Robotech y sus personajes son una propiedad de Harmony Gold USA Inc., Mass Effect y sus personajes son propiedad de Bioware. No se obtiene beneficio económico alguno de esta historia.
¡Estoy de vuelta!, o lo que queda de mí al menos... (je, je, no es cierto. Estoy completo, pero muy apaleado).
A los que han revisado mi historia como son (redoble de tambores... pas): ferduran y Ridli Scott (los sospechosos usuales).
¡Gracias de nuevo!.
He estado fuera de la ciudad por un par de meses, y cuando he vuelto me he dado cuenta de cuan descuidado he dejado esta historia, así que ya es hora de volver a las andadas.
No mas choro mareador, ¡así que andando que es gerundio!...
Intermedio parte 1:
Nubes negras en el horizonte.
SDF-3 "Pionero", en órbita de la "Ciudadela",
Nebulosa Serpiente, cercanías de la estrella Widow
Brazo Galáctico Sagitario
Dana Sterling entró en el espacioso salón principal de la cubierta científica del SDF-3, contemplando en silencio los experimentos que allí se llevaban a cabo y viendo pasar a los científicos y sus ayudantes de aquí para allá, sin que ellos hicieran el mínimo intento de percatarse de su presencia. No era un lugar que le gustara visitar con frecuencia, los recuerdos de las interminables pruebas a las que Lazlo Zand la sometiera, en aras de estudiar y descubrir los secretos del único híbrido Humano-Zentraedi de la Tierra, dejando esa posibilidad en el olvido.
Algo bueno había salido de todo ello sin embargo. El haber conocido a Terry Weston, uno de sus profesores de la ahora destruida Academia Giles y el primer hombre con el que se relacionó sentimentalmente, era una de las pocas joyas que podía nombrar de una infancia triste, un asunto nada digno de escribir a casa.
Caminó por los intrincados pasillos, observando sala tras sala, y preguntándose los alcances de la información que el Grupo de Investigación Robotech reunía, mientras buscaba una manera de regresar a su dimensión. Muchos de los datos que allí se obtenían habían mejorado las capacidades combativas de la Fuerza Expedicionaria, y aún en la Tierra, a pesar de los significativamente menores recursos del Laboratorio de Robotecnología de Tokyo, de donde provenía la mayoría del equipo que la Cruz del Sur usaba, las armas y maquinas veritech allí fabricados habían sido significativas para el curso de la guerra contra los Maestros Robotech.
Ocupó su mente en registrar los cuartos donde no había personal, evadiendo cualquier contacto que llegara a incomodar su presente y frágil estado mental. Recorrió los múltiples cuartos y estancias de la gigantesca galería, algunos de ellos decididamente vacíos, hasta que dio con lo que buscaba, una de las prebendas mas queridas de los pupilos del Doctor Lang.
Entro en el observatorio con sigilo. A excepción de la soldadesca asignada a cuidar esa sección de la nave, no era común ver militares en aquellos lugares. Cuidando de no perturbar la paz de las estanterías que vestían las paredes, llenas de copias digitales de libros y archivos cuyos originales habían perecido en las varias guerras de la Tierra, se acerco hasta el centro de la estancia, un cuarto oval con un gigantesco ventanal de observación que dominaba toda la vista. En ese momento las cortinas de seguridad estaban colocadas y no se podía ver hacia el exterior. Pero eso no era el motivo por el que Dana había venido, al terminar su turno de servicio en la delegación de la FER, en la Ciudadela, hasta ese lugar.
Anduvo unos pasos, hasta que se detuvo frente a un pedestal de un color tan negro y lustroso como la obsidiana, en cuyo cuerpo había grecas y símbolos iluminados por una luz azul pálida, que delineaba sus contornos y resaltaba los controles táctiles enclavados en él, así como el grabado estilizado que decía "CARAH". No era un mueble muy alto y, de media estatura como era ella, la estructura le daba un poco más arriba de la cintura. Cerca del estilizado gabinete, había un par de mesas con jarras de café y vasos cerca de él, y toda la periferia estaba rodeada de esas sillas utilitarias que eran el rasgo distintivo del mobiliario de la nave.
La rubia presionó uno de los controles y el artefacto lanzó un destello desde su parte superior que la sorprendió un momento. Las luces disminuyeron de intensidad en la sala y enseguida se proyecto una representación tridimensional de la Galaxia. Había varios puntos señalados en ella, planetas que la nave había visitado durante sus largos años de bregar por el cosmos. "Sistema de CARtografia Activa Holográfica. Por favor mencione el sujeto de búsqueda", fue lo que apareció proyectado en la holografía, a un costado del mapa.
Se sintió tentada a apagar el sistema y marcharse, pero su ansiedad por las imágenes que deseaba ver era demasiada. Reprimió sus sentimientos y tranquilizándose cuanto pudo, se acercó al mapa y buscó el rotulo principal. La Tierra.
Tan pronto tocó el rotulo, el sistema cambió la perspectiva inmediatamente y la hizo sumergirse en ese inmenso conglomerado de estrellas que la hacía sentir mas pequeña e indefensa de lo que jamas hubiera imaginado. Pronto penetraron en el primer cuadrante de la galaxia, hasta el Brazo Local, continuando la inmersión hasta que reconoció un conjunto de planetas que le eran familiares. La imagen penetró un poco más, hasta que un cuerpo azul ocupó el primer plano. Parecía una vieja canica turquesa, cuyo cuerpo estaba veteado con bandas blancas. Dana no recordaba haber visto una cosa mas hermosa en su vida...
- La Tierra. Tercer planeta del sistema planetario Solar, cautivo gravitacional de una estrella de secuencia tipo G y luminosidad tipo V. Designaciones alternativas como Gea o Terra, es un geoide de tipo telúrico, de cinco punto noventa y siete cuatrillones de kilogramos de masa y superficie aproximada de quinientos diez millones de kilómetros cuadrados, de los cuales un setenta punto cero ocho por ciento corresponde a agua, mientras que un veintinueve punto dos por ciento corresponde a... - mencionó el sistema de información al lado del mapa. Dana hizo la mímica de presionar el panel y este desapareció.
