Capítulo 8

Apenas Rachel hubo abandonado la casa, Quinn pasó toda la tarde haciendo abdominales y flexiones en el piso de su habitación. Tomó sus diuréticos en la mayor cantidad que fue capaz de tolerar. Se prohibió comer el más mínimo bocado. Tenía que disimular la gordura. Decidió hacer ayuna hasta que el cuerpo aguantara. Nada de comer y vomitar: esta vez haría las cosas más fáciles. Vomitar a veces la debilitaba un poco. En ocasiones no podía ni levantarse del suelo. Así que simplemente suprimiría la comida y se mantendría fuerte, a modo de poder hacer ejercicio físico sin cansarse con tanta facilidad.

Trató de no mirarse mucho al espejo. Sabía que todo le quedaba espantoso, que se notaba que necesitaba bajar unos kilos antes de poder lucirlo como correspondía. No deseaba desanimarse. Estaba segura de que se vería muy ridícula con esa ropa tan bonita que Rachel le había dejado para su cita con Sam, era un pantalón de mezclilla a la cadera y ligeramente entubado, una blusa beige con unas pequeñas flores azules y que a la vez tenia como un cintilla cerca de la cintura y unos zapatillas de mezclilla.

En una oportunidad no pudo evitar mirarse al espejo. Ahogó un grito. ¡Se veía horrible! Sentía cómo el elástico de la ropa interior se clavaba en su cuerpo, veía sus piernas y tobillos gordos y desagradables. Ese abdomen asqueroso y con apariencia de no haber sido ejercitado nunca. Se puso a llorar, mientras se cubría con una bata. ¡No podía hacerlo! ¡No podía sufrir semejante humillación! No era consciente del profundo daño del que estaba siendo víctima, ni de la forma en que el cuerpo se iba desgastando. El reflejo que era visible en el espejo no era el mismo, era cada vez más demacrado y enfermizo...

Cuarenta y siete malditos kilos. Estaba lejos de su objetivo aún… muy lejos. ¿Cuándo se acabaría esa odisea? ¿Cuándo llegaría de una vez por todas a la perfección?

Hacía mucho que no se sentía tan mal y se puso a llorar desconsoladamente. Entonces vio que, desde debajo de la cama, asomaba una tableta de chocolate. Quizás la había dejado abandonada ahí anoche. Se abalanzó sobre ella y la devoró con ganas. Sin embargo, sólo la hizo sentir peor y una gran repulsión por sí misma. Fue al baño de inmediato y se abrazó al retrete. Vomitó el chocolate y aún más, como si así no sólo estuviera expulsando las calorías de su cuerpo, sino también todas las penas que llevaba dentro.

No podía salir ese día con Sam, él era demasiado bueno y demasiado guapo, no se merecía salir con una gorda como ella, tan sólo lo haría verse ridículo y no, ella no sería capaz de hacerle pasar por eso.


Mientras tanto aquél día en casa del rubio se respiraba una atmósfera de alegría, se había levantado muy temprano y como si fuese impulsado por algo mágico se puso a hacer lo que nunca: ordenar su cuarto.

Con algo de música a cargo de Josh Kelley – You are the woman, comenzó levantando la ropa del suelo poniendo la sucia dentro de un cesto y colgando sus camisas limpias. Sacudió el polvo que por meses llevaba acumulando su escritorio, cambió las sábanas de su cama, las cortinas, algunos de sus trofeos; lo mejor de todo es que pensó que podría acostumbrarse a aquello, le resultaba divertido ir recogiendo, además de que encontró unas cuantas cosas que él ya consideraba perdidas.

- ¡Ay Dios! ¿Estás drogado?- preguntó Kurt entrando al cuarto, Sam se rió al verlo, tenía un aspecto aún somnoliento, vestía únicamente bóxers negros, el cabello alborotado y a un lado de la comisura de su boca se apreciaba un notable rastro de saliva ya seca.

- Deberías hacerlo tú también.

- Eso es para niñas.- dijo dando un largo bostezo.- ¿Ya desayunaste?

- ¿Desayunar?- se rió.- Son ya las 2:00pm. Y no, no he comido.

