DISCLAIMER: Ni Bones ni sus personajes me pertenecen. Si creéis que soy Hart Hanson, Stephen Nathan, Kathy Reichs o Fox, escribiendo en español para FanFiction, estáis muuuuy equivocados.

ErinBones: Leí tu review, pero no sé por qué no se publicó. Creo que sé a qué te refieres, pero esta historia hace mucho tiempo que estaba en mi cabeza loca. Y tenía clarísimo cómo iba a nacer y quiénes iban a ser los elegidos (quería darles el toque de importancia que se merecen pero no tienen en la serie). Siento muchísimo si te he decepcionado, pero yo ya tenía el argumento claro. ¡Besos!

Como ya dije, este es el último capítulo del fic. No, no, dejad de llorar, tengo un montón de one-shots pensados pero aún a medio escribir.

Situado unos años en el futuro.

Muchísimas gracias por los reviews en masa que me llegaron. Me sacáis una sonrisa cada vez que abro el correo.

Siento muchísimo haber tardado tanto en actualizar, pero reescribí el capítulo hasta 5 veces. Así ha quedado y estoy bastante satisfecha de ello, así que espero que os guste.

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Chapter 9: Felicidad

Washington D.C., 6 de la tarde. Era diciembre, vacaciones de Navidad. En una casa de valla blanca y un bonito jardín delante, una chica tocaba el piano. Tenía 15 años, el pelo oscuro y los ojos de color azul. La piel blanca, aunque más morena que la de su hermana mayor y su madre.

La música iba sonando bajo sus dedos mientras apretaba las teclas blancas. Sin duda, tenía un don para la música.

-¡Jane, ayuda a poner la mesa!

La música cesó inmediatamente mientras la chica levantaba su mirada.

-¡Ya voy, mamá!

Se levantó del banquillo, lo retiró hacia el piano de cola que presidía la sala y se fue hacia la cocina.

Allí estaban sus padres, cocinando la cena de esa noche. Vendría la hija mayor, que estaba estudiando en Oxford y por lo tanto sólo la veían en vacaciones, y los Hodgins y los Saroyan, las familias más amigas de sus padres. También el mayor de los hermanos, con su esposa.

Mientras abría los cajones en busca de cubiertos, manteles y servilletas, no pudo evitar quejarse.

-¿Por qué siempre tengo que hacerlo todo yo? Tengo examen de piano el viernes que viene, si no lo apruebo no podré sacarme el título, y si no me saco ese título ¡no voy a entrar al Conservatorio!

Su padre le acarició el pelo cariñosamente.

-Cielo, vas tres cursos avanzada de lo que te tocaría en la escuela de música, si no lo apruebas este semestre lo aprobarás al siguiente.

Jane no pudo evitar pensar que su padre, subdirector del FBI, tenía razón.

-Aun así, mejor aprobarlo a la primera. Hank y Bruno podrían poner algo de su parte.

Sin duda había heredado esa cabeza dura de sus padres.

Su madre le sonrió.

-Venga, ve a tirarles la bronca y que bajen a ayudar.

-Echarles, mamá, echarles la bronca –suspiró la pequeña.

La adolescente salió rápidamente hacia las escaleras. Las subió para dirigirse al cuarto de sus hermanos.

Sus padres se quedaron en la cocina.

-¿Sabes? Me recuerda a ti, pero con el piano en vez de los huesos.

-Booth, simplemente se le da bien y le gusta.

Sus padres sonrieron. El sueño de la vida de su hija era entrar en el Conservatorio y llegar a ser una grandísima pianista.

Cuando Jane era pequeña, una amiga la invitó a su casa a dormir. Tenían unos cinco años. Y por la noche, a la pequeña Booth le entró sed y bajó las escaleras para ir a por un vaso de agua cuando escuchó alguien tocando el piano. Era el padre de su amiga, que en cuanto vio cómo le gustaba quiso enseñarle a tocar. Y así lo hizo.

