IX.

Se volvió costumbre, suponías. Habían transcurrido meses desde que comenzaste con estas sesiones con Levi, y ya no quedaba lugar para la sensación de pudor o duda; llegaste al punto en el que asumías que esto iba a ser una cosa normal con él por un largo rato. Por supuesto, ciertas personas habían comenzado a notar que tu relación con tu camarada de la Legión había cambiado en el exterior… Eren y Armin lo habían notado. Pero no habías hablado de esto con nadie en especial, mucho menos planeabas hacer evidente que esto era más que sólo amistad, tal y como Eren te hizo saber (y era una asunción afortunada, ya que él era bastante perspicaz). No ibas a desmentir su idea, de otro modo, él tendría la excusa perfecta para revertir roles contigo y volverse un hermano celoso.

No querías divulgarlo aún, no por un sentido de orgullo o vergüenza, sino más bien para evitar obtener más atención de la que ya disfrutabas. No querías que vinieran más cadetes detrás de ti sólo para hacerte preguntas íntimas e incómodas. Ya de por sí, Levi sufría de esto, y realmente no importaba que él siguiera teniendo una actitud tan agria, muchos se le acercaban y lo bañaban de todo tipo de molestias. No envidiabas su suerte en lo absoluto.

No tenías nada que envidiarle a Levi en todo caso... salvo un aspecto muy específico. Él tenía ésa capacidad, de ponerle tal grado de atención a tu cuerpo y tus sensaciones, que te llevaba al borde de la locura, un éxtasis que a veces sólo podías regalarle en una porción más pequeña en comparación. Y no ibas a limitarte a estrangularlo para presionar sus límites, no. Había mucho por hacer.

Tu línea de pensamientos te regresó a tu situación presente. Estabas sobre él, con tus manos en su pecho mientras tu pelvis se movía sobre su regazo y tus rodillas te sostenían a los costados de su cintura. Ardor y empuje. Si te batías con más rapidez y forzabas tus límites, podías ver su rostro sudoroso ponerse más rosa mientras intencionalmente dejabas escapar tus vehementes gemidos, aumentando la deliciosa presión que ejercías sobre él.

Llegabas rápido al orgasmo, y él, hasta donde habías visto, sólo rendía para una vez cada determinado lapso de tiempo… Nunca intentaste presionarlo a tener más de un orgasmo por sesión, y nunca le habías preguntado si tenía algún problema.

Para cuando dejaste de estremecerte sobre su cuerpo, montada en su cadera y con tu respiración cálida soplando con suavidad sobre su rostro cansado, tus manos tomaron sus mejillas y entonces sus párpados pesados se abrieron un poco, respondiendo a tu atención.

— Levi, es mi turno de penetrarte —susurraste. El pensamiento de repente había brotado en tu cabeza, y de algún modo lo aprobaste.

Él sólo frunció el entrecejo un poco, no de enojo sino de fastidio— ¿De verdad? Lo hubieras tenido que decir antes —gruñó ladeando su cara a la derecho—. No tengo tiempo de contemplar algo como eso y decir que sí.

— ¿Y no es eso justo? Quisiera quedar en términos iguales contigo —dijiste eso sin tomar en cuenta que probablemente él no estaba tan exaltado con tu loca idea como habías esperado.

Casi gentilmente, él te empujó a su lado para bajarte de su regazo, y tú sólo te dejaste caer sin protesta, sin dejar de mirarlo expectante.

— No sé qué te ha picado, pero no voy a dejar que te metas con mi culo así de fácil —dijo.

Tras quedar en un silencio incómodo por unos segundos, tomaste su brazo justo en el momento que él trató de levantarse de la cama.

— Voy a insistir… —musitaste mientras él volteaba a mirarte, quizás sorprendido de verte sonreír tan siquiera sutilmente, tal como estabas haciendo ahora— Seré gentil, si es eso lo que te asusta.

Obviamente, con Levi no existía la necesidad de 'ser gentil', si él valoraba tanto su orgullo y experiencia como te hacía ver.

— Tómate tu tiempo —quitó tu mano de su brazo y entonces volvió a vestirse. Por lo menos no te dijo un 'no', y ahora tenías más tiempo para meditar, entre todas las cosas, cómo lo harías.

