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Capitulo 7

Después de comer, Albert decidió que ya habían practicado suficiente con la espada, y que ahora convenía desarrollar los músculos del muchacho. Se dirigieron hacia uno de los muros exteriores, parcialmente derruido, y el guerrero saltó al otro lado. Desde allí, le fue pasando los cascotes que se habían caído, que ella debía colocar en un montón junto al muro para reconstruirlo más tarde. Al ver la ligereza con la que él levantaba una de aquellas piedras, pensó que no sería tan pesada como su tamaño hacía suponer, pero estaba totalmente equivocada. En cuanto la tuvo en sus manos, comprendió que no había estado preparada para sujetar aquel peso, y la piedra cayó entre sus pies. Aunque fue lo bastante rápida como para apartarlos, no pudo evitar que la roca golpeara de refilón sus dedos. Un ramalazo de dolor le subió por la pierna, y tuvo que apoyarse en el muro con un brazo, mientras trataba de alcanzar con el otro el pie herido.

Anthony, que apilaba pequeñas piedras a su lado, se reía con ganas.

—Chillas como una chica —le dijo.

Candy, que ni siquiera era consciente de haber gritado, se volvió alarmada en dirección a Albert, que la observaba con mucha atención.

—¿Te has hecho daño? —inquirió, alzando una ceja.

—Yo... —carraspeó. Se incorporó y sacó pecho, como había visto a hacer a otros jóvenes cuando querían aparentar seguridad—.¡Pardiez, no calculé bien el peso de la piedra!

—¿Qué has dicho? —preguntó Anthony. Observaba sus labios con interés, como si aquella extraña palabra dicha en otro idioma hubiera llamado su atención.

—Ten cuidado —le espetó Albert, que le entregó la que tenía entre las manos con una mueca de fastidio.

Seguro que pensaba que era enclenque, como Jimmy y su amigo le habían señalado el primer día. Lo que le faltaba. No sabía muy bien por qué, pero deseaba agradar a aquel hombre, y si para ello tenía que acarrear piedras hasta el anochecer, eso haría. Aunque por la noche el agotamiento la matara.

Caía la tarde cuando Albert dio por concluida la jornada. Candy hundió los hombros, totalmente agarrotados. Se miró las manos, ensangrentadas y llenas de cortes. Se las había restregado contra los pantalones intentando limpiarlas, pero solo consiguió mancharse la ropa y aumentar el escozor. Deseaba gritar, llorar y, sobre todo, salir corriendo de allí. Apretó los dientes y observó a Albert saltar con ligereza hacia el lado en que se encontraban ellos, tan descansado y relajado como si acabara de levantarse de una profunda siesta. Lo odió por ello. Odió su fortaleza, su musculatura, su fuerza...

—Pero ¡¿qué te has hecho en las manos?! —bramó él de repente.

Albert trató de cogerle las manos y ella de retirarlas, pero ya les había dado la vuelta y contemplaba aquellos cortes. Su rostro mostraba una culpabilidad que la enterneció.

—¿Por qué no has dicho nada? —le preguntó—. Habríamos podido parar, o envolverlas en trapos para que no te lastimaras.

—No importa, estoy bien.

—¿No te duele? —le preguntó Anthony, que se había acercado y observaba sus manos, horrorizado.

—No demasiado. —Trató de sonreír. El hecho era que deseaba quedarse a solas y hundirlas en el barro, porque le palpitaban de una forma atroz.

Anghony la soltó y comenzó a caminar hacia las viviendas.

—Vamos a curarlas —le dijo—. Tu abuelo me matará por esto.

—¿Qué? —preguntó ella, totalmente aterrada—. ¡Pero si no ha sido culpa tuya!

—¿Y de quién si no? —Albert continuó caminando sin mirarla.

—Oh, por Dios. —Se sentía terriblemente mal. Su maldito orgullo haría que su abuelo se enfureciera con aquel hombre—. Lo siento, lo siento mucho. Maldita sea, ¿es que no puedo hacer ni una cosa bien?

Albert se detuvo y se volvió hacia ella, que caminaba, como siempre, dos pasos atrás. Era imposible seguirle el ritmo. Hasta su hijo Anthony tenía que ir correteando para caminar a su altura.

