Digimon TRI

Hikari / Takeru

Advertencia: basada en Digimon Tri, pero no fiel a ésta.


Capítulo IX

Hikari observaba a Takeru desde la distancia, y la verdad detrás de esa necesidad imperiosa de mirarlo con insistencia, era que lo extrañaba. La separación había sido definitiva porque desde ese día que habían acordado no continuar siendo novios, no habían vuelto a conversar, ni mucho menos habían quedado a solas de nuevo. Se veían en las reuniones del grupo, sí, pero tan distantes como se podía y sin cruzar palabras. Tampoco hubo nunca contacto visual, porque por mucho que lo miró su mirada nunca se encontró con la suya; no se había percatado de lo mucho que se comunicaban a través de los ojos antes de perder el privilegio de poder hacerlo.

No había querido terminar con él en primer lugar, lo había hecho con la intención de que reaccionara y que no la dejara ir, que saliera de su ensimismamiento, pero las cosas no resultaron como las había planeado y tenía que conformarse con revisar la entrada del blog que él solía escribir para saber cómo estaba, pero ni siquiera eso actualizaba, y antes de lo que podía calificar como el menos deseable de los sucesos, no pasaba un día sin una nueva entrada, y desde la última había sido ya habían pasado más de dos semanas…

Takeru estaba realmente afectado, y todo lo demás, aparte de su propia tristeza, era como si no existiera, ni siquiera ella, y eso le dolía, porque era como si no pudiera ver que él no era el único al que le estaba costando aceptar los hechos.

Todos estaban consternados con lo de que sus Digimon perdieran sus recuerdos, no obstante ella no tanto como los demás, y es que no podía evitarlo. Ninguno de ellos había tenía una vida tan dura como la de Tailmon, y su afecto por ella no disminuía por no compartir los mismos recuerdos; a diferencia de los otros Digimon, había tenido un tipo de vida diferente, y cargaba con mucha culpa y arrepentimientos que se transformaron en un dolor constante que sobrellevaba de la mejor manera posible, pero que existía. Sabía que eso la había hecho distinta al resto.

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Hikari pensó antes de aceptar sus sentimientos que si no eran novios, en algún momento si es que las cosas no funcionaban, podrían volver a ser amigos, pero ese título ya no era suficiente para ella: haber aceptado que lo quería de manera romántica había sido difícil, pero lo había hecho cuando había estado completamente segura de lo que sentía por él no era solo amistad, cariño y aprecio. Ella nunca hubiese arriesgado lo que compartían sin antes tener la certeza acerca de cómo se sentía hacia él, por lo que trataba constantemente de ponerse en su lugar, pero no llegaba a comprender que se transformara de pronto en alguien que sólo se parecía físicamente a alguien a quien solía conocer.

Hikari entendía que aquello había sido cómo perder a Patamon de nuevo. Conocía bien esa historia de la primera evolución de Angemon, era un tema que todos sabían pero que nadie verbalizaba porque había sido traumático no sólo para Takeru, y las consecuencias y los sentimientos surgidos después de aquella experiencia, habían quedado grabado a fuego en el desarrollo de su carácter y personalidad. Después de aquello no había vuelto a ser el mismo, según su propio hermano y el testimonio de todos los demás cuando conversaron acerca de la situación de Takeru, porque para nadie pasó desapercibida su actitud y cuando reconoció delante de los demás que desde hacía un tiempo que su relación había acabado es que sintió más real la situación.

Hubiese deseado no haberlo puesto a prueba, porque de haber sabido que terminaría aislándose todavía más, hubiese podido hacer algo al respecto en su posición de novia, pero como amiga estaba limitada.

Nadie preguntó razones, simplemente asintieron, sin embargo cuando se despidieron, Yamato pidió hablar con ella a solas.

—Sospechaba que ustedes no estaban juntos —habló finalmente.

—Sí… —afirmó —. Ocurrió de ese modo.

Takeru no está bien –aseguró -. Mamá me ha dicho que difícilmente come y casi no sale de su habitación.

En un comienzo Takeru iba a las reuniones, pero había dejado de ir, primero dando excusas y luego simplemente dejó de atender llamadas y correos. Prácticamente estaba inubicable. Todo distanciamiento fue paulatino pero definitivo.

