Miró el reloj una vez más, como si así fuera a pasar el tiempo más rápido. El cristal le reflejó su mirada verde intenso, mientras que detrás, las manecillas indicaban las cinco y veinte. Se puso en pie, sus manos temblaban un poco, pero no podía controlarse. Sacó del bolsillo de su pantalón la nota, escrita con letra pulcra, que le habían entregado aquella misma mañana de parte del anciano director de Hogwarts.

"Reúnete conmigo en la casa de los gritos a las tres y media. Ve solo.

Dumbledore."

La guardó de nuevo y fue en busca del mapa del merodeador y la capa invisible. Por supuesto, nadie le permitiría entrar así porque sí en la casa de los gritos, ni siquiera le permitirían ir solo por los pasillos del castillo.

Se cubrió con la capa, suave y ligera, y comprobó que no había nadie que pudiera ver cómo se abría sola la puerta de la sala común de Gryffindor. Y, entonces, salió.

Sintió un leve escalofrío mientras avanzaba por los estrechos túneles, minutos más tarde. Se dirigía a donde había conocido a su padrino, a donde por un momento había recuperado la esperanza de una vida feliz, en una casa en la que le quisieran, con parte de su familia. Y pensar que todo eso se desvaneció de golpe, como una masa de humo... Tragó saliva y continuó avanzando, hasta encontrar una pequeña trampilla.

La abrió con sumo cuidado, tratando de no hacer ruido, y comprobó que no había nadie en la habitación. Luego la abrió por completo y entró. Pero, por más que miraba a su alrededor, no había nadie.

"Estará arriba" pensó, encogiéndose de hombros. Aunque, solo por si acaso, decidió mantenerse con la capa puesta mientras subía los escalones de madera, que crujían bajo su peso.

A través del marco de madera de la puerta, pudo ver el pensadero sobre una mesita de madera. Se quitó la capa y entró.

-Perdone si llego un poco tarde, señ...- comenzó a decir, pero se quedó sin palabras cuando vio que quién estaba allí no era Albus Dumbledore, ni mucho menos. -¿Snape? ¿Qué está pasando?- preguntó, en un tono de voz más fuerte de lo que pretendía. No entendía nada. Era Dumbledore quien le había enviado la nota, ¿no?

-... Potter.- el apellido sonó raro al salir de los labios del taciturno profesor.- Sabía que no vendría si en la nota ponía mi nombre. Fue el director quien tuvo la idea, él mismo escribió la nota.

El chico abrió y cerró varias veces la boca, como si fuera a decir algo, pero finalmente la cerró, frunció el ceño y se cruzó de brazos.

-Sólo quería mostrarle... la verdad.

El profesor parecía derrotado, cansado. Tenía grandes ojeras marcadas en su piel pálida, los dedos crispados, la boca torcida. Sus ojos, normalmente inexpresivos pozos vacíos, ahora parecían brillar con tristeza, como pidiendo clemencia. Le señaló el pensadero y sacó una pequeña botellita de su túnica, llena de una especie de sustancia plateada que no parecía ser sólida, líquida o gaseosa. Se acercó con paso lento al recipiente de piedra, seguido de cerca por el confundido Harry, y vertió el contenido de la botellita dentro.

El niño metió la cabeza dentro del pensadero, y al instante sintió como si él cayera dentro.

Aterrizó de pie. Aun a través de sus zapatos, podía sentir el calor que desprendía. Tardó unos instantes en darse cuenta de que se encontraba en un pequeño parque infantil. A lo lejos, una enorme y horrible chimenea sobresalía entre los edificios viejos y grisáceos perfilados contra el horizonte.

Dos niñas pequeñas se columpiaban, mientras un niño muy flaco las observaba desde detrás de unos matorrales. Harry pronto dedujo que se trataba de Snape, sobretodo por su cabello negro y muy largo. Llevaba un abrigo viejo y demasiado grande, parecía más bien de adulto que de niño. No debía de tener más de nueve o diez años, al igual que la menor de las niñas, que se columpiaba mucho más alto que la otra.

-¡No hagas eso, Lily!- gritó la mayor.

