¿Qué significaba eso? ¿Acaso se habría ido, dejándola por fin en paz? ¿Todo había acabado? Sentía extraño en su fuero interno, como si algo no encajara. De repente sintió miedo y desesperanza, temblores en sus extremidades y su rostro, su estómago revolviéndose y su cabeza dándole vueltas. No lo creía, él ya no estaba ¿Qué se supone que debía hacer? Por el momento llorar, aferrarse al gatito como si fuera una peluda respuesta a su no correspondido alivio.

Después de tantas vueltas y forcejeo dentro de su conciencia, de agradecimientos, suplicas y reclamos a sus santos, Alanis se limpió el rostro y se dirigió al baño, necesitaba una ducha urgentemente, refrescarse físicamente con agua helada para intentar despejar su mente, respirar como se debe de la libertad.

Iba a ser imposible sacarse todo lo que pasó esos días con solo un baño, estaba pensando hablar con un psicólogo antes de hablarlo con alguien más, sabía que tendría pesadillas por las noches, ya estaba sintiendo la presión de media humanidad sobre ella para denunciar al sujeto cuando contara lo que le pasó, podía oír a su madre obligarle a regresar a Brasil, en cierto sentido empezaba a considerarlo. A pesar de todos los cuidados y medidas preventivas que tenía, no pudo evitar que todo aquello le pasara.

Estaba completamente quieta, sentada en el borde de su cama con su mirada perdida en el suelo, el silencio taladrando sus huesos, esa calma que anhelaba y que sospechaba nunca vendría, como aquellos sueños donde corres sin alcanzar nada y sin avanzar, los traumas que sufriría en el futuro y que ya empezaba a nombrar.

El gato que para entonces estaba dormido a sus pies despertó, maulló y caminó hacia la puerta de la habitación, desapareciendo en la oscuridad para luego reaparecer en brazos del peor de sus desgracias.

-¿me extrañaste?

La chica se quedó sin aire, con la boca abierta mirándolo fijamente, cual aparición fantasmal se tratase. De nuevo los fastidiosos temblores, punzadas en su corazón, lagrimas derramándose sin tregua por sus mejillas, sollozando entre intentos fallidos de respirar y gritar.

-n-no…t-tu n-no… p-por qué…-movía su cabeza tratando de desaparecer aquella ilusión mientras su mandíbula se movía similar a cuando no se soporta el frío. Sentía que el alma la había abandonado, la muy desgraciada se dio a la fuga dejándola sin ningún soporte que le sirviera para seguir viva –esto no es real –sus manos se aferraban a su cabello y tiraba de ellos, negaba y se lastimaba sin importarle quedarse calva. Cerró sus ojos hasta ver chispazos de colores en el interior de sus parpados, había despertado de una pesadilla y no quería volver a ella.

-aquí estoy –una caricia en su rostro la inmovilizó, abrió los ojos solo para ver entre lágrimas, el enorme cuerpo del sujeto de cuclillas frente a ella. Él no dejaba de tocarle la mejilla con su pulgar, ahora podía sentir la mirada de aquel, examinándola. Por un momento el cerebro de Alanis dejó de funcionar al sentir los labios del asesino en su frente, quedándose ahí el momento suficiente para quitarle el aliento a la chica y volver a los temblores cuando el tipo se separara de ella –yo si te extrañé- dijo antes de levantarse para irse rumbo al baño.

La chica se tumbó en su cama a gritar la decepción, con la cara hundida en sus sabanas y el sonido de la regadera, afirmándole que aquello no fue una alucinación producto de sus temores, ese ardor en su frente diciéndole que no era ningún espíritu el que se le había aparecido para asustarla de esa manera, que resultaba menos espeluznante que todo lo que estaba pasando. Si antes creía que iba a quedar traumatizada, ahora no sabía qué le iba a suceder a su mente de seguir en la misma situación. Estaba peor que el primer día con él.

