Simplemente perverso
Capítulo 8
― ¿Qué es exactamente lo qué vas a hacerme?
Edward se desvistió y observaba cómo David se quitaba la chaqueta, la corbata y el chaleco, y abría uno de los cajones del gabinete oriental lacado de color rojo, junto a la cama. Mientras David se volvía hacia él, no pudo reprimir un estremecimiento de emoción.
―Te voy a atar, pero quiero prestarle atención a tu culo primero.
Abrió una caja plana para revelar una colección de falos de jade y marfil y una selección de aceites perfumados.
― ¿Tienes alguna preferencia?
Edward tragó saliva.
― ¿No me vas a follar?
―Tal vez más tarde. Hay cosas más interesantes que deseo probar primero. ―David vaciló, sus dedos envueltos alrededor de uno de los ejes tallado de marfil. ―A menos que hayas cambiado de opinión.
―No, no. Es sólo que Minshom...
― ¿Siempre te follaba primero? Pero yo no soy Minshom, y recuerda, estoy tratando de mostrarle que hay otras maneras de alcanzar los niveles de placer que deseas.
Edward reunió una sonrisa. Tenía que dejar de esperar lo peor y confiar en su compañero.
―Entonces continúa, elije por mí y voy a estar contento.
―Espero que vayas a estar más que contento. ―David acarició un largo dedo por la longitud de la ya erecta polla de Edward. ―Quiero oír tus gritos.
Alejó la mano del eje de Edward, por encima de su cadera y ahuecó sus nalgas. Edward suspiró y trató de relajarse. Estaba tan ansioso por follar que el más ligero roce hacía que su polla se retuerza y sus bolas se aprieten por la necesidad. David se movió detrás de él, sus dedos recorriendo y acariciando la carne, hasta que Edward quiso gemir.
―Voy a usar el aceite de sándalo. Es mi favorito personal y nada como las acres cosas florales que prefiere Minshom.
Edward jadeó cuando David deslizó un dedo lubricado dentro de su culo y luego otro. Su boca se arrastraba por el hombro de Edward, deteniéndose para pellizcar, lamer y mordisquear su piel. Edward arqueó la espalda, pidiendo más, y suspiró cuando David sustituyó los dedos con la dureza del grueso falo de marfil.
―No te corras todavía, ― David murmuró y luego mordió duro el lóbulo de la oreja de Edward. ―Apenas hemos comenzado.
―No lo haré.
―Excelente. Entonces ven y siéntate en la silla.
Edward se movió con cuidado hacia el asiento acolchado y se sentó. No tenía apoya brazos, por lo que ancló sus manos en el borde del asiento. Su polla palpitaba, desatando una vibración a través del falo incrustado por lo que apenas podía respirar, y mucho menos pensar.
David sacó una bolsa de seda negra del pecho y la llevó hasta Edward. Lentamente, desató las cuerdas de seda y tomó el contenido con la mano.
―Esta es la cuerda shibari. Puede ser de cáñamo o de yute, o en este caso, de lino fino. ―David acarició la madeja cuidadosamente atada. ―La he teñido de rojo porque me gusta el contraste contra la piel blanca. Cada cuerda tiene aproximadamente veintitrés metros de largo. Esa es la longitud tradicional, no estoy seguro de por qué.
Edward se quedó mirando la delgada cuerda roja, imaginó que se envolvería alrededor de su cuerpo y se humedeció los labios.
David sonrió.
―El objetivo, según me han dicho, es no utilizar ningún nudo. Por desgracia no soy un experto, así que podría tener que usar uno o dos. ¿Estás listo?
La repentina pregunta hizo que Edward levantara la vista de su fascinada contemplación de la cuerda hacia los tranquilos ojos azules de David. Tragó saliva.
―Sí.
―Bien. ¿Puedes poner las manos detrás del respaldo de la silla?
Edward casi quiso cerrar los ojos mientras David se arrodillaba frente a él y llevaba los dos extremos de la cuerda por debajo del asiento. Colocó las rodillas y los tobillos de Edward contra la fría madera de las patas de sillas y envolvió la cuerda alrededor de sus tobillos, manteniéndolo en su lugar. Con un movimiento practicado, llevó las cuerdas sobre las rodillas de Edward y comenzó a trazar cruces sobre sus muslos en al asiento.
Edward flexionó los músculos del muslo y se dio cuenta que la cuerda no apretada en absoluto. David le tocó la cadera.
