Capítulo 9

El calor del hierro

POV Levy

Ya era muy tarde. Las estrellas ya se podían vislumbrar en el cielo. Todo parecía tan calmado y relajante. Yo debería haber estado igual, pero saber tantas cosas en un día y verlo "así", tan exhausto, y con algunas vendas en su cuerpo, me inquietaba, y mucho.

Había sido algo complicado traerlo hasta mi habitación. Erza había dejado muy en claro que los hombres no podían acceder a nuestras recámaras en Fairy Hills, así que pasé un momento muy vergonzoso frente a ella y Laxus, al comenzar a llorar como niña. Me sentí desesperada.

Sé bien cuáles son mis sentimientos, sé qué deseo en este mundo, sé a quién quiero desde hace mucho tiempo. Ciertamente fue una reverenda sorpresa que Gajeel mostrara un interés sexual en mi persona, considerando que no habíamos tenido ningún contacto físico en ese sentido, porque si hablamos de sólo "contacto", me remontaría al día en que nos conocimos, y vaya que nos conocimos, aunque de otra forma. Así que, repentinamente, tenerlo sobre mí, con deseo de más, fue increíble, fue placentero, fue lindo, pero… ¿era lo que quería?, ¿era lo que nosotros queríamos? Si lo baso a un simple instinto, cuando todo esto acabe, las cosas volverán a la normalidad, ¿verdad? Sin embargo, no quiero perder la oportunidad de hablar con él y ser completamente sincera. Tal vez, un momento así, nunca más se presente.

Erza se sintió tan apenada conmigo, intentó de todo para que parara de llorar, incluso me ofreció su pastel de fresas, y eso ya era decir mucho. Ante mi negativa y la mirada de Laxus, aceptó que el Dragon Slayer se quedara en mi cuarto. Me dejó en claro que esa norma nunca más se volvería a romper, yo, por supuesto, acepté su decisión. Erza siempre ha sido muy estricta con las normas, así que Laxus no fue la excepción. A penas llegamos a la entrada de Fairy Hills, ella y yo cargamos a Gajeel. Claro que ella llevaba la mayor carga, ya que yo no podía mucho con él. No había notado su peso, ni si quiera las veces en que estuvimos juntos.

Después de pasar ideas por mi mente, me di cuenta de que, a pesar de todo, él había sido cuidadoso conmigo, después de todo, nunca dejó que su peso me quitara el aliento.

¿Qué sentiría él por mí?, ¿lo mismo que aquella vez? No. Éramos más cercanos, incluso antes de la etapa de celo. ¿Sospecharía algo de mis sentimientos? Algo definitivamente me hacía dudarlo. Gajeel era muy inteligente (a su manera), pero nunca me insinuó nada. Si yo me le confesara, ¿cómo reaccionaría?

Caminé silenciosamente por mi cuarto, con un libro en mi mano, hasta llegar a él. ¿Podría escuchar entre sueños lo que debía decirle?, ¿y si lo leyera? Ese libro era muy especial. No se podía comprar en librerías, o pedírselo prestado a los coleccionistas o museos, ese recuerdo era sólo mío. Un comprimido de mi ser y palabra. En esas páginas estaba yo…

Me hinqué a su lado, en el piso frío. Tomé su mano, pasé mis dedos lentamente entre los suyos como una caricia, sostuve con mi otra mano el libro, lo abrí en la página indicada y comencé a entonar, con cierta traba mis palabras. Iniciar la lectura siempre era lo más difícil.

"Para el hombre que robó mi aliento"

"Qué se supone que haga con el vacío que se forma en mi pecho cada vez que me encuentro con una escena romántica, con un texto profundo, con una cita encantadora… Qué puedo hacer con ese sentimiento de angustia y soledad que sobrelleva cada latido de mí ser. Cómo parar cada lágrima que, entre sonrisas falsas se esconde y maquilla con historias ridículamente amorosas.

Eres culpable de ponerme en el estado más vulnerable que puede existir… Cuando pensé que era un simple gustar, un simple "es lindo", pasó a un "quisiera estar en sus brazos". ¿En qué momento me hechizaste con tus palabras, con tus dulces sonrisas y tus singulares y auténticas miradas?, ¿fue aquella vez que discutimos por primera vez?,¿fue tal vez, ese momento en que con tu mirada te disculpaste por lo que nos habías hecho? o acaso… ¿esa ocasión en que me observaste y me hiciste sentir auténtica, fuerte, viva?, ¿habrá sido ese momento en la isla Tenrou?

Cómo puedo decirte que ahora no puedo ver una simple sonrisa ajena porque me siento la persona más estúpida del mundo… Cómo decirte que te adueñaste de mis pensamientos… Cómo decirte que me siento junto a la ventana, tontamente, como una niña pequeña esperando a las Hadas… Cómo explicarte que tallaste en mi alma tu nombre, y en mi piel tus roces… Cómo puedo decirte, tan simple y enteramente, cuánto te amo…

No sabes lo que se siente que no voltees a verme. Me miro al espejo y me pregunto la razón. ¿Es por cómo me veo?, ¿es por mis pechos?, ¿realmente es eso?, o, quizás… ¿no soy la indicada? (…)".

