Hola hola ke tal vamos? jeje espero ke les guste el capii

Disfruten!

Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 9

Él la había dejado sola. Ahora, ella tenía que considerar cuidadosamente la cuestión de la confianza. ¿Debía creer que se había ido a comprar comida y que volvería? Él no confiaba en que ella se quedara, pensó agitando con estrépito las esposas.

Y Alice tenía que admitir que no se equivocaba. Habría salido por la puerta como una bala. No porque le tuviera miedo. Había sopesado detenidamente los hechos, y sus intuiciones, y ya no creía que Jasper fuera capaz de hacerle daño. Si no, ya se lo habría hecho.

Ella lo había visto enfrentarse al gorila que había entrado en su piso. Sí, las había pasado moradas, pero aun así había reaccionado con celeridad, con fuerza y con admirable destreza.

Le costaba admitirlo, pero tenía que reconocer que Jasper se había refrenado durante sus forcejeos con ella. No es que ello lo excusara por haberla maniatado y arrojado en una mísera habitación de hotel, pero, puestos a ser justos, Alice tenía que reconocer que podía haberle hecho mucho daño durante su breve y esforzada pelea si hubiera querido. En realidad, lo único que le había magullado era el orgullo.

Jasper tenía cerebro, lo cual no dejaba de sorprenderla. Al parecer, había caído en un error a primera vista debido a su aspecto y a aquel físico de matón. Pero, aparte de la astucia callejera que se les suponía a los de su clase, parecía que Jasper Withlock tenía cabeza. Una buena cabeza.

Y ella no creía que leyera en la consulta del dentista. Uno no se ponía a leer sobre religiones antiguas mientras esperaba que le hicieran una limpieza dental. De modo que tenía que concluir que aquel tipo era algo más de lo que originalmente había pensado. Lo único que tenía que decidir era si aquello era una ventaja o un inconveniente.

Ahora que se había calmado un poco, estaba segura de que Jasper tampoco iba a presionarla sexualmente. Habría apostado algo a que aquel pequeño interludio lo había dejado tan aturdido como a ella. Había sido, estaba segura, un traspié por su parte. Intimida a la chica, haz alarde de testosterona, y te dirá todo lo que quieras.

Pero su argucia no había dado resultado. Lo único que había conseguido era ponerlos a los dos nerviosos.

Maldición, ¡y qué bien besaba!

Pero estaba perdiendo el hilo, se dijo, y miró ceñuda la absurda película que Jasper había dejado puesta a todo volumen en el televisor.

No, no tenía miedo de Jasper, pero le asustaba la situación. Lo cual significaba que no quería estar allí sentada sin hacer nada. A ella le iba la acción. Si era sensato actuar o no, no venía el caso. Lo que importaba era hacer algo.

Sentándose de rodillas, observó las esposas y giró las muñecas a un lado y a otro, doblando la mano como si fuera un escapista preparándose para ejecutar un nuevo truco. Tocó los barrotes del cabecero y le parecieron desalentadoramente firmes. Ya no se hacían moteles baratos como los de antes, pensó con un suspiro. Y lamentó no tener una horquilla, una lima o un martillo.

Lo único que encontró en el pegajoso cajón de la mesita de noche fue un ajado listín telefónico y el envoltorio roto de una chocolatina.

Jasper se había llevado su bolso y, aunque sabía que no encontraría dentro una horquilla, una lima de uñas o un martillo, Alice lamentó su falta. Podía ponerse a gritar, por supuesto. Podía echar abajo el tejado a fuerza de gritos, y soportar la humillación, en caso de que alguien prestara atención a sus gritos de angustia. Pero eso no la libraría de las esposas, a menos que alguien llamara a un cerrajero. O a la policía.

Respiró hondo e intentó pensar en la mejor solución. Estaba angustiada por Bella y Rosalie. Necesitaba desesperadamente asegurarse de que estaban bien. Si iba a la policía, ¿en qué clase de lío se metería Bella? Técnicamente, se había apoderado de una fortuna. ¿Se mostrarían comprensivas las autoridades, o meterían a Bella en una celda?

