NOTAS DE AUTOR:
No sé qué decir… mejor solo me callo y los dejo leer.
Lamento haber tardado pero era porque estaba escribiendo dos historias más.
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Capítulo 8: Revelaciones y… sufrimiento.
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|—| POV Ryūketsu |—|
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Me había atormentado con pensamientos y recuerdos muy parecidos a los que había tenido antes. Mi okasan ya había empezado a preocuparse al ver que no me soltaba del abrazo que yo le dí. Él, después de arrodillarse conmigo; colocó mi cabeza en su regazo y acarició mi cabello. Había escondido mi rostro en su estómago, por lo que mis sollozos eran medio acallados por su ropa.
No sabía cuánto tiempo estuvimos así. Las caricias en mi cabello me reconfortaban, y desde no hacía mucho mi otosan había empezado a pasar su mano por mi espalda haciendo lo mismo.
Cuando estuve seguro de que mis padres estaban durmiendo profundamente, me separé de ellos. Okasan entre las piernas de mi Otousan, y él rodeándole la cintura con las piernas y el pecho con los brazos, se me hacía una escena tan hermosa, ojalá pudiera apreciarla para siempre. Pero… no todo era para siempre, y me tenía que resignar a verlos por este poco tiempo.
Besé la frente de mi madre, y me levanté. Aspiré el aroma del bosque e intenté encontrar su olor. Faltaron tres caladas para lograrlo.
¡Estaba cerca! ¡Qué alegría!
De un salto me monté a un árbol y salte de uno en uno hasta sentir su aroma más fuerte cada vez. Mi corazón rebotaba contra mi pecho. ¿Cómo estaría? ¿Más guapo? No. Imposible, aunque no le gana a mi otosan. Reí un poco. Dejé de saltar a cinco árboles de donde se hallaba, o por lo menos de donde capté su olor.
¿Una cueva cerca del río?
Parpadee varias veces. Minuciosamente me acerqué a la entrada. Crucé mis brazos cerca de mi pecho y me preparé para dar el primer paso y acercarme a él. Quería disculparme, necesito que me perdone, ya no quiero que esté enojado conmigo, porque lo está, lo sé.
— Mi linda Kagōme, ¿Qué pasa?
— Hay, joven Kōuga.
¿Mi linda Kagōme? ¿Eh? ¿J-Joven K-Kōuga?
Paré de caminar inmediatamente y me escondí detrás de una roca para escucharles, ¿Quién estaba con MI Kōuga? ¿Y porque él le habló así? Enarqué el ceño en una mueca.
Él la estaba consolando, ella lloraba, se notaba, el olor de sus lágrimas llegaban a mis fosas nasales, y sus sollozos eran débiles pero se podían oír con claridad. Llevé las manos a mi boca para no gritar, soy muy impulsivo, lo acepto, y de mi garganta quiso salir un rugido de celos.
— I-Inuyasha.
¿Okasan?
— ¿Qué te ha hecho ese perro pulgoso, hermosa Kagōme? ¿Te ha lastimado?
¿Hermosa? Esperen… ha dicho ¿hermosa? ¿Por qué le dijo así?
N-No, no es lo que creo que pienso que es, ¿verdad?
Asomé mi cabeza por la roca, agradezco el que esté oscuro y que justo en este momento; una lluvia haya empezado a caer, por lo que, a mi amado se le será difícil percibirme. Por suerte, estaba demasiado lejos de mis padres y de seguro; a ellos les llegaba una llovizna.
Mis pupilas se dilataron, y pude percibir y ver mejor en la oscuridad. Divisé como Kōuga le dirigía una mirada compasiva a la chica que se encontraba en su pecho abrazándole mientras lloraba. Él la abrazaba devuelta, apoyando su mentón en la cabeza de la chica, y frotaba, con su mano, la espalda de ella.
— N-No, I-Inuyasha no me ha h-hecho nada —; sollozó ella.
— ¿Entonces? ¿Por qué lloras, mi amada Kagōme?