-¿Crees que lo conseguirá? –le preguntó Brennan con un poco de duda.

-Pues claro, siempre ha conseguido lo que quiere –le sonrió él, acercándose para besarla.

Y sin duda lo conseguiría.

En el piso superior de la casa, Jane se dirigió hacia la habitación de Bruno. Si sus hermanos habían desaparecido significaba que estaban haciendo alguna trastada, cosa que siempre hacían en la habitación de Bruno. Pero, al abrir la puerta, se encontró que no había nadie. Mala señal, significaba que estaban en el cuarto de Hank.

Y sólo estaban allí cuando subían la tele vieja del trastero, cosa que no les gustaba nada a sus padres.

Se dirigió a la habitación de su otro hermano.

Mientras tanto, dos chicos de 18 años, idénticos hasta la última peca e idénticos a su padre, estaban tumbados sobre la cama de uno de ellos, con una tele delante y con los mandos de la consola en sus manos.

La puerta blanca se abrió chocando contra la tele, seguida de una exclamación.

Su hermana entró como pudo y se puso delante de la pantalla.

-¡No! ¡No! –le gritó el primero.

-¡Aparta Jane! –exclamó el segundo.

La chica bufó.

-¿Habéis vuelto a subir la tele vieja del trastero? Como se entere mamá...

Los dos chicos rodaban intentando esquivar la figura de su hermana pequeña de la vista.

Se escuchó un sonido de "Game over" y Bruno tiró el mando al suelo, enfadado.

-¡Me has vuelto a ganar! ¿Cómo lo haces?

Hank, en cambio, le ignoró. Dejó el mando a su lado y miró seriamente a Jane. Era el más sensato de los dos gemelos.

El otro también miró a su hermanita. Tres pares de ojos azules se encontraron. Dos mirando seriamente al tercero, que sonreía juguetonamente.

-Por favor bicho, ni una palabra a mamá –suplicaron los dos a la vez. "Bicho" era un apodo cariñoso con el cual la habían nombrado sus cuatro hermanos mayores cuando apenas era un bebé.

La más pequeña de los Booth supo que había llegado la hora de divertirse. Les miró fijamente y comentó como si nada:

-Si hago que no se enteren papá y mamá... Tendréis que darme algo a cambio.

La chica fingió desinterés sentándose tranquilamente en el sillón del cuarto de su hermano Hank, mirándose las uñas como quien pasa el rato.

Los dos suspiraron. Su hermana tenía tres años menos pero era mucho más perspicaz e inteligente.

-¿Qué quieres Jane?

Ella sonrió para sí. Tenía una lista bien preparada de cosas prohibidas que habían hecho sus hermanos para chantajearlos cuando quisiera. Algunas incluso eran ilegales, y eso no era muy buena idea hacerlo con el subdirector del FBI como padre.

-A ver, primero, quiero que pongáis la mesa vosotros durante una semana –los otros iban a protestar pero continuó como si nada-. No quiero que hagáis ruido mientras toco el piano –otra vez a protestar-, o le diré a papá que fuisteis vosotros quien robasteis las fresas del jardín de la señora Darrell –añadió para que callaran.

-No serás capaz –la miró asustado su hermano.

La señora Darrell era su vecina. Era vieja, gruñona y antipática, pero tenía el mismísimo jardín de las delicias. Desde pequeños, los dos gemelos habían aprendido a colarse desde su jardín trasero al de la vecina por un pequeño agujero que había en la verja que separaba las dos casas, para ir a llenarse los bolsillos de fresas y manzanas entre otras cosas deliciosas.

La última vez los había pillado, pero como era muy corta de vista, sólo pudo decir que dos chicos de pelo oscuro le habían robado fresas.

Como no tenía nada más a hacer, lo escampó por todo el vecindario. En cuanto un vecino se lo dijo a Booth, claramente sospechando que eran los dos hijos de la familia, el hombre llegó a casa claramente enfadado y dispuesto a encontrar el culpable. O, más bien, los culpables. Y a ninguno de sus hijos les gustaba su padre enfadado. Podía ser una buenísima persona, amable y divertida, pero cuando se enfadaba de verdad era mejor marchar rápidamente.