Alice no podía arriesgarse a eso. Aún no. No mientras tuviera la remota esperanza de hallar otra solución. Y, para hacerlo, tenía que saber a qué demonios se enfrentaba. Lo cual significaba que tenía que salir de aquella habitación.

Estaba considerando la posibilidad de liarse a mordiscos con el cabecero cuando Jasper abrió la puerta. Él le lanzó una rápida sonrisa, y Alice comprendió que se le notaba en la cara lo que estaba pensando.

—Cariño, estoy en casa.

—Eres desternillante, Withlock. Me parto de risa.

—Qué cuadro haces, esposada a la cama, Alice —él dejó sobre la mesa dos bolsas blancas—. Cualquier otro ya habría empezado a juguetear con ideas perversas.

Ella sonrió maliciosamente.

—Tú ya has empezado. Y seguramente te quedará cicatriz en el labio.

—Sí —él se pasó suavemente el pulgar por el labio herido. Todavía le escocía—. Creo que me lo merezco, pero al principio cooperaste.

Aquello también escocía. Como solía ocurrir con la verdad.

—Sigue pensando así, Jasper —ronroneó ella—. Supongo que un ego como el tuyo necesita hacerse ilusiones de cuando en cuando.

—Nena, yo sé distinguir entre una ilusión y un beso. Pero tenemos cosas más importantes que hacer que hablar de la atracción que sientes por mí —complacido con su respuesta, Jasper empezó a vaciar las bolsas—. He traído hamburguesas.

El olor golpeó el estómago de Alice como un gancho directo. Se le hacía la boca agua.

—Así que, ¿vamos a quedarnos aquí encerrados como un par de forajidos... —hizo sonar las esposas para darle mayor énfasis a sus palabras—... y a engullir comida grasienta?

—Exacto —él le tendió una hamburguesa y sacó una bolsa de patatas fritas diseñadas para taponar las arterias y mejorar el humor—. Yo pienso mejor cuando como —se estiró junto a ella, apoyando la espalda en el cabecero con las piernas extendidas y la comida sobre el regazo—. Parece que tenemos un grave problema.

—Si lo tenemos los dos, ¿por qué soy yo la única que lleva esposas?

A él le encantó el filo sarcástico de su voz, y se preguntó qué demonios le estaba pasando.

—Porque habrías hecho alguna tontería si no te hubiera dejado atada. Estoy cuidando de mi inversión —dijo señalando con lo que quedaba de su hamburguesa—. O sea, de ti, princesa.

—Yo sé cuidar de mí misma. Y, si voy a pagarte, deberías obedecer mis órdenes. La primera es que me quites estos malditos chismes.

—Lo haré en cuanto hayamos establecido ciertas normas —Jasper sacó un sobrecito de sal y echó su contenido sobre las patatas—. He estado pensando.

—Qué bien —masculló ella agriamente mientras se comía una hamburguesa demasiado hecha y colocada entre las dos mitades de un panecillo ligeramente rancio—. ¿De qué me preocupo? Has estado pensando.

—Eres muy sarcástica, pero me gusta —Jasper le tendió una diminuta servilleta de papel—. Tienes ketchup en la barbilla. Bueno, alguien le apretó las tuercas a Ralph, hasta el punto de que falsificó documentos oficiales y me dio una puñalada por la espalda. No lo habrá hecho por dinero... y no porque a Ralph no le guste el dinero —continuó—. Pero no se arriesgaría a perder su licencia ni a enemistarse conmigo por unos cuantos pavos. Así que lo que pretendía era salvar el pellejo.

—Y, dado que ese tal Ralph es un pilar de la comunidad, sin duda eso reduce la lista de sospechosos.

—Significa que era alguien poderoso, alguien que no teme que Ralph se vaya de la lengua conmigo o vaya a la policía. Alguien que quería atraparte a ti. ¿Quién sabe que tienes el pedrusco?

—Nadie, salvo la persona que me la envió —miró ceñuda la hamburguesa—.Y posiblemente otra más.

