Capítulo 8
Una semana más tarde entre Dippet y Harry decidieron que el toque de queda ya no era necesario. Los dos estudiantes que Albus y Scorpius habían atrapado confesaron que sólo había cuatro alumnos involucrados en toda aquella locura, por lo que se podían dar por finalizados los ataques hacia descendientes de muggles…, por el momento.
Afuera del castillo aún una mano negra operaba manejando ex mortífagos, que seguían aterrorizando muggles y a los hijos de los mismos. Ninguno de los dos alumnos pudo decir la identidad de esta persona, no la conocían personalmente, simplemente habían seguido órdenes anónimas motivados por el deseo de limpiar la comunidad mágica de una vez por todas.
El misterio que había azotado Hogwarts se había resuelto a medias. Dippet no pudo hallar rastro alguno sobre la identidad del héroe (o los héroes) anónimo. Los alumnos no paraban de admirar cómo un estudiante, o un grupo de ellos, se había burlado de los aurores, consiguiendo algo que ellos, pese a su entrenamiento, no pudieron conseguir.
Dippet no estaba muy feliz con la idea de aquellos "héroes" y de cómo el resto del colegio los apoyaba. Una semana después seguía intentando dar con ellos. Inclusive lanzó un comunicado en el que daría cien puntos a la casa del alumno que aportara datos que permitieran encontrar a los responsables, porque, después de todo, no eran "héroes", si no corruptores de las normas del colegio.
Los cien puntos hubieran colocado a Ravenclaw en segundo lugar en el campeonato de aquel año, siendo sólo superados por Slytherin, como dedujeron Albus y Scorpius con temor. Los días que siguieron miraban con recelo los relojes cada vez que pasaban cerca de ellos: si Ravenclaw aumentaba súbitamente su posición, podían ir armando las valijas.
Pese a las duras y frías miradas cargadas de reproche que les dirigía Rose a los dos chicos durante las clases, Ravenclaw siguió cómodamente en su tercer puesto, por debajo de Gryffindor.
—¡Oye, Rose, espérame! —Scorpius le dio alcance una tarde, a la salida de estudios muggles.
Scorpius se había inscripto en aquella materia como manera de mortificar a su familia y porque, al momento de anotarse en las asignaturas optativas, había escuchado que Rose se inscribiría en ella sin ninguno de sus amigos. El por qué Rose estudiaba aquello habiendo crecido en un hogar pro-muggle, era un misterio para Scorpius. El por qué él, siendo hijo de una familia anti muggles estudiaba esa asignatura, era un misterio para el resto del castillo.
Rose detuvo su marcha, volviendo sobre sus pasos para ver quién la había llamado.
—Ohh, eres tú —revoleó los ojos al ver a Scorpius y trató de alejarse. El chico la tomó por el brazo para detenerla.
—Hablemos —pidió, sin vueltas.
—Tu y yo no tenemos nada de qué hablar —Rose le dirigió una fría mirada.
Habían quedado solos en el pasillo de aquel aula, igualmente Scorpius bajó la voz.
—Quería agradecerte por no delatarme, podría estar fuera de…
—No lo hice por ti —Rose no dejó que terminara la frase.
—No…, claro que no —Scorpius pareció burlarse de sí mismo— ¿Y por qué entonces?—indagó.
—Por Albus, ¿por quién más? —respondió ella con desdén—. No se a qué jugaban —acotó—, pero no me parece justo que expulsen a Albus: eso destrozaría a mis tíos.
Scorpius quedó pensativo. Por supuesto, Albus había logrado instalar en ella la culpa la noche en que fueron descubiertos, y jamás haría algo que perjudicara a su familia.
Rose comenzó a caminar por el pasillo, dirigiéndose a su siguiente clase. Scorpius la siguió. No había terminado de hablar.
—Sea por el motivo que sea, tampoco me delataste a mí, y quería agradecerte por ello —dijo, en un intento de prolongar la conversación.
Rose no respondió. Llegaron en silencio hasta un pasillo donde comenzaron a aparecer algunos alumnos.
—¿No dirás nada? —preguntó Scorpius, desesperado, viendo cómo ella pretendía internarse entre los estudiantes.
—¿Qué quieres que diga? —Rose giró sobre sus talones y lo enfrentó, con cara de pocos amigos— "De nada, Scorpius, me alegra de poder cubrirte a ti y a Albus en un desesperado intento de llamar la atención" —su voz se encontraba cargada de ironía.
—No queríamos llamar la atención…—comenzó a defenderse Scorpius.
—¡Claro que si! —contradijo la chica convencida de aquello—. Mi primo ya de por sí tiene pésimas ideas, y tú no eres buena influencia.
—¿Quieres decir que todo… fue idea mía? —preguntó anonadado Scorpius.
—¡Si! —exclamó Rose sin ruedos— ¡Dudo que a Albus le parezca divertido ir atacando estudiantes por…!
—¡Baja la voz! —Scorpius miró con desesperación hacia los costados, y arrastró a Rose hacia un rincón más íntimo—. Ya te expliqué lo que sucedió: sólo buscábamos ayudar —farfulló, molesto—. No somos matones.
—No es lo que a mí me pareció —Rose se cruzó de brazos en forma de protesta. Miró a Scorpius echando chispas.
—Estás sacando conclusiones totalmente apresuradas —dijo Scorpius, comenzando a enojarse—. No queríamos llamar la atención, no somos matones, y por sobre todo, no somos malas personas.
—Ohh… estoy segura que Albus tal vez no lo sea, pero tú sí —Rose pegó media vuelta, decidida, dejando a Scorpius pasmado.
La chica comenzó a alejarse.
—¡Qué tengo que decir para que me creas! —le gritó con desesperación, esperando que Rose oyera a pesar que se había perdido entre varios estudiantes.
Para sorpresa de Scorpius, Rose regresó sólo para decir:
—Nada —se encontraba realmente seria—, porque realmente nada de lo que digas me interesa. Ahorra tus palabras.
Y Rose se alejó finalmente. En el fondo de su alma, Scorpius sabía que las palabras de la chica habían sido ciertas.
—No entiendo por qué insistes en que Rose cambie de opinión sobre ti.
No, claro que no entendía. Albus no entendía nada que no tuviera que ver con su obsesión del momento. Por aquellos días, su moto. Moto a la cual prácticamente no dejaba que Scropius se acercara.
