¡Muy buenas, locos habituales!
Lamento mucho la tardanza. Ha sido muy complicado terminar esto.
Aquí me permito un ligero inciso con Antonio Machado y uno de los poemas que más me gustan. Además, guarda cierto significado personal pues este autor es uno de los preferidos de mi padre y uno de los primeros que me recitó de pequeña.
El resto es… dolor, incertidumbre, reflexiones inútiles… y una terrible espera. ¡Ay, señor! ¿Por qué me distraeré con tantos detalles triviales? Debería ir más al grano pero, ays, me cuesta mucho. Siento la imperiosa necesidad de otorgar al personaje más profundidad de pensamiento y sentimiento de la que sería prudente para el óptimo avance de la historia. Pero bueno… espero que no os resulte un rollo.
De nuevo, tuve que "soltar" este capítulo ya porque se me estaba enquistando, así que perdonadme el tedio y la falta de cuidado en la narración. El siguiente capítulo puede que me cueste incluso más, viendo la tendencia, así que espero no decepcionaros, jo.
Veamos hacia dónde va todo esto.
¡Millones de gracias por continuar conmigo!
Un abrazo enorme.
P.D: La gran mayoría de personajes, así como el mundo en el que está ambientada esta historia, son creaciones originales de BioWare. Sin embargo, varios sucesos y personas que aquí aparecen, son obra propia. Esta historia tiene spoilers de los libros, cómics, vídeos y juegos.
- Sendas -
"Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar"
- Antonio Machado -
Rumbo.
Todo le parecía un mal sueño, un terrible desenlace del que podría escapar simplemente con abrir los ojos. Pero no era tal su ventura.
Tamlen no confiaba en los shemlen y, sin embargo, Lyna parecía cada vez más empeñada en simpatizar con ellos, en respetarles incluso por encima de él, su falon, su amante.
Lethallin…
Recordó la forma tan cercana en la que su compañera se había dirigido al humano de tez oscura y sintió rabia; una ira aplastante por verse incapaz de entender qué sucedía y por no saber arrancar de ella más que evasivas.
Lyna estaba decidida a respetar esa absurda promesa suya, a ceder todo lo que ella era a esa Orden a la que él también pertenecía ahora pero que aborrecía con todo su ser.
Su cuerpo ardía, su corazón se agitaba en su pecho bruscamente y era insoportable cómo sus sentidos se habían intensificado. Se encontraba ligeramente mareado y apenas podía respirar de las ansias que le quemaban por dentro; era todo tan extraño y tan desconocido que no sabía cómo actuar ante el cúmulo de inexplicables sensaciones.
Una brisa gélida recorrió el camino que se abría ante él, marcando el rumbo de sus siguientes pasos; pasos que le llevarían a cumplir con una misión shemlen de la que, casi con total probabilidad, no saldría indemne.
Negó con la cabeza enérgicamente ante aquella suposición y se movió inquieto en su sitio, altamente turbado y confuso, mientras esperaba la llegada de su compañera que aún estaba por aparecer.
Quizá fue una ilusión de su mente, o la interferencia de algún tipo de pérfida magia demoníaca, pero al dirigir de nuevo su mirada al frente, hacia el camino que estaba próximo a recorrer, una imponente y familiar silueta hacía su repentina aparición en mitad de la algarabía militar que se arremolinaba en la pasarela que, en breve, había de atravesar.
A lo lejos, aquella figura, todavía imprecisa, caminaba con parsimonia hacia él, los talones de sus metálicas botas golpeando la roca con cada determinante paso. Los soldados que se hallaban apostados en el puente no parecían percibir la presencia que se deslizaba entre ellos, casi niebla y sombra, tan ligera como la caricia de una pluma de ruiseñor.
Confuso y temeroso, tuvo que parpadear varias veces para intentar aclarar su visión, pero aquella ilusión parecía casi más real que cualquier otra cosa que sus ojos alcanzasen a divisar. Se le secó la boca y el sabor amargo del miedo ascendió por su garganta hasta su lengua, exacerbando su ya notable desasosiego.
