―20 días después―
―Entonces este es el plan... ―Levi señaló un punto en el mapa extendido sobre la mesa de la sala―. Iremos a la zona oeste de la ciudad. Allí quedan demasiados shindas y tenemos que acabar con ellos cuanto antes.
―Debemos ir por la zona este ―le contradije, señalando el lugar recién indicado.
Frunció el ceño, levantando la mirada.
Aquí vamos otra vez.
Podría decirse que nos llevábamos bien. Desde ese día en que compartimos un tiempo frente a la chimenea, nos unimos cada vez más. No obstante, cuando se trataba de idear planes y ver quién tenía razón, nos volvíamos peor que perro y gato. Pensábamos completamente diferente, así que las discusiones o el uso de la violencia eran algo normal entre ambos.
―Joder, nos beneficia más la zona oeste ―replicó Levi, cruzándose de brazos.
―Pero acuérdate de tu hermano, idiota ―dije, dándole un pequeño golpe en la frente―. Si es inteligente, como tú dices, es obvio que se ha ido a la zona este, donde hay menos shindas. ¿Captas lo que digo?
―Tsk, aún así ―comentó, tercamente, seguro de lo que decía―. Mientras menos queden, mayor es la probabilidad de salir vivos.
―¡Agh! Lo haces para darme la contra, ¿cierto? ―dije, acercándome a él.
―¿Por qué debería? ―se colocó frente a mí, matándome con la mirada―. Tu plan es un asco.
No tardé en tomarlo de la camiseta, y él de imitar mi acción.
―Voy a hacerte pedazos, Rivaille. Y, una vez que comience, vas a rogarme que me detenga ―mascullé, enojada.
―¿Oh? ¿En serio? ¿No crees que será al revés? ―se burló―. Mañana no podrás ni caminar, Ackerman.
―Oigan, ¿están hablando de golpearse o de follar? ―preguntó Hanji de la nada, metiéndose entre ambos―. Porque si es la segunda opción, los dejo solos, solín, solitos.
―Tsk, cuatro ojos de mierda ―espetó Levi, separándose de mí. De inmediato, coloqué mi muñeca en mi mejilla, pues sus palabras, por alguna razón, me habían causado un poco de vergüenza y no quería que vieran mi rostro―. Siempre metiéndote en donde no te llaman.
―Esa es mi especialidad, cariño ―le guiñó un ojo, mientras realizaba un gesto de grandeza, orgullosa por las palabras que le acababan de decir―. Bien, entonces... ¿Cuál es el plan?
―Iremos a la zona oeste.
―Iremos a la zona este.
Ambos hablamos al mismo tiempo.
De inmediato, nos dirigimos una mirada que indicaba que la pelea seguiría.
―Oh, bien, iré a llamar a Erwin para que no se pierda el espectáculo ―Hanji sonrió, saliendo de la sala desesperadamente.
~.~
No iba a admitirlo, pero el plan de Levi sí era algo bueno. Sólo algo.
Al final, luego de tanta discusión, desistí y terminé dándole la razón e ir a la zona oeste de la ciudad.
La cosa es que decidimos separarnos (con demasiada insistencia de mi parte), así el trabajo se hacía mucho más rápido. Además, cada uno sabía encargarse de sí mismo, por lo tanto, no habría problemas.
Miré hacia arriba por unos momentos. Ya era un poco tarde, creo que pasaban de las 7:00 p.m. Estaba comenzando a anochecer lentamente.
Suspiré.
Buscar al hermano de Levi era más difícil de lo que pensé. Si bien, había una gran posibilidad de que se hallara muerto, él se negaba a pensarlo rotundamente. Y si Levi creía que era así, yo no tenía otra opción más que confiar una vez más en aquellas palabras.
Un putrefacto olor a podrido inundó mis fosas nasales, haciendo que reaccionara de inmediato. Por suerte, esquivé justo a tiempo al shinda, agachándome y golpeándolo con la culata del rifle, poniendo distancia entre ambos. Ya con mi debido espacio, le disparé en la cabeza, y el estruendoso ruido hizo que uno tras otro fueran apareciendo.
Así que estaban escondidos, ¿eh?
Hice una mueca y dirigí el arma al más cercano. Sin embargo, cuanto apreté el gatillo, la bala nunca salió disparada.
―¿Pero qué...? ―fui retrocediendo, buscando municiones en mi mochila, las cuales no logré encontrar―. Mierda, no me queda nada.
Bien. Y yo sin saber dónde se encuentra Levi.
Comencé a correr entre las calles con todo lo que mis piernas daban, viendo de reojo la manera en que más shindas iban saliendo de sus escondites como pequeñas ratas escurridizas en busca de comida.
Es un hecho: soy un imán de muertos.
―¡Levi! ―grité fuertemente con la esperanza de que él estuviese cerca.
Mas no recibí respuesta alguna, y eso me exasperó demasiado.
