Categoría: Aventuras, romance
Rating: R

Spoilers: El Retorno del Rey
DISCLAIMER: Esta historia está basada en personajes y situaciones creadas por JRR Tolkien, utilizados sin ánimo de lucro.

NotasÚltimo capítulo :) Gracias por vuestras reviews y haberle dedicado tiempo. Fue escrito bastante antes de ver la película de El Retorno del Rey, y siguiendo mi imagen mental del capítulo original, así que si hay algo que vaya en contra de lo que filmó Peter Jackson es por esa razón.

NAMÁRIË

- Aquí estamos por fin - murmuró Kurenai. Para bien o para mal su viaje había concluido. Bajo la loma, a sus pies, se libraba la batalla. La veintena de hombres que les habían acompañado se derramaban ya por la ladera oscura, uniéndose al mar de figuras beligerantes, demasiado ocupadas repartiéndose la muerte como para pensar en otra cosa que no fuera el campo de batalla. Kurenai miró a Belial, erguida sobre Vanda, con la visera del yelmo alzada y una mirada ansiosa por la lucha. Por unos momentos, la joven de Rohan creyó que, si se lo hubiera propuesto, Belial habría acabado con todos aquellos engendros rugientes de un solo vistazo.

Allí desde su atalaya vieron criaturas que no existían en Rohan, ni mucho menos en Lorien. Los gigantescos Mûmakil avanzando por el campo de batalla, dejando a su paso un sendero de cadáveres pisoteados; trolls repartiendo hachazos a diestro y siniestro, cercenando tanto a aliados como a enemigos; hileras de arqueros de ambos bandos provocando una lluvia conjunta de flechas incandescentes, que dibujaban arcos luminosos antes de sembrar la tierra yerma de cadáveres abrasados. Y por encima de todo, como jueces inamovibles, las Torres de los Dientes. Y aún más allá, la Puerta Negra, ribeteada en el púrpura y escarlata de las llamas que ardían tras sus goznes. Las llamas de Mordor, la Tierra Oscura, el lugar donde el Mal se había concentrado hasta despegarse del suelo en forma de niebla, polvo y humo, tapando el sol y provocando una noche artificial. Aquel era el fin del mundo sin duda. En todos los sentidos. Pero, mientras Kurenai miraba aquel lago de golpes y aullidos en el que pronto se sumergiría, Belial dirigió su vista a través de la sangre, las estocadas y las lanzas, los estandartes rasgados... hasta una pequeña elevación, al otro lado de la llanura, donde las banderas de Gondor parecían ondear con más fuerza enfrentándose a la inacabable hilera de monstruos que vomitaba la Puerta Negra. Distinguió a Legolas al cabo de un par de minutos.

Y sonrió. Seguramente era el lugar donde menos razones había para hacerlo de todo Arda, pero aquella sonrisa nació desde la base de su garganta. Como una espina de pescado, se clavó allí, amenazando con partirla el cuello si no la dejaba libre, y tuvo que sonreír. Entre aquella desolación, Kurenai la vio por primera vez tal y como Belial podría haber sido. Al ver el brillo orgulloso y entregado que fulguraba bajo la visera comprendió por fin que la Belial que ahora contemplaba, exultante, hermosa, apasionada como un simple humano, era la Belial que sólo aquel elfo de nombre extraño podía despertar. Aquel viaje que Kurenai había juzgado estúpido no había sido sino la búsqueda de una esperanza. ¿Y qué era su fervor guerrero sino la búsqueda de esperanza para su pueblo?

- Belial... - murmuró. No encontraba la manera de decirle que comprendía su terquedad, que cada uno debía vivir por lo que creía. Pero Belial se volvió hacia ella, y calló. Se miraron unos instantes, y no mediaron palabra. No las necesitaban.

- Adiós, Mortal - susurró Belial tapándose el rostro.

- Namarië, Orejas Puntiagudas - y sus caminos se separaron.

Una sola mirada la bastó para fijar su trayectoria. Atravesaría el campo en línea recta. Miró unos segundos la Puerta Negra, aquella mole de oscuridad sólida; las nubes de Mordor, condensadas en su propia maldad. Un relámpago de ira cruzó sus ojos, imaginando esas mismas nubes sobre el esplendor dorado de su bosque. No. Si ella podía tener algún papel en todo aquello, lo iba a aprovechar. Llegaría hasta Legolas, sí, pero de paso se llevaría a un montón de aquellos engendros de las tinieblas con ella. Tomo su arco en una mano y comprobó que las hoces estaban dispuestas para ser usadas. Y cargó.

