Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-sama, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.
Parejas: RusiaxMexico, USAXUk, mención de USAxMex y otras.
Aclaraciones y Advertencia: Este fic contiene YAOI, AU, Lemon, fantasía, gore, tortura y lo que se me vaya ocurriendo, kesesesese.
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Cadena de sangre
Capítulo 09.- Aliados
Gritó desesperado. Sombras amorfas cerniéndose sobre él, susurran palabras que lo confunden. Pobre, es tan joven… Él no entiende lo que sucede, quienes sufren son sus familiares...
Se despertó de golpe, con el cuerpo enajenado de sudor y el corazón acelerado. Con mano trémula rebuscó en el cajón del mueble de noche, tomó un frasco blanco y se apresuró a ingerir —sin gota de agua—, tres pastillas. Dejó caer su cabeza en la almohada, cerró los ojos tratando de sosegarse.
Aún podía oír aquellas voces y figuras enlutadas, no lo dejaban descansar. Las ilusiones lo estaban enloqueciendo, tanto que en ocasiones le era imposible distinguir la realidad de la alucinación. Muchas veces se cuestionó si no estaba muerto y algún ser divino lo usaba para su retorcida diversión, o simplemente había perdido la cordura.
Mas voces llenaban sus sentidos; cerró los ojos, el medicamento comenzaba a hacer efecto. Todo se vuelve nebuloso.
El estruendo de madera quebrándose llenó la habitación, pero él a penas y puede percibirlo a la lejanía. Todo se vuelve oscuro. Está tan cansado.
Despertó al no poder moverse; se encontraba rodeado de unos fuertes brazos, eran fríos pero confortables.
—¿Qué haces en mi habitación?
—Iván escuchó a Itzamma gritar anoche y vino a ver si se encontraba bien, da. —
Observó la entrada de su habitación, la puerta estaba destrozada. —Estaba cerrada con llave e Iván tuvo que romperla para poder entrar —explicó en tono infantil.
Itzamma dio un largo suspiro, de nada serbia enojarse; luego iría a ver al jefe de mantenimiento para que reparara la puerta, aunque estaba seguro que iba a recibir un buen regaño, pero después se las haría pagar a Iván. Se separó del vampiro, le dolía la cabeza, pero había asuntos que debía tratar. Orgullo y Vanidad estaban en México, en el departamento en el que falleció Frida; las otras partes del demonio no debían estar lejos, después de todo, éstas se verían atraídas por Corazón, tarde o temprano, los adoradores del demonio de los mil nombres aparecerían para llevar a cabo sus planes.
—Iván, quiero que mañana me acompañes a un lugar —Itzamma hubiese preferido ir ese mismo día a visitar a Orgullo y Vanidad, pero ya había faltado mucho a clases y no podía darse el lujo de hacerlo ese día, ya que tenía examen de cálculo; dio un largo suspiro, preguntándose cómo diablos iba salir de eso, no había estudiado nada y para acabarla, esa materia no era su fuerte. —Es sábado, así que podemos salir sin problemas.
—¿Itzamma está invitando a Iván a una cita? —le preguntó sonriendo, el aludido le dedicó una mirada de enojo.
—No digas tonterías —Itzamma se levantó de la cama, tomó su uniforme y se encerró en el baño, dando un portazo, las clases estaban a punto de comenzar.
La mayoría de las clases eran aburridas, las odiaba, pero era uno de los pocos lazos que aún lo unía a aquello llamado normalidad; cuando se encontraba en el aula, rodeado de sus compañeros, podía fingir que no existían vampiros, nahuales, demonios, ni demás seres sobrenaturales.
—Señor Castillo —lo llamó el profesor —, por favor, traduzca la siguiente oración.
Itzamma no era bueno en materias que tuvieran que ver con ver con matemáticas, pero los idiomas eran una historia distinta; a su edad ya conocía cinco lenguas distintas, además del natal y ya tenía dos meses aprendiendo alemán en un curso por internet.
Cuando terminaron las clases, Itzamma se dirigió a la biblioteca, tenía que ponerse al corriente con todas las tareas acumuladas; si es que quería tener libre el fin de semana.
—La respuesta de la tres está mal —dijo una voz muy cerca de su oído; Itzamma usó su cabeza como arma, golpeando al intruso fuertemente en la boca —¡Auch! Pegas como mula, creo que me rompiste el labio —se quejó al sentir el sabor metálico de la sangre.
—Tú tienes la culpa, pendejo.
El recién llegado se sentó frente a Itzamma, aun adolorido; le quito el cuaderno.
—Los vejetes del consejo te han cargado la mano en estas últimas semanas.
—Cuautli, me duele la cabeza y no estoy de humor para soportar que me estén chingando la madre.
—Me hieres "Itza" y yo que pensaba ayudar a mi querido compañero en su momento de necesidad —dramatizó. Cuautli estudiaba el primer año de universidad; era un nahual de elite, a pesar de la enorme diferencia de edades, era el único al que Itzamma consideraba como amigo.