—Bromeaba, Rob —reconoció, y le dedicó media sonrisa—. No entiendo lo último que has dicho, pero seguro que no te pasará nada por unos cortes.

Candy se sintió mortificada. La había hecho trabajar todo el día, sin apenas descanso, y encima se burlaba de ella. ¿Es que aquel hombre no tenía compasión?

—¿Adónde vamos ahora? —preguntó con rudeza.

—Tengo un ungüento en casa —le respondió Albert.

—No hará falta —replicó ella, mordaz—. Seguro que en la fortaleza tendrán algo que pueda aliviarme.

—No seas crío, Rob —la acusó, y ella notó que las mejillas se le encendían de pura rabia. Por fortuna, apenas quedaba luz y él ni siquiera volvió la cabeza. Pero ella sentía arder todo el cuerpo, como si fuera a entrar en combustión de improviso de la cabeza a los pies.

Candy apretó los dientes con fuerza, y se obligó a no replicar, y siguió a Albert hasta su casa. Una vez allí, el hombre encendió el fuego en un suspiro y el ambiente se caldeó al instante. Candy tomó asiento en el mismo lugar que a mediodía. En cuanto lo hizo, fue como si todas sus fuerzas la abandonaran. No habría podido levantarse ni aunque la casa estuviera a punto de caérsele encima.

Anthony se dirigió hacia el barril, se subió a una banqueta que había junto a él, se quitó la camisa, y se lavó la cara, los brazos y el torso con energía. Candy no pudo evitar sonreír. Era absolutamente adorable. Mientras, Albert abrió un arcón que ocultaba el banco de la entrada y rebuscó en su interior hasta que sacó un recipiente de barro. Lo destapó y se lo llevó a la nariz. Pareció satisfecho con el olor que desprendía, así es que lo llevó a la mesa y lo colocó allí. Luego tomó una palangana, que llenó con agua del barril, y cogió un par de trapos de un rincón de la alacena.

Se sentó junto a ella, le tomó las manos y las sumergió en el agua, que estaba helada.

—Frótalas con cuidado —le dijo—, hasta que se desprenda toda la suciedad.

Mientras ella lo hacía, él tomó una pequeña vasija de la alacena. Al finalizar, Candy levantó las manos. Ya no había restos de sangre ni de tierra, aunque uno de los cortes comenzaba a sangrar de nuevo. Albert le sostuvo las manos sobre la palangana y vertió un poco del líquido de la vasija, que resultó agua de vida, a juzgar por el olor, una bebida muy fuerte que se elaboraba destilando cebada o centeno. El escozor fue instantáneo y ella no pudo evitar otro grito, aunque en esta ocasión Anthony no dijo nada. Se había sentado al otro lado de la mesa y observaba muy atentamente la operación.

Cuando Albert consideró que las heridas estaban limpias, aplicó una ligera capa de ungüento, que olía como si alguien se hubiera muerto dentro del recipiente, y luego le cubrió las manos con unos lienzos cortados a tiras. El alivio fue casi inmediato. Candy a duras penas pudo reprimir las lágrimas.

Albert resoplaba. Sentía el pulso acelerado, golpeando furioso sus sienes. ¿Qué demonios le pasaba con aquel muchacho? Se había pasado el día observándolo, a menudo de reojo. El tono sonrosado de sus mejillas cuando se ejercitaba, sus ojos verdes nublados por el esfuerzo e incluso el dolor, sus labios carnosos apretados mientras llevaba a cabo las tareas, la sombra de sus pestañas, largas y rizadas, el contorno de sus cejas, finas y bien delineadas. Era un joven atractivo, no había duda. No del tipo que se acostumbraba a ver en aquellas tierras, poseía una belleza demasiado frágil para un hombre, pero intuyó que habría mujeres que se mostrarían interesadas en alguien tan delicado y de rasgos tan finos. Y seguramente algunos hombres, como le sucedía a él.