El cuarto quedó en completo silencio. Solo las imágenes del planeta natal de la Humanidad quedaron al frente. La belleza de la vida que pululaba en esas imágenes le era desconocida y a la vez asombrosa. No se parecía en nada a la atmósfera sombría de Tirol, ni a las junglas ni otros ecosistemas igualmente extraños, que había visto en los planetas de los Centinelas. Ese era el paradigma de lo que consideraba imprescindible en el lugar donde quería pasar el resto de su vida.
Sin embargo la esfera azul que se presentaba ante sí, no era aquella en la que había crecido. La de su infancia era un gigantesco yermo, en el cual la vida apenas estaba empezando a regresar. Era el símbolo del fracaso de la Fuerza Expedicionaria. Era ese cuerpo celeste que había sufrido una segunda aniquilación a manos de los Maestros Robotech, invalidando todo el esfuerzo que los líderes humanos habían hecho para prevenir una nueva tragedia.
Era la tierra de su padre, en la que muchos organismos se habían perdido y eran irrecuperables. Y en la que muchos más tenían su ADN almacenado en la unidad especial de preservación que la RDF había instalado antes de la guerra, en el ancestral territorio neutral del Ártico. El regresarlos al estadio ecológico previo a la Primera Guerra Robotech era sin embargo un esfuerzo titánico, que el Gobierno de la Tierra Unida no había podido llevar a cabo, más preocupado por disputarse las sobras del mundo con los remanentes de la RDF, después de que la Expedición Pionero se fuera.
La dispersión de las esporas de la Flor de la Vida, en el ocaso de la Segunda Guerra Robotech había cambiado todo eso. La Tierra se había convertido de nuevo en un Edén, aún mas impresionante que el anterior. Solo para que los Invid vinieran a tomar posesión de él.
Y ahora ya no tenía la posibilidad de volver a verlo.
Siempre podría consolarse pidiendo licencia para viajar a la Tierra de esta dimensión. Mientras estaba en la estación espacial, había visto la Extranet, esa suerte de red informática galáctica que era parte del día a día de los ciudadanos de este lugar. En ella había revisado la información sobre ese apócrifo gemelo del planeta que estaba ante sí. Se veía igual, tenía las mismas características y sus lugares eran similares hasta el colmo del detalle. Había seres humanos viviendo allí...
Pero no era su hogar.
Maldijo por enésima vez a su familia, por haber partido en una empresa que a todas luces había resultado errada. No les perdonaba haberla dejado en el atalaya, donde la tormenta se abatió furiosa contra ella.
Y encima de todo y para su mayor desconsuelo, habían decidido tener a Maia. La primera vez que se vieron les había echado en cara no haber regresado por ella, no haberla protegido de la tempestad y, cuando esta había rugido al máximo, haber dado a luz a una hija, para compensar por la que habían perdido. Se sorprendió a si misma apretando fuertemente sus puños. Un torrente de emociones pasaban por su cabeza. Eran sus padres después de todo, y aún tenía buenos recuerdos de sus primeros diez años de vida, cuando aún estaban juntos. Pero las cosas no habían sido las mismas desde que se habían ido. A pesar de que Rolf Emerson los cuido a ella y a Bowie, como si hubieran sido sus propios hijos, no era lo mismo. Ellos no podían regresar a su vida casi veinte años después y abrazarla y mimarla, fingiendo que nada hubiera pasado.
No lo iba a permitir.
Una lágrima corrió por su mejilla. No hizo el esfuerzo de esconderla. Nadie estaba a su alrededor para darse cuenta de su terrible debilidad. En la Cruz del Sur, semejante comportamiento le hubiera ganado las burlas y críticas de sus superiores. Pero esos tiempos habían quedado atrás. En la Fuerza Expedicionaria nadie daba un comino por lo que hiciera de su vida personal, mientras desempeñara bien su trabajo. Se daba cuenta, que muchos miembros de los mas antiguos tenían esa mirada en el rostro. La mirada de los soldados que se han resignado ya, porque saben que la debacle los está esperando a la vuelta de la esquina. La visión de aquellos que han presenciado la muerte en muchas y distintas formas. Ese sombrío pesar que aqueja a los que han sobrevivido demasiado tiempo en el campo de batalla.
La culpa del sobreviviente. El odio hacia uno mismo por haber sido mejor, más fuerte, más rápido... o más afortunado.
Dio un sonoro golpe en una de las mesas cercanas y volvió a insistir. Una segunda y tercera vez y su mano estaba sangrando ya. El líquido rojo pardusco empezaba a bañar su mano. Sangre Zentraedi y Humana. Años y años de pruebas, tests y análisis, ¿y que habían sacado en conclusión los científicos?...
Nada... no la fuerza guerrera de los Zentraedi, ni la profunda tenacidad de la Humanidad.
Dentro de sí solo era una niña tonta. Una chica confundida que desesperadamente desea que alguien la abrace, pero que no es capaz de aceptar de buena gana que necesita ayuda...
Levantó su mano para golpear la mesa de nuevo, pero una mano detuvo su viaje. Una mano callosa y cálida, que le trajo recuerdos de otros días:
- Si sigues golpeando la mesa fräulein Dana, vas a terminar por destruirla. Y me temo que no estamos en posición de pedir mobiliario nuevo -
Dana levantó la cara. La efigie barbada y serena del Dr. Lang la miró profunda y fijamente, como si tratara de meterse en su cabeza sin decir palabra alguna. Ella forcejeo para soltarse, reconociendo la figura de ese cómplice de sus padres, una más de las personas que los alentaron a irse de la Tierra. El viejo no cedió sin embargo, mientras sostenía su brazo firmemente. Ella aplicó mas fuerza, pero el otro no la soltó. Estaba por violentarse, cuando bajó el semblante, siguiendo algo que llamó su atención. Observar un hilillo de sangre manchar la inmaculada manga del científico, la hizo caer en cuenta de la tontería que estaba cometiendo.
