Mingo

No muy lejos del Santuario de Atena, un hermosos oasis escondido entre el bosque sirve ocasionalmente de refugio para los pequeños aprendices de santos dorados que lo visitan para disfrutar de las frescas aguas del estanque. El dulce sonido del viento filtrándose a través de las verdes hojas de lo árboles puede escucharse en todo el lugar, creando un ambiente relajado propio para el estudio y la meditación...salvo cuando los niñitos del zodíaco están presentes.

- ¡Milo te dije que lo agarres! -el grito del leoncito hizo que las aves volarán asustadas.

- ¡Argh! ¡No fue mi culpa Aioria! ¡¿No ves que es más rápido que yo? -contestó el futuro santo de Escorpión.

Ambos santitos corrían de un lado a otro intentando capturar a un perro de pelaje negro y abundante totalmente enmarañado, y cuyo aspecto dejaba era realmente deplorable. Sus largas y delgadas patas no lucían lo suficientemente fuertes como para sostener el regordete cuerpo de la criatura; mientras que su cola parecía un palo adherido a su cuerpo. El animal, cómo si adivinara que no le convenía caer en manos de esos chiquillos, ladraba con todas fuerzas evitando las manitas de los traviesos santitos que buscaban desesperadamente atrapar alguna de sus patas para poder inmovilizarlo.

En un de tantos vaivenes el escorpioncito logró agarrar una de las patitas del perro, que en ningún momento dejó de correr arrastrando tras de sí al niño. Milo gritaba pidiendo ayuda a su amigo del león ocasionando que, literalmente, tragara tierra en el proceso aunque no por eso estaba dispuesto a dejar ir al animalito.

- ¡Aioria!… ¡Ayúdame!… ¡Gato!

- ¡No lo sueltes Milo! ¡Agárralo fuerte! -le animaba el cachorro dorado al mismo tiempo que trataba de darles alcance.

Brincando hacia ellos, Aioria consiguió colgarse de la otra pata trasera del perro, quien trastabilló ante el peso de ambos niños para luego caer en el estanque. De las cristalinas aguas surgieron las dos cabecitas de los pequeños con los rostros enlodados y junto a ellos, bien abrazado por Milo, apareció el perro negro.

Tras salir del estanque los niños buscaron una cuerda con la cual sujetaron a su nueva mascota para regresar a las casas del zodiaco, donde seguramente los santos mayores les estaban buscando. En el camino hacia los templos, Aioria y Milo se pasearon orgullosamente con su perro por todo el Santuario ante las risas burlonas de todo aquel que miraba con pena el aspecto del pobre animal.

No tardaron mucho en llegar a las escaleras de Aries donde pudieron confirmar sus sospechas: Aioros los buscaba desesperadamente. Al verlos acercarse sanos y salvos, un suspiró escapó de la boca del joven de Sagitario, para luego fijarse en la criatura que llevaban amarrada con una cuerda.

- ¿Pueden explicarme donde han estado? -preguntó con algo se severidad en su voz.

- Milo y yo fuimos al estanque, y mira lo que no encontramos, hermano. -dijo el leoncito mientras les apuntaba orgulloso al perro feo que le seguía.

- ¿Qué es eso? -se sorprendió el arquero al ver a aquel animal.

- ¡Es Mingo! -respondió orgulloso el escorpioncito.

- ¿Mingo?

- Así es, Aioros. Verás, Aioria quería que se llamara Bingo y yo quería que se llamara Milo, como yo. -comenzó su explicación el futuro santo de Escorpión.- Entonces decidimos, que para que ninguno se moleste, su nombre sería Mingo.

- ¡Es un nombre genial! ¿Verdad, hermano?

Aioros no sabía que pensar, se pasó la mano por el rostro tratando de encontrar las palabras más adecuadas para explicarles a los pequeños que el perro se tendría que ir. Ya tenía suficiente con cuidar de su hermano menor y los demás aprendices como para tener que preocuparse por el animal, eso sin mencionar que la pobre criatura viviría atormentada por los niños.

