IX Navidades
Las peores navidades de los últimos diecisiete años tocaron las puertas de Hogwarts. Tras saber que Voldemort deseaba la profecía Dumbledore, quien se encontraba cada vez más ansioso, enviaba a miembros de la orden a vigilar el Departamento de misterios en el Ministerio de Magia. Arthur Weasley, quien trabajaba allí, hacía las rondas nocturnas de vez en cuando, paseaba entre las estanterías abarrotadas de deslumbrantes objetos que despedían tenues luces plateadas y si te acercabas lo suficiente, escuchabas susurros ininteligibles. Las cosas habían estado tranquilas desde entonces y en cada sesión con Snape solo podía sentir las ansias crecientes de Voldemort por obtener la profecía, creía firmemente que era una especie de arma, un poder que le conferiría la gracia de acabar con Harry. Nadie pensó que él pudiera entrar en el Ministerio de Magia hasta la noche en la cual el Sr. Weasley fue atacado.
Esa noche, Harry sobrepasó todos los sueños que había tenido a lo largo de mi vida. Incluso llegué a sentir pánico. Dumbledore, tras enviarle al número 12 de Grimmauld Place junto a los retoños de los Weasley, citó a Snape y luego a mí a su oficina en la torre del director. Voldemort se encontró cerca de obtener lo que deseaba y Arthur Weasley casi pierde la vida en ello. Sin embargo, existía una situación inmensamente más grave que la muerte: Las visiones de Harry. Si Harry hubiera estado presenciando la escena desde cualquier punto de vista yo no estaría envuelta en pánico, pero Harry era la serpiente, vio todo desde los ojos de la serpiente. No existen palabras para describir el terror que aquello me produjo.
- Debemos hacer algo, Dumbledore- espeté temblorosa- Voldemort puede estar poseyendo la mente de Harry, eso es peligroso para él.
Dumbledore caminaba alrededor de nosotros, paseando nerviosamente en la estancia.
- Estoy de acuerdo, Sérène. El que Harry haya tenido ese sueño es un aviso. La prueba de que Voldemort está invadiendo su mente.
Snape permaneció calmo, meditando, pero yo no podía dejar de temblar de pavor, en la magia oscura sólo existe una manera de que cosas siniestras como esta pasaran entre dos magos. Y yo sabía demasiado sobre magia oscura para ignorar el suceso.
- Solo hay una manera de que esto suceda, Dumbledore.- dije al fin. Snape salió de sus pensamientos y concentró su mente en las palabras que diría a continuación.- Entre Lord Voldemort y Harry Potter existe una fuerte conexión sembrada por magia oscura.
- Albus…- susurró Snape, tenía el ceño fruncido y una revolución asomándose en su mirada.- si el Señor Tenebroso puede penetrar la mente de Potter, no tardará en utilizarla en su contra.
- ¡Exacto!- interrumpí- puede crear imágenes en su mente tan reales que Harry no podrá distinguir si son ciertas o no- estaba tan alterada que comencé a dar vueltas por la estancia. La respiración entrecortada y por vez primera en mucho tiempo comencé a transpirar.- él podría actuar de forma impulsiva guiado por ellas, puede ocurrir un desastre.
Severus asintió una vez y Dumbledore recorría la estancia. La tensión era densa, extremadamente pesada. Podías cortarla como a una calabaza tierna.
- Es necesario que aprenda a bloquear ese vínculo.- dije- lo más rápido posible, no podemos permitir que siga sucediendo.
- Debes calmarte, Sérène. –dijo Dumbledore a la vez que se acercaba al escritorio de roble, Fawkes se sacudió desde su puesto en el fondo de la estancia, percibía mi nerviosismo.- ciertamente, es una conexión peligrosa. Severus, tienes razón Voldemort puede usar esta esta conexión con la mente de Harry para llevarlo a cometer alguna locura. Hubo una pausa donde todos nos sumergimos en nuestras mentes.
Dumbledore mostraba una pasividad impresionante ante la situación, pidiendo calma donde la tormenta está desatada, sin control. El director era un hombre impresionantemente inteligente, tanto él como yo conocíamos que esa conexión era algo más que penetrar en la mente de un individuo, que es lo que pasa en la legeremancia; esto era, sin lugar a dudas, un acto de maldad repleto de la magia más oscura que ha existido. Temía tanto por Harry, era una situación en la cual no podía protegerle, no físicamente. A menos…
- Hay maneras de bloquear el vínculo.- dije exaltándome provocando que todos en la estancia alzaran la vista alarmados.