- Bien le diré a Emma que venga y nos prepare algo.- Sam puso una cara de asombro e incredulidad que a su hermanastro le causó mucha risa.- Estaba bromeando, claro que no haría eso.

- ¿Tienes planes para hoy?

- No, pero ya pensaré en algo después de comer, tal vez vaya con Mercedes a patinar. ¿Y tú?

- Voy a ir al cine con Quinn.- se jactó el rubio, sonriendo de oreja a oreja.

- ¡Ah! ¡Eso lo explica todo!

- ¿Qué cosa?

- Tu actitud de Cenicienta.- se rió Kurt, Sam le lanzó una almohada.- Esa chica de verdad debe ser especial.

- Lo es.- acertó a decir.- No sé qué pasa, pero me encanta estar con ella.

- No me digas, ¿sientes como si el mundo fuera color de rosa y hubiera mariposas en tu estómago?

- Algo así.

- ¡Gay!*- se burló Kurt, lanzándole una pequeña pelota que encontró por ahí.

- La traeré a casa después del cine. ¿Sería mucho pedir que la trataras bien?

- Pues si ella te ha convertido en esto y eso hará que limpies mi cuarto, sí la trataré bien.- dijo sonriendo. Sam le lanzó una mirada despreciativa.- ¿Por qué la traerás aquí? ¿No es mejor que se vayan a un hotel?- el rubio le lanzó una botella que tenía un poco de refresco de vaya Dios a saber cuándo.

- De hecho la traerá porque quiero conocerla.- dijo Emma entrando en ese momento a la habitación.

- ¿Qué haces aquí?.- preguntó Kurt a forma de saludo, ella le dio un beso en la mejilla.

- Vine a traerles de comer.- respondió mostrando las bolsas con sushi.- Supuse que aún no lo han hecho. Te ves tan sexy recién levantado.- dijo la pelirroja dándole otro beso a su amigo.

- Ejem...- tosió Sam.

- Lo siento.- se disculpó mordiéndose el labio inferior.- ¡Vaya! Qué bien que te hayas decidido a limpiar, ahora esto sí parece un cuarto.

- Sí, su noviecita lo está convirtiendo en chacha.- se burló Kurt. A lo que Emma rió.

- Quinn no es mi novia, no aún.- dijo Sam, terminando de acomodar unos libros en los cajones del escritorio.

- A todo esto, ¿por qué quieres conocerla?- preguntó Kurt. La chica sonrió.

- Verás, tu hermanito me ha pedido que diseñe sus trajes para el baile de Halloween y necesito tomarle las medidas a Quinn, pero...

- Ella no sabe que pienso llevarla.- continuó Sam.- Digamos que tengo un plan entre manos.- Kurt los miró con cierto interés.

- Ustedes dos están locos.- dijo sin más, tomando a Emma de la mano y llevándola a la sala.


- Quinn, ¿estás bien?- preguntó Puck al verla, el chico había ido a pedirle unos apuntes de literatura. Ella aún vestía su pijama rosa de franela, tenía unas enormes bolsas bajo los ojos y la piel demasiado pálida.

- Eh, sí. Pasa Puck.- dijo invitándolo a entrar, el chico la miró angustiado.

- ¿Ya comiste algo?- ella se cruzó de brazos, estaba temblando pero quería disimularlo.

- Sí.- mintió.

- Quinn.- Puck le lanzó una mirada significante.

- Bueno, no. Pero es porque no tengo hambre.

- Quinn.- volvió a usar ese tono. Suspiró.- ¿Por qué te matas de hambre?

- ¡No me estoy matando!- se excusó rápidamente.- Es sólo que...

- ¿Qué?- ahora él se cruzó de brazos y arqueó una ceja. La chica bajó los suyos en rendición.

- Sam me ha invitado hoy al cine y no pienso ir.

- ¿Qué? ¿Por qué?- ella volteó el rostro, sentía los ojos húmedos, sabía que lloraría.

- Porque no quiero.

- ¡Ay por favor! Quinn llevas años esperando a Romeo y ahora que él llegó, ¿no quieres estar con él?

- Es que no entiendes, Puck.- suspiró.- Yo no me siento muy bien como para estar con él.

- ¡Pero qué dices!

