NUEVE
Ahí estaba él. Frente a ella. Arrogante, decidido. Y peor aun, tan guapo que sus ojos no podian apartarse del torso desnudo, mostrando sus tabletas. Con su característica sonrisa altanera.
Él era el chico por el cual ella suspiró ciento de veces y derramó tantas lágrimas por un buen tiempo.
Tenía un traje de baño azul claro con dibujos de tabla de surf, lo que hacía resaltar el bronceado de su piel. Los músculos de su torso bien definidos, seguía siendo delgado pero estaba más guapo. Era unos tres centímetros más bajo que Terry, el cual no dejaba de mirarlo con el ceño fruncido.
—¡Candy!.—dijo él con una sonrisa dibujada en sus labios. Ella seguía tan hermosa, incluso mucho más de lo que era cuando estaba a su lado. Su cuerpo había desarrollado unas preciosas y bien pronunciadas curvas. El short blanco resaltaba el tono bronceado de su piel, dejando ver sus esbeltas piernas largas, la camiseta con tirantes delataba sus redondos pechos.
—Eh... ¿Qué haces aquí?— su nerviosismo era evidente. Terry se dio cuenta ya que aún la tenía de la mano y la sintió tensarse.
—Tambien estoy bien—dijo con sarcasmo.—... vinimos a pasar el fin de semana—señaló al grupo que lo estaba esperando.—¿cómo has estado?—seguía ignorando al castaño.
—Ah... Bien.
—Ejem...—el castaño aclaró su garganta para llamar su atención.
—Hola, soy Alexander.—se presentó ante el castaño ya que la pecosa no sabía que hacer.
—Terrence Grandchester.— extendió la mano para estrecharla como saludo.
—Grandchester...—sonrió de lado.
—Asi es.
—¿Ustedes...?
—Terry es mi novio.—logró decir ella.
—Vaya...—exclamó levantando una de sus cejas.
—¡Alex apúrate!—le llamaron sus amigos.
—Me llaman. Espero verte pronto muñequita.—le dió un guiño y se fue junto a los demás dejando a un castaño con los puños apretados.
—¿Qué fue eso?—dijo él sin apartar la vista de aquel intruso.
—Eh...
—¿De dónde lo conoces?—la miró, estaba serio y algo molesto por el atrevimiento de llamarla "muñequita". ¿Quién se creía?
—¡Candy, Terry!—los interrumpieron Elisa junto a Antony, Stear y Patty.
—Los estábamos buscando.—dijo Stear parándose frente al castaño que tenía el ceño fruncido.
—Eh... Nosotros estábamos...—la presencia de aquel individuo la habia perturbado. Jamás se imaginó encontrarselo aquí.
—Llevé a Candy a dar un paseo por el faro—agregó Terry—Tengo una cabaña allá arriba.—mas o menos le señaló el lugar.
—Si que sabes impresionar—comentó Antony.—tienes la mejor posición. Mis abuelos no pudieron conseguir que le vendieran esa zona por qué ya tenía dueño.
—Y mira quien es el dueño.—comentó Stear.
—Es un lugar hermoso.—comentó la rubia.
—Debe de serlo. Tiene una de las mejores vistas.—dijo Elisa.
—¿Y los demás?—preguntó Candy.
—Archie dijo con nos sorprendería con el almuerzo.—comentó Stear.—tenian que ver la cara de Anny cuando lo dijo.—comentó entre risas.—pobre de nosotros. Ni siquiera sabe freír un huevo.—se burló emitiendo una fuerte carcajada.
—¿Y por qué lo dejaron hacer? Los únicos perjudicados somos nosotros. Con el hambre que tengo—dijo Antony angustiado.
—No exageren. De seguro algo hará.—lo defendió el castaño.
—Vamos. Hay que ver que habrá cocinado.—dijo Elisa entrelazando su brazo con el de la rubia.
—Espera...—Candy se dió la vuelta para hablar con su novio.—Terry.—lo llamó.
—Esta bien pecosa.—dijo entendiendo a lo que se refería la rubia—hablamos luego.—le dió una sonrisa.
Mientras caminaban Terry no dejaba de pensar en aquel encuentro. Había visto lo nerviosa que se puso Candy cuando ese chico la llamó.
Ahora no le diria una palabra. Cuando estuvieran solos aprovecharía para cuestionarla.
.
...
.
Por su parte el joven había quedado sorprendido de haber encontrado nuevamente a su ex novia. Y más aún por lo diferente que se veía.
—¿Qué pasó? ¿por qué traes esa cara?—cuestionó Steven a su amigo.
—Es la única que tengo.—dijo arrogante.
—¿quienes eran? La rubia esta que se parte.
—Oye...—lo detuvo.
—Vamos... No vas a negar que la chica está buenísima. Esas piernas—dijo imaginándola con descaro.