Pero llegó tarde, la que Harry supuso que era su madre se había soltado del columpio en el punto más alto y literalmente voló por los aires: se impulsó hacia arriba con elegancia y, en vez de caer, se elevó como una pequeña trapecista y se quedó flotando un buen rato. Finalmente se posó con asombrosa suavidad en el suelo. Todo esto con una gran sonrisa en el rostro, sin parar de reír.

-¡Mamá te ha prohibido hacer eso!

La mayor, que seguramente sería Petunia, paró el columpio, se bajó y se quedó allí de pie, muy estirada, con los brazos en jarras.

-¡Mamá te lo ha prohibido, Lily!- repitió, claramente irritada, con un tono mandón.

-¡Pero si no pasa nada!- replicó sin parar de reír, mostrando sus dientecitos blancos.- Mira esto, Tuney. Mira lo que hago.

Petunia miró alrededor. O había nadie en el parque salvo ellas y Snape, pero no sabían que estaba allí. Lily acababa de coger una flor del matorral en que se escondía el chico. La mayor se acercó, debatiéndose entre la curiosidad por ver qué hacía su hermana, y la desaprobación; Lily esperó a que su hermana estuviera lo bastante cerca para ver bien, y entonces, mordiéndose los labios, impaciente por ver su reacción, le enseñó la palma de la mano. Sobre ella estaba la flor, que abría y cerraba los pétalos.

-¡Basta!- gritó Petunia.

-No te hace nada.- aseguró Lily. Cerró la mano y tiró la flor al suelo.

-Eso no está nada bien.- protestó Petunia, pero había desviado la mirada a la flor, que se quedaba flotando a pocos centímetros del suelo.- … ¿Cómo lo haces?

-Está muy claro, ¿no?

Harry vio cómo el pequeño Snape, del cual casi se habñia olvidado, no aguantaba más y salía de su escondite. Petunia dio un grito y corrió hacia los columpios, pero Lily se quedó donde estaba. Cuando le miró, unas débiles manchas rosadas cubrieron las descarnadas mejillas del chico.

-¿Qué es lo que está muy claro?- preguntó Lily, curiosa.

Él parecía nervioso y emocionado, se podía ver claramente en sus ojos, que se dirigieron un momento a los columpios, donde seguía estando Petunia- Bajó la voz y dijo:

-Sé lo que eres.

-¿Qué quieres decir?

-Eres... una bruja.

Ofendida, la pequeña Lily espetó:

-¿Te parece bonito decirle eso a una chica?

Y, levantando la barbilla, se dio la vuelta con decisión y se fue junto a su hermana.

-¡No!

Las mejillas de Snape estaban aún más rojas. Siguió a as niñas, las cuales le miraron con desaprobación, agarradas a las barras del columpio, como si este fuera un lugar seguro.

-Es verdad, eres una bruja. Hace tiempo que te observo. Pero no hay nada de malo en eso; mi madre también lo es, y yo soy mago.

La despectiva risa de Petunia fue como un vaso de agua fría.

-¡Un mago!- chilló.- Yo te conozco: eres el hijo de los Snape. Viven al final de la calle de la Hilandera, junto al río.- se dijo a Lily. Por su noto quedaba claro que aquel no era un sitio recomendable.- ¿Por qué nos espías?

-No os espiaba.- replicó el chico, incómodo.- Además, a ti no tengo por qué espiarte.- añadió con desprecio.- Tú eres muggle.

Petunia, que no había entendido la palabra, sí captó el desdén de sus palabras.

-¡Nos vamos, Lily!

La pequeña obedeció sin rechistar y se marchó de allí mirando al chico con aversión. Él se quedó donde estaba y las vio salir por la verja del parque. Harry pudo ver la amarga desilusión del niño, como si hubiera estado esperando aquel momento mucho tiempo y nada hubiera salido como él quería.

De repente el parque y el pequeño Snape se desvanecieron y Harry apareció en un bosque. Entre los troncos divisó un río bañado por el sol. Los árboles proporcionaban una sombra fresca y agradable. Dos niños estaban sentados con las piernas cruzadas, uno frente al otro. Snape se había quitado el abrigo, desvelando un extraño blusón, aunque no resaltaba demasiado en la penumbra.

