentó muy bien tomarse una ducha relajante porque la noche había sido muy larga... quizás demasiado. Se había pasado lo que quedaba de tiempo de bar en bar hasta toparse con una preciosa víctima que empezó a contarle los problemas que tenía con su marido. La invitó a una copa, e intentó disimular haciendo ver que su historia le importaba, que sentía que su hombre fuese tan cabrón. Pero lo único que buscaba era llevársela a un hotel de mala muerte, tener sexo sin compromiso y saciarse de su sangre. Consiguió las tres cosas, y se sintió bien. Por lo menos logró dejar de pensar en Elena por una noche, y eso ya era una meta dadas las circunstancias. Seguía muy cabreado. Tantas cosas que había hecho por esa niña y ahora se lo agradecía de esta forma. ¿Pero qué se había creído? ¿Acaso tenía que portarse como un hombre maduro cuando era ella la buena de la película y él un vampiro sádico y malvado? Ni hablar... él tenía que seguir siendo de esa forma, no al revés. Aquella noche Elena hubiera caído en sus brazos sin pensar, y él, idiota de él, la manipuló para que cayese desmayada y así evitar arrepentimientos. Debería haber aprovechado la ocasión tal y como hubiera actuado con otras mujeres, dado el "agradecimiento" por su parte. Pero ella no era como las otras. Por mucho que lo intentase le importaba demasiado, y por muy enfadado que se mostrase, cada día que pasaba la quería más que el anterior. Eso era insano, y Damon era muy consciente. No había sido buena idea regresar a Mystic Falls. Lo más sensato que podía hacer es recuperar a su hermano y dejar que viviese una efímera felicidad con Elena. Mientras tanto él estaría en otro lugar, otro continente... disfrutando de su eternidad.
Las 7 de la tarde. Elena se estaba empezando a impacientar, pero al cabo de dos minutos desde que miró el reloj del bar del hotel, apareció Damon enfundado en un elegante smoking negro con pajarita del mismo color. Elena no podía dar crédito de lo deslumbrante que estaba, y el corazón empezó a palpitarle con fuerza. Damon se dirigió hacia ella con media sonrisa y le tendió la mano para levantarla del taburete. Hacían tan buena pareja que parecían haber nacido para estar juntos. Elena era consciente que Damon estaba actuando porque debían parecer recién casados delante de todos, e incluso llegó a cuestionarse si los elogios que le hacía delante del conserje eran ciertos. Un taxi les esperaba a las afueras del hotel para llevarlos a la mansión de James Stuart. Y ya dentro del coche terminaron la farsa: apenas cruzaron palabras a lo largo del viaje.
Quedaban quince minutos para llegar a la mansión. Damon seguía muy enfadado. Podía llegar a entender que Elena pensase lo capaz que podía ser de manipularle los sueños cuando se conocieron, cuando ella no le importaba absolutamente nada. Pero ella era consciente de lo mucho que la quería. Se lo dejó bien claro la noche en la que pensaba que se iba a morir y no le importó soltarle aquellas palabras. Debería saber que no sería capaz de manipularla. Ahora ya no. Pero entonces otro pensamiento le vino a la mente. Si no había sido él quien le provocaba esos sueños, ¿lo había soñado entonces por sí misma? Damon tragó saliva y miró a Elena de reojo, que estaba distraída con su teléfono móvil. Un intenso ardor le recorrió el cuerpo entero cuando empezó a ver más allá del enfado y se fijó en lo bien que le sentaba aquel vestido rojo. No pudo evitar mirar su escote, que lo tenía bien pronunciado, ni en sus preciosas piernas, que se asomaban ligeramente a través de un corte que llegaba desde los muslos hasta el final del traje. Se maldijo a sí mismo al pensar que en aquellos momentos sería capaz de lanzarse sobre ella de forma salvaje para que tuviera el mejor sexo de su existencia. Incluso mataría al chofer para que nunca llegasen a su destino y se quedasen encerrados en aquel coche para siempre. Después de todo Elena había soñado con él, y lo hubiera dado todo en ese mismo instante a cambio de saber qué ocurrió en ese sueño. "¡Mierda!" pensó. Necesitaba calmarse porque estaban a punto de llegar y si seguía pensando en estas cosas no se le bajaría la erección. Pensaba que el haber tenido sexo esa misma noche con una mujer desconocida le ayudaría en el intento. Pero todas las medidas y precauciones eran inútiles cuando se trataba de Elena, la mujer de su vida, quien se situaba a escasos centímetros con ese hermoso vestido y que había tenido un sueño erótico con él. ¿Quién sería capaz de resistirse ante algo así? Pero tenía que hacerlo, y por suerte llegaron enseguida a su destino.