―Piensa en ello como un corsé. Tienes que estar completamente atado antes de apretar las cuerdas.
―Ah, eso ayuda, ―murmuró Edward. ―Siempre me he preguntado cómo se sentiría usar un corsé.
― ¿En serio? Esto es, por supuesto, otra vía que puedes explorar en casa de Madame, si quieres. Creo que los martes y jueves son las noches más populares para los masculinos.
La tranquila risita entre dientes de David hizo sonreír a Edward incluso mientras su aliento se cortaba cuando cruzó la cuerda a detrás de la silla y luego regresó por sus pelotas. David hizo una pausa, como para admirar el efecto y luego añadió un nuevo giro de la cuerda para separar las bolas de Edward y levantarlas cerca de la raíz de su eje.
Edward no podía apartar su mirada de los hábiles dedos de David mientras acomodaba las bolas a su gusto, tirando de la cuerda hacia atrás a través de las rendijas de la silla y lejos de su ingle. Por primera vez, Edward sintió el tirón de la cuerda cuando David la envolvió alrededor de sus muñecas y la aseguró a la parte posterior de la silla.
―Y ahora tu polla.
Edward estiró el cuello para mirar cómo David traía la cuerda otra vez hacia delante y la envolvía dos veces alrededor de la base de su eje, a través de sus caderas y nuevamente al respaldo de la silla. Cuando la cuerda estuvo extendida sobre su cuerpo y firmemente asegurada en su lugar, Edward se preguntó si debía luchar como una mosca en una tela de araña o simplemente ceder y esperar a ser comido vivo.
―Tu pene se ve magnífico, ―dijo David en voz baja.
― ¿Sí?
Edward gimió cuando David se inclinó y besó la esforzada punta. La cuerda había arrastrado a su pene lejos de su estómago en una curva de caliente, temblorosa e hinchada carne.
―Ya está casi hecho.
David se levantó y continuó envolviendo la cuerda en torno al tronco de Edward hasta que estuvo atado fuertemente a la silla. Podía sentir cada tablilla individual de madera en contra de su piel, la suavidad de los cojines de seda, la dureza del falo. Cuando David llegó a su cuello, enrolló la cuerda flojamente alrededor de la garganta de Edward. Se acercó, besó su camino hacia abajo del paso de la cuerda que enmarcaba los pezones de Edward, y succionó uno en su boca.
―Cristo...
Edward hubiera saltado, pero como su cuerpo estaba inmovilizado no había nada que pudiera hacer nada para detener a David de chupar todo lo que él quisiera. El pensamiento debería haberlo asustado, pero no fue así. Le gustaba esto, esta falta de control, la imposibilidad de fingir que él no quería lo que se le estaba ofreciendo.
Su polla saltó bruscamente cuando los pantalones de David rozaron contra él, y la humedad se deslizó hacia abajo de su eje. Trató de no gemir cuando David comenzó a besar hacia abajo de su cuerpo, más allá de sus caderas, sus muslos, evitando su polla y terminando en la parte trasera de las rodillas de Edward. Con un último beso prolongado, David se puso detrás de la silla.
Edward casi dio un respingo al ver la sombra de su silueta en el gran espejo de la pared. Como David había dicho, la cuerda roja contrastaba contra su piel blanca. Miró a su cuerpo atado y no sintió vergüenza, sólo una sensación de intensa expectativa.
―Te ves hermoso atado para mí.
Edward alzó los ojos y se encontró con la mirada de David en el espejo. No dijo nada. Esperó que David viera la aceptación en su cara. David asintió con la cabeza.
― ¿Estás listo para correrte para mí ahora?
David recogió los dos extremos de la cuerda y comenzó a tirar. Fue como si hubiera acercado un fuego a una línea de pólvora. Edward jadeaba mientras la cuerda se clavaba más profundamente en el pecho y el estómago, atándolo a la implacable estructura de la silla. Gimió cuando la sensación se trasladó más abajo hasta llegar a sus testículos y a su polla, sus muslos... apretó y apretó hasta que no pudo soportarlo más y se corrió, su semilla explotó de la punta de su miembro, empapando la cuerda.
Edward cerró los ojos mientras las increíbles sensaciones finalmente decaían. David lanzó los extremos de la cuerda y redujo la tensión, pero no lo suficiente como para que Edward se moviera libremente.