Por un corto instante había sentido alivio a pesar de seguir con las cadenas del miedo, un vacío insignificante que trató de pasar por alto al saberse libre tan fácilmente y que resultó en un punzocortante engaño, una vil broma de su actual cruel vida. Ya se había planteado la idea de seguir adelante a pesar de todo, tal cual era antes. Ahora no le quedaba de otra que continuar con la rutina que aquel sujeto le estaba imponiendo, el de obedecer todo lo que le ordenara, darle de comer cada que tuviera hambre, limpiar su desorden, ser vigilada hasta en el baño y simular que no existe en el mismo espacio, asistir al colegio con su maldita bendición, engañar a sus amigos y tratar de que todo aquello no afectara sus calificaciones, que por supuesto, no podrían importarle menos. Si, que fácil sonaba, al fin y al cabo nunca se libró, lo que dolía era la mera ilusión y desconcierto que la ausencia del asesino le provocaba.

Alanis estaba tan ensimismada en sus desaires que no se dio cuenta del momento en el que todo a su alrededor volvió a silenciarse, por lo cual su estómago dio un vuelco como si fuese un sexto sentido. Antes de poder incorporarse y averiguar que pasaba, el sujeto ya tenía sus manos apoyadas en la cama, una a cada lado de las piernas acarameladas de la brasileña, cara a cara con ella.

-hola –susurró muy quedo aquel, soltando un aliento casi embriagador, inundando las fosas nasales de Alanis.

La chica no podía más que mirarle con terror a los ojos, hipnotizada, sin la capacidad de moverse un milímetro y quedándose sin aire. Pasaron unos largos segundos así, estáticos a excepción de la casi imperceptible sonrisa que en el rostro del asesino se formaba, de nuevo dando la impresión de ser otra persona la que estaba con ella.

La piel de la oji verde se erizó al contacto con el metal rozando su muslo, abriendo los ojos tan grandes como se le permitía, empujando con miedo al asesino de sus hombros. El tipo continuaba tocándole, estaba segura que disfrutaba hacerlo y ver los gestos que le producía, cual depravado. La mano plateada dejó el lugar y subió al rostro, la contemplaba mientras las lágrimas se formaban sin derramarse, él las limpiaba antes de que cayeran, ladeando la cabeza como si pensara que aquello fuera un llanto de felicidad. Le acarició el cabello con una serenidad que resultaba imposible de asimilar, el característico tic en su ojo hacia presencia en ella y el asesino sonrió al notarlo. Si, maldita sea la hora, sonrió.

-eres una cosa muy curiosa – los vellos de la chica se volvieron a levantar inevitablemente, la voz que salía del sujeto era profunda. Tuvo que cerrar los ojos y empuñar sus manos porque admitió inconsciente, que ese tono también era sensual- me gustan tus ojos…- el pulgar del castaño se posó un momento sobre el parpado que sufría normalmente el tic para luego acariciarle, dándole un ligero cosquilleo en las pestañas a Alanis.

-déjame…-como si de una mosca se tratase, quitó la mano ajena de su rostro, sin pensar en posibles consecuencias. Quería estar sola y ahora sentía que la estaba fastidiando a propósito, pero ese enojo no pasó a más que un par de lágrimas cuando volteara su rostro con un pequeño puchero en sus labios, tratando de contener su llanto- por un momento… por un momento creí que no volverías…

El hombre bufó divertido sin dejar de ver las expresiones de la chica atentamente – ¿cómo podría dejarte sola? A demás, no tengo a donde ir –su voz se oscureció con la última frase al punto de poder palparse una ligera tristeza, una verdad indiscutible que la chica no pudo dudar, la había dicho de la misma manera en la que una persona le cuenta sus problemas a un buen amigo, y pensar en eso le estremeció la boca del estómago.

-entonces ¿a dónde fuiste? –su curiosidad repentina no pudo hacer otra cosa que sorprenderla con aquella pregunta, y es que a pesar de no querer seguir ahí tan cerca de él, de verdad había sentido la necesidad de hacerla, aunque haya sido con su tono de voz tan roto como la garganta le dejara hablar a través del nudo.