El chofer abrió la puerta del coche y ayudó a Elena a salir de él. La muchacha se quedó asombrada ante la belleza de la mansión. Era casi tan enorme como un castillo. El jardín frontal estaba lleno de flores. Damon la cogió del brazo para dirigirse hacia la puerta. Una mujer les esperaba con un pinganillo en la oreja. Le entregó los pases que le había dado Jessica, la pelirroja del bar, y les facilitó un par de máscaras que las debían utilizar a partir de las diez de la noche, justo después de la cena. La mujer les dirigió hacia una atractiva señora de unos 45 años, quien les mostró parte de la mansión. En el centro se hallaba un amplio comedor repleto de mesas con canapés y botellas de champagne. Elena pudo contar que había unos 15 trabajadores entre limpieza y camareros (sin tener en cuenta el personal de la cocina). La mayoría de gente que había acudido a la fiesta eran personas jóvenes y atractivas, siempre acompañadas por sus parejas. Elena era consciente que a partir de las 10 de la noche la situación cambiaría porque todos se pondrían sus máscaras y harían intercambios con otras personas. La mujer les mostró el jardín trasero de la casa, donde había una piscina rectangular rodeada de luces y mesas llenas de comida. Parecía que todo el mundo estaba disfrutando de la fiesta.
- Ahora les acompañaré a la habitación de Lord Stuart. Tiene mucho interés en conocerle en persona Sr. Saltzman. Sobre todo después de saber su interés por la historia. ¿Su familia pertenece a una importante rama de historiadores, verdad? – le preguntó la mujer, guiñándole ligeramente el ojo.
Damon sonrió forzadamente, y Elena se preguntó cómo se saldría ante la situación. Pero no podían fallar. Estaban muy cerca de conocer el paradero de Stefan.
La mujer les acompañó a uno de los aposentos de la parte superior de la mansión. Al abrir la puerta vieron un enorme despacho con cuatro personas en su interior. El hombre que estaba sentado en el sillón era muy atractivo, de unos 40 año de edad. Se levantó y se acercó a ellos. Miró a Elena de arriba a abajo, asombrado, mientras se agachaba para besarle la mano.
- Tienes una mujer preciosa Sr. Saltzman. ¿Te importaría dejarnos solos un momento, querida?
Elena miró a Damon y éste la tranquilizó con la mirada. Uno de los tres hombres de la habitación la acompañó hacia la puerta, quedándose dos de ellos en el interior. Eran los guardaespaldas, y posiblemente algunos de ellos vampiros. Damon miró al conde con recelo.
- Siento la encerrona Sr. Saltzman.
- Llámeme Damon, Lord Stuart.
- De acuerdo Damon. Verás... soy un gran seguidor tuyo y de tu familia.
- ¿Ah sí? – a Damon no le estaba gustando un pelo que James Stuart le hubiese investigado tanto.
- Lo que desconocía completamente es que Alaric tuviese un hermano. Eso significa que mis fuentes estaban equivocadas... y eso es técnicamente imposible.
- Es que no todo lo que pone en la Wikipedia es cierto. Deberías ser el primero en saberlo – contestó Damon irónicamente.
De repente los tres guardaespaldas empuñaron sus armas. Probablemente las balas serían de madera. James Stuart era un tipo muy listo, y sabía que tenía un vampiro delante suyo.
- Me pregunto entonces quién debes ser, dado que mis fuentes no me fallan. Aunque espera... no hace falta que me lo digas – sonrió maliciosamente. – Creo que mis fuentes también me han dicho algo al respecto. – El Lord prosiguió con su discurso ante un Damon cada vez más encolerizado. – Veamos, has viajado desde Richmond hasta Nueva York. Tu hermano Alaric te acompaño desde Mystic Falls, y según mis espías, si esta señorita es tu esposa, te vieron anoche entrando en un hotel con otra mujer. ¿Es posible que tu preciosa mujer no esté al corriente de tus corredurías nocturnas, o simplemente estáis fingiendo ser pareja?
- Eso no es asunto tuyo. – respondió Damon.
- Desde luego que es asunto mío, dado que esta fiesta es exclusiva para parejas reales. Así que si realmente no estáis fingiendo ¿por qué no me lo demuestras y haces ver que te importa lo que yo pueda contarle a tu mujer acerca de tus rondas nocturnas?
Damon estaba acorralado. James Stuart era más listo de lo que se pensaba y su falsa identidad pendía de un hilo.
- ¿Qué es lo que quieres? – le preguntó el vampiro.
