Summary: ¿Cuál había sido su pecado? ¿Ser rica? ¿Estar en el lugar y momento equivocado? Como fuera, ahora vivía un infierno ¿Cómo el dinero podría ser capaz de ponerle precio a una vida? —Universo alterno—

Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.

Notas de la autora:

+ Esta historia nació en un momento de ocio. Creo que influyó mucho las constantes noticias acerca de la violencia que, lamentablemente, sufre mi país y ciertas experiencias cercanas que he vivido.

+ El título de la historia lo elegí por una canción de un grupo con el cual estaba traumada hace varios años.

Lo prometido es deuda. Aquí está el capítulo final. Espero que no me maten por la última oración, es que no pude evitarlo. El sentimentalismo fluye por mis venas (?) Les agradezco a todas y cada una de las personas que se molestaron en leer esta sencilla historia, con sus innumerables errores, pero con mucho cariño. Es mi primera historia propia que termino con varios capítulos –wiii- eso significa que ya rompí la maldición de abrir miles de fics y no concluir ninguno.

I'll be back…


-Y de la gasolina renació el amor-

Cenizas

«Donde hubo fuego, cenizas quedan»

Todos notaron el cambio en Rukia Kuchiki cuando volvió a casa. El león por fin había sido domado: se volvió atenta con cada persona, sin importar el rango o posición económica que ostentara (Kiyone fue una de las personas que más lo agradeció), dejó de perder el tiempo con sus "amigas" y comenzó a tomar más en serio su vida, incluso dejó de jugar con Renji Abarai. Antes solo lo veía como un pasatiempo, un proyecto social de caridad o cualquier etiqueta despectiva, pero le dio la oportunidad de conocerlo. Descubrió que lo quería, que lo quería mucho. Era divertido, cariñoso, detallista y trabajador. Un nuevo rico, dirían las arpías que antes frecuentaban, pero con un gran porvenir. Y lo mejor de todo, estaba locamente enamorado de ella.

Los primeros días, cualquier ruido le inspiraba del terror más puro. Necesitó asistir un par de citas con un psicoanalista, viejo amigo de su hermano, aunque se mostró reacia a varios detalles. Por ejemplo, El hombre número dos. No quería que todo el mundo creyera que estaba loca por sentir empatía por uno de sus captores, al más puro y jodido estilo del síndrome de Estocolmo. Lo que ella vivió con él, era distinto. Jamás le contó a nadie de su salvador, a absolutamente nadie. Era un secreto que se llevaría directamente a la tumba y que recordaría con gratitud. La versión de su huida era que el lugar se quemó y simplemente aprovechó para huir. Había varios huecos en su relato, pero con el poder se su hermano, nadie dudó en su credibilidad.

Los días pasaron tan rápidamente, que cuando menos se dio cuenta ya había pasado un año entero.

Una tarde, de repente, Renji le propuso matrimonio. Fue muy tierno verlo todo perturbado y nervioso, sacando un bonito anillo a la mitad del jardín de su casa. Comenzó a temblar y sus palabras terminaron en incomprensibles tartamudeos. Ella no pudo más que abrazarlo y aceptar su propuesta, susurrándole al oído. Sabía que su hermano le agradaría la idea que sentara cabeza por fin, así que no pensó en nada más. Bueno casi nada más. El hombre número dos era un fantasma que siempre le seguía.

Cuando Renji fue tomó conciencia de la respuesta de Rukia, la abrazó amorosamente y le cargó emocionado.

—¿Ya nos podemos ir? —inquirió impacientemente a su hermano, al otro lado de la puerta.

Sí, ese era el día de su boda.

Byakuya Kuchiki aguardaba en el pasillo, elegantemente vestido y sumamente desesperado por la tardanza de Rukia. Él le había advertido que se levantara más temprano, la puntualidad era clave en cualquier evento, pero ella se quedó dormida. Probablemente, de los nervios, ella se durmió muy tarde y despertó de la misma manera,

—Falta poco —musitó apenada, abriendo la puerta, pero justo a la mitad. Quería que su vestido fuera una sorpresa para todos. Cerró inmediatamente.