—Olvídalo, no importa —resopló Scorpius, dejándose caer en aquella cama que parecía para un gigante (de hecho, así había sido) Contempló el techo de la gran cabaña, mientras pensaba…
Se hallaban, una vez más, en la cabaña que había sido del hermano de Hagrid, en medio del bosque prohibido. Scorpius no le había perdido recelo al lugar pero debía admitir que, una vez que el camino hacia la cabaña se volvía familiar, el lugar resultaba menos tenebroso. Al menos no se habían cruzado con ningún hombre lobo. No por el momento, claro estaba. Siempre cabía la posibilidad de que los rumores fueran ciertos. Por las dudas Scorpius se había fijado en el calendario qué noche la luna se encontraría llena.
Albus había retomado su idea de reparar aquella motocicleta el mismo día que se levantó el toque de queda. Al instante, terminarla se convirtió en una prioridad. Desaparecía entre clases, y después de ellas también. Sólo aparecía en el Gran Salón a la hora de la cena. Scorpius se preguntaba cómo alguien podía ser tan testarudo con una idea. Aquella motocicleta absorbía toda la atención de su amigo: ni siquiera sufría la presión de los deberes a la que estaban sometidos los de quinto año. Aunque, tal vez, fuera culpa de Scorpius aquello último.
Al ver que Albus había descuidado sus deberes, comenzó a realizar copias de los suyos propios, intentando imitar la letra de su amigo. El trabajo resultaba bien, al menos los profesores no se habían dado cuenta de ello, y parecía que Albus tampoco: simplemente todas las mañanas sacaba de su mochila su tarea completa, sin preguntar cómo había llegado hasta allí, y la entregaba a los profesores con su mejor cara de inocente. Ni siquiera había agradecido a Scorpius hasta el momento, aún sabiendo que era el único de aquel castillo que podía estar cubriéndole las espaldas. Sin embargo, a Scorpius no le importaba. Su amigo era así de extraño. Y, además, aquel acto de amistad sería retribuido a su favor en algún momento. Scorpius pensaba cobrarlo algún día.
—¿Irás a Hogsmeade? —preguntó Scorpius, sentándose de golpe. Durante por lo menos media hora habían permanecido en silencio, sólo roto por el sonido de la varita de Albus al hacer entrechocar las viejas piezas.
Aquella misma mañana Dipett había anunciado que el próximo fin de semana se realizaría la primera salida al pueblo, que coincidiría con Halloween. El Gran Salón entero había estallado de alegría debido a que creían que se habrían cancelado las salidas al pueblo después de lo acontecido.
—No, ve tú —Scorpius no se sorprendió ante la respuesta. Albus se alejó de la moto unos pasos y la contempló como si fuera un artista evaluando su obra. Tomó los pergaminos que había dibujado su abuelo— Hay algo aquí que no entiendo ¿Dónde es que debo colocar el hechizo para que vuele? —pensó en voz alta. Y, de pronto, dijo—: El sábado iré a la biblioteca, conseguí un permiso de Flitwick para la sección prohibida.
—¿Qué? —Scorpius quedó pasmado. ¿En qué momento Albus había salido de aquella cabaña? —¿Para qué?
—Necesito encontrar hechizos levitatorios en objetos para transporte, que funcionen mejor que el que escribió aquí mi abuelo —explicó, mostrándole a Scorpius el pergamino—. Y sabes que los libros de la sección prohibida no pueden tomarse por la fuerza porque comienzan a gemir —Eso lo habían tenido que aprender dolorosamente en segundo año, una noche que intentaron robar un libro. Afortunadamente, no los habían atrapado, pero habían comprendido que meterse en aquella sección no era tan sencillo, ni siquiera con una capa de invisibilidad.
—Pe… pero… —Scorpius estaba pasmado—, intenté el año pasado que firmara un permiso y respondió que sólo los estudiantes avanzados pueden obtenerlo. ¡Tú no eres avanzado!
Albus sonrió con malicia.
—No… pero le dije que quería ampliar mis conocimientos en hechizos anti gravitatorios para mis MHB, porque consideraba que su materia era una de las más importantes, y que quería probar ante el Ministerio el nivel de sus clases —Albus tenía la habilidad de conseguir lo que quería de sus profesores—. Después de eso y, sumado a que soy un Potter, no pudo negarse.
Scorpius revoleó los ojos. Los chicos Potter sabían cuándo podían usar la carta del apellido importante.
Abandonó la cabaña un rato más tarde, al ver que Albus volvía a ponerse en modo autista. Salió del bosque sin que lo vieran, y se dirigió al castillo. Aún faltaba una hora para la cena, podría comenzar su ensayo (y el de Albus) sobre la poción crece huesos.
La biblioteca por aquellos días se hallaba abarrotada de alumnos de quinto y séptimo año. Ese día no era la excepción. Fue hacia la sección de pociones, y comenzó a buscar los títulos.
—Está bien, pero no me provoca mucha gracia en quedarme en el castillo —Scorpius reconoció aquella voz, era de Lauren Smith, amiga de Rose.
—Gra…gracias…—Alguien estaba con ella.
Las voces provenían de una mesa que había unos metros más allá, detrás de la estantería en la que Scorpius buscaba el libro.
—Pero quiero saber por qué voy a mentirle a Rose —indagó Lauren.
Aquellas palabras bastaron para captar la atención de Scorpius. Miró disimuladamente, aprovechando el escondite detrás de la estantería. Allí se encontraban Kentburry y Smith. No podían verlo, pero él si a ellos. Kentburry miraba completamente colorado, sin leer, un pergamino.
—No importa…—Scorpius apenas pudo captar las palabras del chico, ya que salieron de su boca en forma de un leve susurro— Tú solo dile que no quieres ir a Hogsmeade.
—¿Quieres ir con ella solo, no? —Lauren sonrió, dando en el blanco. Kentburry enrojeció, y Scorpius empalideció quedando boquiabierto.
—¿Por qué…?
—¡Oh, Kevin! —Lauren soltó una risita, contenta— ¡Es obvio que te gusta Rose! ¡Se nota a distancia!
—¡¿Ella lo sabe?! —Kevin miró a Lauren, aterrado con la idea.
—Puede que… —Lauren vaciló— No se, puede que si, puede que no —terminó respondiendo.
—Qué humillación —Kevin volvió la vista a su trabajo, aún colorado—. Quiero decir… No quiero que se entere por otro. Quiero decirle yo mismo que me gusta, pero… —Lauren escuchaba con atención el vacilar de su amigo—, no se si podría soportarlo si llegara a rechazarme —miró desesperado a Lauren— ¿Tu sabes algo? ¿Crees que le gusto? Quiero decir, somos amigos, pero tal vez…—buscaba las palabras adecuadas, pero pareció no encontrarlas— ¿Tienes idea si le gusta alguien?