-No es eso- unas palabras me detuvieron en medio de mi lectura. Gajeel había despertado.

Sentí la presión de su mano en la mía. Mis mejillas se volvieron rojas, pero eso no me detuvo para preguntar sus razones.

-¿Entonces? ¿Soy desagradable?- pregunté con la voz quebrada.

-Claro que no, enana-

-Entonces es porque soy enana- dije con vergüenza. No era algo que pudiera solucionar.

-No. Deja de hacerte ideas-

-¿Entonces?-

-Tsk-

En forma de molestia retiré mi mano de la suya y me paré. Había sido muy difícil para mí leerle algo tan penoso y extraño, y él lo tomaba a juego.

-¿Estás jugando conmigo? Gajeel, desde hace tiempo que me gustas, y mucho, tanto que ya no estoy segura de que sea sólo eso… -

-Has dicho que me amas- mencionó como si nada.

-Sí, te amo, ¡maldita sea!, te amo lo suficiente como para pensar en un futuro a tu lado, en despertar cada mañana entre tus brazos, en los besos, las caricias, las citas y los hijos. He llegado a tanto, ¡porque eres tú!

Llegué a un nivel que nunca creí alcanzar. Debería haber una ley que prohíba decir tantas cosas tan bochornosas en voz alta, pero para mi desgracia, no la hay. Sentí mi piel caliente, y un ligero mareo. El piso se me movía. -¿Enana?- escuché a lo lejos. Estoy segura que me perdí por unos segundos. Cuando pude estar consciente de nuevo, me percaté de que unos brazos me rodeaban. Quise escapar de ellos, pero una mano se posó en mi cabeza y no me lo permitió.

-Quédate un momento así- dijo en voz baja.

Lo sentí temblar. Me puso nerviosa de nuevo. Me asustaba lo que debía decirme, no obstante, ya no había vuelta atrás. Necesitaba una respuesta.

-Enana… nunca te preguntaste… ¿por qué en el examen de clasificación S yo no me fui con Juvia a pesar del tiempo que tenemos de amistad?-

-No… pensé era porque Lissana te había ganado-

-No. Juvia y yo nos llevamos lo suficientemente bien, como para pensar en equipo desde el principio, sin embargo, esa vez decidí tomar una decisión distinta… Quería ir contigo…-

Escuchar algo así de él, era tan extraño. No podía ver su rostro, pero estaba segura de lo complicado que le estaba siendo expresarse. Sus dedos se movían tensamente en mi cabeza y mi espalda.

-¿Por qué?- dije curiosa.

-¿De verdad no lo sabes enana?-

-No. ¿Por qué?, ¿por qué yo? Siempre creí que te gustaba molestarme y echarme en cara mi inutilidad. Pensaba que sólo estabas siendo despreciable conmigo, que tú me…-

-Por esto-

Aligeró la presión de sus manos en mi cuerpo, desplazó aquella que estaba en mi cabeza, relajándose en una lenta caída por mi cabello y pasando a mi mentón. Mi mirada dejó de perderse en la oscuridad de su pecho, a elevarse a los suyos. Él era realmente alto, o yo verdaderamente bajita, en verdad no importaba mucho, porque su rostro decidido y sus mejillas ardientes me mostraban mucho más de lo que nunca había visto. Alguien tan duro, rudo, fuerte, alto, estaba mostrándome a mí, una pequeña chica, su lado más calmado y entregado. Deseé de todo corazón que ese momento no acabara nunca. Mis labios temblaron ante esa posibilidad, y sólo se detuvieron cuando unos resecos labios se posaron en ellos.

Un roce repentino y brusco de sus labios me sorprendió mucho. Cuando comprendí que estábamos inmersos en un beso inesperado, él decidió alejarse de mí. Me tomó de los brazos y me alejó. Sólo pude ver una parte de su rostro. No me miraba a los ojos.

-¿Ahora lo entiendes?- dijo moviendo chistosamente sus labios.

-No-

-¿Qué?, pero si yo te…- replicó con cierto enfado mirándome momentáneamente a los ojos.

Me puse de puntillas, lo tomé por los hombros con toda la fuerza que pude, obligándolo a inclinarse un poco, no lo pensé más y lo besé. Enredé mis brazos en su cuello, animándolo a corresponder lo que había iniciado. Estaba inerte, pero no me rendí. Pronto sentí sus manos en mi espalda acortando nuestra distancia. Era reconfortante estar así, en sus brazos y besándonos. Era algo real.

-Ahora sí, ahora sí lo entiendo- respondí al separarme de sus duros labios.

-Eres una traviesa enana- dijo un poco molesto.

-Si es contigo, sí- dije en medio de una sonrisa.

-Y… ¿cómo estuvo?- preguntó algo sonrojado, pero esta vez mirándome a los ojos.

-¿Cómo estuvo qué?- contesté tratando de exasperarlo un poco.

-El, el bb.. beso…- comenzó a tartamudear.

