Capítulo 9
Trace entró en la zona de la piscina con Loop, de Maaya Sakamoto, sonando en los invisi bles altavoces del lugar.
Con las luces subacuáticas encendidas, la pis cina estaba impresionante. En cambio, el ambiente exterior era más cálido y oscuro, apenas iluminado por unas cuantas velas y apliques. En lugar de a cloro, olía a flores. Se sentía como si estuviera en una isla, a salvo del mundo real.
Sakura todavía no había llegado. Lo había llamado por teléfono para pedirle que la esperara allí a las ocho en punto, y todavía faltaban unos minutos.
Tras la sesión en el gimnasio, Shaoran se había du chado y cambiado de ropa. Esta vez había elegido algo cómodo e informal, apropiado para el sitio.
Caminando lentamente, llegó al borde de la pis cina y miró el agua. Resultaba tan apetecible que lamentó no haberse llevado el bañador. Aunque por otra parte, estaba solo y podía hacer lo que quisiera.
Iba a quitarse la chaqueta cuando oyó un ruido y se giró.
Era Sakura.
Estaba increíble. Llevaba un largo vestido sin mangas y con un generoso escote que le quedaba como si fuera una segunda piel. Era de color rojo, y la tela brillaba levemente. Podía notar sus pezones endurecidos, la curva de sus caderas.
—¿Tienes hambre? —preguntó ella.
Él rió.
—Oh, sí...
—Me alegro.
Sakura pasó a su lado y dejó que contemplara la línea de su espalda y su contoneo.
Lo llevó hacia una de las mesas blancas. Mien tras se aproximaban, Shaoran vio una cubeta de champán, varias fuentes de plata y más velas.
—Es un obsequio del Amuse Bouche —explicó ella.
Se sentaron frente a frente. Él sirvió el champán y ella se encargó de la comida. La cena consistía en langosta, arroz al azafrán y champiñones.
—Tiene un aspecto maravilloso...
Estuvieron comiendo, sin hacer nada más, du rante unos minutos. Shaoran no recordaba haberse sentido tan relajado en mucho tiempo. Era una circunstancia interesante, teniendo en cuenta que la cercanía de Sakura lo mantenía en excita ción permanente.
—¿A qué viene esa sonrisa? —preguntó ella.
—A todo esto. Es genial. ¿Todos los clientes reci ben el mismo servicio, o es un trato especial de la casa?
—Todos los clientes reciben el mismo servicio. Y cualquiera puede reservar mesa aquí, de noche.
—Vaya...
—Pero hay algo que deberías saber.
—¿Qué?
—Se prohíbe hablar de trabajo en la piscina.
—¿Y entonces? ¿Qué podemos hacer?
—Bueno, ¿hasta qué punto crees que nos cono cemos? Llevamos años de encuentros y desen cuentros, pero sólo te he visto en un contexto. Casi todo en ti es un misterio.
—¿En mí? No creas.
—Sí, en ti. Por ejemplo, la música... ¿te gusta?
—Por supuesto. Me encantan The Fourth Avenue Café.
—¿Qué más?
Shaoran pensó que sus ojos eran fascinantes. Tan verdes y brillantes a la luz de las velas.
—No me gusta la música country, ni el rap, ni generalmente las bandas sonoras.
—¿Y qué otras cosas te gustan?
—El rock clásico. Mayer, Linkin Park, Usher, X...
Ella arqueó una ceja, sorprendida.
—¿Qué ocurre?
—Nada, que no pensaba que te gustara nada moderno.
—Pero si apenas soy mayor que tú...
—Lo sé, pero te comportas como...
Sakura no terminó la frase.
—¿Cómo?
—Como si fueras más viejo —respondió a rega ñadientes.
—¿Estás diciendo que soy aburrido?
—No. No exactamente.
—Esto se está poniendo más interesante.
—Lo siento, Shaoran, pero siempre estás total mente centrado en los negocios. Tu fuerza te re dime en cierta forma, pero la mayor parte del tiempo te comportas como uno de los amigos sep tuagenarios de mi padre.
Shaoran se ruborizó. Sin embargo, después de echar un trago de champán y de refrescar un poco las ideas, pensó que ella tenía razón.
—Bueno, es mi trabajo.
—Lo sé, lo sé. Pero dejemos el trabajo aparte. Háblame del verdadero Shaoran.
Él contempló sus largos y bellos dedos y deseó terminar la cena para empezar con el postre. Pero supuso que hablar y conocerse mejor era una buena idea. Si no lo consideraba un enemigo, ten dría más posibilidades de convencerla.
—¿Y bien?
—No hay mucho que contar. El trabajo se lleva casi todo mi tiempo.