—Ya cortarla, Steven. No estoy para bromas.—pateó la pelota con bronca hacia los demás, tomó su camiseta que estaba sobre la arena y caminó hacia la casa donde estaban alojados, a la derecha de la casa de los abuelos de Antony. Muy cerca.
—¿Y ahora que bicho le picó?
—¿Qué le pasó a Álex?—preguntó uno del grupo.
—No sé—dijo encogiéndose de hombros Steven.—Mejor vamos a comer algo que muero de hambre.
—Buena idea.—los chicos siguieron a Álex.
Ya en la casa, Alex entró a la habitación que se le había asignado, se arrojó de espalda a la cama.
—Mira donde nos venimos a encontrar, Candy.— suspiró. Cerró sus ojos y varios recuerdos vinieron a su mente.
Flash back.
Era su penúltimo año en el colegio cuando conoció a Candy.
El era el chico más popular, capitán del equipo de fútbol. Las chicas morían ser su novia o por qué sólo le dirigiera la palabra. Provenía de una familia adinerada pero sus padres no siempre le concedian sus caprichos por su comportamiento de chico malo.
Candy era la nueva, aún le faltaban tres años por terminar la preparatoria cuando sus padres decidieron cambiarla de colegio. Era una chica para nada especial, cabello rubio rizado, siempre lo llevaba recogido en una coleta alta. Su pequeña nariz llena de pecas le daban ese toque de inocencia y a la vez de ternura. Era delgada, no muy alta. Vestía de manera informal: pantalones semiajustados y converse. Nada llamativo en comparación con sus nuevas compañeras las cuales siempre estaban a la moda. Tacones altos, bien maquilladas. Bolsos de diseños. A ella eso no le importaba. Era tan sencilla a pesar de que sus padres tenían más dinero que cualquiera de ellos.
Iba muy distraída en su primer día de clase cuando chocó con él.
—Oh, lo siento. ¿estas bien?—dijo él tendiéndole la mano para ayudarla a ponerse de pie.
—Eh... Si.—dijo con timidez, sin levantar su mirada.
—Lo siento no te ví venir. Soy Alexander pero mis amigos me dicen Alex.—se presentó mientras le ayudaba a recoger sus cosas del suelo.—eres nueva.
—Hmm...si. Es mi primer día y ya empecé mal.—levantó su mirada y se topó con unos intensos ojos grises y con la más sexi y arrogante sonrisa que había conocido. Él por su parte adoró esa mirada. Sus ojos verdes lo cautivaron al instante.
—¿Candy?—le preguntó cuándo leyó un rótulo en el cuaderno que sujetaba en sus manos.
—Si. Candice White Andley.—tomó sus libros y cuadernos y los abrazo a su pecho.
—Encantado de conocerte, Candice. Aunque... ¿puedo llamarte Candy?—ella sonrió y asintió con la cabeza.—déjame acompañarte a tu salón de clases. De seguro debes estar perdida.
—Algo así.
—Bueno. Desde hoy me ofrezco a ser tu guía en la escuela.—dijo muy animado.
Desde ese día comenzaron una gran amistad que poco a poco fue creciendo convirtiéndose en algo más. Alex quedó prendido de ella en tan poco tiempo y ella igual.
Fin flash back.
—Candy...Tan dulce y hermosa como la primera vez que te ví. Quién diría que después de tanto tiempo nos volveríamos a ver. Esta vez no te voy a dejar ir. Si el destino nos volvió a juntar es por algo.—dijo muy animado y una gran sonrisa se le dibujó en su cara.
...
..
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Por su parte mientras los chicos iban por Archie...
—Eli hay algo que tengo que contarte.—dijo la rubia en cuanto llegaron a la casa y se encerraron en la habitación que compartían.
—Nooo...Ya sé... No me digas que te pidió que te casaras con él. Por qué si es así va demasiado rápido, amiga. Deb...—dijo sin respirar.
—Para, Eli.—la cortó.
—¿No es eso?—la rubia negó con la cabeza.—Entonces...
—Vi a Álex.—su voz delataba angustia y nerviosismo.
—¿Cómo?... Eh...¿dónde? ¿dónde lo viste?
—Aquí. Veníamos con Terry del faro y nos lo encontramos. No supe reaccionar y me quedé mirándolo como una tonta.—se sentó en el borde de la cama y cubrió su rostro.
—Hey... Ésto no tiene por qué afectarte. Ya lo has superado. ¿O no?—le dió una mirada interrogante.
—Que cosas dices. No es eso.
—Entonces...¿qué es lo que te preocupa?
—Es sólo que volver a verlo fue como volver el tiempo atrás y recordar lo mal que la pasé.