Antes de responder, el asesino de nuevo frotó su mano metálica por el cabello de la brasileña, pasándole algunos mechones hacia atrás, despejándole el rostro, sonriéndole melancólicamente –hay alguien que prometió ayudarme…

Alanis le miró confundida, su duda fue creciendo y no sabía el por qué. Cada vez que ella le contaba cualquier cosa para sacar plática, éste se limitaba a ignorarla, resultaba que en esta ocasión él era quien estaba empezando a contar algo que a su parecer, era muy importante y personal y que no veía hasta donde se abriría a decirle.

- ¿ayudarte? ¿Con que? –sin evitarlo, en sus preguntas salieron a flote un tanto de preocupación ¿Un sujeto tan fuerte y perverso, qué clase de ayuda podría necesitar? Tal vez a encontrar un lugar mejor a donde ir y esconderse, esa era la única respuesta que se le formulara mientras el asesino se acercaba más a ella, tomándose su tiempo para responder.

-a buscar…-contestó en un susurro, solo audible por la cercanía tan apretada que él había hecho entre ellos y que no dejaba de formar. Jugueteaba con la mandíbula de la joven viendo alternativamente sus ojos y sus labios, seriamente y con los milímetros desapareciendo.

-¿a buscar? –hasta ahora ella se mantenía en su lugar, aquellos azules le tenían atrapada, tanto así, que hacía caso omiso a los latidos de advertencia que su corazón le daba, golpeteando contra su pecho, peleando por alejarse. Pero ella había cambiado lo que quería, que justo era lo contrario; estar ahí y escucharle -¿Qué estás buscando? –la chica también susurró, como si aquello fuera secreto, como si aquella pregunta estuviera bajo amenaza al igual que ella lo estaba. No percibió cuando el sujeto ya estaba casi encima, apoyando la mano de carne y su rodilla en la cama, acariciando con la de metal el cuello de la oji verde, respirando sobre sus labios, cada vez más cerca, inclinándose hacia delante y con Alanis resistiéndose a retroceder –dime…

-…a mi

El último aliento que ella diera fue borrado de sus labios al sentir los de él, tibios y húmedos que se movían lentamente al igual que el agarre en el cuello, ejerciendo presión para profundizar aquello. Alanis no se oponía, había algo que no le dejaba hacerlo, era como si al predecirlo se hubiese preparado para lo que pasara, sin tomarla por sorpresa.

El hecho de que el tipo se subiera por completo a la cama y los brazos de la chica se cansaran de ser el sostén de su cuerpo, la obligaron a inclinarse hacia atrás hasta recostarse, sin dejar de lado el contacto que llevaban y sin intenciones de hacerlo. Se estaba dejando llevar, olvidando todo. Había sentido una emoción extraña que le vinculaba a él, una mezcla de preocupación, curiosidad, empatía y tristeza, combinando la tensión que se lograba palpar minutos antes y de la que fue consiente justo ahora, esos ojos tan fríos que la congelaban y esos labios que la llamaban sin hablar. La estaba arrastrando a su locura.

Estuvo llorando por creerse libre, por pensar que no lo volvería a ver y que todo había acabado. El desasosiego la había invadido ahora, aquel llanto anterior había perdido razón de ser, transformándose, dudando de su origen. Tal vez no era felicidad lo que sentía al no verlo en su departamento, quizá las lágrimas se derramaron por no tenerle para decirle qué hacer, cómo proceder y actuar. Solo habían pasado cuatro días desde su llegada y la espera continua de una orden se convirtió en su primer pensamiento. Posiblemente aquello la estaba volviendo dependiente a él, pero pensándolo bien así fue desde el principio, pues su vida se vio subordinada con el mismo metal que ahora le tocaba.

El sujeto no se mostraba desesperado como siempre se le veía, de hecho todos sus movimientos eran lentos en las facciones de la chica, dibujando el contorno del cuello con los dedos plateados que comenzaban a sentirse tibios por la temperatura que tenían debajo. Sus labios se movían degustando los ajenos con brutal experiencia, intentando entrar por aquella cavidad tan tímida y caliente que soltaba suspiros esporádicamente.