―¡Levi! ―volví a gritar―. Maldita sea, estúp...
Alguien jaló de mi brazo con fuerza, metiéndome en un callejón. Intenté forcejear y gritar, pero una mano en mi boca y un brazo rodeando mi cintura, me detuvieron. Abrí los ojos, encontrándome con un Levi bastante serio, presionando su cuerpo contra el mío, resguardándome contra la fría pared de ladrillos.
Su respiración era agitada y una fina capa de sudor se impregnaba en su frente, dándome un indicio de que había estado corriendo por un tiempo largo. Miraba hacia un costado, observando detenidamente cómo los shindas pasaban de largo, sin notar nuestra presencia y pensando que yo continuaba escapando.
Cuando ya no se vio ninguno, mi vista regresó al chico frente a mí, el cual seguía con el ceño fruncido, echando un vistazo a las calles para cersoriarse de que algún muerto no quedara cerca.
Me relajé, teniendo la confianza de que Levi me sostendría. Cerré los párpados por unos segundos, respirando tranquilamente y, al abrirlos, no pude evitar quedarme tildada.
De un segundo a otro, me hechicé con sus facciones. No había reparado en el color azul de sus ojos; ni muy oscuro, ni muy claro. Su nariz es pequeña y sus pestañas son bonitas. Las ojeras bajo sus ojos contrastan en su pálida piel, demostrando que las noches de insomnio se habían apoderado de él en varias ocasiones.
Estaba tan cerca de mí que podía percibir su aroma. Y, a pesar de que se hallaba transpirando, me era sencillo olfatear su olor propio. Era una mezcla de menta, té, y limpio. Me gustaba. Por último, mi atención se fue a sus labios finos y levemente fruncidos debido al esfuerzo.
―¿Estás bien? ―su voz me arrancó de mis extraños pensamientos, pero yo no podía apartar la vista de su boca.
No sé qué mierda me sucedía. Su presencia fue reconfortante, cálida, y no quería despegarme de él ni un momento. Mis manos ―anteriormente colocadas a los costados de mi cuerpo― se dirigieron por sí solas a su cuello. En este había una cicatriz apenas visible que noté cuando estábamos frente al fuego de la chimenea. La acaricié suavemente con mi pulgar, recorriendo la extensión de lo que antes era una herida.
Nuestros rostros fueron acercándose poco a poco. Juraba que el tiempo se había detenido en ese mismo instante. Las manos de Levi se dirigieron a mi espalda baja, atrayéndome más a él. Sentí un cosquilleo que me recorrió el cuerpo entero. Por un momento, un pequeñísimo momento, me desvié de la realidad y me fundí en la sensación de su cercanía.
«¿Qué haces?» Me preguntó esa voz en mi cabeza.
No tengo ni la más remota idea.
Y no me importa...
Sus fríos labios apenas rozaron los míos. Y, en ese preciso instante, un tremendo ruido nos pinchó esa burbuja en donde ya no existían shindas; tan solo Levi y yo.
Ambos miramos hacia un costado y, todos los muertos que me habían perseguido a mí hace unos minutos, se hallaban agrupados en la entrada del callejón, dejándonos sin salida.
―Diablos ―maldije, retrocediendo―. Dime que te quedan balas.
―Digamos que es mejor que comencemos a correr ―respondió al milisegundo.
Acatamos la opción al pie de la letra, adentrándonos cada vez más en el callejón, rogando que hubiera alguna salida del otro lado. Si fuese por mí, me hubiera quedado a sacarles la cabeza con mis propias manos y la navaja que llevaba en el cinturón. Sin embargo, eran tantos que dudaba que entre los dos pudiéramos lograrlo.
Finalmente, llegamos al otro lado, y, para mi jodida suerte, una pared de ladrillos se interponía entre nosotros.
―Mierda ―la golpeé, intentando romper algún ladrillo y así poder escalar. Pero era completamente inútil.
Volví a largar puñetazos, una y otra vez, sintiendo cómo mis nudillos ardían y la sangre brotaba de ellos. Mi desesperación crecía a medida que ellos se iban acercando.
―Tsk, ven aquí ―masculló Levi, tirando de mi brazo para captar mi atención.
Cuando lo observé, tenía sus dos manos juntas, indicándome que lo usara como soporte para poder subir el muro. Si bien, la pared de ladrillos no era tan alta, costaría poder subir a Levi desde arriba.
Asentí, apoyando mi pie en sus dos manos, y él me elevó de una sola vez. Subí al techo rápidamente y dejé mi mochila ahí, para luego volverme e inclinarme hacia abajo lo más que se me permitía. Le extendí mi mano, desesperándome al ver que no la tomaba.
―Soy muy pesado, no me podrás ―dijo, mirando hacia atrás y notando a los shindas a tan solo cuatro metros, empujándose entre ellos para llegar primero a Levi. Al mismo tiempo, él sacó una navaja de su pantalón.