Pensaste en lo primero: los dedos. Podías usar tus propios dedos para comenzar, porque era lo único propiamente tuyo que podías introducir a su cuerpo. La idea no te daba repulsión alguna, pero estabas enterada de lo que implicaba en toda su extensión. Sabías de personas que habían hablado del sexo anal, muchos estaban de acuerdo que aquello era una práctica nauseabunda e innecesaria. Aun así, tenías tus razones para dudarlo.

Aquello funcionaba entre dos hombres, ¿no? No era secreto que la sodomía era algo normal en las parejas de hombres, y sin dar juicios a cosas que tú no repudiabas, no veías alguna razón para que no fuera igualmente recíproco entre un hombre y una mujer. El sexo anal era también un método anticonceptivo, ¿no? Pero… ése no era precisamente tu problema. Tú misma no te imaginabas permitiéndole a Levi hacértelo por detrás, y ya habías tenido que experimentar la incomodidad de acostumbrar tu vagina a su tamaño… Definitivamente eso no iba a pasar en un futuro pronto.

Volviste a buscarlo después de tres días de insistirle en murmullos lascivos; con la información y pensamientos que recabaste hasta el momento, unas cuantas ideas ambiciosas revoloteando en tu cabeza, pero finalmente llegaste con un plan claro de lo que querías hacer con él.

Últimamente lo encontrabas más a menudo en las barracas, donde por supuesto él tenía ya su propio lugar provisional, el cual no era más que un cuarto pequeño como el del resto de los soldados, pero constaba de la privacidad necesaria para que tus encuentros con él no fueran interrumpidos súbitamente. Obviamente, no lo fuiste a buscar a su cuarto aún, pero él te encontró antes que tú, ya que con tu guardia baja logró escabullirse detrás de ti y murmurar a tu oído rápidamente

— Sólo espérame un momento —inmutada, comprendiste y seguiste caminando hacia el punto de encuentro, sin levantar sospechas. Ocasionalmente te topabas con uno que otro cadete, a veces no lograbas devolverles el saludo informal y dabas a entender que tu personalidad era fría; poco podías hacer al respecto.

Rondaste por un par de minutos más cerca de su habitación y volvió a cruzar caminos contigo, su expresión fija en ti indicó que ya llegó tu oportunidad, ahora que no había nadie cerca. Podías interpretar su lenguaje corporal con facilidad, no te congelabas en la duda o cuestionabas el significado de su mirada, tú conocías a Levi lo suficientemente bien.

Casi con una velocidad grácil abrió su puerta y entraste antes que él lo hiciera, Levi ya no se veía impresionado por este tipo de apresuramiento por parte tuya, lo aceptaba como parte de tu persona.

Una vez que cerró la puerta con un golpe suave agarraste a Levi por detrás de modo en que tu pecho presionaba contra su espalda, tus manos tocaban su pecho y abdomen sobre sus ropas mientras tu nariz acariciaba los flecos de su cabello; con un ademán travieso mordiste ligeramente su oreja mientras tus manos marcaban su descenso a su cadera. Escuchaste con atención el largo y tímido suspiro cuando tus dedos frotaron sobre su bragadura; tuviste el gusto de sentir brevemente cómo estaba endureciéndose su miembro debajo de su pantalón.

Por ahora él estaba tranquilo, apoyaba sus brazos contra la puerta mientras sumisamente te permitía inspeccionar su cuerpo con tus manos; tus labios esparcían besos en su oreja, su nuca y cuello, así que tu mano buscó aflojar el pañuelo alrededor de su cuello para acceder más abajo. Ocasionalmente mordías su piel, a veces más fuerte de lo que él hacía contigo, y a él le gustaba aunque nunca lo dijera en voz alta. Te gustaba cómo gruñía cuando hacías algo que lo excitaba. Diste un chupetón sobre la piel de su cuello, mientras tus dos manos presionaban suavemente un camino hacia su ingle, debajo de su pantalón.

Gimió, su cabeza ladeó en reacción a tus dedos rozando su sexo hinchado. Debido a que su espalda había arqueado, su cintura se movió hacia atrás, su trasero presionando contra tu pelvis. Claro, parte de ello fue causa de la fuerza que imponías con tus manos. Te daba una extraña satisfacción el poder sentir su cuerpo reaccionar así por ti, y ahora entre varias ocasiones, lo favorecías más que nunca, porque era tu turno de tomar el rol activo.