—Lucharás en una guerra que no es tuya, da'len. Te mutilarán, arañarán, te romperán el corazón y el alma y ¿para qué? Continúa este rumbo, y la historia jamás te recordará.
Esa voz…
Aquel ominoso susurro vino acompañado con el viento que escoltaba a la delgada pero solemne figura, un viento tan frío como sobrenatural.
Los ángulos del rostro de aquella silueta se desvelaron, lentamente, al pronunciar aquellas palabras, pero fueron los fieros y profundos ojos amarillos los que detuvieron su corazón en el acto.
—Tú… ¿Qué quieres de mí?
La mujer sonrió, con esa mueca retorcida que mezclaba la vanidad y el orgullo a partes iguales en su adulto rostro shemlen.
—Deberás dictaminar si tu vida vale más que la de ellos. Deberás decidir si quieres ser el guardián del Pueblo, o mártir del suyo.
De nuevo esa atroz sonrisa.
—Pronto… muy pronto.
Y así como esas palabras abandonaron sus labios, el espejismo de aquella imagen desapareció, sin que nadie, salvo él, fuese testigo.
Tamlen agitó la cabeza, alarmado, buscando en las cercanías señales de la inquietante mujer, por si hubiera optado por esconderse de su vista para acecharle traicionera desde las sombras, pero tan sólo avistaba a los enardecidos soldados, y oía el choque del metal y madera por doquier, mas no hallaba señales de la hechicera.
Se estremeció con violencia ante aquella aterradora experiencia y se frotó las manos enérgicamente, evidenciando así su más que patente nerviosismo. No sabía si se estaba volviendo loco o si la corrupción que recorría sus venas era la causante de tales alucinaciones, pero sentía que aquella vivencia había sido real.
Recordó levemente la pesadilla que había experimentado con anterioridad y, sólo entonces, pieza a pieza, todo comenzó a encajar.
Aquello no era una ilusión, era un mensaje. Pero ¿cuál y por qué a él? Le faltaba ese fragmento para hallar la certidumbre en aquel encuentro.
La batalla le aguardaba al frente pero la bruja parecía más interesada en que él librase otra diferente, algo que iba más allá de lo que era capaz de vislumbrar y concebir.
Lyna…
Una indescriptible sensación se apoderaba de él cada vez que pensaba en ella. Por alguna extraña razón, sabía que aquello que la hechicera le ofrecía significaba el fin de muchas cosas y ese sentimiento se acrecentaba cuando pensaba en su joven amada.
La incertidumbre le estaba desquiciando. No saber qué hacer ni sentir por temor a ese antiguo ser, estaba socavando su escasa templanza.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el suave roce de unos familiares dedos.
—¿Listo, lethallin?
Volteó su rostro y la mirada esmeralda de su compañera, arrancó de cuajo cada duda y pesadumbre.
—Cuando tú digas, vhenan. —ofreció esperanzado.
Su respuesta en forma de sonrisa abrigó de nuevo la ilusión de reconvertir sus inseguridades en virtudes, cobijando su corazón con un cálido manto de esperanza. Si había algún rumbo que le llevase lejos de ella, su único amor, jamás decidiría recorrerlo… Lyna era su todo, ahora más que nunca, y ni siquiera la influencia de ese ser, ni sus crípticas profecías, podrían alejarlo de ella.
… … … … … …
Huellas.
Aún podía saborear la extrema dulzura y calidez de sus labios, el ritmo incansable del baile de sus lenguas que se entrelazaban ansiosas, mientras ambos se perdían en una maraña de brazos impacientes por jamás dejar ir lo que, por orden superior, debían dejar libre.
Verla partir después de aquello, aún con el sabor de la despedida en la comisura de su corazón, había sido una de las situaciones más dolorosas por las que había tenido que atravesar en años recientes.
Deseaba correr a su encuentro y alzarla por su cintura, devorarla en un fuerte abrazo, perderse con ella una vez más en un instante eterno que durase lo que la guerra y el dolor, lo que la pérdida y la agonía; toda la vida. Pero el peso de la cruel realidad era una carga que jamás les abandonaría, muy a su pesar.