Se tranquilizó y relajó tanto como pudo. El hombre la soltó y se acercó a una de las estanterías, de donde tomó un botiquín de primeros auxilios y lo trajo junto a ella. Unos minutos y antisépticos después, su mano estaba curada y vendada ligeramente. La furia que normalmente sentía hacia todos aquellos que habían participado en ese remoto y nebuloso pasado había desaparecido, sustituida por una pena que la embargaba profundamente.
Había tratado de levantarse intempestivamente, pero una mirada de esos ojos negros insondables la había retenido allí, mesmerizada. Ninguno de ambos había dicho nada, pero cuando el vendolete estuvo listo, se atrevió a lanzar un "Gracias", en un hilillo de voz que le sonó a si misma ridículo.
- De nada muchacha. Pero me sorprende que quieras venir a escondidas a observar las imágenes cartográficas. De haberlo sabido antes, hubiera arreglado un par de horas solo para ti - dijo el viejo, con voz afable.
- No quería molestar... - la chica aún no lograba regresar su voz al tono normal.
- No es ninguna molestia Dana. De hecho empezaba a extrañarme que no te acercaras al laboratorio abiertamente. Desde que tu padre me trajo el SPARTAS, he sabido acerca de tus indagaciones para dar con su paradero -
La cara de la chica se contorsiono en una mueca de enfado. La ira que había disminuido anteriormente se reavivo de nuevo. Sin embargo no quería tener un estallido sentimental con el viejo. A pesar de todo tenía su orgullo y quería conservarlo lo más posible. Algo la impulsó a levantar la voz de nuevo:
- ¿Usted tiene mi viejo tanque? - destilando la medida exacta de enojo.
- Sí. Es uno de mis pasatiempos favoritos - esa respuesta la tomó por sorpresa.
- ¿Pasatiempos? - preguntó con incredulidad. ¿La mente maestra detrás de la tecnología Robotech tenía algún tiempo libre para eso?.
- Sí, es un proyecto alterno a mis investigaciones mas inmediatas. Verás Dana: Cuando uno llega a mi edad, las horas de sueño que requiere son mínimas, y a veces es mejor tener una actividad para ocupar el tiempo vacío - Eso explicaba tantas cosas...
- ¿Puedo verlo? - pregunto la joven, sin poder contener una nota de entusiasmo en su voz.
- Claro -
El hombre la condujo fuera del observatorio. Recorrieron en un silencio pesado y un poco incomodo varios pasillos, internándose cada vez más en el sanctasantorum de los asesores científicos, hasta que llegaron a una especie de hangar. Allí, pasando frente a un túnel de viento donde se probaban varios prototipos a escala de cazas Alfa y Beta, cerca de un modelo escala 1 a 3 del nuevo vehículo de infantería todoterreno "Silverback", y luego de dejar atrás varios amasijos de circuitos, servos y módulos de control de prototipos veritech sin ensamblar, llegaron a la parte del fondo.
Allí, en un nicho aparte, rodeado de varias personas que tomaban mediciones, estaba el viejo tanque aerodeslizador de Dana. Habían desmontado el chasis y se podían observar las entrañas de la robusta y confiable maquina. Dana puso una expresión a medio camino entre la sorpresa y el disgusto. Cuando formaba parte del Cuerpo Armado de Tácticas Alfa, solo permitía que Louis Nichols, que a su corta edad ya era un especialista de suma confianza, metiera mano a los mecanismos. El ver personas extrañas haciendo pruebas de resistencia y verificando los particulares de su "caballo de batalla" , le daba la sensación de ver un ultraje y quedarse ahí parada sin hacer nada para evitarlo.
- De todas las cosas que trajeron con ustedes en el "Marcus Antonius", sin duda los tanques son lo más asombroso. Los ingenieros de la división Tokyo hicieron un gran trabajo. Solo entre nosotros muchacha: En lo particular prefiero este diseño, que es robusto y confiable, al de los "Silverback" - le confió el doctor alemán, mientras recorría el perímetro del vehículo, admirándolo.
- "Sí..." - pensó Dana, observando el modelo a escala, que transformado en modo Battleloid, parecía un gigantesco orangután metálico - "Cuando lo vi por primera vez, pensé que era uno de esos viejos juguetes de píezas intercambiables" -
- Debo de admitir que un modelo así tiene sus ventajas. Las armaduras Ciclón pueden compartir piezas con el "Silverback", lo que le da una ventaja sin paralelo. No tenemos que modificar lineas de ensamblaje, y podemos usar las mismas refacciones para reparar ambos modelos... - el científico se detuvo y suspiró brevemente - ...sin embargo nunca he creído que producir un modelo de esa clase sea la solución a nuestros problemas militares. Por eso desde que tu padre me lo enseñó, quise que me trajera esta maquina - puso una mano cariñosamente sobre el tanque. Dana sonrió al ver el gesto:
- Podían habérmelo pedido... Su valor sentimental es incalculable, y a pesar de que cuando lo traje conmigo ya estaba en condiciones bastante deterioradas, debo de reconocer que contra los Invid fue suficientemente efectivo para permitirnos escapar - la chica se abrazó al chasis de su vieja maquina como un niño abraza su mascota preferida.
- Me temo muchacha, que esas son la clase de sutilezas que se pierden con la cadena de mando - el viejo doctor alemán se levantó de hombros - Siempre me he considerado un investigador independiente de la milicia, aun en los tiempos de la FDR, y a pesar de tener poder de decisión sobre muchas cosas, mi alcance aún es limitado... -
- Si hubiera estado en la Cruz del Sur hubiera terminado odiando al General Leonard - Dana sonrió de oreja a oreja, recordando al calvo y malhumorado líder del Ejercito de La Cruz del Sur.
- Ja... Anatole Leonard era odioso desde los tiempos en que trabajaba para mí, antes de la guerra con los Zentraedi, así que dudo mucho que eso hubiera cambiado, para bien o para mal - el viejo doctor esbozó una sonrisa, que su barba encanecida disimulaba ligeramente.
- ¿Y que le esta haciendo a mi viejo tanque?. Lo veo… distinto - la chica tomó algunas piezas sueltas del chasis, en medio del azoro de algunos asistentes, para los cuales un soldado como ella no tenía nada que hacer en un lugar como ese.