Estaba ardiendo mientras tus dedos acariciaban su piel, suavemente jugabas con tus dedos, no con la suficientemente firmeza como para agotar la magia rápidamente. Tu falta de fuerza intencional hacía que él temblara contra ti, hasta que por fin él tomó tus muñecas para sacarlas de su pantalón. Volteó para mirarte con furioso deseo, sus dientes atraparon tu labio inferior, a lo cual respondiste mordiéndolo a él también. Tus manos rápidamente tomaron el cuello de su camisa y lo empujaste de un golpe contra la puerta nuevamente, besándolo tan agresivamente como te era posible. Las manos de Levi estaban posadas sobre tus yugulares, ahondando la exploración de tu boca. Cuando él te besaba así, sentías que parte de ti se disolvía placenteramente, como el alivio de caer dormida tras un arduo día de trabajo.

Su beso logró calmar tu prisa, dejándote con la respiración agitada, tu corazón inquieto y con una ligera gracia asomándose en tu rostro ruborizado. Todavía ibas a seguir con tu plan.

Levi siguió tus pasos mientras continuabas jalándolo de su camisa hasta que giraste y lo tumbaste sobre la rígida cama. Él quizás no esperó ese giro, pero no protestó cuando pusiste tus piernas a sus costados sobre la colcha, de modo que estabas sentada sobre sus rodillas. Levi dobló un poco su pierna de modo que su rótula se clavaba en tu entrepierna, provocándote un gemido corto; pero prontamente pusiste tus manos sobre su cintura, casi con brusquedad le bajaste el pantalón sin desabrocharle el pantalón, provocándole un fuerte roce a la erección que ya tenía desarrollada. Las botas las dejaste en su lugar, no necesitabas que él tuviera tanta libertad de mover sus piernas para lo que ibas a hacer.

Sorprendentemente, Levi parecía perplejo por el cambio en tus caricias, más íntimas y precisas, en excesivo parecidas a las caricias que él te solía hacer. Cuando apoyaste tu pierna entre sus muslos desnudos, mirándolo directamente mientras desabotonabas su camisa, comprendiste aquella perspectiva de la que te estabas perdiendo mientras dejabas que él tomara el rol activo. Era como aquella ocasión en el armario de limpieza, pero ahora tenías una sensación de control absoluto, consumado en tus experiencias recaudadas hasta ahora.

Descendiste mientras besabas tu ruta por su pecho y abdomen, tus manos mantenían su cintura contra la superficie de la cama, y notabas cómo sus piernas estremecían ligeramente. Escuchaste un gruñido y sus manos tomaron tus hombros cuando tus labios se posaron sobre uno de sus pequeños pezones. Creíste que iba a protestar, pero en realidad no era una respuesta negativa. Miraste por un segundo su rostro, lucía una calma tan forzada que sólo podías relacionarlo con la reacción a unas cosquillas. Volviste a besar su pecho, musculoso y tenso, pero sentías cómo sus manos presionaban tus hombros para que descendieras a donde él requería atención.

No lo hiciste, pero en vez de eso, regresaste a besar su boca y él te respondió voraz y desesperado, tanta intervención de dientes hacía que te dolieran los labios, pero continuaste mientras manoseabas tentativamente el grueso vello en que cubría su entrepierna, sin tocar la punta de su pene en lo absoluto. Finalmente decidiste hacer que tu mano bajara, tocando la rugosa piel del escroto en tensión y brevemente estrujaste sus testículos, causando que su cadera empujara arriba. Continuaste besándolo, pero notabas que la lentitud de tus cariños estaban teniendo un efecto interesante en él, ya que sentías el calor radiar en sus mejillas mientras gemía gravemente bajo tu boca. Tus dedos finalmente exploraron su perineo, y entonces él se levantó repentinamente y empujó tu pecho para que te quitaras de encima.

Suspiraste, no podías negar que estabas un poco molesta— ¿Qué pasa? —cuestionaste.

No te respondió al instante, pero fuiste testigo cuando Levi se arrastró y agachó sobre el borde de la cama para alcanzar algo que aparentemente escondió justo debajo del mueble. Sin desperdiciar un segundo, te lanzó el objeto que recogió y cuando lo atrapaste reconociste que era una botella pequeña de aceite. Ya te estabas preguntando si estabas lo suficientemente preparada para esto, pero siempre era él que ya tenía previsto más detalles que tú.

— Me voy a acostar de lado, si no te importa —dijo Levi sin mirarte a los ojos mientras se acomodaba sobre su flanco derecho, con su cadera un poco levantada.