- Muy fácil. Primero de todo quiero que me digas la verdad. ¿Cuál es el propósito de haber venido a esta fiesta? ¿Por qué estabas interesado en ella?
- Vete al infierno – respondió con ira.
Uno de los guardaespaldas se acercó a él y le disparó una bala de madera en la espalda. El vampiro se estremeció del dolor.
- Respuesta equivocada. Aunque te lo voy a poner todavía más fácil. Supongamos que he seguido investigando y sé que has venido por respuestas que solamente yo podré darte. ¿Aceptarías un trato para que nadie saliese mal parado?
- ¿De qué estás hablando? – preguntó Damon todavía dolorido después del disparo.
- Hoy me siento generoso y te daré una segunda oportunidad. Escúchame atentamente. A las 12 de la noche quiero que venga tu acompañante sola. Solo a ella le explicaré lo que quieres saber.
- ¿Y por qué a ella? ¿Qué le vas a hacer?
- Tranquilízate Damon. Estás demasiado preocupado por ella para estar fingiendo ser su marido. A ver si al final me creeré que estáis casados... Lo único que quiero es que me dejes estar a solas con ella. Esa chica me gusta, y quiero pasar un buen rato.
- ¡Que te jodan!
Los guardaespaldas levantaron a Damon y lo sacaron de la habitación. Elena le aguardaba fuera.
- ¿Pero qué ha pasado? – preguntó Elena, temblorosa.
- No te preocupes, querida. – respondió James. – Las respuestas a vuestras preguntas van a depender exclusivamente de ti.
- ¿Qué? – Elena lo entendía nada.
- Reúnete conmigo aquí a las 11 de la noche y te responderé a todo lo que me pidas. Pero ven sola. ¡Ah! Y no se os ocurra escapar, porque os estaré vigilando.
James cerró la puerta delante de sus narices, y Elena todavía no daba crédito a lo que acababa de escuchar.
- ¿Qué es lo que ocurre, Damon? ¡Responde!
- Elena... es mejor que nos vayamos de aquí. No ha sido una buena idea. – respondió
- ¡Ni hablar! Si salimos de aquí nos matarán. Y la única oportunidad que tenemos para saber el paradero de Klaus está aquí, en este sitio.
- ¿Cómo puedes estar tan loca? ¿No has escuchado lo que ha dicho? Quiere quedar contigo a solas y vete a saber lo que te va a hacer. Encima no voy a poder protegerte, así que ya encontraremos otra forma de dar con Stefan. Ahora, por favor, salgamos de aquí.
- Escúchame Damon. Si me quisiera muerta ya me habría matado. ¿No crees? Y a ti también te ha liberado. Es mucho mejor quedarme para ver lo que tiene que decirme y así poder marcharnos ilesos.
- ¿Cómo puedes fiarte de este tío, Elena?
- No me fío. Pero no nos ha matado. Así que procuremos disfrutar de la fiesta hasta que sean las 11.
- Espero que hayas tomado tu dosis de verbena. No quiero que encima le vayas a poner las cosas fáciles.
- ¡Cállate! La he vuelto a empezar a tomar desde lo de anoche... – Elena le miró avergonzada.
- Vamos a comer algo. – la interrumpió Damon.
Bajaron por las escaleras y vieron que la sala estaba llena de personas charlando amigablemente. Todos parecían estar disfrutando de la fiesta. Elena y Damon se sirvieron de cava en las mesas del jardín al lado de la piscina, además de picar alguna cosa para cenar mientras esperaban la hora de la cita con Stuart.
Damon no paraba de mirar a su alrededor, y Elena se fijó en cómo una joven castaña de ojos claros se acercó a él.
- ¡Pero si eres Damon! – exclamó la muchacha.
- ¡Carrie! – El vampiro la reconoció enseguida. Se trataba de una vampiresa que conoció en Nueva York, sobre los años 50. Habían tenido un breve pero intenso romance que finalizó cuando ésta se estaba empezando a enamorar y se dio cuenta de que todavía seguía obsesionado con Katherine. Así que decidió cortar antes de que fuese demasiado tarde.
- Estás preciosa. En serio... – la miró sorprendido. Aun se acordaba de ella, pues siempre le había caído muy bien. Elena se dio cuenta enseguida de que había química entre ambos, y ese sentimiento la mató por dentro.
- Si has venido a esta fiesta se supone que alguien te ha cazado, ¿no es cierto? – Carrie miró a Elena. - ¿Es esta la afortunada?
- Verás... es una larga historia.- respondió Damon.