Abrí los ojos sorprendido cuando él dijo eso. Me levanté de un salto y retrocedí intentando, sin éxito, no hacer ruido. Solo Kōuga me escuchó y al verme se sorprendió al igual que yo. Miré a quien tenía en brazos para volver a mirarle a él.
¿Por qué?
Fue la pregunta silenciosa que mis labios pudieron pronunciar. Me encontraba decepcionado, esas palabras solo son MÍAS. Solo a mí me las había dicho. Bajé mi mirada y llevé mis manos a mis labios.
— ¿Pasa algo, joven Kōuga?
Ella se levantó, sacudió sus ropas, se limpió los ojos y me miró.
— Lamento si — carraspee — si he interrumpido algo. Yo — miré hacia atrás, seguía cayendo la lluvia. Odio el agua, no soy gato pero la odio. Y no puedo estar aquí… — mejor me voy — salí corriendo de ese lugar, justo en el momento en que mis lágrimas habían empezado a salir.
Había llegado a… no sé dónde. Estaba algo lejos, el olor de mis padres apenas si lo percibía gracias a la lluvia que había caído, y el olor de Kōuga se había entremezclado con no sé qué. Estaba sentado en una roca, con mis brazos rodeando mis piernas y mi mentón apoyado en mis rodillas.
Mirando a la nada. Al césped que se encontraba al frente de mí, no. A las flores que se movían con la brisa veraniega, tampoco. O… al lindo demonio que se venía acercando por delante, me… ¿eh? ¿Demonio?
Me levanté de un salto y le miré asustado.
— ¿K-Kōuga?
— Ryūketsu.
— ¿Q-Qué h-haces a-aquí?
— El que nos hayamos encontrado en la cueva no fue una coincidencia — acató, acercándose a mí. Yo retrocedía por inercia pero un maldito árbol me lo siguió impidiendo después. Cerré mis ojos cuando un brazo pasó al lado de mi cara, dando un fuerte golpe en el tronco al lado de mi cabeza — ¿verdad? No fue ninguna coincidencia. Tú ya sabías que yo estaba allí. Me habías olido.
— K-Kōuga… — no podía decir nada, lo único que podía decir era su nombre. Ahora que lo veo más cerca… se ha puesto más guapo… si es que eso es posible. Su cabello no brillaba tan lindo la última vez que lo vi, ¿Cuándo sus colmillos se habían puesto más blancos? ¿Cuándo se había vuelto más musculoso? ¡Joder! ¡Está más hermoso!
— Pensé que ya no querrías volver a verme — susurró en mi oído. Jadee sorprendido, ¿Cuándo se había acercado tanto? — Pensé que ya no me amabas — ladee mi cabeza buscando su mirada. Cuando la encontré ¡Diablos! Me quedé hipnotizado en sus hermosos ojos.
Empecé a hiperventilar. Respirando pesadamente, sintiendo como mi pecho subía y bajaba rápidamente. Nuestros rostros estaban demasiado cerca. Quiero besarle, esos labios rojos siento que me llaman pero… ¡No! ¡Contrólate!... pero, no puedo… yo necesito…
— Lamento haberte dicho… — su garra en mis labios me cayó. Besé su dedo y como un parpadeo abrí y cerré los ojos — Kōuga, yo...
— Shhh — ese sonido que siempre venía acompañado de un sonido parecido a un silbido, vino "acompañado" de algo más, un delicioso pero corto beso en mis labios, quise más que eso y busqué de nuevo su boca —. Ryūke, mi amor, no te exaltes… comprendo que te hayas molestado conmigo, pero… sabes que soy muy celoso y verte con…
— Solo porque hablaba con Ginta no era para que te enfadaras — le interrumpí en un puchero inconsciente — además… yo también soy así, Kōuga. Sé que no debí haber dicho eso… me había pasado.