—Pero tendrás días libres. Vacaciones.
—No muy a menudo.
—Shaoran...
—Está bien, si te empeñas... Juego al tenis y al golf. Y me gusta ir al Parque Pingûino.
—¿Adonde?
—No sé, a cualquier parte. A veces paseo por Kokyo Higashi Gyoen .
—¿Y al zoológico?
—No, hay demasiada gente para mí. Pero me gusta patinar.
Ella dejó caer el tenedor en el plato...
—¿Patinar?
—Sí. ¿Por qué te sorprende tanto?
Sakura rió.
—Soy incapaz de imaginarte en tu traje de Armani y con unos patines.
—Cuando salgo a patinar, me pongo vaqueros.
—No puedo creerlo...
—Pues créelo.
—Nunca te he visto en vaqueros. Es verdad que de vez en cuando te pones ropa informal, pero ja más unos simples vaqueros y una camiseta.
—Por Dios, realmente me tomas por un viejo...
Ella sonrió.
—Discúlpame. La gente siempre saca conclusio nes apresuradas. Sólo ven lo superficial o lo que quieren. Y cuando te han echado fama...
—Juraría que ésta es la primera vez que habla mos de algo que no sean negocios.
Ella asintió y miró la luz de las velas antes de sonreír de nuevo.
—¿Tienes vaqueros en tu maleta?
Él negó con la cabeza.
—No. Estoy aquí por motivos de trabajo.
—Pero al menos los tienes...
—Sí, en casa.
—¿Los limpias en la tintorería?
—¿Por qué lo preguntas?
—No, por nada. Sólo...
—¿Qué?
—Que creo que estarías muy atractivo con va queros desgastados y unos cuantos desgarrones.
—En ese caso, desgarraré los primeros vaqueros que vea en cuanto vuelva a casa —afirmó, son riente—. ¿Y tú? ¿Quieres decir que usas vaqueros desgastados y rotos?
—Por supuesto que sí.
—Pero supongo que los comprarás así, de di seño...
—En absoluto. Son simples vaqueros viejos.
—Pues nunca te he visto con unos.
—No. Eso forma parte de mi vida privada.
Shaoran rió.
—¿Qué vida privada? Eres la mujer más fotogra fiada del universo...
—Oh, no, sólo soy la cuarta mujer más fotogra fiada, pero eso no viene al caso —puntualizó—. Tengo secretos como todo el mundo, Shaoran. Lo que los demás ven no coincide necesariamente con lo que soy.
—¿Y por qué no quieres que la gente sepa que eres inteligente?
Ella sonrió de un modo encantador.
—Un comentario muy astuto, Li. Mucho.
—Deja los cumplidos y contesta la pregunta.
Ella tomó un poco de champán. Lo había sor prendido que comiera bien. Normalmente comía poco y bebía litros de agua. Casi todas las mujeres que conocía hacían lo mismo. Se preguntó si alguna vez rompería sus estrictas normas para atiborrarse de pasteles.
—A mí no me importa lo que piensen los de más. Doy al público y a la prensa lo que quieren, pero nada más. No tengo interés alguno por com partirme con el mundo.
—Pero tu imagen es pública...
—Eso no es cierto en absoluto.
—He visto tus fotografías, Sakura. Nadie te obliga a posar ante las cámaras.
Ella apretó los labios.
—Creo que voy a decretar una nueva norma para esta noche. Las conversaciones sobre la prensa tam bién quedan prohibidas.
Shaoran asintió.
—Lo siento, tienes razón. Es que quiero saber quién eres en realidad.
—Pues pregunta.
—¿Te gusta leer?
—Sí.
—¿Hay algún libro que te guste especialmente?
—Muchos. Por ejemplo, Viaje al Oeste.
—¿Bromeas?
—En absoluto. ¿Y qué hay de ti?
—Me gustó mucho Shogun.
—Claro. Manipulación, intriga... no me sorprende.
—Al menos no es El arte de la guerra.
—Ciertamente no.
—¿Y las películas? —preguntó él.
—Me gusta de todo, desde Matar a un ruise ñor a En busca del arca perdida.
Shaoran rió.
—¿De qué te ríes?
—A que no es lo que había imaginado.
—Magnífico...
—Sí, magnífico...
—Bueno, ¿estás preparado para la siguiente parte de nuestra aventura?
Shaoran sonrió.
—Claro.
—En ese caso, vamonos.
Sakura se levantó, se dirigió al enorme jacuzzi y pulsó varios botones. El artefacto se puso en fun cionamiento sin ruido alguno, y la música cambió a un tema suave de jazz.
Luego, se apartó un poco del agua y se giró para sonreír a Shaoran. Un segundo después, se quitó el vestido muy despacio.