—Ay Candy.—la abrazó.—ese chico no merece ni siquiera que te amargues por él. No lo hagas. Ahora tienes a un hombre que te tiene como a una princesa.
—Lo sé.—deshizo el abrazo— Pero tenías que ver cómo me habló. Como si nada hubiera pasado. Estaba lo más relajado.
—Que no te arruine estas vacaciones. No lo dejes, amiga.
—No fue fácil olvidar...—dijo haciendo memoria años atrás...
Flash back
Llevaban casi dos años de novios. Todo era perfecto entre ellos.
Alex ya había ingresado a la universidad de Columbia. Estudiaba administración. Había pasado más de una semana de clases y ya era el chico más popular no solo por ser tan guapo sino también por ser el mariscal de campo.
Candy había querido darle una sorpresa, por lo que se presentó un fin de semana, aprovechando que su hermano viajaría hasta allí.
Eran aproximadamente las 10 am cuando llegó al departamento. No vivía en el campus, sus padres se ocuparon de que estuviera en una zona cercana y que tuviera algo propio. Mérito por ingresar a la universidad.
El edificio no era demasiado alto, constaba tan sólo con quince departamentos.
Llegó, subió al ascensor hasta el tercer piso. Se abrieron las puertas y ella caminó hacia el número 7. Llamó tres veces y nada. Marcó a su celular y tampoco había respuesta. Esperó casi una hora sentada al lado de la puerta. Luego volvió a intentar. Y al ver que no tendría suerte se dió por vencida.
Iba saliendo del edificio cuando un auto deportivo negro aparcó frente al edificio. Una mujer rubia, evidentemente mucho mayor que él, estaba sentada en el asiento del copiloto. Reían descaradamente y al parecer ella estaba excedida de copas.
Candy bajo los tres escalones de entrada del edificio y lo enfrentó.
—¿Qué significa ésto?—dijo ella con la voz temblorosa.
—Can...—su cara se tornó seria.—¿Qué haces aquí?
—¿Quién es?—cuestionó la mujer que estaba al lado mirándola de arriba abajo.—¿Es tu hermana?—dijo en tono de burla.
—Sube. En seguida estoy contigo.—ordenó arrojandole las llaves. Sin esperar más la mujer bajó del vehículo, llevaba un diminuto vestido negro y unos tacones rojos en la mano. Cuando desapareció Alex se acercó a Candy quien no podía creer lo que pasaba frente a sus ojos.
—¿Tan difícil era decirme que ya no querías tener nada conmigo?—lagrimas rodaban por sus mejillas rosadas. Tenía los puños cerrados tratando de contener la bronca.
—Candy...Yo... lo siento...de verdad lo siento.—trató de acercarse a ella.
—No me toques.—lo apartó con brusquedad—¿cómo pudiste, Alex? Te llamé ciento de veces, te pregunté todo el tiempo si estábamos bien. ¿por qué no me lo dijiste? ¿por qué dejaste que me enterara así?
—Yo no quise lastimarte. Esperaba el momento para hacerlo. Yo... Yo no puedo estar contigo. No ahora.—dijo con amarga sinceridad.
—Eres de lo peor...
—Tu... Tu eres demasiado niña para entender ésto ahora, Candy. Nosotros no podemos estar juntos.
—Eres un idiota. Te odio Alex. Ojalá nunca te hubiera conocido.—le dió una fuerte bofetada y se marchó desconsolada.
—Lo siento—dijo refregándose la cara.—de verdad lo siento muñequita.
Fin flash back.
—Hey... Mírame—Elisa la tomó de la cara y la obligó a mirarla.—Nunca más te quiero ver derramar una lágrima por él.
—Si.—dijo apenas en un hilo de voz.
—¿Quieres que vaya y le patee las pelotas?—la rubia rió de las ocurrencias de su amiga.
—Deberias. Pero no quiero tener que ir a visitarte a una celda.—ambas rieron.
—Asi quiero verte. Vamos que tenemos que intoxicarnos con el menú de Archie.—abrieron la puerta y caminaron por las escaleras.
—Oh... No.—fingió horrorizarse.
—jajaja... Pobre de Anny cuando se casen.
—No quisiera estar en sus zapatos.
—Ni yo.—soltaron fuertes carcajadas.— y bien. ¿Vas a contarle a Terry?—dijo mientras cruzaban las puertas hacia el jardín donde estaban los demás.
—¿Qué tiene que contarme?—dijo el castaño detrás de ellas. Ambas se paralizaron.
—Bueno... Yo ... Voy a ver qué más falta por hacer.—dijo Elisa dejándolos sólos.
—¿Y bien...?—la hizo girar para que lo mirara. Puso su cabello detrás de la oreja.—¿Qué es lo que tengo que saber?
—Eh... preferiría... que lo habláramos cuando estemos solos. Sí.