Kōuga se volvió a acercar a mi oído donde lamió un poco. Mi espalda se arqueó pegando mi pecho contra el suyo. Le abracé acercándolo más a mí, y pegué nuestras frentes. Froté mi rostro contra el suyo, rozando nuestras narices y nuestros labios. Empecé a bajarlos, dando pequeños y cortos besos hasta llegar a su cuello.
Olfatee, quería sentir su agradable olor. Siempre me había gustado su aroma. Era un tipo de mezcla de peras con rosas… pero ahora había un problema… tenía un olor impregnado, otro que no era el suyo… ni siquiera el mío.
Me separé de él empujándole, ¿Por qué tenía que haberla abrazado?
— ¡¿Cuántas veces has estado con esa humana?! — exploté de rabia y celos de repente. Soy muy celoso, lo sé, y ya lo había dicho, pero aparte de eso, soy muy posesivo. Ese maldito olor está impregnado en él, el aroma de esa chica, en su cuerpo… hablando de eso, me pica la nariz… ¿Qué se echa esa humana?
— ¿D-De qué h-hablas? — sabía, por el temblor de su voz, que se había sorprendido y asustado ante mi repentina reacción — ¿A qué te refieres con estar con ella?
— ¡Hablo de que todo tu cuerpo huele a ella! ¡Le estuviste coqueteando! ¡¿Verdad?! ¡Le estuviste abrazando! ¡Le intentaste… besar! — me duele que haya echo eso pero no puedo odiarlo —. Kōuga — gemí lastimero.
¿Se hacía el tonto o es que lo era?
— ¿Ella? ¿Te refieres a Kagōme?
— Me cago en Kagōme — respondí. Apreté mis puños, ¿Cómo se atrevía a coquetearle a alguien cuando salía conmigo? Sé que estábamos peleados pero no era razón para que estuviera coqueteando con otro demonio o… humano. Acaso, ¿ya no me amaba? ¿Ya no sentía nada por mí?
Bajé mi mirada apartándola de la suya y crucé mis dedos.
— Mejor me voy, adiós, Kōuga.
— Pe, pero… Ryūketsu.
— En serio, yo ya me voy — me di media vuelta e intenté saltar al maldito árbol que me había impedido escapar antes, pero al intentarlo… unos fuertes brazos me rodearon atrapando los míos propios. No quería pelear más, ni siquiera forcejee por soltarme…. Ladee mi cabeza para no verle.
— Ryūketsu.
Siempre me había encantado cuando mi nombre salía de sus labios. Aunque en estos momentos no podía sentir esas mariposas en mi estómago que siempre revoloteaban cuando me mostraba afecto o cuando me besaba.
Pasé saliva.
Sentí su mentón apoyado en el hombro contrario de donde se encontraba mi estola o fluffy, me removí un poco incómodo, su cuerpo estaba pegado al mío y mi cosa peluda estaba apresada entre nuestros cuerpos. Ladee mi cabeza sin que me quedara más remedio que esconder mi rostro entre fluff-fluff.
— Ryūketsu, ¿estás enojado conmigo?
— ¡No! — Canturree —: Me encanta que mi novio se ande ofreciendo a cualquier humano o demonio, impregnando el olor en su cuerpo sabiendo que está saliendo con alguien… es algo estupendo, ¿sabías? Saber que anda como un solterón cuando en realidad no es cierto — no sé si él era tan idiota para no entender que era sarcasmo todo lo que acabo de decir.
— Pensé que ya no me amabas. Amor, necesito hablar contigo.
Sin soltarme; Kōuga caminó hacia atrás, obligándome a mí a hacerlo con él. Cuando nuestros pies desnudos —aunque él tuviera piel que le cubrieran los suyos— tocaron una gran piedra, Kōuga giró mi cuerpo, quedando de cara a él.
Mis mejillas estaban sonrojadas, mis hombros los sentía algo tensos, debido a que sus garras las tenía en ese lugar. Podía sentir mis ojos llorosos…
— K-Kōuga, en serio, me quiero ir. No quiero estar contigo.