- Vaya- susurró Snape- alguna proposición brillante que valga la pena. Más que tus exclamaciones exageradas sobre la protección a Potter.
Que Severus se burlara de mí se convertía de a poco en un costumbre molesta. Sentí a la perfección como se encontraba enojado. Pero esto era un trabajo de la orden, donde lo importante es proteger al niño que vivió. Añadiendo la connotación personal que implica proteger a Harry.
Me acerqué lentamente a Severus, sosteniéndole la mirada, plenamente consciente que los ojos los tenía turbios y que mis mejillas debía tener un tono rosa fuerte por la temperatura corporal que sobrepasaba los cuarenta grados. Me detuve tan cerca de él que levanté la cabeza para seguir mirándole. Él no se inmutó un ápice, permaneció firme y dentro de él bramó una flama de satisfacción. Sin quererlo, yo le daba lo que él deseaba: una confrontación.
- Le prometí a Lily proteger a Harry, Severus. No es una promesa a la que deseo fallar. ¡No. Lo. Haré! Severus frunció el ceño y abrió ligeramente los labios, el negro de sus pupilas palidecieron unos instantes y sus emociones cambiaron tan abruptamente que pensé que algo más había sucedido alrededor sin darme cuenta. Pero no era así.
- No eres la única que ha hecho promesas- susurró acercándose más, con un deje de rabia impregnando cada palabra.
Me retiré de su lado sin dejar de mirarle. Ambos hervíamos en furia.
- Sérène- llamó Dumbledore a nuestras espaldas, Snape y yo volvimos a la realidad- creo que puedo adivinar cuál es la solución que has encontrado. Y debo decir que estoy de acuerdo.
Severus se sintió excluido unos instantes hasta que abrió más los ojos como si acabara de iluminarse una cámara, antes oscura, dentro de su cabeza.
- No estarás pensado, Albus. Comenzó antes de hacer una pequeña pausa- en enseñarle Oclumancia.
- Esa es la idea- contestó de inmediato el director- Es indispensable que Harry aprenda a proteger su mente, de lo contrario Voldemort hará con ella estragos con consecuencias que solo podemos imaginar.
No podía sentirme en desacuerdo con ello. Harry necesitaba toda la protección posible.
- Yo lo haré- clamé al instante- Yo le enseñaré Oclumancia a Harry.
Snape soltó un resoplido y alzó ambas cejas. Le miré con desprecio ¿Cuál era su problema?
- Sérène, me temo que eso no será posible.
Callé unos instantes esperando algo más, pero el director se limitó a pasear alrededor de la estancia provocando un ruido regular en el aire con sus zapatillas.
- ¿A qué se refiere?, Dumbledore- exclamé molesta- soy capaz de incursionar a Harry en el arte de la Oclumancia, soy una experta en ello. Severus puede corroborarlo.- Concluí con sorna.
Severus movió su posición, se alejó de mí y se recostó en el escritorio del director cruzando los brazos, haciendo buen uso de su estoicismo. Por un momento advertí lo sensualidad que aquella imagen emanaba. Él, completamente recto con los brazos cruzados, ligeramente apoyado a la orilla del escritorio con el cabello cubriendo parcialmente su rostro, unos ojos negros tan profundos como el pozo donde deseas con ansias fervientes ahogarte.
No pienses en estupideces. Esta es una situación grave.
- Me temo, Srta. Boissieu que Harry no está enterado de que usted es miembro de la orden.- susurró Snape con semblante serio- y descubrir que una recién llegada tratará de penetrar en su mente no le causará ninguna gracia.
- ¡Ah!- exclamé- le conoce usted tan bien, profesor Snape.
- Severus tiene razón- intervino Dumbledore- si Harry se entera que una alumna pertenece a la orden nadie podrá quitar de su cabeza la idea de unirse, también. Eso es peligroso para él.
No podía refutar aquello. Y lo que menos deseaba era que Harry corriera peligro.
- Entonces, será usted quien asuma la responsabilidad de enseñarle a Harry.- dije. Severus asintió conforme.
Dumbledore detuvo su andar frente a un escaparate lleno de cachivaches ruidoso.