—Esta bien, pecosa.
—Oye...Ya déja de decirme pecosa.—le dió unos golpecitos en el pecho.
—Me encantan tus pecas. Especialmente éstas.—besó su nariz. Luego ella lo abrazo.
—Eres lindo.—le dijo manteniendo su cabeza pegada a su pecho.
—Ya lo sé. Soy irresistible.
—Engreido.
—Pecosa.
—Hey chicos. Ya están las hamburguesas.—los llamó Stear riéndose ruidosamente.
—¿Que es ese olor?—comentó el castaño.
—Al parecer algo se quemó.—dijo Patty tras de ellos.
—¿Por qué te ríes así?—cuestionó la rubia a Stear quien tenía lágrimas de tanto reír.
—Mira— decir que estaban quemadas era poco. Las hamburguesas estaban carbonizadas por fuera y crudas por dentro.
—Creo que a Archie se le fue la mano con el fuego.—fue el turno de Antony de reír. Y todos los demás no podían contener las risa por la cara de Archie y más la de su novia.
Los chicos terminaron por comer el con ensaladas y beber cervezas. Se pasaron toda la tarde burlándose del pobre de Archie y jugando voley en la pileta.
...
..
.
Horas más tarde las parejas se separaron... Cada uno por su parte.
Candy y Terry llegaron a la cabaña, ella se acercó a las puertas francesas que daban hacia grandes terrazas y patios que se hundían hacia la playa. Lo que la cautivó fue la imponente vista al mar. A través de las gigantescas ventanas, el azul oscuro de las aguas. El crepúsculo caía sobre la playa, iluminando las
otras casas blancas que colgaban de los acantilados.
Abrió las puertas y dejó que el suave aire cayera sobre ella y dentro de la casa, cubriendo todo con el perfume de la noche.
Sintió a Terry posarse detrás de ella y sin decir palabra, colocar sus manos en su pequeña cintura. Se acurrucó junto a ella, descansando su cabeza en el hombro. Candy se recosto en él, sintiendo los ángulos y planos de su
cuerpo encajar con el de ella.
—¿Conoces esos momentos cuando todo es exactamente como se supone que debe ser? ¿Cuándo te encuentras a ti misma y a tu universo entero alineándose en perfecta sincronía y no puedes ser más feliz?—el asintió sin despegarse de ella.—Es así como me siento en este momento—ella dejó escapar una risita, sintiendo la sonrisa de Terry desplegarse por su rostro mientras presionaba su cuello.
—Está bien, ¿no? —susurró.
—Está muy bien —respondio y ambos miraron la puesta de sol en un
silencio embrujado por unos segundos.
—¿Qué es lo que dijo Elisa?—aun manteniendo la misma posición.
—Si no te lo digo no te quedarás tranquilo, verdad.
—Aja...
—Esta bien... ¿Viste el chico que nos encontramos en la playa?—el asintió.—Bueno... Álex... él y yo fuimos novios en la preparatoria.—ella se apartó para mirarlo.
—Oh...
—Terry... Yo...—dijo con voz temblorosa.
—No tienes que contarme ahora si no lo quieres, Candy. Él es parte de tu pasado. Y si tu estas bien con eso, yo lo estaré. puedo esperar a que te sientas segura y quieras contármelo.
—Lo sé. Pero me comporté como una tonta.—bajó la mirada.
—Está bien, no voy a cuestionar eso. Admito que no me gusto pero entiendo... pero me gustararía saber... ¿Aun sientes algo por él?—preguntó dudoso.
—No. Claro que no.—dijo manteniendo la mirada fija en sus ojos.
—Él te lastimó, no es así.
—No quisiera recordar eso... Pero si. Confíe en él y terminé siendo lastimada y humillada.—dijo ella con un dejo de tristeza en su voz. Terminó contándole lo que había sucedido con él. Cuando terminó él la miró con ternura y le dijo:
—La próxima vez que lo vea le romperé la cara por imbécil.—ella emitió una simple sonrisa.—lo digo muy en serio.
—No sé si hice bien en contarte pero no quiero tener que llevar más cosas a una celda. Ya con Eli tengo suficiente.—se abrazó a él. Él la envolvió con sus fuertes brazos y la pegó a su pecho.
—No me ocultes nada, pecosa sí. Por más insignificante que pueda ser, quiero saberlo todo.
—No lo haré.—se aferró más a él.
Después de mirar el atardecer hasta que se hubo ido, exploraron el resto de la casa.
Entraron a la habitación principal. Tenía su propia terraza con vistas hacia el mar, una cama muy grande y tentadora. Cientos de sedosas almohadas blancas puestas en el cabecero, derramándose sobre un edredón blanco. Estaba doblado, por lo que el millón de hebras de hilo brillaban, de hecho brillaban como si estuvieran encendidas desde dentro.