— Ah, mucho mejor, gracias —Te parecía curioso lo conflictivo que era su lenguaje corporal en sus momentos, inusualmente cohibido pero a la vez tosco y arrogante como siempre.

Rápidamente te agachaste frente a él, de modo que dabas la espalda a su cara pero toda tu atención estaba en su zona pélvica. Todavía ahora tenías que admitirte a ti misma que te era tan raro explorar partes tan ocultas de su cuerpo, tanto visual como físicamente, y también estaba la creciente necesidad de saciar tu propio libido… todo esto era un reto. Tras permitir que tu mano izquierda investigara y acariciara la piel más oscura de su anatomía, Levi apenas suspiró cuando uno de tus dedos presionó suavemente entre sus nalgas mientras tu otra mano a ocasionalmente recorría su falo sin extender tus toques.

De repente él comenzó a murmurar— De todos modos, ¿dónde llegaste a saber de este tipo de cosas? ¿En el entrenamiento de reclutas?

— Tú ya eras un adulto cuando entraste a la milicia, ¿cierto? —respondiste, un solo dedo acariciando tentativamente por su ano— Te sorprendería el tipo de cosas que un montón de jóvenes en crecimiento harían en su tiempo libre. No que me hiciera partícipe de ellas, pero… uno simplemente se entera de varias cosas cuando pone atención —En aquel momento recordaste una tarde calurosa de verano, dos hombres jóvenes perdidos en el bosque, inconscientes de que tú fuiste encargada a buscarlos, te quedaste escondida a sólo unos metros mientras intercambiaban torpes cariños; no recordabas por qué te quedaste o por qué no interferiste, pero escuchaste con atención la obscena conversación que sostuvieron, y por alguna razón no la habías olvidado; al instante regresaste de nuevo con Levi—. Por cierto, es interesante de que estés dispuesto a hacer esto… ¿puedo preguntar a qué se debe?

— No.

Era justo, después de todo Levi siempre se guardaba algunas cosas para sí mismo. Te tomaste un instante para tomar la botella y verter un poco del aceite en tu mano, frotando la sensación entre las yemas de tus dedos. Te agachaste un poco y volviste a deslizar tus dedos en la hendidura de su trasero, ésta vez ejecutando mayor presión. Masajeaste ése punto con gradual insistencia, notando como su respiración se hacía poco a poco más profunda, hasta que tu resbaladizo índice por fin se metió en aquel prieto sitio. Casi no hubo reacción de su parte salvo su honda respiración y la expresión facial de bochorno reprimido, pero apenas comenzabas. Tu dedo entró despacio completamente gracias a la lubricación que le proporcionaste, te resultó fácil moverlo incluso en un espacio tan estrecho.

— ¿Duele?

— No.

— Es como si esto no fuera raro para ti.

— No, no lo es —Estabas segura de que ello no fue un sarcasmo.

Fue justo entonces cuando curvaste tu dedo contra su húmeda pared interna y su cuerpo se sacudió visiblemente. Nuevamente presionaste lento y fuerte mientras tu mano libre dio una larga caricia a su miembro palpitante, y continuaste en paciente ritmo hasta que cediste al atrevimiento de agregar un segundo dedo; Levi gruñó aplastando su cara contra la colcha de la cama. Ver a Levi así hacía que tu propia excitación sexual te hiciera palpitar también. Esto te dio una idea.

Te apoyaste sobre tu brazo derecho y te encorvaste de modo que estabas acostada igual que él, tu rostro daba con su ingle y tus muslos estaban puestos cerca de su cabeza a propósito.

— Voy a chupártela, ¿crees que puedes usar tu lengua en mí mientras lo hago? —asumías que tu sugerencia no debía ser demasiado atrevida a éstas alturas.

— ¿Crees que tengo la maldita boca de adorno?

Con esta afirmativa, sus manos hasta ahora tensas en sumisión cogieron el cinturón de tus pantalones, y con cierta brusquedad removieron la ropa de tus ancas, dejándote desnuda de la cintura hasta arriba de las rodillas, igual que él. De nuevo estaba usando agresividad para tomar tus piernas, haciendo que tu aliento temblara de emoción, su cabeza salió entre tus muslos mientras lograba sacar sus brazos por el mismo espacio, dejando tus piernas justo debajo de sus axilas. Era una posición ventajosa para él también, ya que instantáneamente notaste la facilidad con la cual podía admirar tus empapados pliegues, ahora con sus dedos los abría y podías sentir tu cuerpo tiritar de anticipación por su respiración acariciando tu tierna piel rosada.