- Veamos que tan perceptiva eres... ¿que notas de diferencia? - cuestionó el viejo doctor, mientras se acercaba a una mesa contigua, sobre la cual había varias piezas y módulos. En una tableta adyacente, desplegados para que todos pudieran verlos, estaban los planos deconstruidos del "SPARTAS" VH-2.
- A simple vista, lo veo más... largo. Los emplazamientos de armas están siendo modificados... y el motor parece estar desarmado, pero veo circuitería y módulos que no reconozco... - comentó la soldado mientras veía a los asistentes del Dr. Lang hacer pruebas y verificar la integridad de algunas de las piezas que se estaban probando.
- Así es... - la llamó hacia los planos, destacando en la tableta el motor y las baterías centrales - Una de las cosas que nuestros nuevos amigos nos han proporcionado es información sobre la física de efecto de masa, que es lo que les permite crear sus vehículos y desarrollar sus armas... - invocó una imagen desde el teclado de la tableta y el esquema de un reactor apareció - ...Es tecnología es común a casi todas las razas de este universo y sus fundamentos son de sobra conocidos por aquí. Basado en eso, he reproducido varios modelos de reactores con eso que llaman elemento cero – un nuevo movimiento de sus manos y varias fotografías y datos técnicos de los distintos reactores aparecieron.
- Las propiedades de este elemento cero o "eezo", son sumamente interesantes. Al hacer circular una corriente eléctrica a través de él, puede generar un campo eléctrico que disminuye o aumenta la masa, sin alterar las propiedades atómicas del objeto en cuestión... - la tableta desplegó imágenes de un modelo atómico del elemento cero, seguidas de varias gráficas y un flujo gigantesco de ecuaciones - ...de esa manera, las artilugios que cuentan con él son capaces de desarrollar grandes velocidades (hasta el punto de ser mas rápidos que la luz, lo que por otros medios implicaría una violación flagrante de las leyes físicas) y otra serie de ventajas que son demasiado largas para describir en palabras sencillas... -
- Entiendo que todo esto le resulta muy interesante doctor, ¿pero como va a aplicar eso a mi viejo equipo? - dijo Dana tratando de reprimir un bostezo.
- Ah... los jóvenes... cosas tan impacientes siempre. Mira... - el Dr. Lang la llevo de la mano hasta encontrar las baterías que alimentaban el artilugio -... puedo combinar las baterías de protocultura que le adaptaste a tu vehículo para alimentar un pequeño reactor de efecto de masa, lo que implica que para efectos prácticos, mientras la batería funcione, el tanque tendrá una movilidad inusitada... - Dana volteo a verlo asombrada - ...sin mencionar que puedo montar mas armas y equipos en él, que no repercutirán directamente en el peso. Además, podemos hacer algo por la cabina cerrada que ese viejo modelo debería de tener. ¡Inclusive podemos cambiar su capacidad de carga de pasajeros! -
- ¿Es una broma? - la chica no podía creer la sonrisa de triunfo pintada en el rostro del hombre viejo.
- No. Reduciendo la masa del chasis y todo lo que va montado en él hasta casi cero, lo único que limitaría la velocidad serían los factores externos al chasis, es decir, el peso del piloto y posiblemente un grupo de acompañantes, además de la aerodinámica del modelo (que es muy buena debo decirlo), y el rendimiento del reactor... - El viejo alemán revisó la tableta que mostraba los planos del vehículo - ...claro que también tendríamos que mejorar el desempeño de la maquina y ajustar algunos mecanismos que trabajan por peso, pero en general daría una serie de ventajas sustanciales -
- ¡Increíble! - la cara de Dana rebosaba de emoción.
- Si... y voy a necesitar un piloto de pruebas. De preferencia alguien que este familiarizado con el manejo y las sutilezas de esta maquina - una sonrisa picara de parte del creador de la Robotecnología no era algo que se viera comúnmente. Y era algo que la hija de los Sterling apreciaba.
- Creo que conozco a la persona adecuada para eso - dijo ella, esbozando la misma sonrisa picara de oreja a oreja - ¿Cuando podremos empezar? -
- Mañana mismo - fue la súbita respuesta
- ¿Mañana?, usted dijo que habría que hacer algunas modificaciones sustanciales al... - replicó Dana, pero calló de improviso. El brillo de los ojos del Dr. Lang le decía que, una vez que se había establecido un objetivo, el tipo iba a dormir muy poco ó casi nada, para cumplir su meta.
- De acuerdo... mañana nos veremos aquí - la situación había dado un giro irreal, pero no le molestaba en lo absoluto.
- Bien... ¿y Dana?... - el viejo se había alejado un poco, enfrascándose en los mecanismos del vehículo.
- ¿Sí Dr. Lang? -
- No le comentes a tu padre o al Almirante de esto. Cuando sea tiempo yo mismo les daré la noticia - el comentario le llegó ya atenuado por un amasijo de cables
- ¡Esta bien Herr Doktor! - dijo entusiasmada, como la niña pequeña que no podía esperar para correr a contar a todo el mundo.
Dana Sterling se excuso y dio media vuelta, echando a caminar hacia las afueras de la Cubierta Científica. Todo parecía igual en su animo, y sin embargo cuando pasó frente a un cristal y se miró reflejada en él, podía ver algo distinto. Una sonrisa. Una como hacía muchos años que no se reflejaba en su rostro...
Embajada de la Alianza, La Ciudadela...
Paredes blancas de paneles metálicos, miradas inquietas entre los soldados del personal, molestos por la presencia de esos otros humanos que vestían de azul con las insignias del cuerpo de seguridad de la Ciudadela. Cientos de caras humanas y alienígenas, repletas de curiosidad y maravilla, paradas frente a las puertas de la nueva oficina de Asuntos Culturales de la FER, que había sido inaugurada ese mismo día. Seis horas en el trabajo de ser el perro guardián de las instalaciones y Miriya Sterling ya empezaba a mostrar signos de hastío. Lo mantenía a raya inspeccionando distintos ángulos del gigantesco salón que había sido acondicionado para ellos, hasta que los ingenieros del Concilio les asignaran un lugar que no fuera constantemente remodelado por esos enigmáticos extraterrestres insectoides, que todos por allá conocían como "Los Cuidadores".