—Si lo sabe más de una persona, no es un secreto. ¿Cómo consiguió tu amigo el diamante, Alice? No puedes seguir soslayando la cuestión.

—Te lo diré cuando hable con mi amigo. Tengo que hacer una llamada.

—Nada de llamadas.

—Tú llamaste a Ralph —dijo ella.

—Me arriesgué, y nos estábamos moviendo. Tú no vas hacer ninguna llamada hasta que sepa de qué va todo esto. El diamante te lo mandaron ayer —pensó en voz alta—. Te encontraron enseguida.

—Lo cual significa que también han encontrado a mi amigo —se le encogió el estómago—. Jasper, por favor, tengo que llamar. Tengo que saber qué está pasando.

La emoción que impregnaba su voz debilitó y al mismo tiempo irritó a Jasper. La miró a los ojos.

—¿Qué significa ese tipo para ti?

Ella abrió la boca para decirle que Bella era una chica, pero al final se limitó a sacudir la cabeza.

—Todo. Nadie significa más para mí.

—Un tipo con suerte.

Aquélla no era la respuesta que ella esperaba. Impulsada por la frustración y el temor, Alice se agarró a su camisa.

—Pero ¿a ti qué te pasa? Alguien intentó matarnos. ¿Por qué estamos aquí sentados?

—Por eso precisamente. Vamos a dejar que nos sigan la pista un tiempo. Tu amigo tendrá que apañárselas solo por ahora. Y, como imagino que no te habrás enamorado de un tipo que no pueda arreglárselas solo, seguramente estará bien.

—Tú no entiendes nada — Alice se echó hacia atrás y se pasó los dedos por el pelo—. Dios, todo esto es un lío. Ahora mismo debería estar preparándome para irme a trabajar, y aquí estoy, encerrada contigo. Se suponía que esta noche me tocaba atender la barra.

—¿Atiendes la barra? —alzó una ceja—. Pensaba que eras la dueña.

—Sí, soy la dueña —lo cual constituía un orgullo para ella—. Pero me gusta atender la barra. ¿Por qué? ¿Algún problema?

—No, qué va —dado que aquel tema parecía haberla distraído, Jasper siguió tirando del hilo—. ¿Te va bien?

—No me quejo.

—¿Cómo te metiste en el negocio? —ella lo miró con fastidio, y Jasper se encogió de hombros—. Venga, un poco de conversación no nos vendrá mal. Hay que matar el tiempo.

No era sólo el tiempo lo que Alice quería matar, pero lo demás tendría que esperar.

—Pertenezco a la cuarta generación de dueños de pubs en mi familia. Mi bisabuelo tenía su propio local en Dublín. Mi abuelo emigró a Nueva York y tuvo su propio bar. Él se lo dejó a mi padre cuando se mudó a Florida. Prácticamente crecí detrás de una barra.

—¿En qué parte de Nueva York?

—En el West Side, en la Setenta y nueve con Columbus.

—Brandon's... —Jasper esbozó una sonrisa rápida y soñadora—. Mucha madera oscura y mucho bronce. Música irlandesa en vivo los sábados por la noche. Y sirven la mejor Guinness a este lado del Atlántico.

Ella lo miró fijamente otra vez, intrigada a pesar de sí misma.

—¿Lo conoces?

—Me he tomado más de una pinta en Brandon's. Hará unos diez años, más o menos —entonces estaba en la universidad, pensó. Pasaba el día entre cursos de derecho y literatura mientras intentaba averiguar quién demonios era—. Estuve en Nueva York siguiéndole la pista a un tipo hace unos tres años. Me pasé por allí. Nada había cambiado, ni siquiera las cicatrices de esa vieja barra de pino.

Aquello puso a Alice nostálgica. No pudo evitarlo.

—En Brandon's nada cambia.

—Juro que estaban los dos mismos tipos sentados en los mismos taburetes al final de la barra, fumando, leyendo el Racing Form y bebiendo cerveza.

