N.A.:¡Hola! A petición popular, aquí va un poco más de qué están haciendo nuestros vampiritos en la feria. Al final, ha quedado dividido en tres partes con tres parejitas *se mira a su musa de reojo* y dos de esas partes son más románticas que divertidas. En cuanto a Kain/Ruka, ya pensaba escribir algo similar pero apareció el fantabuloso Cp.48 y me proporcionó varios detalles profundos. Respecto a Street Fighter *sonríe misteriosamente*, no lo he jugado nunca, así que las fans no me colguéis de un pino, porfa. Mi marido me ayudó investigando en Youtube y contándome batallitas, así que gracias, Master of servants *te salta encima y te da un beso*. Respecto a la parte final, si alguien se pregunta por qué no parezco explicar los pensamientos de Yori, es porque me ronda un fic Aido/Yori que empezaría justo en esta tarde de feria ;)
Para la próxima parte, preparad el mp3 XD
Aprovecho para anunciar algo que me hace mucha ilusión. He empezado a colgar (ver mi profile) la traducción de un INCREÍBLE fic KanamexZero, originalmente en inglés, de YenGirl, "Lo que casi podría ser". Es creíble, progresa lenta y adecuadamente, las reacciones están muy bien pensadas y tiene una ambientación detallada y delicada. Parece que puedas estar allí viviéndolo. Es yaoi pero de clasificación 'T'. Si queréis, echadle un vistazo. Podéis dejar reviews en castellano tranquilamente. Yo las recopilaré y se las enviaré traducidas para que pueda responderos en inglés y yo enviaros la respuesta en castellano *Arf¡* ¡Vale la pena! *a mí decidme sólo qué tal la traducción, el trabajo duro es suyo*.
Capítulo 4. Conoce mi mundo. Parte 2
Akatsuki Kain acarició con un dedo los collares de piedras multicolores hechos a mano del puesto de artesanía. Le llamo la atención un conjunto de gargantilla y pendientes de oscuro cuarzo rosa, delicadamente tallados. Las piedras tenían un tono parecido al de los ojos de Ruka al sol y, por un momento, se sintió tentado de comprarlo. Alzó la vista hacia la joven humana con rastas que engarzaba bisutería sentada en un taburete, dispuesto a preguntarle el precio.
-No sé cómo los humanos pueden ponerse estas baratijas. ¿No les dan alergia?
La voz altanera de Ruka fue un susurro demasiado bajo como para que la oyera la dueña del puesto por encima del jolgorio del ambiente, pero llegó claramente a los oídos de Kain. El pelirrojo dejó ir un suspiro audible.
-La mayoría de los humanos no se pueden permitir gastarse lo que tú te gastas en unos pendientes de perlas auténticas, Ruka. Mucho menos los jóvenes que vienen a estas ferias.
El tono de Kain había sido más cortante de lo que pretendía inicialmente y Ruka le dedicó una mirada de reojo. El joven llevaba las solapas de la chaqueta de cuero levantadas para proteger el cuello del sol y las gafas oscuras le impedían ver su mirada, pero la aristócrata tuvo la certeza de que estaba molesto con ella. De los tres primos -Hanabusa, Kain y ella misma- Akatsuki eran quien más cerca había estado siempre de los humanos. Su familia, rompiendo con unos cuantos moldes de la nobleza, estaba involucrada en negocios musicales, por lo que trataban constantemente con ellos. No se podía decir lo mismo de ella, que lo más cerca que estaba usualmente de los humanos era en el cambio de clases en la Academia o cuando cogía el tren para volver a casa en vacaciones. No se le podía pedir que compartiera sus costumbres ni su nivel de vida, ¿no? Aún así, tuvo la sensación de que Kain estaba molesto con ella y de que tenía varias cosas bullendo en su cabeza.
Ruka se separó del tenderete buscando el cobijo de la sombra y contempló a Kain, que parecía perdido en la observación del ir y venir de humanos en la feria, como hormigas en un hormiguero.
-¿Cuál es el problema, Akatsuki?- preguntó con voz suave.
Kain se giró hacia ella con las manos en los bolsillos de los tejanos. Ruka no pudo dejar de advertir que su primo había crecido. Sus hombros eran cuadrados, se adivinaba un torso bien definido bajo la camisa y su silueta tenía un aire decididamente masculino, más que adolescente.
-¿Qué quieres decir?
-Llevas toda la tarde bastante quisquilloso y eso es más normal en mí que en ti.-tuvo la gracia de admitir.- Sólo te pasa cuando tienes algo dándote vueltas en la cabeza. ¿Qué es?
Tú. Kain la contempló un momento directamente a los ojos y luego desvió la mirada al suelo, jugueteando con un vaso de plástico medio roto. Ella era lo que tenía en la cabeza todo el rato. O, más bien, cómo se encontraba ella después de ... en fin, después de todos los cambios que habían ocurrido en sus vidas. Especialmente, después de que Yuuki Kuran apareciera como una bomba. Kain era consciente -dolorosamente consciente- de los sentimientos de Ruka hacia Kaname y no tenía ni idea de cómo habría encajado la aristócrata el hecho de haber perdido de golpe toda esperanza de que sus deseos pudieran colmarse algún día. ¿Seguía sufriendo por Kaname en su habitación? ¿Había aceptado que el purasangre nunca sería suyo y que tenía que seguir adelante con su vida? Lo más importante, le susurró una traidora vocecilla, ¿dejaba aquello algún espacio en el corazón de Ruka para que fuera ocupado por otro hombre? Como él, por ejemplo...
Akatsuki se frunció el ceño a sí mismo, tentado de darse un par de bofetadas para aterrizar de nuevo en la tierra, y vio que su prima seguía mirándolo, esperando una respuesta. Mejor una verdad a medias que una mentira.
-Me preocupas tú.
Ruka abrió mucho los ojos tras las gafas de concha.
-¿Yo? ¿Por qué? No me pasa nada malo.
-¿No? Me alegro entonces.- echó a andar de nuevo entre los puestos artesanos, cuidando de dejarle a Ruka la zona más sombría.- Me preguntaba cómo... veías los últimos cambios en nuestras vidas y las... últimas incorporaciones.
Ruka frunció el ceño delicadamente, cogiendo al vuelo el rumbo de la conversación. A pesar de que el tema seguía escociéndole como una herida aún abierta, apreció la preocupación de Akatsuki y sus suaves maneras. Su primo siempre parecía poder leer en ella como en un libro abierto. Echó una ojeada alrededor. Ninguno de los vampiros que conocían parecía estar cerca y no distinguió tampoco a los alumnos humanos.
-Me... alegro de que Kaname haya cumplido por fin sus deseos.- murmuró.- Su único anhelo durante mucho tiempo fue recuperar a su hermana y mantenerla a salvo.
Kain estudió su expresión contenida y pensó que casi podía tocar el resto de la frase que había dejado flotando en el aire.
-Pero...
Ruka suspiró, insegura de cuánto decir. Pero quien tenía al lado era Akatsui Kain, la persona con más sentido común y que mejor sabía guardar un secreto de entre todas las que conocía.
-Pero temo que Yuuki no pueda hacerle feliz.-susurró tan débilmente que Kain tuvo que inclinarse para oírla.
-¿Por qué no?
Ruka mantuvo la vista al frente mientras caminaban, esquivando grupos de familias humanas.
-¿No te has fijado en que el olor de Yuuki no se percibe en Kaname? Ella ni siquiera le ha marcado, aún no lo ha aceptado como su compañero.
