Capítulo 7 parte 2.- Nunca te dejaré sola.

Nota: Gracias por leerme, sus visitas llenan de ánimo mi corazón y me impulsan a seguir adelante. No me detengo más y les dejo la conti de este capítulo a partir de donde nos quedamos. Sean felices.

Efectivamente, Ongokuki llevó a Lin a una cueva alejada, la cual había cerrado con una roca, en donde tenía a varios niños más prisioneros, los niños de la aldea vecina. Ellos lloraban dando voces y sus alaridos sacaron a la pelinegra de su trance.

¿Cómo llegué aquí? — se preguntó al reaccionar, parpadeando un poco.

¡Bua! — gritaban los más pequeños —. ¡Quiero a mi mamá!

¡Ya cierren la boca escuincles! — el ogro levantó la voz más que los niños para intimidarlos, consiguiendo que se silenciaran momentáneamente, y se acomodó a descansar a la entrada de la misma, sin poner la roca otra vez.

¿Qué pasa? — Lin se acercó a los otros, hablando con su tierna y suave vocecita —. ¿Por qué están tristes? — les preguntó —. ¿Y qué hacemos aquí? — miró las paredes de piedra.

Ese ogro nos trajo aquí para comernos — dijo un niño con voz temblorosa.

Por eso tenemos miedo — agregó una pequeña tratando de controlarse para no soltarse a llorar de nuevo —. Los yōkai son malos.

¡Yo quiero ir a casa! — otro no pudo cesar el llanto, su hermano mayor lo abrazó para confortarlo —. ¡No quiero que ese yōkai me coma!

Aaa… ya veo — Lin se sentó muy tranquila —. A mí me dan más miedo los bandidos — dijo poniéndose algo seria —, ellos sí son malos porque matan a la gente sin razón.

Los que lloraban se quedaron callados una vez más y todos la miraron asombrados por sus palabras.

¿Crees que los bandidos son peor que los yōkai? — el niño que parecía el mayor del grupo la cuestionó un poco incrédulo —. ¿Acaso estás loca?

Los bandidos mataron a mis papás y a mis hermanos porque éramos pobres y no pudieron robarnos nada — contestó la pelinegra bajando la vista —, y me dejaron sola — parecía que lloraría al recordar ese triste episodio de su corta vida —. Pero ahora ya no estoy sola, y no me asusto porque se que vendrán a rescatarme — levantó al mirada y sonrió al instante —, y también a todos, así que ya no se preocupen.

¿Quién vendrá? — le preguntaron con mucha curiosidad.

El Señor Sesshōmaru — contestó muy segura, sin disimular su felicidad —. Él nos va a salvar.

Ongokuki no había puesto atención a la charla, parecía dormitar cuando algo llamó su atención, así que salió sin molestarse en cerrar la cueva.

¡No se atrevan a salir mocosos! — les gritó a los pequeños sin voltear a verlos. Todos guardaron silencio otra vez.

Enfrente del lugar se divisaba la silueta de otros niños, parecían perdidos. El ogro tomó de entre sus ropas el instrumento y empezó a tocar su melodía para atraerlos. Demasiado tarde notó que era una trampa, acercándose a "ellos" al notar que no reaccionaban ante la música.

¡¿Qué? — es lo último que pudo exclamar cuando fue rodeado por algunos individuos.

Los monjes discípulos del Ungai – sama actuaron rápidamente siguiendo las instrucciones de su mentor. Corrieron en círculos a su alrededor, arrojándole pergaminos sagrados. Cuando los pergaminos tocaron el cuerpo del ogro expulsaron la energía espiritual almacenada en ellos, consiguiendo que el monstruo lanzara un alarido de dolor y se retorciera tratando de liberarse de dicha energía. El anciano monje hizo unos movimientos precisos con la mano derecha, concentrando su propio poder sagrado.

¡Yōkai, desaparece! — dijo en tono de orden, dirigiendo su mano hacia donde Ongokuki yacía paralizado.