Sus horas estaban contadas, de eso ya no cabía duda, mas era la incertidumbre de no saber con garantías de la supervivencia de la joven lo que le atormentaba en aquel momento.
Sin haberlo previsto, aquella elfa se había convertido en su último refugio en el que perderse y resguardarse, en el que ser él sin limitaciones… por el que dar la vida si era necesario.
Si tan sólo el destino les hubiera llevado por otra senda…
Rezó a Andraste, una tímida oración pues no tenía la certeza de que su plegaria fuera a servir para preservar el alma de una elfa que no creía en más dioses que los suyos.
Sin perder de vista el camino, recogió sus cosas y se ajustó, por última vez, los cordeles y nudos de la armadura. Sus pretensiones con ello no iban más allá de evitar cualquier fortuita saeta, pues sabía que no podría hacer mucho contra una maza de Hurlock alfa.
Era la hora.
Fijó su visión en el rumbo que debía recorrer, intentando esquivar las miradas nerviosas de varios soldados que le observaban con respeto y esperanza, quizá preguntándose si sería él aquel quien, finalmente, les salvaría de una muerte casi segura. Pese al tormento que ello le ocasionaba, Duncan sólo tenía espacio en su mente para lo que se avecinaba, para el sacrificio que tendrían que hacer por esta tierra y toda Thedas… y para pensar en ella.
La estilizada figura de Lyna se desvaneció entre la multitud, dejándole como última imagen la rotunda expresión en su rostro; un gesto de determinación, rabia y arrojo que pocas veces había visto en su acostumbrado semblante.
Por más que intentase reconducir sus pensamientos exclusivamente hacia la inminente batalla, su corazón se agitaba inquieto con la expectativa de poder disfrutar nuevamente de aquella mirada de grandes orbes esmeralda; esperaba contemplarlos llenos de vida y no inertes sobre el frío lodo de esta turbia e injusta tierra.
Lyna…
¿Se hallaría ella pensando también en él? Una parte de Duncan quería que así fuera, pero otra más sensata y desinteresada esperaba que, tanto su corazón como su mente, estuvieran orientados únicamente a controlar la lucha y sobrevivir a toda costa. No podría continuar respirando sabiendo que ella había abandonado esta vida antes que él; sería como si hubieran sido sus manos las que hubiesen dado el golpe de gracia.
La comprensión de aquel sentimiento revolvió sus entrañas y apretó dolorosamente los dientes con rabia e impotencia. Aquella súbita y lacerante certeza detuvo los latidos de su extenuado y frágil corazón; todo le había sido revelado de golpe de la manera más cruel posible.
La amaba, la quería como se quieren las cosas bonitas y buenas, como se adora a un Dios o fuerza omnipotente, con pasión y ansia, con delirio y rendición. La amaba, ¡Por Andraste que la amaba! Y no importaba en absoluto que ella fuera prácticamente una desconocida, una joven mucho menor que él, de otra raza y sociedad, inexperta en todo menos en la lucha y en la ira… ella se había transformado en la única razón para querer presenciar un nuevo y esperanzador amanecer.
Si ahora tuviera la oportunidad de volver unos minutos atrás, le confesaría lo mucho que ella significaba para él, las infinitas sensaciones que despertaba en su cuerpo y alma, como esa serpenteante sensación de absoluta y dolorosa devoción que su espíritu experimentaba cuando rozaba su delicada y tersa piel, cuando disfrutaba de su suave aroma y saboreaba sus dulces y ardientes besos.
Se le contrajo el pecho hasta detener su aliento y renegó de su absurdo sentido del ridículo. El poco tiempo de vida que le quedaba, lo intercambiaría gustoso por tener una última ocasión de exponer ante ella su corazón al completo, sin medida, sin temor ni límites; libre al fin, como jamás hubiera sido. Y es que el valor del condenado a muerte, suele ser el último recurso al que asirse en medio de la insoportable desesperación.
Pero… ya era demasiado tarde.