Disparó una docena de veces antes de que los orcos más cercanos se dieran cuenta. Llegó al final de la ladera y continuó disparando hacia cualquier bestia que se girase. Un hacha voló desde la batalla y se clavó en el cuello de Vanda, mientras Belial saltaba a tierra justo a tiempo. El caballo cayó al suelo entre estertores.

- Namarië - murmuró, y le cortó la cabeza de inmediato para que no sufriera. Olió venir a los orcos y, girándose, se echó el arco a la espalda y empuñó a Lossë y Ëari.

Quienes la vieron aproximarse hacia la Puerta Negra, contarían tiempo después que sólo se distinguían dos lunas moviéndose a toda velocidad, y una nube gris y ámbar girando a su vez. No la veían llegar, y sus pies ni siquiera se posaban en el suelo antes de saltar al siguiente paso de su ruta imperturbable. Por supuesto, estas opiniones tenían una gran parte de exageración. Pero también otra real. Belial no se detenía ante ninguno de sus contrincantes; avanzaba y atacaba sólo a aquellos que estaban en su camino, generalmente bestias entretenidas ya en otras luchas. Y, en muchas ocasiones, saltaba y giraba en una sucesión tan rápida, que parecía que bailase en lugar de cercenar cabezas, brazos y piernas. Las hoces describían arcos tan bellos y fulgurantes como mortales, y cuando la sangre oscura y espesa de los engendros de Mordor parecía cubrirlas por completo, volvían a recuperar su brillo como si sólo hubieran sido sumergidas en agua. En esta danza de muerte y fiereza, Belial gritaba de vez en cuando. Llamaba a Kyra, a Dembar, a Elbereth, reía eufórica cuando la garganta sesgada de algún Uruk Hai se abría ante sus ojos, cubriéndola de escarlata.

Y, de repente, todo se detuvo. Los orcos, los Uruk, los mûmakil... todos los ejércitos del Señor Oscuro alzaron sus ojos corrompidos al cielo, y elevaron un aullido unánime. Al mismo tiempo, los hombres, que habían luchado de forma automática y muchas veces desesperada, se pusieron en pie. Belial subió sobre una roca cercana, extrañada y a la vez asustada. Entonces algo retumbó a su espalda, un trueno devastador. Creyó que eran los pasos de Sauron que, tras haber acabado con lo que fuera aquella extraña misión que involucraba a Legolas, se acercaba a la puerta de sus dominios para acabar con todos personalmente. Por eso echó a correr, sin tocar el suelo, sin apenas posar sus pies sobre escudos, cadáveres, orcos y hombres vivos o muertos. Y mientras volaba, el primer rayo de sol que había contemplado aquel lugar en mucho tiempo centelleó en las corazas de los Hombres Mortales, recorrió las caras macilentas devolviéndolas su color y lamió las laderas de Mordor hasta que los mismos cimientos de la Puerta Negra se desmoronaron.

Supo que todo había terminado. Descendió al suelo mientras las huestes de Mordor emprendían una retirada en estampida. Los hombres se abrazaban, saltaban, corrían de un lado para otro. Algunos perseguían a los orcos huidizos, buscando una venganza o algo parecido. Belial ya no tenía nada que defender; Lorien estaba a salvo y ningún otro orco que matase valdría para nada. Y Legolas celebraba el triunfo sobre aquella pequeña loma, de espaldas a ella. Si hubiera gritado su nombreél la habría escuchado. Pero vio a alguien conocido a los pies de la elevación.

Gimli el Enano vio una figura sucia y alta dirigiéndose a él por su nombre. Sólo cuando Belial se bajó la capucha y distinguió sus orejas puntiagudas, recordó a la elfa curiosa que había insistido en aprender a manejar sus hachas en el Bosque Dorado.

¡Legolas¡Amigo, jamás imaginarías a quién traigo aquí¡Es la única elfa con alma de enano que conozco- Legolas, que celebraba la victoria junto a los Hijos de Elrond, se giró hacia Gimli. "No puede ser" pensó. Pero bajo aquellas capas de ropa, el pelo sucio y la sangre de orco, los ojos de Belial brillaban igual de plateados que la noche de su despedida. Descendió la pequeña colina en un estado de incredulidad.