—No creo que alguien más pueda ayudarlo —dijo ella —. Tú eres su persona favorita…

Hikari sonrió al recordar lo que Takeru solía decir de su hermano. Para alguien que no entendiera qué tan fuerte podía ser el lazo entre hermanos, las declaraciones de su ex novio podían ser cuestionables y mal interpretadas, pero no para ella, que entendía su humor y compartía la admiración por un hermano mayor. Además de que con ello lograba incomodarlo y burlarse. Algo que Takeru sabía hacer muy bien.

—Hikari —la llamó Yamato con seriedad —. Esto me quedó grande… ya no sé qué más hacer.

El hermano mayor que siempre sabía cómo encausar o predecir la conducta del menor estaba reconociendo que no podía manejar la situación.

—Mamá está preocupada. Papá y Takeru no son realmente cercanos… y yo ya no sé cómo traerlo de regreso —se lamentó.

Yamato miró melancólicamente sus puños, y ella automáticamente entendió que había recurrido incluso a los golpes, y ellos jamás habían sido ese tipo de hermanos.

Era peor de lo que había sopesado.

—Yo sé que no están juntos… pero, ¿podrías por favor intentar hablar con él? —solicitó —. Sólo un intento.

La sola idea de sentirse ignorada y rechazada por él le atemorizaba, pero comprendió también la desesperación de Yamato al pedírselo a ella.

—Por favor —insistió.

Debía intentarlo, por él, por ella misma, por ellos. Sentía que se lo debía y también en lo más profundo, era algo que deseaba.

—Iré —aseguró con determinación.

Hikari solicitó que no hubiese nadie en la casa en el momento en que ella fuera, porque no quería que nadie fuera testigo en caso de que las cosas salieran mal, y él estuvo de acuerdo en que eso podía ser lo mejor. Su madre, como siempre, aunque trataba de estar más en casa dada la situación de Takeru, no siempre lo conseguía, por lo que le había facilitado a él un juego de llaves para que fuera a verlo según le explicó Yamato, era libre de ir cuando lo estimase.

El día fue acordado y antes de darse cuenta, éste había llegado.

Cada paso que daba hacia el lugar donde sabía que lo encontraría la colocaba nerviosa. El departamento lucía como siempre, pero ella percibió algo distinto. La energía de ese lugar no era la habitual. Caminó con lentitud hacia la habitación de Takeru, que no respondió cuando llamó a su puerta, y armándose de valor, la abrió, llegando a su nariz un olor que sólo había sentido una vez que con su hermano visitaron la casa abandona de campo de un pariente. Su instinto fue llevarse la mano a la nariz con inmediatez, pero tras un segundo pensamiento imaginó que eso podía resultar ofensivo. Él estaba sentado en el computador de escritorio, con audífonos y jugando un juego que no conocía.

Batalló consigo misma la decisión sobre abandonar o continuar, pero eligió seguir, aunque se arrepintió cuando Takeru finalmente se dio cuenta de su intrusión. No la trató mal, no le dijo demasiado, pero la indiferencia fue tácita.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

Era lo mínimo que podía preguntar, pero ¿había sido necesario que la mirara como si ella fuera cualquier otra persona?

Se quitó los audífonos y pausó el juego, sin volver a mirarla parecía estar esperando su respuesta.

—Yo… eh, ¡hola!, ¿cómo estás? —habló con torpeza y lentitud.

La respuesta fue un encogimiento de hombros, y aunque no volvió a colocarse los audífonos, regresó a jugar.

Él la iba a ignorar.

Observó la habitación y la cama que siempre vio sin una sola arruga, en esa ocasión tenía las sabanas en el suelo, junto con el mismo cobertor que un día él le había pedido que lo ayudara a escoger. Las botellas plásticas repartidas por donde se miraba le dio el mensaje de que realmente no tenía interés en lo que lo rodeaba. Continuó reparando en los detalles y notó que la televisión estaba prendida no obstante, sin volumen, para terminar viendo ropa por todo el suelo, incluyendo la interior y aquello hizo que se avergonzara. No era que no estuviera acostumbrada a la ropa interior masculina, pero la de él tenía un efecto distinto.