Transparentes cortinas blancas colgaban de barras suspendidas sobre la cama, creando un dosel, mientras más cortinas colgaban en las ventanas mirando hacia la playa. Las ventanas estaban abiertas y las cortinas flotaban con la brisa suave, dándole a la habitación un efecto ondulante.
—¡Vaya! —dijo junto a Terry aún parados en el umbral. La vista de noche era otra cosa. Era hipnótico.
Corrió hacia la cama, saltó sobre ella y las almohadas rebotaron por la habitación. Él reía ante aquella infantil y tierna actitud.
—Veo que te gusta.—ijo con los brazos cruzados.
—Me encanta.
— Podríamos estrenarla—le dió un guiño.
—Hmmm...No es mal idea. Pero... no.—se levantó de la cama con una sonrisa maliciosa, pasando junto a él.
—¿A dónde crees que vas?—la tomó de la cintura y la pegó a él.
—¿Vamos a desperdiciar el vino que trajimos?.—se apartó y caminó hacia la cocina.
Mientras servía el Cava, lo vió en la terraza, mirando a la playa. Sonrío, llevaba una camisa de lino blanco y unos pantalones beige completaban su atuendo. Él se giró justo cuando estaba saliendo a su encuentro y le sonrió. Ella vestía un corto vestido amarillo claro de verano, la suave brisa hacia que este se adhiera a su cuerpo marcando cada curva de una manera sensual. Ambos estaban descalzos.
Le ofreció la copa vino. Lentamente, tomó un sorbo, sus ojos en los de ella. Cuando quitó la copa, rápidamente enredó un brazo alrededor de la cintura y la atrajo hacia él, besándola profundamente, con el sabor del vino intenso en su lengua.
—Te ves…bien —suspiró, alejándose de sus labios y presion su boca contra la piel justo debajo de la oreja, su nuca le hacía cosquillas de la forma más fantástica.
—¿Bien? —preguntó ella, inclinando su cabeza hacia atrás para alentar todo lo que él estaba haciendo.
—Bien. Lo bastante bien para comerte—susurró, rozando su cuello con sus dientes, sólo lo suficiente para hacerla consciente de ellos.
—Vaya… —Fue todo lo que pudo decir mientras envolvía sus brazos alrededor de su cuello y se hundía en su abrazo.
Se aferró a él, sintiendo y experimentando todo. Su cuerpo, duro y caliente contra el de ella, la sensación de su pelo desgreñado contra su mejilla, el calor de la barandilla contra su cadera, la emoción de cada célula en su cuerpo encrespándose hacia ese hombre y el placer que seguramente le iba a traer.
Minutos más tarde...
Salió del baño, abrió la puerta. La habitación se había transformado en algo de un cuento de hadas. Terry se habia ocupado de darles ese toque. Las velas aromáticas parpadeaban en el armario y mesitas de noche, bañando la habitación en un cálido resplandor. Las ventanas estaban abiertas, así como la puerta hacia el pequeño balcón con vista al mar, y podían oír las olas rompiendo, el romance estilo novela. Y allí estaba: pelo revuelto, cuerpo fuerte, ojos llameantes. Esperándola, de pie, arrastrando la mirada por cada centímetro de su cuerpo y de vuelta hacia arriba, una sonrisa en su rostro cuando apreció su escasa vestimenta.
—Umm, blanco —suspiró, tendiendo la mano.
Sus ojos se encontraron, él tomó una respiración profunda.
—Es un crimen lo bien que te ves en eso—dijo, atrayéndola hacia él y dándole una vueltecita para así ver mejor la fina lencería que llevaba, unas bragas de seda con volados y encaje, el sostén del mismo material. Mientras la giraba un ruido bajo sonó en su garganta, y, ¿fue un gruñido? Maldición...
La acercó más, agarrando sus caderas y apretándola contra él, aplastando sus senos contra su pecho. Le dio un pequeño beso al oído, haciéndola sentir sólo la punta de su lengua.
—Hay algunas cosas que necesito que entiendas —murmuró, acariciándola con la nariz, sus manos acariciando cada parte de su piel desnuda y agarrando un puñado de su firme y redondo trasero, tomándola por sorpresa. Ella Jadeó.
—¿Me estás escuchando? No te distraigas en mí ahora —susurró de nuevo, aplanando la lengua y arrastrándola hacia arriba en un lado por el cuello
—Es un poco difícil concentrarse con tu distracción empujándome en el muslo —gemió, dejando que se doblara hacia atrás lo suficiente para que todo su cuerpo inferior se apretara contra él, sus lugares duros perfectamente satisfechos de moldear sus lugares blandos. Se rió entre dientes en el cuello, ahora salpicando por la clavícula con sus besos.