En cuanto había tomado sus manos, suaves, pálidas y de largos dedos, había sentido un estremecimiento en la boca del estómago, que le había subido disparado hasta el cerebro y bajado aún más rápido hasta las rodillas. Miró de reojo a su hijo, que no perdía detalle y que se mostraba casi tan embobado como él. ¿En Castilla todos los jóvenes se parecerían a ese? Y si los hombres eran así, ¿cómo serían sus mujeres? De repente comprendió por qué Keilan Andrew había decidido quedarse allí en lugar de regresar al norte. Con toda probabilidad, él habría hecho lo mismo.

Levantó la vista del vendaje que acababa de hacerle y vio al joven a punto de romperse. Era consciente de que ese día se había excedido con él, pero necesitaba saber hasta dónde era capaz de llegar, cuánto podía aguantar sin quejarse. No habían hecho más que comenzar el entrenamiento que tenía previsto, pero era imprescindible conocer los límites del chico. Y los había superado con creces. Ni una sola vez se había quejado, a pesar de que era innegable que estaba al borde de sus fuerzas. Tal vez por eso las últimas piedras habían sido mucho más pequeñas en comparación, y el ritmo más pausado. Demonios, si hasta él estaba cansado.

Comenzó a recoger las cosas, observándolo de reojo. Los hombros hundidos, la cabeza baja, las manos con las palmas hacia arriba, sobre la mesa... Si tenía que dormir en el suelo de la fortaleza, esa noche lo iba a pasar francamente mal.

—Iré al salón a hablar con el laird —le dijo—. Esta noche puedes dormir aquí.

—¿Aquí? —le extrañó su gesto de sorpresa. Había supuesto que agradecería el cambio.

—Sí, puedes ocupar la cama de Anthony. —Señaló hacia las cortinas del rincón—. Él dormirá conmigo.

—¡Bien! —exclamó el niño, alborozado.

—Hay un poco de estofado del mediodía, y pan, queso y carne seca en la alacena. Yo cenaré en el salón.

—Pero... —replicó Rob, ahora erguido. Tenía la piel pálida y unas profundas ojeras alrededor de los ojos cansados.

—Si prefieres dormir en el salón con el resto de hombres, solo tienes que acompañarme.

El muchacho se dejó caer contra el respaldo.

—Muchas gracias. Aquí estaré muy bien.

Albert asintió. Cogió el tartán y se envolvió con él antes de abandonar la estancia. Sabía que fuera haría frío, pero en ese instante tenía la sangre tan caliente que podría haber hecho arder todos los hogares de las Highlands. Por un instante, lamentó haber accedido a la petición de Malcolm de entrenar personalmente al muchacho. Lo que aún no sabía era que esa situación todavía podía empeorar.

Un par de horas más tarde, de regreso de la fortaleza, Albert decidió hacer una parada. El laird se había mostrado más que conforme con la idea de que su nieto se quedara en su casa esa noche. De hecho, le había prácticamente rogado que lo acogiera allí durante una temporada, para que no durmiera más días en el suelo del salón con los demás. Aún no quería prepararle una habitación en la fortaleza, creía que el chico necesitaba un poco de vida dura para fortalecerse, pero tampoco deseaba mostrarse demasiado exigente. Y ya que Albert iba a entrenarle, bien podía quedarse en su casa unas semanas. Estaba convencido de que el jefe de sus guerreros haría un trabajo excelente con él. En ese preciso instante, sin embargo, Albert no estaba tan seguro de ello, aunque no había encontrado el modo de negarse a su petición.

Llamó un par de veces a la puerta y esta no tardó en abrirse.

—No me lo puedo creer —le saludó Rhona con una sonrisa—.¿Otra vez aquí, Albert?

—No preguntes —gruñó él, entrando en la estancia.

Al menos, durante un rato, esperaba no pensar en el joven que, en ese instante, estaría durmiendo plácidamente bajo su techo, ajeno al torbellino de sensaciones que su presencia provocaba en él.