- Lamentablemente, no seré yo quien le enseñe a Harry lo que necesita saber. –dijo sin voltear- Esa será la tarea del profesor Snape.
Severus saltó de su posición y se acercó a Dumbledore con el rostro distorsionado. Nadie sabía mejor que yo que Severus Snape prefería morir a tener que dictar clases extras al alumno que más despreciaba. Por alguna razón aquello me produjo mucha gracia, tanta que tapé mis labios con las manos para esconder la curva de la sonrisa que se había formado en ellos.
- Me niego- exclamó Severus- no tendré a ese niño arrogante en clases de Oclumancia.
- Me temo, Severus. Que no tienes otra opción.
Dicho esto, Snape salió hecho una furia de la estancia dando un azote a la puerta. Yo me retiré segundos después conocedora de que la decisión estaba tomada. Me dirigí a la torre de Gryffindor pensando en la última escena que se había llevado a cabo en la oficina del director y no pude evitar reír.
Definitivamente, el karma era de temer.
El día de navidad llegó a Hogwarts en un abrir y cerrar de ojos. Entre las sesiones con Snape, las conversaciones con Dumbledore y los preparativos del castillo para la cena de navidad el tiempo transcurrió a una velocidad impresionante. Dumbledore, juró que Harry se permanecería a salvo en el cuartel general de la orden del fénix en el número 12 de Grimmauld Place, donde tendrían una maravillosa cena de navidad con la familia Weasley y otros miembros de la orden. Allí estará a salvo. Me sentí ligeramente relajada ante aquello, el cuartel general tiene un sinfín de complejos conjuros de protección y magos audaces, capaces de protegerle ante cualquier situación.
El director del colegio pretendía tener una tranquila cena navideña en el Gran Comedor con el resto de los alumnos que habían quedado en Hogwarts, disfrutar de la euforia de las festividades, compartir regalos entre compañeros, comer pavo e irse a dormir con la esperanza de que cada día fuera igual al día de navidad. Sin embargo, yo tenía otros planes. El día de navidad es especial para la cultura Sudamericana, celebrado junto a la familia y amigos más cercanos. Y yo debía hacer algunas visitas. Tras avisar al director de mi ausencia por un par de días y esquivar sus preguntas acerca de mi destino, que prefería mantener en secreto, partí desapareciendo de la sala de profesores y apareciendo en las afueras de Hogsmeade, portando una túnica blanca que se confundía fácilmente con la fría nieve alrededor. La nieve cubría los tejados de las casas del pueblo, una gruesa capa se extendía a lo largo y ancho de las calles. La piedra de las murallas y los carteles de los establecimientos portaban pequeñas cantidades de ella entre las ranuras. Suspiré profundo aspirando la libertad del pueblo. ¿Hace cuánto tiempo no me sentía libre?
Hace diecisiete años, Sérène. Pensé acongojada, me recosté de un árbol cercano repentinamente envuelta en tristeza. Una lágrima solitaria resbaló del lagrimal, bajando lentamente a través de mis mejillas pálidas. No es momento de tontería, Sérène. Tienes un largo viaje por delante. Sin más, volví a desaparecer produciendo un ligero ¡PLOP! en el proceso. Había dejado a Hogwarts atrás.
La escapada del día de navidad pasó de ser "un par de días fuera de las paredes amuralladas del castillo" a una estancia más extensa. No volví al colegio hasta enero, el día que comenzaron las clases y el día en que Harry estaría de vuelta al castillo. Tomarme unas vacaciones no era el propósito de mi estancia lejos de Hogwarts y por mucho que pesara pasé gran parte de aquella escapada realizando tareas laboriosas en el calor húmedo de la selva. Para cuando llegué al colegio me encontraba exhausta. Cansancio que se reflejó en el brillo de mi cabello que desapareció por completo, en las bolsas debajo de mis ojos y la tez almendrada que había adquirido por tanto tomar sol. Mi aspecto era más que deplorable.
Dumbledore procuró ser cauto en el asunto, atendió que mis asuntos personales debían permanecer siendo mis asuntos y de nadie más. Así que después de mirarme sorprendido por mi aspecto y darme la bienvenida con una sonrisa me dejó ir a la torre de Gryffindor a descansar. Esa noche tendría mucho por hacer. Era momento de otra sesión con Snape.
