Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 9 ~
Anteriormente en Another Cinderella: Alice acepta ir a la fiesta de Charlotte Leclair fingiendo ser la prometida del Príncipe Castiel; mientras que Giles Portner, antiguo Líder de la Guardia Imperial, comienza a sospechar de su pasado. Sin embargo, la Reina está impaciente y ha comenzado a acelerar el compromiso.
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Alice entró en la primer tienda que Alexy le sugirió, y el resultado fue bastante extraño.
En su distrito la zona comercial no existía como en los otros, con sus calles llenas de escaparates y tiendas especializadas. Era más bien mercadillos que se establecían los fines de semana, y otros días al azar, en diferentes callejones. Se componía principalmente de vendedores ambulantes que tenían la esperanza de comerciar con sus productos exhibidos muchas veces en el piso sobre una manta roída o alguna mesa vieja. Los artículos variaban desde infinidad de alimentos, hasta espadas, además de animales.
Alice, gracias al oficio heredado por su madre, solía fabricar prendas de vestir sencillas. Muchas veces obtenía algunos alimentos a cambio de ellas.
Nadie conocía de perfumes, polvos para maquillar, ni bolsos elegantes. Y si alguien quería conseguir cosas semejantes, tenía que recurrir a Louise, dueño del único bazar establecido, que resultaban estar en precios exorbitantes.
Pero a diferencia del pequeño bazar de su distrito, la tienda en la que entró era, unas diez veces más grande. La decoración era muy similar a algunas salas del Palacio Real, con grandes muebles de madera en donde exhibían los artículos, cuadros con pinturas repartidos en las paredes y candelabros extravagantes iluminando el lugar.
Alice miró de izquierda a derecha y la duda le asaltó de repente, ¡había tanto que ver! No sabía por dónde comenzar a buscar un regalo que, en palabras del príncipe, estuviera a la altura. Algo que una verdadera princesa daría.
El problema era que ella no era una verdadera princesa, y jamás lo sería. No conocía a una y lo más cercano que tenía era a la Reina. Pero debido a que esta quería acelerar los planes de un inexistente compromiso lo más pronto posible, lo más prudente era no acercársele por el momento. No estaba con ánimos de pensar en una boda que nunca se efectuaría. Y la única boda que realmente quería que se celebrase tampoco se realizaría.
No debería pensar más en aquello. Hacerlo implicaba una serie de sentimientos negativos que no le hacían pensar con claridad. Lo había notado desde el primer momento que había llegado al Palacio. Pensar en Nathaniel (en él, en lo que hizo) sólo hacía que le doliera el corazón. La desestabilizaba.
Suspiró. Por el momento lo mejor era concentrarse en el regalo.
Alexy había prometido ayudarle, pero dicha promesa pronto quedó en el olvido: en cuanto entró inmediatamente fue rodeado por varias empleadas del lugar, saludándole como amigos de toda la vida y mostrándole los artículos novedosos, y él, siendo una especie de comprador compulsivo como bien le había dicho, no ignoró la atenciones.
Así la chica de ojos azules quedó olvidada completamente. O casi completamente, pues no había dado ni dos pasos cuando una mujer, evidentemente más grande de edad que las chicas que eran empleadas del lugar, la interceptó.
—¿Necesitas algo? —la mujer preguntó con una actitud un poco más fría de la necesaria, sin dejar de ver las vestimentas de Alice que no encajaban en ese lugar.
—Oh —contestó, un poco desconcertada por el tono de voz—. Solo estoy buscando un regalo.
La mujer soltó una risita y comenzó a hablarle con dulzura, pero eran palabras que estaban completamente bañadas en sarcasmo
—Niña, pierdes tu tiempo aquí. No creo que encuentres algo que puedas pagar. La maison d'Amélie es el establecimiento comercial más grande de todo Amoris. Mis clientes suelen ser los miembros de la Corte Real, y ¿crees que tu dinero puede pagar siquiera un mísero botón de la prenda más pequeña que hay en este lugar?