Sus anhelos formaban parte del infame pasado y nada podía ya hacer, salvo continuar por el sendero que se le dibujaba cristalino y apremiante frente a sus ojos.
Corrió por el puente, buscando huir de aquella asfixiante sensación de pérdida, mientras esquivaba obstáculos que apenas podía identificar, y se aventuró raudo hasta la pendiente que le llevaría al campo de batalla final; su más que probable sepulcro, su final.
Los soldados se apartaban a su paso, muchos le dedicaban bendiciones del Hacedor, mientras que otros le miraban suplicantes, ansiosos, incluso apesadumbrados y temerosos. Apenas se percató de ellos, en realidad, pero identificó varios rasgos infantiles entre aquellos rostros, jóvenes que apenas alcanzarían los dieciséis años de edad; una edad en la que deberían estar celebrando su juventud y no jugando a ser hombres en una lid que estaba casi abocada al fracaso y a la pérdida inevitable. El fango se teñiría con su tierna e inexperta sangre y no había nada que él pudiera hacer, salvo luchar con todas sus fuerzas por ellos, por ella y por él.
Tragó saliva para pasar el doloroso nudo en su garganta y continuó sin descanso, viendo cómo que las filas de hombres se apartaban rápidamente permitiéndole el paso hacia el frente.
Ya allí, junto a él, varios capitanes y tenientes del ejército del Rey y de Loghain se posicionaban cercanos, mientras gritaban órdenes a los lanceros y soldados que se hallaban a la vanguardia y en los flancos. Los arqueros preparaban sus flechas con aceite y los de infantería asían con determinación sus enormes escudos y mandobles, picas y dagas, preparados para la carga que pronto daría comienzo.
Aguzó su visión hacia el frente, preparándose para la inminente contienda, y extrajo sus dagas con cierta parsimonia mientras una plegaria a Andraste abandonaba sus resecos y febriles labios. El cántico del incesante murmullo de los monstruos resonaba en su interior, como una melodía frenética que quisiera romper en grito para dominarle.
Miró a su alrededor y divisó la imponente figura de Loghain a caballo, ataviado con aquella mítica armadura plateada que con tanto orgullo portaba. Lideraba la vanguardia junto a algunos de sus hombres de confianza, también en fuertes y oscuras monturas. Entre el general y él, se hallaban varios soldados de la guardia real aguardando, con cierta intranquilidad, la llegada de su rey.
Duncan giró su rostro al oír vítores y exclamaciones que iban in crescendo a sus espaldas.
Una solemne estampa hacía su presencia en el expectante campo de batalla, embutida en una perfectamente pulida y brillante gran armadura áurea. El casco, con plumas de guiverno que ondeaban al trote sobre la parte superior, liberaba destellos dorados que relucían sobre las esperanzadas miradas de los jóvenes soldados que, exaltados, celebraban la aparición del joven regente.
La presencia del rey, removía parte de esa angustia en su interior. Lyna se hallaba en marcha hacia el cumplimiento de su cometido, haciendo demasiado tarde ya decir aquello que calló por temor a ser aún más vulnerable ante ella, como si no lo fuera ya al sentir tal devoción por una joven que jamás le devolvería, en la misma medida, tan íntimo compromiso.
Demasiadas palabras sofocadas, demasiados tormentos a la tumba, instantes sin compartir, sentimientos sin ofrecer, pocas huellas que legar, mas era inexorable lo que estaba pronto a acontecer.
Pensó en Alistair, en todo lo que desconocería de su pasado si él moría, en el pésimo guía y maestro que había sido para él y en todo el cariño que había evitado ofrecerle por temor a ser la figura que el joven tanto necesitaba que fuera. Siempre tan cobarde, tan mezquino…
Una vida con demasiados terrores, pensó, mientras inhalaba aire profundamente y dirigía una breve mirada a la torre de Ishal.
Rezaba al Hacedor ahora para que, tanto la elfa como el joven guarda gris, sobreviviesen a la jornada y supieran perdonarle por todo el sufrimiento que había traído a sus vidas. Si había algo por lo que redimirse, sería por haber acarreado tanto padecimiento a aquellos que no lo merecían.