Pero un día dejó esa obsesión por las fresas robadas, y los tres de los cinco hermanos que vivían en la casa supieron que su madre había tenido algo que ver, harta de que estuviera enfadado a todas horas diciendo que ese par ya habían hecho bastante daño.

Y era cierto, los vecinos tenían a los Booth como el siempre correcto señor Booth, la amable señora Booth, los hermanos mayores, la estudiosa y el simpático, los dos diablos Booth y la pianista, la más educada y silenciosa de la casa, cuando en realidad, seguramente era la más observadora, lista y calculadora del vecindario.

-Sabes que sí –sonrió, pícara.

Al final los dos aceptaron.

-Está bien, pero si mamá y papá llegaran a enterarse tú nos harías favores a nosotros.

Jane sonrió.

-Chicos, a los ojos de papá y mamá mi expediente está limpio, y el vuestro lleno de manchas... No querréis que lo ensucie más, ¿verdad? –dijo con una voz falsamente dulce.

-¡Esto es chantaje! –le dijo Bruno.

Ella sólo sonrió, con una enigmática sonrisa que ya tenía nombre y apellido. ¿Cuál? Jane Booth.

Hank miró a su hermano significativamente y los dos sonrieron.

-Uno... dos... ¡tres!

Los dos chicos agarraron a su hermana y la tumbaron encima de la cama, haciéndole cosquillas.

Ninguno de los tres podía parar de reír. Era cierto que se peleaban mucho y se chantajeaban constantemente, pero se querían y siempre terminaban haciendo tonterías juntos. Amor de hermanos, en resumen.

No se dieron cuenta de cómo, pero de repente se encontraron los dos chicos solos en la cama haciéndose cosquillas y su hermana mirándoles desde la puerta.

-Sois unos infantiles... –susurró antes de salir por el pasillo.

Cinco segundos después se oía otra vez el piano. Se podían quejar de Jane tanto como quisieran, pero tenían que reconocer que tocaba muy bien.

Los dos chicos suspiraron y bajaron para ayudar a sus padres. Si no lo hacían, su hermana se chivaría y recibirían un castigo peor que poner la mesa.

Salieron al pasillo y se dirigieron hacia las escaleras, pasando puertas blancas con los nombres de cada hermano pintados en un letrero hecho por su tía Ángela, hacía ya muchos años.

Se dirigieron a la cocina a ayudar a sus padres.

Cuando entraron los dos seres que los habían traído al mundo se miraron sorprendidos. Su hija pequeña tenía un poder de convencimiento sobre sus hermanos mayores que nadie más tenía.

Siempre habían supuesto que se trataba de que era muy observadora y entendía las cosas con facilidad.

Con tan solo tres añitos, la pequeña Jane había conseguido que Hank le diera chuches cuando no quería dejar a nadie. También había conseguido que Bruno la llevara a sus espaldas siempre que quisiera. Se podía decir que la pequeña de la familia era un tanto especial, por decirlo de alguna forma. Se había criado entre cuatro hermanos mayores. Christine siempre había sido su confidente, pero los tres chicos eran simplemente sus hermanos. Esto había hecho que cada vez fuera más y más independiente, y que su único refugio donde todo el mundo, fuera el Papa de Roma o el borracho del barrio, tenía prohibido molestarla fuera su fiel piano. Con cinco años había conseguido convencer a sus padres para que la llevaran a una escuela de música, su pasión, y ser la mejor de su edad con diferencia.

Por eso siempre había querido entrar al Conservatorio, igual que su hermana estudiaba Bellas Artes en Oxford –demasiados canguros con Ángela, había dicho su padre- y su hermano había estudiado Antropología Forense en Harvard. Hank y Bruno no eran muy aplicados con los estudios, pero eran unas auténticas balas con el hockey.