Alice había tratado con personas así. Incluso en el Tercer Distrito existían personas que afirmaban que sus posesiones, talentos o habilidades las hacían mejores que otras. Los Lowell, por ejemplo. El padre siempre se jactaba de tener muchos clientes del Primer y Segundo Distrito. Madre e hija alardeaban de su belleza física. Aún así, ninguna de estas cosas convenció a la madre de Alice de aceptar a Nathaniel como un buen partido para ella.
Nath. De nuevo se colaba en sus pensamientos. Sacudió la cabeza para alejarlos, y sonrió a la mujer.
—Créame, señora, que eso no es un problema—su respuesta tan solo empeoró la actitud de la mujer, quién frunció el entrecejo y comenzó a elevar su volumen de voz.
—¿Vienes a alardear de tu dinero, mocosa? ¿Cómo lo conseguiste?
La última pregunta tomó por sorpresa a Alice.
—No lo robé, si a eso se refiere —dijo ya sin sonrisa en el rostro.
—No es la única forma de conseguir dinero fácil— le reprochó, cruzando los brazos.
Alice apretó los puños sobre su falda. El corazón comenzó a latirle demasiado rápido. Era una sensación asfixiante. No como cuando se ponía el collar que el Príncipe Castiel le había obligado a usar, ni cuando su madre comenzaba a atosigarle con encontrar un hombre rico con el cual casarse y sacarlas de la miseria.
No, Alice simplemente quedó paralizada, porque una extraña había insinuado lo peor de ella.
Se le vinieron a la mente unas palabras de Nathaniel, unas que estaba tratando de olvidar, fallando estrepitosamente. Las mismas que le dijo la última noche que le vio. «Preferiste el dinero antes de los sentimientos. Te reíste de mi, a mis espaldas; mientras pasabas la noche en la comodidad de la alcoba del príncipe».
¿Es que todos tenían el derecho de creer que suposiciones eran la única verdad absoluta? ¿Todos podían juzgar cada una de sus acciones? La primera ocasión había culpado al príncipe Castiel por haberla obligado a hacer algo que se podía malinterpretar. Lo hizo. Lo culpó y le guardó bastante resentimiento, hasta que comprendió que era un ser humano que también se metía en apuros y que solía salir de ellos de maneras muy cuestionables. Pero humano a fin de cuentas, igual que ella. Ahora había sido su decisión para ayudar a alguien con problemas. Algo que haría un amigo.
Pero una mujer se atrevía a cuestionarla. Simplemente por no usar un vestido bonito. ¿En qué clase de mundo se había metido?
—Bien, si no vas a decir nada, te ruego que te marches— le dijo señalando la puerta.
Alice, miró a su alrededor. Todas las miradas (de las empleadas, otras clientas, Alexy) estaban puestas sobre ella. Completamente desarmada, obedeció.
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—¿Princesa? —escuchó la voz preocupada de Alexy a sus espaldas. Había salido inmediatamente después de ella, lo hizo tan rápido que no le dio tiempo de plantearse llorar para descargar su frustración—. ¿Pasó algo?
Alice negó con la cabeza.
—Es solo que… creo que no me gustó nada —contestó al fin con una sonrisa para no hacerle preocupar. Alexy pareció contrariado pero al final devolvió la sonrisa.
—Comprendo. ¡Vayamos a otro lugar, entonces!
La tomó del brazo y la arrastró a diversos lugares, esta vez sin apartarse ni un momento de ella, mientras que Alice trataba de enterrar en lo más profundo de su memoria la mala experiencia que acababa de tener.
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No duraron ni cinco minutos en el primer establecimiento. En el segundo tardaron un poco más, lo mismo con los siguientes tres, pero para Nathaniel cada uno le parecieron una eternidad.
Pronto atardecería y debía darse prisa sino quería que la noche lo pillara a medio camino de regreso a su hogar. Amoris era, por lo general, un lugar tranquilo. Eso no evitaba que de vez en cuando aparecieran personas que no les importaba dañar a otros con la finalidad de obtener beneficio. Como aquel charlatán que vendió medicinas falsas al padre de Alice e hizo que cayera en cama sin remedio alguno. Y cuando el funeral terminó y la chica fue a desenmascarar a tal hombre, con la ayuda de sus contactos dio un giro al asunto; al final fue ella quien terminó en la cárcel.