- Es la verdad.- ahora sí, las lágrimas habían hecho camino por sus mejillas que ya habían tomado un color algo rojo.- Nada más mírame, estoy hecha un desastre, estoy gorda y horrible.

- Gorda.- repitió el chico, Quinn abrió los ojos.

- Escúchame Fabray.- dijo acercándose a ella y tomándola por los hombros.- Lo que menos eres es eso, tú no estás gorda, ¡al contrario! Eres perfecta así y si ese rubio no puede verlo o te está obligando a cambiar entonces se las verá conmigo.

- No, no, no es eso Puck.

- Si a él le gustas Quinn, no intentará cambiarte, debes gustarle así por quién eres.- la chica lo abrazó recargando la cabeza en su pecho, Puck le acariciaba el cabello.

- A veces quisiera que todo se terminara.

- ¿Qué cosa?

- La tortura, no tienes idea de lo horrible que es levantarme y verme al espejo y sentir odio, repulsión por mí misma.- Quinn se aferró más a su amigo, desahogándose completamente.- Es lo peor, ya no quiero sentirme fea. Estoy harta que todos me digan que soy preciosa y que no estoy gorda y no poder verlo.

- Quinn.- el chico la apartó para poder mirarla de frente, le limpió las mejillas con ternura.- ¿Si de verdad es tan horrible por qué no has pedido ayuda?

- Porque... es normal ¿no?- se rió.- No me hagas caso, creo que toda chica pasa por esto en algún momento; debo estar sensible por el SPM*.- Puck se rió.- Arregla esto, Quinn.- se dijo a sí misma.- Ya me siento mejor, son altos y bajos en el auto-estima.

- ¿Segura que es sólo eso?- preguntó él no muy convencido.

- Sí.- sonrió.

- Bueno, a todo esto ni te he dicho a qué vine, necesito tus apuntes de literatura.

- Ah claro, déjame los traigo.- se fue al cuarto por ellos y en menos de medio minuto regresó con su libreta rosa.- Aquí están.

- Gracias, te debo una.

- Y yo a ti.- dijo la chica abrazándolo nuevamente.

- Nos vemos el lunes, pero antes prométeme que vas a comer algo y ya no pienses en cosas feas de ti misma, ¿de acuerdo?- ella asintió.- Eres preciosa...- suspiró.- Ponte lo más linda que puedas para Romeo, sé que le gustas, Quinn.

- ¿Qué?- ella lanzó una risa irónica.- Claro que no, Rachel y tú quieren que me haga ilusiones, ¿verdad?

- ¿Rachel?

- Ella me dijo lo mismo anoche, pero no les creo. Sam y yo apenas y nos estamos conociendo.

- ¿Por qué cuando se trata de ti todo lo que puedes ver son tus errores y debilidades?

- No sé.- respondió en seco, él suspiró nuevamente.

- Vale, te veo el lunes, bonita.- se despidió dándole un beso en la mejilla, acto seguido, salió de la casa y la chica se fue a dar una ducha.


De modo que salieron de allí; recorrieron un par de calles con el auto, hasta llegar al cine. Sam entró en el estacionamiento, aparcó y bajaron. Subieron hasta el complejo de las salas en el ascensor. Quinn no pudo dejar de notar que el espacio reducido los hacía estar más cerca uno de otro de lo que jamás habían estado. Apartó esos pensamientos de inmediato.
Escogieron una película. El lugar estaba desierto, pese a que era sábado. La tranquilidad perfecta para disfrutar de una agradable función.
Compraron los boletos y luego Sam fue por unas palomitas y un enorme vaso de Coca-Cola. Ni siquiera era dietética. La chica se sintió horrorizada.
Fueron libres de elegir los asientos que más les gustaban. Estaban solos en la enorme sala y eso, sumando la oscuridad que se hacía más y más profunda a su alrededor, la hacía querer comersélo a besos.
Sostuvo el balde de las palomitas y agradeció que debido a la poca cantidad de luz el rubio no pudiera ver que no las estaba comiendo. Solo él metía la mano una y otra vez y tomaba un puñado que se llevaba a la boca. Olían delicioso, pero... no. Ella tenía que pensar en su figura.