— Déjame hablar, ¿sí? — dude un momento pero asentí — gracias. Quiero que vengas conmigo. A un lugar en el que podamos hablar mejor.
— Espera, Kō… — sentía una presencia cerca de donde nos encontrábamos.
Me separé de él y olfatee el aire, ¡Hay, no! ¿Qué hacen aquí? ¿No que estaban dormidos? Mierda, esto no puede estar pasando… es muy inoportuno.
— Tienes que irte, Kōuga.
— ¿Qué? No, Ryūke, necesitamos…
— Arreglar esto, lo sé. Y… — se acercaban algo lento pero sabía que en pocos momentos nos verían — Kōuga, en primera, me disculpo por haberte gritado y… por haberte dicho cosas horribles, pero ahora no podemos hablar, entiende. Y la segunda… para que no pienses que no quiero estar contigo — suspiré, hablaba atropellado, las palabras salían por si solas, y esperaba que mi amado entendiera.
— Ryūke…
— Por favor, déjame hablar — no, no, no, esto era malo. A este paso ya no puedo explicarle. Están demasiado cerca, sus olores los puedo distinguir fácilmente. Retrocedí mis pasos hasta quedar algo alejado de él, miré hacia atrás.
— ¿Ryūketsu? ¿Q-Qué te pasa?
No, ¡Mierda!
Salí corriendo de allí, y al ver que intentaba perseguirme, negué y golpee mi frente con mi mano.
— Por favor, no me sigas, Kōuga. No quiero que me sigas, por favor… yo…
Él entendió, creo. Pude oír como susurró mi nombre con un tono de decepción y dolor. ¡No! lo está malinterpretando, pero no puedo decirle, no puedo explicar ahora. Seguí corriendo hasta alejarme de él. Sus presencias cambiaron de rumbo y una de ellas se empezó a acercar rápidamente a mí.
La presencia de mi Kōuga desapareció de mi rastro. Paré de correr, algo jadeante. Tallé mis ojos intentando quitar los rastros de lágrimas que tenía en los ojos. Volvió a malinterpretar mis palabras, eso no es bueno… ¡Maldita sea! Quería gritar pero no podía o llamaría la atención de muchos.
— ¡¿Ryūketsu?! ¿Qué haces aquí?
— ¿O-Okasan? Y-Yo, ehm, b-bueno…
Por favor, denme ideas. No quiero mentirle, pero tampoco puedo decirle que salgo con un demonio que pertenece al Clan de los Lobos. Siendo nosotros la de los perros, últimos, creo.
— ¿Ryūketsu?
— ¡Otosan! Por favor, ayúdame — pedí, escondiéndome detrás de su cuerpo. Sabe a qué me refería, él ya lo sabe… pero, a mi okasan no puedo decirle. Él no lo aceptará, lo sé.
A pesar de estar en el mundo de los muertos puedo ver a mi okasan y a mi otosan, así como puedo comunicarme también con ellos. Por lo que deben saber que he visto que estos dos no están juntos, he visto las peleas casi a muerte que han tenido, y me duele… pero ellos pueden volver a enamorarse ahora. Eso quiero, y espero.
Inconscientemente, llevé mi vista al brazo que antes había sido cortado de mi padre. Suspiré.
— ¿Ayudarte?
— Sí, ya sabes… con aquello.
— Ah, aquello. Inuyasha… Ryūketsu, en estos últimos años que no has estado con nosotros ha estado saliendo con un demonio del clan de los lobos.
¿No podía soltarlo más despacio o por lo menos más suave? Me di una palmada mental en la frente. ¡Que poco tacto! ¡Mierda! ¡Joder!
Aunque no debo de sorprenderme, ¿Qué esperaba de mi otosan?
— ¡¿Qué?! ¡¿Lobos?!
Tenía miedo a la mueca que había compuesto su rostro. Tenía miedo de saber cómo iba a reaccionar… Kōuga y mi okasan se odiaban, siempre peleaban y lo sabía. No creo que lo vaya a aceptar.