Alistair… te he fallado
La cercanía del regente le extrajo de sus más oscuros pensamientos. En el mismo instante en el que el rey se posicionó a su lado, no pudo evitar ver en él algo de la fuerza del joven guarda. Era indudable el poder de su herencia, así como la innegable relevancia que, ambos, poseían para la nación. Por ellos corría la sangre de grandes héroes, soldados y guardas grises. Eran la perfecta representación de la unión de virtudes, de potencial y leyenda.
Saludó al rey con el habitual golpe de un puño sobre su pecho y éste asintió inmediatamente en réplica. El brillo de sus ojos era especialmente deslumbrante y, pese a la notable cobertura que le proporcionaba el casco, pudo observar tonalidades más ambarinas de lo que recordaba.
—Majestad, cuando vos ordenéis. —ofreció ceremonioso, tragándose de inmediato sus inseguridades.
El regente dirigió su mirada a Loghain y éste asintió a su vez, confirmando así la inminente carga.
El impávido general aprovechó para hacer varias señas a sus hombres y todo el regimiento se cuadró ante el brillante y firme puño en alto del estoico Loghain Mac Tir.
Apenas escasos segundos separaban su existencia de lo inevitable y tuvo que esgrimir fuertemente sus dagas para buscar fuerza en aquella cruel certeza.
Adelantó un pie para buscar equilibrio y preparó sus filos para lo que estaba por suceder.
Dicen que la huella de un sueño no es menos real que la de una pisada, mas él no estaba seguro de haber soñado ni vivido lo suficientemente fiel a su corazón, como para abandonar esta vida sereno sabiendo que, su paso por ella, no había dejado una estela imperecedera.
Como un mosaico que se desmorona, tesela a tesela, por el inclemente paso del tiempo, los recuerdos de su pasado atravesaron su mente fugazmente para dejarle el tan familiar regusto amargo del arrepentimiento. Tantos sueños por cumplir, tantas ilusiones abandonadas, tantas afrentas y equivocaciones…
Su respiración se entrecortó con aquella sensación y asió más firmemente sus armas buscando revestirse de un aplomo perdido, mientras su cuerpo luchaba por mantener serenidad hallándose al borde de un latido más para acabar con aquella angustiosa espera.
Reflexionar sobre ello resultaba harto irrelevante, mas tal circunstancia parece inevitable cuando se halla al filo del abismo del olvido.
La orden llegó con la sacudida de ese firme puño que, segundos antes, se alzaba determinante sobre las innumerables testas de miles de almas.
Después, un profundo y estremecedor grito de guerra marcó el comienzo de su fin.
—¡Por Ferelden! ¡Por los Guardas Grises!
… … … … … …
Caminante.
Aquella maldita escena.
Sus labios se rozaban con insaciable pasión, brazos atrayendo cuerpos entre sí en una desgarradora muestra de deseo y desesperación. Completamente absortos en sus propias caricias, indiferentes en su totalidad a quienes presenciábamos aquel veleidoso comportamiento; una depravación impensable, insultante a ojos de cualquier deidad y hombre.
Mi aliento se detuvo con aquella inesperada estampa; mi marchitado corazón latiendo con dolorosa intensidad mientras experimentaba el incremento de mi ira cubrir de adrenalina mi sangre.
Presenciar tal entrega entre ambos, encendió una llama que creía, hace eras, extinta en mí.
La elfa y el guarda se hallaban hechizados por aquel trance de desmedida consagración; ese maldito instante que, a mis ojos, se advertía más como una inclemente eternidad de insólitos e inconcebibles celos propios que a un impulso transitorio de dos almas insensatas.
Inevitable reflexionar entonces sobre cuán estúpido había sido al pensar más allá de las evidencias, al creerme único de alguna patética manera, de haber considerado siquiera ser afortunado por esa pizca de benevolencia en forma de caricias y besos sobrenaturalmente élficos que el sádico destino me había permitido saborear, para, súbitamente, arrebatarme tan dulce fantasía ante la cruel muestra que se presentaba cristalina ante mí.