Había inspeccionado cuidadosamente cada rincón del lugar, verificando cada aspecto de la seguridad hasta el más mínimo detalle. Hacía un par de días, después de la recepción diplomática oficial, se había encargado de revisar las instalaciones proporcionadas por la Alianza de Sistemas, como sede provisional de la nueva embajada. Se revisaron entradas y salidas, establecieron protocolos de seguridad y se buscaron micrófonos, cámaras o algún otro indeseable instrumento espía. No era la clase de trabajo al que estaba acostumbrada, pero había aprendido mucho desde que decidiera unirse a los humanos, antes de la derrota de la Flota Zentraedi. Había dado el visto bueno a las instalaciones horas después y verificado que el mobiliario necesario también fuera revisado. Un tercer chequeo posterior, y el resultado era patente. Sin embargo, a pesar de que había accedido a permanecer como jefe de los custodios de las instalaciones, en lugar de regresar al SDF-3, no se encontraba a gusto.
Para colmo tenía que forzosamente estar presente, aun y cuando no fuera en plan militar. Siendo la única Zentraedi "pura" en este universo, su presencia era necesaria. Había oído los comentarios de algunos residentes de la estación espacial:
- ¡Pero si es humana igual que nosotros! -
Su gesto de molestia había sido mas que evidente. Acto seguido Lisa Hayes había procedido a contar un poco de la historia de las Guerras Robotech para clarificar la similitud entre los Zentraedi y los humanos. Después de oír el mismo comentario mas de tres veces sin embargo, la situación había perdido su encanto y se había revelado como lo que era: Una forma velada de decir "¿Que los hace tan especiales a ustedes, si son tan iguales a nosotros?".
No había querido entrar en polémica. No le correspondía en realidad. Pero secretamente se había sentido ofendida por la miopía mental de los residentes de la Ciudadela. Le hizo recordar la manera en que los oficiales y científicos de la Fuerza de Defensa Robotech la habían tratado, por haber sido parte del enemigo. Toda una vida de haber sido considerada un bicho raro le recordó que no debía dar demasiada importancia a los comentarios estúpidos.
Para las 1000 horas de la Ciudadela, había al menos doscientas personas esperando en el lobby de la sala de embajadas (ante la mirada atónita de la recepcionista Asari que manejaba el flujo de personas). El Embajador Udina había alzado una ceja cuando notó las aglomeraciones enfrente del edificio, y comentó por lo bajo (pero no lo suficiente como para que Miriya no se enterara), que a pesar que la presencia de los extranjeros había despertado de pronto un nuevo interés por la humanidad, esa aglomeración podía representar un riesgo de seguridad considerable. Semejante hipocresía no había pasado desapercibida en la mente de la Meltran, puesto que la afluencia a la embajada de la Alianza también se había incrementado por consecuencia, de manera considerable. Aún y cuando solo fuera para comparar los modos de trabajo de ambas oficinas.
Decidió inmediatamente que el político no le caía nada bien.
En cualquier caso, había sido un día difícil. Mucho de lo que el público asistente iba buscando era saber como procedería la compensación de la FER por el incidente del pulso EM (e inclusive algunos de esos ciudadanos llegaron a vituperar a Lisa y a enfrentarla a ella y a los guardias de Seg-C asignados a reforzar la seguridad). Otros más buscaban maneras de hacerse de créditos fáciles, y algunos más mencionaban querer aplicar para unirse a las fuerzas estelares, exclamando excitados, como con su nave y tecnología, podrían darles una lección a los Batarianos y otros posibles enemigos de la humanidad.
(Esta última opción motivaba a un cierto sector de los colonos que no estaban afiliados a la Alianza, de paso en la estación espacial. Miriya mantuvo en la mente la imagen de Lisa tomando fehacientes notas de semejante hecho).
También los alienígenas se habían acercado. Los Turianos lo hacían con cierto resquemor, pensando en averiguar acerca de las tradiciones de combate de los nuevos humanos. Los Volus y los Elcor también habían llamado su atención. Los Elcor, debido a su natural simpatía, que les había ganado la aprobación de muchos otros seres. Los Volus no le habían caído tan bien, sin embargo. Muchos de ellos exhibían comportamientos poco amistosos y no ayudaba en nada el hecho de que sus trajes presurizados les dieran la apariencia de ositos de felpa mecanizados, sin una pizca de cabello. Aún los Krogan, que miraban a los humanos como preguntándose cual era el secreto de esa especie, en apariencia tan frágil, para contener a las fuerzas de la galaxia, habían resultado menos hostiles.
Empero, la joya de la corona se la llevaban los Quarianos. Enfundados en sus trajes aislantes, y vistos por el resto de los habitantes como parias y ladrones, los alienigenas de tres dedos se habían asombrado de sobremanera por el arribo del SDF-3. Habían visto la tecnología desplegada por la FER, y varios de ellos se habían presentado por su cuenta en la embajada, solicitando charlar con la embajadora. Lisa, consciente del estatus de personas no-gratas de ese pueblo en el espacio de la Ciudadela, había charlado con varios de ellos ante la indignación general y había descubierto acerca de sus particulares circunstancias. La información que el Concilio había proporcionado acerca de ellos era escueta hasta el grado de los sospechoso, pero eso no impidió a la ex-almirante darse cuenta de las posibilidades en las relaciones con dichos alienigenas.
Miriya vio a varios de ellos salir de la oficina comentando muy animados, felices de encontrar gente que no les guardaba ningún rencor basado en prejuicios.
Varias horas después ya era tiempo del cierre de la oficina. Después de haber realizado los procedimientos de seguridad y revisado de nuevo el local, volvió a su cubículo, para escribir un reporte de actividades. Lisa había dicho que no volverían al SDF-3 por el momento, tomando como alojamiento un grupo de apartamentos para invitados especiales, que el Concilio usaba para visitas especiales. El cambio de escenario era una novedad, y no estaba particularmente ansiosa por regresar a su cómoda, aunque un poco claustrofóbica habitación en la nave:
- Embajadora Hayes: El ingeniero Horath ha venido, para mostrarle los planos de la nueva estancia - oyó a la asistente personal de Lisa desde el fondo de la oficina, mientras daba un ultimo vistazo a los reportes de personal.