Al momento, la terrible descarga de energía consiguió disolver el cuerpo y la esencia del desafortunado demonio, del que podría decirse exhaló su último suspiro antes de desaparecer por completo en una breve explosión.

Un poco antes de eso…

¡Lin, amo Sesshōmaru! — Jaken había despertado de su desmayo y continuaba con su búsqueda, ahora más preocupado por él que por la niña — ¡Lin, amo Sesshōmaru!

Nuevamente chocó contra algo duro…

Oye rana descuidada, fíjate por donde caminas — la voz familiar del medio hermano de su Señor lo despabiló otra vez.

¡Inuyasha!… — dijo haciéndose un poco atrás, tratando de alejarse del Hanyō —, ¡y…! — se fijó en los demás.

No se le ve muy bien — opinó Shippou trepado en el hombro de Miroku.

¿Acaso le ocurrió algo malo a Lin? — preguntó Aome un tanto consternada.

Ongokuki se la robó — contestó mirando hacia otros lados, tratando de buscar un sitio para escabullirse —. A ese ogro le gusta robar niños.

Los amigos se miraron por un instante, comprendiendo muchas cosas con las palabras del pequeño demonio verde. Si la situación para Jaken no fuera tan desesperada no les habría contado nada con esa facilidad.

Disculpa la pregunta — dijo Miroku con amabilidad y tono bajo para no asustarlo más —, ¿de casualidad has visto un grupo de monjes como yo?

¿Monjes? — el aludido fijó sus grandes ojos de canica en el ojiazul, tratando de recordar algo relacionado con monjes que la niña le había contado esa misma tarde —. No, no he visto ninguno — respondió al fin —. Y ustedes… ¿han visto a mi amo? — preguntó volviendo a mostrar cara de susto —. Él fue a buscar a Lin.

Todos negaron con la cabeza, cerrando los ojos en señal de compadecer su situación, por lo que el pequeño demonio se alejó muy aturullado, retornando a su letanía.

¡Lin, amo Sesshōmaru! — gritó internándose entre los arbustos.

Esto no es bueno — habló Miroku en cuanto perdieron de vista al sirviente —. Ese debe ser el ogro que se robó a los niños de esa aldea y…

Lin está con ellos — intervino Aome intuyendo el alcance del asunto —. Eso significa que…

Sesshōmaru irá por ella — interrumpió groseramente Inuyasha, comprendiendo también —. ¡Mierda! Va a matar a esos monjes si se atreven a desafiarlo… — parecía alterado — y no estoy en condiciones de enfrentarlo para contenerlo. ¡Carajo! Ni siquiera puedo olerlo.

Tranquilo, intentaremos hablar con él antes de que haga algo indebido — dijo el ojiazul palmeándole el hombro, recibiendo de su amigo una mirada de incredulidad en tanto le brotaba una pequeña y disimulada gota anime.

Seguro… — el Hanyō trató de no poner los ojos en blanco.

Las chicas y Shippou parecían querer reaccionar como el de larga cabellera negra, pero decidieron dejarlo para otra ocasión… lo prioritario en este momento era detener a Sesshōmaru.

Vamos Kirara — Sango se aprestó para entrar en acción, llevando puesto su traje de batalla —. Irás con nosotras Aome, para que Inuyasha pueda moverse más rápido — le indicó a la pelinegra.

El aludido la miró un poco harto en lo que la nekomata adquiría su apariencia de pantera.

Graciosa — le dijo a la exterminadora en tono de molestia.

No te ofendas — intervino Miroku guardando una sonrisa, mirando de reojo a su dulce tormento —, y apresurémonos.

¿Hacia dónde Kirara? — dijo la castaña mientras ella y la joven del futuro subían al lomo de la mascota.

La felina gruñó una respuesta y tomó velocidad hacia el frente, tratando de captar el olor del Daiyōkai.

Kirara lo encontrará — el joven monje apuró el paso para seguirla.