Los dos gemelos siempre habían mostrado un gran interés por ese deporte, yendo a ver a su padre en los partidos. Cuando tuvieron siete años, se armaron de valor y le pidieron a su madre que les dejara jugar en el equipo infantil. Brennan al principio se había negado rotundamente, pero con un poco de persuasión por parte de Booth la había convencido que el hockey no estaba tan mal.

-¿Cómo...? –empezó el padre, totalmente alucinado de que su hija pequeña hubiera conseguido que sus hermanos ayudasen.

-Mejor no lo sepas –le respondió amargamente Bruno.

En ese momento la pianista particular de la casa empezó a tocar un vals.

Los dos gemelos cogieron los platos y los cubiertos y empezaron a poner la mesa al ritmo de la música, mientras la pequeña y sus padres reían.

Cuando la mesa estuvo puesta, el timbre sonó.

-¡Ya voy! –gritó Hank.

Se fue hacia la puerta y acto seguido se escuchó un grito.

-¡Christine!

La chica abrazó a su hermano, dos años más pequeño que ella pero más alto.

-Y Michael –apareció el joven Hodgins detrás de la chica.

-¡Mikey! –exclamó Bruno, detrás de su hermano. Él también era más alto que su hermana. Se acercó a ella y la abrazó hasta subirla unos centímetros del suelo.

-¡Bruno, bájame! –le suplicó Christine entre carcajadas.

Su hermano le dejó en el suelo y le sonrió. Los dos recién llegados entraron a la casa y dejaron los abrigos en la entrada.

-¿Y dónde está mi pequeñita favorita? –preguntó Christine.

-Aquí –le susurró Jane, aparecida como por arte de magia.

-Oh, ven aquí hermanita –le dijo antes de lanzarse encima de ella.

Jane siempre había sido y sería su hermana favorita.

Los dos dueños de la casa se acercaron a su hija.

-Christine, cielo –dijo su padre con una sonrisa.

-Hola papá –dijo la joven, dejando a su hermana e yendo directamente a sus padres.

Christine abrazó a su padre y después a su madre.

-Hola, Mike –le dijo Brennan al hijo de su amiga mientras le daba un abrazo.

-Buenas noches, Michael –dijo Booth, un poco fríamente. El ex-ranger se había fijado en cómo ponía la mano en la parte baja de la espalda de su hija para ayudarla a pasar, y en cómo la miraba.

-Buenas noches, señor Booth –le contestó el chico, un poco intimidado por la atenta mirada de chocolate que observaba todos sus movimientos respecto a Christine.

Brennan le dio un codazo a su marido para que parara de intimidar al pobre chico.

Al final, todos pasaron hacia la sala y conversaron hasta que volvió a sonar el timbre.

-Voy yo, deben de ser la tía Ángela y Katy –dijo Jane antes de salir corriendo hacia la puerta. Katy era la hija de la mejor amiga de su madre, y sin duda su mejor amiga.

Pero cuando abrió la puerta no se encontró a Katy. Sino a su hermano, el último Booth que faltaba.

-¡Parks! –exclamó, antes de lanzarse al cuello de su hermano.

-Calma, bicho, que me vas a hacer caer –le sonrió él.

Hacía tanto que no veía a su hermanita que la abrazó con todas sus fuerzas. Estaba más grande, pero para él siempre sería su pequeña favorita.

-Nunca entenderé por qué la llamáis bicho, si es una ricura de niña –suspiró Alice, la esposa de Parker.

-Ya te lo he contado, cariño, fue la primera palabra que dijo –le recordó Parker.

-Papá dice que era porque estaba con el tío Hodgins encima todo el rato –se rió Jane.

-Buenas noches, Janie –le sonrió la mujer a su "cuñada".

La chica, tan cariñosa y amorosa como era, también abrazó a Alice. Parker y ella se habían conocido desde pequeños, así que Jane había crecido como si Alice fuera una hermana más.