- De acuerdo Virginia. Dile que lo veré en unos minutos - contestó su amiga y asomando la cabeza de su lugar, la vio levantarse de su escritorio, dirigiéndose a ella.
- ¿Todo en orden?... - la madura mujer se aposentó frente a ella.
- Si. Para ser nuestro primer día, salimos relativamente ilesos - contesto Miriya con profesionalismo, pero ya abatida por la interacción con el publico que había tenido que demostrar.
- Y todavía nos queda un poco más que hacer amiga. Hay que recibir al Salariano y verificar los planos del Centro de Rehabilitación -
- Sí... sabes, a veces envidio a Max y a Rick... siempre les tocan las cosas fáciles -
Lisa esbozó una sonrisa. "Las cosas fáciles" como decía su amiga, eran mantener el orden y disciplina en una nave en la que el noventa por ciento de la población, de casi cinco mil soldados, estaba ansiosa de bajar a la estación espacial y experimentar por su cuenta la maravilla de un nuevo universo. Presentía que los muchachos iban a necesitar el toque femenino de vez en cuando para mantener las aguas tranquilas, pero ni loca iba a arruinarles la gran sorpresa de tener que darse cuenta de ello.
- Estoy de acuerdo... solo recuerda que todo lo que estamos haciendo va a ser necesario de alguna forma si queremos ganarnos la confianza de estos extraterrestres... - dijo mirando por la ventana hacia la gente, que paseaba despreocupadamente por la plaza aledaña a las inmediaciones de la embajada - ...y si queremos aumentar las posibilidades de regresar a nuestro hogar -
- Cierto... aunque no estoy preocupada por eso, Lisa. Como Zentraedi me acostumbre a viajar de un lado a otro, viviendo siempre en estaciones espaciales y naves de combate. Aún y cuando me establecí en la Tierra con Max, me siento más a gusto en la cabina de un caza, pilotando en el espacio - dijo ella con semblante determinado.
Lisa sonrió. Ese comentario era tan típico en Miriya.
- Desearía que todos pensaran como tu, amiga. Pero después podemos hablar de eso. El arquitecto nos está esperando -
A esa voz ambas mujeres se dirigieron al salón principal de reuniones, donde el arquitecto, un salariano en cuyas facciones anfibias se leía un rictus de velada superioridad, y su asistente, una chica humana de cabello negro a la espalda, cuya figura envidiable estaría mejor empleada en alguna pasarela o agencia de modelaje, esperaban. Ambos se levantaron al verlas entrar:
- Embajadora Hayes, Comandante Sterling: Un placer verlas. Soy el arquitecto segundo Horath Lisanis, y mi asistente provisional, la señorita Circe Stilwell... - hizo un gesto a la joven que estaba junto a él.
La mujer joven, de largo cabello a la espalda, ligeramente ondulado, enfundada en un traje completo en blanco y azul claro que, sin ser demasiado revelador, no dejaba lugar a duda de sus poderosos atractivos, extendió la mano para estrechar las de ambas mujeres. Cuando fue turno de Miriya, la Meltran dilató el saludo un segundo de más, mientras observaba el rostro de la asistente.
Había algo en la manera en que miraba, movía y hasta respiraba. Se antojaba segura, pero calculadora y analítica. Su mirada era intensa, pero de una manera muy sutil. Sus facciones le hablaban de un grado de perfección, muy cercano a lo que los humanos consideraban "ideal". Todo en ella tenía un aire de estudiado, de artificial, que iba escondido bajo una presencia apabullante. Al lado de ella el salariano parecía pequeño, opaco y gris.
Sus compañeras Meltran se le vinieron a la cabeza en un instante. Siendo todas clones, se buscaba instilar en ellas características deseables para la guerra. La "belleza" no era una de esas cualidades, salvo en las ocasiones en las que el enemigo hallaba su atractivo un distractor poderoso para sus capacidades combativas. Había sido la única forma en la que esa cualidad se había preservado en ellas. Cuando empezó a vivir con Max y los otros humanos sin embargo, se dio cuenta de que esos ojos verdes, su cabello lacio y largo, y ese rostro perfectamente delineado que observaba cada mañana frente al espejo, eran una carta de presentación que la volvían agradable. La característica "belleza", que según el modo de vida Zentraedi era tan solo un arma más, con los habitantes de la Tierra adquiría calidad de virtud e interés intrínsecos.
Aplico esas lecciones a su interlocutora y se dio cuenta que sus movimientos eran finos y sugerentes, con miras a despertar la curiosidad y la atracción del publico masculino y la envidia de las de su mismo sexo. Su manera de pararse sin embargo, y de casualmente dirigir su vista hacia puntos estratégicos del local, le hablaron de alguien que había recibido entrenamiento militar, y que sabía disimularlo hasta grados insospechados. Esos modos, aunados a lo agraciado de su apariencia, se convertían en perfectas armas con las que ella enfrentaba al mundo en sus propios términos.
Esta mujercita frente a ella podía ser todo, excepto la gris asistente de un arquitecto...
- "Con que ya empezamos a espiarnos ¿eh?..." - pensó mientras disimulaba su sorpresa con una sonrisa rápida, haciendo gala de las maneras que había aprendido en su estadía en la Tierra. Lisa tenía que enterarse de esto, pero, si había evaluado correctamente la situación, la chica no era una amenaza inmediata, así que decidió comentarlo después de que terminaran.
El extraterrestre empezó su presentación dando una orden a Circe, quien a su vez apretó algunos botones de su omniherramienta, y mostró varias imágenes y proyectos de posibles zonas donde podría asentarse el Centro de Rehabilitación y Medicina Avanzada de la FER. Lisa observaba y hacia preguntas, tomando ligeras notas en la tableta de datos que traía consigo. Miriya se concretaba a observar, revisando los datos. Lisa pidió se confeccionara un plano, tomando algunas características prominentes de los varios modelos que el arquitecto había mostrado.
