Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.

Gracias por la espera.

A leer.

Capítulo 9: Premoniciones I.

Bella's POV.

Al colgar la llamada, el niño, que recibe el nombre de Edward, viene a tomarme por el borde de la blusa que estoy usando. Miro hacia abajo y le sonrío.

–Hola Ed –saludo.

El niño me sonríe también, luego me hace un gesto que da a entender que quiere decirme un secreto.

–Mi mami no me quiere –susurra entonces en mi oído.

–¿Qué?

–Sí, ella no me quiere porque siempre que me ve, llora. ¿Verdad mamá E?

Esme sonríe lánguidamente y niega.

–No, cariño. Mami te adora. Todos te adoramos –luego me mira a mí–. Perdónalo, Isabella. Le dice eso a todo el mundo, pero las cosas no son así.

–Entiendo –digo, sin hacerlo en realidad.

–Pero cuando mami me ve llora, mamá E. Ella llora mucho.

Carlisle toma al niño y lo sienta en sus piernas.

–Escucha Edward, deja de decir cosas tan feas frente a nuestra invitada ¿ok?

–Ok –susurra Edward.

Esme se nota inquieta, presiento por su necesidad de explicarme. Al final, no puede contenerse y habla:

–Hace años a mi hijo lo mataron –aprieta los labios–. Y mi nieto es tremendamente parecido a él, por eso su madre, mi hija Alice, le puso el mismo nombre de su difunto hermano. Ellos eran muy unidos y Alice quedó devastada cuando pasó lo que pasó. Cada que ella ve a su hijo, recuerda a su hermano y... es demasiado para ella.

No sé si sentirme alegre por haber encontrado a los padres de Edward o si sentirme triste por el dolor que ha llevado su familia durante años.

–Ya –es lo único que puedo decir–. Perder a la familia siempre es muy duro, pero los niños siempre son un regalo. Ellos traen la felicidad que alguien o algo más se llevó.

–Así es, así es –acepta Carlisle–. Ahora no hablemos más de ello. ¿Alguien quiere soda?

OoO

Al estar de regreso en casa, me veo tentada en ir a la escuela para decirle a Edward lo que he descubierto, pero mi orgullo me lo impide. Ir conllevaría, en primera instancia, dar explicaciones sobre por qué fui a la casa de Bryan cuando él me lo "prohibió". ¿Por qué yo habría de disculparme con él? No es mi padre ni nada por el estilo.

Afortunadamente, en ningún momento del día tengo que volver a oír a mi celular sonando. Parece que Edward aprendió la lección.

Charlie está en la sala, comiendo la barbacoa que amablemente Tanya, la madre de Bryan, empacó para mí.

Saco de la mochila una libreta y un bolígrafo y apunto lo que he averiguado hoy.

Esme y Carlisle, padres de Edward.

Alice, hermana de Edward.

Edward (bebé): Hijo de Alice y (¿?)

Tanya y Daniel, amigos de la familia Cullen.

Me siento como detective al descubrirme a mí misma tratando de encontrar el lazo que une a la familia de Bryan con los Cullen.

Quizás solo son vecinos. Los vecinos se hacen amigos ¿no? Es mi conclusión, aunque dentro de mí sé que debo saber en dónde viven los Cullen. Quizás ahí encuentre respuestas.

¡Respuéstas! ¡Papá! Había olvidado que Charlie ya estaba en la estación cuando ocurrió el asesinato de Edward.

Bajo corriendo las escaleras y me siento al lado de Charlie, que desvía su mirada de la pantalla plana y observa con susto.

–¿Qué pasa? ¿Tu cuarto se incendia?

–No, yo... tengo unas preguntas, para ti.

–¿Tienen que ver con tu madre? Porque si es así...

–No, es sobre tu trabajo. Verás... en clase de Historia nos dejaron investigar sobre un accidente que ocurrió hace años en la escuela –miento.

–Vale. Dispara –responde atento.

–¿Tu estuviste presente en el descubrimiento del cuerpo de Edward Cullen?

Charlie palidece y me atrevería a jurar que su temperatura corporal desciende un grado. Se incorpora del sofá y va hasta la cocina para tomar otra cerveza de la nevera.