Lauren sonrió con amabilidad, y trató de tranquilizarlo.
—Rose no se encuentra interesada en nadie. Quiero decir, ella me cuenta todo, así que sé que no le gusta ningún chico —Kevin la miró aliviado por un segundo, pero tal vez pensó en la implicancia de sus palabras, porque pronto volvió a mostrar un rostro cargado de ansiedad—. Pero eso no quiere decir que no tengas chances con ella, Kevin —acotó rápidamente Lauren—. Eres un gran chico, y ella lo sabe: no pierdes nada si la invitas a Hogsmeade este sábado, y le dices.
Kevin sonrió esperanzado y bajó la vista a su trabajo de nuevo, con los ojos brillosos.
—Ella es genial —dijo, ruborizándose aún más—. Rose es especial para mi, es…
Pero Lauren no pudo terminar de escuchar la descripción de todo lo que era Rose para Kevin, porque el rostro de éste pasó del rojo intenso a azul en menos de unos segundos. Kentburry comenzó a boquear, como si hubiera pasado mucho tiempo en el agua y necesitara oxígeno. En realidad, así era: necesitaba respirar.
Lauren chilló horrorizada, sin entender qué ocurría, cuando de la nariz de su amigo comenzaron a brotar dos pequeños árboles que fueron creciendo a un ritmo alarmante. Pronto todos los que se encontraban en la biblioteca corrieron hacia ellos, y Scorpius aprovechó a salir de allí, completamente pálido y temblando.
Había escuchado toda la conversación. No pudo controlar su mal genio al oír cómo Kentburry hablaba de Rose con aquel tono tan embelesado. Lo había hechizado por impulso. Aunque debía ser honesto, si se hubiera detenido a pensarlo dos veces, lo habría hecho igual.
"No puede hacer eso" se dijo aún temblando, mientras sus pies lo guiaban por los pasillos. Chocaba a la gente que se dirigía al Gran Salón casi sin darse cuenta. "No puedo dejar que lo haga" Su corazón latía a mil por horas, frenético ante la idea de ver a Rose con ese patán. El chico era el más grande nerd que Scorpius hubiera conocido jamás. Era aburrido y pomposo. Rose no debía estar con él.
Tal vez fue obra del destino, o quizá inconcientemente la había estado buscando, pero fuera como fuera, chocó contra Rose.
—¡Rose! —exclamó con sorpresa, y su corazón comenzó a latir aún con más fuerza al verla.
—Fíjate por dónde caminas, Malfoy —resopló la chica, levantando los libros que había tirado al toparse con él.
—¡Qué suerte que te encuentro! —Scorpius, eufórico, la tomó de los brazos para no dejarla marchar— ¡Ven conmigo a Hogsmeade!
Dijo lo primero que le vino a la mente. Tenía que impedir que Kentburry se le adelantara, no podía dejar que fueran juntos al pueblo.
—¿Y por qué iría contigo…? —Rose lo miró incrédula.
—Porque sí, tienes que venir conmigo —dijo Scorpius, con apremio.
—Si quieres volver a hablar sobre lo que pienso al respecto de lo que tú y Albus… —comenzó Rose, exasperada.
—No es eso, quiero que vengas conmigo al pueblo —En su mirada había ansiedad, y Rose lo notó— Como una cita.
El aire se tensó al instante. Había pronunciado aquellas palabras sin pensarlas realmente. Rose lo miró con la misma expresión de horror que le hubiera dirigido a un bicho gigante.
—¿Y por qué tendría una cita contigo? —balbuceó. Scorpius aún la sujetaba por los brazos, impidiendo que se moviera. Pronto sus manos se volvieron pesadas, o eso creyó ella. Había un brillo desconocido en los ojos del chico que la asustó aún más que su forma brusca de retenerla— Suéltame, Malfoy, me lastimas —pidió, con la voz quebrada. Se retorció, y Scorpius, que se percató de que la estaba sujetando con demasiado fuerza, la soltó.
—Cada día estás peor, aléjate de mí —pidió con frialdad en la voz, intentando que no temblara. Se alejó con paso rápido sin mirar atrás.
Scorpius quedó solo en el pasillo, sintiendo un vacío enorme en el pecho. No entendía qué había hecho mal. Él solo quería ir con Rose a Hogsmeade, no quería que Kentburry se le adelantara en decirle que le gustaba.
La mirada de ansiedad de Scorpius acompañó a Rose el resto del camino hacia el Gran Salón. La manera posesiva en que la había sujetado, y sus ojos brillosos cuando hizo aquella petición la habían asustado bastante. No había esperado que él le pidiera una cita, y menos de una manera tan brusca e impersonal. Claro, se dijo, no es una cita en el sentido que estás pensando, Rose. Vaya uno a saber qué quería en realidad.
Pudo alejar el encuentro con Malfoy de su cabeza con mucha más facilidad de lo que había imaginado. Pronto no recordaría lo que él había pedido, y mucho menos lo relacionaría con lo que le había ocurrido a Kevin.
Llamó su atención que sus amigos no se hallaran en el Gran Salón para la hora de la cena. Comió sola, y se dirigió a la biblioteca a devolver los libros que llevaba con ella antes de chocar con Malfoy: el encuentro con el chico le había hecho desviar el camino.
Esta vez habría llegado a destino, si no hubiera pasado por el pasillo de la enfermería.
—¿Lauren?
Su amiga estaba sentada con la espalda contra la pared, esperando junto a la enfermería. Pegó un salto al verla, y comenzó a hablar tan rápido acerca de Kevin y dos árboles que a Rose le costó encontrar sentido a lo que decía.
—¡Espera! —la frenó— ¡Más lento! ¿Qué le ocurrió a Kevin?
—Estábamos en la biblioteca haciendo la tarea de encantamientos —Lauren suspiró, para bajar el ritmo de su perorata—, y estábamos conversando tranquilamente —siguió—. Cuando de pronto, sin aviso, Kevin comenzó a ahogarse. No entendía qué pasaba… ¡hasta que de la nariz comenzaron a brotarle grandes raíces y luego aparecieron hojas y ramas, y más hojas! —exclamó, angustiada— ¡Alguien lo hechizó, hicieron que dos árboles crecieran en sus pulmones!
Rose la miró aterrada.