Al parecer Takeru se percató de en donde había fijado su vista, porque pateó el bóxer hacia otro lugar, haciendo que volviera a encontrarse con su fría mirada.

—¿Mi hermano te pidió que vinieras? —consultó.

¿Debía decir la verdad? No encontró que hubiese motivos para mentir. Al parecer lo había hecho sentir incómodo.

—Sí, él me lo pidió —admitió —. Pero no vine por eso…

Giró la silla nuevamente, pero continuó sin volver al juego.

—Todos te extrañan —habló finalmente —. Las cosas sin ti no son las mismas.

Sintió que sus palabras no estaban llegando a él, pero tampoco era como que hubiese practicado que decirle; su esfuerzo era estar ahí.

—Ya nada es lo mismo —contestó.

La respuesta era certera. Era lo cierto, ya nada era lo mismo.

Las cosas, las personas, las circunstancias y las situaciones cambian –corroboró ella -. No siempre son lo que esperamos que sean, pero eso no significa que no intentemos sacar lo mejor de aquello.

—¿De verdad crees eso? —quiso saber él —. ¿O tratas de convencerte? ¿Y de paso convencerme a mí?

—No creo que las cosas deban continuar siendo como son todo el tiempo —explicó —. Se fosilizan y se inutilizan. Hay veces en que lo único que queda es avanzar…

—Pero ellos no son cosas… —respondió desanimado y algo molesto.

—No, por supuesto que no —rectificó —. Pero siguen siendo ellos en esencia.

—¿Y qué hay de todo lo que compartimos? ¿Qué hay de todos esos momentos que él no puede recordar? —inquirió.

—El que él no los recuerde no los hace menos reales —respondió —. Son tuyos y te pertenecen. Atesóralos.

Observó como él abrió la boca, pero como también finalmente la cerró sin decir nada.

—Es que siempre es lo mismo —soltó luego de un rato.

—¿Qué cosa? —indagó ella con interés.

—Siempre los lazos que forjo se rompen —explicó —. Y nunca está en mis manos el poder hacer algo para revertirlo o evitarlo.

Parecía realmente frustrado. Quizás simplemente había acumulado fracasos y nunca había expuesto como se había sentido al respecto. No podía decir que no lo entendía, porque ella también actuaba de esa manera. Era difícil decir esa clase de cosas.

—Me siento incomodo en la casa de mi hermano… Mi padre no sabe cómo tratarme, y yo tampoco sé bien qué decirle —expuso —. ¿Qué haré si me pasa lo mismo con Patamon?

Entendía que podía ser difícil, pero era realmente complicado para ella realmente ponerse en su lugar. Imaginar haber sido separada de su hermano era algo horrible; sentirse una persona ajena a su padre debía ser poco confortable además...

—Mi relación con papá tras la separación, mi hermano, Patamon, los amigos a los que tuve que dejar todas las oportunidades que me he tenido que mudar —relató.

Nunca había pensado en eso, dado que ella tras mudarse de Hikarigaoka no volvió a experimentar otro cambio, y de hecho no lo recordaba porque era muy pequeña, por lo que no le había afectado. También el tener que abandonar todo lo que conocía para llegar a un lugar distinto debía ser algo difícil de lidiar… No se había fijado en esas circunstancias de él.

Takeru estaba resultando más comunicativo de lo que había estimado que sería, por lo mismo no estaba preparada para responder con rapidez a aquello que él manifestaba. Miró sus manos que se habían convertido en puños y luego apoyó su cabeza en los brazos que estaban sobre el escritorio.

—Takeru… —lo llamó.

Él no respondió, y se aproximó hacia donde estaba. Acarició su cabello, que no se sintió tan suave como solía ser. Él siempre había sido un chico ordenado y limpio por lo que cada vez saltaba más al a vista que no era el Takeru de siempre. Él se volteó hacia ella y después de lo que se había sentido como eones se sostuvieron la mirada por un tiempo que transgredía la prudencia. Él era absurdamente atractivo y pensó en lo afortunada que había sido de haberlo conocido a una edad en la que esa clase de cosas no inhibían, porque él siempre había sido alguien que llamaba la atención.