-...y el ministerio te castiga si haces magia fuera del colegio. Te mandan una carta.- decía él.

-¡Pues yo he hecho magia fuera del colegio!

- Bueno, no pasa nada, porque nosotros todavía no tenemos varita mágica. Mientras eres pequeño, no te dicen nada. Pero cuando cumples once años- añadió, poniéndose muy serio.- y empiezan a instruirte, has de tener mucho cuidado.

Hubo un breve silencio. Lily cogió una ramita del suelo y la agitó en el aire. Harry comprendió que imaginaba que salían chispas. Entonces ella tiró la ramita, se acercó al chico (que pareció sonrojarse, aunque Harry no podía estar seguro debido a la falta de luz) y le dijo:

-Va en serio, ¿verdad? No es ninguna broma, ¿eh? Petunia dice que mientes porque Hogwarts no existe. Pero es real, ¿verdad?- parecía algo preocupada.

-es real para nosotros.- confirmó, asintiendo.- Para ella, no. Pero tú y yo recibiremos la carta.

-¿Seguro?

-Segurísimo.- aseguró Snape. Pese al pelo mal cortado y la extraña ropa que llevaba, imponía bastante allí sentado, rebosante de confianza sobre su futuro.

"¿De verdad Snape conoció a mi madre?" se preguntó Harry, confundido de repente. Todo aquello... había pasado de verdad, ¿no?

-¿Y nos la traerá una lechuza?- preguntó Lily en voz baja.

-Normalmente llega así. Pero tú eres hija de muggles, de modo que alguien del colegio tendrá que ir a explicárselo a tus padres.

-¿Tiene mucha importancia que seas hijo de muggles?

Snape titubeó y sus ojos, muy negros, recorrieron el pálido rostro y el cabello pelirrojo de la niña.

-No.- respondió finalmente.- No tiene ninguna importancia.

-¡Ah, bueno!- suspiró ella, mucho más tranquila.

-Tú tienes mucha magia dentro.- afirmó Snape.- Me di cuenta observándote...

Su voz se fue apagando. Lily ya no lo escuchaba; se había tumbado en el suelo de hojas y contemplaba el verde techo que formaban las ramas de los árboles. Snape la observaba en silencio, como disfrutando de cada segundo en el que pudiera deleitarse con la imagen de la chica.

-¿Cómo van las cosas en tu casa?- preguntó Lily tras un largo silencio.

-Bien.- respondió él, arrugando la frente.

-¿Ya no se pelean?

-Sí, claro que se pelean.- Cogió un puñado de hijas y empezó a romperlas.- Pero no tardaré mucho en marcharme.

-¿A tu padre no le gusta la magia?

-No hay nada que le guste.

-Severus...

El rostro del chico cambió por completo y sus labios esbozaron una sonrisa al escuchar su nombre en labios de ella.

-¿Qué quieres?

-Háblame otra vez de los dementores.

-¿Por qué quieres que te hable de ellos?

-Si utilizo la magia fuera del colegio...

-¡No van a entregarte a los dementores por eso! Los utilizan contra la gente que comete delitos graves, y vigilan la prisión de los magos, Azkabán. A ti no van a llevarte ahí, eres demasiado...

Volvió a ruborizarse y rompió varias hojas más.

Entonces Harry escuchó un susurro a su espalda y, sobresaltado, se dio la vuelta. Petunia, escondida tras un árbol, había resbalado.

-¡Tuney!- exclamó Lily con sorpresa y agrado, pero Snape se puso de pie de un brinco, tenso.

-¿Quién nos espía?- preguntó.- ¿Qué quieres?

Petunia parecía turbada y asustada por haber sido descubierta.

-Qué es eso que llevas, ¿eh?- preguntó Petunia señalándole el pecho a Snape. Parecía que era lo primero que se le había ocurrido para apartar la atención.- ¿La blusa de tu madre?