—¡Pudieron matarlo! —dijo, angustiada.
—El profesor Longbottom pasó por acá hace un rato —continuó Lauren, afligida—. Él cree que fue algún bromista probando hechizos. Nadie cree que hayan querido matarlo, pero si, pudieron haberlo hecho.
Lauren le comentó que nadie vio de dónde salió el hechizo, no había habido testigos del agresor. Y, teniendo en cuenta que Kevin era un blanco excelente para los bravucones desde el primer año, todo apuntaba a que efectivamente había sido una broma de mal gusto.
Rose estaba indignada ¿Por qué la gente se la agarraba contra Kevin? Jamás había conocido un chico más bueno y generoso que él. Pero, allí donde fuera, siempre recibía algún encantamiento de piernas de gelatina o terminaba sin cabello.
La enfermera no dejó que Rose entrara a verlo, y le gritó a Lauren que si volvía a intentar entrar mandaría a llamar a un profesor ¡El paciente necesitaba descanso! Así que, como no podrían verlo hasta la mañana siguiente, ambas amigas marcharon a la sala común.
Ninguna de las dos tenía muchas ganas de terminar sus deberes, pero igualmente ocuparon un sillón junto a la ventana que daba al lago, e intentaron concentrarse.
—Rose… —Lauren pronto se acordó de algo. Era casi media noche, por lo que en la sala sólo quedaban algunos rezagados— Si te cuento el secreto de alguien, ¿fingirás no saber nada? —indagó la chica.
—Por definición, un secreto es algo que no puedes revelar, Lauren. Eres tú quien debe cerrar su boca —contestó Rose, pero aún así levantó la vista del libro que leía, interesada.
—Es que…—Lauren hacía muecas, intentando elegir las palabras adecuadas, mientras que jugaba con la pluma en el tintero— ¡No puedo guardarlo! —exclamó, sin poder evitarlo— ¡Kevin me pidió que no vaya a Hogsmeade porque quiere quedarse a solas contigo y decirte que le gustas!
¡Claro que Lauren no podía guardarse un secreto así! Rose la miró boquiabierta, estupefacta.
—Hablábamos de eso en la biblioteca cuando lo hechizaron —continuó Lauren, sonriendo animada—. Tendrías que haberlo escuchado ¡Está tan perdido por vos!
—¿Y qué le dijiste? —Rose se sentía horrorizada— ¡Le habrás dicho que no lo haga! ¿Cierto?
—¿Y desanimarlo? —Lauren no habría podido ocultar su sonrisa de haberlo querido.
—¡No puede hacerlo! —exclamó con vos ahogada Rose.
—¿Por qué no?
—¡Porque no me gusta! —contestó Rose con tal franqueza que impresionó a Lauren— ¡No puedo aceptar quedarme sola con él!
Al escuchar aquella declaración rotunda, la sonrisa de Lauren se esfumó. Dejó la pluma quieta en el tintero y miró con seriedad a su amiga, que se encontraba alterada.
—Con más razón debes ir con él cuando te lo pida, entonces —Rose la miró sin entender—. Debes ir, y decirle de buena manera que no sientes lo mismo.
—No… no podré…
Rose miró por la ventana, abatida. Jamás había rechazado a alguien. En realidad, jamás alguien la había dicho que gustaba de ella. Y, sobre todo, nunca había imaginado la posibilidad de que la primera persona que lo intentara fuera Kevin. ¿Cómo le diría que ella sólo lo veía como amigo? ¿Había una manera agradable de hacerlo? ¿Acaso las cosas no cambiarían entre ellos una vez que Kevin fuera tan tonto como para declarársele? Estaba seguro que sí, las cosas cambiarían. Conociendo al chico, se sentiría mortalmente humillado y avergonzado después de eso.
—Rose, tendrás que hacerlo. Tarde o temprano tendrás que decirle, porque está decidido a contarte lo que siente —dijo Lauren, mirándola apenada—. Y es mejor que sea más temprano que tarde, para que pueda olvidarse de ti y seguir adelante, ¿No crees?
Rose, contemplando el lago completamente abatida, tuvo que admitir que Lauren tenía razón.
Por fortuna Kevin salió de la enfermería la tarde siguiente. Se encontraba de buen humor pese a haber sido víctima de una broma desagradable.
—La enfermera dice que nunca había visto que un hechizo así avanzara tan rápido. Para cuando cortaron las ramas ya el tronco era bastante grueso —comentó, mientras se servía papas a la hora de la cena.
Aquella misma noche Lauren arguyó que necesitaba volver a la biblioteca para dejarlos solos en su camino a la sala común. Rose supo lo que se avecinaba.
—Entonces… ¿Salida a Hogsmeade el sábado, no? Creí que Dippet no dejaría que fuéramos al pueblo este año —comentó, como al pasar.
—Yo tampoco —Se limitó a contestar Rose sin mirarlo a la cara mientras hablaba, y sintiendo un peso en el estómago.
—Lauren dijo que no irá —comentó Kevin, encogiéndose de hombros, como si no entendiera por qué su amiga rechazaría un paseo a un pueblo que conocían de memoria—. Pero yo ya reservé una mesa para tres en Madame Pudipié.
¡Ohh, Kevin! ¡No puedes haber hecho esto! Un gran nudo en el estómago de Rose se apretó con fuerza. Aquel lugar era el sitio donde se citaban todas las parejas de Hogwarts.
—Pe-pensé que tú y yo po-podríamos apro…vechar la reserva —continuó, tartamudeando, y Rose notó por el rabillo del ojo que se ponía completamente colorado.
—Como quieras, tengo que ir a Hogsmeade para reponer plumas de todos modos —respondió Rose, minimizando la cuestión.
Así, con tanta simpleza, Rose terminó aceptando lo que ella sabía que en realidad era una cita encubierta.
Solo dos personas rezaban para que el sábado no llegara tan rápido. Todos los demás contaban los días y las horas que faltaban para tener un día fuera del castillo.
El sábado amaneció con el cielo cargado de nubes grises, y el viento soplando con fuerza contra las ventanas del castillo. Por un segundo Rose tuvo el absurdo sueño que se desataba un gran temporal antes de la salida al pueblo, pero para la hora de partida aún no había caído una mísera gota.
—Tú… tranquila —susurró Lauren durante el desayuno.
—Yo lo estoy —murmuró Rose, viendo cómo Kevin se acercaba a la mesa de Ravenclaw—. Me preocupa cómo lo va a tomar él.
Kevin se sentó frente a ellas.
