Perdonad por la tardanza, pero lo prometido es deuda. Así que aquí os pongo la tercera (y última parte) de este capítulo.
CAPÍTULO 4: (Conclusión)
Enjaulado – Jailed (Ian)
Winters tenía una mueca desacorde en su cara, no sabía a qué se estaba refiriendo. Que supiera no era posible que nos conociéramos. Ni de antes que comenzase la invasión me podría sonar ese tipejo. Pero Eley estaba convencido de todo lo contrario y seguía sondeándole con la mirada.
—¿Ha visto este rostro antes? —reformuló la frase Eley, señalando mi cara con el dedo índice.
—No —exclamó perplejo por la apabullante forma de mirarle de Eley. Negó con la cabeza categóricamente y dio un paso atrás, receloso.
—No, claro que no pudo verme —murmuró mi impertinente intruso, de manera abstraída. Su visión periférica cambió, la impoluta habitación del Servicio de Sanación empezó a desdibujarse línea sobre línea, desapareciendo en cuestión de segundos. «Le observé a través de…», pensó él.
La arena del desierto arrastrada por el viento, deshizo lo que permanecía de mi presente. Eley estaba remolcándome a la fuerza a través de uno de mis recuerdos o quizá era yo el que me había dejado arrastrar por la curiosidad de sus crípticas palabras. No lo sabía con total seguridad, perdí la conciencia de que aquello no era del todo real.
—¿Qué novedades hay? —dije estirándome al lado de Kyle y tapándome los ojos para que no me deslumbrara el ardiente sol del desierto.
Había medio reptado, medio andado en cuclillas por un estrechísimo pasadizo de roca, hasta llegar a 'la atalaya'. El lugar desde dónde vigilábamos nuestro territorio. No era más que una pequeña cornisa en mitad de una pared de roca impracticable, ningún excursionista encontraría interesante ese lugar resguardado. Sólo un par de águilas calvas lo habían anidado para protegerse del calor del desierto, pero hacía mucho tiempo que se habían ido, buscando un refugio mejor.
Kyle no dijo nada, siguió inspeccionando a lo lejos a través de los prismáticos, estaba resentido desde que Jared le había dado el puñetazo en la nariz. Yo también había recibido lo mío, pero no era tan ridículo como para tener un berrinche y negarme a hablar igual que los niños pequeños.
«A veces no me creo que sea dos años mayor que yo», suspiré y sacudí la cabeza con exasperación, tendría que ser su niñera de por vida.
—Echa una ojeada por ti mismo —exclamó después de unos momentos intentando fingir que no estaba allí. Kyle profirió un quejido de dolor cuando se quitó los prismáticos de mala manera, pero a pesar de ello parecía entretenerse con algo de lo que estaba viendo atentamente.
—¿Qué sucede? ¿Hay más coyotes acosando a los buscadores? —enfoqué hacia el desierto.
—No, parece que están recogiendo para irse —repuso mi hermano con acritud—. Pero eso no es lo importante. Fíjate bien en la buscadora que está vestida de negro de pies a cabeza, es bastante interesante… —dejó la frase en el aire con un tono meditabundo que me escamó.
Observé desde lejos las diminutas figuras de los buscadores y los voluntarios que se apiñaban alrededor del campamento y de los vehículos con los que habían peinado el desierto. Durante el día de ayer habían ido perdiendo los ánimos y dándose por vencidos al no hallar ninguna pista que les guiara en su exploración. La buscadora que tanto interés le provocaba a Kyle, parecía una diminuta cucaracha negra en medio del siena del desierto salpicado esporádicamente de macilento verde.
En una primera ojeada incluso dudé de que se tratara de una buscadora, era demasiado insignificante para suponer una amenaza, por su estatura habría jurado que tan sólo era una cría jugando entre mayores a hacerse la adulta. Pero la Glock que alcancé a observar, colgando de su cinturón, no dejaba lugar a segundas interpretaciones.
—Si estás tan desesperado, Kyle, deberías de pedirle una cita a Lily o a Heidi —objeté en plan de broma. Mi hermano emitió una arcada seca y crispó el rostro, como si acabara de olfatear algo nauseabundo, cuando me giré para verle.
—¡¿Quieres que vomite el almuerzo o qué?! —refunfuñó echándose rápidamente una mano a la boca del estómago. Pude distinguir que el hematoma de la nariz se había extendido por los párpados de los ojos y su rostro se asemejaba de una manera cómica al de un mapache o al de un ladrón de bancos de dibujos animados antiguos.
«Como reciba otro puñetazo más en la nariz va a acabar sonándose los mocos por la coronilla», pensé en un alarde de hilaridad.
—No seas nenaza, tú sabes muy bien a lo que me refiero —le repliqué incisivo. No podía estar lamentándose por la pérdida de Jodi eternamente, tenía que seguir adelante con su vida.
—¿Y tú qué? ¿Ya has tirado la toalla intentando ligarte a Sharon? —salió por la tangente.
Deseché el comentario con un encogimiento de hombros y volví a centrarme en lo que sucedía a casi una milla de distancia. No había muchas mujeres de nuestra edad en las cuevas y la mayoría había escogido pareja. Sharon no era una de ellas, aunque era indudable a quién le había echado el ojo desde que llegó de…
—¿Pero qué demonios? —proferí en un exabrupto al fijarme en la buscadora enlutada de los pies a la cabeza. Kyle se aproximó un poco a mi lado, riéndose entre dientes de mi pasmo.
—Ya te dije que era interesante, ¿no?
No le pude responder porque no daba crédito a lo que estaba viendo. La pequeña cucarachilla esa se había levantado después de examinar una porción de terreno cercano al vehículo, en busca de huellas, y en ese momento se dirigía a paso firme para hablar con el jefe de grupo de la expedición. Pero lo que me había llamado la atención no fue que diese señales de haber hallado algo, sino que su forma de moverse (caminando a grandes zancadas, sin apenas mirar por dónde pisaba) era arrogante, casi prepotente.
No había visto a ningún parásito comportarse de esa manera tan… tan… humana.