—Esto es lo que necesitas saber. Primero, eres increíble —dijo, sus manos ahora viajaron hasta la parte baja de su espalda, dedos y pulgares masajeando y manipuland—.Segundo, eres increíblemente sexy —suspiró.
Las manos de ella apresuradamente desabotonaron su camisa, empujándola hacia atrás sobre sus hombros cuando sus ritmos comenzaron a hacer la transición de lento y fácil a rápido y frenético. Ahora sus manos se movían alrededor del frente, sus uñas ligeramente rozando su vientre, estando piel a piel, nada más entre ellos. Ella por su parte recorrío con sus manos arriba y abajo de su espalda, sus uñas mucho más agresivas, enterrándolo y anclándolo contra ella.
—Y tercero, tan increíblemente sexy como es este conjunto negro, lo único que quiero ver el resto de esta noche es a mi chica apostadora, y necesito verte—jadeó al oido mientras la recogía, levantándola, ella levantó la pierna derecha envolviendolo a la cintura.
Caminó hacia atrás y la puso suavemente en la cama. Inclinándose, la empujó hacia atrás sobre los codos. Con la camisa colgando de sus hombros, le guiñó un ojo, señalando a su estado de desnudez. Extendió la mano, doblando un dedo detrás del botón de sus pantalones y lo abrió. Al no tener un vistazo de su bóxer, suavemente bajó la cremallera apenas dos centímetros o menos, dejando al descubierto el rastro feliz que conducía abajo, donde todas las cosas buenas eran encontradas.y vaya que eran más que buenas.
—Esta noche haré que olvides todo —Sonrió, empujando sus caderas contra ella, haciéndola sentir todo. Ella dejo caer su cabeza hacia atrás.
—Estoy segura—suspiró, echándose hacia atrás para estirar los brazos por encima de su cabeza, alargando su cuerpo contra el suyo y animando a sus labios a bailar más allá a lo largo del hueco de la base de su clavícula. Podía sentirlo lamer y chupar entre sus pechos. Se arqueó contra él, deseosa de sentir más. Necesitaba más.
Empezó a apartar las correas de su sosten hacia abajo, dejándola al descubierto y permitiéndole el acceso que necesitaba para hacerla enloquecer. Sintiendo su boca en ella, en sus pechos, caliente y húmeda.
—Se siente increíble —gemió sobre su cabeza cuando lo andrajoso de su ligera barba maltrató su piel agradablemente. Sus labios se cerraron alrededor del pezón derecho, y sus caderas se fueron por la tangente hacia las suyas, posicionándose salvajemente debajo de él, sus piernas ahora envueltas firmemente alrededor de su cintura. Labios, lengua y dientes ahora prodigaron a través del escote, él alternó entre los pechos, amándolos por igual. Estaba rodeada de Terry, de su olor, calor. Todo de él.
Palabras sin sentido fueron vertidas de su boca. "Terry", ... "Sí, eso es bueno", "Umm" y "Ahh", y un bastante ruidoso "Síííí". Él sabía cómo llevarla a la locura.
Terry suspiró una y otra vez sobre su piel suave, su respiración era un incentivo cuando lo sentía inundándola. Las manos de ella se enterraron en la larga cabellera castaña, y cuando lo aparto hacia atrás de su rostro fue recompensada con la vista increíble de su boca sobre ella, con los ojos cerrados en la adoración. Él mordió ligeramente, cerrando sus dientes alrededor de su piel sensible, y sus manos casi arrancaron el pelo de su cabeza. Se sintió fenomenal.
Él con su otra mano corría hacia arriba y abajo de su pierna, animándola a agarrarlo más fuerte entre sus muslos mientras sus maravillosos dedos comenzaron a acercarse cada vez más al borde de la tanga. Sintió su respiración acelerarse mientras continuó acercándose al final, sus dedos acariciando justo debajo del borde de la diminuta prenda, apenas acariciando. Su respiración se redujo también, y mientras siguió tocándola suavemente, su rostro volvió a subir al de ella, y tuvieron ese momento, ese momento de tranquilidad, en el que sólo... se miraron. Sus ojos se encontraron cuando deslizó su mano aún más por debajo de la seda y entonces, con precisión dolorosamente perfecta, la tocó.
Ella cerró sus ojos, sintiendo todo su cuerpo inundado con tantas sensaciones. Su respiración empezó a aumentar de nuevo, se movió con él, sintiendo sus dedos comenzar a explorarla, sin llegar ahí, torturandola. Soltó el más sensual gemido. Los sentimientos eran tan intensos.
Estaba segura que Terry era ajeno a todas las emociones que volaban detrás de sus párpados cerrados.