No podía abrir los ojos. Sentía como si alguien se los hubiese pegado con cera mientras dormía. Trató de moverse bajo las mantas y todos sus músculos acusaron el esfuerzo. Pero era de día, de eso estaba segura. La claridad atravesaba sus párpados cerrados. Se preguntó, por enésima vez, si estaba haciendo lo correcto, si era tan importante seguir aparentando ser quien no era, en lugar de confesar su verdadera condición. La respuesta no tardó en cruzar su mente, y era un sí rotundo. Su abuelo, esa prima a la que aún no conocía, su primo lejano Neal —con quien esperaba congraciarse en un futuro cercano— y todas aquellas personas, eran lo único que le quedaba. Necesitaba demostrarles a todos ellos que era una auténtica Andrew, que merecía estar allí.

A través de la cortina que separaba la cama de la habitación principal vislumbró más luz de la que esperaba y se incorporó de un salto. ¿Qué hora sería? Sin duda muy tarde ya. Dudaba de que Albert y Anthony aún durmieran, así es que ¿por qué no la habían despertado? Levantó las mantas, temiendo que, durante la noche, alguno de ellos hubiera descubierto su verdadero sexo, y suspiró de alivio al comprobar que continuaba con la camisa puesta, que le llegaba hasta las rodillas. Se había quitado las vendas que rodeaban su torso la noche anterior, y las había escondido bajo el colchón. Igual que la primera noche, había podido dormir relajada y sin ningún tipo de presión sobre el pecho. Ahora debía darse prisa si no quería ser descubierta.

Abandonó la calidez de las mantas, se alzó la prenda y procedió a envolverse, con cuidado de no apretar demasiado. Quería disimular sus senos, no sufrir un desmayo. Pronto tendría que encontrar vendas nuevas, aquellas comenzaban a deshilacharse. Cuando al fin estuvo vestida como la persona que se suponía que era, descorrió la cortina. La habitación estaba vacía. Sobre la mesa le habían dejado pan, leche y carne seca. Salió fuera a vaciar el orinal que acababa de usar, volvió a entrar y se quitó los lienzos que cubrían sus manos heridas. Le alegró comprobar que presentaban mucho mejor aspecto, aunque las heridas —que ya estaban cerradas— le picaban horrores. Se aseó con el agua del barril y luego se sentó, preguntándose dónde estarían Albert y su hijo.

Se observó de nuevo las manos, y recordó el tacto de Albert en ellas, la delicadeza con la que había extendido la pomada y luego las había cubierto. Un extraño calor le subió desde el vientre hasta la cara, que notó arder. No sabía qué le pasaba cada vez que tenía a aquel hombre tan cerca. No era solo su aspecto gallardo e imponente, había otros guerreros incluso más musculosos y altos que él, y no le producían ningún desasosiego. Tampoco eran sus cabellos, tan rubios que eran casi blancos. Otros habitantes del lugar los poseían del mismo tono. Ni sus ojos azules, casi transparentes. Bueno, eso tal vez sí, no había visto otros como esos. Ni siquiera los de Anthony, que eran algo más oscuros. Lo que la trastocaba era, sin duda, la seguridad en sí mismo que desprendía, aquel mentón cuadrado, los labios finos pero enérgicos, su voz aterciopelada, incluso al reñir a sus hombres, el modo sutil en que sus caderas y sus hombros se movían al caminar, los brazos, aquellos brazos que ya había sentido cerca en más de una ocasión y que parecían brindarle un lugar en el que anclar su vida.

La puerta se abrió de golpe y ella estuvo a punto de atragantarse con un trozo de pan. El protagonista de sus pensamientos entró como una tromba. El hombre se detuvo un instante en el umbral, observándola sin moverse. Luego carraspeó y acabó de entrar en la habitación. Ni siquiera se dio cuenta de que estuvo a punto de cerrar la puerta en las narices de su hijo, que le seguía a un paso de distancia.

—¡Papá! —gritó el chiquillo, que alzó el brazo para protegerse del golpe de la madera.

—¡Perdona, Anthony! ¡No me había dado cuenta de que estabas ahí!

—¡Pero si hemos venido hablando todo el camino! —gruñó el pequeño mientras cerraba la puerta—. ¡Hola Rob! ¿Ya te has levantado?

—Eh, sí, sí —contestó ella, que desvió la mirada de Albert y la centró en el pequeño.