—¿Buen día para ir a tomar algo al pueblo, no? —preguntó con optimismo mientras se servía unas salchichas.
—Para ti será, yo tengo que internarme en la biblioteca por ese estúpido trabajo de transformaciones —bufó Lauren, junto a Rose.
—Te advertimos que era más difícil de lo que parecía —canturreó Kevin.
El chico no se dio cuenta que Rose vio cómo le guiñaba un ojo a Lauren. Ésta le devolvió el guiño, y Rose contuvo un suspiro de resignación. Sabía que, en el fondo, su amiga estaba esperando que se formara una pareja aquella tarde.
Kevin se adelantó a la salida del Gran Salón.
—¿Qué harás realmente? —preguntó Rose a Lauren, mientras esperaban a que unos cuantos rezagados desocuparan la salida.
—Supongo que no quedará otra que terminar trabajos —suspiró Lauren—. Aunque, siendo honesta, perderme la salida al pueblo puede aventajarme en las tareas de esta semana —meditó en voz alta.
Cinco minutos más tarde se reunieron con Kevin a la entrada del castillo, donde varios alumnos ya esperaban para salir.
—Supongo que nos vemos luego —Lauren saludó con la mano a sus dos amigos y se marchó.
—¿Vamos? —Rose se volvió hacia Kevin.
—Ehhh…
El chico observaba con la mirada perdida y una expresión de horror el cuadro de tres magos del renacimiento. Rose se sorprendió de verlo tan nervioso.
—Ehhhh…—vaciló nuevamente— Si… vamos…
Pero quedó allí de pie, mientras la gente pasaba junto a ellos para salir del castillo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó con cautela Rose observando su palidez.
—No…—murmuró el chico— Quiero decir, sí…—Finalmente giró la cabeza y miró a Rose— Es que… he olvidado hacer algo—comunicó, algo confundido—. Debo ir a la biblioteca, con urgencia.
—¿Qué? —Definitivamente Rose no esperaba aquella reacción.
—Debo ir a la biblioteca, yo…
—Yo no se ustedes, pero quiero llegar a Hogsmeade antes que llueva, y de ser posible hoy mismo. Así que, apártense, porque estorban el paso —Una voz con aire de aburrimiento hizo saltar por los aires a Rose.
Scorpius Malfoy se hallaba detrás de ella y, en efecto, Rose y Kevin no dejaban que el flujo de gente corriera libre.
Rose miró con mala cara a Scorpius, y tomó del brazo de Kevin para correrlo del paso. Lo arrastró unos metros, hasta un punto del pasillo donde no había circulación de gente.
Scorpius los siguió con la mirada, pero se marchó enseguida.
—Kevin, ¿algo anda mal? —preguntó Rose, ya que los ojos del chico parecían como perdidos. Debía de haber olvidado algo realmente importante en la biblioteca para ponerse así— ¿Quieres que te acompañe a…?
—No, ve yendo tú a Hogsmeade. Luego te alcanzo —interrumpió el chico, sin mirarla. Observaba la pared con el mismo interés que había mostrado por el cuadro minutos antes—. La mesa… es la siete... En Madame Pudipié… Iré a la biblioteca… iré a la biblioteca a buscar…
No terminó la frase. Pegó media vuelta y se marchó con paso vacilante. Rose lo contempló marchar sin entender demasiado, preguntándose qué diablos había ocurrido. ¿Acaso Kevin había entrado en pánico y se había arrepentido de lo que pretendía hacer? ¿Qué haría ahora ella? Tal vez podía seguirlo, y esperarlo para ir a Hogsmeade. O quizá Kevin sólo necesitaba unos minutos de espacio… Suspiró con resignación, y decidió marchar hacia el pueblo ella sola. Lo esperaría allí, tal como él había dicho.
Afuera las nubes comenzaban a tornarse negras, y una brisa se había levantado. Rose apuró el paso igual que el resto de sus compañeros, para llegar al lugar antes que la lluvia cayera sobre ellos.
El salón de té de Madame Pudipié se encontraba abarrotado de gente. Rose pasó por la puerta justo cuando la tormenta estalló afuera. Aliviada por no haberse mojado, le dijo a una amable mesera que tenía una reserva hecha. La mujer la guió por el salón hasta una mesa apartada del resto. Rose sintió una sacudida en el estómago al darse cuenta que, probablemente, Kevin había pedido aquella mesa tan íntima a propósito.
—¿Quieres ordenar algo o esperarás, querida? —preguntó con amabilidad la mesera, y una libretita junto a una pluma aparecieron flotando junto a ella.
—Esperaré, gracias —Rose sonrió forzosamente.
Mirar hacia las otras mesas no tranquilizó a Rose. Aquel sitio estaba repleto de parejas tomadas de la mano. Comenzaba a sentir pena por Kevin. ¿Cómo se tomaría las palabras que Rose había planeado con tanto cuidado como le fue posible? Conociéndolo, debía estar ilusionado. No le hubiera sorprendido que, por los nervios, hubiera ido corriendo a preguntarle algún consejo a Lauren antes de continuar con su misión personal.
Tal vez era una suerte que Kevin hubiera sido precavido en elegir una mesa apartada del resto. Así sería todo más íntimo. Nadie se enteraría de que…
—Perdone, no pedí nada.
La mesera había vuelto dejando dos tazas de té frente a Rose junto a una bandejita con bollos.
—Ohhh…—parecía confundida— Es que un chico apareció en el mostrador y dijo que trajéramos esto, que estaba contigo.
—Ahhh —Rose no supo que responder.
La camarera se marchó. Kevin debía de haber llegado y ordenado por los dos. Le extrañó aquel gesto, pero era posible.
De pronto, como salido de la nada, una persona se sentó frente a ella sin que Rose lo viera venir.
—¡Uff, qué lluvia! —Malfoy se estiró sobre la mesa y tomó un bollo ante la mirada perpleja de Rose. Tenía unas gotas en el pelo—. Es una pena que en este lugar no sirvan cerveza de mantequilla.
Scorpius se llevó un bollo entero a la boca y tomó un trago de té.
—¿Qué estás haciendo aquí, Malfoy? —Rose logró salir de su asombro. La aparición del chico la había confundido.
—Tomo algo de té, a falta de cerveza —Malfoy torció la boca en una sonrisa burlona, y levantó su taza para demostrar lo que decía.
—Si, pero esta no es tu mesa —Rose comenzaba a enojarse. ¿Por qué diablos siempre tenía que estar en medio de todo?—. Vete a molestar a otro lado. Estoy esperando a alguien.