Alice. La chica por la que no le importó romper algunas cuantas leyes de Amoris con tal de verla libre. La chica que esperaba tener a su lado el resto de su vida. La que le mintió y lo humilló. La chica superficial que se lo dejó en la primera oportunidad.
Alice Arlelt. La única chica que le había roto su corazón.
Había ido al Primer Distrito por una encomienda de su padre, por lo que no se esperaba verla caminando por la zona comercial. Al principio no supo cómo reaccionar. Ataviada con sus ropas de antaño, por un momento se preguntó si acaso el Príncipe la habría desechado; que se habría cansado de ella y no le quedaba más remedio que seguir con su antigua vida. Pero al ver que estaba acompañada por un Guardia de la Tropa de Élite, sabía que algo estaba pasando.
Decidió seguirles desde una distancia prudente hasta la última tienda que visitaron.
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Cuando regresaron al Palacio, Alice llevaba tan solo una cajita adornada con un listón de encaje. Alexy, por el contrario, parecía decidido a renovar todo su armario.
Él resultó ser un gran acompañante, y conocía a Charlotte Leclair, por lo que pudo conocer un poco de la próxima cumpleañera, a la que debía impresionar.
Gracias a él supo que Charlotte Leclair, a sus dieciocho años, ya era considerada toda una dama. Sus padres había fallecido hacía tiempo, pero fue recogida por su tío, Giles Portner, por lo que era prima de Kentin. También sabía que ambos no tenían una buena relación, debido a las comparaciones que Giles hacían entre ellos. Alexy pareció especialmente irritado cuando relató ese hecho.
—¡Es que no hay punto de comparación! Una fue educada para ser una cortesana y el otro es un soldado. Ella se la pasa todo el día en casa mientras que él se parte la espalda en los entrenamientos. El único deber de Charlotte es lucir bonita ¡y el de Kentin proteger todo un Reino! ¡Ese hombre debe estar loco para compararlos!
Alice se rió ante los gestos y ademanes exagerados por parte del pelinegro.
—Sí que es una situación difícil—le dijo, y él relajo su rostro.
—Verás, princesa, existen dos tipos de soldados —explicó—. Mientras que algunos tienen talento nato para la estrategia, como mi hermano, otros se han esforzado mucho para estar aquí. Kentin es el vivo ejemplo de mis palabras. Y yo admiro más a los segundos.
La chica meditó por un momento en sus palabras. Siempre había visto a los guardias como una autoridad que algunas veces podía abusar de su poder, como había visto durante muchas injusticias que se realizaban en su distrito, y había guardado cierto recelo. Pero ahora sabía que había personas ahí afuera dispuestos a darlo todo para defender a Amoris y que se esforzaban en mantener la paz. Eso de algún modo hizo que viera las cosas de diferente manera, su pequeño mundo estaba creciendo, y no estaba segura de cómo sentirse al respecto.
—¿Y tú? —le preguntó mientras seguían caminando—. ¿De qué tipo eres?
—¿Yo? —Alexy cruzó los brazos sobre su espalda, de manera despreocupada—. Un poco de ambos, supongo. A diferencia de Armin, yo no soy un holgazán. Pero a final de cuentas, todos estamos aquí por una razón. Somos parte de la Guardia Imperial porque queremos estar aquí, estamos dispuestos a sacrificar todo por nuestro Amoris y por el futuro rey, sobre todo. De alguna manera, nosotros cinco—los miembros de la Tropa de Élite— estamos en deuda con el príncipe Castiel.
Con las últimas palabras de Alexy, la intriga que tenía Alice sobre el príncipe no hizo más que aumentar. Aún así no se inmiscuyó más en el asunto, y la conversación giró en torno a la señorita Leclair.
Conoció que se le daba bien casi todo y que incluso tenía amistad con la realeza de un país tan distante como China.
También supo de su afición a la joyería y con este último hecho en mente, fue bastante sencillo dar con el regalo perfecto. Eligió un par de pendientes de piedras preciosas y una pulsera a juego. Quedó satisfecha con el regalo que había elegido.
La alegría de Alexy hizo que casi olvidara el suceso. Casi.
Alexy tuvo el detalle de acompañarla hasta su habitación, asegurándole que su elección había sido la mejor de todas.
—¿¡Salgamos de compras otro día, Princesa! —le dijo a modo de despedida. Y ella no estaba muy segura de aceptar la propuesta.
No por Alexy, Alice se dio cuenta que era realmente genial y podrían formar una buena amistad. Más bien, había sido el suceso ocurrido en La maison d'Amélie. Y no solo eso, pues el patrón de comportamiento de la dueña de dicho lugar quiso repetirse constantemente. De no ser por la intervención de Alexy, probablemente no pudiera haber comprado nada.
Más tarde buscaría una manera más apropiada de agradecerle por su ayuda. Lo único que quería ahora era alejarse de todos y dormir.
Pero cuando abrió la puerta, de la habitación, lo último que esperaba ver era al príncipe Castiel… ¿conversando con sus sirvientas?
—¿Quedó claro?
—Sí, Alteza —contestaron Iris y Melody al mismo tiempo, a la vez que hacían una reverencia.
Alice no entendía que estaba pasando.
—Oh, regresaste —fue el príncipe el primero en darse cuenta de su presencia. A la vez que hacía la pregunta, Alice alcanzó a escuchar un cuchicheo seguido de unas risitas de las sirvientas—.Bien, espero que hayas elegido un gran regalo— Alice, con mucho cuidado para no estropear la envoltura, le mostró las piezas de joyería. Él las examinó, y al final sonrió—. Perfecto. Ahora, vístete para la cena.
Vestirse para la cena implicaba toda una ceremonia que Alice no comprendía en absoluto. Pero la Reina estaría presente, y se vería obligada a escucharle sobre lo ilusionada que está por el compromiso, cómo le gustaría que fuese la boda y los diez nietos que tendría. Y esa noche no tenía ánimos de jugar a ser una princesa.
—Hey —le habló Castiel, al no obtener respuesta—. ¿Estás bien?
—Estoy… cansada —no mintió del todo—. ¿Podría, por esta ocasión saltarme la cena?
Castiel entrecerró sus ojos. En el tiempo que llevaba conociendo a Alice, sabía que esa actitud no era propia de ella e intuyó que algo no andaba bien, pero no la presionó. Si algo había pasado, habría sido mientras visitó el Primer Distrito. Ya le sacaría toda la verdad a Alexy más tarde.
—Ya veo. Descansa —se despidió, revolviéndole el cabello como ya lo había hecho varias veces frente a otras personas. «Para mantener las apariencias».
Sin embargo en cuanto la puerta se cerró, se desató un caos dentro de la habitación.
—¡Princesa! —gritaron Iris y Melody al mismo tiempo, desconcertando por un momento a Alice.
—Todo este tiempo vino varias veces a buscarle —le dijo la castaña. Alice seguía estupefacta.
—¿Buscarme?
—¡El príncipe! —respondió juntando ambas manos en un gesto esperanzado. Iris afirmó con la cabeza.
—¡Estaba impaciente porque llegara! —secundó.
—Seguro que la extrañó muchísimo todo este tiempo.
—C-claro— Alice sabía que todo eso era mentira, imaginó que el príncipe esperaba su retorno para supervisar que no hubiese cometido errores. Pero esa no era la cuestión que se escapaba de sus manos—. ¿Puedo hacerles una pregunta? —ellas respondieron un alegre «Sí»—. ¿Por qué ahora están hablando conmigo? Siempre huían de mí.
—Por todos los ciertos, ¡qué modales los nuestros! —la voz de Melody denotó una preocupación real.
—Lamentamos mucho, lo sucedido Princesa. El príncipe Castiel había prohibido hacerla molestar de algún modo y eso implicaba no hablar para, ya sabe, no atosigarle demasiado. ¡Y justo ahora lo estamos haciendo!