Una vez terminada la reunión, les mencionó:
- De acuerdo, salvado ese escollo, les haré llegar mi primer proyecto en un par de días. Mi asistente les hará una nueva visita. Ella será la encargada de dar el seguimiento adecuado a este asunto -
- Esperaremos noticias suyas - dijo Lisa, levantándose y estrechando las manos de sus interlocutores de nuevo, dando a entender que la reunión había terminado.
Cuando ambas personas salieron de la oficina, Lisa volteo a ver a su compañera. Miriya le lanzó una mirada que confirmó las sospechas que su amiga albergaba:
- Me siento como cuando tenía quince años - dijo la castaña, observando a la mujer y al salariano alejarse del edificio de la Embajada, a través de una de las ventanas.
- No sabía que te gustara ser el centro de atención, pero lo entiendo. Seguro es difícil no pensar que hay cientos de miradas pendientes de lo que estamos haciendo - la Meltran sonrió, mientras verificaba los lugares en los cuales la asistente se había parado y el asiento donde se había un par de ellos habían aparecido una especie de discos redondos, que a todas luces parecían micrófonos.
- Habrá que mantener vigilada a la señorita Circe Stillwell cuando vuelva a aparecer por aquí - dijo Lisa cuando Miriya le mostró uno de los aparatos, lanzándolo un momento al aire y recuperándolo con un movimiento certero de su mano.
- Podemos empezar por indagar acerca de ella. Tuve tiempo en la fiesta de hace algunos días, para hacerme amiga de algunas personas interesantes, y creo estar en inmejorable posición de pedirles que la investiguen. Muchos están buscando ahora el favor de la Fuerza Expedicionaria, y creo que nos pueden ser útiles mientras establecemos nuestra propia red de contactos... - tirando el aparato al suelo y aplastándolo con la bota de su uniforme.
- De acuerdo, pero que no se sepa. La gente del Concilio está nerviosa porque alteramos el balance usual de poder, y no nos conviene que piensen que nuestra meta es propiciar una rebelión. Dicho esto, tienes carta blanca para tomar las decisiones que sean convenientes para la seguridad de esta embajada... - Lisa rescató el otro disco y lo guardo en uno de los bolsos de su ropa - ...Le llevaremos esto a la gente de Inteligencia y veremos que pueden sacar en claro -
- Bien... sabes, creo que se aproximan días muy interesantes... - la alienígena se sonrió mientras se acercaba al balcón de la habitación y observaba sin disimular hacia el Presidio. Pocos de los residentes notaron su presencia.
- Espero que no demasiado. En lo personal yo si quiero volver a casa - oyó la voz de la embajadora, detrás de ella, en un tono ominoso que no parecía presagiar nada bueno...
Circe Stilwell se alejó del arquitecto salariano, después de haber recibido instrucciones precisas acerca de sus pendientes para la semana, hasta que el titular del puesto regresara a la actividad. Caminó de regreso a su departamento, contoneando su cuerpo de manera agresiva y dejando que la concurrencia de los Distritos formulara en sus mentes fantasías eróticas de altos vuelos, que involucraban en formas poco agradables y hasta decididamente denigrantes, a la atractiva mujer. Todo eso continuo sin interrupción alguna mientras ella observaba sus rostros, sintiéndose secretamente complacida, hasta que llegó a una vivienda descuidada en un barrio poco atractivo.
Al cruzar el umbral de la casa de seguridad, su expresión cambió. La decidida "mujer fatal" que se divertía provocando a los hombres y extraterrestres con su descarado atractivo sexual y que había atravesado sola varios kilómetros del Distrito de Tayseri en medio de disimuladas miradas lascivas, había desaparecido. En su lugar, una estólida oficial de Cerberus, de expresión fría pero rebosante de confianza interior, había penetrado en la sala. Siguiendo un comportamiento metódico hasta el grado de lo robotico, se acercó al viejo escritorio que ocupaba una de las salas de la pequeña vivienda y tomando la silla que hacía juego al mobiliario, se sentó frente a él.
Tecleo un par de cosas en su omniherramienta y enseguida la pantalla holográfica que esta desplegó, le permitió ver el estado de los tres micrófonos que había implantado. Tenía que reconocerlo, la mujer alienígena que acompañaba a la embajadora de la Fuerza Expedicionaria podía ser todo, menos fácil de engañar. Pudo ver a través de sus gestos de distracción como si se hubieran tratado de simples ensayos. Además sus modos eran los de una militar de muchos años de experiencia. Si la indicación de "imposible establecer comunicación", que la pantalla de estado de los dispositivos mostraba le decía algo importante, era que había encontrado e inutilizado dos de ellos.
Su omniherramienta lanzó una advertencia de transmisión codificada prioritaria entrante.
Miranda hizo un gesto y la imagen de su jefe directo apareció en forma reducida, frente a ella.
El Hombre Ilusorio estaba parado de espaldas, su silueta recortada contra el escenario grandilocuente de una estrella en plena actividad, que tanto gustaba al tipo. Su omnipresente cigarro yacía en su mano derecha. Cuando la comunicación se estableció, lo vio acercarse hacia la cámara. El exquisito traje sastre, hecho a la medida y de gusto impecable, adornaba el bien conservado cuerpo de un hombre de edad madura, con el cabello cano y perfectamente cortado. Pero más que el gusto excelso en el vestir o la apariencia física irreprochable, lo que nunca fallaba en llamar la atención de la chica, eran esos ojos penetrantes, de un color azul "acerado", que a simple vista hacían poco por esconder su naturaleza de prótesis visuales. Cada vez que observaba esa mirada mesmerizante, un escalofrío le recorría el cuerpo, uno que había aprendido a reprimir, al trabajar frecuentemente con el ser mejor informado de la galaxia (rivalizando por derecho propio con el Corredor Sombrío).