—¿Por qué estás aquí? —quiso saber él.

—Ya me preguntaste eso —respondió.

—No me convencieron tus razones —refutó.

—Porque quería verte —admitió.

—Si hubiese sabido que venías habría tomado un baño y ordenado mi habitación —dijo él.

Hikari sonrió. Él no le regresó la sonrisa, al parecer su presencia lo había incomodado.

—Si quieres puedo ayudarte con lo primero —ofreció.

Ella no hacía esa clase de bromas. Ella no era una mujer coqueta, pero se sentía algo extraña ese día.

—¿Esperarías a que tome un baño? —pidió él desde la misma posición.

Retiró su mano de donde hacía un rato se había posado.

—Sí —afirmó.

Él se levantó, y fue entonces que notó que quizás él se había hecho más alto o el que hubiese adelgazado hacía ese efecto visual.

Antes de atravesar la puerta, Takeru se detuvo un instante, y le regaló una sonrisa que no veía hacía mucho tiempo.

—No sabes cuánto me hubiese gustado haberte escuchado bromear así antes —espetó.

Ella escuchó sus pasos hasta que oyó una puerta abrirse y cerrarse.

Lo cierto es que aunque no esperó que él hiciera una alusión en pasado acerca de su relación. Todavía a ella le costaba asumirlo, aun siendo quien había puesto el punto final.

Siguió el impulso de caminar hacia el baño y a medida que se acerca fue capaz de escuchar el agua corriendo. Se apoyó en la pared, sin poder quitar de su cabeza que él se estaba duchando desnudo a pocos metros. Su pulso acelerado se parecía a como se ponía cuando él la invitaba a ver alguna película. Estaba comenzando a aceptar que se sentía inexplicablemente excitada, aunque él no había hecho ninguna clase de insinuación para justificar su estado.

Definitivamente ella no estaba actuando igual que siempre, y él tampoco.

Escuchó la puerta abrirse y Takeru, quien por algún motivo no estaba en la ducha aun cuando ésta seguía corriendo, estuvo de pie a su lado. No hubo advertencia y ella aunque en primera instancia corrió la mirada, volvió a fijarla en él, quien estaba tan sorprendido como ella, aunque después de unos segundos se cubrió lo que pudo.

—No quedaba shampoo… —explicó.

Hikari dejó de mirarlo, y el aprovechó eso para volver a entrar al baño. El agua seguía corriendo uniformemente. Él no había tocado el agua todavía.

—¿Podrías traérmelo? —preguntó.

Ella se sobresaltó al oírlo tan cerca.

—Sí… —respondió —. Yo… yo lo traigo…

Takeru le indicó dónde podía encontrarlo, pero aunque podía escucharlo, no era capaz de decodificar su mensaje, por lo que se valió del sentido común para dar con él, consiguiéndolo con rapidez.

Se acercó a paso lento hacia la puerta que la separaba de su ex novio medio desnudo —que acababa de ver— y golpeó para indicarle que ya había regresado con lo que le había pedido. Él estiró la mano para sostener el envase sellado.

—Gracias —dijo.

—No es nada —respondió.

—Espérame —pidió.

Escuchó lo que adivinaba eran sus pasos hacia la ducha, y ella se alejó, sentándose en el sillón más próximo.

¿Por qué seguía ahí? Debería irse, todo era muy extraño, para empezar, Takeru estaba siendo sospechosamente comunicativo. Había invadido su espacio personal y además, lo había visto desnudo. Hecho en el cual no paraba de pensar, aunque trataba de pensar en otra cosa con desesperación.

Quería irse, pero también quería quedarse. No se dio cuenta de en qué momento él había salido del baño o de cuánto rato había pasado, porque sólo se percató cuando él colocó una lata helada en su mejilla. El contraste de la fría bebida al de sus mejillas acaloradas fue evidente y se llevó inmediatamente una mano al lugar afectado.

—¡Takeru! —lo llamó.

El chico sonrió, y por primera vez reconoció al hombre que por años había sido su amigo, del que se había enamorado años después. Él dejó la lata con la que la había sorprendido a un lado, y la sonrisa que apareció fue reemplazada por un rostro serio, y la mano que ella había colocado en su mejilla, la reemplazó él. Buscó sus ojos y ella con nerviosismo aceptó el reto y dio una buena contienda hasta que él interrumpió él mismo el contacto que había iniciado, besándola.