Durante el baño que tomé en el segundo piso, donde nunca se asomaba un alma que no fuera la de Myrtle la Llorona, procuré retrasar el momento todo el tiempo que pude, halando los minutos para convertirlos en horas y estás a su vez en media tarde y luego en la hora de la cena, hasta que no pude retrasarlo más. Estar lejos de Severus durante varias semanas había avivado en mí una molestia. El recuerdo de sus ojos permanecía perenne por las noches en las cuales me era imposible conciliar el sueño e incluso durante el día mi mente lograba cederle un espacio para que ocupara durante unos minutos, sin remedio alguno más que dejarlo estar dentro de mi cabeza. Volver a verle después de torturarme a mí misma durante semanas me causaba escalofríos.
A las nueve de la noche, cuando todos los alumnos del colegio reposaban del viaje en sus dormitorios o en las salas comunes de sus casas, me dirigí a la oficina de Dumbledore. Con cautela bajé despacio de la torre de Gryffindor y caminé arropada por la oscuridad hasta la gárgola. Comencé a sudar repentinamente. Sabía que tenía que afrontar este momento tarde o temprano así que sin pensarlo demasiado me acerqué a paso rápido hasta la gárgola y recité las palabras claves "Frizzing Whizzbee". La enorme escultura tallada giró dejando ver un tramo de escaleras de piedra. Me situé en el segundo escalón y no me moví un ápice mientras ascendía hasta la oficina del estimado director de Hogwarts. Al llegar, la puerta del despacho de Dumbledore estaba entreabierta. Toqué una vez y entré de inmediato, sin esperar respuesta, arrepintiéndome de haberlo hecho. Me encontraba en tal estado de nerviosismo que olvidé las buenas maneras.
En la estancia, cuya luz era apaciguada por la oscuridad que se resistía a ser consumida por el fuego de las velas, se encontraban dos personas: el estimado director Dumbledore y Severus Snape. No miré directamente a ninguno perdida en el pensamiento que vino a mí de repente. Por un instante, efímero pero tangible imaginé que este encuentro siempre en trío tenía tras de sí un propósito maquiavélico.
- Sérène, querida. Encantado de verte nuevamente- sonrió el director desde el lugar que había ocupado con anterioridad cuando encargó a Snape la tarea de enseñar Oclumancia a Harry, frente a la estantería con cachivaches ruidosos.
- Profesor Dumbledore- dije claramente- Severus. Ronroneé sin poderlo evitar. Snape se hizo el desentendido o al menos esa fue la impresión que denotó su rostro cetrino.
- Srta. Boissieu. Saludó con simpleza. No le miré directamente.
El ambiente era tenso. Severus estaba algo impaciente y por alguna razón hastiado.
- Bueno. Dije al cabo de un minuto de silencio en el cual todos se encontraban sumergidos en sus pensamientos.- Comencemos con la sesión. Ya es un poco tarde y estoy agotada por el viaje.
Ambos profesores notaron que aquello era una mera excusa, mis argumentos no tenían validez alguna. Sobre todo para el profesor Dumbledore, quien conocía mis escapadas nocturnas a la torre de astronomía. Dormir no era una actividad indispensable para mi cuerpo, unas horas de sueño lograban recuperar mis energías al máximo. De cualquier manera, ninguno hizo comentarios acerca de la gran mentira que acababa de proferir descaradamente.
- Muy bien, Srta. Boissieu. Dijo Snape con desdén- comencemos.
Snape ese acercó a paso cauteloso, con ritmo lento un pie delante de otro poco a poco. La calma de su andar era una tortura total. Entrecerré los ojos un poco ocultando la turbulencia que ellos presentaban, con el rubor de mis mejillas no podría hacer nada y en cuanto Severus Snape tomara mi mano entre sus fuertes dedos notaría que la temperatura de mi cuerpo se encontraba fuera de control.
Hacía tanto que no le tocaba. En ocasiones me sorprendía recordando la primera vez que estreché su mano en el aula abandonada del séptimo piso y me reprochaba internamente por permitir aquello. A este punto me alegraba de haber aprendido Oclumancia durante mi infancia en Sudamérica. La mente está constantemente en riesgo, Sérène. Decía el viejo mago que se ocupó de enseñarme, cada vez que cruzábamos caminos. Jamás podría estar más agradecida por ello.