Tendría que haberlo previsto; las miradas cómplices, la preocupación de la joven por el guarda, la insistencia de éste en convertirla a su orden… demasiadas señales que, casi por inherente incredulidad, había pasado por alto, obstaculizando la comprensión de aquello que se hallaba frente a mis narices ¿Acaso habrían estado ambos jugando conmigo por un propósito ulterior que desconocía?
Caminante embaucado, ingenuo, ciego. Si el camino que había recorrido hasta ahora me había demostrado algo, es que la felicidad estaba reservada a aquellos que creían en ella con resiliente fuerza, para los eternos optimistas o los necios por voluntad propia. No para mí; nunca para mí… así era la brutal indiferencia de la vida.
Sin percatarme, había cedido un diminuto espacio de mí a una idea que no era más que humo entre mis dedos. La joven había jugado conmigo como un niño juega con un muñeco de trapo que, con el paso del tiempo, se deshilacha y deja de entrañar interés alguno.
¿En qué habría estado pensando? A estas alturas de mi existencia, la lección era la misma: la realidad siempre empaña la fantasía. En ocasiones, de una manera tan rotunda como ésta. Otras, en forma de guerra, muerte y renuncia.
No obstante, ¿Sería de justicia permitir que recayese en ella toda culpa? La elfa era joven, fuerte, hermosa. Mientras que yo apenas era capaz de presenciar el nacimiento del alba sin padecer la inclemente carga del pasado, del presente y futuro.
No. Yo era un ser descompuesto, cenizo, estéril en sueños, revestido de culpa y sacrificio... Y ella era la radiante cara opuesta de la moneda.
Apreté los puños con ira hasta escuchar crujir mis guanteletes y sentir el metal incrustarse en mi carne.
—Malditos seáis. —murmuré furioso, mi cólera entremezclándose con la asfixiante sensación de la vergüenza y la traición.
Pese a mi incapacidad para controlar mis sentimientos, mi carácter circunspecto me ayudó a transformar esa exacerbada rabia, en un potente catalizador para mi determinación. Era la única alternativa sensata y, dada las circunstancia, la única que poseía.
Me alejé de aquella desagradable visión y avancé, apenas consciente de mis alrededores y haciendo acopio de toda mi voluntad, hasta donde se hallaban varios de los soldados que acudirían a la torre de Ishal.
Ahí, en reunión con algunos de mis capitanes, confirmé las órdenes en un tono que evidenció mi patente malestar. Les impelí a acudir cuanto antes y a evitar el acceso de los guardas en la edificación. Uno de los capitanes se mostró vacilante, pero apelé a su capacidad de liderazgo logrando así que su dúctil orgullo se tiñera de gala para la ocasión.
Eventualmente, se hacía necesaria una débil invención o exageración de virtudes para estimular la inspiración en la soldadesca menos experimentada o en aquella que tenía más que perder si todo avanzaba hacia otros lóbregos derroteros.
Con aquel decreto, mi obediente y leal grupo se alejó entre enérgicas zancadas, y tuve que apretar los labios para evitar maldecir el trayecto que estaba próximo a transitar. La carga era muy pesada pero, pese a ello, mi deber consistía en recorrer esta senda.
Ser Cauthrien ya se hallaría en las cercanías del punto de encuentro de mis tropas. A término, marcharían rumbo a Lothering donde viajarían finalmente hasta Denerim; emplazamiento final de esta real vesania.
Acudí a los improvisados establos del campamento, donde el joven palafrenero me entregó a un nervioso aunque bien alimentado Magnus. Mi corcel era uno de los pocos seres que atesoraba; era más que un amigo, era un recuerdo, una de las pocas alegrías que me había permitido disfrutar y de la que no me arrepentía.