— Solo porque odies a los lobos por la culpa de esa miko; no quiere decir que tengas que odiar a K… — tapé mis labios fuertemente. Parpadee varias veces cuando otosan se quitó del frente de mí. El aura que empezaba a emanar de mi okasan me empezaba a asustar, y ya lo estaba, a que sí.
— ¿Quieres decir que…? — debí de quedarme callado, no debí haber dicho eso. La idea era solo decir que salía con alguien y a que clan pertenecía, pero no era con quien yo estaba, y a quien le pertenecía… mi corazón… no, no, no y no — ¡No! ¡No lo acepto!
— Pe, pero… — intenté volver a esconderme detrás de mi padre, pero él se colocó al lado de mi okasan. No me atreví a dar un paso, solo retroceder —. O-Okasan.
— ¡Nada de eso! ¡No lo acepto! — volvió a gritarme — maldito Kōuga. ¿Por qué siempre tiene que arruinarme el día? Cuando puedo ser feliz y… tiene que… ¡Arghhhh!
— Inuyasha.
— ¿No me digas que tú estás de acuerdo con eso? — preguntó en un reproche a mi otosan cruzándose de brazos, mirándole con el ceño fruncido. Sus ojos tenían un brillo de decepción que iba creciendo poco a poco.
— No.
— ¿Ves?
— Y-Yo, yo… ¡Yo lo amo! ¡No puedes…!
Intenté replicar. Si en verdad me aman; tienen que dejarme amar a mí también. Ellos me miraron fijamente con superioridad.
— ¡Ryūketsu! — gritaron ambos al unísono. Caí sentado de trasero al suelo debido a la impresión. Les miré a los dos asustado, era la primera vez que me gritaban de esa forma.
— ¿U-Ustedes, no m-me aman? — ellos se miraron a los ojos. Suspiré para darme valor, no quería tartamudear ante mis palabras — si en verdad lo hacen, si esos "te amo" que me dicen son ciertos, tienen que dejarme amar. Yo… yo amo a Kōuga. O qué, ¿solo por la miko me vas a impedir verle, okasan?
— ¿K-Kagōme?
Asentí.
¿Nadie se ha dado cuenta que al pronunciar repetidas veces el nombre "Kagōme" es como decir "me cago"? ¡Inténtenlo! Háganlo sin equivocarse. A ver si me dan la razón o no.
— ¿Lo amas, Ryūketsu? — volví a asentir — pero él siempre coquetea con ella. Las palabras que le dirige me son repugnantes. A veces me quiero arrancar las orejas.
Contuve una sonrisa cuando mi otosan abrazó a mi madre de la cintura y lo acercó a su cuerpo para posar su nariz en una de sus orejas. Él las movió algo sorprendido.
— No te quejes — interrumpió mi otosan, cruzándose de brazos y volteando la vista — ¿Cuántas veces no la has besado?
Tapé mis labios para no demostrar mi risa. Otosan me volvió a mirar con el ceño fruncido, y con una mueca que me preguntaba un mudo "¿Qué?"
— Ce-los — dije, recortando la palabra.
Él gruñó.
— ¿Celos?
— Otosan tiene celos, okasan — afirmé. ¡Bingo! Un giro completo, onegai, que se olviden del tema con Kōuga —. No sé porque quieren ocultarme el que ya no estáis juntos. Porque tú — dije señalando a mi madre — hueles a esa miko. Y otosan — le señalé a él con la mirada — huele a una… ¿cría? ¿Cómo se llaman los humanos de pequeños?
Solo conocía el término "cachorro" para los pequeños demonios. Con los humanos apenas si los conocía, aparte de los libros de sirenas que mi okasan me contaba antes de ir a dormir. Que recuerdos.
— Niños, inútiles, mocosos, enclenques, niñatos, demonios da satanás… mejor ni sigo — dijo mi okasan.
— Inuyasha — el tono de voz que usó mi otosan, ante los adjetivos que nombró, sonaban a advertencia y a reproche.