A Elena le entró una rabia repentina al ver que el vampiro no había afirmado que sí eran pareja, aunque no fuese cierto. Eso podía poner en peligro el plan... o empezar él un nuevo plan con aquella guapa vampiresa.
- Escúchame Carrie. Necesito que no digas mi apellido, ok? Estoy metido en un buen lío del que solo podré salir si permanezco en el anonimato. – Elena pudo ver que Damon confiaba en Carrie. Seguramente fueron más que amigos en el pasado.
- No te preocupes, Damon. No lo haré. ¿Me puedes explicar en qué lío te has metido esta vez? ¿Puedo ayudarte? Trabajo aquí.
- ¿En serio?
- Sí. Estoy de Relaciones Públicas en la fiesta.
- ¿Conoces a James Stuart?
- Por supuesto, Damon. ¿Qué clase de Relaciones Públicas sería si no le conociese? – La joven se rió.
- Escucha... necesito que averigües qué es lo que quiere Stuart de Elena.
- ¿De tu novia?
- En realidad es la novia de mi hermano.
- ¿Pero qué jueguecito es este? ¿Vuelves a repetir la misma historia que con Katherine en el pasado? – Carrie se acercó a su oído, y le mordió delicadamente la oreja.
- Si te lo contara no lo creerías. – respondió Damon, con media sonrisa en los labios.
Ambos vampiros fueron interrumpidos al escuchar una copa que cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. La copa era la de Elena, que se había marchado imperiosamente hacia el interior de la mansión.
- Vaya... parece que a la novia de tu hermano le ha entrado un ataque de celos. – dijo Carrie, divertida.
- No seas tonta. Hazme el favor que te he pedido, y te lo compensaré. Te lo prometo.
- De acuerdo. Pero una promesa es una promesa, ¿eh? Me la pienso cobrar.
La vampiresa desapareció entre la multitud mientras Damon entraba en la mansión desesperado por encontrar a Elena. Éste vio cómo la joven subía las escaleras. Rápidamente se dirigió hacia ella, hasta que la enganchó por el brazo en medio del pasillo.
- ¿Se puede saber de qué vas, Elena?
- ¡Déjame en paz! – exclamó ella.
- ¿Qué te ocurre? ¿Has vuelto a beber?
- ¿Acaso te importa? ¡Déjame sola! ¡Vete de aquí!
Por unos momentos Damon pensó en las palabras que le había dicho Carrie.
- ¿Estás... celosa?
Elena le miró con rabia, pero no le contestó a su pregunta.
- ¡Te he dicho que me dejes!
Damon la cogió de la mano y la arrastró hacia la puerta más cercana. Al abrirla vio que había un pequeño despacho dentro, oscuro y sin ventanas. Un lugar ideal para charlar largo y tendido sobre lo que le ocurría a Elena.
- No nos vamos a ir de aquí hasta que me cuentes qué cojones te pasa. – exclamó Damon.
Elena se quedó apoyada en la mesa del despacho con los brazos cruzados sin ganas de mirarle a la cara.
- Escúchame Elena. ¿Por qué no eres capaz de admitir por una maldita vez lo que estás sintiendo y dejas de echarle la culpa a los demás sobre tus actos?
Damon la agarró de la cara de forma que la joven no tuvo más remedio que mirarle fijamente. Sus ojos estaban medio inundados de lágrimas.
- No puedo, Damon. ¿De qué mierda sirve admitirlo? Recuerda que estoy saliendo con tu herma...
- ¡Cállate! – No le dio tiempo a finalizar la frase. Damon ya no podía más con tanto autoengaño por parte de ambos, y la silenció con un apasionado beso en los labios que la dejó sin respiración. Elena, al ser consciente de la situación, apartó a Damon con todas sus fuerzas y le dio una sonora bofetada en la mejilla. El vampiro la miró lleno de ira porque se estaba dando cuenta de que estaba luchando contra un muro infranqueable. Los valores de Elena estaban por encima de todo lo que podía sentir hacia él.