Tras muchos intentos por parte de expertos, yo fui el único que logró finalmente ensillarle y, eventualmente, montarle. Su doma se basó en la férrea disciplina de mi mano y en mi inquebrantable perseverancia, algo a lo que la bestia terminó cediendo noblemente, no sin antes padecer en mis propias carnes el brutal golpe de alguna coz, mordisco y caída, claro está. El leal, aunque terco, animal carecía de control sobre su malhumor además de poseer una increíble facilidad para aventurarse a seguir antes sus instintos que mis órdenes, cuestión que, en gran medida, resultó en una perfecta simbiosis. Solía ser impávido cuando la situación lo ameritaba, mas cuando intuía el peligro, siempre permitía que él llevase la voz cantante. Aquello me había salvado la vida en más de una ocasión, así pues depositaba mi confianza absoluta en esta noble y bella bestia.
Acaricié su frente y sus crines al terminar de prepararlo y me subí a él de un salto. No esperó mis órdenes; el embravecido corcel arrancó a galope hasta donde se hallaba el grupo que me acompañaría en la vanguardia.
Conforme avanzábamos sobre el terreno, Magnus resoplaba y relinchaba intranquilo, contagiando al resto de monturas que se agolpaban en las cercanías de la formación. Parecía empeñado en evidenciar más de la cuenta mi creciente incomodidad para con lo que estaba próximo a acontecer.
Es por todos sabido que ciertos animales guardan una especie de conexión implícita con las emociones de su dueño, algo que sucede, en mayor medida, con los mabaris. Con Magnus aquello era siempre más que una certeza. No sé si era el mejor pura sangre de Thedas, pero para mí era el único fiel amigo que me restaba. Puede que aquel pensamiento fuera absurdo tratándose de un animal y no de una persona, pero mientras más conocía a los humanos, más valoraba a mi corcel.
Recordé el instante en el que Lyna se acercó a él, tan segura de sí misma, tan llena de magia en su mirada. Aquel día me ofreció una nueva e inesperada faceta de mi montura, algo que, sin duda, me hizo reflexionar.
Magnus jamás había confiado tan fácilmente en alguien con anterioridad, ni siquiera en mí. Fue inevitable sentir cierta conmoción, una leve intriga y, por qué negarlo, celos. Mi caballo era mío, y ella parecía comprenderle mejor que yo mismo.
Comprendí, entonces, que había algo que pasé por alto en aquella oportunidad.
Considerar a los elfos como seres más sensibles a ciertos estímulos o en determinados momentos, no era una conclusión hecha a la ligera. Eran extremadamente veloces, tenían sentidos más agudizados y poseían una resistencia innata para sobrevivir más décadas que nosotros. Además de ello, la conexión con la naturaleza, mágica o tangible, resultaba evidente para cualquier persona que hubiera interactuado con ellos.
Al alcanzar la vanguardia, mi corcel continuó visiblemente alterado y, aunque hice lo que pude por obligarle a fingir una postura imperturbable, su temperamento afloraba con cada repentino cambio del viento. Sentía el inminente peligro que se avecinaba y aquello reafirmó mis más profundos temores.
El recuerdo de Lyna detonó otro más reciente, y apreté la mandíbula con impotencia, sintiendo mi determinación quebrarse por momentos, mi circunspección perdiendo su fortaleza con cada imagen de aquel encuentro.
No podía permitirlo.
Debía pensar en lo que se hallaba frente a mí, en la horda que nos masacraría sin clemencia, en las valiosas vidas que se desperdiciarían en el campo de batalla y el sufrimiento que ello provocaría en la nación, pero, sobre todo, debía pensar en las que también salvaría con mi controvertida decisión. Aquello nos mantendría aún fuertes ante cualquier enemigo próximo; evidente o no.
Un ligero murmullo me extrajo de mis pensamientos. Una hilera de soldados se apartaban dejando paso al guarda comandante que avanzaba a paso veloz hacia la vanguardia.
Mis ojos se posaron un instante sobre su semblante; la sombra de la pérdida planeaba sobre él, dejando patente la lucha interna que experimentaba, mas no le compadecía.
Todos perderíamos algo hoy. Muchos, como él quizás, al ser amado. Algunos, honor y lealtades. Mas otros pocos perderíamos la gran carga que supone sobrevivir día tras día sabiendo que, nuestros caducos sueños, jamás podrán cumplirse.