Se mentiría a si misma si no admitiera que ese había sido la razón por la que no se había ido. Había querido eso todo ese tiempo.

Abrió la boca con la intención de profundizarlo. Se había prometido a si misma ser más honesta con lo que sentía si alguna vez podía volver a estar como estaban, por lo que colocó todo de su parte para cumplir con aquello. Antes, todo lo experimentado con Takeru le había gustado, pero se había convencido de que no había necesidad de demostrárselo, por concepciones mal entendidas, por guardar las apariencias que en realidad poco le importaban en ese momento. Se había reprochado por no permitirse a sí misma disfrutarlo, y decidió jamás volver a arrepentirse por algo así.

Takeru la abrazó, y sus pechos ya sensibles con los pensamientos que por más que había intentado ahuyentar no había conseguido apartar de su mente, hicieron muestra de su existencia, que aunque humildes en tamaño se hacían notar.

Los pasos torpes que los llevaron hacia el sofá y la posterior caída la dejó sobre él, quien miró sin disimulo los pezones erectos ante la estimulación previamente recibida. Ella se cubrió acercándose más a él, evitando que pudiera ver y escuchó un profundo suspiro de parte de él y ella tocó su cabello, que aunque suave, estaba húmedo.

—Tu pelo está mojado —advirtió.

—Lo sé —confirmó él.

—Te puedes enfermar —espetó.

Aunque había dicho que no volvería a arrepentirse de no disfrutar, a decir verdad se sentía algo nerviosa por la situación. Y acalorada.

—¿Dónde está el secador? —interrogó.

—En el baño —respondió.

Ella se levantó y camino al baño se acomodó la ropa. Podía sentir su rostro arder, y para variar se había acobardado.

Regresó a donde estaba Takeru con el secador y con la vista buscó un enchufe, dando con uno cerca de donde estaba él.

—Te lo secaré —ofreció.

Él sonrió y consintió el ofrecimiento.

Su pelo había recuperado la suavidad y poco a poco dejaba atrás la humedad. Sus manos se encontraban entretenidas recorriendo el cabello del chico, quien parecía realmente relajado con ello.

Observó que ya estaba seco, por lo que continuar con el secador estaba absolutamente demás. Lo apagó, pero continuó con el improvisado masaje.

—No necesitas cepillarte el pelo —recalcó ella —. Es increíble que tu pelo sea tan dócil y que vuelva a su peinado de manera natural.

Él no respondió por lo que sopesó la opción de que pudiera estar dormido, pero al colocarse frente a él, pudo notar que realmente no lo estaba. Ya lo había visto, no era la primera vez que presenciaba algo así. Takeru estaba excitado.

—Agradezco tu preocupación —dijo él —. Sin embargo, creo que se te hará tarde.

No eran más de las seis de la tarde.

—Oye… —inició el dialogo nuevamente —. ¿Quieres ver alguna cosa?

El chico la miró extrañado. Usualmente él le decía eso cuando quería compartir un rato exclusivamente a solas con ella.

—No te creo que no te hayas dado cuenta —dejó ver él —. Pero una ducha y un masaje sobrecarga de emoción masculina a quien sea.

Miró con descaro el lugar aquel que se alzaba luchando contra la gravedad.

Takeru le recordó sobre la lata que le había ofrecido, y ella sin responder se dirigió a donde estaba para buscarla. Tenía sed y no se había dado cuenta de que tenía la boca seca, y con tragos cortos ya que no era de aquellos valientes como su hermano que parecía inmune al gas, sació su necesidad de líquidos, no obstante su corazón se aceleró al notar la presencia de él muy próxima a ella.

—Esa era la última lata de esa —dijo con tristeza —. Y con lo que me gusta…

Se acercó y sin verla directo a los ojos con sus dedos limpió lo que parecía restos del líquido recientemente bebido. Lo que dijo a continuación, tomó de toda la valentía que había acumulado en base a arrepentimientos y deseos frustrados…

—¿Quieres intentar probar si aún queda más? —insinuó.