Cuando sus dedos se posaron sobre la tela, volviéndose más hábiles y seguros de sí mismos, algo increíble comenzó a suceder. Sus ojos se abrieron cuando un calor muy específico comenzó a moverse a través de ella, empezando por el centro de su ser y saliendo.
Terry sin duda disfrutaba de eso. Sus ojos lucían nublados y llenos de lujuria mientras ella se retorcía debajo de él. Sabía que podía sentirla tensa y revivir.
—Dios, Candy, eres tan... eres hermosa—murmuró, sus ojos ahora llenándose con algo un poco más que la lujuria, y sentío diminutos pinchazos detrás de sus ojos.
Tiro sus brazos alrededor de su cuello y lo sostuvo cerca, desgarrando su camisa para sacarla, sacarla fuera de él para poder sentir todo. Se levantó por solo unos segundos, rasgando la camisa de una manera exagerada que la hizo reír, pero anhelarlo aún más.
Bajando de nuevo, se deslizó más abajo, sus labios trazando un camino hasta su ombligo. Haciendo círculos con la lengua.
—Sabes tan bien… joder, Candy. No puedo esperar a probarte nuevamente.
Su lengua trazó un camino desde el ombligo hasta el borde de sus bragas, y luego con amorosa precisión, metió los pulgares bajo de la prenda y las arrastró por las piernas.
Tiró de sus caderas hasta el borde de la cama y se dejó caer de rodillas. Dulce Jesús.
Mientras acariciaba con sus manos arriba y abajo de la parte superior de sus torneadas piernas, ella se levantó sobre los codos para poder ver, necesitando ver ese maravilloso hombre tendido sobre ella, cuidándola. Arrodillado entre sus muslos, con sus pantalones desabrochados y la mitad de la cremallera baja, el pelo en alturas atómicas, era impresionante.
Una vez más, dejando a su lengua guiar, plantó besos a lo largo de la parte interna de sus muslos, por un lado y luego el otro, con cada paso cada vez más cerca de donde más lo necesitaba. Cuidadosamente levantandole la pierna izquierda, la enganchó por encima de su hombro mientras ella arqueaba la espalda, ansiando sentirlo.
La miró por un momento más, tal vez incluso unos pocos segundos, pero se sintió como toda una vida.
—Hermosa —suspiró una vez más, y luego presionó su boca en ella. No hubo lamidas rápidas, ni besos pequeños, sólo presión increíble mientras la rodeaba con sus labios. Fue suficiente para hacerla caer de nuevo en la cama, incapaz de sostenerse a si misma por más tiempo. La sensación, la exquisita sensación de él la consumía completamente, y apenas podía respirar. Trabajó con ella, lento y bajo, llevando una mano para abrirla aún más a él, dejando su boca, sus dedos y su perfecta lengua, gentil y metódicamente persuadiéndola en la estratósfera, levantándola, llenándola con la exquisita sensación que sólo el se la imponía.
Dejó una mano caer hacia él y enredarse en su pelo, pasando sus dedos con tanto sentimiento como pudo. ¿La otra mano? Inútil. Haciendo un puño en las sábanas.
Levantó la cabeza una vez, sólo una vez, para presionar otro beso contra su muslo.
—Perfecto. Jesús, simplemente perfecto —susurró, en voz tan baja que apenas podía oírlo ya que se mezclaban con los suspiros y gemidos de ella. Volvió casi de inmediato, ahora a sus movimientos, sus labios y su lengua girando y presionando mientras gemía en ella.
Ella abrió los ojos por un segundo. Todos sus sentidos cobraron vida, podía escuchar el romper de las olas, ver la luz de las velas parpadeantes en sus cuerpos. Podía sentir su piel ponerse en carne de gallina, el aire acariciándola. Cerrando los ojos otra vez. Al borde de la maxima sensación, quería a Terry dentro. Lo necesitaba dentro de ella. Tirando de sus hombros, lo subio encima de ella, los pies pateando sus pantalones hasta que yacían indefensos en el suelo.
—Terry, necesito... por favor...dentro, ahora —jadeó, casi incoherente con la lujuria. Él sin hacerse de rogar, se posicionó entre sus piernas, sus caderas juntándose con las de ella en cuestión de segundos. Se inclinó, besándola.
—Díme que quieres—jugó con ella.
—Dentro... dentro, te quiero dentro de mi—seguio cantando, su espalda y las caderas alternativamente arqueándose, tratando desesperadamente de encontrar lo que necesitaba, lo que tenía que tener, para empujarla fuera de ese acantilado.
Finalmente lo sentió, exactamente donde él estaba destinado a estar. Apenas se impulsó en su interior, pero solo la sensación de él entrando en ella fue monumental. Mucho más que lo que fue la primera vez. Sus propias necesidades se calmaron por el momento, y vio cómo empezó a empujar dentro. Sus ojos penetrando en los verdes de ella. La rubia acunó su cara entre sus manos. Parecía como si él quisiera decir algo. ¿Tal vez cosas maravillosamente cariñosas para conmemorar ese momento?