Ferelden precisaba de un regente fuerte y leal a su patria, que no subestimase las enseñanzas del pasado, ni los sacrificios ofrendados por quienes tuvimos que darlo todo para proporcionar un futuro al pueblo. Tan sólo cabía esperar que Anora fuera ese pilar que tanta falta le hacía a esta noble nación.
Ser caminante del mismísimo infierno, hubiera sido más llevadero que serlo de una tierra diferente a la honorable y hermosa Ferelden; mi único y amado hogar.
Innumerables hileras de guerreros de la ceniza y sus coloridos y enfurecidos mabari, encabezaban la brutal vanguardia de este orgulloso ejército. Rugidos, bufidos, gruñidos, todos ansiosos por cargar cuanto antes contra los monstruos que amenazaban nuestra tierra madre. Esa misma energía fluía por cada uno de nosotros, incluso el guarda comandante parecía deseoso de lanzarse a esta lid, sus ojos reluciendo determinación y, quizás, una pizca de agonía; inevitable reflejo era yo de él, pues ambos sabíamos que, después de este día, no se nos habría reservado un futuro propio en el que pacer.
Vítores y ovaciones se oyeron a mis espaldas, evidenciando el innegable magnetismo de la figura que se aproximaba. No me hizo falta girar mi rostro para verlo; su presencia fue más que evidente cuando el brillo de su dorada armadura centelleó por mi flanco, llamando mi atención y la de mis hombres.
Siempre tarde, me dije con desdén, mientras asentía a su silente señal dando unas últimas órdenes a mis soldados para posteriormente alzar, determinante, mi puño con férreo convencimiento; mi pulso, el de un cirujano, aunque por dentro apenas lograba contener el acelerado torrente de dolor y pérdida convertido en pura y densa adrenalina.
Anora, hija mía… cuida de nuestro hogar.
Una última exhalación, una última plegaria...
Un silencio sepulcral acompañó aquel gesto. Cada soldado, guerrero y animal reteniendo el aliento, sus latidos, incluso el viento cedió espacio y rindió honores a la rugiente orden que nació después en confirmación a la del rey.
—¡Por Ferelden!
Acero en ristre, emprendí furiosa carrera. Mi montura, vivo ejemplo de coraje y fortaleza, mientras mi cuerpo siguió el avance de un caminante ansioso por encontrarse, finalmente, con su destino.
Mas, por fortuna, no me hallaba solo. Un ejército de almas obedientes y apasionadas, seguían mis pasos con firme determinación y arrojo; nobles espíritus que, pese a verse temerosos del más que probable final, vencían sus miedos para cumplir con su patria, con sus familias y con su rey.
¿Sería sensato vislumbrar alguna leve esperanza?
El cielo se revistió de un manto plomizo, oscuro y vil; el olor a muerte impregnaba ya mis fosas nasales y los pasos metálicos de aquellos monstruos, martilleaban insistentes bajo los cascos de mi fuerte corcel que se lanzaba a la batalla con ansia y violencia.
A término de esta insensata jornada, la sangre mancharía aún más mis callosas manos, y no había ya nada que pudiera hacer. Mi contrita alma buscaba dirimir afrentas e injusticias, hallar la paz, mas nada parecía poder otorgársela, salvo la certeza de que no había un mañana deparado para mí.
Vetustos testigos de roca juzgarían mis actos, mas mi corazón hacía tiempo que padecía el castigo de ser quien había sido y era.
Indudablemente, la muerte me obsequiaría con una dulce y cálida melodía, concluyendo, de una vez por todas, con mi auténtico tormento; presenciar un nuevo y agónico amanecer.
Rowan, Maric… hasta que nuestros caminos se crucen de nuevo...
Da'len: pequeño muchacho/niño.
Shem/shemlen: muchacho/niño rápido. Nombre despectivo hacia los humanos.
Lethallin: principalmente usado como término élfico de cariño hacia un hombre.