—Parece como si estuviera encarándose con ese tipo —cuchicheé incrédulo cuando aquella criaturilla se plantó delante de varios buscadores con los brazos en jarras, como ofendida por algo que acababan de decir a sus espaldas.
—¿Otra vez lo ha vuelto a hacer? —comentó Kyle dándome un toque en el hombro para que le pasara los prismáticos y le hiciera sitio—. Esa bichaja es bastante perseverante, ya es la tercera ocasión con esta que intenta hacer que le oigan.
—¿Otra vez? —seguía sin digerir lo que estaba viendo. Por lo que había visto siempre de las almas (que era así como se hacían llamar estos invasores alienígenas), se trataban entre ellos de una forma carente de toda malicia, con la misma ingenuidad que sólo un infante que ha comenzado a andar podría llegar a prodigar. Pero quizás los buscadores no tenían el mismo patrón que el resto de sus iguales. No podía saberlo con total seguridad, siempre los había estado esquivando.
—Sí, antes cuando he relevado a Brandt, nos hemos percatado de que eso no quiere levantar el campamento —exclamó Kyle divertido de ver la inesperada conducta de la buscadora—. Se ha puesto como una energúmena con ese grupo de tres que dirige el cotarro, no es broma —añadió al echarme una mirada y advertir de que tenía la ceja arqueada—. Te juro que esa cosa ha estado a punto de liarse a mamporros con uno de los suyos… ¡Hey! ¡Espera! ¡Si no me crees, míralo!
Me pasó de nuevo los binoculares y precipitadamente orienté las lentes en la dirección del abandonado camping de autocaravanas donde se habían establecido los buscadores.
—¡Ahí va el segundo round! —se rió Kyle.
La buscadora había apartado de la compañía a uno de los cabecillas de aquel variopinto grupo que se extendía por el desierto. Aunque su interlocutor le sacaba dos cabezas de altura, le había llevado lejos de los otros dos, como si estuviera discutiendo con él en confidencia de algún tema. No podía verle la cara a la alborotadora buscadora, sólo la coronilla de la mata de cabello azabache, pero el otro buscador sí se había inclinado para escucharla y pude divisarle mejor.
«Winters», una parte de mí salió del recuerdo.
Llevaba un uniforme gris de camuflaje, como el de los militares y la gorra calada hasta las cejas, pero era él. De improviso algo dijo la buscadora que hizo erguirse a Winters y mirarla con cara de pocos amigos, antes de darle la espalda.
«¡Ojala supiera leer los labios!», me lamenté de no enterarme qué estaban diciendo esos dos.
—No ha pasado nada de nada —exclamé para decepción de Kyle, que emitió un jadeo y chasqueó la lengua contrariado—. Dos no discuten, si uno no quiere —comenté zanjando el tema de una vez. Todo aquello era una absoluta bobada.
—Ya, pero parece que esa ciempiés siempre está dispuesta a armar trifulca —expuso Kyle sin ningún tapujo—. Es una pesada.
Me reí al considerar que había recibido demasiados golpes en la cabeza y ya empezaba a ver cosas raras, incluso entre los buscadores. Di un último repaso por el parking con los prismáticos. Winters estaba de pie ante uno de los todoterreno y contemplaba ensimismado el desierto, agitó la cabeza dio una patada con la punta del pie en el polvoriento suelo y se montó expedito sin mirar atrás.
Eley regresó de vuelta a la realidad antes de que concluyera el latido que había durado ese recuerdo y de que el Winters del desierto se perdiera en la lejanía rumbo a la autopista.
Reaccioné lo más rápido que pude antes que comenzara a hablar. Le bombardeé de imágenes de todos los lugares y viajes que había realizado desde que las almas habían invadido el planeta. Debía de saturarle del mayor número de recuerdos para que no pudiera centrarse en lo que había visto y no pudiera recomponerlo. Melanie ya lo había logrado una vez con Wanda y aquella triquiñuela era mi último cartucho.
Pensé en los desiertos que había visto, en cada uno de ellos. La abrasadora desolación del Mojave al que nos había llevado Nate para la reunión con el grupo de Gail; el gran lago salado de Utah, tan resplandeciente; las llanuras rojizas del parque nacional de Colorado; la gélida tundra que había cruzado en Canadá para llegar al refugio.
Pero Eley estaba advertido de mi influencia y desdeñó adrede cómo la visión se fue volviendo más deleznable. El escondrijo desde dónde había observado a Winters no le interesaba en especial, estaba concentrando sus esfuerzos en retener esa experiencia. Supe que había fracasado en cuanto pronunció el final de la frase:
—Le observé a través de unos prismáticos, cuando estuvo haciendo una batida de búsqueda y rescate en el desierto —había logrado echarle a patadas de la visión, pero esas palabras quedaron dichas. Eley recordaba muy poco, la imagen de Winters y de un campamento de buscadores, un dónde y un cuándo indefinidos, nada más.
Winters se quedó unos segundos titubeando y observándome imperturbable. Instantes después sus ojos relampaguearon repentinamente.
Ya está, se había acabado todo aquel teatro.
—No sé de qué está hablando —contestó sin inmutarse aquel buscador con una mentira como la copa de un pino. Su tono de voz era sosegado pero sus palabras no podían ser menos ciertas.
«¡¿Pero por qué está mintiendo?!», pensamos al unísono, Eley y yo, desde polos opuestos de nuestra cabeza, resonando como el gong de un cuadrilátero. Seraph también dio un respingo de asombro, pero no desvió la mirada en dirección a Eley, y disimuló muy bien no estar estupefacta de que su paciente errara el tiro.
Sabía que los buscadores eran muy capaces de mentir, era una parte natural de su vocación el engaño. Había sido testigo de sus artimañas antes de que la invasión desvelara la verdad. Pero no había podido llegar a sospechar que también se mentirían entre ellos. Mi primera reacción fue el estupor ante su descabellado embuste.
Yo me sentía arder de fiebre en algún punto por debajo de mi frente sudorosa, era incapaz de razonar debidamente, pero Eley estaba analizando fríamente aquel contratiempo inesperado:
Había varias razones hipotéticas por la que un alma incurriría en una mentira, la más simple era la ignorancia o una mala interpretación de los acontecimientos. También un alma podía llegar a mentir arbitrariamente si de esa manera evitaba que un tercero acabara sufriendo las consecuencias de decir la verdad. El orgullo pocas veces constituía un motivo, pues las almas tienden de manera natural a ayudarse. Pero la vergüenza, por otra parte, si podía constituir un estímulo. El miedo y la indecisión, podía ser otro tanto de lo mismo. En definitiva, la única razón por la que un alma jamás llegaría a mentir sería para hacer daño intencionadamente a otra alma o…
Eley detuvo su planteamiento en cuanto advirtió que estaba atendiendo a cada uno de sus pensamientos. Pero no pude aislarme completamente de ellos, me resultaba terriblemente fascinante conocer de primera mano su manera de pensar.
Se pellizcó mi labio inferior con los dientes y se contuvo el impulso de repetir aquella afirmación, cogiendo fuerza para levantarse de la camilla del hospital y despedirse de Winters.
—Le habré confundido con otra persona en ese caso —mintió subrepticiamente para salir del paso, distinguí su engaño como si de una nota a destiempo en una sinfonía se tratara, clara y evidente—. Deberá de esperar a que transcriba mi informe acerca de Jared Howe, me pondré a ello en cuanto pueda recuperarme, pero sea paciente.
Winters se quedó de pie sin moverse un ápice, por lo visto lo suyo no era la paciencia.
«¿Pero es que este tipo no pilla las indirectas?», se sulfuró Eley al ver su indiferencia.
—Me apetecería hablar con mi acomodadora —mi intruso mental intentaba ser lo más educado posible, pero al darse cuenta de que Winters no tenía ánimos de marcharse, añadió más ásperamente—. A solas, si es eso posible.
Seraph soltó una risita baja, un murmullo, casi.
—¡Oh! —exclamó Winters azorado, abriendo mucho los ojos, sobresaltado—. No se preocupe por la investigación, con la información que me ha procurado es suficiente por ahora, debo realizar varias llamadas cuanto antes… ¿Necesita un sanador para que le mire la herida de la mano? —añadió con un tono más reservado y cauto.
Eley evaluó por encima el improvisado vendaje y frunció los labios en señal de negativa. Parecía que la hemorragia se había frenado del todo y el dolor apenas se notaba.
—Si me puede traer un botiquín me haré un arreglo yo mismo —diagnosticó juiciosamente. Mis piernas habían recobrado su fortaleza ahora que habían desaparecido los efectos de la 'Paz'.
Winters no vaciló ni un segundo al marcharse, parecía tener la mente muy lejos de aquel sitio. Tanto Eley como yo nos quedamos observando atentamente la puerta de la habitación por la que se había largado. Intentaba no pensar mucho en lo sucedido, pero Winters había pertenecido a la partida de búsqueda de Wanda, quizás porque el nombre de Jared estaba relacionado con su desaparición. Entonces, ¿por qué lo negaba? Eley también estaba intrigado por esa cuestión.
—Comment allez-vous? —preguntó Seraph cuando se aseguró de que las botas militares de Winters ya no se escuchaban por el pasillo.
«¿Ein?», no había comprendido ni una palabra de lo que había salido de sus labios, pero Eley ya estaba proyectando una respuesta que tampoco lograba entender… ¡Eso no podía permitirlo!
Enfoqué mi mente en ese galimatías indescifrable y lo repetí para que Eley lo oyera desde mi perspectiva. De repente se quedó sin voz, con la boca entreabierta y sin resuello, dio una sacudida a mi cuerpo al ver que era incapaz de recordar el significado de lo que iba a decir a continuación.
Seraph plegó el ceño con una mirada confusa y le interrogó con sus ojos acaramelados.
—Sacré bleu! ¡Pero si sabes francés! —espetó tras unos tensos segundos de perplejidad, había alzado la voz sin proponérselo.
—Ahora ya no —admitió llanamente Eley.
Su acomodadora murmuró algo en voz baja que sonó a un siseo muy rápido y agudo como el de una tetera hirviendo y después se cuadró enfrente de él con el rostro sembrado de arrugas de inquietud. La fachada inalterable que había mostrado antes, delante de Winters, se vino abajo.
—¿Tan fuerte es? —su voz estaba agitada.
Aquella inesperada pregunta me sacó de mi entumecimiento y refloté más a la superficie de la conciencia si cabe, a la espera de la respuesta.
—No, qué va —repuso Eley con firmeza—. Ha estado a punto de desvanecerse cuando he tomado las riendas, casi se habría fundido conmigo si no se lo hubiera impedido. Pero…
—¿Pero qué? —saltó Seraph, nerviosa.
—Sabía cosas, muchas cosas de nosotros —exclamó Eley para sí mismo, desvió los ojos al parche de Sin-nauseas que todavía llevaba en el dorso de la mano—. Esto, por ejemplo, conocía su nombre de antes aunque no logro saber cómo. Y llevaba una cicatriz falsa en el cuello que había sido tratada con nuestras medicinas. Además sabía qué aspecto tienen los criotanques, aunque no comprendo porqué un humano tendría tanto interés… Pero no quería hablar de eso contigo a solas —terminó de un modo tajante y rudo.
—No ha sido idea mía —porfió prestamente Seraph alzando las manos en señal de rendición y meneando la cabeza con celeridad—. He venido a toda prisa en cuanto me enteré de que te habían sacado de la hibernación e insertado.
—¿Por qué estoy aún en la Tierra? —gruñó Eley de manera grosera e irritada, la sensación que había vivido antes se había incrementado de manera exorbitada, era un caldero de rabia hirviendo a borbotones—. Dejé instrucciones, claras y precisas, de adónde quería ir, antes de que terminara mi plazo de la última misión.
—Compréndelo, Eley —le solicitó con calma Seraph—. Las almas que abandonamos el Origen somos escasas, pero las que deciden regresar se pueden contar con los dedos de las manos. Tú debes ser el primero de esta roca que ha tomado esa decisión. No van a fletar una nave de transporte sólo para llevarte a ti, la lista de espera te puede llevar mucho tiempo.
—Ya, vale, ¿y por qué no estoy en la repisa de un depósito cogiendo polvo hasta entonces? O en tu despacho haciendo de pisapapeles, me da igual cómo fuese —dio un pasito enérgico en su dirección para hacerle frente y luego otro pasito más—. ¡¿Por qué estoy en un cuerpo humano otra vez?!
—No lo sé —respondió su acomodadora sin amedrentarse por el brusco arrebato de Eley.
«Eso no es una respuesta para mí», pensó él.
—En Vancouver recibieron órdenes de que te requerían a ti para este interrogatorio, pero no sé quién las distribuyó —prosiguió Seraph, con los ojos desviados para evitar mi rostro, avergonzada por lo acontecido—. Todo se ha realizado de una manera demasiado precipitada para que yo pudiera intervenir o impedirlo, incluso ya has visto que iban a reanimarte sin que estuviera presente.
Eley le dio la espalda en vez de un paso más.
Respiró hondo para aclarar la mente y templar su rabieta, casi había empezado a tiritar. Eley se comportaba exactamente de la misma forma que si me hubiera irritado con una noticia demasiado desagradable para poder soportarla, mejor dicho, mi cuerpo reaccionaba del mismo modo que yo.
—Lo hecho, hecho está —exclamó citando a mi hermano Kyle con total naturalidad. Aquella era una de sus frases que siempre decía cuando no podía o no quería hacer nada—. Supongo que los demás saltadores estarán muy ocupados para que me tengan que despertar, Middy podría…
—Murió —le interrumpió a destiempo la voz de Seraph, haciendo que se girase bruscamente sobre mí mismo—. Midnight Lotus falleció hace más de tres años, durante un asalto al refugio de una célula, una bala perdida le perforó el cuello. Lo siento, Eleven… La unidad de saltadores fue cerrada pocos meses después de que sucediera, tú no deberías estar en servicio activo.
Eley dejó de respirar unos prologados segundos en los que perdió el hilo de sus pensamientos, sólo había un vacío sordo en mi mente como el zumbido después de un estallido. Mi corazón palpitaba con insufrible dolor y lentitud pasmosa, como si toda mi sangre se hubiera transmutado en alguna amalgama metálica, densa, ardiente y pesada que me hiciera trizas con cada latido.
No lograba acostumbrarme a sus profundos cambios anímicos, sus emociones me absorbían enteramente, en vez de al revés. Su angustia me zarandeaba dentro de mi cerebro, igual que una embarcación en medio de una tormenta. Mel se había aprovechado de los instantes más abrumadores de Wanda para lograr recuperar el control de su cuerpo, pero yo seguía firmemente sujeto a su ajena voluntad siendo espectador y partícipe.
—¿Qué les pasó al resto? ¿A Guss y a Loo? —alcanzó a pronunciar Eley, estrechando los ojos en un enfoque calculador. Las paredes de aquella habitación se habían vuelto demasiado claustrofóbicas durantes unos breves instantes, pero ahora había recuperado la entereza.
—Gastric Stormrain se marchó de vuelta al Mundo Dragón —explicó más serenamente su acomodadora—. Aunque tú ya estabas al tanto de sus planes. Dejó de retrasar la decisión después de asistir al funeral de Midnight Lotus. En cuanto a Loo, sufrió un… —Seraph se detuvo al notar que usaba el diminutivo que Eley le puso y rectificó—. Looping Thorns sufrió un episodio de ausencia con una de sus últimas misiones, por suerte el buscador que tenía asignado de escolta intervino rápidamente antes de que la conciencia residual lograra fugarse con el cuerpo.
—¿Pero se encuentra bien? —el timbre de su voz denotaba su preocupación, aunque también conmoción por el extraño destino de su amigo.
—Sí, lograron extraerle a tiempo y descartaron el cuerpo defectuoso. No ha tenido cambios en su personalidad, ni tampoco en sus recuerdos, tras la reinserción. He seguido su rehabilitación durante varios meses y tengo grandes expectativas —comentó Seraph con optimismo, afirmando con la cabeza y después esbozó una sonrisa de oreja a oreja—. Ahora es una adorable niñita de nueve años con trencitas y unos hoyuelos en las mejillas que son para comérselos a besos.
Una desafinada carcajada brotó a gorgoteos de mi garganta al escuchar ese ocurrente comentario. Seraph se unió a aquella risa de una manera más moderada, pero no pudo contenerse mucho.
—¡Ese viejo cactus debe estar echando humo! —exclamó entre risitas Eley, cuando se calmó—. ¡No aguantaba los anfitriones infantiles, le parecían muy aburridos y simples para habitarlos!
Eley dirigió mi cuerpo hasta el taburete y luego se sentó delante del pequeño espejo roto del lavabo mientras seguía riendo. El reflejo de mi rostro, que tantas veces había contemplado en mi habitación, allá en las cuevas, era muy diferente a lo que me esperaba. El iris de Eley no tenía el intenso fulgor que antes había mostrado con los incipientes rayos de sol del amanecer, sino que parecía apagado y empañado. Como si en lugar de bruñida plata chispeando tras mis ojos, hubiera el deslustrado cinc de una farola a la intemperie.
Tuve la horripilante sensación de que su mirada atravesaba el fondo de mis pupilas y llegaba hasta el rincón en el que me hallaba escondido. Sólo duró un instante, ya que volvió de nuevo la atención (y su perspectiva) hacia Seraph.
—Así pues no es que se precise de mi inestimable talento como interrogador —comentó con chulesca ironía—. Sino que todos los demás se han marchado del bar antes de echar el cierre y a mí me toca pagar la cuenta —usó una expresión tan anticuada que me dejó con ganas de enarcar una de mis cejas de la incredulidad, pero Seraph ni se inmutó ante sus socarronas palabras.
«¡Perfecto, he acabado siendo un pringado!», especuló Eley con resignación para sus adentros. Intentó evitar que la emoción de soledad le consumiera por dentro ante las últimas noticias, pero esos extravagantes nombres de perfectos desconocidos significaban muchísimo para él, aunque no quisiera admitirlo, ni dejarlo traslucir para mí. Tragó saliva para despejar un pegajoso nudo.
—No tienes porqué cumplir con esta misión, nadie te pondría reparos si lo rechazaras.
—¿Y dejar que Mister Gatillo-Fácil se ocupara de este interrogatorio? —alegó Eley, señalando la puerta por la que se había largado Winters minutos antes—. No, ni hablar de ello.
—¿Gatillo-Fácil? ¡Uau! ¿Ya le has puesto un mote? —se burló Seraph cruzándose de brazos, e inclinando la cabeza de lado sonriendo con sus brillantes ojos—. ¡Vaya! ¡Qué rápido que eres!
Eley ignoró aquella lindeza y desvió la mirada hacia el espejo roto que se semejaba a una luna gibosa para fijarse en mi rostro minuciosamente.
—Las he tenido peores —objetó entre dientes, observando la longitud de mi nariz de costado y luego abriendo la boca para examinar mis encías igual que si estuviese calculando la edad de una yegua—. Si le transfiriera este cuerpo ahora que ya se ha despertado, sabes que le haría picadillo.
—No quería decir eso —comentó Seraph, titubeando y apartándose un pasito de nosotros—. Puede que lo mejor sería un descarte sin más.
Me quedé aturdido sin poder creer lo que oía. Pero no fui el único, Eley cerró de golpe mi boca y se giró rápido sobre la silla para verle la cara.
—¿Y tú eres la que dices que soy impaciente? —satirizó Eley, pestañeando de incredulidad—. Seraph, que a mí no me entusiasme la idea de ser humano una vez más, no quiere decir que vaya a echar por tierra el trabajo de otros —recogió con dos dedos el pedazo de cristal que había caído al lavabo manchado de mi propia sangre y lo arrojó sin ningún cuidado a la esquina del cuarto. Pero se volvió al notar que su acomodadora contenía el aire de sus pulmones y le miraba con los ojos abiertos como platos—. No te preocupes, ningún Ian O'Shea de marras va a hacerme desaparecer.
—No sería la primera vez que me atacases por sorpresa, ¿verdad? —bromeó con voz temblona.
—Sí, pero recuerdo que tú contraatacaste atizándome con un extintor de incendios, aún me sigue doliendo la cabeza del golpe que me diste —añadió Eley esbozando una media sonrisa.
Ella dio un suspiro agitado y volvió a coger aire.
—¿Quién me habría dicho que la vocación de acomodadora iba a ser tan estresante? —Seraph descruzó los brazos que tenía puestos a la defensiva, pero seguía manteniéndose a una distancia prudente de nuestro cuerpo—. Pero este caso no es como los demás, jamás habían salido de la fase muda tan prematuramente. No es lo más normal, admítelo, aunque no quieras contárselo a Winters —añadió negándose a emplear el ridículo apodo con el que mi invasor le había bautizado.
Eley estaba bebiendo agua del chorro del grifo con un ansia insoportable, así que aguardó hasta que pudo terminar para contestarle debidamente:
—A mí también me ha extrañado —respondió después de toser y secarse mis labios con la palma de mi mano indemne—. La verdad es que no comprendo porqué está tan presente, no tenía una personalidad egoísta, ni paranoica, ni violenta. No era en absoluto parecido a los tipos a los que suelo enfrentarme normalmente… No obstante, hay un detalle que no deja de inquietarme.
—¿Cuál detalle? —preguntó Seraph, picada por la misma curiosidad que yo.
«¿De qué va todo esto?», me sentía (desde que se fue Winters de la celda) igual que si estuviera escudriñando a escondidas un chisme de mí. Eley no pudo enterarse de ese pensamiento que se me escapó inesperadamente. Era como si se hubiera ocultado también en otro escondrijo de mi mente, tras el muro que él había formado. Eso supuso un descanso, ya que me agotaba no intentar pensar a cada momento. Pero estaba otra vez a solas conmigo mismo y me notaba desconectado de lo que sucedía alrededor de mi antiguo cuerpo. No pude anticipar las palabras que brotaron de mis labios y tampoco pude ocultar la sorpresa que me invadió a escucharle hablar:
—¿Ha salido, en los últimos tres años, alguna noticia en los periódicos que revelara algo acerca de la resistencia de estos anfitriones? ¿O quizás ha habido algún aviso oficial de los buscadores o acomodadores, advirtiendo de los síntomas?
Seraph enarcó una ceja de manera escéptica y muy elocuente antes de responderle.
—No, no ha habido nada parecido, Eley —se sentó encima de la camilla de electroshock y examinó con ojo clínico a su paciente. Mis ojos soslayaron su examen y pasearon la mirada por el resto de la habitación sin fijarse deliberadamente en nada concreto.
—Entonces, ¿nadie lo sabe aún? —preguntó Eley después de unos instantes de tensa espera sin hablar, en los que parecía escuchar el silencio apagado de la celda con inquietud. Seraph asintió simplemente con la cabeza, pero entornó los párpados levemente, intentando entender los extraños procesos mentales del alienígena que me tenía secuestrado de cuerpo y mente—. No puede ser, debe haber habido alguna filtración, algún buscador se ha debido ir de la lengua o se ha traspapelado algún archivo de los sanadores. Porque si no, no me lo explico.
—¿A qué te refieres? —profirió Seraph con inopinada brusquedad.
—¡Lo sabía! ¡Ian O'Shea sabía que su mente permanecería después de que se realizara la inserción! —Eley había gruñido como un animal herido, bajando la mirada al suelo goteado de mi sangre—. Nunca había visto algo así… Él estaba sorprendido de seguir con vida cuando desperté, pero ni por un momento estuvo confuso y luego intentó retomar el control del cuerpo sin dejarse llevar por el pánico. Tal vez no tenía la suficiente fuerza de voluntad para imponerse, pero ha estado oyendo todo lo que decimos sin ausentarse ni una sola vez —Eley descansó uno de mis codos en el filo del lavabo y sostuvo mi mejilla sobre la palma de la mano vacía, antes de volver a fijar la mirada en su acomodadora—. Estaba familiarizado con todo el proceso… incluso reconoció la palabra 'saltador' cuando la mencionó Winters, aunque creo que no entendió del todo su significado. Los anteriores anfitriones no comprendían lo que les sucedía, lo percibían como una pesadilla de la que se alejaban inconscientemente. Pero éste no tenía ilusiones acerca de lo desconocido, ni fe en una vida más allá o temor a desvanecerse en la nada. Tenía certeza absoluta, no sospechas sin confirmar, como si supiera los detalles.
«¡Mierda!», blasfemé para mis adentros al ver que me había desenvuelto demasiado bien en mi defensa. No llegué a considerar que mi conducta podría ser en sí mismo una pista de la existencia de Wanda y de su peligroso secreto. Tampoco es que hubiera podido fingir perplejidad ante lo que ya conocía de antemano, no tenía esa posibilidad.
Eley había estado pendiente de mis reacciones y de todas mis impresiones aunque mi cuerpo no había manifestado ninguna de esas emociones de manera perceptible porque él las bloqueaba. Ya había llegado a la conclusión de que no me enfrentaba a un buscador cualquiera, era alguien que no se ajustaba a las ideas preconcebidas que tenía acerca de esa odiosa vocación.
Seraph se había quedado absorta, olisqueando distraída su cabello teñido, con las yemas de sus dedos jugando con un mechón entre la comisura de sus labios y su nariz fruncida. Su mirada carmesí había recuperado su anterior resplandor sin que aparentemente necesitara una fuente de luz.
—El conocimiento es poder —comentó tras unos instantes con la mirada todavía perdida en algún horizonte muy lejano—. Estos anfitriones llevan esa máxima a las últimas consecuencias. Cuando descubrieron o sospecharon de nuestra existencia empezaron a resistirse… Puede que el dato de que existían humanos que han resistido les conceda algo más de ventaja… —no verbalizaba sus reflexiones conscientemente, sino que balbucía de manera compulsiva, como si no le importara—. Eso explicaría porqué Ian O'Shea ha sido capaz de saltarse la fase muda tan tempranamente y porqué ha podido bloquearte los recuerdos —remató Seraph volviendo a la realidad y dirigiendo sus refulgentes globos oculares hacia nuestra posición con una pizca de temor.
Eley se encogió de hombros simplemente.
—Sí, he llegado a la misma conclusión.
—¡Pero entonces tengo razón! ¡Es demasiado peligroso que permanezcas en este cuerpo un segundo más! —exclamó asustada, con los ojos abiertos de la ansiedad que la socavaba. Se levantó apresurada de la camilla y dio un par de rápidos y precipitados pasos hacia adelante.
—No, en realidad lo hace menos fastidioso —Eley le quitó importancia agitando mi mano con un gesto indolente—. La parte más tediosa de las misiones siempre es la espera hasta que las conciencias empiezan a darle al palique. No saber si ha permanecido algo 'potable' de lo que extraer información o si se ha evaporado tras la asimilación, es aburridísimo —hizo una seña más firme y concluyente al ver que Seraph intentaba poner una objeción—. No insistas, sé lo que me hago.
Su acomodadora zarandeó la cabeza como si estuviera planteando reprenderle con un sermón. Volvió a cruzarse de brazos y puso la mirada en blanco antes de retomar la conversación.
—Entonces, la pregunta es, ¿cómo los humanos lo han podido descubrir? —Eley asintió con la cabeza acordemente por el voto de confianza que Seraph depositaba en sus aptitudes—. Las almas no somos muy dadas al secretismo, pero ninguno de los afectados por un anfitrión resistente iría pregonándolo por ahí. Los pocos rumores acerca de este problema se han extendido a los planetas más cercanos, pero nada más. Para la mayoría de los nuestros es sólo una habladuría sin pruebas reales que la sustenten. Ya ni siquiera ofrecen anfitriones adultos a los recién llegados, para evitar más pérdidas.
«Supongo que no me puedo considerar un recién llegado», pensó distraídamente Eley, volvió a ocultarse de inmediato en un recoveco aun más oscuro de mi mente, al percibir su indiscreción.
—Ya estaba al tanto de eso —comentó Eley como de pasada, haciendo que Seraph alzara las cejas de la sorpresa—. No sé de dónde ni cuándo he obtenido esa información, pero este cuerpo es más raro que ninguno de los anteriores. No sólo es que tenga conocimientos de las almas, sino es su actitud, en general, lo que me resulta más chocante —Seraph le pidió con la mirada que se explicara—. No siento ninguna hostilidad dirigida hacia mí, es bastante pacífico y tranquilo, casi agradable. Excepto por el momento en el que me ha sacado de su refugio, ha sido intenso. Pero era una sensación que se parecía más a la desesperación que al odio. Además está lo que sucedió en el parque antes de que comenzaran… —no pudo acabar la frase al ser interrumpido.
Knock, knock.
Alguien llamó inesperadamente a la impecable puerta y Eley se sobresaltó con cólera, pensando que de nuevo vería asomarse el rostro de Winters. Pero en su lugar apareció un hombre vestido con un uniforme de enfermero, algún ayudante de los sanadores, que le dio un botiquín a Seraph.
—Me da que has impresionado a Winters con el 'encanto natural' que derrochas —se burló la acomodadora irónicamente después de cerrar la puerta y mirarnos por encima del hombro—. Alguna vez podrías decir 'gracias' o 'por favor', no te mataría probarlo. Sé que para ti todas esas convenciones sociales son una pérdida de tiempo, pero no me parece que le hayas causado una buena primera impresión reprendiéndole por tu propia captura.
—¿Una buena primera impresión? —repitió incrédulo Eley, riéndose de manera nerviosa—. ¿Te preocupa que haya sido un poco grosero con él? ¡Que se aplique primero el cuento y no vaya por ahí dando tiros a diestro y siniestro a la gente! —se llevó mi mano al pecho al mencionar el incidente y pude palpar a través de la tela que mi piel estaba rugosa y algo áspera—. Sabes que la ineptitud me saca de mis casillas, tal vez por eso siempre me ha gustado trabajar contigo —dijo él en un tono más conciliador y sonrió a medias.
—De nada —articuló Seraph sin pronunciar las palabras, únicamente moviendo los labios. Depositó el botiquín en el anaquel del lavabo sin mostrarse alterada por la proximidad de mi cuerpo y se dejó apoyar la espalda en la pared mientras nos vigilaba atenta.
Pude apreciar que el ambiente que había entre los dos era de camaradería, no sólo por los años en los que habían estado trabajando juntos. Era casi tan rotundo y evidente como el aroma a la lejía y otros productos de limpieza que mis fosas nasales empezaban a percibir de la habitación, ahora que Eley se había deshecho del olor de mi sangre. Nos revolvió el estómago a ambos esa fetidez a química, cuando desplegó el maletín de cuero que contenía el botiquín.
Mis ojos se desviaron de inmediato al hueco en donde debería de encontrarse el bisturí, que estaba obviamente vacío debido al riesgo. Un leve suspiro mental se filtró por entre las grietas de mis neuronas. Al menos Winters había tomado buena nota y no era del todo un inepto.
Eley recogió un pequeño sobre de papel que identificó con rapidez, lo rasgó con los dientes y se echó a la boca una lámina de Frescor.
—¿Qué opinas tú? —le preguntó Eley a Seraph después de dar una buchada de agua.
—¿Qué opino de qué? —repuso raudamente ella con un tono destemplado—. ¿De que haya una célula de humanos inexplicablemente bien informada? ¿De la mentira que nos ha soltado antes Winters? ¿O tal vez que pensabas regresar al Origen sin que lo hubieras hablado conmigo?
Eley frunció el entrecejo al oír la última pregunta, ya que sonaba casi como un reproche.
—Yo no diría regresar, jamás he estado allí —Seraph le miraba con sobriedad aunque podía ser el preludio de una sarta de acusaciones—. Si no te lo dije, fue porque consideré que no era tu responsabilidad. Me has ayudado mucho y he tenido todo tu apoyo en cada uno de los cuerpos que he ocupado desde que nos conocemos, pero creo que ya he vivido demasiado tiempo.
Seraph negó enérgicamente con la cabeza.
—¿Cuántos años terrestres has sumado entre todos ciclos, Eley? —arremetió—. ¿Acaso cien?
—A mí me ha parecido un siglo muy largo —contestó amargamente con una corta risotada.
—¿No hay algún modo de hacerte cambiar de idea? No, por supuesto que no —se contestó ella al momento al recordar con quién estaba hablando—. Con todos los recuerdos que has recolectado de este planeta, con todo lo horrible que has vivido aquí y tú quieres ir allí para…
—Vale, déjalo de una vez —le cortó Eley más despejado, ahora que la medicina contrarrestaba la fiebre que consumía mi mente—. Me siento como un chicle al que hayan masticado, estirado, pegado y vuelto a masticar, una y otra vez.
Para no mirarla a la cara, Eley se centró en la tarea de sanar mi mano herida. Fue extrayendo los diversos frascos y botes del botiquín en silencio. Deshizo el nudo del vendaje y comprobó que la brecha ya había coagulado del todo. No tenía ningún fragmento de cristal del espejo incrustado y procedió a limpiarla. Pero como no suponía un gran esfuerzo mental, ni requería de toda su concentración, mis ojos la escudriñaron de soslayo.
—¿Qué? —profirió Eley al fijarse en la pose de madre-preocupadísima-con-un-disgusto-que-no-se-puede-aguantar que adoptaba Seraph.
—Nada, es tan sólo que me alegro de volver a verte, Eley, después de tanto tiempo —exclamó tras soltar un afligido suspiro—. Aunque el sentimiento no sea mutuo.
—¡No seas así! —masculló cansino aquel que manejaba mi cuerpo con total impunidad—. No es que no me alegre de verte, es que no esperaba volver a ver a nadie más. ¿Ahora podemos dejar de lado mi futuro y centrarnos en otros asuntos?
—Winters —adivinó ella torciendo la boca en una mueca avinagrada—. ¿Crees que él…?
—No lo sé —interrumpió rápidamente Eley—, no veo el conjunto al completo. Pero creo que es más interesante lo que nos ha dicho, que lo que no nos revela. Sé que todo está de alguna manera vinculado. Los conocimientos de este cuerpo, la mentira y Howe. Tal vez sea más peligroso de lo que nos quiere dejar entrever, puede que lo descubriera de algún modo que Winters no se atreve a explicarnos. Quizás Howe torturase a un alma. Sé que tiene un arma perteneciente a los buscadores, puede que del propio Winters… ¿no crees?
—Eso ya suena a una teoría —comentó.
Eley negó con la cabeza, frustrado. Sabía que aquello no era verdad, sólo ideas inconexas, pero le faltaba un pedacito de mi historia que no tenía a su alcance, protegido a toda costa por mí:
Wanda.
—No me sorprendería nada que Winters solicitara el puesto de escolta tuya —anticipó Seraph, olfateando de nuevo su pelo de manera pensativa. Yo, por mi parte, estaba más que agradecido que Eley estuviera dando palos de ciego por entre mis memorias. No había vuelto a intentar zambullirse de lleno en mi mente para rellenar los huecos que le faltaban a su teoría, pero no sabía si era porque me consideraba un rival más difícil de evitar de lo que había supuesto o era simple indiferencia.
Debía de ser esto último.
Me había quedado bien claro que yo no era el primer punto de su orden de prioridades.
«¿Qué quería decir con regresar al Origen?», pensé mientras Eley terminaba de remendar mis cortes con el Sellador. Siempre que Wanda me había hablado de su planeta natal lo había hecho con nostalgia, quizás marcada por la tragedia de los primeros años de su historia. La pérdida que habían sufrido de manera irreparable y el impulso que los llevó a lanzarse hacia las estrellas. Era un mundo que describía repleto de colores cruzando los cielos y de criaturas que mi mente no podía llegar a concebir del todo. Pero las palabras de la acomodadora parecían encerrar otro significado.
Seraph tragó saliva de forma notoria cuando Eley me empezó a despojar de la pequeña camisa del pijama para examinar la lesión del torso, y contemplar los efectos secundarios de la cicatriz provocados por el disparo. Multitud de diminutos puntos rojos salpicaban mi blanquecina piel, rodeados de aureolas arrugadas semejantes a los cráteres de la luna. Se podía apreciar con precisión la dispersión de la metralla cristalizada alrededor del punto de impacto, mi corazón.
Eley ya estaba volteándose para calmarle los nervios con unas cuantas palabras de consuelo, cuando percibió que Seraph esquivaba la mirada. Pero no porque estuviera conmocionada u horrorizada por aquella brutalidad sin parangón.
Tenía las mejillas brillando de un rubor rojo.
—¡Habráse visto! —prorrumpió Eley con mis ojos abiertos de par en par—. Después de tantos anfitriones de todas las razas, edades y sexos… y resulta que te van los paliduchos melenudos con apenas edad para ser tus hijos —él rompió a reír escandalosamente cuando Seraph intentó cubrirse la cara con las manos, al perder la compostura.
—¡Por todas las almas que hay en el Universo! —imprecó exaltada sin poder reponerse de la impresión—. ¡Tápate de una dichosa vez y deja de tomarme el pelo!
Entre risas y sacudidas de mi cabeza, Eley me puso de nuevo la camiseta para no perturbarla si cabe más y terminó de cuidar la cicatriz de mis nudillos con el Alisador. Se levantó del taburete para examinar a la luz de la mañana el resultado de su trabajo, después de limpiar los últimos restos de sangre. Cuando de improviso se hizo la oscuridad, más profunda y espesa que la tinta.
Por una fracción de segundo pensé que Eley había cerrado mis párpados con mucha fuerza, pero entonces escuché el grito de Kyle inmerso en la oscuridad y supe qué estaba sucediendo.
—¡Acaba con esa cosa, Ian! —Eley no había buscado conscientemente ese recuerdo, la visión de mis manos y la palabra 'sangre' había desencadenado una reacción sin que pudiera frenarlo.
—¡No! —gimió la cosa con su voz femenina, alguien más había hecho eco de su protesta, pero mi mente se centraba en apretar con más fuerza.
«No lo mires a la cara, no lo mires a la cara», repetía sin cesar con las manos aferradas alrededor del endeble cuello de la criatura que no debía vivir. Alcé los brazos y levanté su frágil constitución a pulso, pero no pude evitar abrir los ojos a pesar de que sabía que su rostro humano ya no era más que un engaño.
La luz de la linterna me dio de lleno, estaba teñida de la sangre de Kyle y arrojaba destellos de rojo sobre mis manos. No pude evitar ver el brillo plateado de sus ojos, me quedé paralizado y…
Antes de que pudiera recobrarme del sobresalto, Eley me sacó en volandas de ese atroz recuerdo, pero él estaba tan desorientado que en vez de volver a la realidad, nos precipitó a otro momento de mi pasado que no pensé que volvería a revivir.
Mis manos manchadas de sangre y de plata, mezcladas en una macabra alquimia, mientras a mi lado Kyle recuperaba con dificultad la respiración y un cuerpo se retorcía de la agonía, tirado en el asfalto recalentado durante el ardiente día.
—Casi no lo cuento, hermano —me dio Kyle una palmadita en el hombro, aunque su voz tenía varios pitos—. Ese gusano me quería estrujar del cuello, menos mal que te tenía aquí para cubrirme las espaldas. ¡Bien hecho! ¡Choca esos cinco!
Yo no podía escucharle, sólo veía el charco de rojo y mercurio espeso que brotaba del cuello de la buscadora a la que acababa de atacar. ¿Cómo podía seguir agitándose cuando ya no le quedaba ni una chispa de vida? ¿Temblando igual que un insecto al que le hubieran arrancado las extremidades? Estaba sufriendo a cada segundo, no sería mejor que… Me acuclillé y recogí del suelo el pesado machete que había dejado escapar entre mis dedos apenas unos segundos antes.
Eley recuperó el sentido de la realidad y se alejó del recuerdo justo cuando di el primer paso hacia la figura moribunda y alzaba aquella afilada hoja.
—¿Qué has visto, Eley? —preguntó Seraph, mi cuerpo debía de haberse paralizado y ya estaba acostumbrada a reconocer una reminiscencia.
Su repulsión fue lo primero que me abrumó, la inesperada indisposición de mis intestinos no me sorprendió, pero más duro fue el sentimiento que le acompañó a esas arcadas que ascendían por mi garganta y que Eley detuvo a fuerza de voluntad:
Decepción.
—Estas manos ya han arrebatado la vida con anterioridad —escupió las palabras sin emoción, como si fuera un máquina. Intentaba esconder la desilusión que le estaba provocando, y que ponía del revés todas las sensaciones de mi cuerpo.
Un silencio ensordecedor tronó en la celda y el sol me abrasó por debajo su piel, alimentando con su rechazo una hoguera que me consumía. Inexplicablemente, Eley comenzó a esbozar una sonrisa, a pesar de sus ánimos por los suelos.
—No entiendo cómo puede parecerte divertido eso —le replicó asqueada Seraph al ver ese cambio en su rostro—. Yo no podría ni mirarme a la cara si estuviese dentro de un asesino.
Eley le brindó una sonrisa de oreja a oreja por encima de mi hombro, antes de contestar:
—Me ayuda pensar que tengo enjaulado a un monstruo que no volverá a matar, aquí arriba —señaló con la punta del dedo índice mi cabeza y volvió a desviar la mirada hacia la panorámica.
«¡No soy un asesino!», vociferé desde lo más profundo de mi ser, pidiendo clemencia sin saber si sería escuchado o si me merecía ser escuchado. Su respuesta fue desoladora:
«Eso es lo que dicen todos», pensó mientras el radiante sol, que le entornaba los ojos, anunciaba el primer día de mi condena.
Este capítulo se lo dedico a Stephenie Meyer, estupenda autora que no había descubierto anteriormente y que ha logrado que vuelva a cogerle el gusto a escribir e inventar historias después de un parón de tres años, te estaré siempre agradecido :D
El próximo capítulo estará centrado desde el punto de vista de Wanderer y se llamará Reflected.
¡Hasta que nos leamos!
Nota de Traducción
Gastric Stormrain 'Guss': Tormenta de lluvia Gástrica (Mundo Dragón)
LoopingThorns 'Loo': Espinas Enroscadas (Planeta de las Flores)
Midnight Lotus 'Middy': Loto de la Medianoche (Planeta de las Flores)