—Papá dijo que era mejor dejarte dormir un rato más.

—¿Está lloviendo? —preguntó ella al ver los cabellos empapados de ambos.

—No, hemos ido al lago a tomar un baño —aclaró el niño, cogiendo un pedazo de pan—. Mañana podrías acompañarnos.

—¿Eh?

—El agua está un poco fría, pero papá conoce un sitio en el que está caliente. Es una poza que se alimenta de aguas suterrianas.

—Subterráneas —le corrigió su padre.

—Eso. —Anthony sonrió.

—Y mañana no iremos —añadió su padre, para gran alivio de Candy.

—¿No?

—Hoy ya te has bañado. Durante unos días habrá que usar el agua del barril, ya lo sabes.

—Pero Rob no conoce el sitio, podríamos enseñárselo.

—No te preocupes, Anthony —intervino ella, temerosa de que el niño convenciera a su padre. Si tenía que enfrentarse a esa prueba, estaba convencida de que no la iba a superar—. Ya habrá otra ocasión.

—De acuerdo —concedió a regañadientes.

—Rob, tu abuelo me ha pedido que te quedes aquí mientras dure tu instrucción. A no ser que desees volver a dormir en el suelo del salón...

—Eres muy amable. Yo... no quisiera ser una molestia.

—No lo eres —mintió él.

—Entonces muchas gracias, acepto encantado. —Saber que dormiría todas las noches en una cama blanda fue un inesperado regalo—. Y gracias también por dejarme dormir hoy un poco más. Estaba muy cansado.

—No te acostumbres —gruñó él—. Tienes que fortalecer tus músculos y aquí nadie duerme hasta tan tarde.

—Lo comprendo —asintió, un tanto avergonzada.

—Entiendo que acabas de llegar y es posible que en tu tierra no existan reglas tan estrictas como aquí, pero deberás ceñirte a ellas. Has de estar siempre preparado.

—¿Preparado para qué? —inquirió ella.

—Para la guerra.

—¿Estamos en guerra? —La voz le sonó tan aguda que Anthony soltó una risotada y Albert la miró con una ceja alzada.

—Los escoceses siempre estamos en guerra, Rob.

—¿Contra quién? —preguntó, en un tono mucho más grave.

—Contra los ingleses principalmente, pero también contra otros clanes rivales. Robos de ganado, trifulcas fronterizas, peleas... en el norte los guerreros siempre están a punto para entrar en batalla.

—¿Estamos en guerra contra los ingleses en este momento?

—En este momento preciso, no. Pero llevamos varios años entrando y saliendo de ellas, más vale que te hagas a la idea.

Candy fue incapaz de añadir nada más. Se concentró en acabar el desayuno y luego acompañó a Albert fuera. Como el día anterior, por la mañana practicaron con las espadas y descubrió que ya dominaba algunos movimientos y que podía seguir el ritmo de padre e hijo. Al principio los realizó con cierta rigidez pero, cuando llevaba un rato practicándolos, notó la musculatura más suelta y se relajó, e incluso disfrutó del adiestramiento. Por la tarde regresaron al muro y cargaron unas cuantas piedras más, aunque esta vez tuvo la precaución de cubrirse las manos con los lienzos que había usado Albert la noche anterior. Se dio cuenta de que el hombre había relajado un poco el trabajo, y no le dedicaron tantas horas. Supo que lo hacía por ella, aunque, para él, ella no fuera más que un joven imberbe e inexperto a quien debía poner en forma.

Un par de noches después, Anthony y ella lo acompañaron al salón. Candy quería volver a ver a su abuelo, y también a Neal. Quería que él entendiera que ella no representaba ninguna amenaza para su futuro, aunque no sabía muy bien cómo iba a lograr su propósito. Sin embargo, sus planes no salieron como los había previsto, ni de lejos.

En primer lugar, Albert y Anthony la dejaron sola en cuanto entraron en la habitación. Vio cómo se dirigían a Wallis y a Logan, el hombre de confianza del guerrero y segundo al mando, y casi tan corpulento como él. Se lo habían presentado un par de días atrás. Ambos se saludaron con afecto y compartieron unas jarras de cerveza, mientras ella deambulaba por la estancia, sin saber muy bien cuál era su sitio.