Kain advirtió el ligero sonrojo en aquellas mejillas de porcelana y supo que no tenía nada que ver con el sol del atardecer. Hablar de aquello era algo tan íntimo para un vampiro como hablar de sexo para un humano.
-Um... Yuuki ha sido humana mucho tiempo. Es posible que aún... no sepa cómo hacerlo.- a pesar suyo, tuvo que bajar la vista a sus pies, algo avergonzado de hablar de aquellos temas con Ruka, entre todas las personas. A quien no dudarías en marcar a la mínima oportunidad...
-Lo sé, eso espero. No sé qué es lo que hace Kaname en privado pero, ¿te has fijado que sigue tomándose las mismas tabletas de sangre que antes? -esquivó a un chaval montado en bicicleta.- Si bebiera regularmente de Yuuki, como sería normal, no tendría que recurrir apenas a ellas.-bajó la voz hasta tal punto que Kain creyó imaginar sus palabras.- Y sé muy bien cuánto anhela la sangre de ella. -muy por encima de cualquier otra.
Kain reprimió la oleada de celos que lo asaltó, que lo asaltaba cada vez que recordaba la noche en que había encontrado a Ruka desmayada en brazos de Kaname, después de que él hubiera bebido su sangre como un triste sustituto de la de Yuuki. Iba a tardar en perdonarle aquello a su líder, si es que alguna vez lo hacía. Si antes Ruka ya era... susceptible a Kaname, por así decirlo, a partir de aquel momento su enamoramiento fue casi como un dolor físico, tal era su intensidad. Pero ahora parecía que Ruka no estaba hablando de cómo se sentía ella, sino Kaname.
-¿Crees que Yuuki no se acepta aún como vampiro?- preguntó, en el tono más neutral posible.
Ruka paseó la vista por el manojo de globos de colores que sostenía un vendedor, pregonando a voces su mercancía. Luego suspiró con delicadeza.
-Quizás. Lo que tampoco sé es si conoce de verdad a Kaname. Todas sus facetas, incluso la manipuladora y amenazante.- frunció los labios al recordar aquella primera velada a la que habían asistido y cómo el purasangre les había conminado a decir si eran amigos o enemigos.- No sé si Yuuki está preparada para una persona tan compleja como Kaname. Sólo es una niña.
Akatsuki apretó los puños dentro de los bolsillos de los tejanos. A pesar de todo lo sucedido, Ruka seguía preocupada por Kaname. Siempre había puesto su bienestar por delante de todo, incluido su propio orgullo. Pero Kain había creído que el amor de Ruka era idealizado, ciego a los defectos del purasangre y a la cara más oscura de su personalidad. No era así. Su prima era muy consciente de hasta dónde podía llegar Kaname, del hecho de que no siempre era el atento y educado líder que conocía la mayoría. Y aún así le quería.
¿En qué lugar dejaba eso a Kain? Sin esperanzas, probablemente. Porque si Ruka sólo amaba la cara pública de Kaname podía esperar que se desengañara si lo conocía del todo. Pero, si aún siendo consciente de todas las facetas del purasangre, las aceptaba, aquello era un -triste- amor que podía perdurar mucho tiempo. Kain prendió la mirada entre los coloridos collares y las flautas de un puesto de artesanía. Había varios colgantes que parecían un aro de madera con una telaraña tejida y delicadas plumas de colores. Un atrapasueños.... Aquello era lo que le quedaba: un sueño...
-¡Pasa para dentro, corre!
Kain salió bruscamente de su meditación cuando Ruka le empujó detrás de las hileras de camisetas, tirando de las solapas de su chaqueta para conseguir que se agachara.
-¡Ruka! ¿Qué...?
-¡Ssh!- le apoyó un dedo en los labios, exigiendo silencio, y señaló con la cabeza a los humanos que pasaban cerca del tenderete.- Allí está ese chico otra vez. No me deja en paz.
Kain arriesgó una mirada por encima de las camisetas, procurando que sólo asomaran sus ojos y sus mechones rojizos. ¿Qué chico... ? ¡Ah, sí! Las gafas cuadradas y el cabello repeinado del delegado de una de las clases diurnas -el que había intentado bailar con Ruka el curso pasado- destacaron entre la multitud. El joven llevaba una bolsita marrón en la mano, del tamaño de las que se usan para envolver joyería, atada con un lacito. Sus ojos miopes escudriñaban el entorno, buscando algo... o a alguien.
Comprendiendo súbitamente, Kain volvió a agachar la cabeza y dejó ir un resoplido. Vaya, vaya... Inasequible al desaliento incluso tras saber que la chica de sus sueños podría agujerearle la yugular. Aquellos humanos... Divertido por el atrevimiento del chico y por la mortificación de Ruka, se giró hacia ella con una réplica en los labios. Se le cortó en seco.
Al girar la cara, se encontró a centímetros del bello rostro de Ruka, que aún aferraba su chaqueta. Intuyéndolo, ella giró el rostro hacia él y ambos se encontraron con las narices casi tocándose. Involuntariamente, Akatsuki recorrió con la vista las delicadas cejas, la aristocrática nariz y aquellos labios cincelados, de un rosa pálido, tan apetecibles para... Ruka parpadeó, se sonrojó y giró la cara para volver a atisbar a su admirador, rompiendo el momento.
-¿Queréis algo?- la voz del vendedor les llegó justo desde detrás de la espalda.
Ambos saltaron como si les hubieran atrapado robando un banco.
-¡No! Sólo... sólo mirábamos.
-¡No! Es decir, sí. Sí queremos... sí que quiero una cosa.
Ruka contempló sorprendida a su primo, que se enderezó y condujo al vendedor hasta donde colgaban una serie de cachibaches redondos con plumas.
-Quiero éste.- Kain señaló uno de aquellos artilugios, un aro con una sutil redecilla entretejida en hilo negro, del que pendían varias tiras decoradas con plumas lilas y cuentas negras.
El vendedor sonrió.
-Tienes buen gusto. Es el único que me queda con el aro hecho aún de madera de sauce, ya casi no se ven.
Kain esbozó una sonrisa mientras sacaba la billetera.
-Lo mejor para la mejor.-echó una mirada de reojo a Ruka, que no parecía tener ni idea de lo que estaba comprando.
El vendedor plegó con esmero aquel extraño adorno, introduciéndolo en una bolsa de papel reciclado. Kain pagó y se hizo con la bolsa, haciéndole una señal a Ruka para que le siguiera fuera del tenderete. Cuando ya habían caminado unos pasos, asegurándose que el Don Juan humano había cambiado su zona de búsqueda, el pelirrojo le tendió la bolsa.
-Es para ti. No son unos pendientes de perlas, pero espero que te sea más útil.
Ruka cogió la bolsa por acto reflejo, separando las asas para darle otro vistazo a su contenido.
-Gra... gracias, pero... no sé lo que es.
Kain hizo visera con la mano, protegiéndose del sol del atardecer, mientras contemplaba a su prima con una peculiar sonrisa nostálgica.
-Es un atrapasueños. Dice la tradición que si lo cuelgas encima de tu cama mantendrá lejos los sueños negativos y retendrá los buenos. Quizás... -bajó la vista a suelo.- quizás te ayude a distinguir lo bueno de lo malo en lo que deseas.
Le dio una patada a una piedrecilla y echó a andar a cubierto de los toldos.
Ruka contempló su espalda un momento, sin acabar de entender a qué venía aquello pero sospechando que había más, mucho más, detrás de aquellas palabras. No por primera vez, se preguntó si realmente conocía a Akatsuki Kain, al hombre en que se había convertido durante todos aquellos años.
Extrañada, reflexionó si aquel curioso estado de ánimo de su primo tenía algo que ver con sus menciones a Kaname y a Yuuki, pero no alcanzó a ver ninguna relación. Se colgó la bolsa de papel en la muñeca y echó un vistazo alrededor, intentando distinguir una cabeza morena entre la multitud.
¿Dónde se habían metido Kaname y Yuuki entre todos aquellos humanos?
OOO
-¡Oh, mira, Kaname! ¡Es una cucada! ¿No es monísimo?
El agudo gritito de Yuuki hizo que Kaname desviara la vista del tiovivo ante el cual se había formado una larguísima cola de niños. La leve sonrisa nostálgica que exhibían sus labios se transformó en una amplia al ver a su hermana dando saltitos y palmas. Yuuki tironeó de su mano con energía, arrastrándolo ante la hilera de peluches, juegos de ordenador y complementos para consolas que se exhibían como reclamo en una enorme carpa abarrotada de juventud.
-¡Mira ese koala! ¿No es lo más dulce que hayas visto nunca? ¡Oh, Kaname, yo lo quiero!
El purasangre aprovechó su considerable estatura para echar un vistazo al repentino objeto de los deseos de su hermana. Allí estaba. Un enorme peluche gris de un koala con grandes ojos llorosos que aferraba entre sus manos un corazón rojo con la leyenda "Hazme mimos".
-Yuuki, tu habitación ya parece un zoo de peluches... -comenzó, pero su hermana se limitó a poner el mismo mohín cabezota de cuando tenía cinco años y a sacudir el pelo.
-¡Pero no tengo ningún koala! ¡Oh, va por favor, Kaname, es un dulzura!
El purasangre suspiró poniendo los ojos en blanco con una sonrisa. Jamás, por muchos años que viviera, entendería qué tenían las chicas -humanas y vampiras por igual- con los peluches. Aquel en particular, con aquellos enormes ojazos, parecía salido de alguna película de terror, dispuesto a cobrar vida por la noche para ahogarte con la almohada. Pero Yuuki se había enamorado de él y parecía dispuesta a adoptarlo. Por supuesto, era incapaz de decirle que no. Se llevó la mano al bolsillo trasero de los pantalones, sacando la cartera.
-Está bien. Voy a preguntarle al vendedor.-se giró, intentando localizar a quien regentara el puesto entre toda la variopinta muchedumbre y sonidos de ¿disparos? que estaban fulminándole la cabeza. Entonces oyó la risa de Yuuki.
-¡Oh, no, Kaname! Nada de lo que hay aquí es para comprar, son premios.-señaló con un amplio gesto las estanterías abarrotadas, ante las que se agolpaban chavales de todas las edades.
-¿Premios? ¿Hay que comprar boletos para algún sorteo, entonces? -estiró el cuello, intentando discernir si encima del tablero de madera había sobres con papeles, como los que había visto en otros puestos.
Yuuki volvió a negar con la cabeza, aferrándose a su cintura cuando una bandada de críos pasó corriendo a su lado haciendo sonar la abundante calderilla que llevaban preparada en cajitas metálicas.
-No, hay que competir en los videojuegos. Cada premio tiene un número de puntos asignados; tienes que sumar al menos esos puntos para poder llevártelo.
¿Eh...? Kaname se fijó más en los premios expuestos. Sí, al pie de cada uno había un cartelito con un nombre y una cifra. Alcanzó a leer algunos, sin entender realmente a qué se referían: Prince of Persia, Resident Evil, Grand Theft Auto, Tekken... ¿Aquello eran juegos? Bueno, él era un maestro al ajedrez y las damas, pero no parecía que tuvieran mucho que ver. Estrechó los ojos para leer el letrero del koala: "Street Fighter, 50.000 puntos". Genial. ¿Y la traducción?
-Vamos a ver si encontramos la máquina de Street Fighter.- propuso Yuuki, quien, al parecer, también había estado leyendo los carteles.
Sortearon como pudieron hordas de adolescentes que hacían cola ante lo que parecían granes máquinas con mandos y pantallas coloridas. Una de las que parecía suscitar más animación era una especie de máquina doble con dos ¿ametralladoras? móviles fijadas a un soporte y orientadas hacia la pantalla, por donde desfilaba una supuestamente pavorosa sucesión de zombies ensangrentados. Dos chavales humanos, ambos con largas coletas y peculiares camisetas con las leyendas Iron Maiden y Blind Guardian, se apostaban a las ametralladoras con aire profesional, apuntando a la pantalla y haciendo estallar por los aires a cuantos zombies aparecían en ella. Detrás de ellos permanecían otros dos chicos, al parecer a punto para relevarlos.
-¡Venga, venga tío! Vamos por 8.000 puntos.
-¡La planta sótano es mía, a la de tres relevamos!
-¡Uno, dos, tres!
Con precisión coreográfica, los chavales a las ametralladoras se retiraron a los lados para dejar paso a sus, al parecer, compañeros de equipo, que afrontaron rápidamente la tarea de seguir eliminando hordas de zombies ante el jolgorio general. Uh... Empezaba a ver por dónde iban los tiros, por así decirlo. Había visto a Aido jugar a algo parecido cuando hacían algún viaje en tren en las vacaciones, aunque su máquina era más pequeña, una "PS porta-no-sé-qué", según decía el rubio. A juzgar por la expresión concentrada de Aido, aquello tenía que ser la bomba como entretenimiento.
La pena es que Kaname ni siquiera había tocado los mandos de aquella cosa en su vida. ¡Yup!
-¡Mira, Kaname, es ésa! -algo más adelante, Yuuki saltó entre la multitud y le hizo señas.
Torciendo el gesto ante las explosiones, rugidos, disparos y "oés, oés, oés" que lo rodeaban, Kaname caminó hacia ella, intentando obviar las miradas que la mayoría de los congregados dirigían a sus ropas caras y sus gafas oscuras. Pasó por delante de dos máquinas conectadas donde sus ocupantes, al parecer, competían en una alocada carrera de coches. Ya podía Yuuki haberse encaprichado del premio de aquella máquina...
Pero no.
Su hermana le esperaba con una enorme sonrisa al lado de dos máquinas que no tenían ningún tipo de asiento o sillín acoplado, sólo un taburete alto delante de una de ellas. La pantalla bombardeaba continuamente con imágenes de un acrobático combate y de vez en cuando aparecían las letras naranjas Street Fighter. Al menos, se dijo, alrededor de aquellas máquinas no había público. Si te tienen que dejar en evidencia, pensó, mejor en la intimidad. Yuuki estaba ya ultimando los detalles con el encargado.
-¿Tienes monedas, Kaname?
Él alzó una ceja, mordiéndose la lengua. Vamos a ver. No podías comprar el maldito peluche rápida y discretamente, sino que tenías que hacerlo -porque bien que te obligaban a pagar- previo paso por una competición pública. Para que luego dijeran que los humanos eran más sencillos. Se metió la mano en el bolsillo, extrayendo algunas monedas y depositándolas en la mano de su hermana, que rápidamente se las tendió al encargado.
-Yuuki, nunca he jugado a esto. No creo que consiga los...
Ella rechazó sus excusas moviendo una mano con una sonrisa confiada.
-¡Venga, venga, Kaname! Con tus reflejos, seguro que ganas. Además,- señaló con la cabeza hacia la otra máquina.- creo que tienes un rival fácil.
Kaname siguió su gesto pero no pudo ver a nadie aguardando frente a la otra máquina. ¿Quién...?
-Buenaz taddez, zeñod. Ez un placed tened alguien con quien jugad.
Desconcertado, el purasangre bajó la vista hacia donde provenía la voz. Un crío humano, de no más de 7 u 8 años, esperaba pacientemente junto a la otra máquina con una especie de enorme caja metálica de dulces aferrada como si fuera un tesoro. El chaval lucía unos formales pantalones cortos por la rodilla, planchados con raya, calcetines blancos largos y zapatos marrones. La pulcra camisa blanca con finos cuadros marrones le hacía parecer más mayor de lo era, igual que el pelo engominado y con la raya al lado. Las gafas cuadradas de aumento dejaban ver un ojillos que parpadeaban sin cesar. Sin amilanarse ante alguien bastante más mayor y mucho más alto, el niño le tendió una manita.
-Que gane ed mejod.-deseó formalmente con aquel hablar sopas.
Oh, oh. ¿Por qué tenía la extraña sensación de que habría preferido como rival cualquiera de los chavales de su edad?
Al menos, aquel jueguecito en particular seguía sin congregar público. Menos mal. Kaname tendió la mano al crío y se la apretó con sumo cuidado.
-¡Eh, tíos! ¡El mocoso le va dar una paliza a alguien más! ¡Vamos a verlo!
Un momento. ¿A quién demonios se le ocurría decir eso? Algo espantado, Kaname se giró para ver a una pequeña multitud dirigiéndose hacia él. El recién congregado público, bastante más numeroso que el que se había reunido alrededor de las otras máquinas, se dispuso en semicírculo alrededor de los dos jugadores.
-¡Apuesto a favor del criajo! Ya ha fulminado a tres en lo que va de tarde.
-Mmmm... el tipo pijo parece que sabe lo que hace. Yo creo que es de informática.
-¡Anda ya! ¡Yo soy de informática y ni en toda mi vida me podría comprar esas gafas molonas!
Kaname se quitó las gafas, las guardó en el bolsillo de la gabardina y se presionó el puente de la nariz, intentando ignorar el asalto que suponía para sus sentidos los olores de la multitud, el griterío, los colores de las pantallas y las continuas explosiones de los videojuegos. Echó un vistazo de reojo a Yuuki, que seguía contemplándolo con aquella expresión de relajada confianza en sus posibilidades. Realmente, a veces su hermana esperaba demasiado de él. En fin, a mal paso dale prisa. Que nadie pudiera decir que no perdía con elegancia. Porque eso iba a ser más o menos lo que iba a pasar.
Se despojó de la gabardina negra y se la tendió a Yuuki para luego desabrocharse los puños de la camisa de seda y remangarlos. Escuchó varios silbidos apreciativos procedentes de la multitud pero los ignoró, espiando cómo el niño abría con cuidado su cajita metálica y sacaba lo que parecía un paquetito de monedas envueltas en papel de periódico y atadas con una goma. Sus ahorros, estaba claro. Se lo entregó al encargado y se encaramó al taburete hasta que alcanzó los mandos. Colocó las manitas encima de las teclas y se mantuvo sentado muy recto, esperando.
Qué mala pinta tiene esto, pensó Kaname mientras apartaba la mirada del chaval y examinaba su propio mando. A ver... una pequeña palanca que se movía arriba, abajo y a los lados y varias teclas con una cruz, un cuadrado y un triángulo, más cuatro más de color negro en la parte superior. ¿Era un acertijo o qué? Disimulando el gesto, examinó la parte posterior del mando, deseando encontrar algún papel con las instrucciones o las equivalencias de cada una de las teclas. Algo así como, "a ver, purasangre que no has tocado un videojuego en tu vida, esta tecla sirve para... ". Evidentemente, no encontró ninguno.
El encargado presionó algunos botones y la pantalla dejó de parpadear con aquellas letras chillonas para mostrar lo que parecía una selección de dibujos de distintos personajes con caras agresivas.
-¿Te impodta zi me quedo con Diu? Me da zuedte.-el chiquillo torció sólo la cabeza, sin mover ni un músculo más.
Riu o Papá Noel, como si él conociera a alguno… Kaname asintió graciosamente.
-Por supuesto, todo tuyo.-el purasangre espió el movimiento del niño, que movió la palanca y luego presionó la tecla de la cruz.
El dibujo de un tipo moreno hipermusculado embutido en un kimono blanco cobró vida en la pantalla del niño. Al mismo tiempo, el retrato del personaje en su pantalla se puso de color gris, ¡Ah...! Sintiéndose iluminado por el conocimiento, Kaname movió su propia palanca para seleccionar su personaje. A ver, alguien con la misma pinta de matón que el del crío, por si aquello le daba garantías. ¡Ajá! Un tipo rubio con kimono rojo llamado Ken. Perfecto. Como cualquier otro, vamos.
-Tenéis un minuto para probar el sistema antes de que empiece el combate.- informó el encargado con voz cansina mientras mascaba una barrita de regaliz.
Kaname volvió a espiar al niño, en busca de más iluminación.
El crío ni se movió ni desvió la vista de la pantalla. Genial.
El purasangre se inclinó hacia Yuuki, susurrando entre las voces de la multitud.
-¿Alguna vez has jugado a esto, Yuuki?
Ella negó con una sonrisa.
-No, sólo he jugado alguna vez a los Sims en casa de Yori. No tengo ni idea de cómo funciona este juego. Pero no puede ser tan difícil, ¿no? Dejan participar a los niños pequeños.- señaló hacia su oponente.
Gracias por hundirme en la miseria, cariño, yo también te quiero...
Suspirando, Kaname movió tentativamente la palanca y el dibujo de la pantalla caminó hacia atrás y hacia delante, saltó y se agachó. ¡Caramba! Algo más animado al ver que conseguía que el personaje hiciera algo, probó las otras teclas. Patada alta, patada baja, puñetazo hacia arriba, puñetazo recto... Bueno, bueno, realmente el funcionamiento no era tan difícil, después de todo. Probó a presionar rápidamente las teclas. ¿Eh... ? El tal Ken saltó y dio una patada al aire. ¿Combinaciones de movimientos? Uh... aquello se complicaba. Tendría que tener una pequeña conversación con Aido algún día de estos.
Más confiado ahora que al menos sabía para qué servían las teclas, Kaname fue a probar algunos gestos más pero le interrumpió la voz del encargado.
-Muy bien, allá vamos. A la de tres empieza el combate. El mínimo para el premio son 50.000 puntos. ¡Uno... dos... tres!
Con una media sonrisa, Kaname devolvió la vista a la pantalla. "Round 1. Fight!". El purasangre estaba preparado y bien dispuesto a...
Que su flamante personaje saliera disparado por los aires encajando una doble patada giratoria de Riu.
¿Cómo narices... ? En la pantalla apareció la leyenda "First attack. 1.500 points". El público estalló en rugidos de celebración. El purasangre se giró hacia su pequeño competidor para fulminarlo con la mirada... justo a tiempo para entrever cómo Ken volvía a encajar una celérica sucesión de patada y puñetazo. "2 hit combo. 2.500 points". Vale, bien, quizás mejor dejar las miradas fulminantes para luego. Ahora tocaba concentrarse en salvar el pellejo... o la dignidad, si le quedaba.
-¡Kaname, está bajando tu barra de energía! -Yuuki señaló hacia la pantalla mordiéndose las uñas.
¿La qué? Lo único que sabía que estaba bajando era su barra de paciencia.
Se concentró en mover a su personaje para, al menos, esquivar lo peor de lo que le estaba cayendo, intentando encontrar la manera de combinar las teclas. Gracias a sus reflejos vampíricos -a nada más- consiguió proporcionar un hermoso puñetazo ascendente a su oponente. "¡Shoriuken!", vociferó la máquina. El principio de una sonrisa de satisfacción empezó a perfilarse en los labios de Kaname. Bueno, quizás su inmersión en el mundo de los videojuegos aún podía salvarse...
El personaje de Riu giró en el aire despidiendo rayos y le asestó un golpe con lo que parecía una bola de fuego para luego empalmarle al vuelo con una serie de piruetas magistrales. "9 hit superart. 13.000 points". Su barra de energía, según la definición de Yuuki, bajó a cero y el personaje de Riu se cruzó de brazos con chulería. La multitud rugió, enfervorecida.
-¿Has visto eso? ¡Ese enano es el único al que he visto empalmando hadoken y shoriuken con una patada de remolino en un flashing combo!
-¡Es bestial el niñato! ¡El pijo este no tiene nada que hacer!
¡¿Podéis dejar de hablar en otro idioma, maldita sea?! Kaname se pasó la mano por el pelo, con los nervios de punta. Maldito koala... Maldita maquinita.... Maldito crío resabiado... Maldito Aido por no estar allí para echarle una mano... Su mal humor empezó a bullir y las pantallas de la máquina parpadearon un momento. Un agujero de través os hacía yo...
No tuvo tiempo para enviar más malas vibraciones a las máquinas porque la pantalla se iluminó con un "Round 2. Fight!" y tuvo que devolver toda su atención al torbellino de destrucción de egos de vampiros en que se había convertido aquel Riu. Muy bien, revancha... pensó, entendiendo con una parte de su mente por qué aquellos juegos eran tan endemoniadamente adictivos.
Kaname se concentró con todas sus energías y reflejos en esquivar y devolver los golpes fulminantes de aquel monstruito de metro y medio, ajeno por completo a los comentarios sardónicos de la multitud y a los "¡Ups! ¡Oh, Dios! ¡Dale, dale!" de Yuuki, que daba saltitos justo al lado de su oído. Merced a su concentración sobrehumana, más que a una técnica definida, consiguió empalmar varios combos en el aire, una serie de patadas rastreras e incluso hizo algo que le valió lo que parecía ser el famoso "flashing combo". Rabia, rabia, niño...
Forzó su rapidez vampírica intentando emular aquella celérica serie de golpes que había encajado del crío en el turno anterior. Su personaje pareció recibir sólo la mitad de la información que le transmitió con las teclas porque ejecutó sólo dos series de saltos y patadas al aire seguidas por un shoriuken. Uh... miró de reojo una décima de segundo al mando. Puede que sus reflejos fueran de vampiro, pero obviamente el mando funcionaba a velocidad humana a la hora de recibir las instrucciones.
Una décima de segundo fue todo el tiempo que necesitó aquel Freddy Krueger de autoestimas vampíricas...
Las letras "9 hit superart. 13.000 points" y "tech bonus. 2.000 points" se iluminaron en la pantalla, poniendo fin al segundo turno. Los jóvenes de alrededor aplaudieron, reconociendo la habilidad del enano. Kaname se pellizcó la nariz, reprimiendo las ansias acuciantes de hacer estallar su propio Hadoken sin necesidad de flashing combo y reducir aquel maldito tenderete a cenizas. Yuuki le palmeó el hombro.
-¡Oh, Kaname! ¡Sólo te queda un turno de combate! Mira.- señaló a la parte superior de la pantalla, por encima de las dichosas barras de energía.- ¡Tienes que remontar el conteo de puntos, sino nos quedaremos sin el koala!
Por mí como si se autodestruye en una explosión de corazoncitos rojos...
-Haré lo que pueda, Yuuki, pero ya te dije que nunca había jugado...
Ella echó una mirada de reojo a su pequeño rival, sintiendo su enojo.
-Em... creo que el niño se ha enfadado después de que le tocaras en el asalto anterior.
¿Y qué? Más ya no puede destrozarme, ¿no? "Final round. Fight!"
Se equivocaba, desde luego.
Antes siquiera de que consiguiera mover a Ken en una postura defensiva, ya había encajado hadoken, patadas altas, bajas, giratorias, flashing combos y bolas de fuego suficientes como para bajarle la vida a la mitad. El purasangre abrió unos ojos como platos. ¿Cuántas horas dedicaba aquel enano a practicar con la consola? Se supone que tenía que ir al colegio, ¿no? ¿O es que los padres humanos no se preocupaban de lo que hacían sus hijos? El público volvió a rugir.
-Lo más, lo más... Este chaval es lo más.
-¡La ostia, pavo! El tipo ése no va a volver a coger unos mandos en su vida.
Al contrario, esto ya es una cuestión de honor.... Kaname aferró el mando como si le fuera la vida en ello, preparando sus dedos para repetir la mortífera lluvia de golpes que había conseguido producir en el asalto anterior.
Un bombardeo de misiles en forma de puñetazos, giros, saltos, golpes de energía, rayos, truenos y hasta centellas se desató en la pantalla, conducida por aquellas manitas. Las frases "14 hit superart. 32.800 points" y "tech bonus. 2.500 points" se iluminaron en rápida sucesión, dejando la barra de energía de Ken a cero. Un gigantesco "Perfect!" apareció justo encima de la figura de Riu, que adoptó una pose todavía más chulesca cuando el "You win!" centelleó un momento antes de que la pantalla quedara congelada.
Silencio.
El criajo se bajó del taburete con un saltito, se alzó de puntillas y depositó el mando encima de la repisa de la pantalla con cuidado.
El público estalló en vítores y aplausos, algunos incluso fotografiando la puntuación de la pantalla con su teléfono móvil. El enano había conseguido puntos más que suficientes como para llevarse a casa el koala y la fauna entera de Australia en versión peluche. Kaname apretó el mando y sintió el "crack" interno de algunas de sus piezas.
Intentando ignorar la expresión desencantada de Yuuki, imitó al niño y dejó el mando en la repisa.
-Tienez mucho potencial, ¿zabez? Tuz reflejoz zon loz máz rápidoz que he vizto. Tendríaz que ajuztad la conzola pada jugad a triple velocidad. Ez un pequeño truquillo.
Kaname bajó la mirada al crío de pesadilla, que lo contemplaba con la expresión seria y nada presuntuosa del buen ganador. Lo cual le obligaba a fingir que era un buen perdedor. Recurriendo a todos sus años de entrenamiento en las buenas maneras cortesanas, le tendió la mano con formalidad.
-Felicidades. He aprendido mucho viéndote jugar.- reconoció elegantemente, admitiendo que, en vez de jugar, más bien había hecho de saco de arena.
Los cotilleos volvieron a estallar alrededor mientras el encargado se ausentaba en busca del enorme peluche para el ganador.
-Tiene buen perder el tipo...
-Y eso que parece estirado...
-Yo le habría dado de collejas al pitufo de aquí a Roma, vamos...
El niño fue a abrir la boca para añadir algo cuando un chico de unos 14 años vestido con pantalones de pinzas y jersey Tommy Hillfiger apareció entre la multitud sujetándolo por el cuello de la camisa.
-¡Así que aún estás aquí! ¡Nos has dado un susto de muerte, enano! ¡Cómo te vuelvas a escaquear de los papás te voy a dar de hostias hasta...!
-Disculpa.
La fría voz de Kaname interrumpió la diatriba del adolescente, que alzó la vista hacia quien osaba entrometerse en la bronca a su hermano. El chaval se quedó quieto, mirando indeciso a aquel joven de extraños ojos que lo fulminaba con la mirada.
-Tu hermano y yo estábamos manteniendo una conversación. ¿Te importaría esperar a que acabemos? -Kaname estrechó los ojos, mirando fijamente la mano con la que el joven aguantaba a su hermano.
Instantáneamente, aquel le soltó la camisa. El crío recogió dignamente la caja de metal con sus ahorros, colocándosela bajo el brazo, y asintió hacia el purasangre en agradecimiento. Mejor. Kaname tenía el orgullo herido, los sentidos saturados y la adrenalina corriendo por las venas. Más le valía a aquel niñato pedante comportarse. Si él no había fulminado al niño, menos iba a hacerlo su hermano. El chavalín ignoró a su airado hermano mayor para dirigirse directamente al purasangre.
-Lo que iba a decidte antez de que nos intedumpiedan tan maleducadamente ez que puedez quedadte con el premio. No puedo tened peluches en mi cuadto, zoy alédgico al polvo.
Kaname miró de reojo al encargado, con el peluche en brazos, y a Yuuki, que ojeaba esperanzada al niño.
-Es el premio al vencedor. No creo que sea justo que me lo quede...
El niño se encogió de hombros, aferró al koala por una pata, casi trastabillando bajo su peso, y se lo ofreció a Kaname.
-Entonces quédatelo como un degalo. Erez el primero que no dice que no pienza jugad con un criajo de miedda.-el niño paseó una mirada acusatoria por la audiencia de adolescentes.
Kaname sonrió. Sí, le había dado una paliza de padre y señor mío. Pero había que reconocer que el niño tenía arrestos y orgullo. Había algo en aquella mirada seria y desafiante que le recordó a sí mismo de pequeño. Aceptó el peluche con un asentimiento.
-Si es con esa condición, entonces lo acepto. Gracias por enseñarme a jugar.
-De nada.- el niño sonrió un poco, mostrando los huecos donde se le habían caído los dientes.
Kaname alzó una ceja al hermano, que contemplaba la escena con las manos en las caderas, indicando que, ahora sí, la conversación había finalizado. Su mirada fue lo suficientemente dura como para que el adolescente, al menos, escoltara a su hermano fuera del tenderete con buenas maneras.
La multitud empezó a dispersarse, congregándose alrededor de otras partidas, y Kaname se giró hacia Yuuki con media sonrisa.
-Aquí tienes tu koala. No lo he conseguido exactamente como pretendía pero es tuyo de todas formas.
Yuuki le sacó la lengua y abrazó al nuevo miembro de la familia peluchil. Era tan grande que le tapaba la mitad del cuerpo y tuvo que hacer equilibrios para acomodarlo mientras le tendía a Kaname las gafas y la gabardina.
-Bueno, ¿qué te han parecido los videojuegos? -preguntó con exagerada inocencia.
Kaname se acomodó la gabardina con donaire y se puso de nuevo las gafas de sol, girándose hacia las máquinas de Street Fighet.
-Oh, es un buen entretenimiento para... desfogar adrenalina. -tras los cristales oscuros, sus ojos centellearon en rojo una décima de segundo.
Las pantallas emitieron un ligero "crack" acompañado de un chispazo y se elevaron unas volutas de humo ante la sorpresa de los nuevos jugadores que se acercaban a ellas.
Kaname devolvió la mirada a la feria, ajustándose las Ray Ban y maldiciendo al noble rubio por no haberle echado una mano. ¿Dónde estaba Hanabusa Aido cuando realmente se le necesitaba?
OOO
'Idol-senpai' se pasó la mano por los rubios mechones ondulados, pensando que si no conseguía respirar aire fresco se desmayaría allí mismo, justo a los pies de una caseta donde algunos alumnos de la Clase Diurna disputaban una especie de carrera de caballos, espoleados por la voz estentórea del animador. Micrófono en mano, para más INRI. Los humanos intentaban colar unas bolas negras en unos agujeros situados a cierta distancia de ellos. Cada vez que lo conseguían, el caballo de cada uno avanzaba un trecho, ante los gritos y palmadas del resto de alumnos.
-¡VAMOS, VAMOS QUE NOS VAMOSSSSSS! ¡ESAS BOLASSSSSS! ¡A VERRRRR CÓMO AFINAMOS LA PUNTERÍAAAAA!
La cantinela del animador retumbó a través de los altavoces justo hasta su cerebro, haciendo estallar un mundo de dolor en su mente y un universo de chispas de colores ante sus ojos. Vale, hasta aquí hemos llegado en pos de la convivencia... Aido se alejó a trompicones de aquel aparato infernal, buscando la sombra. Al final, se recostó contra el tronco de un árbol del parque, luchando contra la tentación de sentarse en la hierba. No era cuestión de ir luego a la discoteca con manchas verdes en el trasero de los pantalones. Suspiró, pensando que una botella de agua y algo para comer no le vendrían nada mal.
Llevaba más de dos horas acompañando... no, más bien siendo arrastrado como la mascota de la Clase Diurna y ya estaba hasta las narices. Sabiamente, el resto de los vampiros, comenzando por los traidores de sus primos, se habían escabullido entre los tenderetes, dejándole solo con aquellas gallinas histéricas. Vale, eran chicas -la mayoría. Sí, muchas eran bastante guapas. Pero nada de aquello compensaba el hecho de verse rodeado por una horda de secretoras de feromonas al borde de un esguince cervical después de caminar todo el rato con los cuellos inclinados hacia él.
No podían pronunciar la palabra "vampiro" fuera de los terrenos de la Academia, gracias a Dios -o, más bien, a Kaname y al director-, pero ni falta que les hacía. Dos de ellas se habían desmayado directamente cuando les había dirigido un simple "hola". Habían tenido que tumbarlas en un banco y darles dos piruletas para comer a cada una para que se recuperaran. Los chicos, alguno de los cuales debía ir detrás de alguna de las chicas, se habían limitado a mirarle con odio o a ignorarle la mayor parte del rato. Y el resto de las chicas habían cloqueado todo el rato sobre lo ideal que les parecían las capas largas, lo increíble que era la historia de amor de unos tales Edward y Bella -como si él tuviera que conocerlos- y lo fascinante que sería sentirse como la novia de Drácula.
Aido había descubierto que flirtear un rato cada tarde con aquellas ratitas, resguardado por los guardianes de la escuela, era realmente divertido. Soportarlas durante más de dos horas sin cojín protector rozaba el purgatorio. Se frotó las sienes con los dedos, intentando apaciguar su dolor de cabeza. Demasiado ruido, demasiados olores y demasiado sol durante demasiado rato le estaban pasando factura. En aquel momento, 'Idol-senpai' se sentía más bien como un galán agotado que agradecería una copa a altas horas de la madrugada en un club solitario.
-¿Quieres agua?
Aido levantó la cabeza con los ojos entrecerrados para ver a Sayori Wakaba delante suyo aguantando precariamente dos botellas de agua fría y lo que parecían dos bolas de algún material esponjoso de color rosa enrolladas alrededor de palitos de madera. Olían dulce y sus jugos gástricos empezaron a rugir. La joven rubia le tendió una botella de agua mientras aguantaba la otra con la misma mano. ¡Ah... ! Por fin alguien con un poco de humanidad...
-Gracias, estoy muerto de sed.- Aido aceptó la botella y desenroscó el tapón con rapidez. Se la llevó a la boca y bebió a grandes sorbos. Bien, bien...
Bajó la botella para ver que Yori lo observaba con una peculiar sonrisa reservada y aquello le puso la mosca detrás de la oreja, irritándolo de nuevo.
-¿Qué? ¿Creías que sólo puedo beber sangre? -el tono le salió más brusco de lo que pretendía y lo lamentó al instante, pero Yori no pareció sentirse ofendida.
-Teniendo en cuenta que Yuuki puede comer bombones y beber Coca-Cola, me imagino que tú eres perfectamente capaz de beber agua mineral.- contestó suavemente pero con tono seguro.
Aido suspiró, sintiéndose como una sabandija inmunda. Para una chica que tenía cerca con la que, al parecer, podía mantener una conversación cuerda y pagaba su mal humor con ella. Se pasó la botella fría por la frente, refrescándose, y le dirigió una mirada de excusa.
-Lo siento. El sol, los olores y el ruido me marean.- gesticuló con la mano libre.- Tengo un dolor de cabeza tremendo y lo he pagado contigo. Permíteme pagarte el agua.
Yori volvió a esbozar aquella pequeña sonrisa y meneó la cabeza, moviendo los mechones rubios.
-No te molestes, así también compenso haberte dejado antes con la palabra en la boca. Yuuki y yo no tenemos muchas ocasiones de charlar y cuando estamos juntas tendemos a olvidar al resto del mundo.
Aido aceptó la disculpa con una sonrisa y un suave resoplido y tomó otro sorbo de agua, sintiéndose algo mejor. Si sólo pudiera alejarse un poco del ruido... La sirena de los autos de choque sonó de repente y Aido respingó, derramando algo de agua. Maldijo por lo bajo y se llevó la mano a la dolorida cabeza.
-Tengo que... alejarme... del ruido.- murmuró mientras empezaba a trastabillar lejos de allí.
-Deja que te ayude.- Yori intentó sujetar su botella de agua entre los dedos de la mano donde llevaba los dulces y alargó la otra hacia el brazo de Aido, deteniéndose antes de tocarlo.
Había sido un gesto instintivo, como el que haría con cualquiera de sus compañeros... humanos. Pero aquel no era ningún humano, como demostraba el estado en que se encontraba sólo por los ruidos de la feria. En la Academia siempre les habían mantenido a distancia, como si fueran animales salvajes. Yori ya había comprobado que aquello hacía sufrir a Yuuki, que seguía siendo bastante similar a como era antes. A Aido no lo conocía de nada, pero no le parecía el tipo de persona que había que mantener lejos como si fuera un tigre de Bengala... al menos, no en aquel estado. El joven rubio tropezó otra vez con una piedra y aquello acabó de decidirla. Aferró el brazo de Aido, ayudándole a mantener el equilibrio. El joven se giró hacia ella y le pareció ver una mirada avergonzada tras las gafas oscuras.
-Gracias... -murmuró.- Me parece que acabo de arruinar mi fama de 'Idol-senpai', ¿verdad?
-Si te sirve de consuelo, nunca he pensado en ti como 'Idol-senpai', así que no tienes ninguna fama que mantener conmigo.-replicó con la misma voz serena.
Aido la miró fijamente a través de los cristales tintados, como si quisiera escrutar la verdad tras aquellas palabras, y Yori se encontró desviando la mirada y escudriñando el entorno. Ciertamente, nunca había gritado como una loba hambrienta durante el cambio de clases, y no se le pasaría por la cabeza comportarse como el resto de sus compañeras. Simplemente, no iba con su carácter. Pero también era cierto que nunca había tenido tan cerca al joven de cabellos trigueños. Ahora podía sentir el calor de su cuerpo a través de la chaqueta y tenía un primer plano de aquel rostro aristocrático, mezcla de genio y de niño mimado. Aido era... guapo. Bueno, eso era una forma suave de decirlo. Incluso con las gafas ocultando sus ojos turquesa, aquel vampiro era... impresionante.
Concéntrate en echarle una mano, Yori... Por encima de las copas de los árboles, alcanzó a distinguir las cestas de la noria. ¡Ah, quizás aquello fuera una buena opción!
-¿Quieres subir a la noria? Está alto, supongo que no se oirá tanto ruido y correrá el aire.
Aido echó un vistazo a la atracción, asintiendo. ¿Por qué aquella chica se molestaba tanto por él? No formaba parte de su corte de admiradoras, pero parecía preocuparse genuinamente por su bienestar. Qué misterio... En aquel momento, sus tripas rugieron. Aido miró su barriga como si pudiera acallarla con la mirada. Yori rió suavemente y le tendió una de aquellas bolas rosas suaves.
-Perdona, te había comprado también una nube de azúcar. Yo empezaba a tener hambre, y eso que he comido. Imaginaba que tú que sólo has desayunado querrías picar algo también.-se encogió de hombros en disculpa.- No he encontrado bocadillos, sólo esto.
Aido cogió el palito con los ojos como platos, asombrado y más conmovido de lo que quería admitir. Viendo que el joven parecía mantenerse mejor en pie, Yori le soltó el brazo y echó a andar hacia la noria. Ambos ocuparon su lugar en la fila que, afortunadamente, estaba a la sombra. La joven arrancó un trocito de aquella masa azucarada y se lo llevó a la boca, masticándolo con deleite. Algo inseguro, Aido la imitó. Um... aquello era como comerse un terrón de azúcar en hilillos. Encogiéndose mentalmente de hombros, atacó la nube de azúcar. Al cabo, notó que los hilillos se le pegaban al paladar. Narices... Usó la lengua para despegarse discretamente los trozos de nube y volvió a mordisquear otro trozo, más grande. Le pasó la nube a Yori mientras sacaba la cartera para pagar el viaje en noria -era lo menos que podía hacer- y ayudó caballerosamente a la humana a subir a la cesta, cerrando la puerta luego. Ambos se acomodaron en el estrecho asiento tan cerca que sus brazos se apretaban entre sí. Yori giró la cara a un lado, a parecer contemplando el panorama, mientras Aido examinaba a las demás personas que hacían cola. Había muchos niños con sus padres, pero también muchas parejitas. Oh, oh... La cesta se elevó un poco y se paró, esperando a que los siguientes pasajeros se acomodaran en la cesta de atrás.
Aido se concentró en devorar su nube de azúcar, tanto para acallar su estómago como su ligera incomodidad. La brisa de la tarde empezó a soplar ahora que se estaban elevando por encima de los árboles y le trajo el perfume dulce de Yori. Disimulando, inspiró. El aroma le hizo pensar en un amanecer, con su mezcla de paletas frías y cálidas, estallando en vibrantes dorados... Avergonzado por sus estúpidos devaneos poéticos, volvió a centrarse en la nube de azúcar, tomando un bocado más grande mientras Yori parecía ensimismada con las nubes que empezaban a teñirse de rosa.
¡Ups! El olor de Yori y su calidez habían despertado una reacción instintiva en Aido y sus colmillos se habían alargado un tanto... lo suficiente como para que los malditos hilos de la nube de azúcar se le pegaran a uno. Qué inconveniencia... Se pasó discretamente la lengua por los dientes, pero aquello sólo consiguió que los hilos se pegaran más a sus encías y su colmillo. Vaya, hombre... Destapó a botella de agua y se la llevó a la boca, tomando varios sorbos, y volvió a pasarse la lengua por los colmillos, comprobando el resultado. Ni por ésas...
-¿Mejor?
Aido esbozó una sonrisa estúpida con los labios apretados por toda respuesta. No sabía qué podía asustar más a aquella chica, si ver a un vampiro con los colmillos asomando o a un vampiro con hilos de azúcar rosa enrollados alrededor de los colmillos. La noria se puso en marcha lentamente y ascendieron por encima de las casetas de feria. Instantáneamente, los ruidos se amortiguaron hasta un nivel soportable para Aido y el aire fresco del atardecer les sacudió el cabello... Trayendo de nuevo el olor de Yori a su olfato.