- ¿Cómo te atreves? – le dijo Elena, enfadada. Acto seguido su mirada de ira se transformó en deseo, y a los pocos segundos el muro infranqueable empezó a desmoronarse a una velocidad de infarto. Elena lo cogió del cuello con fuerza hasta que pudo besarlo en la boca de forma que el vampiro nunca olvidaría para el resto de sus días. Estaba harta de tantos valores e idioteces que solo se creía ella... hasta ahora. Lo empotró contra una mesilla que había junto a la pared, desatando así toda la pasión contenida que nunca se había atrevido a mostrar por miedo a convertirse en una clase de persona que no quería ser: una humana. Damon no podía dar crédito a lo que estaba presenciando. Su cuerpo se estremeció de tal forma que podía sentir las nubes al notar cómo Elena jugaba con su lengua y su cuello. Le respondió el beso con desenfreno, y ésta no podía parar de erizase cuando el vampiro la empezó a tocar. Le desabrochó la camisa para poder contemplar su pecho desnudo, el cual se pasó un buen rato besando, centímetro por centímetro. Aprovechó un despiste para darle la vuelta y empotrarla contra la pared. Damon siguió besándola en la boca mientras su mano se deslizaba lentamente por las piernas hasta levantarle el vestido e introducir los dedos dentro de sus bragas. Estaba completamente excitada, y su miembro iba a explotar dentro de sus pantalones a este paso, ya que nunca había contemplado una imagen tan sexy en su vida como el rostro de Elena cubierto de placer. La joven no paraba de gemir a medida que Damon seguía jugando con los dedos.
- Por favor, Damon... frena un poco – le suplicó la muchacha, pues sabía que si seguía acariciándola de esta forma, no tardaría en tener un orgasmo.
Damon, haciendo caso omiso a sus súplicas, la levantó para ponerla encima de la mesa y se hundió entre sus piernas. Elena gemía cada vez más fuerte a medida que le empezaba a lamer el clítoris, de forma pausada primero y con mucho más ritmo después. Notó cómo la muchacha se encontraba completamente mojada, y éste siguió lamiéndola durante un minuto. Elena ya no podía aguantar más. Estaba a punto de alcanzar el orgasmo cuando de repente el vampiro frenó en seco.
- Ahora te toca a ti. - indicó con excitación.
Elena se incorporó y le obligó a apoyarse contra la pared. Se acercó a su miembro, increíblemente perfecto y empezó a lamer el glande, primero con timidez y después con decisión. Damon nunca hubiese imaginado encontrarse de esta forma con Elena. Era demasiado para él, incluso para sus pensamientos. Cuántas noches había soñado con esta escena y ahora la tenía en ese momento, completamente desenfrenada y provocándole el mayor placer que había tenido en su existencia. Todos estos pensamientos sumados a los movimientos increíbles que estaba haciendo Elena con su boca le sumergieron en el más completo éxtasis, y no iba a durar mucho tiempo más si la joven seguía haciéndole el sexo oral de aquella forma, aun teniendo él fama de ser todo lo contrario a un eyaculador precoz. La joven era consciente del efecto que ejercía sobre él, y eso le gustaba demasiado como para frenar. Los jadeos de Damon indicaban que su nivel de placer estaba llegando a límites inimaginables, y eso la hacía temblar de excitación. El vampiro se quedó hechizado mientras ella le contemplaba con mirada felina. Aquella imagen no se la podría quitar de la cabeza en toda su existencia. y la guardaría en su recuerdo para siempre.
- Por favor. Te quiero dentro de mí. – suplicó Elena al frenar.
Damon la miró con deseo y la levantó de nuevo para tumbarla en aquella mesa de despacho. La abrió completamente de piernas e introdujo su miembro, completamente erecto, dentro de ella. Empezó a moverse dentro de forma que nunca había experimentado una excitación como aquella. Le bajó el escote del vestido y empezó a acariciarle los pechos mientras la miraba fijamente a los ojos, lleno de deseo. Elena iba a estallar de un momento a otro, y lo agarró fuertemente del cabello mientras le suplicaba que siguiese a ese ritmo tan frenético. Elena deseó que aquella noche no terminase, pues nunca había experimentado nada parecido, ni siquiera con Stefan. La levantó estando todavía dentro de ella y la empotró contra la pared. El vampiro la aguantaba con sus brazos mientras ésta se agarraba a una estantería para mantener el equilibrio. Siguió penetrándola repetidamente hasta que Elena ya no aguantó más.
- ¡Oh! ¡Dios! Me voy a correr... Damon, por favor... ¡sigue!
El vampiro, al escuchar su nombre en boca de Elena no pudo aguantarse, y automáticamente llegó al orgasmo junto a ella.
Elena se incorporó y se subió las bragas. Aún estaba en estado de shock al haber experimentado el mejor orgasmo de su existencia. No se lo podía creer. Nunca se había estremecido, excitado y disfrutado tanto como con el polvo de aquella noche. Miró a Damon con ternura, y éste le respondió con la mirada. Ambos eran conscientes del error que acababan de cometer, y sabían que esto traería consecuencias. Pero lo necesitaban. Tenían que dejarse de tanto autoengaño y de tanto valorar qué era lo correcto. Por primera vez en mucho tiempo se sintieron vivos, y eso era lo mejor que les había ocurrido hasta la fecha.
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