Byakuya negó suavemente con la cabeza y esbozó una tenue sonrisa que nadie vio. Hisana hubiera estado encantada por todos los preparativos y sobre todo, por su hermana. En esos momentos, era más difícil estar sin ella.

¿Habré hecho un buen trabajo, Hisana?

—Me adelantaré —comentó con su habitual tono, sin permitir que la melancolía hiciera estragos en él— Por favor, no tardes tanto.

Rukia no escuchó por el ruido de la secadora.

En el instante que al fin salió, descubrió el pasillo vacío. Vio por última vez el reloj y salió corriendo —bien, la velocidad más grande que uno puede alcanzar con tacones y un abultado vestido— para dirigirse a la ceremonia. Buscó a Kiyone con la mirada, pero no la encontró. Así que se limitó a abordar la limosina que esperaba por ella.

No reparó en el conductor… otra vez.

—Hola —saludó la morena sin aliento, sin recibir respuesta.

Rukia ignoró ese detalle y simplemente llegó a la conclusión de que el sujeto era callado. Mientras él la llevara sana y salva hasta la iglesia, le importaba un carajo si no establecían una amena conversación. La limusina se puso a andar y ella se dedicaba a no arruinar su peinado, luego de tantas prisas.

No se fijó en su camino… otra vez.

Para ella, todas las calles eran iguales. Así que simplemente no cedió al pánico. Probablemente solo era otra de sus alucinaciones. Suspiró para relajarse, cuando escuchó que el chofer le habló.

—Hola, Rukia —le saludó alegremente, con una voz que reconocería en cualquier parte del mundo.

Se estremeció con furor.

La aludida se giró inmediatamente hacia el lugar donde provenía el sonido. El cristal que separaba la sección del chofer con la suya, bajó con lentitud. Lo primero que notó, fue una cabellera de brillante color naranja, aplastada por la característica gorra del uniforme. Él detuvo la marcha en alguna calle desierta del centro de la ciudad, que desconocía.

Cada segundo parecía una hora; ansiaba ver su rostro.

El retrovisor le regaló la segunda pieza del rompecabezas, unos ojos de profundo ámbar. Se veían vigorosos, llenos de orgullo y decisión. Una mirada bastante cruel y hostil si se les provocaban, pero la más dulce y delicada si se les cuidaba.

Ella se movió pesadamente, por el volumen de su vestido, para acercársele. Sin embargo él hizo un gesto con la mano, indicándole que se detuviera y esperara.

El cristal subió de nuevo, bloqueando la visibilidad.

Rukia, impaciente, seguía el juego más inesperado y maravilloso de su vida. Cerró sus ojos una vez más, consciente de que esta vez sí podría romper la condición. Su oído se aguzó, como recordaba había hecho trescientos sesenta y cinco días atrás. Unos coches y unos pasos resonaron en el ambiente.

La puerta por fin se abrió… otra vez.

Escuchó que él entró al auto y se sentó enfrente de ella. Estiró sus manos y en efecto, sintió sus rasgos. Ya había olvidado esa curiosa sensación de tenerlo cerca. Percibió su aliento cálido y su tranquila respiración. En su cara apreció algo distinto, un relieve que originalmente, no se hallaba ahí. Una fina línea que cruzaba por su ceja. Lejos de ahuyentarle, le acarició con ternura.

Él soltó un ronco gruñido, que le erizó cada vello de su cuerpo.

—Ichigo, Kurosaki Ichigo —murmuró de la nada.

Fue entonces que ella abrió los ojos.

Su rostro era sumamente atractivo, incluso con la cicatriz que surcaba encima de su ojo derecho. Su nariz, su mentón, sus labios, sus ojos, todo en conjunto, era perfecto en él. Le regaló una pequeña sonrisa, que le permitió ver a sus perfectos y blancos dientes. Llevaba un sencillo traje negro, aunque lucía muy bien.

Ella se lo imaginaba distinto… pero, ciertamente, era mejor a todas sus expectativas.

—¿Cooperarás o tendré que llevarte a la fuerza? —murmuró con el entrecejo fruncido. Lo encontró simplemente encantador, aún y su expresión malhumorada.

Rukia sonrió.

El hombre número dos había raptado su corazón.

¿Fin?