Entonces se escuchó un ruido como de algo que se partía: una rama que se encontraba sobre la cabeza de Petunia caía sobre ella. Lily dio un chillido. La rama golpeó en el hombro a Petunia, que se tambaleó hacia atrás y rompió a llorar.

-¡Tuney!

Pero ella se marchó corriendo. Lily se encaró con Snape:

-¿Has sido tú?

-No.- el chico se mostró desafiante, pero su rostro delataba el temor que sentía.

-¡Sí, has sido tú!- Lily se fue alejando de él.- ¡Hás sido tú! ¡Le has hecho daño!

- ¡No! ¡Yo no he hecho nada!

Pero aquella mentira no convenció a Lily: tras lanzarle una última mirada de odio, salió corriendo del bosquecillo en busca de su hermana, y él se quedó solo otra vez, triste, desconcertado...

La escena volvió a cambiar. Harry miró alrededor, aquel lugar sí que lo reconocía: era el Gran Comedor. Estaba detrás de Snape, ante las mesas de las casas, iluminadas con velas y rodeadas de caras embelesadas y animadas. Entonces, una profesora McGonagall visiblemente más joven llamó: ¡Evans, Lily!

Observó cómo su madre caminaba temblorosa y se sentaba en el (ya por aquel entonces) desvencijado taburete. Minerva McGonagall le puso el Sombrero Seleccionador en la cabeza, y apenas un segundo después de haber entrado en contacto con el brillante cabello pelirrojo de la niña, el sombrero exclamó: ¡Gryffindor!

Harry oyó cómo Snape daba un débil quejido mientras veía con tristeza a Lily mientras se quitaba el Sombrero Seleccionador, se lo devolvía a la profesora y se iba a toda prisa hacia la mesa ocupada por los alumnos de la casa escarlata y dorada, que aplaudían entusiasmados. Pero al pasar le echó una mirada a Snape, apenas un instante, y esbozó una sonrisa triste. Harry pudo ver cómo Sirius dejaba espacio en el banco para que ella se sentara. Lo miró y debió de reconocerlo de antes, pues se cruzó de brazos y le dio la espalda.

Continuaron pasando lista, y Harry vio cómo Lupin, Pettigrew (apretó los dientes al reconocerlo) y su padre se sentaban con Lily y Sirius en la mesa de Gryffindor. Al fin, cuando solo quedaban una docena de alumnos ara seleccionar, la profesora McGonagall llamó a Snape.

Harry le acompañó hasta el taburete, y el niño se puso el sombrero en la cabeza. ¡Slytherin!, anunció en seguida el Sombrero Seleccionador.

Y Severus Snape se fue al otro extremo del comedor, el lugar más alejado de Lily, donde le aplaudían los alumnos de Slytherin y donde Lucius Malfoy, con una insignia de prefecto reluciéndole en el pecho, le dio unas palmaditas en la espalda cuando se sentó a su lado...

Y la escena cambió de nuevo.

Harry vio a un Snape visiblemente más alto salir del Gran Comedor, después de hacer su timo de Defensa Contra las Artes oscuras, y alejarse del castillo, sin que nadie se fijara en él, en dirección al haya bajo la que estaban sentados James, Sirius, Lupin y Pettigrew. James y Sirius se pusieron de pie.

-¿Todo bien, Quejicus?- preguntó James en voz alta.

Snape reaccionó tan deprisa que dio la impresión de que estaba esperando un ataque: se quitó la mochila, metió la mano en su túnica y cuando empezó a levantar la varita, James gritó:

-¡Expelliarmus!

La varita de Snape saltó por los aires y cayó con u ruido sordo en la hierba, detrás de él. Sirius soltó una carcajada.

¿Estaba viendo bien? Su padre y su padrino metiéndose con Snape, que no les había hecho nada? Siempre había pensado que su padre era una buena persona, no un matón.

-¡Impedimenta!- exclamó Sirius señalando con su varita a Snape, que tropezó y cayó al suelo cuando se lanzaba a recuperar su varita.

Muchos estudiantes se habían acercado a mirar y habían formado un corrillo alrededor de llos. Algunos parecían preocupados, pero a otros les divertía la escena.