Posiblemente su voz había temblado con el ofrecimiento o había sonado extraña, pero su propuesta no tardó en ser aceptada…

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Se sentía algo incomoda, tenía la impresión de que cualquiera podía adivinar lo que había estado haciendo, pero también no podía evitar sonreír… ¿por qué estaba tan consciente de los demás? No había ido con la intención de terminar haciendo esa clase de cosas con él, pero había sucedido y no lo había detenido. Lo había deseado y no se contuvo. Se había sentido como algo correcto, a pesar de que ese no había sido su propósito inicial.

No mucho después de llegar a casa le llegó un mensaje de Takeru preguntando si había arribado bien, sin embargo aunque él respondió todas las preguntas que le hizo, no pudo evitar notar que había un perceptible intervalo de tiempo entre una respuesta y otra.

A la siguiente semana, él regresó a clases, y al mirarlo sabiendo lo que habían hecho no podía evitar sonrojarse.

En el receso, Takeru le indicó que lo siguiera.

Había querido besarlo todo ese tiempo, había despertado algo en ella que desconocía. Cuando habían comenzado a tocarse también le había pasado, pero ahí perduraba todavía algo de temor a admitir lo que quería, pero tras haber compartido una experiencia como esa con él, no le encontraba sentido a seguir negándolo, por lo que se aproximó a él.

—Yo… discúlpame —se alejó.

Algo andaba mal.

—No me mal entiendas —comenzó

Sintió que sabía lo que venía y que no quería escucharlo. El rostro de él indicaba que no estaba agradado, y nunca le había pasado.

—Lo que pasó entre nosotros fue lo mejor que me ha pasado en la vida —confesó sonrojado, pero serio —. Nunca voy a olvidar que tú fuiste la primera mujer con la que he estado.

No quería que continuara hablando, ¿por qué no sonaba el teléfono? ¿por qué nadie llegaba e interrumpía? Siempre ocurría cuando habían estado a punto de decir algo importante en el pasado, ¿por qué no ocurría lo mismo en esa oportunidad…?

—Nunca podría arrepentirme, porque eres la mujer más importante de mi vida —reconoció.

Las lágrimas que amenazaban con salir no eran precisamente de emoción por esas palabras que sonaban a despedida, y especialmente a rechazo.

—... pero la verdad es que yo no estoy buscando retomar nuestra relación —clarificó.

No salieron lágrimas, en algún momento dejaron de ser una amenaza y se quedó estática porque sintió de pronto demasiado frío. Nunca se había sentido tan mal, y eso era mucho decir considerando lo débil que había sido cuando era niña.

—¿Podrías dejarme sola? —solicitó ella.

—¿Estarás bien? —quiso saber él.

A ella le pareció irónico que precisamente le preguntara eso. Hubiese querido decírselo, pero no quería hablar con él.

—Por favor —insistió.

Él asintió y hubiese preferido no haberse dado cuenta de su mirada preocupada, porque en ese momento no quería saber de él, ni de nadie. Menos obtener una mirada de esa clase de su parte.

Finalmente él la dejó sola, y ella se sentó, aun sintiendo frío comenzó a temblar y a recogerse, intentando de algún modo hacerse más pequeña y desaparecer…

Continuará...


Bueno, ¿qué puedo decir a mi favor? Absolutamente nada.

Ha pasado casi un año desde la última actualización y lo siento... alguien bromeó por ahí en los reviews que probablemente publicaría antes de las OVAS de febrero, y no se equivocó, tardé demasiado, pero le tengo buenas noticias y es que sólo queda un solo capítulo. Además éste capítulo como forma de compensación -o castigo, ahí ustedes deciden- es tres veces más largo que los otros.

Me comprometo a subir la última entrega antes del estreno de las OVAS en septiembre...

Muchas gracias por leerme y si notaron que no era igual la narración es que he tratado de recuperar el hilo, pero ha costado.

Por cierto, la razón de por qué no escribí el lemon es porque aquí no parecen apreciar demasiado ese género, pero estoy dispuesta a oir sus sugerencias.

Apreciaría sus reviews, contesto dudas y consultas...

Hasta pronto.