–¿Por qué os dejarían investigar eso? Suena ilógico.

–Es historia de la escuela, papá.

–¿Tienes esa materia?

–Charlie... Es importante, por favor.

–Sé casi nada al respecto, Isabella. Sé que era un alumno, un jugador de fútbol y que se suicidó. Es todo.

–¡Mientes! –exclamo–, No puedes saber tan poco. ¿Nunca leíste el informe?

–¿Por qué no investigas en internet? Si no quieres creer que eso es todo lo que sé, no puedo hacer nada.

Exhalo.

–¿Hay alguien en la estación que sepa más?

–No, todos se fueron.

–¿Cómo que todos se fueron?

–Se mudaron, Isabella. La gente suele hacerlo.

Decepcionada por lo poco que he conseguido, me levanto del sofá con enojo y regreso a mi habitación.

Sé que papá está mintiendo. No hace falta ser un experto en lenguaje corporal para darse cuenta. ¿Por qué no quiere decirme? ¿Habrá hecho una especie de voto de silencio?

Con el portátil en el regazo, tecleo en la búsqueda "Edward Cullen, preparatoria Forks".

Los mismos resultados, los cuales ya he memorizado, saltan a la vista. Sin embargo, ahora voy más allá y doy click en la opción de Mostrar imágenes.

Al principio, no hay mucho, solo fotos de Edward durante los partidos, hasta que una imagen pequeña, de no más de 200 pixeles, aparece entre la galería. No se puede agrandar la imagen ni mucho menos ingresar a la página de donde se ha tomado, pero lo que puedo apreciar a primer vistazo es sencillamente horrible.

El cuerpo de Edward completamente deshecho, su vestimenta cubierta en sangre e intestinos que sobresalen de su abdomen a través de agujeros amorfos y oscuros. El impacto en su pecho, justo como él me contó, es lo más pacífico de la escena, pues incluso su rostro, que yo siempre califico de perfecto, está torcido en dolor y tristeza. Pobre Edward, lo que te tocó ver antes de morir.

Apago el portátil antes de cubrirme la cara y llorar como hacía mucho no lo hacía; audiblemente. Me doy cuenta de que la almohada no ha sido suficiente para acallar mi llanto cuando Charlie entra como un tornado a mi pieza.

–¿Qué pasó? –pregunta, totalmente asustado.

Abro de nuevo la laptop y le muestro la imagen. Él recoge los labios y mira hacia abajo.

–¿Qué sucedió realmente, papá? Esto no fue un suicidio. ¡Necesito saberlo! –me sorbo los mocos y trago la hiel amarga de mi boca.

Charlie cierra la puerta, como si temiera que alguien lo escuchara, y se rasca la sien.

–¿Por qué quieres saber esto? Es claro que no es una simple tarea para ti.

Charlie sabe de mi "don" para ver a la gente muerta, pero nunca se lo ha tomado en serio lo suficiente.

–Si me respondes tú primero, te explicaré mi afán por saber la verdad.

–Ya te dije que no sé mucho.

–Dime lo poco que sepas, pero que se la verdad.

–Prácticamente yo no estuve en el caso. Era nuevo en la estación y me dejaron a cargo de los teléfonos cuando todos se fueron a la escena del crimen. Nunca vi el cuerpo, mucho menos leí el reporte, sin embargo fui yo quien recibió la llamada de Marcus Vulturi, el padre del asesino.

OoO

–¿Es que no vas a volver a hablarme? Ya vale, te dije que lo sentía incontables veces hoy. ¿Qué más puedo hacer?

Edward no ha dejado su soliloquio desde que llegué a la escuela. Él solo ha estado hincado a mi lado diciendo cosas que no me permiten concentrarme. No es que no quiera estar con él, ¡me pica la lengua por hablar! Pero eso ahora no es una opción.

Luego de recibir un punto menos en clase de Cálculo (gracias a mi incapacidad por concentrarme en dos cosas al mismo tiempo), recurro a la manera más segura que tenemos Edward y yo de comunicarnos; escribir.

Hablamos por la noche.

Garabateo en la libreta y esto solo lo alborota más.