¡Muévete Inuyasha — gritó Shippou encaramado aun en el hombro del ojiazul —, o te dejamos!

El de negros y largos cabellos no se quedó atrás, así que rápidamente se emparejó con sus amigos.

Regresemos a la cueva donde nos quedamos, en el último instante…

Ya pueden salir, están a salvo.

Los jóvenes discípulos del Ungai – sama se dirigieron a los niños, los cuales se habían asomado tímidamente a ver lo que sucedía en cuanto escucharon los gritos angustiados del ogro que los secuestró. Visiblemente aliviados hicieron caso a la petición, excepto alguien…

No tengan miedo — algunos cargaron a los más pequeños —, los llevaremos con sus padres.

¿Son todos? — preguntó el hombre mayor tratando de contarlos… no fuera a ser que el yōkai ya se hubiera comido uno.

Allá adentro se quedó una niña — indicó un chiquillo, señalando con su pequeño dedo el interior de la caverna.

Ella dice que le dan más miedo los bandidos que los yōkai — agregó una pequeña.

El Ungai – sama se adentró para comprobar las palabras y… se llevó una gran sorpresa al toparse con la jovencita de negra cabellera, la que había visto esa mañana escapar montada en un yōkai. Sí, la reconocería en cualquier lado por esa túnica tan desgastada… ¿qué significaba esa coincidencia? Lin permanecía sentada con la cabeza gacha, jugando un poco con la tierra que se encontraba a sus pies.

Dime niña, ¿qué haces aquí? — la cuestionó mirándola fijamente.

La pequeña pelinegra levantó la vista y fijó momentáneamente sus achocolatadas pupilas en el rostro del anciano, con expresión un tanto seria. Después negó con la cabeza y volvió a concentrarse en su juego. El hombre no le quitó la vista de encima… no podía dejarla abandonada a su suerte.

¡Suélteme! ¡Bájeme! — Lin pataleaba siendo llevada por el anciano monje, quien la cargaba de forma no muy delicada. La había agarrado con firmeza para conducirla a la comunidad —. ¡Yo no soy de esa aldea… no quiero ir allá!

No seas berrinchuda niña — dijo el Ungai – sama imponiéndose a sus reclamos —, no puedes vivir sola en este lugar tan peligroso.

¡Sí puedo vivir aquí… no estoy sola! — siguió quejándose —. ¡El Señor Sesshōmaru vendrá por mí, él siempre está conmigo! — y se agitaba queriendo zafarse.

¿El Señor Sesshōmaru? — el exorcizador preguntó con algo de ironía… seguramente la niña soñaba o alucinaba con alguien —. ¿Estás segura de que ese señor vendrá por ti?

¡Señor Sesshōmaru! — la pelinegra gritó un poco más alto, como si fuera a ser escuchada, aunque la voz se le quebró un poco —. ¡Señor Sesshōmaru! — y le brotaron unas cuantas lagrimitas de desesperación… no quería creer que su salvador la hubiese abandonado.

Entre los arbustos, sus lastimeras palabras habían sido escuchadas…

Sesshōmaru había llegado casi al mismo tiempo que los monjes y decidió permanecer oculto para que no lo molestaran… que las escorias hicieran su trabajo y lo dejaran en paz. Vio la forma tan sencilla en la que acabaron a Ongokuki, y como sacaban a los niños de la cueva. Se fijó que Lin no salió con ellos, pero no tardarían en descubrirla, pues uno de los infantes mencionó que se había quedado adentro. "Es lo mejor para Lin…" pensó el Daiyōkai mirando la escena entre la espesura, "es necesario que vuelva con los suyos… ahí estará bien". Oyó los reclamos de la niña pero no se movió ni un centímetro adelante, antes prefirió volver sobre sus pasos, apartarse de una buena vez de los humanos; más la trémula y lastimera voz de la chiquilla lo hizo detenerse una vez más.

