Hola a todos! Por fin he acabado los exámenes y aquí os traigo la siguiente parte. Espero que os guste ;)
Shuichi Akai yacía dormido al lado de una mujer. Estaba en la cama de Jodie y, a su lado, también se encontraba ella, mirando cómo dormía. Pensando en todo lo que había pasado…
Lo había encontrado deambulando en la noche luminosa de Nueva York. Estaba tan borracho que a duras penas se mantenía en pie. Aquello era el pan de cada noche si al día siguiente Akai no tenía que trabajar. No era adicto, pero emborracharse para olvidar su dolor se había convertido en algo normal… Por eso, su amiga Jodie estaba tan preocupada por él. Ya no sabía qué más hacer o decir para que Shuichi levantara cabeza. Los consejos no servían de nada, ni las esperanzas, ni los ánimos… Lo había intentado todo con él, pero nada funcionaba. Shuichi Akai se había convertido en un cadáver viviente desde su vuelta de Japón. Jodie sabía todo lo que había pasado entre él y esa japonesa (Akai se lo explicó todo), pero Jodie no quería entenderlo. Esa tal Akemi Miyano era sólo un cebo y ya formaba parte del pasado. Shuichi tenía que olvidarla, porque nunca conseguirían estar juntos. ¿Un espía del FBI y un miembro de una organización mafiosa? Lo suyo era imposible, pero, aún así, Shuichi se enamoró… "¡¿Cómo?", se preguntaba Jodie con frustración. "Cuando él terminó conmigo, nunca le vi emborracharse por mí, nunca le vi tan destrozado… ¡¿Por qué ella y yo no?".
Akai estaba a su lado, tan cerca, que sintió unas ganas terribles de besarlo…después de tanto tiempo… Estaba tan cerca de sus labios, que hasta sentía su aliento apestoso a alcohol, cuando él pronunció en sueños su nombre… Entonces ella paró, porque todo lo que hiciera era inútil. Porque comprendió que su corazón pertenecía a otra… Lo único que hizo Jodie aquella noche fue llorar sobre el pecho de Akai mientras él seguía durmiendo.
Era un domingo de primavera cualquiera. Pero aquel día Akemi estaba melancólica y no se quería levantar de la cama. Shiho también estaba en casa. Akemi recordó en la cama todas las cosas que hizo junto a Dai: su primera salida al cine, a Tropical Land, a los restaurantes de la ciudad, todas las veces que durmieron juntos… Echaba tanto de menos dormir con él… Sólo por las noches, cuando él estaba junto a ella, se sentía realmente protegida de todo mal. Ahora Dai ya no estaba y su cama tenía un vacío irremplazable que ella sentía en el fondo de su corazón como la ausencia más dolorosa que podía existir. Miraba la foto de Dai y lo recordaba todo de él: su voz, sus profundos ojos, el tacto de sus manos, su ancha espalda, su perfume de hombre… Y, como siempre, sólo podía desear que se volvieran a encontrar, para que él al menos pudiera saber que tenían un hijo. Akemi se moría de ganas de decírselo, para compartir su felicidad. Pero lo más probable era que tuviera al bebé sin él y que tuviera que criarlo ella sola. No era algo que ella hubiera soñado nunca; de hecho, cuando todavía estaba con Dai, ella soñaba despierta con un futuro juntos, un hogar, unos niños. Quería una familia de lo más convencional, pero parecía que la vida se empeñaba en no hacer realidad sus sueños… De cualquier modo, ella estaba feliz con su futuro hijo y sólo deseaba que naciera sano y lo pudiera mantener alejado de la organización…
- Dai… - decía mientras acariciaba su foto.
De pronto, se escuchó un portazo y a Shiho gritar: "¡Akemi!" A Akemi sólo le dio tiempo a guardar la foto de Dai en su sujetador, porque tres hombres vestidos de negro entraron en habitación. A ella la llevaron al salón junto a su hermana y los hombres de negro se dedicaron a poner patas arriba el piso: lo desordenaron todo, en busca de alguna pista que pudiera decirles dónde estaba Dai Moroboshi. Un hombre vestido de negro, con gafas y gorro, se acercó a Akemi y le preguntó, por enésima vez, dónde estaba el traidor. Akemi le contestó lo mismo por enésima vez, porque realmente no sabía dónde estaba Dai, y el hombre reaccionó mal con ella, la empujó y la hizo caer al suelo.
- ¡Akemi! – Shiho fue en su ayuda. "¡El bebé!", pensó.
Los hombres, al ver que no encontrarían nada por mucho que buscaran, se marcharon. Sólo les dijeron a las hermanas que las cambiarían de apartamento.
- ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño? ¿Te ha golpeado en el vientre? – preguntó Shiho, cuando los hombres ya se habían ido.
- Tranquila, no ha sido nada… - dijo Akemi, intentando tranquilizarla.
- Pero… ¿seguro? El médico dijo que estabas en los meses más delicados, que cualquier cosa podía afectar al niño…
- Shiho, de verdad, estoy bien. La caída no ha sido fuerte, no te preocupes…
Akemi pensó para sus adentros que el bebé era fuerte y que aquello no había sido nada para él, porque era el hijo de Dai Moroboshi, y Dai Moroboshi era un tipo duro de roer…
Shuichi Akai paseaba sin rumbo fijo por las calles de Nueva York. No iba borracho, se había propuesto dejar de beber, porque si seguía así, el alcohol le afectaría de verdad, y pensaba que ya tenía suficientes problemas para meterse en otro… Entró en una cabina de teléfono. Quería llamarla. A su casa, a su móvil, le daba igual, pero quería oír su voz… Saber al menos que estaba bien. La angustia de no saber si estaba a salvo le estaba matando día a día. Introdujo el dinero en la cabina y se dispuso a marcar el número de Akemi. Pero antes de pensar en él, pensó en ella. Una llamada suya la podía poner en peligro, porque era más que probable que ella tuviera todos sus teléfonos pinchados. Pero necesitaba escuchar su voz, decirle una vez más que la quería, y que la necesitaba más que nunca…
- Me estoy volviendo loco… - murmuró Akai.
Akemi Miyano salió feliz de la clínica. Le habían realizado la primera ecografía. El médico le había dicho que el feto tenía dos meses de vida y que nacería para enero. Akemi se había emocionado al ver a su hijo por la pantalla, era todo tan mágico… El hijo de Dai y de ella…
- Perdóname por no haber ido contigo a la clínica, en el laboratorio había tanta faena que no me dejaban salir hasta que no acabáramos con todo… - dijo Shiho.
- No te preocupes, lo entiendo… Mira, ¡te presento a tu sobrino! – Shiho también sintió algo mágico al ver la ecografía.
- ¡No distingo nada! – exclamó.
- Miiira, esto es la barriguita, la cabecita… - Akemi disfrutó explicándoselo todo.
- ¿Ya te han dicho el sexo?
- No, hasta los cuatro o cinco meses no se puede saber… Pero no me hace falta que me lo digan, porque yo ya lo sé…
- ¿Cómo?
- Siento que va a ser niño… Y lo voy a llamar como su padre, Dai…