–¿Por qué por la noche? ¿Es que no puedes dedicarme tiempo ahora? Me está molestando demasiado tu cercanía con Bryan ¿qué pasó en esa barbacoa, Isabella?

Continúo ignorándolo incluso cuando él llega al extremo de gritar –literalmente– en mi oído.

–Oye, te notas un tanto alterada. ¿Qué sucede? –Bryan me pone su mano sobre la mía– ¿A caso tu padre te regañó ayer?

–No, ¿por qué lo haría?

–¿Por qué a él no lo ignoras? ¿Es porque él no está malditamente muerto? –reclama Edward.

Escondo mi rostro en mis brazos doblados.

–Me está doliendo la cabeza –respondo hacia Bryan– Hay un ruido muy molesto aquí. Me estoy volviendo loca.

Bryan se ríe al intentar apreciar el mismo "ruido" que yo escucho y, obvio, no descubrir nada.

–En serio si estás loca. No oigo nada.

–Creo que mi audición es muy fina. A veces quisiera ser sorda. ¿Por qué no vamos al jardín trasero de la escuela en el almuerzo?

–Hum, sí, sí. Si tú quieres –acepta.

–¿Vas a llevarlo ahí? Ese es nuestro lugar, Bella. Solo nuestro.

Pongo los ojos en blanco. ¡Detengan el mundo!

.

.

.

Bryan rechaza el cigarro que le tiendo.

–Vaya, luces mucho más rebelde de lo que en realidad eres –murmuro encendiendo el cigarrillo y dándole la primer calada.

–Hoy no estoy de humor para la nicotina, es todo.

–Tranquilo. No es como si te estuviera obligando. ¡Diablos! –río–. Me haces sentir como si te estuviera echando a perder. Tu mamá ya no me querrá.

–¿Así que ya conociste a toda su familia y a parte se encariñaron contigo? ¿No te das cuenta? Bryan está conquistándote –una vez más, Edward se cuela en la conversación.

–Y dime –resoplo– ¿Has tenido novia?

Bryan se tira de los rulos de su cabello.

–Un par de veces, pero, como es típico, a mamá no le gusta ninguna. Creo que tú le agradaste porque sabe que eres mi amiga, si fueras algo más, probablemente también te habría odiado.

–No te sientas mal. Eso es bueno. A tu mamá le importa con quién salgas.

–Sí, pero ella es demasiado cerrada. Le encantaría que le presentara a una chica de iglesia. Eso la haría feliz.

–Ugh, no. No hagas eso. Las niñitas de iglesia son las peores. Una vez conocí a una chica "muy religiosa" que estaba teniendo una aventura con su padre a escondidas de su mamá. Tenía esa cosa... síndrome de Electra –no le digo que la conocí cuando ella ya estaba muerta. Se suicidó cuando su madre supo todo.

–Vaya, ¿de verdad? Eso es asqueroso. Le contaré a mi mamá eso; quizás desista de presentarme a Jane.

–¿Quién es ella? –interrogo. No es que en realidad me interese, pero quiero mantener a Edward alejado de mí por ahora.

–Es una chica que mi madre ve cada domingo en misa. Es guapa, lo reconozco, pero hay algo en ella que da miedo.

–Tal vez deba conocerla –propongo.

–¿Por qué querrías hacer eso?

–Tengo cierto poder, Bryan. Sé cuando la gente es "buena" o "mala".

Se carcajea limpiamente.

–Sí cómo no.

OoO

Al llegar a casa, estoy agotada. Tener a una persona hablándote todo el día al oído sin poder darle un puñetazo es en verdad la muerte.

Dejo caer los libros al suelo y me extiendo sobre la cama, cubriéndome descuidadamente con las cobijas. Escucho que alguien llama por teléfono, pero no consigo las ganas suficientes para levantarme y contestar.

Mis pies queman, y no me doy cuenta del motivo hasta que veo que estoy descalza. Es uno de esos días en que el Sol cubre por completo la ciudad y sus colinas.

Tengo una vaso de coca-cola en la mano y no sé que hacer con él; no tengo deseos de tomarlo por el mal olor que despide.

Me adentro en la sala, apenas amueblada por una televisión y un par de sofás, y ahí, sentados uno sobre otro, todos los hombres que Renée tuvo en su vida.