—Callahan y O'Neal —Alice sonrió—. Morirán en esos taburetes.

—Y tu padre. Pat Brandon... —cerró los ojos y se adentró en la neblina de la memoria—. Esa cara ancha y grandota de irlandés y ese pelo negro de pincho, con una voz que parecía salida de una película de Cagney.

—Sí, ése es papá —murmuró ella, poniéndose un poco más sentimental.

—¿Sabes?, cuando entré, y hará por lo menos seis años que no voy, tu padre me sonrió. «¿Qué tal va eso, estudiante?», me dijo, y sacó una jarra y se puso a servirme una pinta.

—¿Ibas a la universidad?

El placer neblinoso de Jasper se disolvió considerablemente al notar el tono sorprendido de su voz. Abrió un ojo.

—Sí, ¿por qué?

—Porque no tienes pinta de universitario —ella se encogió de hombros y volvió a concentrarse en su hamburguesa—. Yo también sirvo una Guinness estupenda. Qué bien me vendría una ahora.

—A mí también. Puede que luego. Así que, ese amigo tuyo, ¿desde cuándo lo conoces?

—Desde que íbamos a la universidad. No hay nadie en quien confíe más, si es eso lo que quieres saber.

—Tal vez debas reconsiderarlo. Sólo por si acaso —dijo él al ver que ella lo miraba enfurecida—. Las tres Estrellas son una tentación poderosa para cualquiera. Así que puede que se haya dejado tentar. Tal vez se le haya metido en la cabeza...

—No, de eso nada, pero puede que a otra persona sí, y puede que mi amigo lo averiguara y... —apretó los labios—. Si tú quisieras proteger esas piedras, asegurarte de que no las robaban, que no caían las tres en malas manos, ¿qué harías?

—Lo que yo haría no importa —contestó él—. Lo que importa es lo que haría él.

—Separarlas —dijo Alice—. Enviárselas a personas en las que pudiera confiar sin hacer preguntas. A gente que sería capaz de hacer cualquier cosa por ti, porque tú harías lo mismo por ellos. Sin dudarlo.

—¿Absoluta confianza y absoluta lealtad? —Jasper hizo una bola con la servilleta y la encestó en la papelera—. No me lo trago.

—Pues lo siento por ti —murmuró ella—. Porque no puedas tragártelo. Así es. ¿Tú no tienes a nadie capaz de hacer cualquier cosa por ti, Jasper?

—No. Y tampoco hay nadie por quien esté dispuesto a dar mi vida —por primera vez en su vida, le molestó admitirlo. Se tumbó y cerró los ojos—.Voy a echarme una siesta.

—¿Una qué?

—Una siesta. Y a ti te convendría hacer lo mismo.

—¿Cómo puedes dormir en un momento como éste?

—Porque estoy cansado —su voz era áspera—. Y porque no creo que cuando nos pongamos en marcha tengamos mucho tiempo para dormir. Quedan un par de horas para que anochezca.

—¿Y qué pasa cuando anochezca?

—Que oscurece —dijo él, y se durmió.

Alice no podía creerlo. Jasper se había desconectado como una máquina que se apagara, como un sujeto hipnotizado al oír el chasquido de los dedos del hipnotizador. Como un... Alice frunció el ceño al quedarse sin analogías.

Por lo menos no roncaba.

Estupendo. Genial, pensó, exasperada. ¿Qué se suponía que iba a hacer ella mientras él se echaba su siestecita?

Se comió sus últimas patatas y miró ceñuda la pantalla de la televisión, donde el lagarto gigante acababa de llegar a su sangriento final. El canal de cable prometía más de lo mismo en su Festival de Monstruos y Superhéroes del fin de semana.

Oh, genial.

Se tumbó en la habitación a oscuras, sopesando sus alternativas. Y, mientras pensaba, se quedó dormida.

Y, durmiendo, soñó con monstruos y superhéroes y un diamante azul que palpitaba como un corazón vivo.


Hello ke tal les parecio el capitulo?

espero reviews hehehe y muchoos

byee