―Eso fue... interesante, ―gruñó él.
David dio la vuelta y se agachó entre las piernas de Edward.
―Me alegro que te haya gustado. No hemos terminado todavía. ―Se inclinó hacia delante y lamió el charco de humedad de semen en el estómago de Edward.
Después de haberlo limpiado bien, centró su atención en las pelotas de Edward hasta que Edward estuvo medio erguido otra vez y con ganas de más.
― ¿Y ahora qué?
David se desabrochó los pantalones y tiró de la camisa sobre su cabeza.
―Ahora disfrutamos de esto juntos.
Edward miraba con atención mientras David se quitaba los pantalones para revelar su ya erecto pene. Su propio eje se contrajo en respuesta.
En la casa del placer, David rara vez se quitaba la ropa, así que había olvidado lo grande que era. Parecía preferir mantener sus encuentros sexuales al mínimo. No era la primera vez que Edward se preguntaba por qué.
― ¿Minshom te quitó las ganas follando con él?
David se pasó una mano lentamente sobre su eje.
―No, ¿por qué?
―Porque pareces estar más feliz dando favores sexuales que recibiéndolos.
―Minshom no me hizo eso. En el momento en que lo conocí, yo ya estaba dañado y así fui con él. ―Su sonrisa era irónica. ―Admito que me tomó de la peor forma, pero arañé la forma de salir de su influencia con el tiempo.
― ¿Cómo?
―Fue muy sencillo. Fui reemplazado. ―Buscó la mirada de Edward. ―Te conoció.
―No lo sabía. Siempre fuiste muy agradable conmigo.
―Por supuesto que sí. Estaba demasiado ocupado tratando de rogar poder regresar a la cama de Minshom como para molestar a su nuevo juguete. ―Se encogió de hombros. ―Y con el tiempo me di cuenta que me alegraba de que fueras tú y no yo.
Edward hizo una mueca. ―Me gustaría que él encontrara a alguien más.
―Tal vez lo hará.
―Por el momento, está tan enojado de que me haya alejado de él que está decidido a hacerme volver.
David se sentó a horcajadas en el regazo de Edward, con los pies sosteniendo su peso a ambos lados de la silla.
―Lo superará. Es un hombre adulto y no es tonto.
―Dios, eso espero.
David desenrolló los extremos de la cuerda roja alrededor del cuello de Edward, dejándolo todavía atado a la silla, y los llevó entre sus cuerpos. Edward contuvo la respiración cuando David enrolló la cuerda alrededor de las dos pollas, ligándolos estrechamente juntos. Ahora podía sentir el pulso del eje de David tan íntimamente como el suyo.
Se estremeció cuando David ubicó la cuerda alrededor de sus cuellos, y tiró para enrollar la cuerda más apretada. Su polla trató de llenarse, encontrándose con la resistencia de la cuerda y la carne de David, y comenzó a arder y a palpitar. David deslizó una mano en el pelo y arrastró a Edward más cerca. Ya no podía mirar hacia abajo y ver a sus pollas, sólo sentir la erótica presión enlazándolos mientras David se sacudía con él.
―Dios...
David se movía más rápido, sacudiendo la polla de Edward, presionándolo hacia abajo en el almohadón de seda y en la base del falo hasta que no vio nada más que necesidad, no quería nada más que la roja marea del deseo que lo abrasaba y lo consumía. Se corrió cuando David llegó, gritó el nombre del otro hombre mientras llegaba a su clímax, su esperma caliente estallaba a través de la cuerda bien envuelta para mezclarse con el de David.
Esta vez le tomó más tiempo para recuperarse, y le tomó un tiempo a David alejarse y desenvolver sus pollas.
― ¿Te ha gustado eso?
Edward dejó escapar un suspiro lento.
―Sí.
―Bien.
David ahuecó las bolas de Edward y utilizó la uña de su dedo pulgar para dibujar una línea en la parte inferior de su polla.
―Diablos, David, no estoy seguro si puedo...
―Puedes. Me aseguraré de ello.
Edward se pasó la lengua por los labios.
― ¿Quieres follarme mientras me pones duro?
― ¿No has sido follado lo suficiente?
― ¿Qué quieres decir?
David se inclinó para lamer la hinchada corona de la polla de Edward, insinuó su lengua en la ranura, lo que hizo que Edward se enderezase en contra de su atadura. Tragó saliva. ―Jódeme, por favor.
―Prefiero que me jodas tú.
―Estoy atado a una silla, ¿cómo esperas que haga eso?
―Lo arreglaremos. ―La lenta sonrisa de David fue una pecadora invitación mientras se sentaba otra vez a horcajadas sobre Edward y empuñaba la polla de Edward alrededor de la cuerda que aún la ataba. Se puso de rodillas hacia arriba, guiando el húmedo eje de Edward hacia su culo y lentamente se dejó caer hacia abajo.
―Ah... esto es bueno.
Edward le sostuvo la mirada.
―Vas a tener que hacer todo el trabajo. No parece justo. ―Gimió cuando David comenzó a moverse sobre él fuerte y rápido. ―Fóllame, por favor.
―No hasta que te corras para mí.
David gimió mientras establecía su ritmo, con los ojos cerrados, su polla deslizándose contra el vientre de Edward y la línea de la cuerda mientras trabajaba. El semen de Edward apretaba sus bolas atrapadas, haciéndolo gemir. No había forma de frenar o detener a David, ningún control en absoluto. Sabía que tendría que correrse cuando el otro hombre lo exigiera.
Con ese pensamiento, culminó en el interior de David, oyó el rugido de satisfacción del otro hombre por su entrega total. Abruptamente, David se levantó, dejando la polla de Edward sintiéndose fría y despojada.
―Te voy a joder ahora.
David se movió detrás de la silla, sacó el grueso falo del culo de Edward y se empujó a sí mismo profundamente. Sus dedos rozaron la garganta de Edward, mientras buscaba los extremos de la cuerda y ponía más tirantes las restricciones haciéndolo a Edward jadear por aire.
―David...
La polla de Edward respondió a la presencia de David y empezó a hincharse de nuevo. El dolor y la brusquedad de la penetración provocaron otra oleada erótica a través de sus sobreexcitados sentidos que le dieron ganas de gritar. David se estiró y tomó el control de la polla de Edward, frotándola con fuerza al ritmo a sus embates.
―Me estoy corriendo. ―Las roncas palabras de David en la oreja de Edward y la picadura de sus dientes ubicados en su hombro lo lanzaron dentro de otra liberación. Era casi doloroso esta vez, cada chorro de semilla, tan caliente y primitivo que lo hizo gritar.
Cuando abrió los ojos, estaba libre de la cuerda y David estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo delante de él. Su mirada azul mar era contemplativa, y algunos de sus cabellos rubios se habían escapado de su cinta y estaban enroscados alrededor de su cara. Su musculosa piel brillaba con el sudor de sus esfuerzos mientras lentamente inspiraba y expiraba. Edward se pasó la lengua por los labios, probó su propia sangre. La mirada de David siguió el ligero movimiento, y sonrió.
―Por lo general no follo con nadie en estos días.
―Yo tampoco, ―dijo Edward. ―Pero tal vez debería probar esto más a menudo.
―Escuché un rumor de que estás buscando una esposa.
Edward se puso rígido por el brusco cambio de tema.
―No.
―Entonces, ¿por qué estás escoltando a la hermana de Lisette por la ciudad?
Con cautela, Edward se echó hacia delante y fijó su mirada en David.
―Lisette no debería haberte dicho eso.
David se encogió de hombros.
―No voy a repetirlo. Me interesaba sólo oír tus razones.
―Ya te dije, estoy tratando de alejarme del tercer piso. Bella me ofrece una oportunidad.
― ¿Sabe cómo eres en realidad?
―Sabe lo suficiente para no juzgarme. ― Edward se levantó, consciente de su cuerpo dolorido y temblando mientras bajaba de su altura sexual.
―No te estoy juzgando, Edward, ―dijo David con suavidad. ―Y tal vez te interese saber que las mujeres suelen disfrutar del arte de shibari también.
―Tengo que ir a casa.
Edward recogió sus ropas y empujó una pierna en sus pantalones. Trató de imaginar el cuerpo de Bella adornado con la cuerda de lino rojo y lo vio tan vívidamente que su cuerpo sobre utilizado susurró una protesta.
David se puso la camisa y los pantalones y se apoyó contra la pared, los brazos cruzados mientras observaba vestirse a Edward.
―No quise arruinar nuestra noche.
―No lo hiciste.
―No quiero contradecirte, pero obviamente lo hice.
Edward se metió la camisa en los pantalones y buscó su corbata. David la agarró y lo ayudó a doblar la tela en algo parecido a un nudo decente, y hábilmente la ubicó en su lugar en la garganta.
―Te ves casi respetable ahora.
―Pero no lo soy, ¿verdad? ― Edward se encontró con la mirada de David. ―No soy el tipo de hombre que debe estar husmeando alrededor de las faldas de una mujer.
David se apoderó de sus hombros.
―No lo sé. Algunos hombres son capaces de satisfacer a ambos sexos. Tal vez tú seas uno de ellos.
―Pero, tienes razón, no estoy siendo completamente honesto con Bella, ¿verdad? Y le dije que lo sería.
―Con todo respeto, es hija de Madame Helene. ¿Tal vez te entienda mejor de lo que piensas?
Edward trató de sonreír.
―Es poco probable, cuando ni siquiera yo me entiendo.
David le entregó el chaleco y le tendió la mano.
―Mi opinión vale poco, pero habiendo luchado para sobrevivir a las atenciones de Lord Minshom yo mismo, entiendo lo que te está pasando. El hombre es como una adicción, ¿no es cierto? Incluso ahora, a veces me encuentro a mí mismo queriendo ir a él y rogarle que me tome de nuevo.
Edward dejó escapar el aliento.
―Pero tal vez en mis intentos egoístas para escapar de él, puedo involucrar a alguien que ha empezado a importarme.
David se inclinó y besó su mejilla.
―Si Bella es en algo parecida a su madre, va a sobrevivir.
―Dios, eso espero.
David se inclinó e hizo un gesto hacia la puerta.
―Vas a estar bien, mi amigo. Ahora ve a casa y duerme un poco, y si quieres tu propio conjunto de cuerdas shibari, házmelo saber.
Edward se detuvo en la puerta, le tendió la mano.
―No sé qué decir. No sólo me detuviste de rebajarme frente a Minshom esta noche, sino que me diste una de las mejores experiencias sexuales de mi vida.
―Bien.
―Si hay algo que pueda hacer por ti a cambio, sólo házmelo saber.
La sonrisa de David fue irónica al estrechar la mano tendida de Edward.
―Bueno, si alguna vez me ves yendo a alguna parte cerca de Minshom otra vez, detenme.
―Lo haré, y gracias de nuevo.
―Buena suerte y buenas noches.
Edward salió hasta la puerta principal de la casa y se puso el sombrero y la capa. No tenía idea de qué hora era, pero sabía que debía ser tarde. Esperaba por Dios que en el momento en que llegase a su casa, su madre se hubiera ido a la cama. Había desarrollado un hábito desconcertante de esperarlo, que simplemente agravaba su culpa y su deseo de no decirle nada de su vida en absoluto.
Tal vez David tenía un punto y ya era hora de mudarse... Empezó a caminar hacia la avenida principal, comprobando los peligros potenciales en las sombras mientras avanzaba. No estaba seguro de si tenía las agallas para vivir solo. Al menos en la casa con sus padres tenía que mantener cierto estándar. Si estuviera solo, no habría nadie para detenerlo, salvo él mismo. Dejó de caminar, permitió que el viento cortante girase en torno a él y respiró el aire frío.
David había sido amable con él, mucho más amable que cualquiera de sus otros amantes. Su vida sería mucho más fácil si pudiera estar con un hombre como David. Pero David no había insinuado ese tipo de relación, ¿no? Edward hizo una mueca. ¿Se había dado cuenta de que Edward estaba demasiado dañado para retribuirlo correctamente? ¿O es que entendía la necesidad de Edward de llegar a Bella? Infierno, no entendía nada.
Vislumbró un coche acercándose y aumentó su ritmo. Decirle a Bella la verdad sobre sus deseos sexuales sería una cosa honesta, pero, maldita sea, ella le gustaba. Ella quería estar con él. ¿Podría mantener la fachada de que todo era perfecto en su vida por mucho más tiempo? Bella no era tonta, y parte de él deseaba confiar en ella, para ver si todavía lo quería a pesar de sus defectos.
―Maldición, ― Edward maldijo entre dientes.
Estaba demasiado cansado para contemplar su futuro esta noche. Suspiró. David sin duda lo había agotado. Mañana llegaría muy pronto para reflexionar sobre lo que había aprendido y tratar de darle algún sentido a la forma en que debería continuar.