-¿Dónde están Bruno y Hank? Creo que tienen mucho que contarme –dijo Parker con una sonrisa. Siempre le encantaba escuchar las travesuras de sus hermanos.

Jane notó que en la pareja que tenía delante había algo que les hacía brillar de felicidad, como cuando les anunciaron que se casarían.

No le dio importancia y condujo a su hermano hasta el salón, donde arrastró los gemelos a la cocina para divertirse un rato con sus historias.

La familia saludó a Alice, que se había quedado allí. Alice era una mujer preciosa, si te parabas a mirarlo. Tenía el pelo oscuro y ondulado, y los ojos verdes como aceitunas. Siempre tenía una sonrisa en la cara, y, como Jane, todos vieron que a Parker y a ella les rodeaba un aura de felicidad inmensa.

Cuando volvió a sonar el timbre, esta vez fue Michael quién abrió la puerta, para recibir a sus padres y a sus hermanos pequeños.

Mike volvió a la sala con sus padres, Rick, su hermano de 18 años como los gemelos e idéntico a su padre, y Katy, de 15, con el pelo rizado de su padre pero los ojos almendrados de su madre.

-¡Jane! –gritó la pequeña Hodgins, corriendo a abrazar a su amiga del alma. Las dos chicas tenían exactamente la misma relación que sus madres-. Oh, Janie, Janie, tienes que contarme taaaaantas cosas –le dijo, sonriendo, con la misma sonrisa cotilla que su madre cuando quería saber algo, principalmente sobre la vida sexual de su mejor amiga y el padre de sus sobrinos.

La hija pequeña de los Booth la agarró de la mano y la llevó escaleras arriba, para refugiarse en su cuarto y contarle a su mejor amiga todo lo que quería saber.

Cuando llegaron Cam, Arastoo y su hijo Josh, todos se fueron al comedor para cenar.

Tuvieron que arrastrar una Katy prácticamente alucinada y una Jane con una sonrisa tímida.

Aunque, cuando intentaron preguntarles qué se habían dicho, no quisieron soltar prenda.

Se sentaron en una gran mesa redonda.

La cena transcurría con normalidad hasta que Parker cogió una aceituna. Usó el tenedor como catapulta y se la lanzó a su hermana Christine, que estaba hablando con Alice.

Cuando la aceituna tocó la cara de la segunda hermana Booth, Parker continuó comiendo para evitar la mirada fulminante de su hermana.

-¡Parker! –se quejó ella.

-Dime, hermanita –le dijo él subiendo la mirada de la comida, con cara de no haber roto nunca un plato.

-Me has tirado una aceituna –replicó.

-No, Chris, ha sido Bruno –culpó a su hermano, que estaba a su lado. Puede que tuviera 31 años, pero cuando se juntaba con sus hermanos volvía a salir el niño que llevaba dentro.

-¡Parks! –dijo Bruno-. Yo no he sido, Christine.

-No le mientas a tu hermana que yo te he visto –replicó su hermano mayor mientras los demás seguían la discusión sonriendo.

-No es verdad –contestó Bruno-. Ha sido... Hank. Sí, ha sido Hank, yo lo he visto.

-¿Cómo quieres que haya sido Hank si está al lado de Christine? –intervino Jane, riéndose de la torpeza de su hermano.

Hank sonrió y miró a su gemelo.

-A veces eres un poco tonto, Bruno.

-Somos gemelos, en algo teníamos que parecernos –contraatacó él.

Parker, Christine y Jane sonrieron. Estaba empezando una pelea de hermanos y eso les encantaba.

-Sí, aunque esa cabeza hueca sólo te salió a ti, al menos yo tengo cerebro –replicó Hank.

-Puede que tengas cerebro, pero era tan pequeño que cuando nacimos tuvieron que revisarte con microscopio, ya que no lo encontraban –le dijo Bruno.

-Claro, por eso eres tan tonto, porque yo nací primero y mientras buscaban mi cerebro se olvidaron de ti –dijo Hank.