Alanis luchaba en su interior, se gritaba que debía salir corriendo y huir, no continuar y alejarse, sin embargo ahí seguía sin reclamo alguno, como una tonta que se aferraba a los brazos de un asesino en el sentido más literal de la palabra.

Al separarse por falta de aire se miraron a los ojos, la chica no pudo sostener aquello por mucho tiempo antes de querer levantarse, cosa que no logró porque al intentarlo, el castaño volvió a besarla, hundiéndola de nuevo en la cama y en su batalla campal entre seguir o intentar escapar.

Los besos bajaron por la faringe hasta las clavículas de la brasileña, provocándole pequeños jadeos que pretendía ocultar con su mano en la boca pero que de nada le servían. Él estaba subiéndole la blusa con intenciones de sacársela, pero de nuevo ella se incorporó negándole con la cabeza a lo que el tipo respondió con otro beso, procediendo para quitarle la prenda con la dificultad que ella resistiera al principio.

Cada vez que la joven trataba de levantarse al no querer continuar, el castaño le besaba, calmándola así por más difícil que pareciera, y es que algo había en él en aquel momento que le hacían ceder sin pelea física evidente, un bálsamo que la convencía de seguir hasta que ambos acabaran desnudos.

La brasileña de nuevo se incorporó en la cama, esta vez porque el asesino la tomara de las manos y las llevara detrás de su cuello, acomodándose en medio de sus piernas para levantarla sobre él. Sabía lo que venía, estaba temblando con la frente apoyada en la barbilla del castaño, completamente agitada, con la mirada perdida en los fuertes pectorales y abdomen del tipo hasta que vio su miembro, revolviéndosele el estómago y asustándose sin tiempo de reaccionar pues él ya la había tomado de los glúteos para levantarla y bajarla muy despacio para penetrarla.

Ella comenzó a tensarse al sentir la cabeza del pene en su entrada, abrazándose lo más fuerte que podía al cuello de aquel, empezando a soltar jadeos y sollozos por lo bajo, derramando pequeñas lágrimas sin poder creer todo eso, cómo pudo acabar en esa situación, aferrándose a él y arrepintiéndose mientras bajaba por el falo del asesino, grande y duro como no creía que fuera posible.

Los gruñidos que el hombre soltaba se asemejaban a los de un animal, la chica estaba demasiado tensa alrededor de él casi causándole dolor, pero no se detuvo, le gustaba. Al estar completamente adentro se quedó inmóvil, con las uñas de Alanis enterrándose en su cabello y espalada, provocándole más placer, girando su rostro para comenzar a lamerle el cuello a la chica, sacándole gemidos desesperados sin notar los gestos que ella hacía, apretando el agarre en sus muslos para levantarla de nuevo y bajarla, saboreándola.

-agh aagh! –la brasileña se ceñía a él como sea, el sudor en la espalda del sujeto hacia que sus uñas resbalasen provocándole marcas rojas por lo ancho. El dolor se le estaba convirtiendo en placer, por más que su mente lo negara su cuerpo reaccionaba, estaba completamente mojada, lubricando su zona y haciendo fácil cada embestida que le propiciaba el hombre con cada vez más rapidez.

Ambos estaban hirviendo, la chica podía sentir como se quemaba la piel que tenía contacto con la ajena, como si él fuese lava y ella un glaciar, derritiéndose con el fuego en el que el asesino se había convertido, arrasando con sus fuerzas y dejándole solo demencia al estar llorando y al mismo tiempo estarlo disfrutando tanto y de esa manera. Su rostro se había teñido de rojo, no dejaba de lamentarse ni de gemir, era insana la forma en que se sentía al morder el hombro ajeno para tratar de aguantar las sensaciones. Los músculos del asesino eran firmes y en ningún momento creyó poder hacerle daño por mucha fuerza que pusiera en su mandíbula. En cambio, él no dejaba de moverse, de chuparle cuanta piel estuviera en su camino, y eso, la estaba matando.