¿Belial¿Eres tú de verdad- murmuró. Ella se quitó el yelmo y la coraza; las mantas y las hoces. Volvía a parecer un elfo, con su capa gris y el arco a la espalda. Legolas sonrió. Demasiadas veces desde su estancia Lorien había creído que no podría cumplir su promesa. Otras, simplemente pensaba que ella no esperaría; que se iría a Valinor con los suyos. Lo último que había esperado era reencontrarse entre cadáveres a las puertas de Mordor... pero estaba allí. Había ido a buscarlo. Frodo había cumplido su misión, Elessar sería rey muy pronto y Belial y él podrían irse juntos a Valinor...

En Lorien no hay animales salvajes. Si los hubiera, quizá Belial habría sabido que jamás tenía que cruzarse en el camino de uno que huía despavorido. O tal vez, si lo sabía, en aquellos momentos sólo podía pensar en dos cosas. La victoria y el fin de un viaje. Por eso no vio la bestia que huía sin rumbo. Por eso avanzó a ciegas hacia Legolas. El Uruk Hai la embistió y, al hallar un obstáculo en su huida, se abrió paso enloquecido. Gimli saltó sobre él con su hacha, pero cuando Belial cayó al suelo varios metros más adelante, ya la había desgarrado el pecho de lado a lado. Cayó inconsciente en el suelo calcinado mientras Gimli remataba al monstruo de un solo hachazo.

¡Belial- Legolas reaccionó y corrió hacia ella. Todo había sido demasiado rápido. ¿Cómo no había percibido al Uruk enfilando por aquel pasillo entre los dos? Se arrodilló incorporándola. Los ojos de Belial miraron sin ver hacia el frente durante unos segundos y después se volvieron hacia él.

- I Ambar nólin sintëa... nan nalye símen... - respiró con dificultad recordando una canción, y sonrió. La herida había dejado de dolerla y se encontraba en Lothlorien; Morannon era sólo una niebla fresca como agua pulverizada. Estaban en las ramas del árbol plateado y Legolas la besaba mientras prometía volver... El estruendo al derrumbarse lo que quedaba de la Puerta Negra la devolvió bruscamente a la realidad. Legolas la besaba el rostro pero susurraba algo distinto.

¡Avá¡Áva hehta ni!... no me dejes ahora... ¡Mithrandir- llamó entre el bullicio de la victoria. ¡¡Mithrandir- gritó de nuevo mientras la vida de Belial se escapaba empapando sus ropas. Pero Gandalf estaba lejos ya, sobre las alas de Gwaihir, y la voz de Legolas se ahogó en la tristeza.

Epílogo

Tras la victoria, la mayoría de los combatientes regresaron a sus hogares, contando lo que habían visto, los siervos de Sauron que habían matado y los seres queridos a los que habían tenido que enterrar. Kurenai regresó en la primavera a Rohan, junto a sus compatriotas, henchida de orgullo al haber presenciado y luchado la última batalla, y preguntándose de vez en cuando si Belial estaría ya en Valinor. En Minas Tirith, Elessar fue coronado y todo era alboroto y prisas. La ciudad rebullía a medida que se acercaba el verano. El pueblo de Lorien había llegado ya a los Puertos, pero Galadriel y Celeborn acudieron a Minas Tirith. Justo a tiempo para la boda del rey con Arwen Undomiel.

Entre tanta alegría pasaron tres días antes de que Galadriel pudiera hablar con Legolas a solas. Por supuesto sabía que Belial había muerto, y suponía que había sido después de encontrarle, porque a menudo, entre el jolgorio general, la mirada de Legolas parecía perderse en un punto inalcanzable y entonces, aunque estuviera riendo, sus ojos se entristecían. Le encontró al anochecer, leyendo el cuaderno de Belial en un jardín. Legolas oyó sus pasos antes de verla y se puso en pie.

- Buenas noches, señora - inclinó levemente la cabeza a modo de saludo y cerró el manuscrito.

- Una noche tranquila¿verdad? Resulta reconfortante, sobre todo después de haber pensado que no volveríamos a disfrutar de la paz... ¿Puedo acompañarte- preguntó Galadriel. Pareció recordar algo, y abrió la mano tendiéndole la pequeña bolsa de Belial. Luego se sentó majestuosamente sobre uno de los asientos de piedra. - Me lo dio una humana muy curiosa... me saludó en élfico incluso. Preguntó por ella... las malas noticias son ingratas de dar, pero no por ello deben ser calladas - dijo para sí misma. Legolas guardó el pequeño saco en un bolsillo, sin abrirlo, pues ya sabía lo que contenía.