Uuh, susurraron los tres hermanos restantes. Cuando esos dos sacaban el tema de quién había nacido primero no paraban hasta pelearse.

-No digas estupideces, yo nací primero, hermanito –le replicó, un poco molesto.

-Por favor, otra vez no –susurró su padre, cansado de oír esa discusión desde que los chicos empezaron a hablar.

Katy, Rick, Michael, Josh y los padres de ambos sonrieron por la cara de cansancio de Booth y Brennan y las sonrisas de los hermanos Booth que no estaban discutiendo.

-Lo que yo decía, cabeza hueca, muy pero que muy hueca, yo nací primero y se acabó.

-No, no, yo fui el primero.

-¿Pero qué dices? Yo...

-Oh, pero, ¿no lo sabéis? –dijo Parker, guiñándoles un ojo a sus hermanas y cortando a su hermano.

-¿El qué? –preguntaron los dos gemelos a la vez mirando a su hermano. Al darse cuenta de que habían dicho lo mismo a la vez se miraron entre ellos-. No me copies –dijeron también a la vez-. ¡Deja de decir lo mismo que yo! –gritaron, también a la vez-. ¡Cállate! –se dijeron, como si fueran una misma persona con una misma voz-. ¡Mamá! –dijeron a la vez, girándose en el mismo segundo a mirar a su madre, que les observaba con una sonrisa mientras su padre se moría de la risa-. No tiene gracia, papá –volvieron a decir a la vez, causando un ataque de risa en todos los presentes.

-En serio, chicos, ¿mamá y papá no os lo han dicho nunca? –preguntó Christine, siguiéndole la corriente a su hermano.

-¿El qué? –preguntó Hank, a punto de tener un ataque de rabia contra sus hermanos.

-Oh... –suspiró Jane-. Y, entonces, ¿por qué nos lo dijeron a nosotros? –continuó, con una expresión pensativa guiñándole un ojo a Katy disimuladamente.

-¿Te refieres a...? ¡Oh! –dijo Katy, fingiendo que sabía de lo que hablaban mientras le daba un codazo a sus hermanos y a Josh.

-¿En serio nunca os lo han dicho? –intervino Rick-. Pero si mamá y papá nos lo dijeron hace mucho, ¿verdad Mike?

Los gemelos los miraban con desconfianza.

-Sí, sí, creo que sí –le contestó Michael.

-Josh, a ti también, ¿no? –preguntó Parker.

Josh le miró.

-Sí, sí, fue cuando al tío Booth se le escapó en la cena de nochevieja del año pasado, ¿verdad?

-¿De qué estáis hablando? –preguntó Bruno, extrañado, mientras su gemelo se lo miraba todo ligeramente alucinado.

-De que el que nació primero fue... –empezó Christine-. Bueno, de quién de vosotros nació primero.

-¡Christine! –gritaron los dos gemelos.

Su hermana mayor les miró con una sonrisa.

-¿Papá lo dijo y no nos enteramos? –preguntó Hank, molesto.

-Oh, creo que estabais en la cocina –intervino Katy como si nada.

Cam, Arastoo, Hodgins, Ángela y los dueños de la casa en la que estaban no pudieron evitar reír de la mentira tan elaborada que sus hijos les estaban colando a los gemelos.

Los dos chicos miraron a su padre en busca de respuestas.

-Era broma, hermanitos –dijo Christine, riéndose-. Pero es que sois muy graciosos cuando no entendéis nada –dijo entre carcajadas, mientras todos los cómplices de la broma se reían.

Bruno les miró enfadado.

Hank miró a sus padres y empezó:

-¿Quién...?

-No, Hank, sólo lo sabemos tu madre y yo, y te aseguro nos llevaremos el secreto a la tumba –le dijo su padre-. Cuando nos dijeron que erais gemelos, no pensaba que la cosa iba a terminar así –añadió, riéndose.