¡Señor Sesshōmaru! — escuchó que lo llamaba… parecía que lo hubiera visto y se entristeciera al ver que se alejaría y la abandonaría con esas personas —. ¡Señor Sesshōmaru! — no pudo contener el llanto, lágrimas emergieron de sus grandes ojos cafés.

"Está llorando"… el salado olor de la pena llegó a su finísimo olfato, la niña no estaba preparada para volver con su especie.

Sintió como el peso de algo extraño estrujaba su corazón… en realidad no quería alejarla de su lado y no podía obligarla a vivir con la insigne especie humana si la jovencita no era feliz… era preferible mantenerla junto a él si eso la hacía sentirse mejor, aunque significara cambiar sus ideas y la percepción del mundo y, tal vez, enfrentarse perpetuamente a los que no comprendieran lo que esa chiquilla representaba en su vida. Él siempre la protegerá, jamás dejará que algo malo le suceda… nunca la dejará sola mientras viva.

El Ungai – sama se percató de una presencia demoniaca y, arrojando un aparato extraño, de los que utilizaban en ese época los monjes exorcistas, abrió un espacio entre el follaje, en el lugar donde el gran demonio blanco había permanecido oculto. Al mirarlo bien no pudo evitar sorprenderse, lo mismo que sus discípulos… era el peligroso yōkai con el que habían topado la noche anterior.

¡Señor Sesshōmaru! — Lin se alegró de verlo ahí… él había ido por ella, él jamás la dejaría abandonada.

¿¡Tú! — el anciano monje preguntó un poco alto, disimulando el asombro en su gesto.

La imponente figura de Sesshōmaru surgió en cuanto el humo que provocó el extraño aparato al chocar con el poder del Daiyōkai se disipó por completo. Ahora tendría que dar la cara a esos ilusos monjes… no podía echarse atrás. Avanzó como contando los pasos, aproximándose donde el anciano exterminador tenía a la chiquilla, con gesto impasible y tranquilo en apariencia, sin decir ni media palabra.

¡Rodéenlo! — indicó el maestro a sus discípulos —. ¡Ya saben lo que tienen que hacer!

¡Niños, es mejor que entren a la cueva! — dijo uno de los jóvenes soltando con cuidado al pequeño que llevaba en brazos, para acomodarse en la formación.

Ni tardos ni perezosos obedecieron los aludidos. Los monjes corrieron en círculos alrededor del Daiyōkai, como habían hecho con Ongokuki, y le arrojaron varios pergaminos sagrados, los cuales se adhirieron a sus ropajes. El Inugami pareció detener su marcha, mirando de soslayo los papeles benditos.

¡Muere yōkai! — gritó el anciano monje, haciendo unos rápidos movimientos con su mano libre, concentrando la energía espiritual que rodeaba a Sesshōmaru.

¡Señor Sesshōmaru! — la pequeña pelinegra se mostró preocupada en cuanto la descarga de energía espiritual que envolvía al gran demonio explotó, dejando una espesa nube de polvo justo donde se encontraba su Señor.

¿Será posible que…? — murmuró entre los árboles una voz un tanto áspera.

¡Shh! — otra voz lo hizo callar, empleando el mismo tono bajo —. Esto aun no termina… no lo vencerán tan fácilmente.

Inuyasha y sus amigos observaban también la escena; se presentaron justo a tiempo cuando el ogro fue enviado al más allá por el Ungai – sama, no se movieron, esperando que Sesshōmaru apareciera en el momento indicado y deseando que de verdad no tuvieran que intervenir… no sería prudente enfrentarse al Inugami, especialmente en esas condiciones.

El polvo se desvaneció otra vez, dejando al descubierto que el Daiyōkai no había sufrido ningún daño. Sesshōmaru volvió a caminar, sin abrir la boca, sin decir nada y sin expresar nada. Únicamente la dorada mirada estaba fija en la pequeña pelinegra y en el anciano exorcizador. "Humanos… sólo dan lástima" pensó sin preocuparse por los gestos de incredulidad que se habían dibujado en la cara de los discípulos. El maestro pareció quedarse sin habla por un instante, como preguntándose en que había fallado, más recuperó la compostura casi de inmediato.