—Oh, si… sobre eso…—Malfoy tomó un sorbo de té, Rose estaba segura que se encontraba planeando sacarla de quicio—. Kentburry no va a venir —comunicó, con una sonrisa torcida.
De pronto, como si alguien la hubiera golpeado con una bluddger, Rose comprendió: en el momento en que Kevin había comenzado a comportarse de manera extraña, Malfoy se hallaba estado cerca de ellos.
—¿¡Qué le hiciste!? —preguntó, furiosa, conteniéndose para no tirarle su té hirviendo en el rostro.
—¡Nada! —Se defendió Scorpius, con falsa seriedad—. Yo no hice nada, sólo escuché que quería buscar algo en la biblioteca, y supuse que iba a tardar, porque ese libro no existe —Y, sin contenerse, sonrió burlonamente—. Quisiera ver la cara de la bibliotecaria cuando el muy tonto le pregunte por el libro de Cómo Curar a un Troll de la Enfermedad de los Mocos Verdes con Pus.
Scorpius lanzó una carcajada, como si aquello fuera la mejor broma del mundo. Tal vez fue el rostro severo y casi asesino de Rose lo que hizo que su semblante se ensombreciera.
—Eres… Eres…—Rose no encontraba el adjetivo adecuado— lo peor que ha pisado este castillo. ¿¡Qué tienes contra Kevin!? —chilló.
Varias parejas voltearon a verlos, sorprendidos al escuchar su grito.
—Te dije que quería venir contigo, ¿no? —susurró Scorpius para que nadie lo oyera, mientras se inclinaba sobre la mesa con ansiedad—. Te invité a venir.
Rose también se inclinó sobre la mesa, y las demás parejas siguieron con lo suyo al ver que no podrían escuchar nada más.
—No entiendo por qué querrías venir conmigo. No tengo nada que hacer aquí contigo —Rose hizo amague de levantarse de la mesa, estaba furiosa. Sólo quería marcharse. Scorpius la tomó de la mano y la obligó a sentarse nuevamente.
—Quería venir contigo porque quiero decirte algo.
Se había puesto serio, sólo que Rose no reconoció que aquella seriedad ahora era auténtica.
—Tú y yo no tenemos nada de qué…—comenzó a decir Rose, intentando ponerse de pie de nuevo.
Scorpius la interrumpió con las únicas palabras que la chica no esperaba:
—Me gustas.
El lugar, antes bullicioso por las conversaciones de las demás parejas, enmudeció de golpe. O eso creyó Rose, que sintió que el mundo se abría bajo sus pies ante aquella revelación no esperada. Cayó sobre su silla, pasmada.
—¿Qué? —preguntó con un hilo de voz, mirándolo como atontada. Las conversaciones seguían, sólo que ella no podía oír nada más.
—Que me gustas —repitió Scorpius con ansiedad, y con la mirada clavada fijamente en sus ojos—. Mucho. Desde hace bastante tiempo.
Aquello tenía que ser una broma. ¡Eso era! ¿Cómo era posible que hubiera asistido al pueblo para encontrarse con su amigo, quien supuestamente se le declararía, para terminar con la persona que más detestaba de todo el castillo, haciendo precisamente lo mismo? No estaba lista para aquello. Había ensayado palabras para rechazar con amabilidad a Kevin, no para desprenderse de Malfoy. Definitivamente, aquello tenía que ser una broma… Una muy bien planeada, claro, porque no se podía obviar el regalo de cumpleaños que Rose había pretendido olvidar en casa, y también la manera en que él parecía seguirla a todas partes.
Sacudió la cabeza para volver a la realidad.
—Has enloquecido —fue lo único que pudo decir, riendo con nerviosidad.
Se puso de pie de un salto, sorprendiendo a Scorpius, quien no pudo retenerla.
Rose caminó entre las mesas hecha una furia sin notar que Scorpius la seguía. El chico dejó rápidamente algunos galleons sobre el mostrador y salió tras ella.
Rose caminaba por la calle principal tan rápidamente que a Scorpius le costó seguirle el paso. La lluvia había parado un poco, pero aún así una molesta llovizna caía lentamente sobre el pueblo, mojando sus cabellos y ropas. Nadie estaba en la calle, sólo ellos dos. Todos los demás se refugiaban del frío del agua y del viento dentro de los negocios.
—¡Espérame!
Finalmente Scorpius le dio alcance, y la tomó del brazo para detenerla.
—¡No me toques! —exigió Rose, volteando rápidamente y sorprendiendo al chico.
—Escúchame, por favor —imploró Scorpius, sintiendo que el alma caía a sus pies.
¿Qué había hecho mal? En su imaginación, contarle a Rose lo que sentía por ella significaba un gran alivio. Tal vez había sido un iluso al creer que la chica podía corresponderle, pero en ningún momento había imaginado que ella lo miraría con tanto odio y temor. Aquel gesto fue lo que más provocó que su alma se estrellara en el duro suelo.
— ¡No! ¡No me gusta nada esta broma! —exclamó Rose, fuera de sí— ¡No se a qué juegas, o qué quieres conseguir!
—¡No es una broma, me gustas enserio! —gritó Scorpius, para hacerse oír sobre su voz.
—¡No puedes gustar de mí! —Rose jamás se había sentido tan miserable como aquel día. ¿Qué había hecho para atraer a un chico tan diferente a ella? Sólo quería que Malfoy se alejara, que dejara de repetir que le gustaba.
—¿Por qué no? —preguntó sorprendido Scorpius, acercándose unos pasos hacia ella. Rose, temerosa, retrocedió.
—No puedes, porque no me conoces. No puedes gustar de alguien que no conoces —respondió Rose con voz quebrada. Estaba congelada por la llovizna, y aquella conversación no le gustaba nada. Sólo quería volver al castillo.
—Sí, te conozco —contradijo Scorpius desesperado— Hemos compartido clases durante casi cinco años. Y lo que veo… Lo que veo hace que cada día me gustes más.
—¡Que me veas dando vueltas por ahí no es conocerme! —Rose comenzaba a alcanzar un nivel alto de desesperación— Tú y yo… —No sabía cómo decir aquello, no porque tuviera miedo de herir sus sentimientos, si no porque la situación la superaba— ¡Somos diferentes! Tú eres… ¡Un abusivo, un bravucón… una persona totalmente desagradable!
Si Rose no hubiera estado tan enfadada, tan concentrada en sus propios sentimientos, hubiera sido capaz de ver cómo aquellas palabras destrozaban el corazón de Scorpius.