Se giró para mirar a su mujer y cuando los ojos azules lo encontraron sonriendo, le dijo:

-Booth, te desmayaste.

-Oh... –dijo él-. Ya decía yo que ese día estaba un poco borroso...

Brennan sonrió y le besó, cosa que él recibió muy agradecido.

Alice miró a Parker y asintió con la cabeza.

El joven se levantó y rodeó la mesa hasta su mujer. Le puso las manos en los hombros y le sonrió. Parecía nervioso.

Todo el mundo los miraba.

-Chicos, yo... O sea, Alice... –empezó Parker, tartamudeando-. Alice, ella... Y, y yo...

-Que estoy embarazada –le cortó ella, un poco insegura.

-Voy a ser papá –sonrió él, nervioso pero feliz.

A todos se les cayó la mandíbula hacia abajo; no se lo esperaban.

-¡Dios mío! –Christine fue la primera en reaccionar. Abrazó a Alice y luego se lanzó en los brazos de su hermano, llenándole de besos.

-¡Felicidades! –gritó Hodgins con su alegría tan contagiosa.

Jane no tardó en unirse a su hermana con la lluvia de besos sobre Parker.

Cuando consiguió quitarse a sus hermanas de encima, vio que su padre le sonreía. Le abrazó, y, aún abrazados, el hombre que le había dado la vida le dijo en la oreja:

-Eres un buen hombre, Parks. Estoy muy orgulloso de ti.

-Gracias papá –le contestó él de la misma manera.

Poco a poco todo el mundo felicitó a los futuros papás y volvió a su sitio. Las conversaciones volvieron, pero con un toque más de alegría.

Al cabo de una media hora, Booth miró a su mujer y le asintió con la cabeza. Ella se marchó por las escaleras, entró en su habitación y cogió dos sobres que había en la mesilla de noche.

Volvió a bajar, les dio los dos sobres a los gemelos y se sentó en su sitio.

Los dos chicos los abrieron, mirando extrañados a sus padres mientras la resta de la gente los miraba a ellos y empezaron a leer.

-¡Oh, dios! –gritó Hank al cabo de un rato.

-Sht, que leo más lento –le dijo Bruno.

-¡Bruno, hemos entrado!

Christine, al lado de Hank, le cogió la carta y leyó en voz alta:

-Querido señor Hank Zach Booth: es un placer anunciarle que ha sido aceptado en la universidad de Harvard. Asimismo, tengo el honor de decirle que se le ha sido concedida la beca deportiva para el equipo de hockey.

-¡Guao! ¿Va enserio? –dijo Parker riendo-. Muy bien, ¿dónde está la cámara oculta?

-¡No seas malo, Parks! –le contestó Jane entre carcajadas-. Era difícil, pero al fin no tendré que soportar esos tontos en casa –añadió con una sonrisa traviesa.

-Oh, tendrás que soportarme a mí –le dijo Katy-, porque sin esos diablos vendré mucho más seguido.

-Chicas, ¿sabíais que está científicamente demostrado que tanto Bruno como yo oímos lo que dicen los demás? –dijo Hank mirando a su hermana, causando una carcajada general.

-No sé, no sé, si supieras que dicen de ti esas dos... –intervinieron Josh y Rick a la vez.

-Tengo que reconocer que a veces me dan miedo –dijo Bruno, mirándolas de reojo.

-Dios, ¡qué tarde es! –exclamó Ángela mirando al reloj-. Mejor nos vamos –añadió mirando a su marido, que le asintió con la cabeza.

Cam y Arastoo también estuvieron de acuerdo, así que Katty, Josh, Rick y Michael recogieron sus abrigos y se marcharon con sus padres. Antes de marchar, Katty abrazó a su amiga y le dijo que la llamaría por la mañana, y Ángela se acercó a Brennan para decirle:

-Bren, ni te creas que me he olvidado. Cuando vuelva conseguiré que me enseñes la foto de la tortilla.

-Ange, hice un pacto con Booth...