Uno de ellos se levanta, me quita la soda de la mano y trata de quitar mi blusa. Yo trato de defenderme, pero cuando todos comienzan a reírse, me quedo quieta, sabiendo que es una pesadilla. No puede ser que esté de nuevo aquí.

Ya escapé de todos ellos.

Ya escapé de todos.

Ya escapé, ya escapé.

Luego, el vaso de coca-cola se derrama en el suelo y sigo con los ojos el camino que recorre el refresco derramado.

Edward.

Él luce justo como lo vi en aquella horrible foto. Está lleno de sangre y vísceras, pero su rostro es pacífico y dulce.

Luego, Phil, el que hace unos instantes trataba de quitarme la blusa, cae al sofá cuando Bryan le golpea la quijada.

Sal de aquí, Isabella. Ellos te harán daño.

Ónix, ven aquí –llama él–. Déjame abrazarte. Todo acabó.

Edward levanta el vaso del suelo, que aún tiene soda, y me lo ofrece.

Las fotos son todo, ónix. Mira cómo luzco, mírame ahora.

Bella, vete. Vete ahora, aún puedes. Nadie es lo que parece. Los religiosos son lo peor, me lo dijiste.

Despierto con ganas de volver el estómago... y lo hago. La navaja en la jabonera me tienta, me llama como una vieja amiga, pero me abstengo y me convenzo a mí misma de que no lo necesito. Luego de lavarme la boca y cambiarme de ropa, bajo las escaleras. Todo está oscuro. Estoy sola y nunca me había dado más miedo estarlo.

Salgo corriendo y tomo la bicicleta, dirigiéndome al único lugar en el que me sentiré a salvo.

OoO

La puerta principal está abierta, por lo que sé que me ha estado esperando.

Basta con poner un pie dentro para que él esté parado frente a mí, siendo una sombra en el oscuro pasillo. Envuelvo mis brazos en su cuello y dejo caer las lágrimas.

–Ya, ya. Ya pasó, cariño –murmura y me sostiene–. Estás aquí, nada pasa.

–Sí pasa –sollozo. Jamás había llorado tanto–. Pasa todo, Edward. No nos queda mucho tiempo, tenemos que ser rápidos.

Él me separa y me mira confundido y asustado.

–¿A qué te refieres con poco tiempo? ¿Bella, qué está pasándote?

.

.

.

–... Y así es como funciona –estamos en el auditorio, y mi cabeza en su regazo–. Mi abuela me enseñó a interpretar los sueños, por desgracia, y este en especial ha sido demasiado claro.

–¿Sonará egoísta si te digo que aún así no quiero que te apartes?

–No, no es egoísta. Es natural querer a tu lado a la persona que quieres, así no sea lo mejor.

–¿Y tú? ¿Tú qué quieres hacer?

–La vida siempre me ha importado poco. Nací con un espíritu melancólico. Mi abuela una vez me dijo que yo era un alma vieja... y que esta era mi última reencarnación. Como si fuera un gato, esta es mi última vida.

–Naciste con un propósito, Bella. No dejes que tus monstruos te ganen. Debes cumplir con tu meta.

–Hasta hace poco, yo solo estaba pasando por la vida, sin ningún plan en especial, pero ahora creo saber para qué he nacido. Debo encontrar a quien te mató, el mundo entero debe saber que te asesinaron.

–Acepto que antes lo único que quería era precisamente eso –me acaricia y pasa sus manos por mi pelo–. En este momento, lo único que quiero hacer es disfrutar los meses que me quedan contigo.

–Pero no quiero que te quedes aquí. Fuiste una buena persona, mereces descansar.

–No pensemos en eso; pensar en la muerte jamás es bueno. Te das cuenta de lo fácil que es llegar a ella.

Me levanto de su regazo y las esquinas de mis manos se aferran al borde del escenario.

–Es tarde. Hay que hacer justicia.

–Bella...

–No, escúchame. Edward, encontré a tus padres... y a tu hermana.

OoO

Acepto que no es mi mejor capítulo, pero estoy muriendo (jaja) del sueño.

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Un beso.

Amy W.