Snape estaba tirado en el suelo, jadeante. James y Sirius avanzaron hacia él con las varitas levantadas; James giraba la cabeza de vez en cuando para mirar a las chicas que había sentadas al borde del lago. Colagusano también se había puesto de pie, para ver mejor.

-¿Cómo te ha ido el examen, Quejiquis?- preguntó James.

-Me he fijado en él, tenía la nariz pegada al pergamino.- aseguró Sirius con maldad.- Su hoja debe de estar llena de grasa, no van a poder leer ni una palabra.

Varios estudiantes rieron, era evidente que Snape no tenía muchos amigos. Colagusano también rió con estridencia. Snape intentaba levantarse, pero el embrujo duraba de modo que le era imposible.

-Esperad... y veréis.- dijo entrecortadamente con la mirada fija en James, llena de un odio profundo y visceral.- ¡Esperad... y veréis!

-¿Qué veremos!- preguntó Sirius, impávido.- ¿Qué vas a hacer, Quejiquis, limpiarte los mocos en nuestra ropa?

Snape soltó un torrente de palabrotas y maleficios que no surtieron efecto alguno, pues su varita se encontraba a tres metros de él.

-Vete a lavar esa boca.- le espetó James, con una sonrisa cínica en sus labios.- ¡Fregotego!

Unas pompas de jabón rosadas comenzaron a salir de la boca de Snape; la espuma le cubría los labios, le provocaba arcadas y hacía que se atragantara...

-¡DEJADLO EN PAZ!

James, Sirius y Harry giraron la cabeza. Inmediatamente, James se revolvió el cabello.

Lily, que era una de las chicas de la orilla del lago, había irrumpido entre la gente, hecha una furia.

-¿Qué tal, Evans?- le saludó James.

-Dejadlo en paz.- repitió Lily. Miraba a James sin disimular una profunda antipatía.- ¿Qué os ha hecho?

-Bueno...- respondió James, e hizo como si reflexionara profundamente sobre ello.- es simplemente que existe, no sé si me explico...

Muchos rieron, pero Lupin, que parecía enfrascado en su libro, no lo hizo, y Lily tampoco.

-Te crees muy gracioso- afirmó ella con frialdad.- pero no eres más que un sinvergüenza arrogante y bravucón, Potter. Déjalo en paz.

-Le dejaré en paz si sales conmigo Evans. Vamos, sal conmigo y no volveré a apuntar a Quejiquis con mi varita.

A sus espaldas, el efecto del embrujo paralizante se estaba desvaneciendo y Snape se arrastraba hacia su varita, escupiendo espuma.

-No saldría contigo ni aunque tuviera que elegir entre tú y el calamar gigante.- le aseguró Lily.

-Mala suerte, Cornamenta.- exclamó Sirius, encogiéndose de hombros, y se volvió hacia Snape.- ¡EH!

Demasiado tarde: Snape apuntaba con su varita a James, se produjo un destello de luz, un tajo apareció en la cara de James y la túnica se le manchó de sangre. James giró sobre sí mismo; hubo otro destello y Snape quedó colgado por los pies en el aire; ls túnica le tapó la cabeza y dejó al descubierto unas delgadas y pálidas piernas y unos calzoncillos grisáceos. *

Lily, cuya espresión de rabia había vacilado un instante, como si fuera a sonreir, gritó:

-¡Bajadlo!

-Como quieras.- aceptó James, y apuntó hacia arriba con la varita.

Snape cayó al suelo, se derenredó de la túnica y se puso en pie, con la varita en la maro, pero Sirius esclamó rápidamente Petrificus totallus y volvió a dar de bruces en el suelo.

-¡DEJADLO EN PAZ!- gritó Lily, que ahora también enarbolaba su varita.

-Venga, Evans, no me obligues a echarte un maleficio- protetó James.

-¡Pues retírale la maldición!

James exhaló un hondo suspiro, se volvió hacia Snape y pronunció la contramaldición.

-Ya está.- Has tenido suerte de que Evans esté aquí, Quejicus...

Snape respiró entrecortadamente. Sus ojos dejaban expresaban el infinito odio que sentía hacia James.