Más de una vez le pasó el vaso de gaseosa y ella simuló tomar, aunque ni siquiera llegaba a mojar sus labios con la bebida.
La película fue bastante buena. Una comedia que los entretuvo y que le permitió apreciar la risa de Sam. Era una risa tan... seductora.
Salieron de allí pasadas las 7:00pm y él insistió en ir a probar esas hamburguesas de las que le había hablado. ¿No se había saciado con todas las palomitas que había comido? Así que fueron directo a ese sitio. Ocuparon una mesa en el fondo y Quinn miró alrededor. No parecía nada lujoso, de hecho, era bastante corriente. No parecía el tipo de lugar al que iría un chico como Sam.

Les llevaron los menús y ella lo miró vagamente.

- No tengo hambre, Sam, discúlpame.- repuso, mientras sentía que se le hacía agua la boca con algunos platos que figuraban allí. Moría por un solo bocado de... ¡no!- Creo que me llené con las palomitas.- el chico la miró serio unos segundos. Tanto que creyó que se había dado cuenta de que no había comido nada.

- Pide algo.- dijo, no dispuesto a ceder. Quinn suspiró, pensó en que no tenía caso seguir privándose de la comida, no esa noche, ¿por qué no la disfrutaba de la misma forma que hacía con la compañía de Sam? De todos modos sabía cómo deshacerse de ella fácilmente. Ordenó una hamburguesa con papas y refresco. De complementos ella pidió que le pusieran muchos pepinillos, los amaba. Comenzaron a comer.

- Delicioso.- dijo dándole otra mordida a su hamburguesa, el rubio se sorprendió al verla comer así.

- ¿Sabes qué me gusta de las chicas, Quinn?- preguntó, ella negó con la cabeza a lo que él rió.- Que les guste tanto la comida como a mí. Que no se preocupen de cuántas calorías tienen que ingerir o que estén obsesionadas con su imagen, como la mayoría de las mujeres hoy en día.- Quinn tragó la comida y bebió de su refresco, sin dejar de mirarlo.- Hay algunas que son tan tontas y sufren trastornos alimenticios.

- ¡Sam!- exclamó.

- ¿Qué?

- No las llames así, ellas no son tontas. ¿Lo soy?

- Quinn.- dijo él tranquilamente.- Todo es culpa de la sociedad que trata de engañarlas diciéndoles que están gordas, cuando en realidad están bien. Todas las mujeres son preciosas, sean como sean pero cuando exponen su salud las convierten en unas tontas ¿o no?

- La verdad...- la chica suspiró no entendía por qué pero sentía como si no tuviera argumentos en defensa.- Pobrecitas, ¿no crees?- dijo volviendo a su hamburguesa.

- Prométeme algo, Quinn.- dijo el rubio, un brillo iluminaba su rostro y ver sus ojos era como contemplar el cielo a pleno día.- Prométeme que tú no caerás en eso.

- Lo siento, Sam, no puedo... ya estoy en eso- pensó por un momento. Tragó saliva.- Sí, yo, te lo prometo.- dijo sintiéndose miserable y mentirosa.

Terminaron de comer rápidamente. Sam pagó la cuenta y fueron hasta el coche en donde el rubio le abrió la puerta a su chica, ella comenzaba a sentir deseos de vomitar.

- Son las 8:30pm.- comentó él.- ¿Crees que te regañen si llegas tarde a casa?

- No.- sonrió ella.- Como ya te había dicho, mi mamá sigue de viaje, ¿qué tienes en mente?

- Bueno, hay alguien que quiere conocerte.


* Gay. No tengo absolutamente algo en contra de ellos, claro que no! No vayan a pensar eso, jajaja es que acá en mi país es normal que cuando un chavo hace comentarios "cursis" se les llame así, porque la mayoría de las mujeres somos las que hacemos esos comentarios xD jajaja.

* SPM: Síndrome Pre-Menstrual. Jajaja todas las mujeres en algún momento de nuestra vida nos vemos afectadas por éste y sí, efectivamente, los cambios hormonales provocan los altos y bajos del auto-estima.

Aweee espero que les haya gustado el capítulo! :D

Que tengan un excelente fin de semana! D: ya se nos acabó febrero! Jajajaja, no sé ustedes pero a mí se me fue de volada D: