Promt noveno: Marchas.

Palabras: 470
Personajes: Estados Unidos de América "Alfred F. Jones" (La Unión) y Estados Confederados de América "Joseph S. Jones" (La Confederación).
Situación: Guerra Civil Estadounidense. Antesala de la Batalla de Antietam o Batalla de Sharpsburg.
Localización: Maryland, Estados Unidos de América.


«Pelea a favor de la pendiente, no ataques nunca cuesta arriba.»
Sun Tzu


La persecución se estaba volviendo tediosa. Alfred iba amontado a caballo, como muchos otros, pero aún así se sentía como si él y no el caballo fuese el que acumulaba todo el cansancio del trote. Llevaban así cerca de una hora, adelantándose, retrocediendo, todo cuesta arriba, todo por alcanzar la cola del ejército confederado. Querían cercarlos cerca del riachuelo Antietam para poder eliminar el grueso de los batallones de Lee. Joseph estaba con ellos, Alfred lo sabía.

Frunció el ceño y apretó los dientes. No es que quisiera verlo de verdad, eso quería hacerse creer. Era muy extraño mirarlo porque era casi como mirarse a un espejo y eso no le gustaba. Él no quería parecerse a la Confederación. Muchos le decían que era al revés, que era Joseph el que se parecía a los Estados Unidos. Alfred estaba confuso respecto a eso y se frustraba. Joseph era igual que él, salvo que tenía el pelo mucho más oscuro, casi castaño, no usaba gafas y Nantucket brillaba por su ausencia. Salvo esos detalles, podrían haber sido gemelos completos. Era todo una cuestión metafísica, lo de quién era quién o el primero y esas cosas le daban dolor de cabeza. Si ganaba esa guerra, sabía que Joseph moriría porque no tendría cabida su existencia en ese Mundo en donde la idea de esclavitud estaba mal vista de poco en poco. Muchos le decían que aquello era estúpido, pero luchar por la libertad jamás lo era. Era un chiste que Francia e Inglaterra estuvieran del lado de la Confederación y Rusia, con lo que era, fuera el único que le apoyase.

Pero por alguna razón, Alfred no quería que Joseph desapareciera. Era su hermano al fin y al cabo también. Aquello se le hacía tan cuesta arriba que le costaba respirar.

Mientras cabalgaba a lo largo de la ladera de la colina pensó en eso y sin querer se vio arriba, a la cabeza de su propio regimiento, mirando desde arriba hacia la lejanía. Y allí abajo, en la falda, estaban ellos. Estaba él, gris, regio y altanero. Una rabia ciega, imbuida por culpa de los soldados de azul, le borboteó en la sangre. Aún montado en el caballo, Alfred cargó el fusil y disparó. Sonó un trueno seguido de cientos de gritos de reto y tanto sus soldados como los confederados corrieron los unos hacia los otros para entablar combate. Sin embargo, Joseph no se movió, si no que levantó su propio arma y disparó. Alfred entreabrió los labios, desorientado al notar la quemazón del dolor en el hombro, viendo como en su campo de visión aparecía el cielo. Cuando su espalda chocó contra el suelo, se le fue todo el aire de los pulmones.

Y vio negro.