Sus colmillos crecieron otro milímetro... con los hilos de azúcar pegados a uno. Mierda, mierda, mierda... Aido rebulló en su asiento, incómodo, intentando en vano poner algo de distancia entre él y la chica en aquel estrecho habitáculo. Yori lo miró de reojo, chupándose los dedos después de comer más nube. Debió percibir algo de su malestar, porque frunció el ceño. Aquella chica era realmente perceptiva. Bueno, quizás podía arriesgarse a hablar si no habría demasiado la boca.
-¿No se te pega en los dientes?-murmuró ininteligiblemente con los labios casi cerrados, señalando hacia la nube de azúcar.
Yori se inclinó hacia él con cara interrogante.
-No te entiendo, ¿qué has dicho?
-Que si no te pega en la boca.- Aido pronunció la frase con su gesto normal.
Los ojos color miel de Yori se abrieron como platos, su mirada bajó lentamente hasta los labios bien formados de Aido y los suyos se abrieron suavemente, sorprendida. El noble rubio parpadeó y miró automáticamente a los labios de la joven. Carnosos... rojizos... ideales para... Aido se mordió el labio inferior, sin darse cuenta de que sus colmillos se habían alargado lo suficiente como para rozarlo. Entonces se dio cuenta de lo que realmente estaba mirando Yori y carraspeó. Ahora es cuando empieza a chillar y se tira por el borde de la cesta desde 10 metros de altura... Kaname me mata...
-Tienes... algo... en un... em... ¿colmillo?-puntualizó la joven, señalando a su boca con un dedo y mirándolo estupefacta.
Aido resistió el impulso de hacer una gañota cómica. ¿Acababa de verle los colmillos y lo único que le preocupaba era que tenía algo enganchado? ¡Por Dios, aquella chica era una mina! Sin reflexionar, Aido emitió una risotada divertida.
-¡Increíble! No debes haber visto muchas pelis de vampiros si te quedas tan tranquila teniendo uno cerca.- sonrió abiertamente, sabiendo que sus colmillos eran claramente visibles.
Yori seguía con la vista fija en su boca, pero ahora parecía estar luchando por contener la risa. Sus labios se curvaron, los hombros empezaron a temblar y los ojos chispearon.
-No te ofendas, pero ya he visto los de Yuuki.- aunque no tan largos.- y no atemorizas demasiado con esa cosa rosa pegada.-soltó un risita.- Lo siento. Aún me cuesta asumir lo que sois, parece casi... irreal. Y tampoco creo que vayas chuparme la sangre en una noria en mitad de la feria más concurrida de la ciudad.
Mortificado, Aido borró la sonrisa de su cara cambiándola por un ceño dolido. Volvió la vista al frente casi con un puchero y se pasó de nuevo la lengua por los colmillos. Maldita sea otra vez... No volvería a comer esas cosas diabólicas en lo que le quedaba de vida. A su lado, Yori lo contemplaba con una sonrisita.
-¿Por que no te lo sacas con el dedo?
Aido casi se atragantó y miró hacia la chica como si le hubiera sugerido comer gusanos.
-¡¿Estás loca?! ¡Es una marranada!-contestó con un agudo tono ofendido.
Yori se encogió de hombros.
-Sólo te veo yo, y a mí me da igual.
-¡Pero a mí no!- replicó airado, como si ella estuviera poniendo en duda su esmerada educación.
-Bueno, ¿vas a pasarte toda la tarde con esa cosa pegada?-preguntó Yori cruzándose de brazos.- ¿Has pensado que tus preciosos dientes podrían acabar con caries?
Aido bufó por toda respuesta, fingiendo ignorarla. Aquella masa pastosa estaba empezando a fastidiarle de verdad, pero era incapaz de ir en contra de todos los años de rígida educación aristocrática. Sólo con pensarlo, una imagen mental de su madre diciéndole "¡Aido, meterse los dedos en la boca es una cochinada!"se materializó en su cabeza, regañándole con un dedo estirado.
-No puedo hacerlo... -murmuró.
Yori resopló.
-Te ahogas en un vaso de agua. Déjame a mí.
Aido respingó en el asiento, girándose hacia ella como un resorte.
-¿Qué?
-Me estás poniendo nerviosa viéndote esa cosa rosa cada vez que abres la boca, así que, por mi propia tranquilidad, te voy a echar una mano.-Yori frunció el ceño sin alterar su tono.- Separa los labios.
El noble rubio obedeció al instante, más por la sorpresa que porque realmente aceptara el ofrecimiento. Vio cómo Yori tragaba saliva y acercaba un dedo índice a sus labios entreabiertos. Su mirada quedó atrapada en la de ella como las moscas en el ámbar. El dedo de Yori rozó suavemente sus labios y se paró allí.
-Abre... abre un poco más la boca.-susurró, sin apartar los ojos de los suyos.
Aido separó algo más los labios, demasiado anonadado como para pensar. El dedo de Yori acarició su piel antes de tocar la punta de uno de sus colmillos. El corazón de la joven se aceleró de golpe, retumbando como un tambor y haciendo aflorar algo de sangre a sus mejillas en forma de encantador sonrojo. Eso fue lo único que necesitó Aido. Sus colmillos se alargaron hasta su máxima extensión, escociéndole las encías, y la punta presionó el dedo de Yori, hundiéndose en su carne y haciendo brotar sangre.
La chica retiró el dedo con un gesto brusco, arañándose un poco más. Aido la contempló con fijeza y luego se pasó la lengua poco a poco por los labios, como un somelier catando una nueva cosecha. ¡Ah, sí...! La sangre de Yori sabía como el vino joven, dulce y ligero. No olvidaría jamás ese sabor. De hecho, quizás pudiera probar otra pizca...
Inconscientemente, Aido se inclinó un poco hacia ella.... para quedarse helado al momento. Aquellos grandes ojos estaban muy abiertos y, por primera vez, mostraban miedo... hacia él. Por algún extraño motivo, aquello le dolió. Yori era la primera humana con la que había podido compartir un rato de compañía normal, y ¿cómo se lo agradecía? Asustándola hasta la médula cuando la tenía atrapada en una estrecha cesta a varios metros del suelo, sin escapatoria posible.
-Lo siento.- susurró, bajando la vista.
Con un esfuerzo supremo, giró la cara hacia el otro lado, inhalando el aire fresco para intentar calmar los acelerados latidos de su corazón. Notando aún los colmillos apoyados en su labio inferior, volvió a destapar la botella y acabó el agua a grandes sorbos, sin permitirse pensar en que aquel no era precisamente el líquido que su cuerpo le pedía.
Suspiró, reflexionando por primera vez sobre si tendría la fuerza de voluntad suficiente como para hacer suyo el ideal de convivencia con los humanos de Kaname. Era muy fácil convivir a lo lejos. Hasta entonces, los humanos nunca le habían tentado, nunca se había encontrado en una situación que pusiera a prueba su resistencia mental. ¿Por qué aquella chica sí lo hacía?
Apoyó el codo en el borde de la cesta, inhalando bocanadas de aire mientras la noria giraba, dolorosamente consciente de la respiración inestable y los latidos acelerados de la silenciosa Yori a su lado. Oyó a la joven abrir un paquete de plástico y supuso que se estaba limpiando la sangre del dedo con un pañuelo de papel, porque el olor se atenuó. En aquel momento, reparó en que ya no notaba nada pegado a su colmillo, gracias a la valentía de aquella peculiar joven. Aquel pensamiento lo conmovió y volvió a suspirar, consciente de que estaba a punto de meterse emocionalmente en un lío de mayores proporciones del que había provocado nunca.
¿Dónde estaban sus primos y Kaname para pararle los pies cuando era realmente necesario?