Su abuelo no estaba en ese momento allí, pero sí el joven Jimmy, a quien había conocido los primeros días. Se dirigió hacia allí, con temor a cómo la fueran a recibir.

Albert no perdía de vista al joven Rob. La otra mañana, al entrar en su casa y verlo allí sentado, con el sol reflejándose en su cabello dorado, sintió un extraño vuelco en el estómago. Supuso que sería de hambre, había pasado demasiado rato en el lago con Anthony, dándole algo de tiempo al chico para descansar. Bien sabía Dios que se lo había ganado. Pero luego, mientras tomaba el desayuno, la sensación no había disminuido, más bien al contrario. Estaba totalmente desquiciado, y tampoco había ayudado mucho haber pasado los anteriores días juntos. Se preguntó si sería mejor delegar esa tarea en alguien de su confianza, como Gavin por ejemplo. Gavin había sido amigo del padre de Rob, tal vez incluso resultaría conveniente.

Se mordió el labio inferior, tratando de controlar sus pensamientos. En ese momento Logan le contaba los pormenores del día, y algo acerca de un pequeño altercado entre Neal y uno de los guerreros, lo que venía siendo habitual en los últimos meses. El joven era demasiado impetuoso y tenía demasiadas ganas de demostrar su valía, y lo hacía de la forma equivocada. Algún día alguien le partiría la nariz.

—¿Sabes cuándo vuelve el padre Graham por aquí?

—¿Eh? —preguntó Logan, totalmente sorprendido por la cuestión.

—El padre Graham.

—Pues... no sé. Wallis, querida... —Se volvió en dirección a su esposa, que en ese momento hablaba con otra de las mujeres del poblado.

—Da igual —refunfuñó Albert.

—¿Qué diablos te pasa?

—¿A mí?

—Sí, a ti. ¿Para qué necesitas al sacerdote?

«Para confesar mis pecados», se dijo.

—Nada importante.

—Albert, estás muy raro hoy. De hecho, llevas unos días de lo más extraño.

—¿En serio? —preguntó con sorna, y dio un buen trago a su jarra.

—Sí, desde que llegó el joven Andrew para ser exactos. —Logan entrecerró los ojos y Albert temió que adivinara la verdad. Se conocían desde hacía demasiado tiempo y nunca le había ocultado nada. Hasta entonces. Pero ¿cómo iba a confesarle que se sentía atraído por el nieto del laird, por un hombre? No, imposible. Ni siquiera estaba seguro de que debiera contárselo al padre Graham, que los visitaba un par de veces al año. Allí los asentamientos eran dispersos y no había suficientes religiosos para atenderlos a todos, así es que varios clanes compartían al padre Graham, que se pasaba la vida viajando entre unos y otros.

—Ese muchacho está muy verde, Logan. No sé si podré hacer de él un buen guerrero —acabó diciendo.

—Solo dale tiempo. Es joven. Aún puede desarrollar los músculos.

Ambos hombres dirigieron la vista al motivo de su conversación, que en ese instante se acercaba al grupo de jóvenes guerreros. Vieron cómo los saludaba y ellos, aunque respondieron al saludo, continuaron hablando como si no estuviera allí. Albert sintió una punzada en el corazón. Se veía tan solo y tan desvalido que daba pena verlo. Las ojeras bajo sus ojos eran pronunciadas, y llevaba los hombros tan caídos que las ropas parecían colgarle del cuerpo.

—Bueno, tal vez te lleve algunos años incluso. —Logan soltó una risotada y Albert estuvo a punto de propinarle un puñetazo en el estómago.

No era culpa del muchacho que su padre hubiese muerto siendo tan joven, ni de que George no se hubiera preocupado por continuar con su instrucción como era debido.

—Vaya, vaya, a quién tenemos aquí.

El cuerpo de Candy se tensó de inmediato. El tono de aquella frase le había erizado todo el vello del cuerpo.