—¿Soy desagradable para ti?—murmuró el chico, sintiéndose desdichado. El semblante de Rose siguió igual de duro que segundos antes. Los pocos metros que los separaban parecían un abismo, y la lluvia que caía sobre ellos aún más fría que segundos antes— No lo soy —dijo, de pronto, con seguridad—. No lo soy. Sólo me comporto como un idiota cuando estoy cerca tuyo —era una justificación totalmente pobre—. No puedo evitarlo, pero puedo mostrarte que…¡No, Rose, espera!
Rose, queriendo acabar ya con aquella situación, giró sobre sus talones y comenzó a alejarse de él a grandes zancadas. Scorpius corrió tras ella, chapoteando en la calle mojada. Le dio alcance otra vez, y la hizo girar bruscamente.
—Déjame mostrarte que no soy la mala persona que tú crees, por favor —imploró, con una mirada que reflejaba desesperación sincera.
Scorpius la había atraído hacia él en un acto desesperado, acortando la distancia que los separaba. Rose lo miró a los ojos, y comprendió que era la primera vez que lo hacía realmente. Algo en ellos la hizo titubear. Era la primera vez que podía ver tan de cerca el extraño brillo que se formaba en sus ojos (de un gris azulado, no grises como siempre había creído). Aquel brillo, solo ella podía provocarlo, pero no era conciente de ello.
Scorpius no supo por qué lo hizo. Tal vez fue porque la tenía tan cerca que ver con claridad las pecas de su rostro empapado por la lluvia lo enloqueció, o porque sus ojos azul intenso eran terriblemente seductores aquella tarde, o sencillamente porque su boca lo había invitado a ello: simplemente acortó la poca distancia que los separaba y sus labios se posaron sobre los de ella.
Si Rose no había esperado una declaración por parte de Malfoy, mucho menos había previsto aquello. En el momento en que sus labios se juntaron con los de Scorpius su cuerpo se tensionó y su cerebro dejó de funcionar una fracción de segundos por culpa del impacto: nunca jamás alguien la había besado. Sentir el aliento de Scorpius (al té de hierbas, que acababa de tomar) cuando con sus labios la obligó a abrir los suyos, la hizo reaccionar.
¡PLAF!
Rose quedó temblando después de abofetearlo, se encontraba completamente colorada y con la respiración entrecortada. Su mano hormigueaba por el impacto, una mancha colorada apareció en la mejilla de Scorpius.
Abochornada, furiosa y confundida, Rose pegó media vuelta y finalmente se alejó corriendo, dejando a Scorpius solo y aún más confundido que ella.
Quien encontró a Kevin en la biblioteca, completamente perdido, fue Lauren. El chico pasó más de media hora revolviendo títulos, buscando el libro de Cómo Curar a un Troll de la Enfermedad de los Mocos Verdes con Pus. Lauren intentó convencerlo que aquel libro no existía, y que no era posible que lo necesitara para Cuidados de Criaturas Mágicas ya que no cursaba aquella asignatura. Al no poder persuadirlo, la bibliotecaria intervino y todo fue confusión: Kevin comenzó a vociferar que estaban escondiéndole un libro muy importante para sus MHB, y que había un complot para que no aprobara los exámenes.
Lauren, comprendiendo que algo extraño sucedía, terminó convenciendo al chico de que aquel libro se encontraba en la enfermería, ya que la enfermera se hallaba investigando sobre el tema. Kevin, contento, se dirigió hacia allí acompañado por Lauren, la bibliotecaria (quien no tomó muy bien que un alumno le gritara) y un puñado de alumnos que se retorcían de risa ante el extraño comportamiento del prefecto.
La enfermera atendió a Kevin, logrando al fin que se tranquilizara, y lo obligó a dormir un rato: lo diagnosticó con un extremo y severo caso de estrés, el primero de muchos que sufrirían los alumnos de quinto año.
En otras circunstancias, Rose hubiera actuado diferente. Como mínimo, hubiera pasado por la enfermería a ver cómo se encontraba su amigo. Ella sabía que su ataque de nervios no había sido causado por el estrés, pero no fue capaz de decirlo.
—Es una pena —suspiró Lauren, la mañana siguiente, mientras hacían sus deberes en la sala común —. Pasé esta mañana a verlo, y se siente muy mal. No entiende por qué perdió así la cabeza y cree que no lo perdonarás por dejarte plantada en Hogsmeade.
Rose no escuchaba a Lauren, simplemente miraba cómo la lluvia (que no había desistido desde el día anterior) caía del otro lado de la ventana.
—Realmente quería ir allí contigo —siguió Lauren. Al ver que Rose no respondería, preguntó— ¿Me estás escuchando? —pareció disgustada al comprender que su amiga no le prestaba atención— ¿Te encuentras bien? Has estado callada desde ayer.
Era cierto. Rose había vuelto corriendo al castillo después de su encuentro con Malfoy, con el corazón completamente desbocado. Había subido a su habitación, se había quitado la ropa empapada por la lluvia, y se había escondido detrás de las cortinas de su cama. Ni siquiera bajó a cenar aquella noche. No quería por nada en el mundo cruzarse con Malfoy y su mirada tan penetrante. Tampoco le importó demasiado Kevin, cuando Lauren le contó lo que había ocurrido.
Y es que aquella salida a Hogsmeade había abierto emociones que no sabía cómo manejar. De pronto, se encontraba con que había atraído a dos chicos sin pretenderlo. Ni qué mencionar lo complicado del asunto: uno, era su mejor amigo. El otro, amigo de su primo y un bravucón de primera. No había buscado generar nada en ninguno de los dos. Ni siquiera estaba interesada en un novio: esos asuntos Lauren los manejaba mejor que ella. Sin embargo, pese a eso, no podía evitar pensar que Malfoy había arruinado todo. Siempre había imaginado que su primer beso sería con algún chico que le produjera mariposas en el estómago. No que sería así… tan fugaz, robado y confuso…
Durante los siguientes días Kevin fue la burla de todo el castillo. Pero no fue eso lo que más molestó a Rose.
—Kevin, deja ya de disculparte —el chico llevaba ya una semana pidiendo disculpas, y a Rose comenzaba a irritarle su arrepentimiento—. Habrá otras salidas a Hogsmeade, ¿Si? —dijo, con mal talante.