-Dos contra uno. Muy valiente, Potter.- dijo finalmente, escupiéndole a los pies. Luego se dirigió hasta donde estaba Lily y le sonrió, agradecido. Sin mediar palabra, ambos salieron del círculo de gente.

La escena volvió a cambiar. Parecían los jardines de Hogwarts. Snape y Lily estaban sentados en la orilla, en silencio, observando los destellos amarillentos del sol contra el agua. Snape buscó algo en su túnica y lo sacó con delicadeza, como si no quisiera estropearlo.

Resultó ser un bonita flor de lirio blanca. Sus manos temblaban mucho cuando susurró, titubeante:

-¿Lily...?

-¿Hm?- Se giró y esbozó una sonrisa al ver la flor, tan perfecta que parecía de mentira.

-Yo...- el rostro de Snape se tornó de un rojo intenso y sus ojos parecían no poder posarse en los verdes de ella por más de unos segundos.- El otro día, cuando me defendiste, me di cuenta de que... de que debería decirte que... que... Yo... Tú... Me g-gustas.- dijo finalmente, cerrando los ojos y extendiendo los brazos hacia ella, ofreciéndole la flor.

Tras unos segundos de silecio, se atrevió a entreabrir los ojos para ver qué pasaba. Lily se había sonrojado débilmente y sonreía mostrando sus dientes blancos y perfectos.

-¿Por qué no me lo habías dicho antes, bobo? Podrías haberme ahorrado mucho tiempo de esconder lo que siento...

La escena cambió de nuevo. Harry, conmocionado por lo que acababa de ver, se encontraba en un parque nevado, viendo como Snape y su madre se besaban...

La corta escena se desvaneció, dejando paso a otra nueva. Estaba en una casa que no conocía. Lily y Snape estaban discutiendo. En el brazo de éste, pudo distinguir la marca tenebrosa enrojecida, como si se la hubiera hecho hacía poco.

-Vete de aquí, no me hables nunca más. Vete.

Vio cómo una lágrima furtiva caía por sus mejillas, sonrojadas de ira. Él abrió varias veces la boca, tratando de decir algo, de evitar todo aquello, pero no supo qué decir. Ella apretaba los puños que acabaría por dejarse una marca de sus uñas y giraba la cabeza para no mirarlo siquiera. Si lo hiciera, tal vez no sería capaz de echarle. Aún así, lo vio por el rabillo de sus ojos verdes.

-¿No me has oído?-preguntó con todo el desprecio que pudo.- No me hagas tener que amenazarte.- se llevó una mano al bolsillo del pantalón donde guardaba su varita.

-Lo siento...- susurró, con la voz un tanto temblorosa.

Ella sacó la varita y la apuntó al rostro del hombre que se desmoronaba por dentro. Se obligó a mirarlo a aquellos ojos en los que tanto le había gustado perderse y repitió por tercera vez y última vez: "vete"

Él la miró una última vez antes de darse la vuelta y atravesar la puerta de entrada, sin nada más que la ropa que llevaba y su varita.

La escena volvió a cambiar. Snape, a solas en lo que parecía ser su habitación, leía en voz alta una especie de carta.

-Sabes que te quería, pero ahora a quien quiero es a James y a nuestro hijo Harry. Nadie lo sabe todavía porque el niño se parece más a mí que a su padre, pero es tuyo, estoy segura...- su voz sonaba entrecortada, como ahogada.-No espero que lo cuides. Es más, no quiero que te pases un día por casa. Pero tenías que saberlo.

Harry apareció en otro lugar, pero aquello no le importaba ya. ¿Él era su padre? ¿Todo este tiempo, él...?

Una voz le sacó de sus pensamientos, una voz fría y terrorífica, que recordaba demasiado bien...

-Hace nada has dicho que me probarías tu lealtad...- decía el Señor Tenebroso, sentado frente al profesor de posiones.- Con gusto te concederé la oportunidad.- alzó sus manos tan blancas como la nieve recién caída, o tal vez más, y dio una suave palmada.- Lucius, pasa.