—¿Qué quieres?
—En una semana es el cumpleaños de mi novia y…
—Quieres comprarle un regalo caro y no tienes dinero —dijo Itzamma sencillamente. Cuautli negó con la cabeza, lo único que necesitaba era alguien que lo ayudara a escoger el presente. —Bien, pero más vale que terminemos hoy.
—¿Saldrás con Lorena? Esa tipa sí que tiene buena pechonalidad y un buen cabús.
—No pienso decírtelo, pendejo. Y más vale que muevas tu puto trasero, que quiero tener libre mi sábado.
Cuautli comenzó a reír con ganas, Itzamma le resultaba tan inocente que a veces le daba ganas de apretarle las mejillas o comérselo a besos.
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Itzamma maldijo en sus adentros. Amaba su preciosa moto más que nada en el mundo, pero en esos momentos se lamentaba de no tener un auto —de esa forma Iván no estaría tan pegado a él—; aunque era menor de edad. La multa era lo de menos, bastaba con una "mordida" o mencionar el nombre de su abuelo para que lo dejaran tranquilo, pero lo malo era que lo harían perder su valioso tiempo.
Por fin, llegaron a su destino; Iván observo el edificio de condominios; en el estacionamiento había autos último modelo y de lujo.
—Vamos —dijo Itzamma. El vampiro asintió con la cabeza, dejándose guiar por su acompañante.
Entraron a uno de los condominios; en la sala se encontraba Gilbert, viendo la televisión y bebiendo cerveza.
—Veo que ya se pusieron cómodos —dijo Itzamma levantando una ceja con un ligero tic en el labio. Si su abuela estuviera viva, se moriría por ver a Vanidad en ropa interior, sentado en el sofá y rodeado de latas de cerveza.
—Tú dijiste que nos sintiéramos en casa —dijo encogiéndose de hombros. —¿Quién es tu amigo?
Las miradas de Gilbert e Iván se conectaron y ambos experimentaron un deja vu.
—Iván Braginski, es un vampiro —dijo Itzamma rompiendo la extraña atmosfera que se había suscitado. —El responsable de haber "aflojado" la cadena —Gilbert ladeo la cabeza, confundido —, es Ira, de quién les hable.
—Ya veo. Soy el maravilloso Gilbert Beilschmidt, el sensacional Vanidad.
—Te queda, da —agregó Iván sonriendo infantil.
—¿Dónde está Orgullo? —dijo Itzamma un poco cansado de las tonterías de ese par. Gilbert no necesitó responder, pues Ludwig acababa de entrar, llevaba algunas bolsas con la despensa de la semana.
Los cuatro se reunieron en la sala; Itzamma les contó toda la información que había recabado gracias a Magnus y lo que él había conseguido por los documentos de su abuela.
—El caballero blanco; se dice que Dios lo envió para protegernos de los adoradores del demonio de los mil nombres —dijo Itzamma dejó un libro grueso y viejo en la mesa de centro. —Es tan sólo uno de los volúmenes que hablan sobre él. Al parecer, su existencia está ligada a la nuestra, cuando la mayoría de nosotros muere, él lo hace también.
—Sólo uno prevalece… —murmuró Gilbert.
—¿Cómo podríamos encontrar al Caballero Blanco? —dijo Ludwig. Itzamma se encogió de hombros; se suponía que era él quien los buscaba a ellos. Aunque siempre llegaba muy tarde para salvar a la mayoría, lo que le hacía pensar que era pésimo haciendo su trabajo.
Iván se encontraba en silencio, él había sido quien sobrevivió la última vez; vagamente recordaba el rostro del Caballero Blanco, pero sí aquellos ojos melancólicos y el aura dulce, pero sobretodo, sus palabras cargadas de arrepentimiento.
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Silencio. La soledad le rodeaba; tenía tanto miedo. Imágenes amorfas comenzaban a teñir su realidad, una visión. Un hombre de le observa; su mirada es dulce pero cargada de dolor, ¿ha enloquecido? Sus labios tiemblan; él pronuncia palabras sin voz, pero no logra comprender.
—Elizabeth, despierta…
—Roderich —se lanza a los brazos de su esposo, llora en su pecho; él la mira preocupado.
Ella estaba tan triste; aquel ente de sus sueños era apuesto y tenía un aura amable, pero por alguna razón le causaba nostalgia; no era la primera vez que soñaba con él y siempre se despertaba llorando, presa de una terrible angustia y el miedo de quien presiente un futuro funesto.
Elizabeth, una caminante de sueños, más que nadie sabía que el mundo de los sueños solía guardar vestigios de eras pasadas o de las cosas que estaban por suceder. Cerró los ojos, rogando a Dios que nada malo sucediera a causa de esa visión.
Continuara…