―Cierra la puta boca ―dije, estirando más mi brazo.
Tras mi insistencia, tomó mi mano y yo tiré con todo lo que podía, haciendo el esfuerzo de subirlo al techo e intentando no caerme en el proceso. El músculo de mi brazo se contrajo y, tontamente, pensé que en cualquier momento explotaría por la fuerza ejercida.
No mentía al decir que era pesado.
Finalmente, logré subirlo y él se aferró al techo, aliviado, pues lo habíamos logrado por un pelo. Me dejé caer, recostándome contra el duro cemento y tragando el jodido oxígeno que se me fue del susto.
―Eres...un... ―tomé aire, colocando mi antebrazo sobre mis ojos―. ¡Idiota!
―¿Yo? ¿Por qué? ―preguntó ofendido.
―Pensaste, por un segundo, que te dejaría ―respondí secamente.
Hubo silencio.
―Sólo no imaginé que tendrías tanta fuerza, ¿bien? ―respondió luego de unos minutos, como si estuviese procesando qué decirme para que yo no me enfadara.
No contesté y, simplemente, me puse de pie, inspeccionando cómo estaba la situación allá abajo. Los shindas trataban de trepar la pared en intentos inútiles, tontos y desesperados.
Suspiré, volviendo a sacar todas las cosas de mi mochila, buscando municiones. Sin embargo ―como ya sabía― no encontré absolutamente nada. Levi me imitó, tirando los objetos y, depura suerte, encontró 2 míseras balas.
Chasqueé la lengua, tratando de hallar una solución al problema. Los shindas ya sabían de nuestra ubicación y no tardarían en llegar más de ellos a agruparse.
―¿Tienes un plan? ―la pregunta de Levi me sacó de mis pensamientos.
―Algo así ―medité un poco, observando que el sol se escondía casi por completo―. Dime, ¿te gusta saltar techos?
~.~
―Es divertido, admítelo ―lo observé, tragando una bocanada de aire.
―Estás loca ―dijo, respirando pesadamente.
Ya era el doceavo techo que saltábamos. Tal vez sonaba fácil, pero no lo era. La adrenalina que sentías al pensar que no llegarías al otro lado y te caerías, era fascinante y peligrosa al mismo tiempo.
―Vamos, no exageres. Uno más y llegamos.
―¿Ah, sí? ¿A dónde? ―preguntó, cruzándose de brazos―. Porque estamos yendo en dirección opuesta a la moto.
―Debe haber algún vehículo disponible por este lado ―me encogí de hombros―. No creo que sea tan difícil, ¿cierto?
Tomé un poco de distancia y salté hacia el otro edificio, llegando justo por unos centímetros. Las palmas de mis manos se rasparon, pero eso era lo de menos. Mis nudillos ya estaban hechos añicos ―gracias a mis intentos de golpear la pared― así que unas raspaduras no eran la gran cosa.
Levi llegó detrás de mí, suspirando aliviado porque ya no teníamos que seguir saltando y golpeando nuestros cuerpos cuando caímos en los techos.
―Bien.
Me encaminé a la orilla y eché un vistazo hacia abajo. Había unos contenedores de basura en el callejón, los cuales usaría a mi favor. Con cuidado, salté del techo y caí de pie sobre la tapa del contenedor, luego bajando hasta el piso.
―Nunca más vendré contigo ―refunfuñó Levi, saltando de la misma forma. Miró el contenedor de basura con asco antes de bajar de él.
―Lo siento, me olvido de que ya estás viejo y no aguantas mucho ―me burlé sin poder evitarlo.
―Tsk, mejor comprueba por ti misma cuánto tiempo aguanto ―espetó, rodando los ojos y saliendo del callejón.
Capté el doble sentido al instante y reí bajito, negando con la cabeza por sus ocurrencias.
―Ya larguémonos. No vaya a ser que nos encuentren ―dije y divisé un auto entreabierto.
Me acerqué a trote lento y terminé de abrir la puerta del conductor, esperando que las llaves estuviesen puestas. Por fortuna, estas se hallaban en el asiento.
―Bien, vamos ―Levi me quitó las llaves y se subió al lugar del conductor antes de que yo pudiese hacerlo.
Lo miré molesta y cerré su puerta fuertemente, haciendo que una expresión burlona se apoderara de su rostro. Di la vuelta al auto y, antes de abrir la puerta del copiloto, sentí una mirada sobre mí. Volteé de inmediato, sin embargo, no logré encontrar a nadie.
―¿Qué ocurre? ―indagó Levi, mirando hacia la misma dirección que yo.
―No es nada, solamente son imaginaciones mías ―contesté, subiéndome.
No obstante, esa sensación de que alguien tenía los ojos puestos sobre mí, no se fue hasta que llegamos a la mansión.