Shaoran se quedó sin aliento. Se había quedado desnuda, totalmente desnuda. El postre iba a ser más interesante de lo que había imaginado.
Sakura lo observó mientras se quitaba la ropa. Pri mero se liberó de la chaqueta; después, de la ca misa azul. Su pecho era tan fuerte y masculino que se estremeció y deseó acariciarlo.
Acto seguido, Shaoran se desabrochó el cinturón de los pantalones. Le pareció un gesto enorme mente sensual; tan sencillo en apariencia y tan in tenso, aunque sólo fuera por lo que anunciaba. Y luego, oyó el sonido de la cremallera al bajar.
Concluida la operación, se quitó los zapatos. Sus pantalones negros no tardaron en seguir el mismo camino. Pero los dejó caer, y durante un momento se le quedaron enganchados en los pies.
Sakura rió sin poder evitarlo.
—Éste no es el mejor momento para reírse de un hombre...
—Sólo estaba pensando que con ese palo se monta una buena tienda de campaña —comentó con malicia.
Él bajó la mirada y se sorprendió.
—Oh, Dios mío. No puedo creerlo. No deja de crecer...
Tal vez no fuera el mejor momento para reír, pero a Sakura le encantaba el espectáculo. Risa, una conversación interesante, música, él cálido y suave ambiente. El mundo era suyo, al menos por el mo mento. Todos los problemas del día se habían que dado en el ascensor. Aquélla era una noche para la diversión, para la pasión, para los descubrimientos. Shaoran sólo llegaría a comprender el proyecto de Star Sky si ponía toda la carne en el asador.
Shaoran se quito entonces los calcetines e hizo ademán de librarse de los calzoncillos, pero ella lo detuvo con un gesto y se le adelantó.
—¿Es para mí? —preguntó, contemplando su dura erección.
Ella se puso de rodillas ante él.
—Sakura...
Sakura rió y contempló la belleza que tenía ante sí. Olía a flores y a sexo. Pasó una mano por la parte inferior del pene y lo masturbó suavemente; era muy suave. Luego, se inclinó hacia delante y empezó a lamerlo despacio, mientras cerraba los ojos. Quería aprender su cuerpo, disfrutar de su aroma fuerte y especiado, darle placer.
Cuando Shaoran se estremeció, ella fue más lejos y se lo puso tan dentro de la boca como pudo. Él llevó las manos a su cabello y la acarició con suavi dad. Ella seguía moviéndose, aumentando la inten sidad de la dulce tortura.
Al cabo de un rato, decidió detenerse. Sabía que si insistía en ello, Shaoran alcanzaría el orgasmo. Pero todavía no era el momento adecuado, así que le de dicó un último lametón y se sentó en el suelo. Él la miró con decepción.
—No te preocupes, Shaoran. Esto sólo es el princi pio.
—Pues no creo que sobreviva al final...
—Lo harás. Sígueme.
Sakura introdujo los pies en el burbujeante jacuzzi. Bajó los escalones y enseguida se encontró con el agua a la cintura. Después, avanzó un poco más y dejó que las cálidas burbujas acariciaran los sitios adecuados.
—¿Vas a terminar de una vez con esta tortura?
Ella sonrió.
—Sí...
—Eres terrible, Sakura Kinomoto.
—Desde luego que sí.
—¿Y te enorgulleces de ello?
—¿Por qué no? Es divertido. No todos los días tengo ocasión de contemplar directamente la reac ción a uno de mis malévolos planes.
—¿Y en qué consiste exactamente tu malévolo plan?
Sakura se acercó y lo besó. No fue un beso suave, sino profundo y apasionado. Y por si hubiera sido poco, volvió a acariciarlo entre las piernas y a la merlo otra vez. Era tan excitante que ella misma es tuvo a punto de alcanzar el orgasmo.
—Voy a conseguir que te olvides de todo — afirmó.
Shaoran quiso besarla, pero Sakura estaba decidida a aumentar la tensión y alcanzó una segunda bote lla de champán. Había copas junto al jacuzzi, pero no se molestó en usarlas y bebió de la botella.
—Eres...
—¿Una bruja?
—No iba a decir eso.
—Pero lo has pensado.
—Sí.
Ella sonrió y le pasó el champán.
—Tranquilízate, hombretón. Tenemos muchas horas por delante.
Shaoran echó un largo trago y devolvió la botella a la cubeta. Después, la miró con malicia.
—Por si no lo sabías, a este juego podemos ju gar los dos.
—No me digas.
Él asintió y le llevó una mano a un muslo.
—Ten cuidado —dijo él con voz ronca y baja—. Ten mucho cuidado.