— Menos a ella. Ryūke, no cambies de tema, sigo diciendo que no acepto a Kōuga.
¡Maldición!
Y para peores… okasan es más terco que una mula.
Solo bufé y giré sobre mis talones, cruzándome de brazos.
— ¿Por qué no? — atiné a preguntar.
— En primera; Ryūketsu, Kōuga es un lobo engreído pulgoso que coquetea con Kagōme a cada rato, o cada momento que se le presente. Y en segundo… hum… — giré mi rostro viendo como él mordía sus labios, como si las palabras que iría a pronunciar no fueran buenas… me preocupé — él está… Ehm… comprometido.
¿Q-Qué?
— ¿E-Es b-broma, n-no?
— No, no lo es.
Debía ser una maldita broma. Esto no podía ser verdad. Él no podía estar comprometido. Era mentira. Sé que debió de estar enojado conmigo por mis crueles palabras —muy bien, ya lo he dicho muchas veces—, pero no era para que llegara a tal punto —péguenme, me siento lora repitiendo lo mismo—.
— N-No… — gemí tapándome los labios con el dorso de las manos —. N-No te creo. No puede… n-no p-puede ser… c-cierto, ¿verdad?
Caí de rodillas, bajé mi mirada notando como las lágrimas caían al suelo. Cerré mis manos en un puño colocándolas en mi regazo y apreté mis ropas negras. ¡Eso no puede… no puede ser cierto! ¡Tiene que ser mentira! ¡Por favor! ¡Díganme ustedes!
Yo solo puedo ver las vidas de mi familia… lamentablemente; la vida de Kōuga no.
— ¿Ryūketsu?
— L-Lo lamento — limpié mi rostro y me levanté. Me abracé a mí mismo avergonzado y hundí mis labios en mi boca, ya se me es una costumbre hacerlo. Necesito un abrazo, un calor que me reconforte, un hombro para llorar.
Como si okasan leyera mis pensamientos; él me abrazó. Me giré y correspondí escondiendo mi rostro en la curvatura de su cuello. Apreté la tela de su hakama con mis garras sin llegar a romperlas, mi cuerpo temblaba.
Mi corazón se había quebrado finalmente.
Mis lágrimas salían.
Mi alma se había perdido.
Mi esperanza…
La había olvidado.
¿En dónde?
Pregúntenme a mí.
Me sentía traicionado…
— ¡Ah! — gemí, Okasan besó mi cabeza sin dejar de acariciarme.
Mi cuerpo cayó de rodillas sin que él me soltara. Cerré mis ojos y mis orejas se movieron. Okasan me susurraba palabras bonitas para que dejara de llorar. Pero mientras más lo hacía… más sollozaba. Sabía que estaba incómodo con nuestra posición, le hice arregostarse en el pasto y yo dejé caer mi cuerpo a su lado… sin quitar mi rostro de donde estaba.
Con él me sentía protegido.
Nada me pasaría mientras yo estuviera con ellos.
Así... no… yo… Kōuga… ¿Por qué?
— Kōuga.
Esos sollozos salían de mis labios. Mis pensamientos solo abarcaban en él.
Mis lamentos…
Mi sufrimiento…
Mis sollozos…
Solo eran por él.
No sabía cuánto había pasado… pero lo que si sabía; era que me había dormido. Mi cuerpo fue removido y algo peludo me rodeó. No fue mi estola; sentía como la punta de ella se arrastraba en el suelo a pesar de que unos brazos la sostenían. Mi cuerpo iba cargado cual… princesa —en este caso; príncipe— por, ¿Quién? ¿Okasan u otosan?
Eso no me importa ya, y finalmente me relajé. Apoyando mi cabeza en el pecho de ese demonio… me dormí finalmente. Con la esperanza de que al despertar… ese compromiso haya sido una vil mentira.
Por favor, Kōuga, mi amado… demonio lobo, Kōuga.
Dime que no es…
— Verdad.