Se había sentado entre los guerreros jóvenes, que hablaban de las tetas de una joven llamada Gladys a la que aún no había logrado identificar. Había demasiada gente en aquella sala. La conversación le provocaba náuseas, pero no sabía cómo interrumpirla sin descubrirse ni sin provocar una pelea, que estaba segura de perder. En esos momentos ansiaba tener un físico como el de Albert para poner un poco de orden en aquel grupo de niños con cuerpo de hombres. Porque eso es lo que eran, a pesar de sus músculos y de su pericia con las armas. Un grupo de niños egoístas e insensibles carentes por completo de modales y de respeto. Sentía la ira alimentándose en su interior con cada nuevo comentario soez, pero aquella frase insidiosa la enfrió de inmediato.

Todos los jóvenes callaron y volvieron sus miradas hacia su izquierda, donde alguien se había detenido. Dos personas, calculó ella rápidamente, pues vio dos pares de botas paradas junto al banco que ocupaba. En ese momento ella tenía la cabeza baja, con los puños cerrados para no abalanzarse contra los chicos.

Alzó la vista y se encontró con los ojos de Neal, marrones con rrabia contenida. A su lado había otro guerrero, Evan, recordó que se llamaba. Iban juntos a todas partes. Neal la miraba con una mueca de desprecio tan acusada que le contrajo el estómago.

—Hola, Neal —lo saludó, poniéndose en pie. El hombre le sacaba casi una cabeza.

—Me han dicho que ahora Albert te entrena personalmente —le dijo él, y ella supo que ese hecho le molestaba de forma especial.

—Sí, aunque no sé si alguna vez podré ser tan fuerte como tú—añadió ella, que pensó en congraciarse con él alabando sus atributos, algo que sabía que a los hombres les encantaba.

—Puedes apostar a que eso no sucederá. —Neal sonrió de medio lado—. Solo eres medio escocés. La sangre de tu madre ha estropeado el resto.

Neal soltó una risotada, que Evan secundó. La broma pareció hacer gracia también al grupo de jóvenes, que los imitaron.

Candy sintió de nuevo el fuego subirle hasta la raíz de los cabellos.

—La sangre de mi madre me ha dado el cerebro que a ti parece faltarte, bellaco —le espetó ella, que se olvidó por completo de su intención de congraciarse con su primo.

La risa se cortó de repente y el rostro de Neal se transformó en una máscara de cera, tirante y casi desfigurada. No había logrado entender la última palabra pronunciada en aquel extraño idioma, pero no le hacía falta. Su mano ascendió con rapidez, la cogió por la pechera y la estampó contra la pared. Candy sintió cómo el aire abandonaba de golpe sus pulmones.

—Enano, ten cuidado con lo que dices... Escocia es una tierra mucho más peligrosa de lo que crees —le siseó al oído.

Candy supo que iba a añadir algo más, pero de repente la atmósfera de la sala cambió y todas las conversaciones cesaron de inmediato. Neal volvió la cabeza, y la soltó, para alejarse a continuación. El laird Andrew había llegado y todos los guerreros lo recibían en silencio y con la cabeza inclinada. Candy los imitó mientras recuperaba el resuello.

Albert había estado a punto de intervenir en cuanto vio cómo Neal se aproximaba al muchacho. Conocía al joven demasiado bien como para no saber qué se proponía. Se acercó con cautela, tampoco deseaba inmiscuirse y herir el orgullo de su pupilo, pero se situó lo bastante cerca como para poder actuar con rapidez en caso necesario. Escuchó perfectamente la breve conversación, aunque se le escaparon las últimas palabras de Neal. No necesitó tampoco escucharlas, podía imaginárselas muy bien. Pero lo que le complació fue la actuación de Rob. No tenía los músculos de su primo, jamás los tendría por mucho que él lo entrenara, pero sí tenía una lengua afilada y sabía cómo usarla, y no se arredraba ante un enemigo muy superior. Con ese material podía trabajar.

En la guerra no todo era músculo, él lo sabía bien. Se sintió inesperadamente orgulloso del joven y esbozó una sonrisa de satisfacción mientras se dirigía a reunirse con su laird. Sí, no había duda de que Rob era un Andrew de pies a cabeza.

CONTINUARA