La chica sonrió socarronamente. Pero lo que podía haber sido interpretado como un signo de burla, le pareció inclusive al Hombre Ilusorio. Una larga chupada de su cigarro y el sonido de la delicada exhalación consiguiente, y supo que la llamada de su jefe no era de cortesía:
- [¿Que tal tu "visita" a la Fuerza Expedicionaria, Miranda?] - pregunto el de los ojos ciberneticos, fijando su helada mirada en ella, con un dejo de sarcasmo en su voz.
- Reveladora. Sin aparentar demasiado, estos extranjeros son mucho más de lo que se dice de ellos - Miranda Lawson no se intimidó. Ya estaba acostumbrada a ese duelo de voluntades, que era la convivencia diaria con su superior.
- [Algo que ya sabíamos... ¿que hay de los micrófonos?] - preguntó el Hombre, sin inmutarse, mientras se levantaba y daba en tomar un vaso con una bebida de color ocre pálido, en el cual flotaba un par de hielos.
"Whisky escocés, de pura cepa de malta, añejado por veinte años, en las cavas de una famosa destilería de Escocia", pensó Miranda. "No Nueva Escocia, ni Terra Glasgow, ni Nuevo Edimburgo. Tan solo en la antigua Alba, situada en la Tierra". Cada mililitro de esa bebida, estimaba ella, valdría un fortuna en La Ciudadela (por no hablar de lo que pagarían algunos magnates de Omega y los Sistemas Terminus por semejante licor). El Hombre Ilusorio tenía gustos rayanos en lo excéntrico (por no decir que eran mas propios de un millonario con costumbres raras).
Sin embargo, su labor en favor de la Humanidad exigía gastos de varios ordenes de magnitud mayores, por lo que, en comparación, el que él decidiera escaldarse la lengua con alcohol caro era, en el peor de los casos, una extravagancia inofensiva.
Aspiró un momento y respondió:
- Encontraron los señuelos. El principal sin embargo, está operativo y transmitiendo sin problemas -
Una sonrisa condescendiente. A ella no le molestaban esos gestos, pero le hacían preguntarse que tanto pasaba por su cabeza.
- [No del todo inesperado... pero no por eso menos interesante. ¿Te recordarán la próxima vez que te vean?] - una fumada corta al cigarrillo.
- Puedo asegurarlo. Esa alienigena Miriya es muy perspicaz. Podría suponer un problema si revelamos demasiado acerca de nosotros - aclaró la mujer. Recordaba la mirada que la soldado le había lanzado, como si pudiera haber visto por debajo de su disfraz.
Miranda Lawson, la mujer perfecta, segura de si misma, capaz de jugar con los hombres a su antojo y someterlos a sus caprichos, a la que nadie podía poner nerviosa... había tenido una sensación fastidiosa, un cosquilleo impropio de ella, subiéndole por la boca del estomago cuando sus ojos se cruzaron. Y no le gustó en nada.
- [No Miranda. Si lo que sabemos de ella es cierto, hará hasta lo imposible para proteger a sus aliados humanos. Tiene muchas más coincidencias con la raza humana, de las que tendrán jamas cualquiera de los miembros del Concilio. Y eso la vuelve un aliado "natural"... ]- El que movía los hilos explicó sin perder la paciencia. A veces entendía que Miranda se pusiera un poco aprehensiva, pero ya aprendería que sus planes estaban formulados para ganar de cualquier forma...
- Espero que sea así y todo esto valga la pena. Me gusta hacia donde nos lleva el plan, pero no creo que Turnick sea un reemplazo adecuado para mí en la operación de infiltración... - contraataco Lawson. El Hombre Ilusorio ni se inmutó.
- [Ambas tienen sus cualidades, y debo de mencionar que Turnick es, en cualquier caso, desechable. Si logra su cometido, habrá hecho más por nuestra causa en unas horas, que lo que toda la división militar de Cerberus ha hecho por el movimiento en casi treinta años. No te aflijas Miranda... de cualquier forma, Skye Turnick es un cabo suelto que hay que atar a la brevedad. Por otra parte, es necesario un operativo con experiencia en subterfugios para la siguiente parte, y tu puedes desempeñar esa tarea de mejor forma] -
Eso la mantendría enfocada. Si Miranda mantenía su atención centrada en el plan, entonces las cosas saldrían a pedir de boca.
- De acuerdo... ¿y que hay de Shepard? -
Otra larga chupada al cigarrillo, seguida de un trago de la bebida ocre. Si el Hombre Ilusorio era un hedonista, era uno verdaderamente consumado.
- [Por el momento el Comandante está varado en la Ciudadela, gracias a la ineptitud y miedo político de ambos, Concilio y Alianza. Conociéndolo empero, eso puede cambiar muy pronto. Mantente al pendiente. Un hombre así es difícil de anticipar, pero confío en que podrás mantenerlo vigilado] - el sujeto del traje fino volteo para salir del rango de la cámara, signo de que la comunicación había terminado.
Miranda Lawson ya no dijo nada. Solo cortó la transmisión y se quedó sentada en el escritorio, revisando los datos que la Inteligencia de Cerberus había podido reunir de los "recién llegados". En archivos separados, estaban los datos que habían podido reunir acerca de Rick Hunter, Lisa Hayes-Hunter, Max y Miriya Sterling y el Dr. Lang. El "circulo rojo" de la Fuerza Expedicionaria estaba allí, perfilado lo mejor que se había podido. La información, sin embargo, era todavía escueta y Miranda misma había tenido que hacer correcciones y comentarios conforme su experiencia de campo.
Quizá los datos no eran suficientes para poder hacer una jugada arriesgada, pero haber plantado el micrófono en sus oficinas ya era un comienzo. Y si los planes del Hombre Ilusorio se desarrollaban según lo acordado (y Miranda no recordaba un ocasión en la que el tipo se hubiera equivocado), en unos días podían estar fraguando un trato con los aliados mas poderosos que la Humanidad podría tener.
¡Sabía Dios que si Shepard tenía razón acerca de los Segadores, iban a necesitar hasta la última gota de esa ayuda!...
Y quizás un poco mas.
Siguiente parte: Parte dos del triptico Intermedio.
¡Ya saben, lean y revisen!, ¡espero sus comentarios!
Locke