En aquel momento se encontraban saliendo del Gran Salón, después del desayuno. Un embotellamiento de alumnos impedía que pudieran circular con facilidad. Rose abruptamente chocó con alguien, y tiró al suelo su mochila.
—Disculpa, no quise…
Sus ojos se cruzaron con los de Scorpius, y el corazón de Rose comenzó a latir con fuerza. Llevaba toda la semana evitándolo. Siempre que daba la casualidad que se encontraban solos en algún lugar (a la salida de clases, o durante un patrullaje de prefectos), parecía que el chico intentaba entablar una conversación con ella. Pero Rose no iba a escuchar nada más de él. El tema la ponía más nerviosa de lo que quería admitir.
—Fui yo, perdona, no…—Scorpius se agachó a tomar del suelo la mochila de Rose, pero la chica se la arrancó de la mano con furia. Tomó a su amigo del brazo y lo arrastró entre la multitud, alejándose de Scorpius.
—Me pregunto qué puedes haber hecho para que Rose esté aún más apática contigo —comentó Albus, mientras salían al exterior del castillo.
Tenían libre la primera hora del día, y Albus se dirigía a la cabaña. Scorpius y él se cubrieron con la capa de invisibilidad.
Hasta Albus, que últimamente vivía en su mundo, había notado que Rose se encontraba aún más fría que de costumbre con Scorpius. El chico no abrió la boca en todo el trayecto hasta la cabaña. Desde el sábado sus sentimientos se deslizaban como en una montaña rusa. Aquel beso con Rose, por más que había sido corto y había terminado mal, dejó en él una gran huella. Era la primera vez que se atrevía a besar a una chica, y no podía olvidar el calor de sus labios sobre los suyos. Ni tampoco podía olvidar sus ojos azules, vistos tan de cerca… Ni la cantidad de pecas que se apretujaban en su rostro. Recordar aquel momento provocaba que su estómago se sacudiera, pero inmediatamente sentía que su interior se vaciaba… porque aún dolía en él la bofetada recibida. ¿Cómo era posible que la única chica en la que era capaz de pensar pareciera odiarlo tanto?
Había querido hablar con ella. Pedirle disculpas, si es que el beso la había molestado. Sólo quería decirle que no había podido evitarlo. Sin embargo, Rose parecía dispuesta a esquivarlo a toda costa.
—La besé —dijo, de pronto. Necesitaba confesar aquello.
—¿Qué?
Albus lo miró con una ceja levantada, sin entender de qué hablaba. Se encontraba diagramando una nueva estrategia para hacer que la moto volara sin problemas.
—Preguntaste qué pude haber hecho para molestar aún más a Rose —respondió Scorpius, sintiéndose terriblemente miserable—. La besé, eso hice.
Albus dejó a un costado la pluma y se acercó a su amigo, que se hallaba sentado en un rincón lamiendo sus propias heridas.
—No puedes haber hecho eso —En su voz había horror e incredulidad.
—Si, así fue —Scorpius no era capaz de mirarlo a los ojos—. Fue en Hogsmeade, la semana pasada. Me abofeteó, y se marchó: no quiere hablar conmigo ahora.
—No es extraño. Técnicamente, tú y ella nunca fueron capaz de cruzar dos palabras sin matarse —recordó Albus, quien miraba aún asombrado a Scorpius—. No tenía idea que te gustaba.
—Pues así es —confesó Scorpius a su amigo—. Pero me odia —suspiró, con resignación en la voz—, cree que soy una especie de monstruo o algo así. Y tal vez tenga razón.
No podía evitar pensar en que Rose estaba en lo cierto: siempre se las arreglaba para quedar como un bravucón. Y, de hecho, lo era. ¿Pero qué podía hacer al respecto? Si no se imponía, podía pertenecer a la mitad del colegio que era acosada por los matones. Y, además, no podía hacer mucho contra su instinto de poner en su lugar a gente como Kentburry… siempre tan nerd y lame bota de los maestros.
Era conciente que, si quería a Rose, tendría que cambiar… y tendría que demostrarle que su comportamiento siempre había sido falta de criterio. No era una mala persona, como ella había dicho una vez. Sí, se encontraba involucrado en más de la mitad de los accidentes que le ocurrían a Kentburry por semana, pero eso no lo convertía en un mago oscuro, o en algo similar.
Para su sorpresa, Albus se sentó junto a él.
—Apesta —declaró el chico. Y acotó, sorprendiendo aún más a Scorpius—: Este tema no es para nosotros. Quiero decir... Hay magos que hacen así —chasqueó sus dedos—, y tienen a la mitad brujas del castillo detrás de ellos, sin importar lo cerdos que sean —Y agregó—. Hay veces que quiero romperles la cara sólo por pasarse de listos.
Scorpius sabía que en realidad se refería a James, a su altanería, y al hecho que había intentado pasarse de listo con Lauren durante el verano. Albus tenía razón, se encontraban dentro del grupo de chicos que no eran especialmente populares entre las mujeres… Pero tal vez solamente Albus no entrara en la categoría de "cerdo", porque a ojos de Rose, Scorpius así lo parecía.
—No entiendo por qué te gusta Rose —dijo Albus repentinamente.
Scorpius meditó por unos segundos. Le gustaba… por muchas razones. Le gustaba el azul de sus ojos, su rostro risueño, el dulce tintineo de su risa, y hasta la manera en que sus pecas inundaban su rostro tan particular. Pero, por sobre todo, le gustaba que fuera inteligente, astuta, y totalmente fiel a sus amigos y familia. A sus ojos, Rose era la muchacha más linda que jamás conocería.
—Es demasiado personal —admitió, sintiéndose algo cohibido—. No lo entenderías.
—Está bien —Albus se encogió de hombros— Sólo me llama la atención que justo te hayas fijado en la única chica que parece odiarte realmente.
Scorpius rió con sarcasmo.
—Para amigos como tú, no entiendo por qué quiero enemigos.
—Sólo estoy siendo sincero —Albus volvió a encogerse de hombros.
—Gracias —la ironía en la voz de Scorpius no había desaparecido.
—Sería genial que salgas con ella —declaró Albus, para asombro del chico—. Digo, son las dos personas más geniales que he conocido —Y eso, dicho por Albus, ya era abrirse demasiado—. Pero déjame decirte que tendrás que esforzarte —continuó— Rose no es una chica fácil de hacer cambiar de opinión una vez que ha decidido.
Eso era algo de lo que Scorpius ya podía dar cuenta.
Nota: seré breve, espero que les haya gustado. Empezaré a escribir pronto el próximo capítulo. Saludos!