¡No lo dejen avanzar! — volvió a levantar la voz, dando algunos pasos atrás para conservar una prudente distancia —. ¡Vuelvan a rodearlo con la otra técnica!

Los discípulos se despabilaron y rápidamente se dispusieron a cumplir con la nueva disposición de su mentor. Esta vez extendieron el brazo, en el cual llevaban un rosario cada uno, y se movieron con agilidad alrededor del gran demonio blanco, quien continuó andando como si no notara su presencia. El movimiento de los monjes creó un círculo de energía sagrada, el cual se cerró impidiendo que Sesshōmaru diera otro paso en cuanto se dio cuenta de que esta vez la energía era más fuerte que la anterior. Se detuvo… ¿acaso de verdad lo habían acorralado?

¡Ahora sí, será tu fin! — el anciano monje volvió a concentrar la energía sagrada, esta vez utilizó su báculo sagrado, en cuya punta se podía apreciar una piedra espiritual de mediano tamaño, de la cual también emergió energía. Sin titubear la dirigió al gran demonio blanco, para acabarlo de una buena vez.

¡Señor Sesshōmaru! — la pequeña Lin se mostraba consternada, ¿sería posible que su Señor fuera exterminado de esa forma?... y todo por su culpa, como siempre le decía el señor Jaken.

El rostro impasible y sereno de Sesshōmaru se deformó en una mueca al recibir el impacto de energía sagrada, parecía una mueca de dolor… pero en realidad era de furia a punto de desbordarse. Sentía que la sangre le subía a la cabeza… ese maldito monje lo estaba sacando de sus casillas al querer eliminarlo como si él, el gran Sesshōmaru, fuera un insignificante yōkai, al cual vencer tan fácilmente como el pobre y confiado ogro de momentos atrás. El insolente tendría que morir. Tomó a Tōkijin por la empuñadura, dispuesto a sacarla de su obi, con la más firme intención de acabar con el exorcizador… con sólo dirigir el filo de la espada hacia el hombre lo haría polvo. Sin embargo no se atrevió a hacerlo… su querida niña aun era sostenida por el monje, y a ella no la lastimaría jamás.

¿Qué ocurre? — habló uno de los alumnos, algo temeroso por el cambio en la expresión del poderoso demonio.

Así que nos mostrarás tu verdadero aspecto… — murmuró el Ungai – sama, malinterpretando el gesto de Sesshōmaru —. ¡No se detengan! — fue la orden para los alumnos.

El Inugami expulsó de forma controlada su poder demoniaco. Su platinada y larga cabellera se agitaba dándole una apariencia más aterradora, sus enrojecidos ojos reflejaban su ira, abría y cerraba sus afiladas garras, gruñó mostrando los colmillos por un segundo… y después incrementó su furia, casi como si fuera a transformarse en el enorme perro blanco, aunque siguió reservando todo su ímpetu para no herir a la chiquilla.

Lin tenía la vista fija en su Señor, su carita mostraba asombro al ver por primera vez a Sesshōmaru tan enfurecido. No parecía asustada, simplemente no podía apartar la mirada achocolatada del gran demonio, como si la hipnotizara con su presencia.

Los jóvenes discípulos no retrocedieron aunque se sintieron un tanto alarmados por la potencia demoniaca del poderoso yōkai, y continuaron moviéndose sincronizadamente sin dejar de extender los rosarios. El Ungai – sama pareció incrementar también la barrera espiritual, y sin más volvió a la carga, moviendo más bruscamente su báculo, como si fuera una espada dispuesta para cortar al enemigo. Súbitamente los rosarios se rompieron y los alumnos fueron arrojados hacia atrás, ante el choque violento de las energías. Apenas si tuvieron tiempo de ver lo que había ocurrido. El Ungai – sama también cayó hacia atrás… su báculo sagrado se quebró, al igual que los rosarios. Todo se rodeo de una nube de polvo, levantada por la explosión producida.