-Oh… no me digas que esto te avergüenza… en especial después de que hicimos "eso", "aquello" y "eso otro"-

-No me avergüenza- afirmó.

-Demuéstralo- lo reté.

-¿Estás segura?-

-Definitivamente-

Lo había retado, y aunque en mi rostro, seguramente no había ni gota de duda, por dentro me derretía en un vaivén de emociones. ¿Estaba a punto de ver la parte más oculta de Gajeel?, ¿era acaso que él podía tener, aunque sea una pizca de romanticismo?

Todo quería saber, y deseaba todo el tiempo del mundo para poder averiguar cada detalle de su ser. Quería tocar ese rostro mil veces, besar esa cuello cien veces e inspeccionar su torso con mis manos al menos una vez. Era mi prioridad hacerlo con tal definición, que aunque perdiera en algún momento la vista, con sólo mis labios y el tacto, podría distinguirlo entre un mar de personas.

Era mi prioridad grabar su olor en mi nariz, su sabor en mi lengua y sus susurros en mis oídos.

Me tomó entre sus brazos. Me sentí aún más pequeña ahí, acurrucada en sus grandes brazos. De alguna forma vibraba mi piel por tal intimidación. Su rostro se acercó al mío, jugando un poco con mis deseos, creando una esperanza de un cálido beso y destruyéndola al resbalarse por mi mejilla y quedarse en mi oreja. "Eres mía", dijo provocadoramente. Sus dientes se sentían fríos al mordisquear el lóbulo de mi oreja, logrando que yo diera un breve respingo sobre él.

-¿Tienes frío?-

-Tengo calor-

-Entonces sentirás frío-

-¿De qué…?-

Sentí la punta de sus dedos frías sobre mi cuello, danzando en momentos esporádicos e intensos. Era diferente a sólo tener congeladas las yemas de los dedos, se sentía… metálico.

Tic, tac, tic, tac. Era el único sonido en mis mi mente, acompañado de un zumbido molesto y sofocante en mis oídos. Cada vez que me tocaba me sentía como un piano que aprendía a ser domado, un piano con diferentes teclas y sonidos, que se manifestaban en mi garganta sonoramente.

Especial fue ese momento en que la musicalidad de nuestros cuerpos comenzó a combinarse, transformándose mágicamente en una nueva melodía que sólo nuestras extremidades, nuestros labios, nuestros cuerpos podían crear.

Gajeel lucía brevemente perdido, dedicado en su labor, en aquél labor que sólo me hacía gemir. Había jugado con mis carentes pechos, como si en verdad fueran imponentes. Me parecía increíble que la piel pudiera manejarse tan dócilmente bajo su lengua, entre sus dientes, en su boca.

Mi cuerpo, aún en su pequeñez, se estiraba bajo él. Mi espalda se volvía una curva indescriptible cada vez que succionaba mis pechos, mi vientre… cada vez que ponía su rostro ente mis piernas y bebía de mí como si no hubiera un mañana, cada vez que su tibia lengua entraba y salía de mi ser, me volvía loca.

Las sensaciones eran más intensas. Saber que él estaba plenamente consciente, sobre mí, demostrándome sus deseos más profundos, sin ningún tipo de iniciativa innata, me hacía sentir renovada. Tal vez, esa era la primera vez que realmente hacía el amor.

Qué difícil podía ser distinguir entre una relación meramente carnal y una profunda, sé que lo podía ser, pero en ese momento estaba segura de que todo iba más allá de sólo placer, porque por dentro, había una gran felicidad y sentido de pertenencia. Podía derretirme en ese instante, de tanta calidez interior que estaba sintiendo.

Tenerlo dentro de mí fue diferente a la primera vez, porque estaba en sus brazos, llena de sus besos y caricias. Su entrada fue complicada, pero supo relajarme y hacerme sentir segura. Algo que me gustaba de esa situación, era saber cuánto él podía disfrutar tan sólo el contacto de nuestros cuerpos. Ver esa expresión en su rostro cuando por fin estuvo por completo en mi interior fue completamente nuevo. Me estaba mirando a los ojos, entre suspiros, gemidos y movimientos con momentáneas interrupciones, porque no podía, de ninguna manera, permanecer siempre mirándome.

El aire nunca me había parecido tan valioso como en aquel momento. Deseaba, con cada embestida, tomar todo aire como me fuera posible, para no tener que pensar en nada, y sólo poder disfrutar las magníficas sensaciones que recorrían mi cuerpo entero. Cada parte de mí se sentía más viva que nunca.

Estar recostada en su pecho era mi mayor delirio, mi mayor descanso, mi confort. Dormir en él, era definitivamente mi intención…

-Oye…-

-¿Mmm?-

-Sabes… ehh…-

-¿Qué?-

-Sabes que ahora eres mi mujer, ¿verdad?-

-Sí, lo acabamos de hacer-

-No… me refiero a que ahora… tú eres…- se detenía entre sonrojos.

-¿?-

-Ahora eres mi novia…-

¿No hace falta que lo diga verdad? Su afirmación, me hizo condenadamente feliz… Lo que pasó después, sólo fue el inicio de una larga e interesante relación.