-Cariño, los pactos de amigas están por encima de los pactos de pareja –le recordó ella, empeñada en ver la foto de la tortilla, como la había bautizado ella, de cuando su amiga pilló a Booth haciendo una tortilla desnudo.

-No, Angie –le dijo ella.

-Sé que al final aceptarás –le contestó con una sonrisa.

Al final todos se marcharon y los Booth se sentaron en la sala después de quitar los platos de la mesa.

-Mamá, ¿de qué foto de la tortilla hablaba Ange? –preguntó Bruno con curiosidad.

Booth miró a su mujer con los ojos como naranjas.

-¿Aún guardas esa foto? –le dijo mirándola como si le acabaran de demostrar que había matado a alguien.

Ella le miró con una sonrisa.

-Es que me gusta –trató de justificarse, nerviosamente y sonrojándose un poco.

Booth se puso las manos en la cabeza.

-Veinte años y no he conseguido que la borres –suspiró-. Por favor, dime que no se la has enseñado a Ángela.

-Claro que no, nunca lo haría –le recordó ella.

-Bueno, ¿nos vais a decir qué foto es o no? –preguntó Parker, también con la curiosidad reflejada en su voz.

-No –contestaron los dos a la vez.

-¿Por qué? –se quejó Hank.

-Jamás –le contestó su madre.

-Ni en sueños –añadió su padre.

Jane sonrió y les miró.

-Yo me voy arriba, estoy cansada. Buenas noches –les dijo mientras subía las escaleras.

-Yo sigo a Janie, estoy muerto –suspiró Bruno-. Buenas noches.

Hank se sentó en un sillón con los pies en la mesita de café y empezó a chatear por el móvil.

-Los pies, Hank –le recordó su madre, haciendo que los bajara inmediatamente.

Christine, por su parte, cogió un libro de la estantería y empezó a leer, totalmente ajena a lo que pasaba a su alrededor.

Booth la imitó y se acomodó en el sofá.

Alice decidió que era tarde y subió a la habitación de Parker, donde dormían los dos cuando venían. Esa noche se quedarían allí porque era muy tarde para volver a Maryland, donde se habían mudado al casarse.

Brennan se fue a la cocina a por un vaso de agua y Parker la siguió.

Entraron los dos y la segunda madre del chico habló.

-¿Quieres algo, Parker? –le preguntó cariñosamente.

-No, no... Es sólo que...

Ella le sonrió.

-Te pareces demasiado a tu padre –le dijo-. No les des vueltas a las cosas.

El joven suspiró.

-Anoche, estuve hablando con Alice, y decidimos que si el bebé es un niño, se va a llamar Max –le dijo sin rodeos, como le había pedido.

Ella le abrazó con todas sus fuerzas.

Max había muerto dos años antes. A Brennan le había sentado muy mal perder a su padre por segunda vez, y con Parker no había ido mejor.

Max había sido un gran hombre para él, un científico chiflado que le enseñaba experimentos de lo más divertidos de niño. Parker siempre lo había considerado un abuelo.

-Gracias –le dijo su segunda madre con lágrimas en los ojos-. Eres un gran hombre, y aunque no sea tu madre biológica, estoy muy orgullosa de ti.

El joven la miró.

-Cuando nacieron mis hermanos pensé que no me querrías igual que antes –confesó uno de sus más grandes miedos.

-Parker –empezó ella-. Fuiste el primer niño al que quise con locura. Y fuiste tú quién cambió mi opinión sobre tener hijos, porque siempre te consideré un hijo. Recuérdalo siempre, yo tengo cinco hijos.

Ahora fue él el que la abrazó.

Parker siempre había admirado a esa mujer. Y no se equivocaba al afirmar que era la persona más inteligente que había conocido jamás.

Y es que, a veces, las personas que en un futuro amarás pueden parecerte raras en un principio.

Pero no es la primera impresión la que cuenta.

Siempre es la segunda. Y eso, normalmente, lleva a la felicidad.

FIN