—¡Iris, calla! La estamos agobiando más.
—¡Lo sentimos tanto!
Ante la actitud de las chicas, que se deshacían en reverencias y disculpas, Alice no pudo reprimir una carcajada.
—¡Eso no es ninguna molestia!
Por lo menos su emoción, aunque mal infundada, hizo que su mente se despejara por unos momentos. Aunque era una lástima que había comenzado a congeniar con ellas demasiado tarde, pues Alice Arlelt había decidido, en su corazón, que esa sería su última noche en el Palacio.
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Leigh Ainsworth no dejaba de mirar la luna llena, brillando en todo su esplendor. Desde la ventana de su taller, ubicado en una de las torres del palacio, la vista hacia el cielo nocturno era privilegiada. Las noches en Amoris comenzaban a refrescar, anunciando el otoño y mientras una estación terminaba dando paso a la otra, le infundía la esperanza de que, si las cosas iban bien, pronto se reuniría con su amada nuevamente.
—Sí que tienes tiempo libre —escuchó una voz bien conocida entrando en su taller, pues era de las pocas visitas que solía recibir. Dejó a un lado su distracción e hizo una reverencia.
—Alteza. ¿A qué se debe el honor de su visita?
El príncipe Castiel observó su panorama: rollos de telas finas, encajes, listones e hilos por doquier. Cualquier persona pensaría que se trataba de un desastre que había que limpiar, pero la realidad es que ahí se creaban los ropajes que la familia real de Amoris. No había nadie, en todo el reino, que tuviera la destreza y talento en la elaboración de vestimenta que igualara a la de Leigh. Aún así, estaba ahí para exigirle aún más.
—Esmérate —ordenó—. Como nunca antes lo has hecho.
—De verdad que la quiere —Castiel solo pudo soltar una risita, siempre le había sorprendido la forma en que los hermanos Ainsworth podían comprender situaciones solo con un par de palabras—. No se preocupe, quedará deslumbrante —aseguró.
—Eso espero, hay un par de personas que necesitan una lección.
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En la mansión Portner, por regla general, todos los miembros de la familia debían pasar un rato junto a la chimenea después de la cena. No importaba la estación del año, siempre estaba encendida; así la costumbre de reunirse junto al fuego debía cumplirse. Aunque había excepciones como Kentin, quien debía velar por la seguridad del palacio. O la señora Portner, debido a una repentina jaqueca que la mantenía recluida en su habitación.
—Sabes qué hacer, Charlotte —la chica detuvo el pañuelo que estaba bordando para responder a su único acompañante.
—Sí, tío.
Giles dio una calada al puro sin apartar la vista de las llamas provenientes de la chimenea.
—Aún no puedo creer que no hayas podido acercarte al príncipe en el baile.
—Fue complicado —explicó—. Había doncellas que no se apartaban de él ni un segundo.
—Y aún así hubo una que robó su atención. No me defraudes.
Charlotte Leclair, como la dama que era, se limitó a obedecer.
Vale, sí, la excusa por mi tardanza en esta ocasión es The Legend of Zelda Breath of the Wild. Estoy bastante obsesionada con ese juego que ocupa todo mi tiempo libre XD ¡En serio! Muchas veces estuve a punto de escribir cosas como "la familia real de Hyrule" en lugar de Amoris, lol. Lo bueno del asunto es que la ambientación de ese juego es muy inspiradora uwu.
En fin. ¡Espero que les haya gustado! Vemos ahora la participación de un personaje bastante peligroso. ¿Charlotte? ¿Prima de Kentin? Sí, ya saben, aquí bastantes locuras, ¡pero todas son por el bien de la historia, lo juro! D: No la pierdan de vista, por favor. Y pobre de mi Alice. La está pasando muy mal :'C Aunque en el palacio, todos shippean el Castiel x Alice, lol.
¡Muchas gracias por leer! En especial a Fannynyanyan1912 por tu comentario :D
Espero no tardar demasiado en el próximo capítulo. Recuerden que pueden encontrarme en Facebook bajo el nombre de Akeehl.
¡Nos leemos!