¡Mierda! — Inuyasha quiso salir de su escondite para detener a su hermano mayor.

¡No te muevas! — Miroku levantó el brazo delante de él —. Los monjes no murieron… bien sabes que ese no es todo su poder oculto. Dejemos las cosas así o se complicaran más.

¡Carajo! — espetó el de negra y larga cabellera, tragándose su molestia.

En cuanto el panorama se aclaró… Sesshōmaru continuaba de pie en el mismo lugar, con su característico semblante de estatua grecolatina, como si no hubiera ocurrido nada raro. Tenía las doradas pupilas fijas en la pequeña, la cual se había soltado del anciano monje, quien tartamudeaba algunas cuantas palabras ininteligibles. Los jóvenes discípulos yacían desvanecidos, casi rodeando al gran demonio, y el hombre mayor había "aterrizado" sobre sus rodillas, con la mirada perdida, tratando de entender el por qué de las cosas. La única muestra visible de que algo fuera de lo común había sucedido en ese lugar era un surco un tanto profundo, que se extendía algunos metros más atrás del Daiyōkai, y que había abierto una brecha entre los tupidos árboles. La pequeña se le plantó de frente, mirándolo aun asombrada.

Lin… — dijo al tiempo que levantaba la vista, para disimular el alivio de verla sin ningún rasguño.

¿Si? — preguntó la aludida.

Haz lo que quieras — concluyó y echó a andar de regreso al bosque, sin volver la vista atrás.

Si la niña decidía irse con los humanos después de haber visto su fiereza… prefería no mirarla más, y era mejor que así fuera. Él continuaría su camino y seguiría siendo el más poderoso Inugami de todos los tiempos… ella volvería a ser una más de esa especie, una humana más entre varias. Y, aunque esa resolución le oprimiría el corazón, no le rogaría que fuera con él otra vez.

Lin no le quitó la vista de encima y lo dejó avanzar unos cuantos pasos, como si estuviera indecisa, como si no supiera que hacer en realidad, como si no pudiera decidir lo que le convenía.

¡Sí! — volvió a sonreír y se dispuso a seguirlo… esa era la mejor manera de vivir, siempre al lado de su Señor.

¡Espera! — el Ungai – sama reaccionó y trató de tomarle firmemente un brazo —. ¡Los yōkai y los seres humanos no podemos vivir juntos!

La niña lo miró con pena y se soltó con brusquedad, volviendo a encaminarse tras la alta figura que se alejaba con garbo.

¡Ellos y nosotros pertenecemos a mundos diferentes! — el hombre trató de hacerla entrar en razón, levantando un poco la voz —. ¡El tiempo no camina igual para ambos!

La chiquilla pareció comprender esas palabras… se detuvo momentáneamente y recordó lo que el señor Jaken le había dicho con respecto a lo que significa el tiempo para los yōkai y para los humanos: "Para nosotros 100 años no son casi nada, pero para ti… es probable que ya estés muerta cuando el amo tenga su imperio."

¿Ves como tengo razón? — agregó el exterminador al verla titubear —. Ven conmigo para que te lleve a la aldea.

La jovencita volteó a verlo con semblante serio… después le dedicó una sonrisa dulce y se despidió con un gesto de la mano, para correr detrás de Sesshōmaru.

¿Por qué? — se preguntó el anciano antes de desmayarse.

Afortunadamente los monjes fueron auxiliados para volver a la aldea junto con los niños, pues Inuyasha y sus acompañantes los llevaron hasta allá.

Ya había amanecido cuando una pequeña y verde criatura trastabillaba al caminar en círculos, inconsciente de sus actos, gritando con tono lastimero la siguiente letanía:

¡Lin, amo Sesshōmaru! — Jaken anduvo toda la noche recorriendo los mismos lugares, buscando a su amo y a su pequeña y humana compañera —. ¡Lin, amo Sesshōmaru!