Obediente y servil, Malfoy entró a la estancia al instante, cerrando la puerta tras de sí. Cuando el Señor Tenebroso le indicó con un gesto que se acercara, se puso al lado de Snape, al que dirigió una mirada cuyo significado el profesor de pociones no llegó a captar.

-Las únicas maneras de confiar en alguien al cien por cien son muy escasas. El veritaserum o la Legeremancia son demasiado vulgares y toscos a mi parecer, pero hay uno que no falla... Eso es, el Juramento Inquebrantable.- se puso en pie y fue hasta donde estaban sus dos seguidores. Con una elegancia que hizo que pareciera como si le estuviera invitando a bailar, le ofreció la mano. A Snape no le quedó otra que levantarse también y cogerla con fuerza, controlando los escalofríos y temblores que le recorrían.

Lucius puso su varita donde se unían las manos.

-¿Juras al Señor Tenebroso lealtad hasta el día que mueras?- preguntó el rubio, con voz algo temblorosa.

-Lo juro.- respondió, intentando parecer decidido.

-¿Juras proteger los ideales del Señor Tenebroso y de todos sus mortífagos, la pureza de sangre y la esclavitud y dominio a los muggles?

-Lo juro.

-¿Juras seguir sus órdenes, sean cuales sean?

-Lo juro.

-¿Juras mantener los secretos de los mortífagos?

-Lo juro.

A medida que había jurado cada vez más y más cosas, los ojos de Quien-no-debe-ser-nombrado tomaron un tono brillante, y su sonrisa fue aumentando.

Pero cuando Lucius pareció dudar con la siguiente pregunta, frunció el ceño y ordenó, con una voz que inspiraba respeto:

-Continúa.

El rubio tragó saliva, miró a los ojos de su compañero, pero al instante apartó la mirada.

-¿Juras matar a Harry Potter?

-...L...- su voz no parecía querer salir de su garganta, las palabras se le había atragantado. Temblaba, estaba seguro de ello, pero no podía contenerse. Aspiró profundamente, como si el aire pudiera darle una solución.

La mano blanca y huesuda le apretaba con más fuerza y pudo ver claramente como la otra sostenía aún la varita.

-...Lo juro.

La escena se desvaneció finalmente y Harry sacó la cabeza del pensadero. Frente a él, como un oscuro verdugo, vio a Snape con la pesada espada de Godric Gryffindor entre las manos.

-Tenías que saberlo...- dijo, repitiendo las palabras que Lily había puesto en su carta, con un tono sombrío, grave, como de muerto. Levantó la espada y la apuntó al corazón de Harry.


*Lo de los calzoncillos de Snape es cosa de Rowling, no mía, ¿eh? ¿Quién no lleva pantalones bajo la túnica?

WOW! Menudo capitulazo, ¿no? Es mi regalo de navidad, ¡un mega capítulo que lo deja todo en el punto más interesante! También es mi manera de disculparme por el retraso en su subida, pues se suponía que era para la semana pasada... Pero es que estaba muy ocupada, y ¡quería que fuera de calidad!

*persona random salvaje apareció*

Persona random salvaje: Pues de calidad de calidad, lo que se dice de calidad... Para nada, pero para nada. ¿Mediocre? Sí. Pero, ¿de calidad? Para nada.

*Mooney mete a la persona random salvaje en un saco y la tira por un acantilado*

*se aclara la voz* Gracias a toda la gente que ha estado siguiendo el fic, en serio, no sabéis la ilusión que me hace. Y si habéis leído hasta aquí sin saltaros nada... ¡merecéis un aplauso! *aplaude y lanza confeti*

Este capítulo me ha tomado horas, ¡pero a ti te tomará apenas un par de minutos decir lo mierda que es en una review! (que si quieres alabarlo y regalarme un dinosaurio o un ramo de lirios, no te digo yo que no, ¿eh?... lo preferiría :) )

Ey, esperad, no levantéis las varitas, ¡no podéis hacer magia fuera de Hogwarts! Esto... ¡NO, eso que estáis pensando son maldiciones imperdonables! ¡Os mandarán a Azkabaaaaaaaaaaaaaaaaaaan! *huye haciendo la croqueta*