- Lo plantaré - dijo tan solo. Galadriel asintió y volvió la vista hacia los pergaminos.

- Es el cuaderno que di a Belial... ¿Te importa dejármelo?

- Por supuesto que no - se inclinó para depositarlo en las manos de Galadriel. Permaneció allí de pie, como otra estatua melancólica, mientras ella pasaba páginas con sus movimientos de mármol líquido. De vez en cuando, la Dama sonreía o abría la boca en un gesto de plácida sorpresa.

¿Lo has leído entero? Imagino que sí. De hecho, creo que no has dejado de leerlo desde que llegasteis. Gimli me lo ha comentado... Oh, mira"Estas tierras yermas y devastadas son tan distintas de Lorien que muchas veces siento la tentación de volver, para que el último recuerdo que me lleve de Tierra Media sea el brillo de los mallorn al ponerse el sol... Cada paso avanzado en este desierto es un paso menos en mi viaje. No sé si se ganará esta guerra, pero si se pierde, sólo quisiera que la sombra de Mordor nos encontrara juntos...". Quería a Lorien casi tanto como a ti. Te amaba con una entrega desesperada, Legolas. No dudo que lo merezcas... pero el amor necesita ser correspondido en su medida, en su misma intensidad.

Legolas reaccionó sacudiendo la cabeza.

¿Es que creéis que no la quise lo suficiente? Jamás olvidé mi promesa de volver a buscarla, y la habría llevado conmigo cuando abandoné Lorien de haber podido. Yo creía...

- Está bien, jamás he dudado eso - interrumpió ella conciliadora. Con un suave suspiro cerró el libro. - Sólo espero que ella lo supiera antes de morir - miró a Legolas y enarcó una ceja esperando la respuesta. Él recuperó el libro y tragó saliva.

- Claro que lo sabía... En realidad lo supo en Lorien, mi señora.

Aquello sorprendió a Galadriel, que hasta entonces había escuchado sólo cosas que ya sabía o imaginaba. Había supuesto que Legolas sentiría algo parecido, y esperado que Belial se enterara antes o después. Pero no contaba con que ellos ya habían atado todos los cabos, por así decirlo.

- Señora... cuando la vi en el Morannon creí que vivía otro sueño, uno de tantos tenidos durante esta cruzada... pero de repente el sueño había terminado. Había mucha sangre y yo no sabía qué hacer... todo el mundo reía y celebraba la victoria mientras Belial moría en mis brazos, y yo no fui capaz de salvarla...

Galadriel se levantó y abrazó a Legolas como había hecho con Belial en Lorien. De hecho, sentía una profunda tristeza, pero no debía demostrarlo.

- Debes alegrarte, Legolas. Debes sentirte orgulloso, porque Belial te amó incluso mientras moría, y se embarcó en una guerra y atravesó un mundo para buscarte... Nadie jamás podrá cambiarlo.

¿Y de qué me sirve todo eso si ya no puedo demostrarla que hubiera hecho lo mismo por ella?

Y, por una vez en su larga vida, Galadriel no supo contestar.

En Ithilien, Legolas visitaba a menudo el recuerdo de Belial. Crecido entre árboles verdes, rojos y dorados, causaba una gran admiración; su copa tenía el fulgor áureo de los mallorn y la serenidad plateada de la luna sobre Lothlorien. Finalmente los dos árboles que ella amaba se habían unido en uno sólo. Muchos años después tras el final de la Guerra del Anillo, Legolas trepaba a las ramas. Allí se sentaba y, arropado por la capa gris de Belial, recordaba. Acurrucada en sus brazos, en Lorien, ella le había mostrado una pequeña semilla negra.

- La guardaré - había susurrado sonriendo con cierta tristeza. - Para dártela cuando volvamos a vernos. Porque éste árbol fue mi vida, y plantaremos el alma de estas noches en un nuevo lugar. Veremos muchas más noches.

Solo, en Ithilien, Legolas repitió en voz alta lo que había respondido en aquel momento.

- Las noches de todas las Edades por venir - y supo que Belial, presente en el murmullo de las hojas, en las raíces, a su alrededor, lo había oído. Y le sonreía.

Fin

I Ambar nólin sintëa... nan nalye símen...: El mundo que conozco se desvanece, pero tú estás aquí.