Jaken… — la voz serena de su Señor lo hizo volver a la realidad.

¡Amo bonito! — miró al gran demonio con la felicidad reflejada en su rostro —. ¡Y también está Lin! — corrió hacia donde ellos se encontraban —. ¡Señor Sesshōmaru, enseguida regreso con Ah – Uh!

Les dedicó una reverencia y se alejó internándose nuevamente entre el follaje. La pequeña pelinegra se sentía y se veía muy feliz, no podía ocultar su sonrisa… se iría con el gran demonio, seguiría junto a él a pesar del tiempo. Volvió la vista un tanto a la derecha al notar unas pequeñas tumbas junto al sendero en el cual se habían detenido, y se acercó a ellas, agachándose para tratar de leer los nombres grabados en las lápidas. El Daiyōkai parecía no percatarse de sus acciones, esperando ver aparecer a su sirviente.

Señor Sesshōmaru… — la chiquilla habló tiernamente desde su postura, haciendo gesto soñador — cuando yo muera, ¿me promete que no se va a olvidar de mí? — preguntó mientras jugueteaba con las diminutas florecillas que adornaban las tumbas.

Sesshōmaru dirigió una mirada de soslayo a la niña, haciendo un leve gesto de asombro por la pregunta… ¿cómo iba a olvidar su inocencia, su confianza, su dulzura, su cariño…? Recuperó la serenidad y desvió la vista una vez más, sin ocultar una sonrisa sutil… la calidez de la jovencita le llegaba al corazón, haciéndolo sentir diferente de cómo había acostumbrado ser.

No seas tan ingenua — contestó en tono un tanto alegre —, deja de pensar tonterías.

¡Amo Sesshōmaru — Jaken llegó montado en Ah – Uh, interrumpiendo los pensamientos de su amo —, ya estamos aquí!

Cayó cómicamente al suelo y se levantó con presteza, inclinándose respetuosamente frente al Daiyōkai. El dragón volaba algo bajo, esperando la orden para avanzar.

Todo esta listo amo bonito — dijo Jaken sin enderezarse.

Andando — fue la respuesta de Sesshōmaru, y pasó a su lado sin mirarlo.

¿Continuaremos buscando a Naraku? — el diminuto demonio pareció dudar un momento de eso.

¡Por supuesto señor Jaken! — contestó Lin avanzando también —. Si no se apura lo dejamos.

Y corrió para alcanzar al gran demonio, que ya había abarcado una distancia considerable con su elegante andar. El pequeño sirviente no quiso quedarse atrás y la imitó.

¡Espérenme! — gritó antes de tropezar con una piedra… por enésima ocasión.

¡Señor Sesshōmaru! — dijo la pequeña casi carcajeándose.

El Inugami no se detuvo y continuó caminando y, aunque su rostro se mostraba serio e impasible, el fondo de su corazón rebosaba de felicidad.

Nota: Este capítulo fue muy tierno, recalcó que me parece que es donde se muestra más el sentimiento que la pequeña Lin había despertado en Sesshōmaru, sentimiento de amor paternal, de preocupación por ella. Desde aquí hasta el Kanketsu – hen, capítulo 9, el inicio de mi historia, más no por ello el final, porque aun continúa la batalla por derrotar a Naraku, el cual quiso nuevamente utilizar a la pequeña pelinegra para enfrentar al gran demonio blanco, así como definir la vida amorosa del Daiyōkai con… Saludos.

P.D. Y me tomaré un poco de tiempo en actualizar, entre "Pasado mañana" y "Un juego por la vida de Naraku", junto con mis quehaceres escolares, me tienen bastante restringida a veces en cuanto a plasmar las ideas en un escrito. Puliré los detalles de capítulo para que quede tan bien como hasta ahora. Arigato.