Pero no quedaste absorta en tus propias sensaciones. Tu mano derecha tomó su miembro de la base y lo acercaste a tu boca, extendiendo tu lengua con anticipación, del mismo modo moviste tus dedos en su interior con mayor reiteración, imitando la manera en la cual él había presionado tus nervios muchas veces en el pasado. Mientras hacías esto al succionar e introducir su miembro a tu boca, te hacía feliz notar cómo se veía afectado por estos dulces estímulos. Y definitivamente no quedabas exenta de dichos placeres.

Estaba prácticamente jugando insensiblemente contigo, su lengua no daba rienda a cada cúmulo de nervios en tu íntima zona; y sobre todo, sus gemidos seguían vibrando por tu complexión, cada avance de sus labios bebiéndote sin decoro mientras hacías lo mejor posible por no atragantarte en la calidez que abundaba de su órgano viril. Estaba a punto de venirse por haberle hecho esperar hasta ahora… Sin pensarlo mucho, tu mano derecha ejecutó mayor fuerza a la base de su pene, consciente de que retardabas su precipitado clímax. Su tormento continuaba, igual que el tuyo.

Tus dedos habían llegado más profundo aún, incluso cuando su cuerpo se comenzaba a contraer por tu casi agresiva velocidad. Podías saborear lo que todavía goteaba de su hinchado glande, y entre más placer te otorgaba oralmente, más te encariñabas con la idea de engullirlo enteramente. Los cosquilleos en tu vientre manipulaban el pausado e inconsciente movimiento de tu pelvis, tu sensible vulva sentía el fuego de su sobre-estimulación y estabas a punto de dejar ésa tensión estallar. Levi nunca dejó de raspar tu íntima carne con su lengua, su método y habilidad eran infalibles.

Una cadena de espasmos y gemiste mientras todavía lo tenías en tu boca, no eras capaz de tragar todo, pero lamiste y chupaste tan conmovida por tu orgasmo que decidiste darle también su liberación. Aquello comenzó como un ascenso lento y desesperante lleno de quejidos reprimidos y jadeos toscos, y antes de que terminara de estremecerse en tus dedos y tu boca, el cálido jugo desbordó de tus labios e incluso cuando lo retiraste de tu cansada boca, continuó eyaculando chorro tras chorro. Pero estabas demasiado complacida como para darle importancia a lo que manchó en tus mejillas, boca y nariz.

Estabas tan eufórica que no te diste cuenta de lo fuerte que jadeabas, poco te molestó la viscosa huella de su culmen en tu rostro, tampoco la singularidad de remover tus dedos de tan aplastante sensación; trataste de apartarte de Levi gentilmente pero él se te adelantó sin mucha gracia empujando tus muslos para liberar sus brazos y cabeza de aquel ángulo tan angosto. Cuando viste su rostro colorado y sudoroso con su cabello desordenado no contuviste una ligera sonrisa.

Levi se tomó unos silenciosos segundos acostado con sus brazos cruzados sobre su cara para recuperar su aliento, y tú simplemente volviste a ajustar tu cinturón para ponerte de nuevo tus pantalones, también buscaste entre sus pertenencias un paño para limpiarte la cara y las manos. Pero cuando terminaste, él todavía estaba reposando.

Sin pensarlo, quisiste tocar nuevamente su muslo para llamar su atención, hasta que repentinamente habló antes de que lo hicieras:

— No me toques con ésa mano si sabes por dónde la metiste. Lávatela hasta que ya no te huela a culo.

— Jamás olvidaría hacer eso, Levi —ciertamente, cuando Levi era quien lo decía, lo hacía sonar asqueroso, y quizás lo era, pero no estabas con la mentalidad de vilipendiar algo que te gustó hacer y que evidentemente él también disfrutó—, mucho menos si tengo planeado convertir esto en parte de nuestra rutina.

Él exhaló un suspiro que denotaba fastidio un tanto teatral.

— Bueno, mierda.

Pero no quería decir que se negaba, así era Levi. Él insistió en que te adelantaras afuera de la habitación, pero era justo que te dieras prisa para ir al sanitario e higienizar tus manos, pues simples paños de limpieza no harían un trabajo eficaz.