El castaño era tan fuerte que la levantaba sin mucho esfuerzo, el peso de la chica también le ayudaba pues a comparación de todo lo que cargó a lo largo de sus misiones, un cuerpo como la de aquella resultaba como el de una almohada de plumas, una almohada muy ruidosa. Sus brazos se marcaban cada que la levantaba, era imposible no fijarse porque el mal nacido se cargaba aquel cuerpo de dios griego, era un pensamiento que no salía ahora de su mente, aunque ya le había visto en ropa interior nunca se imaginó con aquel en ese estado, con su anatomía resaltándose, incitándole a tocar bajo la carga de su ya adolorida conciencia.

Después de un rato en esa posición la recostó para besarle con lujuria en la boca y envestirle más fuerte, tragándose los gritos de la brasileña con la presión de sus labios sobre los de ella, apretando sus caderas con la mano de metal y acelerando el ritmo hasta donde su miembro pudiera entrar.

Entonces la piel de la chica se erizó, sus pezones se pusieron duros y el tipo no pasó esto por alto. Bajó su boca por el cuello, dejándole un camino de saliva por donde pasara su lengua, recorriendo hasta uno de sus pechos que lamió para luego posar sus labios sobre el botón y antes de proseguir, le miró con deseo a los ojos, intimidándola. Alanis tenía sus dedos entre las sabanas, enterrándolos en ellas mientras le negaba algo con la cabeza, aunque no supiera exactamente qué. A estas alturas la línea entre pedirle que pare o que no se detenga se había esfumado, estaba a nada de llegar al punto máximo y a pesar de saber que se iba a sentir peor después de acabar, lo único que le importaba ahora era no quedarse así, con aquella mirada amenazándole de alguna maldad.

-… no…no pares…-fue la petición que faltaba para acabar de confirmar que todo se había ido muy a la mierda-

Acto seguido el asesino sacó la lengua sin dejar de verle con esa sonrisa que le congeló los nervios, estremeciéndola. Podría jurar que había sentido espasmos dentro de ella con solo ese gesto que se acercaba lentamente a su pezón, lamiéndole hasta que llegara, haciendo círculos, introduciéndolo a su boca para succionar y morderle, provocando un sonido de dolor por parte de ella. Fue entonces cuando el asesino apresuró sus movimientos, de nuevo gruñendo del placer, dejando marcas con sus dientes por todo el pecho de la chica, sumiendo su piel tan fuerte con su boca, sus manos estrujando sus costillas y su miembro entrando y saliendo ferozmente.

Faltaba poco, ella se estaba retorciendo del placer, su cuerpo sucumbía a las sensaciones sin poderlas controlar, mordiendo la mano de carne del sujeto para ocultar su grito con todas sus fuerzas como si de una mordaza se tratara. Si había llegado al orgasmo no pudo distinguirlo, el asesino seguía moviéndose dentro de ella y le era imposible seguir consiente. Otra corriente eléctrica le invadió la columna, otra fuerte sacudida acompañada de espasmos le hicieron llorar de nuevo, agitándose sin dejar de gritar.

Por fin el asesino salió de ella solo para correrse entre los dos, sin importarle en lo absoluto si manchaba la cama, simplemente sonrió de lado, agitado, dejando caer medio cuerpo sobre ella que seguía sintiendo los efectos del clímax en su interior, empezando a sentir asco de sí misma.

Las lágrimas se derramaban a cada lado de sus ojos con más soltura, una vez pasado las contracciones en su vientre lo único que se escuchaba en la habitación era su llanto.

Se sentía de lo peor, no cabía en ninguna categoría de la lógica todo lo que acababa de hacer, nada de lo que había pasado pudo ser evitado y lo sabía, pero no luchar por ello y por el contrario disfrutarlo, eso le estaba calando su pesar. Rogar por acabar, abrazarse a él, mirar su cuerpo con deseo, gozar al morder sus músculos y no pedir auxilio ¿en que la convertían? Solo había una palabra en su mente, se estaba describiendo tan horriblemente a ella misma que en su vida volvería a verse de la misma manera.