El santo de la novena casa respiró profundamente para armarse de paciencia.

- Escúchenme bien, Milo y Aioria, a pesar de que este perro...

- Mingo. -aclaró el escorpioncito.

- Si, eso. A pesar de que Mingo es un perrito adorable… -cómo odiaba Aioros mentirles de esa manera a los chiquillos.- No podremos quedárnoslo.

La desilusión se reflejó en las caras de ambos chiquitos.

- Pero… -intentó replicar el leoncito.

- Nada de peros Aioria, tú sabes que no hay espacio para él. Además el nivel de sus entrenamientos aumentará en las próximas semanas, por lo que tampoco podrán dedicarle mucho tiempo a Mingo, y eso no sería justo para nuestro amigo perruno.

Aioria bajó la cabeza reconociendo que su hermano hablaba con la verdad para luego mirar a Milo quien torcía la boca pensando en lo que harían con el pobre Mingo. Si tan solo alguien en el Santuario pudiera quedárselo, pero ¿quién tendría tiempo para atender a su amiguito de cuatro patas?

- Milo, tengo una idea ¡vamos! -le dijo Aioria a su compañero y juntos se dirigieron hacia la casa de Sagitario seguidos por su mascota.

- ¿Aioria? ¿Milo?...¿A donde van con ese animal? -preguntó con preocupación Aioros.

-¡No te preocupes hermano! -le respondió a la distancia el santito de Leo.

Al llegar a Sagitario los dos niños bañaron y peinaron a Mingo hasta dejarlo lo más bonito posible.

- Ya verás como no va a poder resistirse y lo adoptará. -afirmó Aioria muy convencido de su plan.

- Quedaste guapísimo Mingo. -decía Milo mientras abrazaba con todas sus fuerzas a su mascota.

- Y todavía no esta listo.

El joven león corrió hasta la habitación de su hermano donde registró todos los cajones del armario hasta encontrar lo que buscaba. Una vez que tenía en sus manos el objeto regresó al cuarto de baño donde le esperaban Milo y Mingo. Con cuidado procedió a hacer un lazo en el cuello del animal usando la banda que para la cabeza de Aioros.

- ¡Ahora sí estas listo! -exclamó orgulloso Aioria.

En el Templo de Atena, el Patriarca Shion se encontraba sentado en su trono leyendo un antiguo libro acerca de la historia de los santos de Atena cuando unos leves golpes se escucharon en la puerta.

- Adelante. -ordenó el santo padre.

Sin respuesta alguna, el mayor de todos los santos se puso de pie para aproximarse a la puerta que aún seguía cerrada, con cuidado la abrió lo suficiente para asomarse a ver quien era la persona que golpeaba. Cual no sería su sorpresa al encontrarse a un perro negro con un moño rojo atado a su garganta. Los enormes ojos del canino le miraron cariñosamente, de su hocico abierto colgaba una rosada lengua que contrastaba con lo negro de su pelaje. Mingo ladró como si saludara a la máxima autoridad del Santuario. El sacerdote se aproximó con cautela al animal para examinarlo, después de un momento se dio cuenta que en el moño había una nota.

Tomó la nota y procedió leerla. Con una letra bastante mala que indicaba, sin lugar a dudas que fue escrita por un niño pequeño, el papel decía:

"Mi nombre es Mingo. Adóptame"

Detrás de la máscara una cálida sonrisa se dibujó en sus labios, tal vez no era tan mala idea tener una mascota.

-FIN-

NdA: Gracias a Agus y Moony y a andymabel por sus reviews de las historias anteriores. Me alegra que disfruten las aventuras y travesuras de los doraditos.

Espero que les sigan gustando y nos veremos pronto con más anécdotas de estos terribles chiquitos.

Sunrise Spirit