—Hola —susurró, sonriendo como si su vida dependiera de ello. Ella no pudo evitar sonreír también.
—Hola —le contestó, amando su sensación, su peso encima de ella.
Se deslizó suavemente dentro de ella y al principio se cuerpo se resistió. Ya que era su segunda vez, pero el pequeño dolor que sentió fue bienvenido. Era un dolor bueno, un dolor que te permite saber que algo estaba viniendo. Se relajó un poco, permitiendo a sus piernas envolverse alrededor de su cintura, y mientras apretaba más dentro de ella, su sonrisa se hizo infinitamente más sexy. Se mordió el labio inferior y pequeñas líneas de expresión aparecieron en su frente.
Ella aspiró, inhalando su aroma cuando lo vió salir únicamente el pedacito más pequeño, sólo para empujar una vez más. Ahora totalmente dentro, le dió la bienvenida de la única manera que podía. Le dió ese pequeño abrazo interno, lo que hizo que sus ojos destellaran abiertos y la miraran.
—Esa es mi chica —murmuró, levantando una ceja y empujando otra vez, con más convicción esta vez. Su aliento quedó atrapado en su garganta y jadeó, meciendo las caderas con las suyas con un movimiento como las olas rompiendo abajo.
Poco a poco comenzó a moverse mas dentro de ella, deslizándose con una presión fantástica, cada nuevo ángulo y la sensación dando forma a más de esa cálida sensación de cosquilleo trabajando su camino hasta la punta de cada uno de sus dedos. La sensación de tener a Terry dentro, dentro de su cuerpo, era más de lo que podía expresar. Ella gemió y él gruñó. Juntos. Sus caderas la empujaron más en la cama, hacia la cabecera. Sus cuerpos estaban resbaladizos por el sudor, chocando y chocando entre sí. Enroscó sus manos profundamente en su pelo, tirando y retorciéndose debajo de él.
—Candy... tan hermosa —suspiró entre beso y beso en la frente y nariz. Ella cerró los ojos. Sintiéndose una vez más, al borde del acantilado, lista para saltar, necesitando saltar. Una vez más, la presión comenzó a construirse, aquel crujido de energía volviéndose salvaje y frenético, pulsando con cada golpe, cada resbalón y descenso de sus caderas en las de ella, conduciéndolo, implacable, dentro y fuera de su cuerpo.
Él puso una mano entre sus cuerpos, justo encima de donde estában unidos y empezó a trazar sus círculos pequeños.
—Oh... ¡Sí! —gritó una y otra vez mientras se movía con el hombre más hermoso del mundo dentro de ella.
Abrió los ojos y vio a Terry encima, vió su hermoso rostro mientras le hacía el amor, y eso es lo que éso era. Eso no era sexo. Era amor. Vió sus ojos pesados, gruesos y medio cerrados en la pasión. Una gota de sudor deslizándose por su nariz y miró como se esparció perezosamente sobre sus redondos pechos. Vió cómo se mordió con fuerza el labio inferior, la tensión en su rostro mientras retrasaba su propio bien merecido clímax.
Él era todo. Era un amante generoso, y podía sentir su corazón golpeando dentro de su pecho para estar más cerca suyo, para amarlo. Él lo era todo.
Envolvió sus piernas apretadas alrededor de su cintura y ancló las manos sobre su espalda.
Él la esperaba. Por supuesto que lo hacía. Lo adoró. Cerró sus ojos una vez más, preparándose a si misma para todo lo que era capaz de darle y recibir.
—Terry —jadeó. Levantó sus caderas. Apretó en todos los lugares correctos, y gritó su nombre, una y otra vez.
—Candy... mírame... por favor —rogó con voz llena de placer. Ella permitió a sus ojos abrirse otra vez, sus ojos buscaron los de ella, ¿y luego? Se vino. Fue perfecto. Impresionante.
Él se dejó caer sobre ella, y ella lo recibió gustosa. Tomó todo mientras lo acunaba contra su pecho y lo besó una y otra vez, sus manos reconfortando su espalda, sus piernas abrazándolo tan fuerte como podían. Susurró su nombre mientras él acariciaba el espacio entre la delicada piel de su cuello y su pecho, simples toques y caricias.
Se quedaron así un rato, escuchando el sonido de las olas y sus respiraciones. Cuando su respiración volvió a la normalidad, levantó la cabeza y la besó muy suavemente.
—Te quiero —Sonrió, y ella le devolvió la sonrisa, junto a su corazón completo.
Continuará...
Tarde pero aquí está.
Nos leemos en el siguiente.
Siempre agradecida con todas ustedes.
